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Anexo: II. El funcionarismo en el ejército y en otras partes

 


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Durante el último año, los compañeros que trabajan en el ejército y yo, en varias oportunidades hemos intercambiado opiniones, en forma oral y escrita, sobre los fenómenos negativos que se evidencian en el ejército y que están relacionados con el funcionarismo. Yo traté este problema bastante a fondo en el último congreso de los colaboradores políticos del ejército y de la marina. Pero se trata de un problema tan grave que me parece oportuno volver a referirme a él en la gran prensa, con mayor razón si se tiene en cuenta que la enfermedad no afecta solamente al ejército.
 
El funcionarismo está estrechamente vinculado con el burocratismo. Se podría decir que no es sino una de sus manifestaciones. Cuando, a fuerza de estar habituados a la misma forma, la personas dejan de pensar en el fondo, cuando emplean con suficiencia frases convencionales sin pensar en su sentido, cuando dan órdenes habituales sin preguntarse si son racionales, cuando temen toda palabra nueva, toda crítica, toda iniciativa, toda manifestación de independencia, quiere decir que esas personas han caído bajo la influencia del espíritu de funcionario, peligroso en extremo.
 
En la conferencia de los colaboradores políticos militares, cité como ejemplo de la ideología oficial vigente algunos de los resúmenes de historia de nuestras unidades militares. La publicación de esos folletos referidos a la historia de nuestros ejércitos, de nuestras divisiones, de nuestros regimientos es en sí un hecho muy positivo. Demuestra que nuestras unidades militares se constituyeron, en las batallas y en el aprendizaje técnico, no solamente desde el punto de vista organizativo sino también desde el punto de vista moral, como organismos vivos. Son, además, una prueba del interés por el pasado de nuestra unidad. Pero es preciso reconocer que la mayor parte de estos resúmenes de historia están escritos con un tono pomposo y enfático.
 
Además, algunos de esos opúsculos recuerdan engañosamente las monografías aparecidas hace mucho tiempo consagradas a los regimientos de la guardia del zar. No dudo que esta comparación provocará las burlas de la prensa blanca. Pero seríamos impotentes si renunciáramos a la autocrítica por temor a proporcionar una buena carta a nuestros enemigos.
 
Las ventajas de una autocrítica saludable son incomparablemente superiores al perjuicio que puede ocasionar el hecho de que Dan o Tchernov utilicen nuestros argumentos.
 
Por cierto que nuestros regimientos y nuestras divisiones, y con ellos todo el país, tienen el derecho de enorgullecerse de sus victorias. Pero no hemos obtenido sólo victorias y esas victorias las hemos logrado no directamente sino a través de caminos muy sinuosos. Durante la guerra civil, hemos asistido a manifestaciones de heroísmo sin precedentes, tanto más meritorias por ser poco conocidas; pero también hemos visto casos de debilidad, de pánico, de pusilanimidad, de incapacidad y hasta de traición.
 
La historia de cada uno de nuestros “viejos” regimientos (cuatro o cinco años constituyen, en tiempos de revolución, un título de ancianidad) es muy interesante e instructiva si se la cuenta conforme a la verdad, de manera vívida, es decir, tal como se desarrolló en el campo de batalla y en la trinchera. En su lugar, uno se encuentra frecuentemente con una leyenda heroica, venalmente oficial. Al leerla, se creería que en nuestras filas sólo hay héroes, que todos los soldados arden en deseos de combatir, que el enemigo siempre es superior en número, que todas nuestras órdenes son razonables, apropiadas para la situación, que su ejecución siempre es brillante, etcétera.
 
Creer que con semejantes procedimientos se puede elevar la moral de una unidad militar y se puede influir beneficiosamente en la formación de la juventud significa estar imbuido del espíritu de funcionario. En el mejor de los casos, esta “historia” no producirá ninguna impresión; el soldado rojo la leerá o la escuchará como su padre escuchaba La vida de los santos. Eso es magnífico, edificante se dirá, pero no es real. Los que son más viejos y han participado en la guerra civil o simplemente son más inteligentes se dirán los militares también nos engañan. O, más directamente: se burlan de nosotros. Los más ingenuos, los que toman todo al pie de la letra, pensarán: es inútil que trate de elevarme a la altura de esos héroes, soy totalmente incapaz. Y de ese modo, en lugar de elevarles la moral, esta “historia” les deprimirá[1].
 
La verdad histórica no tiene para nosotros un interés solamente histórico.
Esas monografías nos son necesarias en primer lugar como medio educativo. Si, por ejemplo, un joven comandante se habitúa a la mentira convencional a propósito del pasado, llegará rápidamente a admitirla en su acción práctica corriente. Si, por ejemplo, comete en el frente una equivocación, un descuido, no sabrá si mencionarlo en su informe. Sabe que debería hacerlo, pero, imbuido del espíritu de funcionario, no querrá ser indigno de los héroes cuyas hazañas ha leído en las historias de su regimiento. O, simplemente, su sentido de responsabilidad se habrá debilitado. En ese caso, acomodará, es decir desvirtuará los hechos, induciendo a error a sus superiores. Es evidente que los informes falsos de los inferiores provocan fatalmente órdenes y disposiciones erróneas por parte de los superiores. Pero el hecho más grave es cuando el comandante simplemente teme relatar la verdad a sus jefes. El funcionarismo reviste entonces su carácter más repugnante: se miente para complacer a los superiores.
 
El heroísmo supremo, tanto en el arte militar como en la revolución, es la sinceridad y el sentido de la responsabilidad. No la sinceridad desde el punto de vista de una moral abstracta que enseña al hombre que no debe mentir ni engañar a su prójimo, pues esos principios idealistas son pura hipocresía .en una sociedad de clases donde existen antagonismos de intereses, luchas y una guerra permanente. El arte militar en particular implica necesariamente la astucia, la disimulación, la sorpresa, el engaño.
Pero engañar consciente e intencionalmente a su enemigo en nombre de una causa por la que se da la vida no es la misma cosa que dar informaciones falsamente optimistas y que entorpecen el triunfo de la causa por falsa vergüenza o por deseos de agradar, o simplemente para adaptarse a los procedimientos burocráticos en vigor.
 
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¿Por qué tratamos ahora el problema del funcionarismo? ¿Ese problema no se planteaba en los primeros años de la revolución? Aquí nos referimos sobre todo al ejército, pero el propio lector establecerá las analogías correspondientes con los otros sectores de nuestro trabajo, pues existe un cierto paralelismo en el desarrollo de la clase obrera, ya se trate de su ejército, de su partido o de su estado.
 
Los nuevos cuadros de nuestro ejército han sido constituidos en parte por revolucionarios, militantes combativos, partisanos que habían hecho la revolución de octubre y que ya tenían un cierto pasado y un carácter formado. La característica de esos comandantes no es la falta de iniciativa sino más bien el exceso de iniciativa o, más exactamente, una comprensión insuficiente de la necesidad de la coordinación en la acción y de una disciplina férrea. El primer período de la organización militar está cubierto por la lucha contra todas las formas de iniciativa desordenada. Se trata entonces de establecer relaciones permanentes y racionales entre los diferentes sectores del ejército, de instituir una disciplina sólida. Los años de guerra civil fueron en ese sentido una ruda escuela. Finalmente, el equilibrio necesario entre la independencia personal y el sentido de disciplina se impuso en los mejores comandantes revolucionarios de la primera promoción.
 
El desarrollo de nuestros jóvenes cuadros del ejército se realiza de forma correcta aunque sea en período de tregua. El futuro comandante entra a la Escuela militar muy joven. No tiene ni pasado revolucionario ni experiencia de la guerra. Es un neófito. No construye el ejército rojo como lo hacía la vieja generación; entra en él como en una organización ya totalmente organizada, con un régimen interno y determinadas tradiciones.
Aquí hay una analogía con las relaciones entre los jóvenes comunistas y la vieja guardia del partido.
 
Por eso el medio por el cual la tradición combativa del ejército o la tradición revolucionaria del partido se trasmiten a los jóvenes tiene tanta importancia. Sin una filiación continuada, y por lo tanto sin la tradición, no puede haber progresión continua. Pero la tradición no es un canon rígido o un manual oficial; no se puede aprenderlo de memoria, aceptarlo como un evangelio, creer todo lo que dice la vieja generación porque ella lo dice.
 
Por el contrario, es preciso conquistar de alguna manera la tradición por medio de un trabajo interno, elaborarla uno mismo de manera crítica y asimilarla. Si no, todo el edificio será construido sobre la arena. Ya me referí a los representantes de la “vieja guardia” (ordinariamente de segundo y de tercer orden) que inculcan la tradición a los jóvenes a la manera de Famusov: “Instruíos observando a los viejos, a nosotros, por ejemplo, o al tío difunto…“ Pero ni en el tío ni en sus sobrinos hay nada bueno que aprender.
 
Es indiscutible que nuestros viejos cuadros, que prestaron a la revolución servicios inmortales, gocen de gran autoridad ante los ojos de los jóvenes militares. Y eso está muy bien, pues asegura el vínculo indisoluble entre el mando superior y el mando inferior y su unión con la masa de soldados.
 
Pero con una condición: que la autoridad de los viejos no anule la personalidad de los jóvenes y, con mayor razón, no les infunda terror.
 
Es en el ejército donde es más fácil y más tentador adoptar este principio: “Cállese, no razone”. Pero ese principio es también más funesto allí que en otra parte. La tarea fundamental consiste no en impedir sino en ayudar al joven comandante a elaborar su propia opinión, su propia voluntad, su personalidad, en la cual la independencia debe aliarse con el sentido de la disciplina. El comandante y, en general, el hombre destinado a complacer a sus superiores es una nulidad. Con esas nulidades, el aparato administrativo militar, es decir el conjunto de las oficinas militares, puede todavía funcionar con éxito, al menos aparentemente. Pero lo que necesita un ejército, organización combativa de masas, no son funcionarios aduladores sino hombres muy templados moralmente, poseedores de un gran sentido de responsabilidad personal que, ante cada problema importante, se impondrán la elaboración consciente de su opinión personal y la defenderán valerosamente por todos, los medios compatibles con la disciplina racionalmente comprendida (es decir, no burocráticamente) y con la unidad de acción.
 
La historia del ejército rojo, así como la de sus diferentes unidades, es uno de los mejores instrumentos de comprensión recíproca y de unión entre la vieja y la nueva generación de cuadro militares. Es por ello que la bastedad burocrática y la sumisión de principio no pueden ser admitidas. Es preciso desarrollar la crítica, la verificación de los hechos, la independencia de criterio, una comprensión personal del presente y del futuro, la independencia de carácter, el sentido de responsabilidad, la lucidez tanto para consigo mismo como para con lo que se hace. El funcionarismo es enemigo mortal de todas estas cosas. Alejémoslo, pues, de todas partes donde aparezca.
 
Pravda, 4 de diciembre de 1923 

[1] Es cierto que los fabricantes de las mentiras “edificantes” no están sólo en el ejército; se los encuentra en todas partes. La crítica y la autocrítica, según ellos, son un “ácido que corroe la voluntad”. El pequeño burgués, como se sabe, tiene necesidad de consuelo por sus desgracias y no tolera la crítica. Pero no puede ocurrir lo mismo entre nosotros, que somos un ejército y un partido revolucionarios. Semejante estado de ánimo debe ser combatido vigorosamente entre nuestra juventud. (Nota de L.T.)



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