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Apuntes de un periodista[1]

 

 

Publicado en junio de 1930

 

 

 

Zinoviev y los peligros de la imprenta

 

En el número 5 de Bolchevique del corriente año, Zinoviev se “une” nuevamente al partido... por el único medio de que dispone. Escribe:

“En 1922, Trotsky pronosticó que ‘la verdadera ex­pansión de la economía socialista sólo sería posible des­pués de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa’. Este pronóstico, igual que mu­chos otros del mismo autor, no fue confirmado. La ver­dadera expansión de nuestra economía socialista fue posible antes de la victoria del proletariado en los paí­ses más importantes de Europa; la verdadera expan­sión se está produciendo ante nuestros ojos.”

A principios de 1922, el mismo Zinoviev acusó a Trotsky de “superindustrializador”, de proponer una expansión industrial demasiado acelerada. ¿Cómo se han de conciliar ambas posiciones?

Se acusó a la Oposición de no creer en la construc­ción del socialismo y al mismo tiempo de querer robar al campesinado. Si lo primero era cierto, ¿para qué era necesario “robar” al campesinado? En realidad, la Oposición estaba a favor de obligar al kulak y al estrato superior del campesinado en general, a sacrificarse por la construcción del socialismo... en la que la Oposición supuestamente “no creía”. Los únicos que creían fer­vientemente en la construcción del socialismo eran los que se oponían a la “superindustrialización” y levan­taban la consigna hueca “volver la cara hacia la aldea”. Zinoviev no le ofrecía al campesinado ropas y un trac­tos, sino una “cara” sonriente.

Ahora, en 1930, como en 1922, Trotsky considera que “la verdadera expansión de la economía socialis­ta sólo será posible después de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa”. Pero de­be comprenderse - y después de todo no es tan difí­cil - que para nosotros economía socialista es economía socialista, no la economía contradictoria y transicional de la NEP, y que verdadera expansión significa un proceso que cambiará totalmente la vida cotidiana y la cul­tura de las masas trabajadoras, eliminando no sólo las “colas”, sabio Zinoviev, sino también la contradicción entre la ciudad y el campo. Unicamente en este sentido un marxista puede hablar de verdadera expan­sión y de economía socialista.

Después de combatir al “trotskismo” desde 1923 hasta 1926, en julio de 1926 Zinoviev reconoció que el núcleo fundamental de la Oposición de 1923 había acertado en sus pronósticos. Y ahora, con tal de unirse a Iaroslavski, Zinoviev se arroja una vez más en brazos de las viejas contradicciones y recalienta los viejos platos.

Por eso, vale la pena recordar que el mismísimo Zi­noviev firmó el programa de la Oposición e inclusive redactó la parte del mismo referida al problema en cuestión:

“Cuando afirmamos, con Lenin, que para construir una sociedad socialista en nuestro país es necesario que triunfe la revolución proletaria en uno o varios países capitalistas adelantados, que la victoria final del socia­lismo en un solo país, y para colmo en un país atrasado, es imposible, tal como lo demostraron Marx, Engels y Lenin, el grupo de Stalin afirma con toda falsía que no­sotros ‘no creemos’ en el socialismo y en la construc­ción del socialismo en la Unión Soviética” [La verdadera situación en Rusia, p. 176].

¿No está mal dicho, verdad?

¿Cómo explicamos estas corridas de la falsificación al arrepentimiento y del arrepentimiento a la falsifica­ción? El programa de la Oposición sugiere la respuesta:

“De la misma manera, la desviación pequeñoburguesa en el seno de nuestro propio partido no puede combatir nuestras posiciones leninistas sin atribuirnos cosas que jamás pensamos ni dijimos" [ídem, p. 175].

Estas líneas no sólo fueron firmadas por Zinoviev sino, si mal no recuerdo, también escritas por él. No cabe duda de que José Gutenberg no ha ayudado a cier­ta gente, sobre todo cuando tienen que “unirse” con el otro José, que no inventó la imprenta, por cierto, ya que conscientemente trata de destruirla.

 

¿Entró Francia en una etapa revolucionaria?

 

El giro a la izquierda de la Comintern comenzó en 1928. En julio se anunció el “tercer período”. Un año más tarde, Molotov anunció que Francia, junto con Ale­mania y Polonia, había entrado en una etapa de “tre­mendos acontecimientos revolucionarios”. Todo esto se dedujo del desarrollo de la movilización huelguística.

No se presentaron datos; sólo se dieron dos o tres ejem­plos sacados de los periódicos. Ya analizamos el proble­ma de la dinámica del movimiento obrero francés en ba­se a cifras y hechos. El panorama que pinta Molotov, en base a lo que le apuntan otras personas (suponemos que en este caso los que cumplieron el papel de apuntadores fueron Manuilski y Kuusinen), no coincide para nada con la realidad. La oleada huelguística de los dos últimos años fue muy limitada, aunque mostró una dinámica ascendente en relación con el año pasado, el más tranquilo de toda la década. Este proceso restrin­gido es muy notable, ya que en 1928-1929 se produjo en Francia una innegable reactivación industrial, que fue más evidente en la industria metalúrgica, donde la mo­vilización huelguística fue más débil.

Una de las razones por las que los obreros franceses no aprovecharon la coyuntura favorable radica induda­blemente en el carácter extremadamente superficial de la estrategia huelguística de Monmousseau y demás discípulos de Lozovski. Resulta claro que desconocían la situación de la industria de su propio país. En conse­cuencia, caracterizaron a las huelgas económicas aisladas, defensivas, que afectaron principalmente a la industria liviana, como huelgas políticas revolucio­narias ofensivas.

Esta es la esencia de nuestro análisis del “tercer periodo” en Francia. Hasta ahora no hemos visto un so­lo artículo en el que se critique este análisis, aunque evidentemente tienen una necesidad perentoria de hacerlo. ¿Cómo explicar, si no, la publicación en Pravda de un larguísimo artículo titulado Sobre la estrategia huelguística del generalísimo Trotsky, que contiene versitos de mal gusto, citas de Juvenal y bromas sin sentido, pero ni una palabra sobre el análisis de los hechos de la lucha de la clase obrera francesa en la última década y sobre todo en los últimos dos años? Este artículo, fruto – obviamente - de la pluma de uno de los recientes héroes “terceristas”, lleva la modesta fir­ma de “Radovoi (militante de base)”.

El autor acusa a Trotsky de ver solamente las huel­gas defensivas, no las ofensivas, y de no reconocer la ofensiva huelguística. Supongamos que Trotsky sea culpable. ¿Pero es ésta una razón para dar por perdida una lucha agresiva en la industria metalúrgica en las condiciones más favorables y, al mismo tiempo, carac­terizar a las pequeñas huelgas defensivas como una ofensiva?

El autor acusa a Trotsky de no diferenciar el capita­lismo en su época de ascenso del capitalismo en su épo­ca de decadencia. Supongamos que sea así. Olvidemos la polémica entablada en la Comintern en la época de su Tercer Congreso, cuando todavía imperaba la auténtica discusión ideológica, sobre la relación entre la crisis del capitalismo como sistema y sus crisis cíclicas. Suponga­mos que Trotsky olvidó todo esto, mientras que Rado­voi lo ha absorbido. ¿Responde esto al interrogante de si, en los últimos dos años, Francia entró en una etapa de acontecimientos revolucionarios decisivos? Esto es precisamente lo que proclamó la Comintern. ¿Es impor­tante esta cuestión? Parecería que sí. ¿Pero, qué dice al respecto el autor del ingenioso artículo? Ni una palabra. Ignora totalmente a Francia y a su movimiento obrero. Radovoi lo sustituye por el argumento de que Trotsky es “Mister Trotsky”, al servicio de la burguesía. ¿Es eso todo? Sí, nada más que eso.

Ahora bien, podría objetar un lector bien intencio­nado, no se le puede pedir mucho al joven Radovoi, que todavía tiene la oportunidad de aprender. Después de todo, él no formuló la táctica sindical para Francia. Para eso tenemos estrategas revolucionarios serios, proba­dos en la lucha: Lozovski, el secretario general de la Profintern por ejemplo.

Perfectamente, respondemos, y todo esto sería muy convincente si... Radovoi no fuera el mismísimo Lo­zovski. La recopilación de argumentos cínicos e irres­ponsables y de chistes malos no nos engaña.

El general en jefe, bajo un modesto seudónimo, de­fiende sus propias acciones. Lleva al movimiento obrero a la catástrofe y lo oculta con versitos. Ataca a la Oposición de Izquierda con brillante y venenosa ironía: vean, ustedes caben todos en un sillón. Que Radovoi investi­gue. ¿Acaso hay sillones en las cárceles pobladas de oposicionistas? Aunque la Oposición realmente fuera tan pequeña como asegura Radovoi, eso no nos asustaría para nada. Cuando comenzó la guerra, los internacionalistas revolucionarios de toda Europa, reunidos en Zimmerwald, cupieron en un par de coches. El hecho de estar en minoría jamás nos asustó. En cambio, Lozovski tuvo tanto miedo de quedar en minoría durante la guerra que defendió a los longuetistas[2] en la prensa y trató de unirse a ellos en contra de nosotros. Durante la Revolución de Octubre Lozovski temió que el Partido Bolchevique quedara “aislado” de los mencheviques y social-revolucionarios y, por eso, traicionó al partido al que había ingresado provisoriamente uniéndose a sus enemigos en el periodo más critico. Y ahora, des­pués que se unió al poder soviético triunfante, las eva­luaciones cuantitativas de Lozovski son tan indignas de confianza como las cualitativas.

Después de la victoria, en la que no le cupo la menor responsabilidad, Lozovski puso un signo menos donde antes había puesto un signo más y, en un manifiesto triunfal presentado ante el Quinto Congreso de la Co­mintern, declaró que el Partido Socialista francés “ya no existe”. A pesar de todas nuestras protestas ante este vergonzoso despliegue de irresponsabilidad, se afe­rró a su afirmación. Cuando resultó patente que, a pe­sar de todo, la socialdemocracia internacional existía, Lozovski, junto con sus maestros, se puso en cuatro pa­tas para aplicar la política del Comité Anglo-Ruso y se encontró en un mismo bloque con los rompehuelgas durante la huelga más grande de la clase obrera británica. ¡Con qué acento triunfal - de triunfo sobre la Oposición- leyó Lozovski ante un plenario del Comité Central el telegrama con el que Citrine[3] y Purcell tras aplastar no sólo la huelga general sino también la huelga de los mineros del carbón, aceptaban generosa­mente hablar con los representantes del Consejo Gene­ral de los sindicatos soviéticos!

Después de la destrucción de la revolución y la de­sintegración de las organizaciones obreras chinas, Lozovski informó ante un plenario del Comité Central (al que nuevamente había concurrido como invitado porque Stalin todavía no se decidía a traerlo como miembro) que la Profintern registraba avances impresionantes. Dijo que había tres millones de obreros organizados en los sindicatos chinos. La respuesta fue un grito general de asombro. Pero Lozovski no pesta­ñeó. Maneja millones de obreros organizados tan irres­ponsablemente como con los versitos con que colorea sus artículos. Por eso la bromita de Lozovski sobre el sillón capaz de soportar al conjunto de la Oposición no nos abruma. Es indudable que los sillones y otros mue­bles abundan en las oficinas de la Profintern, pero la­mentablemente faltan las ideas. Y son las ideas las que triunfan, porque son éstas las que convencen a las masas.

Pero, ¿por qué Lozovski utilizó el nombre Radovoi? Escuchamos voces de desconfianza o de duda. Hay dos razones: una personal y otra política. Personalmente, Lozovski prefiere no exponerse a los golpes. En los momentos críticos del conflicto ideológico prefiere re­fugiarse en el modesto anonimato, así como en las crí­ticas horas decisivas de la lucha revolucionaria tiende a caer en el soliloquio. Esa es la razón personal. También hay una razón política. Si Lozovski hubiera firmado con su verdadero nombre, todos dirían: ¿es posible que no tengamos nada mejor en el movimiento sindical? Pero, al ver la firma de Radovoi bajo el artículo, el lector bien intencionado podrá decir: debemos reconocer que Ra­dovoi es un triste plumífero, pero de todas maneras tenemos a Lozovski.

 

Otro talento nuevo

 

No han pasado más que un par de meses desde que Molotov envió a la Comintern la orden de poner fin a la lucha ideológica contra el “trotskismo”. ¿Y bien? Las publicaciones de la Comintern y, en primer término, las publicaciones del Partido Comunista soviético, vuelven a dedicarle innumerables columnas y páginas. Hasta el honorabilísimo Pokrovski, agobiado con la tarea de ins­truir a la juventud, fue trasladado a la primera línea de fuego. Esto recuerda, más o menos, el período de la guerra imperialista en que Alemania recurrió a la movi­lización de reservas de cuarenta y cinco y cincuenta años de edad. Basta este hecho para suscitar grandes temores sobre la situación del frente stalinista. Por suerte, el mentor de la historiografía marxista tiene, además de nietos, bisnietos. Uno de ellos es S. Novi­kov, autor de un artículo sobre la autobiografía de L.D. Trotsky. Este joven talento sentó inmediatamente un récord, cuando demostró que se puede llenar una pági­na y media de papel impreso sin presentar un solo he­cho, sin formular una sola idea. Esa capacidad maravi­llosa no podría haberse desarrollado sin la guía de un maestro experimentado. Y surge la pregunta: ¿no ha­brá sido Manuilski, en las horas en que no lo ocupa la Comintern, quien tomó bajo su ala a Novikov, fruto bendito del “tercer período”? O quizás Manuilski no tuvo necesidad de nutrir a este joven talento. Quizás Manuliski recurrió a... su propio talento. No abusaremos de la paciencia del lector. Novikov es Manuilski, el mismísimo Manuilski que escribió en 1918 que Trots­ky salvó al bolchevismo ruso de la estrechez nacional y lo convirtió en una corriente ideológica mundial. Ahora Manuilski escribe que Stalin salvó al bolchevismo del trotskismo y lo fortaleció definitivamente como corrien­te ideológica del sistema solar.

¿Pero no nos equivocamos al identificar al peque­ño Novikov con el gran Manuilski? No, no nos equivoca­mos. No llegamos a esta conclusión a la ligera ni al azar, sino después de una cuidadosa investigación. Para ser exactos, leímos las cinco primeras y las cinco últimas líneas del artículo. Esperamos que nadie nos exija más. Pero, se preguntará, ¿para qué se oculta Ma­nuilski detrás de la firma de Novikov? Está claro que lo hace para que la gente piense: ¡si Novikov es tan inven­cible, cómo será el propio Manuilski!

No seremos repetitivos. Los motivos de Manuilski son los mismos que tiene Lozovski para transformarse en Radovoi. Esta gente necesita dar nuevo lustre a sus reputaciones, así como un pantalón gastado requiere una limpieza especial.

 

Los responsables de los virajes son... los “trotskistas”

 

Es sabido que la Oposición está girando violentamente a la “derecha”, que está contra la colectiviza­ción y el socialismo. No es menos sabido que es par­tidaria de la colectivización obligatoria. Y puesto que la selección y educación de los miembros del aparato en años recientes estuvo en manos de la Oposición, ésta es responsable, desde luego, de los virajes. Al menos, esto es lo que dicen en Pravda. A quien no le guste, que no lo lea pero que no se meta con la “línea general”.

Ya en ocasiones anteriores citamos, del programa oficial de la Oposición, publicado en 1927, los párrafos relativos a la colectivización. Pero remontémonos un poco más atrás, al período del comunismo de guerra, cuando la Guerra Civil y el hambre obligaban a emplear una política rigurosa de requisa de cereales. ¿Qué pre­veían los bolcheviques respecto de la colectivización en aquellos años? En un discurso acerca de las insu­rrecciones campesinas provocadas por la requisa de granos, pronunciado el 6 de abril de 1919, el camarada Trotsky dijo:

“Estas insurrecciones nos dieron la posibilidad de desarrollar al máximo nuestra fuerza ideológica y or­ganizativa. Pero sabemos que, además de eso, las in­surrecciones fueron un signo de nuestra debilidad, por­que arrastraron no sólo a los kulakis sino también - no nos engañemos al respecto - a un sector del campesi­nado medio e intermedio. Ya he explicado las razones generales: el atraso del propio campesinado. Sin em­bargo, no debemos echarle la culpa exclusivamente al atraso. Marx dijo una vez que un campesino, además de albergar prejuicios, utiliza su juicio, y que contra el prejuicio del campesino se puede apelar a su juicio pa­ra, apoyándose en la experiencia, conducirlo a un nuevo orden. La experiencia de los hechos debe hacer sentir al campesinado que tiene un líder, un defensor, en la cla­se obrera, en su partido, en su aparato soviético. El campesino debe comprender que nos vimos obligados a requisar, debe aceptarlo como cosa inevitable; debe saber que vamos al campo para determinar a quién cau­sa mayores dificultades la requisa y a quién menores, que diferenciamos y buscamos estrechar los lazos de amistad con los campesinos medios.

“Esto es necesario porque, hasta tanto la clase obrera de Europa Occidental conquiste el poder, has­ta tanto nuestro flanco izquierdo pueda apoyarse en la dictadura proletaria de Alemania, Francia y otros paí­ses, nos vemos obligados a apoyar nuestro flanco dere­cho en el campesino medio de Rusia. Pero no sólo en este periodo; después de la victoria decisiva, inexora­ble, históricamente determinada de la clase obrera en toda Europa, en nuestro país tendremos planteada la tarea, importante y gigantesca, de socializar nuestra economía agrícola, de transformarla de una economía campesina dispersa, atrasada, en una nueva economía comunista colectiva. ¿Existe alguna manera de efectuar esta transición, la más grande de la historia mundial, contra los deseos del campesinado? No, no existe. No se necesitará apelar a medidas de fuerza, compulsivas sino a medidas educativas, persuasivas, de apoyo, de ejemplo, de estímulo; con estos métodos la clase obrera organizada y esclarecida se dirige al campesino medio” [El frente oriental, discurso pronunciado en Samara, Obras Completas, volumen 17, pp. 119-120].

 

La “línea general” de Iakovlev

 

Todo burócrata que se precie tiene una “línea gene­ral”, que suele estar plagada de virajes inesperados. La “línea general” de Iakovlev siempre ha sido la de ser­vir al mando supremo, pero también guiñarle el ojo a la Oposición. Dejó de guiñar cuando comprendió que se trataba de un asunto serio y que un puesto de respon­sabilidad exige no sólo manos sino también corazón. Iakovlev pasó a ocupar el comisariado del pueblo de agricultura. En ese carácter presentó en el Decimosex­to Congreso una tesis sobre la colectivización. Una de las razones fundamentales de la reactivación de la eco­nomía agrícola - declara la tesis - es el “aplastamien­to del trotskismo contrarrevolucionario”. Por eso no estará de más recordar cómo trataban hasta hace poco el problema de la economía agraria los actuales paladines de la colectivización, y la lucha contra el trotskismo en relación a esto.

A fines de 1927, Iakovlev describió el carácter atra­sado de la economía campesina de la siguiente manera: “Estos datos bastan para caracterizar el drama de la economía pequeña y minúscula. En el nivel cultural y organizativo de la economía campesina que heredamos del zarismo, jamás podremos apurar el desarrollo so­cialista de nuestro país a la velocidad requerida (So­bre la reconstrucción socialista de la economía agraria, editado por Iakovlev, p. XXIV).

Hace dos años, cuando el setenta y cinco por ciento de las propiedades colectivizadas incluían todavía a los pobres, el actual comisario de agricultura Iakovlev eva­luó su carácter socialista de la siguiente manera:

“La cuestión del fortalecimiento, en las granjas co­lectivas, de los elementos comunales contra los ele­mentos individuales de capital sigue siendo, incluso en la actualidad, tal vez sobre todo en la actualidad, una cuestión de lucha: en muchos casos, bajo la forma co­munal se oculta la acumulación privada individua”, etcétera (ídem, p. XXXVII).

En defensa del derecho del kulak a vivir y respirar, contra la Oposición, Iakovlev escribió: “La quinta esen­cia de la tarea es la transformación socialista de la eco­nomía campesina en una economía socialista coopera­tiva [...] precisamente esa economía pequeña y minús­cula que constituye, en el fondo, la economía campesi­na media. Esta es nuestra tarea fundamental y más difí­cil. Al realizarla posiblemente nuestra política general y nuestra política económica nos permitan, al pasar, realizar la tarea de limitar el fortalecimiento de los ele­mentos explotadores kulakis, la tarea de una ofensiva contra el kulak" (ídem, p. XIVI).

De manera que, para Iakovlev, la posibilidad de li­mitar el fortalecimiento de los elementos kulakis de­pende de la realización de la “tarea fundamental y más difícil”: la transformación socialista de la econo­mía campesina. En cuanto a la liquidación de los kula­kis como clase, Iakovlev ni siquiera la planteó. Esto fue hace dos años.

Al discutir la necesidad de pasar gradualmente de la cooperación comercial a la cooperación productiva, es decir a las granjas colectivas, Iakovlev escribió:

“Este es el único camino de desarrollo cooperativo que garantiza - naturalmente que no en uno, ni en dos, ni en tres años, quizás ni siquiera en una década - la reconstrucción socialista de toda la economía campe­sina (idem, p. XII).

Subrayemos cuidadosamente la frase “no en uno, ni en dos, ni en tres años, quizás ni siquiera en una década”.

Las granjas colectivas y las comunas - dice Iakov­lev en la misma obra - por ahora son y por mucho tiem­po indudablemente serán tan sólo islotes en el mar de la economía campesina, puesto que una de las premisas para su vitalidad es, en primer término, un tremendo auge de la cultura (ídem, p. XXXVII).

Por último, para presentar las bases de una pers­pectiva de décadas, Iakovlev subraya que: “La creación de una industria poderosa, organizada racionalmente, capaz de producir no sólo los medios de consumo sino también los medios de producción indispensables para la economía nacional: tal es la premisa para un verda­dero plan cooperativo socialista (ídem,p.XIII).

Así estaban las cosas hace poco, cuando Iakovlev, como miembro de la Comisión Central de Control, de­portó a la Oposición hacia el este debido a que su programa llamaba a atacar los privilegios del kulak y de la burocracia y exigía una colectivización acelerada. Al defender la política oficial, la apertura al “poderoso campesino”, “contra la crítica irresponsable y veneno­sa de la Oposición” - términos que emplea el ar­tículo - Iakovlev pensaba que las granjas colectivas “por mucho tiempo indudablemente serán tan sólo islotes” -¡islotes, ni siquiera islas!- “en el mar de la economía campesina”, cuya reconstrucción socialista requeriría más de una década. Si hace dos años Iakovlev proclamaba, contra la Oposición, que la mera limi­tación del kulak no puede ser más que un subproducto de la reconstrucción socialista de la economía campe­sina en su conjunto, cuya realización demandará décadas, el comisario de agricultura de hoy se Propone “liquidar a los kulakis como clase” en el curso de dos o tres siembras. Esto era, digámoslo de paso, ayer; hoy Iakovlev se expresa de manera mucho más enigmática.

Y éste es el individuo que, incapaz de pensar las cosas hasta el fin, más incapaz aun de preverlas, acusa a la Oposición de “irresponsabilidad” y en base a esa acusación practica arrestos, exilios y hasta fusilamien­tos: hace dos años, porque la Oposición los llamaba a tomar la senda de la colectivización y la industrialización; hoy, porque frena el aventurerismo de los colec­tivistas.

He aquí la esencia del aventurerismo burocrático.

 



[1] Apuntes de un periodista. The Militant, 26 de julio y 15 de agosto de 1930. Firmado “Alpha”.

[2] Jean Longuet ( 1876-1938): nieto de Karl Marx, socialista de derecha francés y fundador y director de Le Populaire [El Popular]. Fue una de los pacifistas que votó a favor de los créditos de guerra en la Primera Guerra Mundial.

[3] Walter Citrine (n. 1887): secretario general de la central obrera británica de 1926 a 1946. El capitalismo británico premió sus servicios nombrándolo caballero en 1935 y baronet en 1946.



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