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¿Adónde va la República Soviética?[1]

 

 

25 de febrero de 1929

 

 

 

A partir de la Revolución de Octubre, este interro­gante jamás abandonó las columnas de la prensa mun­dial. En la actualidad se lo discute en relación con mi expulsión de la URSS, considerada por los enemigos del bolchevismo como un síntoma del tan esperado “desen­lace”. Que mi expulsión tiene una importancia políti­ca, no personal, es algo que a mí no me corresponde ne­gar. Sin embargo, en esta ocasión estoy decididamente en contra de alentar conclusiones respecto de un supuesto “principio del fin”.

No es necesario recordar que los pronósticos histó­ricos, a diferencia de los astronómicos, son siempre condicionales, contienen opciones y alternativas. Toda pretensión de poseer poderes precisos de predicción sería ridícula, tratándose de una pugna entre fuerzas vivas. El objetivo de la predicción histórica es diferen­ciar entre lo posible y lo imposible y hallar las variantes más probables entre las teóricamente posibles.

Para responder con fundamento a la pregunta sobre adónde va la Revolución de Octubre, hay que hacer un análisis de todas sus fuerzas internas y de la situación mundial en que aquella se desarrolla. Un estudio de ese tipo ocuparía un libro entero. Comencé a escribir ese libro en Alma-Ata, y espero terminarlo en un futuro próximo.

Aquí sólo puedo indicar los lineamientos que pue­den orientar la búsqueda de la respuesta: ¿es cierto que la Unión Soviética está al borde de la aniquilación? ¿Se agotaron sus recursos internos? De ser destruida, ¿qué podría sobrevenir: la democracia, la dictadura, la restauración de la monarquía?

El curso del proceso revolucionario es mucho más complejo que el de un arroyo de montaña. Pero en am­bos casos lo que puede parecer un cambio de rumbo paradójico es, en realidad, perfectamente normal, es decir, se ajusta plenamente a las leyes naturales. No hay ninguna razón para suponer que la conformidad con dichas leyes es esquemática o superficial. El pun­to de partida debe ser la normalidad de la naturaleza, tal como la determinan la masa del flujo de agua, el re­lieve geológico local, los vientos prevalecientes y así su­cesivamente. En política, eso significa ser capaz de ver más allá de los picos más altos de la revolución para pronosticar la posibilidad y aun la probabilidad de que se produzcan períodos repentinos, a veces prolongados, de reflujo; y significa, por otra parte, ser capaz de dis­tinguir, en los momentos de mayor reflujo como, por ejemplo, la contrarrevolución de Stolipin (1907-l910),[2] las premisas de una nueva alza.

Las tres revoluciones vividas por Rusia en el último cuarto de siglo constituyen, en realidad, etapas de la misma revolución. Entre las dos primeras etapas me­diaron doce años; entre la segunda y la tercera... tan sólo nueve meses.

Los once años de la revolución soviética pueden dividirse, a su vez, en una serie de etapas, dos de ellas más importantes que las demás. A grandes rasgos pue­de considerarse que la enfermedad de Lenin y el co­mienzo de la campaña contra el “trotskismo” marcan la línea divisoria entre ambas. En el primer período las masas desempeñaron un rol decisivo. La historia no co­noce otra revolución que haya movilizado masas tan gigantescas como la Revolución de Octubre. Sin embar­go, todavía existen excéntricos para quienes Octubre es una aventura. Al razonar así, denigran lo que dicen de­fender. En efecto: ¿de qué sirve un sistema social que puede ser derrocado por una “aventura”? En realidad, el éxito de la Revolución de Octubre - el hecho de haber podido mantenerse durante los años más críti­cos frente a una horda de enemigos- se debió a la participación activa y a la iniciativa de las masas multitudinarias de la ciudad y el campo. Unicamente sobre estos cimientos se pudo improvisar el aparato de estado y el Ejército Rojo. Esa es, en todo caso, la principal conclusión que extraigo de mi experiencia en este terreno.

El segundo período, que provocó un cambio radical en la dirección, se caracterizó por una indiscutible re­ducción de la intervención directa de las masas. El arro­yo volvió a su cauce. Por encima de las masas, el apara­to administrativo centralizado se elevó cada vez más. El estado soviético y el ejército se burocratizaron. Se acre­centó la distancia entre el estrato gobernante y las masas. El aparato se volvió cada vez más autosuficiente. El funcionario de gobierno se convenció cada vez más de que la Revolución de Octubre se hizo precisamente para poner el poder en sus manos y garantizarle una po­sición privilegiada.

Creo que está demás decir que estas contradiccio­nes reales, vivas, que señalamos en el desarrollo del es­tado soviético, no son argumentos que utilizamos para sustentar el “repudio” anarquista del estado, es decir, el “repudio” liso y llano al estado en general. En una carta notable sobre la degeneración del aparato estatal y el partido, mi viejo amigo Rakovski de mostró de manera muy convincente que, después de la conquista del poder, se diferenció en el seno de la clase obrera una burocracia independiente, y que esta diferenciación, que al principio fue sólo funcional, asumió luego un carácter social[3]. Naturalmente, los procesos en el seno de la burocracia se desarrollaron en concomitancia con procesos muy profundos en curso en el país. La Nueva Política Económica[4] dio lugar a que en las ciudades resurgiera o se creara un amplio estrato pequeñoburgués. Revivieron las profesiones liberales. En el campo levantó cabeza el campesino rico, el kulak. Al elevarse por encima de las masas, amplios sectores de funcionarios estatales, se acercaron a los estratos burgueses y establecieron vínculos familiares con ellos. Cada vez más, la burocracia llegó a considerar como interferencia toda iniciativa o crítica de las masas. Al aparato le resultaba más fácil presionar a las masas ya que, como se ha dicho, el peso de la reacción en su psicología se expresaba en una indudable reducción de su participación política. En los últimos años se ha visto con frecuencia que los burócratas o los nuevos elementos propietarios les grites perentoriamente a los obreros: “Ya no estamos en 1918.” En otras palabras, la relación de fuerzas se modificó en detrimento del proletariado.

En concordancia, con estos procesos se produjeron cambios internos en el propio partido dominante. No debe olvidarse pro un instante que la abrumadora mayoría de la multitudinaria militancia partidaria sólo tiene una concepción vaga de lo que era el partido en el primer período de la revolución y ni que hablar de la época clandestina prerrevolucionaria. Basta con señalar que entre un setenta y cinco y un ochenta por ciento de los militantes del partido ingresaron después de 1923. El número de militantes que empezaron a actuar antes de la revolución no alcanza al uno por ciento. A partir de 1923, el partido se diluyó artificialmente en una masa de reclutas sin experiencia, cuyo papel es servir de materia dócil a los profesionales del aparato. Esta destrucción del núcleo revolucionario del partido fue la premisa necesaria para el triunfo del aparato sobre el “trotskismo”.

Llegados a este punto, señalemos que la burocratización de los aparatos partidario y gubernamental provocó un alto grado de corrupción y arbitrariedad. Nuestros adversarios se regocijan maliciosamente con ello. Actuar de otra manera habría sido contrario a su naturaleza, pero que no traten de hallar la causa de estos fenómenos en la falta de democracia parlamentaria; que no olviden la larga serie de “Panamás” que se inicia con uno que, si bien no es el primero, se ha convertido en un término peyorativo para designar todos los hechos por el estilo, y que llega hasta el “Panamá” más reciente, en el que estuvieron implicados la Gazette de París y el ex ministro francés Klotz.[5] Si alguien nos dijera que Francia es una excepción y que, por ejemplo, en Estados Unidos no existe la corrupción entre los políticos y los funcionarios de gobierno, tendríamos que hacer un gran esfuerzo para creerle.

Pero volvamos al tema que nos ocupa. La mayoría de estos funcionarios que se han elevado por encima de las masas son profundamente conservadores. Tienden a pensar que todo lo que se necesita para el bienestar humano ya está hecho, y a considerar como un enemigo a quien así no lo reconozca. Estos elementos sienten hacia la Oposición un odio orgánico; la acusan de sembrar con sus críticas la insatisfacción entre las masas, de minar la estabilidad del régimen y de amenazar las conquistas de Octubre con el espectro de la “revolución permanente”.[6] Esta capa conservadora, el puntal más importante con que cuenta Stalin en su lucha contra la Oposición, tiende a ir mucho más a la derecha - hacia los nuevos elementos propietarios- que el propio núcleo principal de su fracción. De ahí la lu­cha en curso entre Stalin y la derecha; de ahí, también, la perspectiva de una nueva purga en el partido, no sólo de “trotskistas”, cuyas filas crecieron notablemente después de las expulsiones y deportaciones, sino tam­bién de los elementos más degenerados de la burocra­cia. De esa manera, la política de medias tintas de Stalin ­avanza en medio de una serie de zigzags, y como consecuencia, de ello las dos alas del partido, izquierda y derecha, se fortalecieron... a expensas de la fracción centrista gobernante.

Aunque la lucha contra la derecha no ha desapareci­do del orden del día, Stalin considera que su enemigo principal sigue siendo, como antes, la izquierda. Ya no hace falta demostrarlo. La Oposición lo comprendió hace mucho tiempo. En las primeras semanas de la cam­paña contra la derecha, escribí desde Alma-Ata una carta a mis compañeros (el 10 de noviembre del año pa­sado) en la que decía que el objetivo táctico de Stalin era esperar el momento justo, “cuando el ala derecha se encuentre lo suficientemente aterrorizada, para volver sus armas repentinamente contra la izquierda... La campaña contra la derecha sólo sirve para tomar impul­so y lanzar un nuevo ataque arrollador contra la izquier­da. Quien no lo comprenda, no ha comprendido nada”. Este pronóstico se materializó mucho más rápida y completamente de lo que suponíamos.

Cuando un protagonista de una revolución comienza a renegar de la misma sin romper con la base social de apoyo de la revolución, se ve obligado a calificar su caída como ascenso y a confundir su mano derecha con la izquierda. Es precisamente por eso que los stalinistas acusan de “contrarrevolucionaria” a la Oposición y hacen esfuerzos desesperados por meter en la misma bolsa a sus adversarios de derecha e izquierda. De aquí en adelante la palabra “emigrado” servirá al mismo fin. En realidad, hoy existen dos tipos de emigrados: uno fue arrojado del país por el ascenso de masas de la revolución, el otro sirve de índice del éxito obtenido por las fuerzas hostiles a la revolución.

Cuando la Oposición habla de termidor, como analo­gía con la clásica revolución de fines del siglo XVIII, se refiere al peligro de que, en vista de los fenómenos y tendencias mencionados, la lucha de los stalinistas contra la izquierda sea el punto de partida de un cambio oculto en la naturaleza social del poder soviético.

El problema del termidor, que desempeñó un papel tan importante en la lucha entre la Oposición y la frac­ción dominante, requiere mayor explicación.

El ex presidente francés Herriot[7] opinó hace poco que el régimen soviético se condenó a sí mismo al apo­yarse durante diez años en la violencia. En 1924, cuan­do Herriot visitó Moscú, si no le entendí mal, tenía una visión un poco más favorable de los soviets, aunque no muy precisa. Pero ahora, cinco años después, considera oportuno retirarle su crédito a la Revolución de Octu­bre. Confieso que el pensamiento político de este radi­cal no me resulta muy claro. Jamás una revolución le dio a nadie pagarés a corto plazo. La Gran Revolución Francesa no necesitó diez años para instaurar la demo­cracia, sino para llevar el país al bonapartismo.[8] No obstante, es indiscutible que si los jacobinos no hubie­ran tomado represalias contra los girondinos y no le hubieran dado al mundo un ejemplo de cómo hay que li­quidar el viejo orden, hoy la humanidad tendría una ca­beza menos de altura.[9]

Jamás pasó una revolución sin dejar su marca en el destino de la humanidad. Pero, por eso mismo, no siempre mantuvo las conquistas obtenidas en el mo­mento de su ascenso máximo. Después que determinadas clases, grupos o individuos hacen una revolución, otros empiezan a aprovecharla. Habría que ser un servil sin remedio para negar la importancia histórica mun­dial de la Gran Revolución Francesa, a pesar de que la reacción que la siguió fue tan profunda que condujo al país a la restauración de los Borbones. La primera eta­pa en el camino de la reacción fue el termidor. Los nue­vos funcionarios y propietarios querían gozar en paz de los frutos de la revolución. Los viejos jacobinos intran­sigentes constituían un obstáculo en su camino; pero los nuevos estratos propietarios no osaban aparecer con su bandera propia. Necesitaban esconderse detrás de los jacobinos. Durante un lapso breve utilizaron a algu­nos jacobinos de segundo o tercer orden. Al nadar a favor de la corriente, estos jacobinos le allanaron el camino a Bonaparte; éste, con sus bayonetas y su código legal, consolidó el nuevo sistema de propiedad.

También en la tierra de los soviets pueden hallarse elementos de un proceso termidoriano aunque, por cierto, con características que le son propias. Se desta­caron de manera muy evidente en estos últimos años. Los que hoy detentan el poder desempeñaron un papel absolutamente secundario en los acontecimientos crí­ticos del primer período de la revolución, o fueron fran­cos adversarios de ésta y sólo se le unieron después de que hubo triunfado. Ahora sirven para encubrir a los estratos y grupos que, si bien son hostiles al socialis­mo, son demasiado débiles para provocar un vuelco contrarrevolucionario, y por ello tratan de lograr el tránsito pacífico y termidoriano, de vuelta hacia la so­ciedad burguesa; tratan, para utilizar las palabras de uno de sus ideólogos, de “bajar la cuesta con los frenos puestos”.

Sin embargo, sería un error tremendo considerar que todos estos procesos son algo acabado. Afortuna­damente para algunos y desgraciadamente para otros, esa situación todavía esta muy lejana. La analogía his­tórica es un método tentador y, por ello, peligroso. Suponer que existe una ley cíclica especial de las revolu­ciones que las obliga a pasar de los viejos Borbones a los nuevos a través de un estadio bonapartista, sería un razonamiento excesivamente superficial. El curso de cualquier revolución esta determinado por la combina­ción específica de las fuerzas nacionales, en el marco del conjunto de la situación internacional. No por eso es menos cierto que existen rasgos comunes a todas las revoluciones los cuales permiten la analogía, y aun la exigen imperiosamente, si es que hemos de basarnos en las lecciones del pasado y no reiniciar la historia desde cero en cada nueva etapa. Se puede explicar en términos sociológicos por qué existe en toda revolución triunfante digna de ese nombre la tendencia hacia el termidor, el bonapartismo y la restauración.

El eje de la cuestión reside en la fuerza de dichas tendencias, en la forma en que se combinan, en las con­diciones bajo las cuales se desarrollan. Cuando habla­mos de la amenaza del bonapartismo, de ninguna ma­nera lo consideramos un desenlace inexorable, determi­nado por alguna ley histórica abstracta. La suerte futu­ra de la revolución estará determinada por la propia lu­cha, según como la libren las fuerzas vivas de la socie­dad. Habrá todavía flujos y reflujos, cuya duración dependerá en gran medida de la situación de Europa y del mundo entero. En una época como la nuestra, se puede considerar que una corriente política está irremediablemente destruida sólo si se muestra incapaz de comprender las razones objetivas de su derrota y se siente como una astilla impotente en medio del torrente... si es que se puede decir que una astilla tiene algún tipo de sensación.



[1] ¿Adónde va la República Soviética?, de Jto i Kak Proizoslo? Traducido [al inglés]  para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders.

[2] Piter Stolipin (1862-1911): reaccionario político zarista, fue el primer ministro después de la derrota de la revolución de 1905. Impulsó una reforma agraria que tenía el objetivo de promover un nuevo sector de campesinos ricos.

[3] La carta de Rakovski a Valentinov, fechada el 6 de agosto de 1928, fue traducida y publicada con el título El poder y los obreros rusos en The New International [La Nueva Internacional] de noviembre de 1934.

[4] La  Nueva Política Económica (NEP) se introdujo en 1921 para reemplazar el comunismo de guerra, que predominó durante la Guerra Civil y llevó a una reducción drástica de la producción agrícola e industrial.

La adopción de la NEP fue una medida circunstancial que se tomó para revivir la economía después de la Guerra Civil; se permitió el resurgimiento limitado del libre comercio dentro de la Unión Soviética y las concesiones al capital extranjero paralelas a los sectores nacionalizados y estatizados de la economía. Los que se beneficiaron con esta política, los nepmen, estaban considerados como una base potencial de apoyo para la reestructuración del capitalismo. En 1928 sucedió a la NEP el Primer Plan Quinquenal y la consiguiente colectivización forzosa de la tierra, aunque el régimen de Stalin continuó afirmando hasta 1930 que la NEP estaba en vigencia.

[5] El uso de la palabra Panamás como término peyorativo para denotar la corrupción comenzó hacia fines del siglo XIX con las operaciones de una compañía francesa, la Sociedad para la Construcción del Canal de Panamá. Sus actividades financieras incluían la liquidación de los pequeños inversores y la compra de ministros, diputados y jueces. Después que entró en bancarrota, unos especuladores norteamericanos compraron la mayor parte de las acciones. En 1903, Estados Unidos, como no pudo llegar a un acuerdo con Colombia, promovió en Panamá una “revolución”; la construcción del Canal de Panamá comenzó en 1904 y quedó completada dos años después. En el último “panamá” al que se refiere Trotsky estaba involucrado Louis Klotz, ex ministro de finanzas francés que renunció a su banca de senador cuando se lo acusó de operar con cheques falsos y realizar transacciones fraudulentas con el Banco de Francia. La señora Hanau, propietaria de Gazette de París, y sus socios, también fueron acusados de fraude.

[6] La revolución permanente: la teoría que más directamente se asocia con Trotsky a partir de 1905, cuando planteó por primera vez sus ideas sobre el rol dirigente de la clase obrera en los países industrialmente atrasados y subdesarrollados. Aunque Lenin y los bolcheviques aceptaron las conclusiones de esta teoría al dirigir la Revolución de 1917, los stalinistas, en la década del 20, cuando adoptaron la teoría del socialismo en un solo país, centraron el fuego en ella. Trotsky escribió su trabajo La revolución permanente en Alma-Ata en 1928, y la introducción y el epílogo en Turquía, en 1929.

[7] Edouard Herriot (1872-1957): dirigente de un partido burgués de Francia, el Partido Radical (o Radical-Socialista), partidario de la colaboración de clases con los partidos obreros. Fue premier de 1924 a 1925, en 1926 (por dos días) y en 1932 (por seis meses). Trotsky escribió un folleto sobre él , Edouard Herriot, el político del justo medio, reproducido en Political Portraits [Retratos políticos], Pathfinder Press, 1976.

[8] Bonapartismo: término marxista que describe a un régimen con determinados rasgos dictatoriales en una época en que no está seguro el dominio de una clase; se apoya en la burocracia militar, policial y estatal antes que en los partidos parlamentarios o en el movimiento de masas. Trotsky consideraba que en la década del 30 se daban dos tipos de bonapartismo, el burgués y el soviético. Sus trabajos más extensos sobre el bonapartismo burgués (al que diferenciaba del fascismo, aunque ambos sirven al objetivo de mantener el sistema capitalista) están publicados en The Struggle Against Fascism in Germany, Pathfinder Press, 1971. [La lucha contra el fascismo en Alemania, Pluma, Buenos Aires, T. I y II, 1974, 1975.] Su análisis sobre el bonapartismo soviético alcanzó su forma más acabada en el ensayo ya citado Estado obrero, termidor y bonapartismo

[9] Jacobinos: nombre con que se designaba popularmente a los miembros de la Sociedad de Amigos de la Constitución, de donde salió la dirección de la Revolución Francesa contra el feudalismo. Los jacobinos de izquierda (mon­tañeses) estaban dirigidos por Robespierre y Marat, los de derecha (girondinos) por Brissot y los centristas (del Llano) por Danton. Los jacobinos de izquierda se apoderaron del gobierno y tomaron las medidas más radicales en 1793; fueron derrocados al año siguiente.



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