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A los obreros y soldados de los países aliados

Karl Liebknecht

 

 

Publicado en The Communist International, Vol 1, No., 1919. Tomado de Marxist Internet Archive/English y traducido al español especialmente para este boletín por Germán Passaro.

Amigos, camaradas, hermanos: a partir de los duros golpes asestados por la guerra mundial, en medio de la ruina creada por la sociedad imperialista zarista, el proletariado ruso erigió su estado: la República Socialista de trabajadores, campesinos, y soldados, que fue creada a pesar de las falsificaciones, el odio y la calumnia. Esta República representa el más poderoso de todos los cimientos para el orden socialista universal que deseamos, cuya creación es la tarea histórica actual del Proletariado Internacional. La Revolución Rusa ha logrado, en un grado sin precedentes, que el proletariado mundial se vuelva más revolucionario.

 

Bulgaria y Austria-Hungría están ahora sufriendo los dolores de parto de la revolución.[1] La Revolución se está despertando en Alemania. Pero hay obstáculos en el camino de la victoria del proletariado alemán. Las masas alemanas están con nosotros, el poder de los enemigos declarados de la clase obrera ha colapsado, pero sin embargo, éstos están haciendo todo los intentos para engañar al pueblo, con miras a retrasar la hora de la liberación del pueblo alemán. El robo y la violencia del imperialismo alemán en Rusia, así como la violenta paz de Brest-Litovsk[2] y la paz de Bucarest[3], consolidaron y fortalecieron a los imperios de los países aliados, y esta es la razón por la que el gobierno alemán se esfuerza por utilizar el ataque aliado contra la Rusia Socialista con el propósito de retener el poder. Ustedes sin duda han oído cómo Guillermo II, quien ahora que el zarismo ha perecido es el representante de la forma más vil de la reacción, recurrió, pocos días atrás, a la intervención en los asuntos de la Rusia proletaria por parte de los Aliados con el propósito de realizar una nueva agitación a favor de la guerra entre las masas trabajadoras

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No debemos permitir que nuestros viles enemigos hagan uso de medio o institución democrática alguna para sus propios fines; el proletariado de los países aliados no debe permitir que esto ocurra. Sabemos que ustedes ya han alzado su voz para protestar contra los complots de sus gobiernos, pero el peligro crece más y más. Se está gestando un frente único del imperialismo mundial contra el proletariado, en primera instancia, para la lucha contra la República Socialista Rusa. Les lanzamos a ustedes una advertencia en este sentido. El proletariado del mundo no debe permitir que la llama de la Revolución Socialista se extinga, o todas sus esperanzas y todo su poder perecerán. El fracaso de la República Socialista Rusa será la derrota del proletariado del mundo entero.

 

Amigos, camaradas, hermanos, levántense contra sus gobernantes. ¡Vivan los obreros, soldados y campesinos! ¡Viva la revolución del proletariado francés, inglés y norteamericano! ¡Viva la liberación de los trabajadores de todos los países del abismo infernal de la guerra, la explotación y la esclavitud!



[1] Ver en este mismo boletín el artículo “La Revolución Rusa y la inminencia de la revolución en Europa”, de Dominique Gros.

[2] Brest-Litovsk era una ciudad de la frontera ruso-polaca en la que el 3 de marzo de 1918 una delegación soviética firmó un tratado poniendo fin a las hostilidades entre Rusia y Alemania. Los términos eran excesivamente desfavorables para los intereses soviéticos, pero el nuevo gobierno de la URSS consideró que debía firmarlo porque en ese momento era incapaz de volver a combatir. Más tarde, la Revolución Alemana de noviembre de 1918 y la derrota de Alemania en la guerra devolvieron al gobierno soviético la mayor parte del territorio que había perdido por el Tratado de Brest-Litovsk.

[3] El Tratado de Bucarest, fue firmado el 10 de agosto de 1913 y puso fin a la II Guerra Balcánica. El Tratado significó un cambio fundamental en el equilibrio de poder en la península de los Balcanes a favor de Serbia. El equilibrio de poder en la región balcánica favoreció definitivamente a la Triple Entente (Gran Bretaña, Francia y Rusia) frente al II Imperio Alemán y al Imperio Austro-Húngaro.



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