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Anexo: III. Sobre la soldadura entre la ciudad y el campo

 

(...Y sobre rumores falaces)
 
 En varias oportunidades durante estos últimos años, muchos camaradas me preguntaron en qué consisten exactamente mis opiniones sobre el campesinado y en qué se distinguen de las de Lenin. Otros me plantearon el problema en forma más precisa y concreta: “¿es cierto, me dijeron, que usted subestima el papel del campesinado en nuestro desarrollo económico y no asigna una importancia suficiente a la alianza económica y política entre el proletariado y el campesinado?” Esas preguntas me fueron planteadas en forma oral y escrita.
 
-¿Pero de dónde ha sacado usted eso? -pregunté asombrado- ¿En qué hechos funda su preguntas?
 
-No conocemos hechos -se me responde-, pero corren rumores...
 
No di en un primer momento demasiada importancia a esa conversación. Pero una nueva carta que acabo de recibir me ha hecho reflexionar. ¿De dónde pueden provenir esos rumores? Y casualmente recordé que rumores semejantes corrían en Rusia hace cuatro o cinco años.
 
En ese entonces se decía simplemente: “Lenin está con el campesinado, Trotsky en contra...” Me dediqué a buscar los artículos aparecidos sobre esta cuestión: el mío, del 7 de febrero de 1919 en Izvestia y el de Lenin, del 15 de febrero en Pravda. Lenin respondía directamente a la carta del campesino Gulov, que decía: “Corren rumores de que Lenin y Trotsky no se ponen de acuerdo, que existen entre ellos grandes divergencias con respecto precisamente al campesino medio.”
 
En mi carta, yo explicaba el carácter general de nuestra política campesina, nuestra actitud con respecto a los kulaks, los campesinos medios, los campesinos pobres, y concluía así: “No ha habido ni hay ninguna divergencia de opiniones sobre este tema en el poder soviético. Pero los contrarrevolucionarios, cuyos asuntos van cada vez peor, no tienen otro recurso que engañar a las masas trabajadoras y hacerles creer que el Consejo de Comisarios del Pueblo está desgarrado por desacuerdos internos.”
 
En el artículo que publicó una semana después de mi carta, Lenin decía: “Trotsky declara que los rumores que corren sobre divergencias de opiniones entre él y yo (en el problema del campesinado) son la mentira más monstruosa y desvergonzada difundida por los grandes terratenientes, los capitalistas y sus acólitos, benévolos o no. Comparto totalmente esa declaración de Trotsky.”
 
Pero como se ve, esas leyendas son difíciles de combatir. Recuérdese el dicho francés: “Calumniad, calumniad, que siempre algo quedará”. Ahora, ya no son por cierto voces que hacen el juego a los terratenientes y a los capitalistas, pues el número de esas honorables personas disminuyó considerablemente desde 1919. En cambio, tenemos ahora al nepman y, en el campo, al comerciante junto al kulak. Es evidente que tienen interés en sembrar discordia y confusión a propósito de la actitud del partido comunista con respecto al campesinado.
 
En efecto, el kulak, el revendedor, el nuevo mercader, el intermediario de la ciudad, que tratan de vincularse directamente con el campesino productor de trigo y comprador de productos industriales, se esfuerzan por excluir a los órganos del poder soviético. Precisamente en este terreno se libra actualmente la batalla principal. Aquí también la política sirve a los intereses económicos. Tratando de vincularse con el campesinado y de ganar su confianza, el intermediario privado acoge de buen grado y difunde las viejas mentiras de los señores terratenientes de otros tiempos, con un poco más de prudencia solamente porque desde entonces el poder soviético se fortaleció.
 
El célebre artículo de Lenin titulado Más vale poco y bueno ofrece un cuadro claro, simple y a la vez definitivo de la interdependencia económica del proletariado y del campesinado, o de la industria estatal y la agricultura. Es inútil recordar o citar este artículo que todo el mundo tiene presente en su memoria. El pensamiento fundamental es el siguiente: Durante los próximos años, debemos adaptar el Estado soviético a las necesidades y a la fuerza del campesinado y continuar manteniendo su carácter de Estado obrero; debemos adaptar la industria soviética al mercado campesino por una parte, y a la capacidad imponible del campesinado por la otra, conservando su carácter de industria estatal, es decir, socialista. Solamente de esta manera mantendremos el equilibrio de nuestro Estado soviético mientras la revolución destruya el equilibrio en los países capitalistas. No es la repetición mecánica de la palabra “soldadura” sino la adaptación efectiva de la industria a la economía rural lo que resolverá verdaderamente el problema capital de nuestra economía y de nuestra política.
 
Llegamos así al problema de las “tijeras”. La adaptación de la industria al mercado campesino nos impone en primer término la tarea de bajar lo más posible el precio de reventa de los productos industriales. Sin embargo, el precio de reventa depende no solamente de la organización del trabajo en una fábrica dada sino también de la organización de toda la industria estatal, de los transportes, de las finanzas, de todo el aparato comercial del Estado.
 
Si existe una desproporción entre las diferentes partes de nuestra industria es porque el Estado tiene un enorme capital muerto que pesa sobre toda la industria y aumenta el precio de cada metro de tela, de cada caja de fósforos. Si los diferentes sectores de nuestra industria estatal (carbón, metales, máquinas, algodón, tejidos, etc.) no concuerdan con los otros así como con las organizaciones de transporte y crédito, los gastos de producción serán establecidos sobre las bases de los sectores más desarrollados de la industria y el resultado final estará determinado por los sectores más atrasados. La actual crisis económica es una dura advertencia que nos hace el mercado campesino: en lugar de charlar sobre la “soldadura” entre la clase obrera y el campesinado hay que realizarla.
 
En un régimen capitalista, la crisis es el medio natural y, finalmente, único, de regularización de la economía, es decir de realización del acuerdo entre los diferentes sectores de la industria y entre la producción total y la capacidad del mercado. Pero en nuestra economía soviética -que es una etapa intermedia entre el capitalismo y el socialismo- las crisis comerciales e industriales no pueden ser consideradas como un medio normal o inevitable, para coordinar los diversos sectores de la economía nacional. La crisis arrastra, anula o dispersa una cierta parte de la propiedad estatal; y una porción de ésta cae en manos del intermediario, del revendedor, en una palabra, del capital privado. Como hemos heredado una industria extremadamente desorganizada y cuyas partes, antes de la guerra, se coordinaban en proporciones muy diferentes de las que existen ahora, es muy grande la dificultad de coordinar entre sí a los numerosos sectores de la industria de manera que esta última sea, por intermedio del mercado, adaptada a la economía campesina. Si nos remitimos únicamente a las crisis para efectuar la reorganización necesaria, daríamos todas las ventajas al capital privado que ya se interpone entre el campo y nosotros, es decir entre el campesino y el obrero.
 
Hasta la instauración definitiva de la economía socialista, es evidente que seguiremos teniendo crisis. De lo que se trata es de reducir su número al mínimo y hacer que cada una de ellas sea lo menos dolorosa posible.
 
El capital comercial privado obtiene ahora beneficios considerables. Se conforma cada vez menos con las operaciones de intermediario. Intenta organizar al productor o tomar en arrendamiento las empresas industriales del Estado. En otros términos, recomienza el proceso de acumulación primitiva, primeramente en el sector comercial, luego en el industrial. Es evidente que cada fracaso, cada pérdida que experimentamos representa un beneficio para el capital privado, en primer lugar porque nos debilita y además porque una parte de esa pérdida cae en manos del nuevo capitalista. ¿De qué instrumento disponemos para luchar exitosamente contra el capital privado en esas condiciones? ¿Existe ese instrumento? Sí, y ese instrumento es el método de planificación en nuestras relaciones con el mercado y la realización de las tareas económicas. El Estado obrero posee las fuerzas productivas fundamentales de la industria, los medios de transporte y los organismos de crédito. No tenemos necesidad de esperar que una crisis parcial o general ponga en evidencia la falta de coordinación de los diferentes elementos de nuestra economía. No podemos andar a ciegas, ya que tenemos en nuestras manos los principales instrumentos que regulan el mercado. Podemos y debemos valorar cada vez más los elementos fundamentales de la economía, prever sus futuras relaciones mutuas en el proceso de la producción y en el pasaje al mercado, coordinar entre sí, cuantitativa y cualitativamente, todos los sectores de la economía y adaptar el conjunto de la industria a la economía rural. Esa es la única manera de trabajar en la realización de la “soldadura”.
 
Educar a la aldea es una idea excelente. Pero el arado, las telas, los fósforos baratos, no son menos importantes como base de la “soldadura”. El mejor modo de rebajar el precio de los productos industriales es organizar a esta última conforme al desarrollo de la agricultura.
 
Afirmar que “todo depende de la ‘soldadura’ y no del plan de la industria” significa no comprender la esencia misma del problema, pues la “soldadura” sólo podrá ser realizada si la industria es racionalmente organizada, dirigida según una planificación determinada. Ese es el único medio de lograr los objetivos.
 
La buena organización del trabajo de nuestro Gosplan es el medio directo y racional de abordar con éxito la solución de los problemas relativos a la “soldadura”, no suprimiendo el mercado, sino sobre la base del mercado. Para evitar interpretaciones equívocas, diré que el problema no depende únicamente del Gosplan. Los factores y las condiciones de los cuales depende el desarrollo de la industria y de toda la economía se cuentan por docenas. Pero sólo con un Gosplan sólido, competente, que trabaje seriamente, será posible evaluar todos estos factores y condiciones de manera justa y regular en consecuencia toda nuestra acción. El campesino aún no llega a comprender esto. Pero todo comunista, todo obrero evolucionado debe saberlo. Tarde o temprano, el campesino sentirá la repercusión del trabajo del Gosplan sobre su economía. Esta tarea evidentemente es muy complicada y difícil. Exige tiempo, un sistema de relevamientos cada vez más precisos y decisivos. Deberemos salir de la crisis actual con mayor experiencia.
 
El incremento de la producción agrícola también es muy importante. Pero se efectúa de un modo mucho más espontáneo y a veces depende mucho menos de la acción del Estado que de la acción de la industria. El Estado obrero debe venir en ayuda de los campesinos con la institución del crédito agrícola y de la ayuda agronómica, de manera de permitirle la exportación de sus productos (trigo, manteca, carne, etc.) en el mercado mundial. Sin embargo, es principalmente por medio de la industria como se puede actuar directamente, y también indirectamente, sobre la agricultura. Es preciso proporcionar al campo instrumentos y máquinas agrícolas a precios razonables. Es preciso facilitarle abonos artificiales y enseres de uso doméstico a buen precio. Para organizar y desarrollar el crédito agrícola, el Estado necesita fondos de circulación monetaria. Para que pueda obtenerlos, es preciso que su industria le procure beneficios, lo que es imposible si sus partes constitutivas no están coordinadas racionalmente. Tal es la mejor forma de trabajar para la realización de la “soldadura” entre la clase obrera y el campesinado.
 
Para preparar políticamente esta “soldadura”, y en particular para rebatir los falsos rumores que echa a correr el aparato comercial privado, hace falta un verdadero periódico campesino. ¿Qué significa en este caso “verdadero”? Un diario que llegue hasta el campesino, que le sea comprensible y que lo vincule con la clase obrera. Un diario que tire cincuenta o cien mil ejemplares quizás sea un diario donde se habla del campesinado, pero no un periódico campesino, pues nunca llegará hasta su destinatario, será interceptado en mitad del camino por nuestros innumerables aparatos que tomarán cada uno un cierto número de ejemplares. Hace falta un periódico campesino hebdomadario (un dario sería demasiado caro y nuestros medios de comunicación no permitirían su entrega regular) cuyo tiraje el primer año sea de dos millones de ejemplares aproximadamente. Ese diario no debe instruir al campesino ni lanzarle arengas sino contarle lo que sucede en la Rusia soviética y en el extranjero, principalmente los problemas que le atañen directamente. El campesino posrevolucionario gustará rápidamente de la lectura si sabemos ofrecerle un periódico que le interese. Ese periódico, cuyo tiraje deberá aumentar todos los meses, asegurará al menos una comunicación semanal entre el Estado soviético y la inmensa masa rural. Pero este problema del diario nos remite al problema de la industria. Es preciso que la técnica de la edición sea perfecta. El periódico campesino deberá ser ejemplar, no solamente desde el punto de vista de la redacción sino también desde el punto de vista tipográfico, pues sería vergonzoso enviar cada semana a los campesinos muestras de nuestra negligencia urbana.
 
Esto es todo lo que puedo responder por el momento a las preguntas que se me han hecho con respecto al problema del campesinado. Si esas explicaciones no satisfacen a los camaradas que se han dirigido a mí, estoy dispuesto a darles noticias más concretas, con datos precisos extraídos de la experiencia de nuestros seis últimos años de trabajo, pues éste es un problema de importancia capital.

 



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