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1905 en Argentina

Sebastián Marotta1

Esfuerzo fracasado. Al iniciarse el año 1905, núcleos numerosos de trabajadores pugnan por nuevos avances en materia salarial y jornadas de trabajo más humanas. Simultáneamente, la organización sindical siguen su marcha ascendente, ampliando sus limites y afianzando su poder con la incorporación de nuevos sectores de asalariados.

Destácase por su actividad la Confederación Ferrocarrilera que, día tras día suma a sus filas nuevas fuerzas. La organización de los trabajadores del riel está empeñada en obtener aumentos de salarios para el personal de administración, guardabarreras y peones, menos horas de trabajo para el de estaciones, en sus distintos grados y especialidades y personal de vía, además del cumplimiento del artículo 18 del reglamento para el de trenes, en el ferrocarril del Sur. Como la empresa niégase a satisfacer sus demandas, declara la huelga el 30 de enero. La acción comienza en Ingeniero White y extiéndese a Tres Arroyos, Olavarría, Tandil y otros centros del sur de la provincia de Buenos Aires. Sólo las secciones de Plaza Constitución y Kilómetro 5 ofrecen debilidad.

Hállase el conflicto en pleno desarrollo y con perspectivas de agravarse, cuando estalla -el 4 de febrero- el movimiento revolucionario cívico-mi1itar contra el gobierno del doctor Manuel Quintana.

Con el fin de sofocarlo, el Poder Ejecutivo Nacional decreta el estado de sitio por el término de 30 días en todo el territorio de la República.

Las medidas contra los motineros alcanzan también a los trabajadores. “De paso, cañazo”. Los más destacados militantes son detenidos. El derecho de reunión es prohibido.

Sin posibilidades de entenderse, los ferroviarios se ven obligados a volver al trabajo incondicionalmente. Junto con ellos, los demás obreros en huelga.”2

Decisión y firmeza. Los militantes que habían logrado eludir la persecución policial deben afrontar tofo género de riesgos. El odio en los ambientes burgueses y gubernamentales suscitado contra el movimiento obrero exteriorízase con encono cerril.

A los pocos días del estallido revolucionario, algunos diarios, identificados con la política de represión gubernativa, afirman que las organizaciones sindicales no son ajenas a los sucesos del 4 de febrero.

La Unión General de Trabajadores, por el órgano de su Consejo Nacional, declara el 7 de febrero que nada tiene “de común con los hombres que administran el país ni con los que aspiraban a reemplazarlos”. Deplora que el estado de sitio decretado como consecuencia de aquel movimiento faccioso hubiera influido en el fracaso de las huelgas que venían sosteniendo algunos gremios”. Pero el gobierno no se detiene en su política persecutoria. Clausura locales obreros, impide reuniones sindicales y encarcela a sus militantes.

La Unión General de Trabajadores edita un manifiesto. Juzga conveniente, para darle más fuerza, hacerlo con el Partido Socialista. Más como no puede ponerse de acuerdo con la dirección del partido sobre su redacción y enfoque, la Junta Ejecutiva decide suscribirlo sola.

Al término del período de vigencia del estado de sitio el gobierno dicta su prórroga por 60 días más. Presume que al restablecerse las libertades públicas los trabajadores reiniciarán su interrumpida lucha sindical. Así lo consigna, por otra parte, el Consejo Nacional de la U.G.T en una nueva reunión realizada al efecto.

“Teniendo en cuenta el contenido del decreto del gobierno, el que declara que mantiene el estado de sitio para evitar que la clase trabajadora realice movimiento alguno en pro de su gradual mejoramiento y emancipación, etcétera, etcétera, declara:

“Que protesta virilmente por la actitud ilegal, brutal y coercitiva del Estado, e invita a los trabajadores de la República a exteriorizar de forma práctica su antipatía y desagrado con un movimiento general que obstaculice la voluntad de la clase gobernante, paralizando, en el mayor grado y duración posible, el movimiento económico del país.

Para dar verdadero sentido a esta resolución, la U.G.T. decide ponerla en conocimiento de la Federación Obrera Regional Argentina e invitarla a realizar conjuntamente el movimiento proyectado. Como varios miembros de su Consejo han sido detenidos o deportados, resulta imposible lograr el contacto perseguido. Cuando por intermedio de algunos militantes en libertad pueden convenir la realización de una reunión para abocarse al estudio de resolución precitada, la policía asalta el local en que va a efectuarse y detiene a 22 militantes, frustrándose el propósito de exteriorizar la protesta de la clase obrera ante la prolongación del estado de sitio; sobre todo contra el espíritu que informa su prórroga.

Nuevamente la acción sindical en primer plano

Celebración trágica del 1° de mayo de 1905. Con la rigurosa aplicación del estado de sitio, los trabajadores no pueden conmemorar este año su histórica fecha del l° de mayo. El acto celebratorio tendrá efecto el día. 21. Para darle realce y vigor, la Federación Obrera Regional Argentina y la Unión General de los Trabajadores deciden realizarlo en conjunto, decisión que apoya el Partido Socialista.

Una orden policial hace saber que está prohibido el uso de la bandera roja en la manifestación; que al primer signo de desorden, será disuelta a tiros previo dos toques de clarín.

Las entidades organizadoras concurren sin el uso del emblema prohibido. Como si presintieran sucesos dolorosos, exhortan a las agrupaciones participantes procuren la mayor vigilancia, a fin de evitar toda alteración del orden, así como también la intervención de la policía.

La manifestación obrera, imponente y entusiasta, parte de la plaza Constitución, sigue por Lima-Cerrito y desemboca por Lavalle a la plaza homónima. En el momento que uno de los oradores -Francisco Cúneo-, de la U.G.T., disponíase a hablar, la parte final de la columna no había llegado aún a la plaza. Alguien iza y agita un pañuelo rojo en un palo. Un agente del escuadrón, como fiera embravecida ante el trapo rojo, echa su cabalgadura sobre los manifestantes mientras reparte sablazos por todas los costados. Como movido por un resorte, el escuadrón que circundaba la plaza se abalanzaba sobre la multitud, haciendo uso indiscriminado de sus sables y revólveres. Un batallón del cuerpo de bomberos, armado a máuser, aparece como por arte de encantamiento y toma posesión de la plaza. Dos muertos, veinte heridos y numerosos contusos es el saldo que arroja esta nueva jornada luctuosa para la clase obrera argentina.

“Crimen de clase”, califica el hecho la revista socialista La Internacional. “La inmolación proletaria -expresa en vehemente comentario- no ha de repararse con lágrimas ni conceptos sentimentales, sino, por el contrario, con el enérgico propósito de hacer imposible su repetición”. Nuevas víctimas agréganse a la ya interminable nómina. La clase dominante podía gloriarse, sus sicarios habían infligido a su adversario irreductible –el proletariado militante- nuevas bajas.

Huelga de profundo sentido humano y social. Las huelgas por aumentos de salarios, reducción de la jornada de trabajo, abolición del destajo y otras mejoras, por solidaridad, replantéanse nuevamente. En la capital los ebanistas, fosforeros, bronceros, zapateros y albañiles, de Santiago del Estero; tipógrafos y zapanales de las fábricas de galletitas y otros, levantan la bandera de as reivindicaciones sindicales. La jornada de ocho horas es uno de los principales motivos que agitan a los sindicatos.

En el interior sostienen huelgas originadas por ls mismas causas, los constructores de carruajes y carros, horneros, carniceros y albañiles, de Bahía Blanca; panaderos y carpinteros, de Pergamino; carpinteros, zapateros, aparadores, de Córdoba; herradores, peones municipales y peones, de Cruz Alta (Tucumán); ebanistas, carpinteros, albañiles y cocheros, de La Plata; zapateros, albañiles, de Santiago del Estero; tipógrafos y zapateros, de Salta. Algunas duran hasta 40 y 62 días. En otras, para triunfar, los trabajadores recurren a la instalación de cooperativas. Tales los albañiles de Bahía Blanca y los gremios ya citados en páginas anteriores.

Una huelga de honda emoción y profundo sentido solidario afrontan con resultado victorioso, en pleno estado de sitio, al finalizar el año 1905, los obreros de los talleres de Banfield del Ferrocarril Sur. La empresa había despedido a un trabajador con más de 32 años de ocupación; tenía 62 de edad. Considéralo una cosa ya inútil. Su edad no le permite, según la empresa, rendir como en sus años vigorosos; necesita deshacerse de él como quien se deshace de un trasto viejo. Pero existe en el taller un factor nuevo: la organización. Esta había dado a los obreros noción del propio valer y conciencia de su deber y de su derecho. Frente a la repudiable medida patronal, toda su potencia física y espiritual, irrumpe arrolladoramente, e impone a la empresa el sentido humano que el régimen de explotación capitalista no le proporciona.

Ley de descanso dominical. Casi al finalizar el período legislativo de 1905 el parlamento Nacional dicta –el 31 de agosto- la primera ley relacionada con las cuestiones obreras: el descanso dominical. Ley mezquina en sus propósitos y alcances. Prohibe en la Capital de la República, en domingo, el trabajo material por cuenta propia en las fábricas, talleres, casas de comercio y demás establecimientos o sitios de trabajo, con las excepciones contenidas en ella y en los reglamentos que se dicten.

La ley no alcanza al servicio doméstico. Establece ,por otra parte, una diferencia entre los obreros de la Capital Federal y el resto de la República. Ninguna razón la justifica. La necesidad del descanso semanal es profundamente sentida tanto por los obreros y empleados de la Capital como del interior. Lo prueban las huelgas que lo venían reclamando.

Si alguna explicación podía darse a esta desigualdad legal no es otra que el grado de importancia del movimiento sindical de la Capital Federal con relación al del interior.

La organización de la metrópoli había alcanzado cierta consistencia y realizado movimientos que conmovieron el edificio de la sociedad capitalista; en el resto del país, en cambio, a causa de su precariedad industrial, tenía todavía escasa resonancia y no alarmaba a las clases dominantes.

(...)

Estado de sitio contra las huelgas: Huelga general contra el estado de sitio. Reclamando mejoras de diverso orden decláranse en huelga, el 18 de septiembre, los estibadores de la ciudad de Rosario. El movimiento extiéndese a todos los puertos de la República.

A principios de octubre estalla en la Capital Federal una lucha de los marineros y foguistas. Reclaman mejores salarios y más dignas condiciones de trabajo. La huelga afecta a la vida económica del país. Las clases dominantes, ciegas y sordas, a fuer de prepotentes, experimentan, con su magnitud, pánico y sentimientos de rencor.

Cuando advierten que los obreros, por la firmeza y extensión de su movimiento pueden triunfar, apelan a la ayuda del Estado. Este no titubea en recurrir al mismo expediente de que había echado otras veces: el estado de sitio.

El país queda sumergido una vez más, en el mismo año, bajo su imperio. Los motivos: una huelga de estibadores, marineros y foguistas de toda la República, y la amenaza, por otra parte, de una huelga ferroviaria en Rosario. El Estado demuéstrase dispuesto nuevamente a defender y salvaguardar los intereses capitalistas, tan circunscriptos como mezquinos.

La Unión General de Trabajadores y la Federación Obrera Regional Argentina, apoyadas por el Partido Socialista, consideran un deber impostergable declarar, por 48 horas, a hacerse efectiva los días 10 y 11 de octubre, la huelga general.

(...)

La huelga general –magnífica manifestación de solidaridad y vigorosa protesta contra la arbitrariedad y prepotencia del Estado-, alcanza vastas proyecciones. Pero no puede evitar la derrota de los portuarios y marítimos.

El encarcelamiento de los huelguistas y de militantes, las deportaciones y confinamientos, los allanamientos de domicilios, la clausura de locales, no dan a los obreros otra alternativa que la de la vuelta al trabajo.

Los capitalistas, a punto de ser derrotados, obtienen así la ambicionada e ilegítima victoria.

Reina ahora en el país una paz varsoviana.

“Necesidad de un severísimo correctivo”. Los últimos meses del año proporcionan a la República un régimen de vida al margen de las normas constitucionales. ¿Se consideran vencidos los trabajadores?

Bastará recorrer las columnas de la prensa obrera de la época, editada clandestinamente, para comprobar cómo, a pesar de todos sus contrastes, superando tremendas dificultades, los trabajadores sostienen, aquí o allá, en esta o aquella industria, huelgas reivindicatorias o simplemente solidarias.

Densas páginas requerían su relato. Las dos centrales, acicateadas por necesidades comunes, severamente aleccionadas por duras jornadas, dispónense a librar unidas, en absoluta igualdad de condiciones, nueva batalla.

En caso de prórroga –declaran en una proclama la U.G.T. y la F.O.R.A.-, la huelga general.

“La defensa de las conquistas realizadas, la dignidad y la salud de nuestras organizaciones, el porvenir de nuestra causa, sólo nos consienten una solución: aceptar el duelo, concurrir a la lucha”.

“Así lo reclama la necesidad de trocar su mueca sarcástica de triunfo y poderío en una mueca de terror y miedo”

En caso de prorrogarse el estado de sitio, la huelga general debe estallar el 8 de enero de 1906. Aunque pretendido por los sectores capitalistas interesados, el estado de sitio no es prorrogado.

Termina de este modo la oscura noche del segundo estado de sitio de 1905 y tercero desde que el proletariado argentino inicia las batallas del trabajo y acomete su marcha hacia un mundo nuevo, una vida nueva.

1. Este texto es un extracto de El movimiento sindical argentino. Su génesis y desarrollo 1857-1914 , Ediciones Libera, 1975, Bs.As., Argentina, págs. 230-238.

2. Entre los distintos gremios en huelga en el momento de producirse el movimiento insurreccional, pueden citarse los metalúrgicos, aserraderos, tapiceros, mimbreros y obreros de la fábrica de alpargatas La Argentina de la Capital Federal.

Pocos días antes había triunfado, sin embargo, en Mendoza, los albañiles, después de dos semanas de huelga, obteniendo la reducción de la jornada de trabajo de doce a nueve horas y cuarto y aumentos de salarios; los talabarteros que conquistan las ocho horas y otras mejoras; así como también los gráficos y pintores. Los carpinteros, también en lucha, ante la intransigencia patronal, retiran las herramientas de los talleres y se organizan en cooperativa. Idéntica actitud asumen los sastres, después de sostener una huelga de solidaridad con las pantaloneras y chalequeras.



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