Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

¿Adónde va Francia?

Fines de octubre de 1934

En estas páginas, queremos explicar a los obreros avanzados qué destino espera a Francia durante los años próximos. Para nosotros, Francia no es la Bolsa, ni los bancos, ni los trusts, ni el gobierno, ni el Estado Mayor, ni la Iglesia (todos ellos son los opresores de Francia), sino la clase obrera y los campesinos explotados.

 

El derrumbe de la democracia burguesa

Después de la guerra, se produjeron una serie de revoluciones, que significaron brillantes victorias: en Rusia, en Alemania, en Austria-Hungría, más tarde, en España. Pero fue solo en Rusia donde el proletariado tomó plenamente el poder en sus manos, expropió a sus explotadores y, gracias a ellos, supo como crear y mantener un Estado obrero. En todos los otros casos, el proletaria­do a pesar de la victoria se detuvo, por causa de su dirección, a mitad de camino. El resultado de esto fue que el poder escapó de sus manos y, desplazándose de izquierda a derecha, terminó siendo el botín del fascismo. En una serie de otros países, el poder cayó en manos de una dictadura militar. En cada uno de ellos, el parlamento no ha mostrado tener la capacidad de concitar las contradicciones de clase y de asegurar la marcha pacifica de los acontecimientos. El conflicto se resolvió con las armas en la mano.

Naturalmente, en Francia se ha pensado durante mucho tiempo que el fascismo nada tenía que ver con este país. Por ser Francia una república, en ella todas las cuestiones son resueltas por ci pueblo soberano mediante el sufragio universal. Pero, el 6 de febrero, algunos miles de fascistas y realistas, armados de revólveres, de cachiporras y de navajas, han impuesto al país el gobierno reaccionario de Doumergue, bajo la protección del cual las bandas fascistas continúan creciendo y armándose. ¿Qué nos deparará el mañana?

Desde luego, en Francia, como en algunos otros países de Europa (Inglaterra, Bélgica, Holanda, Suiza, países escandinavos) aún existe un Parlamento, elecciones, libertades democráticas, o sus despojos. Pero en todos estos países la lucha de clases se exacerba en el mismo sentido en que antes se ha desarrollado en Italia y Alemania. Quien se consuela con la frase: “Francia no es Alemania”, es un imbécil sin esperanza. En la actualidad, en todos los países actúan las mismas leyes: Las de la decadencia capitalista. Si los medios de producción continúan en manos de un pequeño número de capitalistas, no hay salvación para la sociedad. Está condenada a ir de crisis en crisis, de miseria en miseria, de mal en peor. En los distintos países, las consecuencias de la decrepitud y decadencia del capitalismo se expresan bajo formas diversas y con ritmos desiguales. Pero el fondo dcl proceso es el mismo en todos lados. La burguesía ha conducido a su sociedad a la bancarrota completa. No es capaz de asegurar al pueblo, ni el pan ni La paz. Es precisamente por eso que no puede soportar el orden democrático por mucho tiempo más. Está constreñida a aplastar a los obreros con la ayuda de la violencia física. Pero no puede terminarse con el descontento de los obreros y campesinos mediante la policía únicamente. Enviar al ejército contra el pueblo, se hace pronto imposible: comienza a descomponerse y termina con el paso de una gran parte de los soldados al lado del pueblo. Por ello, el gran capital está obligado a crear bandas armadas particulares, especialmente entrenadas para atacar a los obreros, como ciertas razas de perros son entrenados para atacar a la presa. La función histórica del fascismo es la de aplastar a la clase obrera, destruir sus organizaciones, ahogar la libertad política, cuando los capitalistas ya se sienten incapaces de dirigir y dominar con ayuda de la maquinaria democrática.

El fascismo encuentra su material humano sobre todo en el seno de la pequeña burguesía. Esta es totalmente arruinada por el gran capital. Con la actual estructura social, no tiene salvación. Pero no conoce otra salida. Su descontento, su indignación, su desesperación, son desviados por los fascistas del gran capital y dirigidos contra los obreros. Del fascismo puede decirse que es una operación de dislocación de los cerebros de la pequeña burguesía en interés de sus peores enemigos. Así, el gran capital arruina primero a las clases medias y enseguida, con ayuda de sus agentes los mercenarios, los demagogos fascistas, dirige contra el proletariado a la pequeña-burguesía sumida en la desesperación. No es sino por medio de tales procedimientos que el régimen burgués es capaz de mantenerse. ¿Hasta cuándo? Hasta que sea derrocado por la revolución proletaria.

Los comienzos del bonapartismo en Francia

En Francia, el movimiento de la democracia hacia el fascismo aún está en su primera etapa. El Parlamento existe, pero ya no tiene los poderes de otros tiempos y nunca más los recuperará. Muerta de miedo, la mayoría del Parlamento ha recurrido después del 6 de febrero, al poder Doumergue, el salvador, el árbitro. Su gobierno se coloca por encima del Parlamento. No se apoya sobre la mayoría “democráticamente” elegida, sino directa e inmediatamente sobre el aparato burocrático, sobre la policía y el ejército.
Precisamente por eso, Doumergue no puede admitir ninguna libertad para los funcionarios y, en general, para los empleados públicos. Necesita un aparato burocrático dócil y disciplinado, en cuya cumbre él pueda mantenerse sin peligro de caer. En su terror ante los fascistas y ante el “frente común”, la mayoría parlamentaria está obligada a inclinarse ante Doumergue. En la actualidad, se escribe mucho sobre la próxima “reforma” de la Constitución, sobre el derecho de disolución de la Cámara de Diputados, etc. .Todas estas cuestiones no tienen sino un interés jurídico. En el plano político, la cuestión ya está resuelta. La reforma se ha realizado sin viajar a Versailles[1].
La aparición en la arena de bandas fascistas armadas ha dado a los agentes del gran capital la posibilidad de elevarse por encima del Parlamento. En esto radica hoy la esencia de
la Constitución francesa. Todo lo demás no es sino ilusión, fraseología o engaño consciente.

El rol actual de Doumergue, como el de sus posibles sucesores (del tipo del mariscal Pétain o de Tardieu) no es algo novedoso. Es similar al que cumplieron, en otras condiciones, Napoleón o Napoleón III. La esencia del bonapartismo consiste en esto: apoyándose en la lucha de dos campos, “salva” a la “nación”, con el auxilio de una dictadura burocrático-militar. Napoleón I representa el bonapartismo de la impetuosa juventud de la sociedad burguesa. El bonapartismo de Napoleón III, es el del momento en que, en la cabeza de la burguesía, comienza a aparecer la calvicie. En la persona de Doumergue, encontramos el bonapartismo senil de la declinación capitalista. El gobierno Doumergue es el primer grado en el paso del parlamentarismo al bonapartismo. Para mantener su equilibrio, Doumergue necesita tener a su derecha a los fascistas y otras bandas, que lo han llevado al poder. Reclamarle que disuelva —no en los papeles, sino en la realidad— a las juventudes Patrióticas, a los Croix de Feu, a los Camelots du Roi, etc., es reclamarle que corte la rama sobre la que está subido. Naturalmente son posibles oscilaciones temporarias en uno u otro sentido. Así, una ofensiva prematura del fascismo podría provocar cierto movimiento hacia “La izquierda” en las altas esferas gubernamentales: Doumergue daría lugar por un momento, no a Tardieu sino a Herriot. Pero, en primer lugar, en ningún momento se ha dicho que los fascistas harían una tentativa prematura de golpe de Estado. En segundo lugar, un temporario movimiento a la izquierda en las altas esferas no cambiaría la dirección general del desarrollo, no haría sino posponer un poco el desenlace. No hay camino para volver hacia atrás, hacia la democracia pacifica. Los acontecimientos conducen inevitable e irresistiblemente a un conflicto entre el proletariado y el fascismo.

¿Durará mucho el bonapartismo?

¿Cuánto tiempo puede mantenerse el actual régimen bonapartista de transición? O, dicho de otro modo: ¿cuánto tiempo le queda al proletariado para prepararse para el combate decisivo? Naturalmente, es imposible responder a esta pregunta con exactitud. Pero, entretanto, pueden establecerse algunos datos para apreciar la velocidad del desarrollo de todo el proceso. El elemento más importante para el juicio, es la suerte futura del Partido Radical.
Por su nacimiento, el bonapartismo actual está ligado, como hemos dicho, a un comienzo de guerra civil entre los campos políticos extremos. Su principal apoyo material, lo encuentra en la policía y el ejército. Pero, también tiene un apoyo hacia la izquierda: el Partido Radical-socialista. La base de este partido de masas está constituida por la pequeña burguesía urbana y rural. La dirección del partido está formado por los agentes “democráticos” de la gran burguesía, que de tanto en tanto han dado al pueblo pequeñas reformas y, más continuamente, frases democráticas; cada día lo han salvado (de palabra) de la reacción y del clericalismo, pero en todas las cuestiones importantes han hecho la política del gran capital. Bajo la amenaza del fascismo, y aún más, bajo la del proletariado, los radicales-socialistas se han visto obligados a pasar del campo de la “democracia” parlamentaria al campo del bonapartismo. Como el camello bajo la fusta del camellero, el radicalismo se ha puesto sobre sus cuatro rodillas, para permitir a la reacción sentarse entre sus jorobas. Sin el apoyo político de los radicales, el gobierno Doumergue sería imposible, en este momento.
Si se compara la evolución política de Francia con la de Alemania, el gobierno Doumergue y sus posibles sucesores corresponden a los gobiernos Brüning, Papen, Schleicher, que llenaron el interregno entre la república de Weimar e Hitler. Sin embargo, hay una diferencia que, políticamente, puede tener una enorme importancia. El bonapartismo alemán entró en escena cuando los partidos democráticos se hablan hundido, mientras que los nazis crecían con fuerza prodigiosa. Los tres gobiernos “bonapartistas” de Alemania, teniendo un apoyo político propio muy débil, se encontraban en equilibrio sobre una cuerda tendida sobre el abismo, entre los dos campos hostiles: el proletariado y el fascismo. Esos tres gobiernos cayeron rápidamente. El campo del proletariado estaba entonces escindido, no estaba preparado para la lucha, desorientado y traicionado por sus dirigentes. Los nazis pudieron tomar el poder casi sin lucha.
El fascismo francés todavía hoy no representa una fuerza de masas. Por el contrario, el bonapartismo tiene un apoyo, por cierto no muy seguro ni muy estable, pero de masas, en la persona de los radicales. Entre estos dos hechos, existe un nexo interno. Por el carácter social de su apoyo, el radicalismo es un partido de la pequeña burguesía. Y el fascismo no puede convertirse en fuerza de masas, más que conquistando a la pequeña burguesía. Otras palabras: en Francia, el fascismo puede desarrollarse principalmente a expensas de los radicales. Este proceso se produce en la actualidad, pero se encuentra aún en su primera etapa.

 

El rol del partido radical

 

Las últimas elecciones cantonales han arrojado los resultados que podían y debían esperarse: Los flancos, es decir los reaccionarios y el bloque obrero, han ganado posiciones; y el centro, es decir, los radicales, han perdido. Pero aún las ganancias y pérdidas son ínfimas. Si se hubiera tratado de elecciones parlamentarias esos fenómenos hubieran tomado, sin duda, dimensiones muy considerables. Para nosotros, los desplazamientos anotados no tienen importancia en sí mismos, sino sólo como síntoma de cambios en la conciencia de las masas. Muestran que el centro pequeño-burgués ya ha comenzado a desmoronarse en favor de los campos extremos. Esto significa que los restos del régimen parlamentario van a ser progresivamente roídos; Los campos extremos van a crecer; se aproximan los choques entre ellos. No es difícil comprender que este proceso es absolutamente inevitable.
El partido radical es el partido con cuya ayuda la gran burguesía mantenía las esperanzas de la pequeña burguesía en un mejoramiento progresivo y pacífico de su situación. Ese rol de radicales solo fue posible mientras la situación económica la pequeña burguesía seguía siendo soportable; tolerable; mientras no sufría una ruina masiva y mientras guardaba esperanzas en el porvenir. Por cierto, el programa de los radicales fue siempre un simple pedazo de papel. Los radicales no han realizado ninguna reforma social seria en favor de los trabajadores y no podrían realizarla: no hubiera sido permitido por la granburguesía, en cuyas manos están todas las reales palancas del poder: los bancos y la Bolsa, la gran prensa, los altos funcionarios, de la diplomacia, el Estado Mayor. Pero algunas pequeñas limosnas que obtenían los radicales de tanto en tanto, en beneficio de su clientela, sobre todo en el marco provincial, mantenían las ilusiones de las masas populares. Así fue hasta la última crisis. En la actualidad, para el campesino más atrasado se hace claro que no se trata de una crisis pasajera ordinaria, como hubo no pocas antes de la guerra, sino de una crisis de todo el sistema social. Son necesarias medidas firmes y decisivas. ¿Cuáles? El campesino no lo sabe. Nadie se lo ha dicho, como él necesitaría.

El capitalismo ha llevado los medios de producción a un nivel tal, que se encuentran paralizados por la miseria de las masas populares, arruinadas por el mismo capitalismo. Por eso mismo, todo el sistema ha entrado en un periodo de decadencia, de descomposición, de putrefacción. El capitalismo no solo no puede dar a los trabajadores nuevas reformas sociales, ni siquiera pequeñas limosnas: se ve obligado a quitarle las que les dio antes. Toda Europa ha entrado en una época de contra-reformas económicas y políticas. Lo que provoca la política de expoliación y ahogo de las masas no son los caprichos de la reacción, sino la descomposición del sistema capitalista. Ahí está el hecho fundamental, que debe ser asimilado por cada obrero, si no quiere que se lo engañe con frases huecas. Es precisamente por eso que los partidos reformistas democráticos se descomponen y pierden fuerza, uno tras otro, en toda Europa. Es la misma suerte que espera a los radicales franceses. Sólo gente sin cerebro puede pensar que la capitulación de Daladier o el servilismo de Herriot ante la peor reacción son el resultado de causas fortuitas o temporarias o de falta de carácter de esos dos jefes lamentables. ¡No! Los grandes fenómenos políticos tienen, siempre, profundas causas sociales. La decadencia de los partidos democráticos es un fenómeno universal que tiene sus razones en la decadencia del propio capitalismo. La gran burguesía dice a los radicales: “Ahora no es tiempo de juegos. Si no dejan de coquetear con los socialistas y de flirtear con el pueblo, prometiéndole el oro y el moro, llamo a los fascistas. ¡Entiendan bien que el 6 de febrero no fue más que una primera advertencia!” Después de lo cual, el camello radical se pone sobre sus cuatro rodillas. No le queda otra cosa para hacer.
Pero el radicalismo no encontrará su salvación por este camino. Ligando a los ojos de todo el pueblo, su suerte a la suerte de la reacción, ¡acerca inevitablemente su propio fin! La pérdida de votos y de puestos en las elecciones cantonales no es sino un comienzo. Después, el proceso de derrumbe del partido radical irá cada vez más rápido. Toda la cuestión es saber en favor de quién, si de la revolución proletaria o del fascismo, se hará ese derrumbe inevitable, irresistible.
¿Quién presentará primero, más ampliamente y con mayor fuerza, a las clases medio el programa más convincente, y —lo más importante— conquistará su confianza, mostrando con palabras y hechos que es capaz de eliminar todos los obstáculos en el camino de un porvenir mejor: el socialismo revolucionario o la reacción fascista? De esta cuestión depende la suerte de Francia por muchos años. No solo de Francia: de Europa. No sólo de Europa: del mundo entero.

Las “clases medias”,el partido radical y el fascismo

Desde el momento de la victoria de Los nazis en Alemania, en los partidos y grupos de “izquierda” se ha hablado mucho sobre la necesidad de acercarse a las “clases medias” para cerrar el camino al fascismo. La fracción Renaudel y Cia. se ha separado del Partido Socialista con el especial objetivo de aproximarse a los radicales. Pero, a la misma hora en que Renaudel, que vive en las ideas de 1848, tendía las dos manos hacia Herriot, éste las tenia ocupadas: una por Tardieu, la otra por Louis Mann.
De aquí, sin embargo, no se concluye en absoluto que la clase obrera pueda dar la espalda a La pequeña burguesía, abandonándola a su desgracia. ¡De ningún modo! Acercarse a los campesinos y pequeños burgueses de la ciudad, atraerlos a nuestro lado, es la condición necesaria del éxito en la lucha contra el fascismo, por no hablar de la conquista del poder. Solo es necesario plantear el problema de un modo correcto. Pero para ello se debe comprender claramente cuál es la naturaleza de las “clases medias”. Nada es más peligroso, especialmente en un periodo crítico, que repetir fórmulas generales, sin examinar qué contenido social recubre.
La sociedad contemporánea se compone de tres clases: la gran burguesía, el proletariado y las “clases medias” o pequeña burguesía. Las relaciones entre estas tres clases determinan en última instancia la situación política del país. Las clases fundamentales de la sociedad son la gran burguesía y el proletariado. Estas dos clases son las únicas que pueden tener una política independiente, clara y consecuente. La pequeña burguesía se distingue por su dependencia económica y su heterogeneidad social. Su capa superior toca inmediatamente a la gran burguesía. Su capa inferior se mezcla con el proletariado y llega a caer incluso al estado del lumpen-proletariado. Conforme a su situación económica, la pequeña burguesía no puede tener una política independiente. Oscila siempre entre los capitalistas y los obreros. Su propia capa superior La empuja hacia la derecha; sus capas inferiores, oprimidas y explotadas, son capaces, en ciertas condiciones, de virar bruscamente a la izquierda, es por esas relaciones contradictorias de las diferentes capas de las “ciases medias” que ha estado siempre determinada la política confusa y absolutamente inconsistente de los radicales, sus vacilaciones entre el bloque con los socialistas, para calmar a la base, y el bloque nacional con la reacción capitalista, para salvar a la burguesía. La descomposición definitiva del radicalismo comienza desde el momento en que la gran burguesía, ella misma en un callejón sin salida, no le permite seguir oscilando. La pequeña burguesía, las masas arruinadas de las ciudades y del campo, comienza a perder la paciencia. Toma una actitud cada vez más hostil hacia su propia capa superior; se convence en los hechos de la inconsistencia y perfidia de su dirección política. El campesino pobre, el artesano, el pequeño comerciante, se convencen en los hechos de que un abismo los separa de todos esos intendentes, de todos esos abogados, de todos esos arribistas políticos, del estilo de Herriot, Daladier, Chautemps y Cia. que, por su forma de vida y por sus concepciones, son grandes burgueses. Es precisamente esta desilusión de la pequeña burguesía, su impaciencia, su desesperación, lo que explota el fascismo. Sus agitadores estigmatizan y maldicen a la democracia parlamentaria, que respalda a los arribistas y “staviskratas”[2], pero que nada da a los pequeños trabajadores. Estos demagogos blanden el puño en dirección a los banqueros, los grandes comerciantes, los capitalistas. Esas palabras y es gestos responden plenamente a los sentimientos de los pequeños propietarios, caídos en una situación sin salida. Los fascistas muestran audacia, salen a la calle, enfrentan a la policía, intentan barrer el Parlamento por la fuerza. Esto impresiona al pequeño burgués sumido en la desesperación. Se dice: “Los radicales, entre los que hay muchos estafadores, se han vendido definitivamente a los banqueros; los socialistas prometen desde hace mucho eliminar la explotación, pero nunca pasan de las palabras a los hechos; a los comunistas no se los puede entender: hoy una cosa, mañana otra; hay que ver si los fascistas no pueden portarnos la salvación”.

¿Es inevitable el paso de las clases medias al campo del fascismo?

Renaudel, Frossard y sus semejantes se imaginan que la pequeña burguesía está apegada sobre todo a la democracia y que precisamente por eso es necesario unirse a los radicales. ¿Qué monstruosa aberración! La democracia no es más que una forma política. La pequeña burguesía no se preocupa por la cáscara de la nuez sino por su pepita. Busca salvarse de la miseria y la ruina. ¿Que la democracia se muestra impotente? ¡al diablo con la democracia! Así razona o siente cada pequeño burgués. En la indignación creciente de las capas inferiores de la pequeña burguesía contra sus propias capas superiores, “instruidas”, municipales, cantonales parlamentarias, se encuentra la principal fuente social y política del fascismo. A esto debe agregarse el odio de la juventud intelectual, aplastada por la crisis, hacia los abogados, los profesores, los diputados y los ministros advenedizos. Aquí también, en consecuencia, los intelectuales pequeño burgueses inferiores se rebelan contra los quo están por encima de ellos.
¿Significa esto que el paso de la pequeña burguesía por el camino al fascismo será inevitable, ineluctable? No, tal conclusión sería de un vergonzoso fatalismo. Lo que es realmente inevitable es el fin del radicalismo y de todas las agrupaciones políticas que liguen su suerte a la de éste. En las condiciones de la decadencia capitalista, no hay más lugar para un partido de reformas democráticas y de progreso “pacífico”. Cualquiera que sea la vía por la que pase el futuro desarrollo de Francia, el radicalismo desaparecerá de la escena, de todos modos, rechazado y despreciado por la pequeña burguesía, a la que traicionó definitivamente. Todo obrero consciente se convencerá desde ahora de que nuestra predicción responde a la realidad, sobre la base de los hechos y de la experiencia de cada día., Nuevas elecciones traerán derrotas para los radicales. De ellos van a desprenderse unas capas tras otras, las masas populares abajo, los grupos de arribistas asustados arriba. Deserciones, escisiones, traiciones, van a seguirse ininterrumpidamente. Alguna maniobra o algún bloque no salvarán al partido radical. Este arrastrará consigo al abismo al “partido” de Renaudel, Déat y Cia. El fin del partido radical es el resultado inevitable del hecho de que la sociedad burguesa no puede alcanzar el fin de sus dificultades con la ayuda de métodos supuestamente democráticos. La escisión entre la base de la pequeña burguesía y sus direcciones es inevitable.
Pero esto no significa de ningún modo que las masas que siguen al radicalismo deben infaltablemente poner sus esperanzas en el fascismo. Desde luego, la parte más desmoralizada, más desclasada y más ávida de la juventud de las clases medias ha hecho ya su elección en ese sentido. Es de esta reserva quo se reclutan sobre todo las bandas fascistas. Pero las grandes masas pequeño burguesas de las ciudades y el campo no han hecho aún su elección. Vacilan ante una gran decisión. Es precisamente porque vacilan que aún continúan, pero ya sin confianza, votando por los radicales. Sin embargo, esta situación de vacilación e irresolución no durará años, sino meses. El desarrollo político va a tornar, en el periodo próximo, un ritmo febril. La pequeña burguesía no rechazará la demagogia del fascismo, más que si pone su fe en la realidad de otro camino. Pero el otro camino, es el de la revolución proletaria.

¿Es verdad que la pequeña burguesía teme a la revolución?

Los cretinos parlamentarios, que creen ser conocedores del pueblo, gustan de repetir: “No hay que asustar a las clases medias con la revolución: aborrecen los extremos.” Bajo esta forma general, esta afirmación es absolutamente falsa. Naturalmente, el pequeño propietario tiende al orden, en tanto que sus negocios marchan bien y mientras tiene esperanzas de que marchen aun mejor. Pero, cuando ha perdido esa esperanza, es fácilmente atacado por la rabia y está dispuesto a abandonarse a las medidas más extremas. En caso contrario, cómo habría podido derrocar al Estado democrático y conducir al fascismo al poder en Italia y Alemania? Los pequeño burgueses desesperados ven ante todo en el fascismo una fuerza combativa contra el gran capital, y creen que, a diferencia de los partidos obreros que trabajan solamente con la lengua, el fascismo utilizará los puños para imponen más “justicia”. A su manera, el campesino y el artesano son realistas: comprenden que no podrá prescindirse de los puños. Es falso, tres veces falso, afirmar que en la actualidad la pequeña burguesía no se dirige a los partidos obreros porque teme a las “medidas extremas”. Por el contrario: la capa inferior de la pequeña burguesía, sus grandes masas no ven en los partidos obreros más que máquinas parlamentarias, no creen en su fuerza, no los creen capaces de luchar, no creen que esta vez estén dispuestos a llevar la lucha hasta el final. Y si es así, ¿vale la pena reemplazar al radicalismo por sus colegas parlamentarios de izquierda? Así es cómo razona o siente el propietario semi-expropiado, arruinado e indignado. Sin la comprensión de esta psicología de los campesinos, artesanos, empleados, pequeños funcionarios, etc. —psicología que surge de la crisis social— es imposible elaborar una política justa.
La pequeña burguesía es económicamente dependiente y está políticamente atomizada. Por eso no puede tener una política propia. Necesita un ‘jefe” que le inspire confianza. Ese jefe individual o colectivo (es decir, una persona o un partido) puede ser provisto por una u otra de las clases fundamentales, sea por la gran burguesía, sea por el proletariado. El fascismo unifica y arma a las masas dispersas; de una “polvareda humana” —según nuestra expresión— hace destacamentos de combate. Así, da a la pequeña burguesía la ilusión de ser independiente. Comienza a imaginarse que realmente, manejará el Estado. ¡No hay nada de sorprendente en que esas ilusiones y esas esperanzas se le suban a la cabeza!
Pero la pequeña burguesía puede también encontrar un caudillo en el proletariado. Lo ha demostrado en Rusia, y parcialmente en España. Ha tendido a ello en Italia, en Alemania y en Austria.
Pero los partidos del proletariado no han estado a la altura de su tarea histórica. Para atraer a su lado a la pequeña burguesía, el proletariado debe conquistar su confianza. Y, para ello, debe comenzar por tener él mismo confianza en sus propias fuerzas. Necesita tener un programa de acción clara y estar dispuesto a luchar por el poder por todos los medios posibles. Templado por su partido revolucionario para una lucha decisiva e implacable, el proletariado dice a los campesinos y a los pequeños burgueses de la ciudad:
“Lucho por el poder; he aquí mi programa; no emplearé la fuerza más que contra el gran capital y sus lacayos; pero con ustedes, trabajadores, quiero hacer una alianza sobre la base de un programa dado.” El campesino comprenderá semejante lenguaje. Hace falta, solamente, que tenga confianza en la capacidad del proletariado para tomar el poder. Para eso, es indispensable depurar el frente único de todo equívoco, de toda indecisión, de frases vacías; es indispensable comprender la situación y ponerse seriamente en la ruta de la lucha revolucionaria.
Una alianza con los radicales sería una alianza contra las clases medias
Renaudel, Frossard y sus semejantes se imaginan con toda seriedad que una alianza con los radicales es una alianza con las “clases medias” y, en consecuencia, una barrera contra el fascismo. Esta gente no ve otra cosa que las sombras parlamentarias. Ignoran la evolución real de las masas y se vuelven hacia el partido radical que se sobrevive y que hace tiempo los ha dado la espalda. Piensan que en una época de gran crisis social, una alianza de clases movilizadas puede ser reemplazada por un bloque con una pandilla parlamentaria comprometida y condenada a la desaparición. Una verdadera alianza del proletariado y las clases medias no es una cuestión de estática parlamentaria, sino de dinámica revolucionaria. Esa alianza, es necesario crearla, forjarla en la lucha.
El fondo de la situación política actual está en el hecho de que la pequeña burguesía desesperada comienza a desembarazarse del yugo de la disciplina parlamentaria y de la tutela de la pandilla “radical” conservadora, que siempre ha engañado al pueblo y que ahora lo ha traicionado definitivamente. En esta situación, ligarse a los radicales significa autocondenarse al desprecio de las masas y empujar a la pequeña burguesía a los brazos del fascismo, como el único salvador.
El partido obrero no debe ocuparse en una tentativa sin esperanza de salvar al partido de los especialistas en quiebras; debe, por el contrario, acelerar con todas sus fuerzas el proceso de liberación de las masas de la influencia radical. Cuanto mayor celo y energía ponga en el cumplimiento de esa tarea, mejor preparará verdadera y rápidamente la alianza de la clase obrera con la pequeña burguesía. Es necesario tomar a las masas en su movimiento. Es necesario ponerse a la cabeza de ellas y no a su cola. La historia trabaja hoy rápidamente. ¡Peor para el que se quede atrás!
Cuando Frossard niega al Partido Socialista el derecho de desenmascarar, debilitar y descomponer a! partido radical, actúa como un radical conservador, poro no como un socialista. Solo tiene derecho a la existencia histórica el partido que cree en su programa y se esfuerza por reunir a todo el pueblo bajo su bandera. En caso contrario, no es un partido histórico, sino una pandilla parlamentaria, una banda de arribistas. No es solamente el derecho, sino el deber elemental del partido del proletariado, liberar a las masas trabajadoras de la nefasta influencia de la burguesía. Esta tarea histórica toma en la actualidad, una agudeza particular, pues los radicales se esfuerzan más que nunca en cubrir el trabajo de la reacción, adormecer y engañar al pueblo, y preparar así la victoria del fascismo. ¿Los radicales de izquierda? También ellos capitulan fatalmente ante Herriot, como Herriot lo hace ante Tardieu.
Frossard quiere creer que la alianza de los socialistas con los radicales conducirá a un gobierno de “izquierda” que disolverá a las organizaciones fascistas y salvará a la república. Es difícil imaginar una amalgama más monstruosa de ilusiones democráticas y de cinismo policial. Cuando decimos que es necesaria una milicia popular —hablaremos de esto en detalle, más adelante—, Frossard y sus semejantes objetan: “Contra el fascismo no se debe luchar con medios físicos, sino ideológicamente”. Cuando decimos: solo una fuerte movilización revolucionaria de las masas (que no es posible más que en una lucha contra el radicalismo) es capaz de socavar el piso bajo los pies del fascismo, la misma gente nos replica: “no, sólo puede salvamos la policía del gobierno Daladier-Frossard”.
¡Lamentables farfulleos! Los radicales han tenido el poder y, si han consentido en cedérselo a Doumergue, no es porque les faltara la ayuda de Frossard, sino porque temían al fascismo, temían a la gran burguesía que los amenazaba con las navajas realistas, que temían aún más al proletariado que comenzaba a dirigirse contra el fascismo. Para colmo de escándalos, fue el propio Frossard quien, espantado del espanto de los radicales, aconsejó a Daladier que capitulara! Si se admite por un instante — ¡hipótesis manifiestamente inverosímil! — que los radicales hubieran consentido en romper la alianza con Doumergue por la alianza con Frossard, las bandas fascistas, esta vez con la colaboración directa de la policía, hubieran salido a la calle en número tres veces mayor, y los radicales junto con Frossard, se hubieran metido debajo de la mesa o se hubieran ocultado en los reductos más secretos de sus ministerios.
Pero supongamos todavía una hipótesis fantástica: La policía de Daladier-Frossard “desarma” a los fascistas. (¿Es que eso resuelve la cuestión?, Quién desarmará a la propia policía, que, con la mano derecha devolverá a las fascistas lo que les haya quitado con la mano izquierda? La comedia del desarme de los fascistas no haría otra cosa que aumentar la autoridad de los fascistas, como combatientes contra el Estado capitalista. Los golpes contra las bandas fascistas no pueden ser reales más que en la medida en que esas bandas sean, al mismo tiempo, aisladas políticamente. Mientras tanto, el hipotético gobierno Daladier-Frossard no daría nada a los obreros ni a las masas pequeño burguesas, pues no podría atentar contra los fundamentos de la propiedad privada. Y, sin expropiación de los bancos, de las grandes empresas comerciales, de las industrias clave, de los transportes, sin monopolio del comercio exterior y sin una serie de medidas profundas, no es posible en absoluto, acudir en ayuda del campesino, del artesano o del pequeño comerciante. Por su pasividad, por su impotencia, por su mentira, el gobierno Daladier-Frossard provocaría una tempestad de indignación en la pequeña burguesía y la empujaría definitivamente en la vía al fascismo. . . si ese gobierno fuera posible.
Sin embargo, hay que reconocer que Frossard no está solo. El mismo día (24 de octubre) en que el moderado Zyromsky intervenía en Le Populaire contra el intento de Frossard de hacer renacer el cartel[3], Cachin intervenía en L‘Humanité para defender la idea de un bloque con los radicales socialistas. El, Cachin, saludaba con entusiasmo el hecho de que los radicales se hubieran pronunciado por el “desarme” de los fascistas. Por cierto, los radicales se han pronunciado por el desarme de todos, incluyendo a las organizaciones obreras. Desde luego, en manos del Estado bonapartista, tal medida sería dirigida sobre todo contra los obreros. Desde luego, los fascistas “desarmados” recibirían al día siguiente el doble de armas, no sin ayuda de la policía. Pero, ¿para qué preocuparse con sombrías reflexiones? Todo hombre necesita una esperanza. Y he aquí a Cachin, que va tras las huellas de Wels y Otto Bauer, quienes esperaron, en su momento, la salvación por medio de un desarme realizado por las policías de Brüning y Dollfuss. Haciendo un viraje de 180º, Cachin identifica a los radicales con las clases medias. No ve a los campesinos oprimidos más que a través del prisma del radicalismo. No se imagina la alianza con los pequeños propietarios trabajadores de otro modo que bajo la forma de un bloque con los arribistas parlamentarios que, por fin, han comenzado a perder la confianza de los pequeños propietarios. En lugar de alimentar y de atizar la incipiente indignación del campesino y del artesano contra los explotadores “democráticos” y de dirigir esa indignación hacia una alianza con el proletariado, Cachin se prepara a sostener a los estafadores radicales con la autoridad del “frente común” y, de ese modo, a empujar a la indignación do las capas inferiores de la pequeña burguesía por el camino al fascismo.
La torpeza teórica atrajo siempre hacia una cruel venganza en la política revolucionaria. El “antifascismo”, coma el “fascismo”, no son para los stalinistas conceptos concretos, sino dos grandes bolsas vacías en las que meten todo lo que cae en sus manos. Doumergue es para ellos un fascista, como antes también lo fue Daladier. De hecho, Doumergue es un explotador capitalista del ala fascista de la pequeña burguesía, del mismo modo que Herriot es un explotador de la pequeña burguesía radical. Actualmente, esos dos sistemas se combinan en el régimen bonapartista. Doumergue también es, a su manera, un “antifascista”, pues prefiere una dictadura pacifica, militar y policial, del gran capital a una guerra civil de resultado siempre incierto. Por terror al fascismo y más aún al proletariado, el “antifascista” Daladier se ha unido a Doumergue. Pero el régimen de Doumergue es inconcebible sin la existencia de las bandas fascistas. ¡E1 análisis marxista elemental demuestra así la inconsistencia de la idea de la alianza con los radicales contra el fascismo! Los propios radicales se toman el trabajo de mostrar en los hechos cuán fantásticas y reaccionarias son las quimeras políticas de Frossard y de Cachin.

La milicia obrera y sus adversarios

 

Para luchar, hay que conservar y reforzar los instrumentos y medios de lucha: las organizaciones, la prensa, las reuniones, etc. El fascismo los amenaza, directa o indirectamente. Aún es muy débil para lanzarse a la lucha directa por el poder; pero es bastante fuerte como para intentar abatir a las organizaciones obreras pedazo a pedazo, para templar sus bandas en esos ataques, para sembrar en las filas obreras el desaliento y la falta de confianza en las propias fuerzas. Por otra parte, el fascismo encuentra auxiliares inconscientes en todos aquellos que dicen que la “lucha física” es inadmisible y sin esperanzas y que reclaman de Doumergue el desarme de sus guardias fascistas. Nada es tan peligroso para el proletariado, especialmente en las condiciones actuales, como el veneno azucarado de las falsas esperanzas. Nada aumenta tanto la insolencia de los fascistas como el blando “pacifismo” de las organizaciones obreras. Nada destruye tanto la confianza de las clases medias en el proletariado, como la pasividad expectante, como la ausencia de voluntad de lucha.
Le Populaire y particularmente L‘Humanité escriben todos los días: “El frente único es una barrera contra el fascismo”, “El frente único no permitirá...“, “Los fascistas no se atreverán”, etc. Frases. Hay que decir exactamente a los obreros, socialistas y comunistas: “No permitan que los periodistas y oradores superficiales e irresponsables los adormezcan con frases. Se trata de vuestras cabezas y del porvenir del socialismo”. No somos nosotros quienes negamos la importancia del frente único: lo hemos exigido cuando los dirigentes de los dos partidos estaban contra él. El frente único abre enormes posibilidades. Pero nada más. El frente único, en si mismo, no decide nada. Sólo la lucha de las masas decide. El frente único se revelará como una gran cosa, cuando los destacamentos comunistas acudan en ayuda do los destacamentos socialistas —y a la inversa—, en el caso de un ataque de las bandas fascistas contra Le Populaire o L‘Humanité. Pero, para que eso ocurra, los destacamentos de combate proletarios deben existir, educarse, entrenarse, armarse. Y si no hay organización de defensa, es decir milicia obrera, Le Populaire y L ‘Humanité podrán escribir todo lo que quieran sobre la omnipotencia del frente único y los dos diarios so encontrarán indefensos ante el primer ataque bien preparado de los fascistas. Tratemos de hacer el examen crítico de los “argumentos” y de las “teorías” de los adversarios de la milicia obrera, que son muchos y muy influyentes en los dos partidos obreros.
—Necesitamos autodefensa de masas y no milicia, nos dicen a menudo. Pero, ¿qué es esta “autodefensa de masas”? ¿Sin organización de combate? ¿Sin cuadros especializados? ¿Sin armamento? Endosar a las masas no organizadas, no preparadas, libradas a si mismas, la defensa contra el fascismo, sería representar un papel incomparablemente más bajo que el de Poncio Pilatos. Negar el rol de la milicia, es negar el rol de la vanguardia. En ese caso, ¿para qué un partido? Sin el apoyo de las masas, La milicia no es nada. Pero, sin destacamentos de combate organizados, las masas más heroicas serán aplastadas, sector por sector, por las bandas fascistas. Oponer la milicia a la autodefensa es absurdo. La milicia es el órgano de la autodefensa.
—Llamar a la organización de la milicia, dicen algunos adversarios por cierto poco serios y poco honestos, es una “provocación”. Esto no es un argumento, sino un insulto. Si la necesidad de defender las organizaciones obreras surge de toda la situación, ¿cómo se puede no llamar a la creación de milicias? ¿Puede decírsenos que la creación de milicias “provoca” los ataques de los fascistas y la represión del gobierno? En tal caso, se trata de un argumento absolutamente reaccionario. El liberalismo ha dicho siempre a los obreros que dos “provocan” a la reacción, mediante su lucha de clases. Los reformistas repitieron esta acusación contra los marxistas; los mencheviques contra los bolcheviques. Estas acusaciones se reducen, en definitiva, a este profundo pensamiento: si los oprimidos no se pusieran en movimiento, los opresores no se verían obligados a golpearlos. Es la filosofía de Tolstoi y de Gandhi, pero de ningún modo la de Marx y de Lenin. Si L ‘Humanité desea desde ahora desarrollar la doctrina de la “no resistencia al mal por la violencia”, deberá tomar como símbolo, no La hoz y el martillo, emblema de la revolución de Octubre, sino la bondadosa cabra que nutre a Gandhi con su leche.
—Pero, el armamento de los obreros no es oportuno más que en una situación revolucionaria que aún no existe. Este profundo argumentó significa que los obreros deben dejarse golpear hasta que la situación se vuelva revolucionaria. Los que ayer predicaban el “tercer periodo” no quieren ver lo que pasa ante sus ojos. La propia cuestión del armamento no ha surgido prácticamente, más que porque la situación “pacifica”, “normal”, “democrática” ha dejado el lugar a una situación agitada, crítica, inestable, que puede tan fácilmente transformarse en una situación revolucionaria como contrarrevolucionaria. Esa alternativa depende, ante todo, de esto: ¿Se dejarán golpear los obreros de vanguardia, impunemente, sector por sector o, a cada golpe responderán con dos golpes, elevando el coraje de los oprimidos y uniéndolos a su alrededor? Una situación revolucionaria no cae del cielo. Se forma con la participación activa de la clase revolucionaria y de su partido.
Los estalinistas franceses invocan el hecho de que la milicia no ha salvado a! proletariado alemán de la derrota. Hasta ayer, negaban que hubiera derrota en Alemania, y afirmaban que la política de los estalinistas alemanes había sido justa del principio al fin. Hoy, ven todo el mal en La milicia obrera alemana (Rote Front). Así, de un error caen al error opuesto, no menos monstruoso. La milicia no resuelve la cuestión por si misma. Hace falta una política correcta. Y la política de los stalinistas en Alemania (“el socialfascismo es el enemigo principal”, la escisión sindical, el coqueteo con el nacionalismo, putchismo) condujo fatalmente al aislamiento de la vanguardia proletaria y a su derrumbe. Con una estrategia totalmente errónea, ninguna milicia podía salvar la situación.
Es una tontería decir que la organización de la milicia por si misma, abre el camino a las aventuras, provoca al enemigo, reemplaza la lucha política por la lucha física, etc. En todas esas frases no hay sino cobardía política. La milicia, como fuerte organización de la vanguardia es, de hecho, el medio más seguro contra las aventuras, contra el terrorismo individual, contra las sangrientas explosiones espontáneas. La milicia es, al mismo tiempo, el único medio serio de reducir al mínimo la guerra civil que el fascismo impone al proletariado. Que los obreros, a pesar de la ausencia de “situación revolucionaria”, corrijan solamente alguna vez a los “hijos de papá” patriotas con sus propios métodos, y el reclutamiento de nuevas bandas fascistas se hará de golpe incomparablemente más difícil.
Pero aquí los estrategas, embrollados por su propio razonamiento, nos lanzan argumentos aún más sorprendentes. Leemos textualmente: “Si respondemos a los tiros de las bandas fascistas con otros tiros, —escribe L ‘Humanité del 23 de octubre— perdemos de vista que el fascismo es el producto del régimen capitalista y que, luchando contra el fascismo, es a todo el sistema al que enfrentamos”. Es difícil acumular en pocas líneas más confusión y más errores. Es imposible defenderse contra los fascistas, porque representan... “un producto del régimen”. Esto significa que debe renunciarse a toda lucha, pues todos los males sociales contemporáneos son “productos del sistema capitalista”.
Cuando los fascistas matan a un revolucionario o incendian la sede de un periódico proletario, los obreros deben contestar filosóficamente: “¡Ah! , los asesinatos y los incendios son los productos del sistema capitalista,” y volver a casa con la conciencia tranquila. La postración fatalista sustituye a la teoría militante de Marx, con ventaja únicamente para el enemigo de clase. Por supuesto, la ruina de la pequeña burguesía es el producto del capitalismo. El crecimiento de las bandas fascistas es, por su parte, el producto de la ruina de la pequeña burguesía. Pero, por otro lado, el aumento de la miseria y de la indignación del proletariado es también, por su parte, el producto del capitalismo y la milicia, el producto de la exacerbación de la lucha de clases. Entonces, ¿por qué para los “marxistas” de L ‘Humanité, las bandas fascistas son el producto legítimo del capitalismo, y la milicia obrera, el producto ilegítimo de... los trotskistas? Decididamente, es imposible entender nada de esto.
Se nos dice: es necesario hacer frente a todo el “sistema”. ¿Cómo? ¿Por encima de la cabeza de los seres humanos? Sin embargo, los fascistas han comenzado por los tiros y han terminado con la destrucción de todo el “sistema” de las organizaciones obreras. ¿Cómo detener entonces, la ofensiva armada del enemigo, si no es por medio de una defensa armada, para pasar a continuación a nuestro tumo, a la ofensiva?
Por cierto, L ‘Humanité admite de palabra la defensa, pero solo como “autodefensa de masas”: La milicia es perjudicial, porque, vea usted, separa a los destacamentos de combate de las masas. ¿Pero entonces, por qué entre los fascistas existen destacamentos armados independientes que no se separan de las masas reaccionarias, sino por el contrario, mediante sus golpes bien organizados elevan el coraje de esas masas y refuerzan su audacia? ¿O las masas proletarias son tal vez, por sus cualidades combativas, inferiores a la pequeña burguesía desclasada?
Embrollado hasta el final, L ‘Humanité comienza a vacilar: he aquí que la autodefensa de masas necesita crear sus “grupos de autodefensa”. En lugar de la milicia repudiada, se ponen grupos especiales, destacamentos. A primera vista, parece que la diferencia es solo de nombre. En verdad, ni el nombre propuesto por L ‘Humanité vale algo. Se puede hablar de “autodefensa de masas”, pero es imposible hablar de “grupos de autodefensa”, pues los grupos no tienen por objetivo defenderse a sí mismos, sino a las organizaciones obreras. No obstante, no se trata, por supuesto, del nombre. Los “grupos de autodefensa”, según L ‘Humanité, deben renunciar al empleo de las armas, para no caer en el “putchismo”. Estos sabios tratan a la clase obrera como a un niño en cuyas manos no debe dejarse una navaja. Además, las navajas son, como es sabido, el monopolio de los Camelots du Roi, quienes, siendo un legítimo “producto del capitalismo”, han derribado el “sistema” de la democracia. Sin embargo, ¿cómo van a defenderse los “grupos de autodefensa” contra los revólveres fascistas? “Ideológicamente”, por supuesto. Dicho de otro modo: no les queda otro remedio que esconderse. No teniendo en sus manos lo que hace falta, deben buscar la “autodefensa” en las piernas. Mientras tanto, los fascistas saquearán impunemente las organizaciones obreras. Pero, si el pro­letariado sufre una terrible derrota, al menos no se habrá hecho culpable de “putchismo”. ¡Disgusto y desprecio: esto es lo que provoca esa charlatanería pasada bajo la bandera del “bolchevismo" Ya en el tiempo del “tercer período” de feliz memoria, cuando los estrategas de L‘Humanité tenían el delirio de las barricadas, “conquistaban” la calle todos los días y trataban de “socialfascistas” a todos los que no compartían sus extravagancias, predijimos:
“En cuanto esta gente se queme la punta de los dedos, se convertirán en los peores oportunistas”. Ahora, la predicción se ha confirmado completamente. En el momento en que en el Partido Socialista se refuerza y crece el movimiento en favor de la milicia, los jefes del partido que se llama Comunista corren a la manguera de incendios para enfriar las aspiraciones de los obreros de vanguardia de formar columnas de combate. ¿Puede imaginarse un trabajo más nefasto y más desmoralizante?

 

Hay que construir la milicia obrera

 

En las filas del Partido Socialista, a veces se escucha esta objeción: “Es necesario formar la milicia, pero no hace falta hablar tan alto sobre eso”. No se puede sino felicitar a los camaradas que tienen el cuidado de sustraer el lado práctico del asunto a los ojos y oídos indeseables. Pero es demasiado tonto pensar que se puede crear la milicia imperceptiblemente, en secreto, entre cuatro paredes. Nos hacen falta decenas y, enseguida, centenares de miles de combatientes. Solo vendrán si millones de obreros y obreras, y tras ellos también los campesinos, comprenden la necesidad de la milicia y crean, alrededor de los voluntarios, un clima de ardiente simpatía y de apoyo activo. La conspiración puede y debe involucrar únicamente el lado práctico del asunto. Pero en cuanto a la campaña política, debe desarrollarse abiertamente, en las reuniones, en las fábricas, en las calles y en las plazas públicas.
Los cuadros fundamentales de la milicia deben ser los obreros fabriles, agrupados según el lugar de trabajo, conociéndose unos a otros y pudiendo proteger a sus destacamentos de combate de la infiltración de agentes enemigos con mucha mayor facilidad y seguridad que los burócratas de primera línea. Los estados mayores conspirativos, sin la movilización abierta de las masas, quedarán suspendidas en el aire en el momento de peligro. Es necesario que todas las organizaciones obreras pongan manos a la obra. En esta cuestión, no puede haber una línea divisoria entre los partidos obreros y los sindicatos. Hombro a hombro, deben movilizar a las masas. así, el éxito de la milicia obrera estará plenamente asegurado.
Pero, ¿de dónde van a sacar las armas los obreros?, objetan los serios “realistas”, es decir los filisteos asustados. El enemigo de clase tiene los fusiles, los cañones, los tanques, los gases, los aviones; y los obreros, unos centenares de revólveres y de cuchillos.
En esta objeción, todo se junta para asustar a los obreros. Por una parte, nuestros sabios identifican el armamento de los fascistas con el armamento del Estado; por otra se vuelven hacia el Estado para suplicarle que desarme a los fascistas. ¡Lógica destacable! De hecho, su posición es falsa en los dos casos. En Francia, los fascistas aún están lejos de haberse apoderado del Estado. El 6 de febrero, entraron en un enfrentamiento armado con la policía del Estado. Por eso, será falso hablar de cañones y tanques, cuando se trate de lo inmediato de la lucha armada contra los fascistas. Los fascistas, por supuesto, son más ricos que nosotros y les resulta más fácil comprar armas. Pero los obreros son más numerosos, más decididos, más devotos, por lo menos cuando cuentan con una firme dirección revolucionaria. Entre otras fuentes, los obreros pueden armarse a costa de los fascistas, desarmándolos sistemáticamente. Actualmente, esta es una de las formas más serias de lucha contra el fascismo. Cuando los arsenales obreros comiencen a llenarse a expensas de los depósitos fascistas, los bancos y los trusts se harán más prudentes en la financiación del armamento de sus guardias asesinas. Puede admitirse incluso que en ese caso —pero solo en ese caso— las autoridades alarmadas comiencen realmente a impedir el armamento de los fascistas, para no ofrecer una fuente suplementaria de armamento a los obreros. Desde hace mucho, se sabe que solo una táctica revolucionaria crea, como producto accesorio, “reformas” o concesiones del gobierno.
¿Pero cómo desarmar a los fascistas? Naturalmente, es imposible hacerlo cínicamente por medio de artículos en los periódicos. Hay que crear escuadras de combate. Hay que crear los estados mayores de la milicia. Hay que instituir un buen servicio de informaciones. Miles de informantes y de auxiliares amistosos se nos acercarán, cuando comprendan que hemos encarado el asunto con seriedad. Hace falta una voluntad de acción proletaria[4].
Pero los armamentos fascistas no son, naturalmente, La única fuente. En Francia, hay más de un millón de obreros organizados; hablando en general, es un número muy bajo, pero es más que suficiente para establecer un comienzo de milicia obrera. Si los partidos y los sindicatos armaran solamente a la décima parte de sus miembros, ya habría una milicia de 100.000 hombres. No cabe duda de que el número de los voluntarios, al día siguiente del llamado del “frente único” para formar la milicia, lo sobrepasaría de lejos. Las cotizaciones de los partidos y de los sindicatos, las colectas y las contribuciones voluntarias permitirían, en uno o dos meses, asegurar armas a 100.000 o 200.000 combatientes obreros. La canalla fascista pondría rápidamente la cola entre las patas. Toda la perspectiva del proceso se haría incomparablemente más favorable.
Invocar la ausencia de armamento u otras causas objetivas para explicar por qué aún no se ha encarado la creación de la milicia, es engañarse a sí mismo y a los demás. El principal obstáculo, se puede decir que el único, radica en el carácter conservador y pasivo de las organizaciones obreras dirigentes. Los escépticos que están a su frente no creen en la fuerza del proletariado. Ponen su esperanza en todo tipo de milagros venidos de arriba, en lugar de dar una salida revolucionaria a la energía de abajo. Los obreros conscientes deben obligar a sus jefes, ya sea a pasar inmediatamente a la creación de la milicia del pueblo, ya sea a ceder el lugar a fuerzas más jóvenes y frescas.
¿Para qué conquistar el poder si pueden obtenerse los mismos resultados por la vía pacífica? “Bajo ‘La presión y el control” del Frente Unico, Germain-Martin va a nacionalizar los bancos y Marchandeau va a mandar a la cárcel a los conspiradores reaccionarios, empezando por su colega Tardieu. La idea de la “presión y el control” en lugar de la lucha revolucionaria, no ha sido inventada por Vaillant-Couturier, la ha tornado prestada de Otto Bauer, Hilferding y el menchevique ruso Dan. El objetivo de esta idea es el siguien­te: desviar a los obreros de la lucha revolucionaria. De hecho, es cien veces más fácil aplastar a los fascistas con las propias manos que con las manos de una policía hostil. Y cuando el Frente Único se vuelva suficientemente poderoso corno para “controlar” el aparato del Estado —por consiguiente, después de la toma del poder, y de ningún modo antes— eliminará simplemente la policía burguesa y pondrá en su lugar La milicia obrera.

 

El armamento del proletariado

 

Una huelga es inconcebible sin propaganda y sin agitación, pero también sin piquetes que, donde puedan, actúen por la persuasión y allí donde se vean obligados, recurran a la fuerza física. La huelga es la forma más elemental de la lucha de clases, en la que se combinan siempre, en proporciones variables, los procedimientos “ideológicos” y los procedimientos físicos. La lucha contra el fascismo es, en el fondo, una lucha política, que requiere una milicia del mismo modo que una huelga requiere piquetes. En el fondo, el piquete es el embrión de la milicia obrera. Aquel que piense que es necesario renunciar a la lucha física, debe renunciar a toda lucha, pues el espíritu no vive sin la carne.
De acuerdo a la magnífica expresión del teórico militar Clausewitz, la guerra es la continuación de la política por otros medios. Esta definición también se aplica plenamente a la guerra civil. La lucha física no es sino uno de los “otros medios” de la lucha política. Es imposible oponer una a la otra, pues es imposible detener La lucha política cuando se transforma, por la fuerza de su desarrollo interno, en lucha física. El deber de un partido revolucionario es prever la inevitabilidad de la transformación de la política en conflicto armado declarado y prepararse con todas sus fuerzas para ese momento, como se preparan para él las clases dominantes.
Los destacamentos de la milicia para la defensa contra el fascismo son los primeros pasos en el camino del armamento del proletariado, pero no el último. Nuestra consigna es: Armamento del proletariado y de los campesinos revolucionarios. La milicia del pueblo, a fin de cuentas, debe abarcar a todos los trabajadores. No se podrá cumplir ese programa completamente, más que en el Estado obrero, a cuyas manos pasarán todos los medios de producción y por consiguiente, también los medios de destrucción, es decir todos los armamentos y todas las fábricas que los producen.
Sin embargo, es imposible llegar al Estado obrero con las manos vacías. De una vía pacífica, constitucional, al socialismo, no pueden hablar más que los inválidos políticos, del tipo de Renaudel. La vía constitucional está cortada por trincheras que ocupan las bandas fascistas. Hay muchas de esas trincheras ante nosotros. La burguesía no vacilará en provocar una docena de golpes de estado para prevenir la llegada del proletariado al poder. Un Estado obrero socialista no puede ser creado más que por vía de una revolución victoriosa. Toda revolución es preparada por La marcha del desarrollo económico y político, pero es decidida siempre por conflictos armados declarados entre las clases hostiles. Una victoria revolucionaria no es posible más que gracias a una larga agitación política, un largo trabajo de educación, una larga tarea de organi­zación de las masas. Pero el propio conflicto armado debe también prepararse con mucha anterioridad. Los obreros deben saber que tendrán que batirse en una lucha a muerte. Deben tender a armarse, como una garantía de su liberación. En una época tan crítica como la actual, el partido de la revolución debe predicar incansablemente a los obreros la necesidad de armarse y de hacer todo lo que puedan para asegurar, por lo menos, el armamento de la vanguardia proletaria. Sin esto, la victoria es imposible.
Las últimas grandes victorias electorales del Partido Laborista británico no contradicen en modo alguno lo que acabamos de decir. Aún suponiendo que las próximas elecciones parlamentarias dieran mayoría absoluta al partido obrero (lo que no es para nada seguro), si seadmite aún que el partido se aplica realmente a realizar reformas socialistas (lo que es poco verosímil), encontrará inmediatamente una oposición tan encarnizada de
la Cámara de los Lores, de la corona, de los bancos, de la Bolsa, de la burocracia, de la gran prensa, que se hará inevitable la escisión en la fracción parlamentaria. El ala izquierda, la más radical, se hallará convertida en minoría parlamentaria. Simultáneamente, el movimiento fascista tomará dimensiones sin precedentes. La burguesía inglesa, espantada por las elecciones municipales, se prepara ahora, sin ninguna duda, realmente para una lucha extraparlamentaria, al mismo tiempo que las direcciones del partido obrero arrullan al proletariado con los sucesos electorales y las ilusiones parlamentarias. Lamentablemente, los obreros socialistas son obligados a ver los acontecimientos británicos a través de los lentes rosados de Jean Longuet. De hecho, la burguesía británica impondrá al proletariado una guerra civil tanto más cruel, cuanto menos se preparen para ella los jefes del Partido Laborista.
—¿Pero de dónde saca usted las armas para todo el proletariado?, objetan nuevamente los escépticos, que toman su inconsis­tencia interior por una imposibilidad objetiva. Olvidan que la misma cuestión se ha planteado en todas las revoluciones a lo largo de la historia. Y, a pesar de todo, las revoluciones triunfantes marcan etapas importantes en el desarrollo de la humanidad.
El proletariado produce las armas, las transporta, construye los arsenales en los que son depositadas, defiende esos arsenales contra sí mismo, sirve en el ejército y crea todo el equipamiento de éste último. No son cerraduras ni muros los que separan las armas del proletariado, sino el hábito de la sumisión, La hipnosis de la dominación de ciase, el veneno nacionalista. Bastará con destruir esos muros psicológicos, y ningún muro de piedra resistirá. Bastará que el proletariado quiera tener las armas, y las encontrará. La tarea del partido revolucionario es la de despertar en el proletariado esa voluntad y facilitar su realización.
Pero he aquí que Frossard y algunos centenares de parlamentarios, periodistas y funcionarios sindicales asustados lanzan su último argumento; el de más peso: “¿Pueden las personas serias en general poner sus esperanzas en el éxito de la lucha física después de las últimas experiencias trágicas de Austria y España? Pensad en la técnica actual: ¡los tanques! , ¡los gases!, ¡los aeroplanos! Este argumento demuestra solamente que algunas “personas serias” no solo no quieren aprender nada, sino que con ci miedo olvidan además lo poco que han aprendido en otro tiempo. La historia de estos últimos veinte años demuestra, de modo particularmente claro, que los problemas fundamentales en las relaciones entre las clases, lo mismo que entre las naciones, se resuelven por medio de la fuerza física. Los pacifistas han esperado durante mucho tiempo que el aumento de la técnica militar hiciera imposible La guerra. Durante décadas, los filisteos han repetido que ci aumento de la técnica militar haría imposible La revolución. Sin embargo, guerras y revoluciones siguen su marcha. Nunca ha habido tantas revoluciones, incluso revoluciones victoriosas, como después de la última guerra, que puso al descubierto toda la fuerza de la técnica militar.
Bajo la forma de los más novedosos descubrimientos, Frossard y Cia. presentan viejos esquemas; se limitan a invocar, en lugar de los fusiles automáticos y las ametralladores, a los tanques y aviones de bombardeo. Respondemos: detrás de cada máquina hay hombres, ligados por relaciones no solo técnicas, sino también sociales y políticas. Cuando el desarrollo histórico pone ante una sociedad una tarea revolucionaria impostergable, como cuestión de vida omuerte, cuando existe una clase progresiva a cuya victoria se encuentra ligada la salvación de la sociedad, la propia marcha de la lucha política abre ante la clase revolucionaria las posibilidades más diversas: tan pronto, paralizar la fuerza militar del enemigo, tan pronto, apoderarse de ella, al menos parcialmente. En la conciencia de un filisteo, esas posibilidades se presentan siempre como “éxitos ocasionales”, que nunca más se repetirán. De hecho, en toda gran revolución verdaderamente popular se abren toda clase de posibilidades en las combinaciones más inesperadas, pero en el fondo completamente natural. Pero, pese a todo, la victoria no se produce por sí sola. Para utilizar las posibilidades favorables, hace falta una voluntad revolucionaria, una firme resolución de vencer, una dirección sólida y perspicaz.
L ‘Humanité admite de palabra la consigna de “armamento de los obreros”, pero solo para renunciar a ella en los hechos. Actualmente, en este período, es inadmisible lanzar una consigna que no es oportuna más que en “plena crisis revolucionaria”. Es peligroso cargar el fusil, dice el cazador demasiado “prudente”, mientras no se ve la presa. Pero, cuando se ve la presa, es un poco tarde para cargar el fusil. ¿Es que los estrategas de L ‘Humanité piensan que, “en plena crisis revolucionaria”, podrán, sin preparación, movilizar y armar al proletariado? Para conseguir muchas armas, hace falta tener, al menos algunas. Hacen falta cuadros militares. Hace falta que las masas tengan el deseo invencible de apoderarse de las armas. Hace falta un trabajo preparatorio ininterrumpido, no sólo en las salas de gimnasia, sino indisolublemente ligado con la lucha cotidiana de las masas. Esto quiere decir: hace falta construir inmediatamente la milicia y, al mismo tiempo realizar propaganda en favor del armamento general de los obreros y de los campesinos revolucionarios.
Pero las derrotas de Austria y España...
La impotencia del parlamentarismo en las condiciones de crisis total del sistema social del capitalismo es tan evidente, que los demócratas vulgares en el campo obrero (Renaudel, Frossard y sus imitadores) no encuentran un argumento para defender sus prejuicios petrificados. Con mayor razón, están dispuestos a asirse de todos los fracasos y todas las derrotas sufridas en el camino revolucionario. El desarrollo de su pensamiento es el siguiente: si el parlamentarismo puro no ofrece salida, con la lucha armada no se mejora la situación. Las derrotas de las insurrecciones proletarias de Austria y España son ahora para ellos, por supuesto, el argumento preferido. De hecho, en la crítica del método revolucionario, la inconsistencia teórica y política de los demócratas vulgares aparece aún más claramente que en su defensa de los métodos de la putrefacta democracia burguesa. Nadie ha dicho que el método revolucionario asegure automáticamente la victoria. Lo que decide no es el método en sí mismo, sino su aplicación correcta, la orientación marxista en los acontecimientos, una organización poderosa, la confianza de las masas conquistada a través de una larga experiencia, una dirección perspicaz y firme. El resultado de todo combate depende del momento y de las condiciones del conflicto, de la relación de fuerzas. El marxismo está lejos de pensar que el conflicto armado es el único método revolucionario, una panacea buena en todas las condiciones. El marxismo, en general, no conoce fetiches, ni parlamentarios ni insurreccionales. Todo es bueno, en su lugar y en su tiempo. Hay algo que puede decirse desde el principio: por el camino parlamentario, el proletariado socialista nunca y en ningún lado ha conquistado el poder; y ni siquiera se ha aproximado a ello. Los gobiernos de Scheidemann, Hermann Müller, Mac Donald nada tenían en común con el socialismo. La burguesía no ha permitido a los socialdemócratas y laboristas llegar al poder más que con la condición de que defendieran el capitalismo contra sus enemigos. Y ellos han cumplido escrupulosamente con esa condición. El socialismo parlamentario, contrarrevolucionario, no ha hecho realidad nunca y en ninguna parte un ministerio socialista; por el contrario, ha logrado formar renegados despreciables, que explotaron al partido obrero para hacer una carrera ministerial: Millerand, Briand, Viviani, Laval, Paul-Boncour, Marquet.
Por otra parte, está demostrado por la experiencia histórica que el método revolucionario puede conducir a la conquista del poder por el proletariado: en Rusia en 1917, en Alemania y Austria en 1918, en España en 1930. En Rusia, habla un poderoso partido bolchevique que, durante largos años, preparó la revolución y que supo tomar el poder sólidamente. Los partidos reformistas de Alemania, Austria y España no prepararon ni dirigieron la revolución, sino que la sufrieron. Espantados por el poder que había caído en sus manos, contra sus deseos, lo cedieron benévolamente a la burguesía. De este modo, minaron la confianza en sí mismo del proletariado y, aún más, la confianza de la pequeña burguesía en el proletariado. Prepararon las condiciones del crecimiento de la reacción fascista, de la que fueron víctimas.
La guerra civil, hemos dicho siguiendo a Clausewitz, es la continuación de la política, pero por otros medios. Esto significa: el resultado de la guerra civil depende solo en 1/4 (por no decir 1/10), de la marcha de la propia guerra civil, de sus medios técnicos, de la dirección puramente militar, y en los restantes 3/4 (si no 9/10) de la preparación política. ¿En qué consiste esa preparación política? En la cohesión revolucionaria de las masas, en su liberación de las esperanzas serviles en la clemencia, la generosidad, la lealtad de los esclavistas “democráticos”, en la educación de cuadros revolucionarios que sepan desafiar a la opinión pública burguesa y que sean capaces de mostrar frente a la burguesía, aunque más no sea una décima parte de la implacabilidad que la burguesía muestra frente a los trabajadores. Sin este temple, la guerra civil, cuando las condiciones La impongan —y siempre terminan por imponerla— se desarrollará en las condiciones más desfavorables para el proletariado, dependerá en mayor medida de los azares; después, aún en caso de victoria militar, el poder podrá escapar de las manos del proletariado. Quien no vea que la lucha de clases conduce inevitablemente a un conflicto armado, es un ciego. Pero no es menos ciego quien, frente al conflicto armado, no ve toda la política previa de las clases en lucha.
En Austria quien ha sufrido la derrota no fue el método de la insurrección, sino el austromarxismo; en España, el reformismo parlamentario sin principios. En 1918, la socialdemocracia austriaca, a espaldas del proletariado, transmitió a la burguesía el poder que aquel había conquistado. En 1927, no solo se apartó cobardemente de la insurrección proletaria que tenía todas las posibilidades de vencer, sino que dirigió la Schutzbund obrera contra las masas insurgentes. De ese modo, preparó la victoria de Dollfüss. Bauer y Cia. decían: “Queremos una evolución pacífica, pero si el enemigo pierde la cabeza y nos ataca, entonces...”. Esta fórmula parecía ser muy “sabia” y muy “realista”. Desgraciadamente, es sobre el modelo austromarxista que Marceau Pivert construye también sus razonamientos: “Si... entonces”. De hecho, esta fórmula es una trampa para los obreros: los tranquiliza, los adormece, los engaña. “Si” quiere decir: las formas de la lucha dependen de la buena voluntad de la burguesía y no de la imposibilidad de conci1iar los intereses de las clases. “Si” quiere decir: si somos pacíficos, prudentes, conciliadores, la burguesía será leal y todo ira pacíficamente. Corriendo detrás del fantasma “si”, Otto Bauer y los otros jefes de la socialdemocracia austríaca retrocedieron pasivamente ante la reacción, le cedieron una posición tras otra. Desmoralizaron a las masas, volvieron a retroceder, hasta el momento en que se encontraron finalmente metidos en un callejón sin salida; allí, en el último reducto, aceptaron la batalla y... la perdieron.
En España, los acontecimientos siguieron otro camino, pero en e fondo, las causas de la derrota son las mismas. El Partido Socialista, como los “social-revolucionarios” y los mencheviques rusos, compartió el poder con la burguesía republicana, para impedir a los obreros que llevaran la revolución hasta el final. Durante dos años, los socialistas en el poder ayudaron a la burguesía a desembarazarse de las masas mediante migajas de reformas agrarias, sociales y nacionales. Contra las capas más revolucionarias del pueblo, los socialistas emplearon la represión. El resultado fue doble. El anarco-sindicalismo que, con una política correcta del partido obrero, se hubiera fundido como la cera en el fuego de la revolución, en realidad se reforzó y atrajo a su alrededor a las capas más combativas del proletariado. En el otro polo, la demagogia social-católica explotó hábilmente el descontento de las masas hacia el gobierno burgués-socialista. Cuando el Partido Socialista estuvo suficientemente comprometido, la burguesía lo echó del poder y paso a la ofensiva en toda la línea. El Partido Socialista se vio obligado a defenderse en las condiciones extremadamente desfavorables que le había preparado su propia política anterior. La burguesía tenía ya un apoyo de masas a la derecha. Los jefes anarco-sindicalistas, que en el curso de la revolución cometieron todos los errores propios de esos confusionistas profesionales, se negaron a apoyar la insurrección dirigida por los “políticos” traidores. El movimiento no tuvo un carácter general sino esporádico. El gobierno dirigió sus golpes sobre todos los cuadros del tablero. a guerra civil así impuesta por la reacción terminó con la derrota del proletariado.
De la experiencia española no es difícil sacar una conclusión contra la participación socialista en un gobierno burgués. La conclusión es en sí misma indiscutible, pero absolutamente insuficiente. El pretendido “radicalismo” austromarxista no es mejor que el ministerialismo español. La diferencia entre ellos es técnica y no política. Ambos esperaban que la burguesía les retribuyera “lealtad” por “lealtad”. Y ambos han llevado al proletariado a sendas catástrofes. En España como en Austria sufrieron la derrota, no los métodos de la revolución, sino los métodos oportunistas en una situación revolucionaria. ¡No es lo mismo!
No nos detendremos aquí sobre la política de la Internacional Comunista en Austria y España y remitimos al lector a las colecciones de La Verité de los últimos años y a una serie de folletos.
En una situación política excepcionalmente favorable, los Partidos Comunistas austríaco y español, trabados por la teoría del “tercer período”, del “socialfascismo”, etc., se encontraron sentenciados a un completo aislamiento. Comprometiendo los métodos de la revolución por la autoridad de “Moscú”, cerraron por sí mismos el camino a una política verdaderamente marxista, verdaderamente bolchevique. La propiedad fundamental de la revolución es someter a un examen rápido e implacable a todas las doctrinas y a todos los métodos. El castigo sigue casi inmediatamente al crimen. La responsabilidad de la Internacional Comunista por las derrotas del proletariado en Alemania, en Austria, en España, es incalculable. No basta con tener una política “revolucionaria” (de palabra). Hay que tener una política correcta. Nadie ha encontrado todavía otro secreto para la victoria.

 

El frente único y la lucha por el poder

 

Ya hemos dicho: el frente único de los Partidos Socialista y Comunista encierra grandiosas posibilidades. Con sólo quererlo seriamente, sería mañana el dueño de Francia. Pero debe quererlo.
El hecho de que Jouhaux y, en general, la burocracia de La C.G.T., se mantengan fuera del frente único, conservando su “independencia”, parece contradecir lo que decimos. En una época de grandes tareas y de grandes peligros que ponen a las masas de pie, desaparecen los límites entre las organizaciones políticas y sindicales del proletariado. Los obreros quieren saber cómo salvarse de la desocupación y del fascismo, cómo conquistar su independencia ante el capital y no se preocupan para nada de la “independencia” de Jouhaux hacia la política proletaria (Jouhaux es ¡ay! tan dependiente de la política burguesa). Si la vanguardia proletaria, representada por el frente único, traza con corrección el camino de la lucha, todos los obstáculos levantados por la burocracia sindical, serán barridos por el torrente vivo del proletariado. La clave de la situación está hoy en el frente único. Si éste no utiliza esa llave, jugará el lamentable papel que habría jugado inevitablemente el frente único de los “social-revolucionarios” y los mencheviques en 1917 en Rusia, si los bolcheviques no se lo hubieran impedido.
No hablamos de los Partidos Socialista y Comunista en particular, pues políticamente, ambos han renunciado a su independencia en favor del frente único. Desde el momento en que los dos partidos obreros, que competían vivamente en el pasado, han renunciado a criticarse mutuamente y a captar cada uno los adherencias del otro, por esa misma circunstancia han dejado de existir como partidos distintos. Invocar “divergencias de principios” que se mantienen, no cambia nada. Desde que las divergencias de principio no se manifiestan abierta y activamente en un momento tan pleno de responsabilidades como el actual, dejan de existir públicamente; son como tesoros que duermen en el fondo del mar. ¿Terminará o no el trabajo común en la fusión? No queremos predecirlo. Pero en el período presente, que tiene una importancia decisiva para el destino de Francia, el frente único actúa como un partido incompleto, construido sobre el principio federativo.
¿Qué quiere el frente único? Hasta ahora, no lo ha dicho a las masas. ¿La lucha contra el fascismo? Pero, hasta ahora no ha explicado siquiera cómo piensa luchar contra el fascismo. Por otra parte, el bloque puramente defensivo contra el fascismo podría ser suficiente solo si, en todo lo demás, los dos partidos conservaran una completa independencia. Pero no, tenemos un frente único que abarca casi toda la actividad pública de los dos partidos y excluye su lucha recíproca para conquistar la mayoría del proletariado. Hay que sacar todas las consecuencias de esta situación. La primera y más importante es la siguiente: la lucha por el poder. El objetivo del frente único no puede ser otro que un gobierno de frente único, es decir un gobierno socialista-comunista, un ministerio Blum-Cachin. Hay que decirlo abiertamente. Si el frente único se toma a si mismo en serio —y esta es la condición necesaria para que lo tomen en serio las masas populares— no puede escapar a la consigna de conquista del poder. ¿Por qué medios? Por todos los medios que conduzcan al objetivo. El frente único no renuncia a la lucha parlamentaria. Pero utiliza el Parlamento ante todo para desenmascarar la impotencia de éste y explican al pueblo que el gobierno actual tiene una base extra-parlamentaria y que no se lo puede derrocar más que por un poderoso movimiento de masas. La lucha por el poder significa la utilización de todas las posibilidades que ofrece el régimen bonapartista semiparlamentario, para derrocarlo mediante una embestida revolucionaria; para reemplazar al Estado burgués por un Estado obrero.
Las últimas elecciones cantonales han arrojado un crecimiento de los votos socialistas y sobre todo comunistas. En sí mismo, este hecho no significa nada. El Partido Comunista alemán tuvo, en la víspera de su derrumbe, una afluencia incomparablemente más impetuosa de votos. Nuevas y amplias capas de oprimidos son empujadas hacia la izquierda por toda ha situación, independientemente incluso de La política de los partidos extremos. El Partido Comunista francés ha ganado más votos, pues a pesar de su política conservadora actual, por tradición sigue siendo “la extrema izquierda”. Las masas han manifestado, de ese modo, su tendencia a dar un impulso hacia la izquierda a los partidos obreros, pues ellas están enormemente más a la izquierda que sus partidos. También el estado de ánimo revolucionario de la juventud socialista da testimonio de esto. ¡No hay que olvidar que la juventud representa el barómetro sensible de toda la clase y de su vanguardia! Si el frente único no sale de la pasividad o, aun peor, emprende un indigno romance con los radicales “de izquierda”, a expensas del frente único comenzarán a fortalecerse los anarco-sindicalistas, los anarquistas y otros grupos similares de desintegración política. Al mismo tiempo, se fortalecerá la indiferencia, precursora de la catástrofe. Por el contrario, si el frente único, protegiendo su retaguardia y sus flancos contra las bandas fascistas, inicia una gran ofensiva política bajo la consigna de la conquista del poder, hallará un eco tan poderoso que superará las esperanzas más optimistas. Solo pueden no comprender esto los charlatanes huecos, para quienes los grandes movimientos de masas siempre será un libro cerrado con siete sellos.

No un programa de pasividad, sino un programa de revolución

La lucha por el poder debe partir de la idea fundamental de que, aún si es posible oponerse a un agravamiento futuro de la situación de las masas en el terreno del capitalismo, no puede concebirse ninguna mejora real de su situación sin una incursión revolucionaria contra el derecho de propiedad capitalista. La campaña del frente único debe apoyarse sobre un programa de transición bien elaborado, es decir sobre un sistema de medidas que-con un gobierno obrero y campesino-deben asegurar la transición del capitalismo al socialismo[5].
Entonces, hace falta un programa, no para tranquilizar la propia conciencia, sino para conducir una acción revolucionaria. ¿De qué vale el programa, si es letra muerta? El Partido Obrero belga, por ejemplo, ha adoptado el pomposo plan De Man, con todas las “nacionalizaciones”; pero, ¿qué sentido tiene ese plan, si no quieren moverun meñique por su realización? Los programas del fascismo son fantásticos, mentirosos, demagógicos. Pero el fascismo libra una lucha rabiosa por el poder. El socialismo puede lanzar el programa más sabio; pero su valor será igual a cero si la vanguardia del proletariado no despliega una dura lucha para apoderarse del Estado. La crisis social, en su expresión política, es la crisis del poder. El viejo amo de la sociedad está en quiebra. Hace falta un nuevo amo. ¡Si el proletariado revolucionario no se hace dueño del poder lo hará inevitablemente el fascismo!
Unprograma de reivindicaciones transitorias para las “clases medias” puede alcanzar una gran importancia, naturalmente, si ese programa responde, por una parte, a las necesidades reales de las clase medias, y por la otra, a las exigencias del desarrollo hacia el socialismo [6]. Peno una vez más el centro de gravedad no se encuentra actualmente en un programa especial. Las “clases medias” han visto demasiados programas; Lo que necesitan es tener confianza en que ci programa será realizado. En el momento en que el campesino se diga: “Esta vez, parece que el partido obrero no retrocederá”, la causa del socialismo estará ganada. Pero, para eso, hay que mostrar en los hechos que estamos firmemente dispuestos a eliminar todos los obstáculos de nuestro camino.
No hace falta inventar medios de lucha; están dados por toda La historia del movimiento obrero mundial: una campaña concentrada de la prensa obrera golpeando sobre un mismo punto; discursos verdaderamente socialistas en las tribunas parlamentarias, no como diputados domesticados sino como dirigentes del pueblo; utilización de todas las campañas electorales para los objetivos revolucionarios; mítines frecuentes, a los que las masas concurran no solamente para escuchar a los oradores sino, para recibir las consignas y directivas de la hora; creación y fortalecimiento de la milicia obrera; manifestaciones bien organizadas, que barran de la calle a las bandas fascistas; huelgas de protesta; campana abierta por la unificación y el acrecentamiento de las filas sindicales bajo el signo de una resuelta lucha de clases; acciones tercas y bien calculadas para conquistar al ejército para la causa del pueblo; huelgas más amplias; manifestaciones más poderosas; huelga general de los trabajadores de la ciudad y del campo; ofensiva general contra el gobierno bonapartista por el poder de los obreros y campesinos. Aún hay tiempo para preparar la victoria. El fascismo no se ha convertido todavía en un movimiento de masas. La inevitable descomposición del radicalismo significará, sin embargo, el estrechamiento de la base del bonapartismo, el crecimiento de los campos extremos y la aproximación del desenlace. No se trata de años, sino de meses. Ese plazo, por supuesto, no está escrito en ninguna parte. Depende de la lucha de las fuerzas vivas, y, en primer lugar, de la política del proletariado y de su Frente Unico. Las fuerzas potenciales de la revolución superan en mucho a las fuerzas del fascismo y, en general, a las de toda la reacción unida. Los escépticos que piensan que todo está perdido deben ser implacablemente eliminados de las filas obreras. Las capas profundas responden con un eco vibrante a cada palabra firme, a cada consigna verdaderamente revolucionaria. Las masas quieren la lucha.
Lo que es hoy el único factor progresivo de la historia, no es el espíritu de arreglos de parlamentarios y periodistas, sino el odio legítimo y creador de los oprimidos contra los opresores. Hay que volverse hacia las masas, hacia sus capas más profundas. Hay que hacer un llamado a su pasión y a su razón. Hay que rechazar esta fatal “prudencia”, que es el seudónimo de la cobardía y que, en las grandes coyunturas históricas, equivale a la traición. El frente único debe tomar como lema la fórmula de Danton: “De l’audace, tojours de l’audace, et encore de l’audace” [7]
Comprender bien la situación y extraer todas las conclusiones a prácticas —firmemente, sin temor, hasta las últimas consecuencias— es asegurar la victoria del socialismo.



[1] De acuerdo con la Constitución vigente en Francia durante la República (1871-1940), las reformas constitucionales debían aprobarse en una sesión conjunta del Senado y la Cámara de Diputados, reunidos en Versalles
[2] En el periodo a que hace referencia el texto, varios escándalos financieros conmovieron a Francia, dando material propagandístico a los fascistas. La palabra “staviskratas” hace referencial protagonista del más sonado y cuantioso de estos escándalos: Stavisky, estafador ligado a las más altas esferas gubernamentales 
[3] Cartel: Acuerdo parlamentario de radicales y socialistas
[4] En L ‘Humanité del 30 de octubre, Vaillant-Couturier muestra muy bien que exigir del gobierno el desarme de los fascistas es absurdo, que solo un movimiento de masas puede desarmarlos. Puesto que se trata, evidentemen­te, no de un desarme “ideológico”, smo físico, queremos creer que ahora L ‘Humanité reconocerá la necesidad de la misia obrera. Estamos dispuestos a saludar sinceramente cualquier paso de los estalinistas en el camino correc­to. Pero, lamentablemente, desde el 10 de noviembre, Vaillant-Couturier da un paso decisivo hacia atrás: el desarme de los fascistas no se haría mediante el Frente Único, sino mediante la policía de Doumergue “bajo la presión y el control” del Frente Único. Gran idea: sin revolución, por la sola presión “ideológica”, convertir a la policía en un órgano ejecutivo del proletariado!
[5] No nos detendremos aquí sobre el contenido del programa propiamente dicho, y remitimos a! lector al Programa de acción editado por la Liga Comunista en 1934, que es el proyecto de un programa de transición semejante 
[6] En L ‘Ecole Emancipée, el camarada G. Serret publica un interesante cuestionario, a propósito de la situación económica de las diferentes capas del campesinado y de sus tendencias políticas. Los docentes podrían convertirse en agentes irreemplazables del Frente Unico en la aldea y jugar, en el periodo inmediato, un rol histórico. Pero, para ello, deben salir de su caparazón. Verdaderamente, no es el momento de dedicarse a pequeñas experiencias en pequeños laboratorios. Los docentes revolucionarios deben ingresar al Partido Socialista para fortalecer su ala revolucionaria y ligarlo a las masas campesinas. ¡Sería criminal perder el tiempo! 
[7] “¡Audacia, siempre audacia y todavía más audacia!



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?