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CAPÍTULO XIV

LA CRISIS POLITICA

Todavía hoy resulta imposible describir un panorama preciso de las condiciones políticas de la U.R.S.S. durante el período del primer plan quinquenal. Carecemos de datos. No obstante, de las breves indicaciones de la prensa y de los relatos entresacados de un lado y otro se desprende una impresión de crisis de excepcional gravedad: de hecho, durante estos años la U.R.S.S. se ha encontrado en varias ocasiones al borde mismo de la catástrofe, del hambre, del hundimiento económico y del caos general. El impulso de los primeros meses de la colectivización y de la industrialización no consigue superar los obstáculos que surgen continuamente ni las dificultades que padece la inmensa mayoría de los trabajadores para subsistir ni el miedo general al futuro.

Entre los oposicionistas reintegrados inicialmente por estar convencidos de que la política «izquierdista» inaugurada en 1928 acarrearía por si misma el renacimiento de la democracia obrera, cunden la desilusión y las lamentaciones. Kámenev escribe en su diario intimo que Zinóviev y él han cometido un enorme error al romper con Trotsky después del XV Congreso. Zinóviev confiesa: «El mayor error político de mi vida fue abandonar a Trotsky en 1927.» Iván Smirnov, que capituló en 1929, se encuentra con León Sedov en julio de 1931 en Berlín y acepta enviar informaciones para el Boletín de la Oposición. El ejemplar correspondiente al mes de noviembre de 1932 incluye un estudio de la situación económica de la U.R.S.S. basado en datos exactos, conocidos únicamente por los Comisarios del Pueblo. Su autor es Smirnov; el artículo, firmado con pseudónimo, concluye con la siguiente afirmación: «Dada la incapacidad de la dirección actual para salir del callejón sin salida económico y político, aumenta nuestra convicción de la necesidad de reemplazar la dirección del partido» [1] . Otro corresponsal del Boletín de la Oposición escribe en 1933, refiriéndose al estado de ánimo de gran parte de los dirigentes: «Todos ellos hablan del aislamiento de Stalin, del odio universal de que es objeto», pero añaden: «Si no fuera por éste (omitimos su vigoroso epíteto) a estas horas todo se habría derrumbado. El es quien mantiene la cohesión del conjunto.»

¿Se trata acaso de un inventario de justificaciones para la diaria capitulación o es la conclusión de un serio análisis de la situación real? La segunda hipótesis nos parece más verosímil en la medida que los «oposicionistas de corazón» que se encuentran en el país están de acuerdo sobre este punto con Trotsky que, desde su exilio, escribe en 1933: «En la actualidad, la ruptura del equilibrio burocrático en la Unión Soviética, sería sin lugar a dudas utilizado por las fuerzas contrarrevolucionarias» [2] . En tales condiciones puede afirmarse que, durante el periodo de 1930 a 1932 se ha producido una especie de tregua por parte de los numerosos adversarios de la política estaliniana instalados en el propio seno del aparato y que Stalin ha sido aceptado entre ellos como un mal menor. Tampoco puede despreciarse el hecho de que la U.R.S.S. se protegió hasta cierto punto de las amenazas exteriores concretas que durante años se habían cernido sobre ella por el hecho de que, a partir de 1929, el mundo capitalista se enfrentaba con las consecuencias de la crisis económica sin precedentes que marcó el periodo de entreguerra.
 
Las intrigas palaciegas

A falta de oposición abierta, imposible a partir de la derrota de la oposición de izquierda, parece como si en la cumbre del aparato se hubieran delineado algunos intentos de reagrupamiento por parte de los adversarios de Stalin, instigados por los responsables que le debían su carrera, pero que consideraban que su línea política conducía a la U.R.S.S. a la debacle.

Conocemos al menos dos de estos intentos: el «affaire» Syrtsov‑Lominadze de 1931 y el «affaire» Riutin de 1932.

El primero resulta aún harto misterioso. Asociaba a dos personajes pertenecientes a la joven generación del aparato: Syrtsov, al que se atribuía una gran simpatía por las ideas de Bujarin, había sido elegido miembro suplente del Comité Central en 1924 y titular en 1927. Su promoción, en mayo de 1929, al cargo de presidente de la RSFSR a la que siguió su designación como suplente del Politburó durante el XVI Congreso, indicaban al menos que, durante la eliminación de los derechistas, debió ofrecerle a Stalin ciertas pruebas de lealtad. También era presidente del Consejo de la RSFSR. El georgiano Lominadze, con reputación de hombre duro dentro del Komsomol en los comienzos de su carrera, era considerado como un partidario incondicional de Stalin; de hecho el Secretario General le habla enviado a China en 1927. Era secretario regional del partido en Transcaucasia y, junto con Sten, perteneciente a la Comisión Central de Control y Chatskin, secretario del Komsomol, había sido considerado durante el periodo 1928‑29 como un crítico «de izquierda» de Stalin al que reprochó al parecer sus vacilaciones y contemporizaciones en la liquidación de la derecha [3] .

Syrtsov y Lominadze son expulsados del Comité Central por haber constituido «un bloque antipartido de la derecha y de la izquierda». A pesar de las dos páginas dedicadas a este asunto por Knorin, historiador oficial en 1935, se dispone de muy poca información respecto a las posiciones que adoptaron y a sus actividades [4] . Parece ser que habían puesto en circulación entre los medios dirigentes, tal vez con la finalidad de provocar una «revolución palaciega», una severa requisitoria contra Stalin, basándose en las criticas emitidas anteriormente por las oposiciones de derecha y de izquierda. Según Ciliga, Syrtsov afirmaba: «El país ha entrado en un peligroso terreno económico. La iniciativa de los obreros ha sido aniquilada». Por su parte Lominadze acusaba: «La administración del partido maneja los intereses de los obreros y campesinos a la manera de los barines» [5] . Nada sabemos de las condiciones en que este grupo heterogéneo en un principio, había llegado a cobrar auge: por las acusaciones proferidas durante el IX Congreso contra Chatskin y, sobre todo, contra Nicolás Tchaplin, que había encabezado la lucha de los «jóvenes estalinistas» contra la oposición conjunta, podemos deducir que el grupo había conseguido reclutar partidarios en las filas del Komsomol. Sus nombres, unidos a los de Syrtsov, Lominadze y Sten van acompañados ritualmente del epíteto «agentes del bloque de las oposiciones» [6] . Tampoco se sabe si fueron detenidos. Knorin indica que los miembros del grupo fueron expulsados del partido y Syrtsov, Lominadze y Sten de los órganos dirigentes: los dos primeros, al menos, fueron reintegrados en 1935.

Respecto al «affaire» Riutin contamos con más información. Este apparatchik de Moscú había sido el brazo derecho de Uglanov durante la lucha contra la oposición conjunta llevada a cabo en la capital. En 1928, tras ser acusado de manifestar tendencias conciliadoras, había sido uno de los primeros derechistas depurados, pero también fue el primero en llevar a cabo su autocrítica antes incluso de la caída de Uglanov, conservando gracias a ello sus funciones en el aparato de Moscú. Convencido de que la dirección estalinista estaba conduciendo al país a un desastre, redacta durante el año 1932, un texto de 200 páginas aproximadamente de cuyo contenido sólo tenemos testimonios directos o indirectos. En este documento afirma: «los derechistas han tenido razón en cuanto se refiere a la economía y Trotsky ha estado acertado en su crítica del régimen del partido» [7] . Propone una retirada en lo económico que habría de llevarse a cabo mediante la reducción de las inversiones en la industria y la liberación de los campesinos, autorizándoles para abandonar los koljoses. También ataca ferozmente a Bujarin por su capitulación y, como primera medida tendente a restaurar la democracia del partido, propone la inmediata reintegración de todos los expulsados, incluido Trotsky. Por último, en unas cincuenta páginas llenas de vigor, pasa a analizar la personalidad de Stalin y su papel pretérito y presente. Le describe como «el genio del mal de la Revolución rusa (...) impulsado por su sed de venganza y sus ansias de poder». Al afirmar que había conducido al país «al borde del abismo», añade, comparando a Stalin con el agente provocador Azev que había dirigido por orden de la policía la organización terrorista S.R. a principios de siglo. «Podría uno preguntarse si todo esto no es producto de una inmensa provocación consciente» [8] . Tales puntos de vista servían para justificar su opinión de que «no podía haber un restablecimiento en el partido ni en el país» sin un previo derrocamiento de Stalin.

Este programa de aproximación entre la derecha y la izquierda, similar al propuesto por Syrtsov y Lominadze y que parecía reconsiderar la alianza que se proyectó efímeramente en 1928 entre Bujarin y Trotsky, se basaba tal vez en unas posibilidades reales puesto que, al mismo tiempo, en los campos de concentración, en los penales y en los lugares de deportación, la mayoría de los partidarios de la oposición de izquierda pensaban, como Rakovsky y Solnzev, que era necesario orientarse hacia un programa económico de vuelta a la NEP aditado con la restauración de la democracia interna [9] . Los vínculos personales de Riutin permitirían a todas luces la realización de la operación. El núcleo primitivo constituido por él y Galkin, que también era un antiguo derechista, se había abierto a la izquierda incluyendo al viejo obrero bolchevique de Leningrado Kayúrov, así como a unos cuantos antiguos «trotskistas»; por la derecha parecía haber asimilado a los intelectuales del grupo de profesores rojos, Slepkov, Maretsky, Astrov y Eichenwald. La «plata­forma Riutin». reproducida clandestinamente, pasará entre las manos de los antiguos oposicionistas arrepentidos ofi­cialmente, entre los que se cuentan Zinóviev, Kámenev, Sten y Uglanov, llegando al parecer a ser difundida clandestina­mente entre los obreros de las fábricas de Moscú.

Apenas si existen datos acerca del desarrollo, los objetivos inmediatos y el propio descubrimiento del «complot»; tampoco se cuenta con información sobre sus posibles relaciones con el grupo Syrtsov‑Lominadze. Al parecer, una vez detenido, Riutin fue condenado a muerte por el tribunal secreto de la GPU bajo la acusación de preparar el asesinato de Stalin. No obstante, la mayoría del Politburó obligó, según parece, a Stalin a renunciar a su ejecución: desde entonces se desconoce el paradero de Riutin en las prisiones tras su paso por Verjne‑Uralsk donde fue visto por Ciliga.

La consecuencia más inmediata del asunto es la segunda expulsión de Zinóviev y Kámenev, que son acusados de haber leído el texto de Riutin sin denunciar a los conspiradores. Seguirá una nueva redada de los responsables vinculados con Riutin y de otras personas que no parecen haber mantenido relación alguna con él. Hacia el final de 1932 y los comienzos de 1933, son detenidos de nuevo y condenados sin ningún tipo de explicación pública los antiguos miembros de la oposición Smilgá, Ter‑Vaganián, Mrachkovsky e Iván Smirnov. Este último que, tras su readmisión, ocupaba la dirección de la fábrica de automóviles de Gorki, es detenido el 1 de enero de 1933, condenado a diez años de cárcel y confinado en el «aislador» de Suzdal. Smilgá, que es condenado a cinco años, es enviado, junto con Mrachkovsky a Verjne‑Uralsk, unas semanas antes. Stalin se había lamentado ante este último de estar rodeado de imbéciles. Por esta misma época, el 5 de noviembre de 1932, muere la joven esposa de Stalin, Nadiejda Alilúyeva: según los rumores, imposibles de verificar, que circularon a la sazón en los medios dirigentes, se había suicidado tras una violenta disputa con su marido, al que consideraba responsable de la catastrófica situación del país.

Como estudiante, Nadja Alilúyeva, había tenido sin duda ocasión de tomar conciencia del nuevo estado de ánimo imperante entre una parte de la juventud. A partir del fin del periodo 1932‑33, algunas breves reseñas oficiales confirman las indicaciones de la prensa de la oposición: desesperados por la apatía obrera y educados en la atmósfera de miedo y odio que inspira Stalin, los jóvenes generalmente encuadrados en las Juventudes Comunistas, acarician proyectos de terrorismo individual, se inclinan sobre el movimiento revolucionario del siglo XIX, exaltan a sus héroes y suenan con ser ellos los llamados a liberar al partido y al país del tirano. Zhdánov llevará a cabo más adelante una depuración de las bibliotecas poniendo fuera de la ley todos aquellos libros que glori­fican la acción terrorista. En mayo de 1933, Zinóviev y Kámenev vuelven a ser traídos de Siberia para repetir su confesión. Trotsky escribe por entonces que Stalin «hace recolección de almas muertas» a falta de las pertenecientes a los vivos. En el Boletín de la Oposición, advierte el peligro del terrorismo: «Dentro y fuera del partido cada vez se oye más la consigna 'Abajo Stalin'. (...) Pensamos que esto, es erróneo. No nos preocupa la expulsión de un individuo, sino el cambio del sistema» [10] . El ascenso de los nazis al poder en Alemania plantea el problema de unos términos más urgentes todavía.

La crisis alemana
 
El mundo capitalista parece debatirse entre un cúmulo de problemas propios. La gran crisis provocada por el «crac» de Wall Street va a confirmar el análisis que Trotsky incluyó en su crítica dirigida al VI Congreso: la estabilización cede su lugar a un nuevo periodo de convulsiones sociales, sobre todo en el país clave de Europa, Alemania, mientras que el partido comunista alemán muestra su incapacidad para detener el auge del nazismo; Hitler alcanza el poder sin que la clase obrera haya hecho nada para impedirlo. El mundo capitalista emprende fatalmente el camino de la segunda guerra mundial.

La historia del partido comunista alemán desde 1923 es la de una larga lucha encabezada por los emisarios de la Internacional para tratar de conseguir una «bolchevización» que lo convierte en dócil instrumento de los dirigentes rusos, quitándole definitivamente la posibilidad de desempeñar el papel de dirección revolucionaria al que siempre había aspirado. Sin tener en cuenta las tradiciones nacionales, ni el apego del núcleo comunista a la democracia interna ‑la liga Spartacus había nacido en franca oposición con el partido centralizado y burocratizado de Ebert‑, sin preocuparse por la coyuntura política, el Ejecutivo de la Internacional se dedica a crear su propia fracción, destinada a hacerse con el control del partido eliminando de la dirección a todos aquellos elementos que amenacen con simpatizar con alguna de las oposiciones rusas, de derecha o de izquierda, y reorganizando el partido de forma que el aparato se haga indepen­diente a cualquier presión de las masas, precaviéndose al mismo tiempo contra el desarrollo de una oposición interna que podría atacarlo sobre el propio campo de la lucha de clases. Al proyectar mecánicamente sobre Alemania las inquietudes del grupo dirigente ruso, la facción estalinista se ve obligada a destruir lo que habla dado su fuerza al partido comunista alemán, a saber, la Vieja Guardia espartaquista de la que Lenin decía: «No los veo tragar fuego en la feria de la palabrería revolucionaria. No sé si constituirán una fuerza de choque; pero de algo si estoy seguro: gentes como ellos son los que integran las columnas de prietas filas del proletariado revolucionario» [11] .

El affaire Thaelmann‑Witorf suministrará el pretexto necesario para la eliminación de aquellos a los que se denomina «derechistas» por haber recomendado durante un periodo de estabilización el frente único con los social‑demócratas. En la asamblea plenaria de diciembre de 1928, Stalin denuncia su actividad fraccional: Walcher, Froelich, Boettcher y Hausen son expulsados al igual que Brandler y Thalheimer. En una Carta abierta la asamblea afirma: «Cada paso dado hacia la estabilización del imperialismo internacional supone también un paso en dirección a la descomposición de tal estabilización» [12] . El partido, en donde las asambleas generales ‑antigua tradición democrática‑ han sido prohibidas, es ahora reorganizado por entero, en lo sucesivo todos los «funcionarios» deben ser «camaradas situados en la línea del partido»: toda reunión en que hayan tomado la palabra los «liquidadores» se considera anulada. El partido es domesticado definitivamente: Thaelmann, salvado por Moscú, será hasta el final su domador contando para ello con la colaboración de Walter Ulbricht.

La X Asamblea de la Internacional celebrada en julio de 1929, termina por precisar la línea que había sido esbozada en el VI Congreso con la elaboración de la teoría del socialfascismo que convierte a la social‑democracia en el enemigo numero uno de los comunistas. Manuilsky, que ha pasado a presidir la Komintern, afirma en su informe: «La socialdemocracia irá quitándole progresivamente a la burguesía la iniciativa de la represión contra la clase obrera. (...). Se hará fascista. Este proceso de conversión de la social‑demo­cracia en social‑fascismo ha empezado ya» [13] . Bela Kun pretende demostrar «la necesidad de la transformación de la social‑democracia en fascismo» [14] . Mólotov acentúa la necesidad de luchar sobre todo contra el ala izquierda de la social‑democracia, «la más innoble y astuta a la hora de engañar a los obreros» [15] . De esta forma y bajo el pabellón del «frente único en la base», se va delineando la vuelta a una política de aislamiento sistemático. «La aplicación de la táctica del frente único, dice Ulbricht, consiste fundamentalmente en la creación de órganos independientes de lucha (...), en unir a las grandes masas obreras bajo la dirección comunista» [16] . Manuilsky esboza, sin la menor vacilación, un esquema que convierte la victoria del fascismo en una etapa necesaria: «En muchos países capitalistas intensamente desarrollados el fascismo será la última fase del capitalismo, previa a la revolución social» [17] .

La crisis estalla en 1930. Un sinnúmero de empresas quiebra. Cunde el paro. En 1932 existen 5.400.000 parados oficiales, cinco millones de parados parciales y dos millones de parados no inscritos; la totalidad de los jóvenes se encuentra en paro no oficial. Las clases medias se ven afectadas en igual medida que el proletariado: ancianos con sombrero hongo piden limosna en la puerta de las estaciones de metro. Para decenas de millones de alemanes, es decir para el conjunto de los trabajadores, la crisis plantea en los términos más crudos el problema de la estructura económica y social. La sociedad capitalista ha quebrado, el individualismo pequeño‑burgués ha perdido toda vigencia, Simone Weil escribe entonces: «El joven alemán, obrero o pequeño‑burgués, no conserva ni una parcela de su vida privada que no esté afec­tada por la crisis. Para él las perspectivas, buenas o malas, que pueden referirse incluso a los aspectos más íntimos de su propia existencia, se formulan inmediatamente como una serie de perspectivas que se refieren a la propia estructura de la sociedad. No puede ni siquiera imaginarse un esfuerzo a realizar para volver a ser dueño de su destino que no revista la forma de acción política» [18] ; de esta forma, entre 1930 y 1933, se crea una situación profundamente revolucionaria. La burguesía se divide: a partir de 1930, amplios sectores de la industria pesada y algunos estamentos del ejército otorgan su apoyo al movimiento nacional‑socialista que encabeza Adolf Hitler.

En 1929 este último, paralelamente a la acción del partido comunista y en contra de la coalición de los partidos burgueses con los social‑demócratas, ha llevado a cabo una campaña contra el plan Young de amistad con Occidente; también invoca sentimientos patrióticos y revanchistas contra el tratado de Versalles. A partir de 1930 los nazis, que disponen de una enorme cantidad de fondos y medios materiales y de toda una red de cómplices en el ejército y en la policía, se dedican a explotar la desesperación de las clases medias empobrecidas, la frustración de los jóvenes desesperanzados y el anticapitalismo latente que tratan de transformar en antisemitismo; multiplican sus esfuerzos para desarticular a las organizaciones obreras, atacan sus locales, sus permanencias, sus puestos de periódicos, alternando la utilización de la violencia física contra los militantes con el exacerbamiento del rencor de los obreros contra los aparatos burocratizados mediante la denuncia de los «bonzos». Tras de su demagogia nacionalista y de su fraseología pseudo‑socialista, en realidad se limitan a servir a sus socios capitalistas los magnates del Ruhr que han optado por sobrevivir destruyendo todas las organizaciones obreras y orientando definitivamente a la economía hacia la producción armamentística basada en los pedidos del Estado y en último término hacia la guerra que habría de permitirles la conquista de nuevos mercados. El nazismo, faceta alemana del fascismo, último dique de contención de la revolución cuando la democracia parlamentaria se muestra de todo punto incapaz de garantizar el orden social, no dejará de aumentar su influencia hasta 1932. Los nacional‑ socialistas habían reunido 809.000 votos y 13 diputados en 1928, en 1930 contaban ya con 6.401.000 votos y 105 diputados, que en las elecciones presidenciales de abril de 1932, aumentaron hasta 13.417.000 votos, consiguiendo 12.732.000 y 230 diputados en julio del mismo año.

El éxito de los nazis se nutre de la impotencia de las organizaciones obreras. El partido social‑demócrata conserva en la competición electoral, la parte esencial de sus votos. Durante el período de estabilización ha conseguido consolidar su poder merced al aparato de los «sindicatos libres», a la prosperidad y a la colaboración de clase: durante la crisis se apoya fundamentalmente sobre los obreros activos que se han vuelto prudentes por temor a ser despedidos, esforzándose, mediante una política conservadora en lo social, en apoyar todas las soluciones burguesas que no sean fascistas (pues un triunfo nazi pondría en peligro las privilegiadas posiciones de sus burócratas), y en oponerse a un frente único que le abriría a la clase obrera una serie de perspecti­vas revolucionarias que no está dispuesta a apoyar. De esta forma, por temor a la guerra civil o a la proscripción del partido, rendirá sin lucha el último bastión de su poder político, el gobierno prusiano de Braun y Severing, depuesto el día 20 de julio de 1932 por el gobierno de Von Papen. A partir de esta fecha se inicia además un movimiento de descontento que en un principio se reduce a una vanguardia, pero que más adelante se extiende rápidamente a todos sus efectivos, en particular a los sectores mas jóvenes que desean combatir al nazismo pues comprenden que esta lucha pone en cuestión al propio régimen.

El partido comunista alemán y la crisis

De hecho la crisis alemana supone para el partido comu­nista la prueba del fuego, la definitiva confirmación, equivalente en significación a lo que la de 1917 supuso para los bolcheviques rusos. El país más desarrollado de Europa padece la más profunda crisis económica y social conocida por el capitalismo. Se desvanecen todas las ilusiones acerca de la república democrática y parlamentaria. Las clases medias, exasperadas por la situación, buscan una salida y el gran capital les ofrece una: un Estado fascista en manos de los nazis, la guerra y las conquistas imperialistas y, al mismo tiempo, el aplastamiento del movimiento obrero organizado y la supresión de todas las libertades democráticas. Los comunistas alemanes, según la concepción marxista, deben ofrecerles la alternativa de la revolución socialista. Ellos se benefician de no estar aprisionados entre las masas organizadas tras los aparatos social‑demócratas de partidos y sindicatos y los destacamentos contrarrevolucionarios nazis que extraen su fuerza de la pasividad de las masas; también tienen la posibilidad de imponerse como dirigentes de la clase obrera ‑la mitad del país‑ tanto por la denuncia de las contradicciones en que incurre la propaganda hitleriana y del carácter contrarrevolucionario y antiobrero de su acción, como arrastrando tras ellos, en nombre a unos objetivos limitados de defensa, a las organizaciones socialdemócratas cuyos dirigentes se verían absolutamente desacreditados si se opusiesen a acciones de este tipo.

En la conferencia de Berlín, el 2 de agosto de 1922, Karl Rádek, representante del partido ruso, se había dirigido a la delegación socialdemócrata para proponerle el «frente único»: «Nos sentamos con vosotros en la misma mesa, queremos luchar con vosotros y esta lucha será la que decida si se trata de una maniobra en beneficio de la Internacional Comunista, como pretendéis, o bien de un torrente que reunirá a la clase obrera. Si lucháis con nosotros y con el pro­letariado de todos los países ‑no ya por la dictadura, no pedimos tanto‑ sino, por el trozo de pan, y contra la decadencia del mundo, el proletariado cerrará sus filas en la lucha y entonces podremos juzgaros no ya en base a un pasado terrible, sino refiriéndonos a unas acciones completamente nuevas. (...) Intentaremos luchar juntos, no ya por amor hacia vosotros, sino por la inflexible urgencia del momento que nos está impulsado y que os obliga a negociar en esta sala con los mismos comunistas de carne y hueso que os han llamado criminales» [19] .

Sin embargo, no volverá a repetirse en Alemania tal búsqueda de un acuerdo de dirección a dirección para luchar conjuntamente por una serie de puntos concretos: el partido comunista alemán nunca volverá a emplear este lenguaje ni llegará a desempeñar el papel que se esperaba de él. Su régimen interno, la depuración de los viejos responsables arraigados en las empresas y los meandros que describe su política desde 1923 apartan de él a los elementos más estables y más sólidos de la clase obrera. Una política sindical absurda ha conducido a la creación de unos fantasmales «sindicatos rojos» al lado de los sindicatos «libres» que agrupan a la mayoría de los obreros, pero en cuyo seno la influencia comunista es prácticamente inexistente. Por tanto durante el comienzo de la crisis el partido comunista se encontrará en las peores condiciones, dada la política que había practicado anteriormente bajo la dirección de la Internacional. La inmensa mayoría de sus miembros son jóvenes que se encuentran en él sólo de paso: en 1932, más del 50 por 100 de los afiliados lleva menos de un año militando, una proporción superior al 80 por 100 lleva menos de dos años. En sus filas entre el 80 y el 90 por 100 son parados. Como ha apuntado Simone Weil, «la única vanguardia susceptible de llevar a cabo la revolución con la que cuenta el proletariado alemán es la constituida por una serie de parados privados de toda función productiva, arrojados fuera del sistema económico, parásitos y carentes, además, tanto de experiencia como de cultura política. Un partido así puede, en todo caso, propagar sentimientos de rebeldía, mas en ningún caso puede proponerse hacer la revolución» [20] . Tal debilidad intrínseca y la falta de relación con los obreros fabriles, suponen un enorme handicap para el partido comunista alemán en su lucha por la dirección de la clase obrera. La política dictada por la Internacional y aplicada por el grupo de Thaelmann se encargará del resto.

Toda la política del partido comunista alemán consistirá durante este período en una polémica verbal extraordinaria­mente vigorosa, dirigida exclusivamente contra los dirigentes social‑demócratas, que obstaculiza toda posible realización de un frente único entre comunistas y no‑comunistas, mien­tras que en lo referente a los nazis suele practicar un frente único de hecho, competitivo incluso sobre el propio terreno de su adversario. En abril de 1931, en Prusia, el partido comunista se alía con los nazis en un referéndum organizado por instigación de estos últimos contra el gobierno social‑demócrata local. En julio de 1931, durante la XI Asamblea plenaria, Manuilsky afirma: «Los social‑demócratas, con el fin de engañar a las masas, proclaman al fascismo como principal enemigo de la clase obrera» [21] . Al criticar, en noviembre de 1931, las «tendencias liberales que pretenden enfrentar a la democracia burguesa con el fascismo y al partido hitleriano con el social‑fascismo», Thaelmann justifica la alianza con los nazis con la refutación de la tesis que afirma que un gobierno socialista constituye un mal menor comparado con el gobierno de Hitler. Invita a los comunistas a difundir la consigna «revolución popular», es decir, la misma que utilizan los nazis con el pretexto de que es «sinónimo de la consigna proletaria de revolución socialista» [22] . El partido organiza asimismo una ruidosa campaña en torno a la consigna de «liberación nacional», convierte al teniente Scheringen, que ha pasado del nazismo al comunismo, en una especie de héroe nacional y le ofrece todo tipo de apoyo para la creación de un grupo que pide a los nacionalistas alemanes que apoyen a los comunistas por ser la alianza con los rusos la única que puede garantizar la independencia nacional de Alemania. Los comunistas guardan silencio cuando la destitución del gobierno prusiano agita a los obreros social‑demócratas y después, con veinticuatro horas de retraso, lanzan sin preparación alguna una consigna de huelga general que naturalmente cae en el vacío.

En las elecciones del 30 de julio de 1932, consiguen 5.277.000 votos y 100 escaños, menos de la mitad de los conseguidos por los nazis; no obstante, Bolshevik publica en sus titulares que el partido comunista alemán se halla a punto de conseguir la mayoría en el Reichstag. Los grupos de militantes del Frente Rojo, organizado en 1930‑31 para hacer frente a los nazis, son disueltos sin resistencia, entretanto la XII Asamblea plenaria de la Komintern afirma; «Las secciones de la Internacional Comunista deben dirigir sus golpes contra la social‑democracia, pues su aislamiento del proletariado es una condición previa a la conquista de la mayoría del proletariado, a la victoria sobre el fascismo y al derrocamiento de la burguesía» [23] . Cuando a pesar de los sindicatos libres, los sindicatos rojos consiguen desencadenar una huelga de transportes contra la disminución del 20 por 100 de los salarios, las tropas nazis luchan en la calle contra la policía, apoyan las acciones de los huelguistas y terminan por imponer la vuelta al trabajo, a pesar de la oposición de los comunistas, mostrándose así capaces de quitarles, durante la acción, la dirección de un movimiento espontáneo de superación de los dirigentes sindicales. Algunos días más tarde, el dirigente comunista Remmele declara: «El partido comunista se aproxima gradualmente al objetivo que se ha propuesto, la conquista de la mayoría de la clase obrera» [24] .

A principios de 1932, el partido comunista lleva a cabo un llamamiento a la lucha contra un nuevo partido formado por social‑demócratas de izquierda y antiguos oposicionistas comunistas. El S.A.P., cuya dirección va a ser encabezada por Walter y Froelich. El llamamiento proclama la necesidad de iniciar la ofensiva contra «la variante de izquierda del socialfascismo, encarnación del más peligroso enemigo de la clase obrera». Igualmente denuncia, como si se tratase de una maniobra, la participación de los social‑demócratas en las huelgas, «su supuesta lucha por la paz o contra el fascismo» [25] . Cuando los nazis, en vísperas del ascenso de Hitler a la cancillería, preparan un desfile armado ante la Casa Karl Liebknecht, sede del partido comunista alemán, los dirigentes lanzan la consigna de solicitar de las autoridades la prohibición de la manifestación.

Una vez instalado Hitler en el poder, Karl Rádek, portavoz de la Internacional, escribe: «No se puede destruir un partido que ha recibido millones de votos, un partido vincu­lado con toda la historia de la lucha de la clase obrera alemana. No se le puede destruir ni por una decisión administrativa que le declara ilegal ni con un terror sangriento puesto que el terror habrá de dirigirse entonces contra la clase obrera» [26] . Cuando la represión golpea, cuando los nazis están ya metiendo en la cárcel, torturando y masacrando a los militantes y destruyendo el movimiento obrero, el Presidium del Ejecutivo de la Internacional decide adoptar por unanimidad, el día 1 de abril, una resolución en la que se declara que, «la política que lleva a cabo la dirección del partido comunista alemán, encabezado por el camarada Thaelmann, era absolutamente correcta antes y durante la toma del poder por el fascismo» [27] . El historiador R. T. Clark concluye su estudio sobre el fin de la república de Weimar con esta opinión: «Resulta imposible leer las publicaciones comunistas de esta época sin un escalofrío ante el abismo en el que la resistencia a utilizar su inteligencia de forma independiente puede arrastrar a unos hombres inteligentes» [28] .

Las consecuencias de la crisis

Simone Weil concluye su análisis de la política del partido comunista alemán con una explicación más satisfactoria: «La impotencia de que hace gala un partido que dice ser la vanguardia del proletariado alemán podría obligarnos a deducir la impotencia del propio proletariado. Pero es que el partido comunista alemán no es la organización de los obreros alemanes dispuestos a preparar la transformación del régimen, a pesar de que estos sean o hayan sido en su mayoría miembros de él; de hecho, constituye una organización de propaganda en manos de la burocracia estatal rusa, ésta es la razón de que sus errores puedan explicarse con facilidad. Se comprende sin esfuerzos que el partido comunista alemán, armado por el interés de la burocracia rusa, con la teoría del «socialismo en un sólo país», se encuentre en difícil posición para luchar contra el partido hitleriano que se autodenomina «partido de la revolución alemana». De forma más general, está claro que los intereses de la burocracia de Estado rusa, no coinciden con los de los obreros alemanes. Lo que para estos tiene un interés vital es detener a la reacción fascista o militar: para el Estado ruso, lo importante es sencillamente impedir que Alemania, sea cual fuere su régimen interior, se vuelva contra Rusia al aliarse con Francia. Análogamente, una revolución abriría amplias perspectivas a los obreros alemanes mas sólo podría perturbar la construcción de la gran industria rusa; y además, un movimiento revolucionario serio aportaría necesariamente a la oposición rusa un apoyo considerable en su lucha contra la dictadura burocrática. Resulta, pues, bastante natural que la burocracia rusa, inclusive en este trágico momento, lo supedite todo a su propósito de conservar su absoluto control del movimiento revolucionario alemán» [29]

Esta nueva derrota del proletariado alemán, que va a durar varios decenios, inicia en la historia del partido comunista y en la de la U.R.S.S. un período completamente nuevo. La tregua que la crisis ha provocado en la U.R.S.S. toca a su fin. El imperialismo alemán prepara la segunda guerra mundial. La burocracia cambia su chaleco en política exterior: en adelante, todos sus esfuerzos tenderán a impedir la coalición general contra ella de las potencias capitalistas. El go­bierno de Stalin, que en un principio estaba unido con Francia y tenía la esperanza de ingresar en una alianza defensiva con Occidente y contra Alemania en favor del statu quo europeo ‑leitmotiv que va a sustituir al de lucha contra la imposición del Tratado de Versalles‑, terminará por firmar con la Alemania de Hitler el pacto que ha de permitir a esta última iniciar la segunda guerra mundial en un sólo frente. La «defensa de la U.R.S.S.» exige la búsqueda de aliados en los países capitalistas: los partidos comunistas de cada país subordinan toda su acción a este imperativo y abandonan toda política de clase basada en el análisis de las relaciones sociales para servir exclusivamente como punto de apoyo a la diplomacia rusa. Por tanto, dejan ipso facto de situarse en el terreno de la lucha de clases, justificando las previsiones de Trotsky acerca de las implicaciones de la teoría del «socialismo en un solo país». En 1937, Dimitrov explicará: «La línea histórica de demarcación entre las fuerzas del fascismo, de la guerra y del capitalismo por un lado y las fuerzas de la paz, la democracia y el socialismo por otro, viene dada cada vez más claramente por la actitud hacia la Unión Soviética y no la actitud formal que se adopta hacia el poder soviético en general, sino la que se adopta ante una Unión Soviética que ha proseguido su existencia real desde hace casi treinta años, luchando infa­tigablemente» [30] . En lo sucesivo, la razón de ser de los partidos comunistas no es la lucha por el comunismo, sino como escribe Max Beloff, «el apoyo a los esfuerzos de la diplomacia soviética y del Ejército Rojo» [31] . No obstante, la lucha de clases no se detiene: los acontecimientos de Francia y de España van a demostrarlo enseguida. Por tanto, una lógica implacable va a llevar a los partidos comunistas a luchar fundamentalmente por el control de los movimientos obreros en beneficio de la burocracia rusa, combatiendo despiadada­mente todo movimiento revolucionario.

Una vez fijada la trayectoria, el adversario número uno, a partir de 1934, es la organización revolucionaria internacional cuya construcción ha sido emprendida por León Trotsky. Desde 1931 hasta 1933, este último ha concentrado toda su atención como polemista y como teórico en la situación alemana. Sin duda su producción nunca ha sido tan brillante y tan rica como entonces: la defensa de la política de frente único en Y ahora, los análisis del nazismo y la crítica de la teoría del social‑fascismo reiterada en infinidad de artículos y folletos, bastarían por sí solos para situar a su autor entre los más importantes políticos de la época contemporánea. No obstante, una vez más, de nada le sirve a Trotsky tener razón puesto que la derrota alemana posterga durante decenios la victoria revolucionaria que puede darle la razón. Tras la victoria de Hitler el super‑wrangel, al que considera como la punta de lanza del imperialismo en su lucha contra la clase obrera y contra la U.R.S.S., Trotsky escribe en marzo de 1938 en La tragedia del proletariado alemán: «La clase obrera alemana podrá volverse a levantar pero el estalinismo jamás lo hará» [32] . En su opinión el estalinismo ha quebrado en Alemania, frente a Hitler, de manera análoga a lo ocurrido con la social‑democracia el día 4 de agosto de 1914. Por tanto, se trata de reconstruir una nueva organización internacional y extender a todos los países, incluida la U.R.S.S., una serie de nuevos partidos.

Una conferencia de la oposición de izquierda internacional, reunida en Paris en el mes de agosto de 1933, decide transformarse en movimiento tendente a la creación de la IV Internacional, la Liga Comunista Internacional (bolchevique‑leninista). Algunas semanas más tarde, cuatro organizaciones entre las que se encuentran, el partido obrero socialista alemán de Walcher y Froelich, el partido socialista independiente y el partido socialista revolucionario holandés, encabezado por el veterano comunista y sindicalista Sneevliet, junto con la Liga Comunista, publican una declaración conjunta «acerca de la necesidad de una nueva Internacional y sus principios». Las tesis de Trotsky acerca de la construcción de nuevos partidos y de una nueva Internacional aparecen en el Boletín de la Oposición en Octubre de 1933 con la firma G. Gurov. La oposición de izquierda deja de comportarse como tal para definirse como una organización totalmente independiente: fiel a su concepción de la defensa de la U.R.S.S. y de las conquistas de la revolución por medio «de las organizaciones auténticamente revolucionarias, independientes de la burocracia y apoyadas por las masas», la nueva organización va a intentar ganarse a «los elementos auténticamente comunistas que todavía no se han decidido a romper con el estalinismo» [33] y sobre todo a las nuevas generaciones obreras.

Tal nuevo enfoque constituye a partir de entonces un peligro mortal para la burocracia, en efecto, desde su punto de vista la defensa de la U.R.S.S. exige un sistema diplomático de alianzas contra terceros con los países capitalistas, en cuya consecución los partidos comunistas nacionales desempeñan un papel que es a la vez de medio de presión y de instrumento de intercambio. Una nueva organización revolucionaria que disputa su monopolio de la vanguardia obrera, debilita su posición. Análogamente, la agitación revolucionaria, al asustar a la burguesía amenaza con provocar el aislamiento de la U.R.S.S. La lucha contra el «trotskismo» se convierte más que nunca en un imperativo de la política estaliniana que se identificará con la que van a encabezar los partidos comunistas contra todo movimiento obrero independiente y contra todo proceso revolucionario. Por ello, la capitulación sucesiva de Christian Rakovsky y de León Sosnovsky se convierte en una baza de incalculable valor para Stalin, en la lucha que comienza. Tanto uno como otro aluden al peligro de guerra, pero Rakovsky, al parecer, se había evadido siendo herido de gravedad y su capitulación, cuando fue detenido, sólo se produjo tras una temporada pasada en un «hospital» del Kremlin [34] . La mayoría de los observadores parecen estar de acuerdo, no obstante, en opinar que, frente a los peligros inmediatos, el Politburó se esfuerza en promover una especie de reconciliación con el fin de constituir la «unión sagrada» frente a la amenaza alemana. Las concesiones de que han sido objeto los campesinos y la readmisión de un número apreciable de antiguos oposicionistas constituyen dos aspectos de la misma política cuyo objetivo es conseguir aislar mejor a los partidarios de Trotsky a los que en lo sucesivo se denuncia como los únicos agentes de la división, pasados definitivamente al servicio del imperialismo.

El XVII Congreso

La atmósfera del XVII Congreso sugiere efectivamente una cierta tendencia conciliadora que se produce poco antes de la rehabilitación de Rakovsky. Por primera vez desde hace años, los antiguos dirigentes de las diferentes oposiciones como Zinóviev y Kámenev, Bujarin, Rikov y Tomsky, Piátakov, Preobrazhensky y Rádek y Lominadze, pueden tomar la palabra sin ser objeto de las risas e insultos de los congresistas. A pesar de sus alusiones a Stalin, su autocrítica conserva una dignidad formal casi nueva. En su alocución, Stalin celebra su victoria en unos términos que son perfectamente aceptables para todos aquellos que han abandonado a Trotsky manifestando que su único deseo es que se les permita volver al trabajo: «El presente Congreso se celebra bajo el pabellón de la completa victoria del leninismo, bajo la enseña de la liquidación de los restos de grupos anti‑leninistas. El grupo trotskista antileninista ha sido desarticulado y dispersado. Sus organizadores habrán de ser buscados en lo suce­sivo en las reboticas de los partidos burgueses. El grupo antileninista de los desviacionistas de derecha ha sido igualmente desarticulado y dispersado. Sus organizadores han renunciado desde hace tiempo a sus opiniones y en la actualidad intentan de distintas maneras expiar las faltas que han cometido contra el partido. Hay que reconocer que el partido está más unido que nunca» [35] . Por vez primera desde el comienzo de la era de Stalin, todas las figuras de primer plano de la oposición son aceptadas de hecho: sólo Trotsky parece soportar el anatema mientras Stalin hace el papel de hombre bueno.

En realidad, muchos rumores ‑única fuente desde entonces de las informaciones políticas‑ hablan de divergencias en el Politburó donde un grupo de «liberales» parece inclinarse en favor de una cierta distensión en la que se ponga fin a las persecuciones de los oposicionistas y se trate de conseguir una tregua en el campo. Voroshílov parece ser el portavoz de esta tendencia: al parecer había admitido en un informe de los jefes militares, encabezados por Blücher, que la divergencia entre el régimen y los campesinos amenazaba con dañar gravemente a la moral del ejército. También se rumorea que Kírov, irritado por la omnipotencia de la GPU, había tomado la iniciativa de poner coto a la acción de sus jefes en su feudo de Leningrado. El grupo de «liberales» del Politburó se completaba al parecer con Rudzutak y Kalinin; también se dice que, como ocurrió en tiempos de la plataforma Riutin, todos ellos habían conseguido detener la represión que Zhdánov, Mólotov y Kaganóvich estaban ya dispuestos a desencadenar contra los jóvenes comunistas a los que se atribuían proyectos terroristas.

Deutscher opina que esta división interna del Politburó tuvo su reflejo en ciertas vacilaciones de Stalin durante el año 1934 [36] . Pero ¿vaciló realmente Stalin? Es indudable que, en las grandes decisiones de 1934, los contemporáneos creyeron adivinar medidas contradictorias, no obstante, resulta poco probable que así fuese en realidad. Es más plausible la opinión de que, al confiar en el clima de unión sagrada creado por el XVII Congreso, los observadores no supieron darse cuenta de las nuevas medidas represivas y de la promoción de los hombres destinados a manejarlas. Durante el XVII Congreso, del aparato surge un hombre: Yezhov, miembro ya del Comité Central, ingresa en el Buró de Organización y en la Comisión de Control presidida por Kaganóvich. El joven Malenkov pasa a ocupar el cargo de responsable de la sección de cuadros del Secretariado. Estos son, junto con Poskrebyshev que encabeza la sección especial del Secretariado, los hombres que habrán de constituirse más adelante en el trío de depuradores del partido. Cuando el día 10 de julio de 1934, se reorganiza la GPU dentro de un Comisariado del Pueblo para asuntos interiores, ampliado y bautizado con el nuevo nombre de N.K.V.D., la opinión general es que van a limitarse sus prerrogativas: su consejo o tribunal judicial queda suprimido y en lo sucesivo todos los asuntos deberán ser enviados a los tribunales ordinarios. El Fiscal general Vishínsky queda encargado de la supervisión de su actividad, lo cual, en la actualidad, nos induce a pensar que tal reorganización respondió a un prurito de control más directo de su funcionamiento. El año 1934, por otra parte, señala el comienzo de la distensión en lo referente a la política campesina: los kulaks se benefician de una amnistía parcial, el Comité Central de noviembre pone fin al racionamiento de pan y adopta un nuevo modelo de estatuto para los koljoses en el que se autoriza el aumento de la superficie de las parcelas privadas de cada koljosiano y también la libre disposición del producto de sus cosechas. No obstante, esta normalización se va a ver interrumpida poco tiempo después por un atentado terrorista.

 
El asesinato de Kírov

Sergio Kírov muere a consecuencia de una serie de disparos de revólver el 1 de diciembre de 1934, a manos de un joven comunista llamado Nikoláiev; su calidad de miembro del partido le ha permitido aproximarse al primer secretario de Leningrado que por otra parte no iba acompañado de sus guardias personales de la NKVD. Estos son los únicos datos fehacientes de que disponemos acerca del asesinato en sí; los móviles de Nikoláiev sólo han podido ser objeto de hipótesis, actualmente imposibles de comprobar, ya que las circunstancias que rodearon el drama no parecen aclararse sino muy lentamente.

El mismo día 1 de diciembre un decreto del Ejecutivo de los Soviets priva a los acusados de crímenes de terrorismo del derecho ordinario a la defensa: por iniciativa personal de Stalin, que, según Jruschov [37] , no va a ser ratificada por el Politburó hasta dos días más tarde, aparece una orden firmada por Yenukidze, secretario del Ejecutivo, en la que se dispone la aceleración de las diligencias de investigación, la supresión de todo recurso o petición de indulto y la ejecución de las sentencias de muerte inmediatamente después de la emisión del veredicto.

Stalin en persona acude junto con Mólotov y Voroshílov a Leningrado para dirigir la investigación en la noche del 1 al 2 de diciembre. Borisov, uno de los dirigentes de la NKVD de Leningrado, responsable asimismo de la seguridad de Kírov, que ha sido convocado en Smolny para ser interrogado, muere durante el recorrido, oficialmente en un accidente. Jruschov afirmó en 1956 que era ésta una «circunstancia sospechosa», y, en 1961, durante el XXII Congreso, precisó que todo parecía indicar que había sido ejecutado por los responsables de la NKVD que le escoltaban. La Pravda del 4 de diciembre anuncia la destitución y arresto de varios altos cargos de la NKVD que le escoltaban y la condena a muerte por el Tribunal Supremo, que opera ya con arreglo a las nuevas normas, de sesenta y seis acusados «blancos», treinta y siete de Leningrado y veintinueve de Moscú, que son ejecutados inmediatamente. Los días 28 y 29 de diciembre, Nikoláiev, autor de los disparos, es juzgado a puerta cerrada junto con once co‑acusados, miembros como él de las Juventudes Comunistas y entre los cuales se encuentran Katalinov y Rumiantsev, antiguos miembros del Comité Central. Una versión oficial nos permite imaginar cuál fue la verdadera actitud del joven ante. sus jueces: «El acusado Nikolaiev aportó varios documentos. (un diario, declaraciones dirigidas a diferentes instituciones, etc.), con los que intentaba describir su crimen como un acto personal de desesperación y descontento, originado por el empeoramiento de su situación material, y que había de ser interpretado como una protesta contra la actitud injusta de ciertos miembros del gobierno hacia una persona viva» [38] . Los doce acusados, a los que se presenta como miembros de un «centro de Leningrado.» son condenados a muerte y ejecutados.

Desde el 15 al 18 de enero, otros diecinueve acusados comparecen a puerta cerrada ante el tribunal militar de la Corte Suprema: entre ellos se encuentran Zinóviev, Kámenev, Bakáiev, Evdokímov, Kuklin y Guertik, el núcleo de los antiguos dirigentes de Leningrado, acusados de haber fundado un «centro moscovita». Según el fiscal general Vishinsky, los antiguos dirigentes de la oposición reconocen su responsabilidad moral en el crimen cometido por los jóvenes comunistas que parecen haberse erigido en discípulos suyos. Parece que Kámenev confesó «no haber luchado lo bastante activa y enérgicamente contra la degeneración que había originado la lucha contra el partido, a cuya sombra esta pandilla de bandidos había podido desarrollarse y cometer su crimen» [39] Por su parte Zinóviev declaró al parecer: «La mayoría de los crímenes que han cometido se deben a su confianza en mí. Mi deber es arrepentirme de lo que ya he comprendido como un error y decirlo para que se acabe de una vez para siempre con este grupo» [40] . Según la Carta de un viejo bolchevique, los investigadores exigieron de ellos estas confesiones, equiparables a un verdadero suicidio político, con el fin de permitir al partido la detención del desarrollo de las dramáticas consecuencias de la lucha fraccional de la que habían sido protagonistas durante el período de 1926‑27. Aparentemente, Zinóviev y Kámenev accedieron a ello con la esperanza de detener la ola de terrorismo cuya represión corría el riesgo de implicar a todos sus antiguos amigos. En cualquier caso los acusados son condenados a un total de 137 años de prisión, Zinóviev a diez años y Kámenev a cinco. Al mismo tiempo, la NKVD decreta otras cuarenta y nueve condenas de internamiento en un campo durante cuatro y cinco años y veintinueve más de deportación durante periodos que oscilan entre dos y cinco años; entre estos condenados se encuentran, el escritor Ilya Vardin y los viejos bolcheviques, ex‑miembros del Comité Central, Safárov, Zalutsky y Avilov.

Pronto va a celebrarse un tercer proceso. Según la ya mencionada Carta, Agranov, uno de los jefes de la NKVD, había llevado a cabo una investigación que revelaba que los jefes de la policía de Leningrado conocían perfectamente los proyectos de Nikoláiev, que solía hablar de ellos en público [41] . Como lo confirmó igualmente Jruschov [42] , Nikoláiev había sido detenido en dos ocasiones mes y medio antes del atentado y había sido puesto en libertad sin vigilancia. El 23 de enero son procesados los jefes de la NKVD de Leningrado, Medved, su lugarteniente Zaporozhets y sus principales colaboradores. Son acusados de haber sido «informados sobre el atentado que se estaba preparando», y las condenas que recaen sobre ellos van de dos a diez años de prisión. Según Krivitsky, Medved, condenado a dos años, fue deportado inmediatamente a un campo de concentración, siendo liberado antes de la extinción de la condena [43] . No obstante, en 1937, sería fusilado sin juicio junto con sus compañeros de banquillo. Trotsky y sus amigos desarrollaron atentamente en sus análisis la hipótesis de las responsabilidades directas de Stalin en el asesinato de Kírov y, en 1956, Jruschov confirmaría estos puntos al declarar: «Podemos suponer que fueron fusilados para ocultar el rastro de los organizadores del asesinato de Kírov» [44] . Asimismo y con ocasión del XXII Congreso precisará que, entre aquellos hombres, se encontraban los mismos que escoltaban a Borisov cuando ocurrió el accidente que le había costado la vida [45] .

Estos juicios son los únicos a los que se da publicidad. Pero, a partir del 1 de diciembre, centenares de comunistas son detenidos Los deportados de Verjne‑Uralsk presencian su llegada por tandas: entre ellos se encuentra Vuyovich, antiguo secretario de la Internacional de Juventudes Comunistas, Olga Ravich, colaboradora de Lenin en Suiza, Yonov, cuñado de Zinóviev, Anyshev, historiador de la guerra civil y varios centenares de miembros del Komsomol leningradense, conocidos en los campos de concentración como «los asesinos de Kírov». Víctor Serge y Deutscher calculan que el número de sospechosos detenidos se elevó a decenas de miles. En un discurso público Stalin reconocerá más adelante: «Los camaradas no se contentaban con criticar y llevar a cabo resistencia pasiva, también amenazaban con provocar una insurrección en el partido contra el Comité Central. Además a algunos de nosotros nos amenazaban con balas. No hemos tenido más remedio que tratarlos con dureza» [46] . Durante el XXII Congreso, Jruschov se limitará a decir: «Las represalias masivas se iniciaron tras el asesinato de Kírov» [47] .

La organización del dispositivo del terror

Numerosos historiadores han considerado que el año 1935‑36 continuó reflejando la oscilación entre la línea «dura» y la línea «liberal». De hecho, tras los negros años que mediaron entre 1930 y 1933, surgen determinados elementos de distensión en la situación política: antiguos oposicionistas arrepentidos siguen ejerciendo funciones importantes y la conciliación prometida en el XVII Congreso parece llevarse a cabo. Piatakov es el verdadero responsable de la industria pesada, Rádek es. el portavoz oficioso de Stalin en cuanto a la política exterior, Bujarin dirige Izvestia; él y Rádek serán los verdaderos redactores de la nueva constitución promulgada en 1936 y elaborada durante 1935. La supresión del racionamiento acaecida el 1 de enero de 1935, corresponde de una verdadera estabilización de la producción agrícola: el alza de los precios de las mercancías liberadas, no compensada por la subida de los salarios, supone una importante concesión a la población integrada en los koljoses. El éxito del movimiento stajanovista es un hecho, a pesar de la resistencia de los obreros; en consecuencia el número de privilegiados se amplía.

Pero también se producen muchos otros fenómenos contradictorios. Todos los miembros de la oposición son deportados al expirar su pena de cárcel y ello cuando no son condenados de nuevo. La prensa oficial intenta implicar a Trotsky en los últimos acontecimientos aduciendo unas declaraciones de Nikoláiev según las cuales éste había recibido 5.000 rublos en pago del asesinato de Kírov de manos del cónsul de Letonia, supuesto agente de Trotsky.

Kuibyschev muere el 26 de enero de 1935. El 1 de febrero Mikoyán y Chubar ingresan en el Politburó, Zhdánov y Eije adquieren la calidad de suplentes. Yezhov sustituye a Kírov en el secretariado del Comité Central y Kaganóvich lo hace en la presidencia de la Comisión de Control; éste último va a dedicarse en lo sucesivo a la reorganización de los transportes. Toda una serie de hombres jóvenes, pertenecientes a la generación post‑revolucionaria que han ascendido dentro del aparato a la sombra de Kaganóvich, acceden al primer plano: Zhdánov toma el relevo de Kírov y Nikita Jruschov es nombrado primer secretario del partido en Moscú el día 9 de marzo.

A posteriori resulta difícil negar que se había preparado cuidadosamente una ola represiva; este es el caso si se examinan las medidas legislativas adoptadas durante la primera mitad del año 1935: un decreto del 30 de marzo castiga con cinco años de cárcel la tenencia o posesión de un cuchillo o de cualquier tipo de arma blanca.

El día 8 de abril se hace extensiva la aplicación de las penas de derecho común, incluida la pena de muerte, a los niños de doce años. El día 9 de junio se castiga con pena de muerte el espionaje y la salida al extranjero; los miembros de la familia mayores de edad que no hayan denunciado un crimen son considerados como cómplices y pueden incurrir en condenas que van de dos a cinco años de cárcel y a las que se apareja la confiscación de todos sus bienes. Si consiguen probar que ignoraban la intención del criminal, todavía pueden ser objeto de cinco años de deportación. De esta forma queda establecida, la responsabilidad familiar colectiva.

Otras disposiciones sirven igualmente para adivinar qué dirección van a tomar los golpes. El 25 de mayo de 1935 se disuelve la Sociedad de los Viejos bolcheviques. Malenkov es el encargado de la investigación de sus actividades y del exhaustivo examen de sus archivos. Un mes después, se aplica la misma medida a la Sociedad de Antiguos forzados y presos políticos; esta vez es Yezhov el responsable de la investigación. La depuración de las Juventudes Comunistas prosigue en todo el país. El 7 de junio de 1935, a instancias de Yezhov, el Comité Central expulsa de su seno y del partido, como «políticamente degenerado» al viejo bolchevique georgiano Avelii Yenukidze. Zhdánov en Leningrado y Jruschov en Moscú ofrecerán idénticas explicaciones, acusándole de «liberalismo»: parece ser que la verdadera causa fue el hecho de aprovechar su alto cargo de secretario del Ejecutivo de los Soviets para «proteger trotskistas». Todas estas medidas no se ocultan ante la opinión pública pero, en secreto, continúan las detenciones e incluso los juicios: de esta forma es juzgado y condenado, de nuevo, Kámenev, el día 27 de julio de 1935 por un supuesto complot contra Stalin, a cinco años más de detención. Su hermano, el pintor Rosenfeld, ha sido el principal testigo de cargo.

Una serie de nuevas depuraciones van a conmover el partido después del asesinato de Kírov. Una carta que lleva por titulo «Lecciones de los acontecimientos relacionados con el asesinato del camarada Kírov» es enviada por entonces a todas las organizaciones del partido para ser leída y discutida. Una carta secreta del día 17 de febrero, enviada por el departamento de cuadros, pide que se lleve a cargo un informe sobre la discusión, sobre el número de «comunistas desenmascarados como zinovievistas, trotskistas, elementos de dos caras y extranjeros» [48] : naturalmente esta carta provoca la expulsión de una nueva remesa de militantes. Una circular secreta, fechada el 13 de mayo de 1935 [49] prevé una comprobación, de la calidad de todos los miembros del partido que habrá de llevarse a cabo en el curso de una serie de reuniones de célula cuya atmósfera, si nos atenemos a la descripción que de ella dan los documentos de Smolensk, viene a ser la de histéricas cazas de brujas. En el radio de Smolensk de 4.100 miembros examinados, 455 son expulsados tras 700 denuncias orales y 200 por escrito: solamente dos de los expulsados pertenecen al aparato del partido; la mayoría son empleados de la administración soviética, 93; a la económica pertenecen 145, otros 98 son obreros y 64 estudiantes [50] .

Una circular de Chilman, fechada el 21 de octubre de 1935, revela que los expulsados del partido, en general han sido despedidos de su trabajo y que no se les autoriza a ejercer una nueva ocupación. Insiste para que tales medidas sean interrumpidas pues, «amenazan con suscitar una excesiva animosidad». Sólo deben ser expulsados «los enemigos desenmascarados de forma inequívoca», a los que sería conveniente detener o exilar [51] . A principios de 1936, una circular del Comité Central prevé una nueva depuración con ocasión de la renovación de todos los documentos y carnets del partido. En Smolensk esta medida tendrá como blanco fundamental a algunos obreros jóvenes y a ciertos «nuevos oposicionistas desenmascarados» como el responsable del partido en la central eléctrica, convicto de haber declarado que «la situación material de los obreros había empeorado» cuando ya había sufrido anteriormente reprimendas por «sus tendencias izquierdistas» y por buscar la compañía de un vecino trotskista. En la fábrica Rumiantsev, la NKVD detiene a un grupo de obreros, calificados como «trotskistas» por el informe emitido y acusados de «actividad contrarrevolucionaria»: otros muchos obreros serán expulsados posteriormente por haber tenido relación con ellos [52] .

Al comentar, a principios de 1936, las informaciones recibidas desde todas las regiones de la U.R.S.S. acerca de las detenciones de jóvenes obreros y estudiantes y las declaraciones de Mólotov al periódico Le Temps acerca del terrorismo en la U.R.S.S., Trotsky escribe: «En los comienzos del poder de los soviets, dentro del ambiente de la guerra civil que aun duraba, los socialistas revolucionarios y los Blancos cometían actos terroristas. Cuando las antiguas clases dirigentes perdieron toda esperanza, el terrorismo también desapareció. El terror kulak, del que hoy todavía se aprecian algunos restos, siempre ha tenido carácter local y constituía un complemento de la guerra de guerrillas que se llevaba a cabo contra el régimen soviético. Mas esto es no a lo que se refiere Mólotov. El actual terror no se apoya ni sobre las antiguas clases dominantes ni sobre el kulak. Los terroristas de estos últimos años se reclutan exclusivamente entre la juventud soviética, en las filas de las Juventudes Comunistas y del partido. Absolutamente incapaz de resolver los problemas que él mismo se asigna, no por ello el terror deja de constituir una especie de síntoma de considerable importancia puesto que caracteriza la intensidad del antagonismo existente entre la burocracia y la gran masa del pueblo y en particular de la joven generación. El terrorismo es el trágico complemento del bonapartismo. Individualmente, todos los burócratas temen el terror, mas la burocracia en conjunto lo explota con éxito para justificar su monopolio político». Trotsky basa en este análisis su descripción de las tareas que asigna a los revolucionarios de la U.R.S.S.: «El bonapartismo atemoriza a los jóvenes, hay que agruparlos bajo la bandera de Marx y Lenin. Hay que trasladar a la vanguardia de la joven generación desde la aventura del terrorismo individual, método de desesperados, hasta la amplia vía de la revolución. Es preciso educar nuevos cuadros bolcheviques que tomen el relevo de un régimen burocrático en avanzado estado de descomposición» [53] .

Una oposición generalizada

Numerosos comentaristas han opinado que estas perspectivas resultaban demasiado optimistas, no obstante, los archivos de Smolensk han aportado un testimonio irrefutable de la amplitud cobrada por la hostilidad latente entre los jóvenes y entre una vanguardia obrera cuya conexión con la corriente de ideas aportadas por la oposición, no resultaba en absoluto inverosímil en vísperas de 1936, buena prueba de lo cual era la importancia del precio que había pagado Stalin para impedirla.

El informe elaborado por Kogan, secretario regional de las Juventudes Comunistas, así como los informes dados por los responsables sobre la caza de elementos ajenos a la clase obrera dentro de la organización tras el asesinato de Kírov, arrojan cierta luz sobre el descontento de la generación joven, menos prudente y más impaciente, que expresa abiertamente su hostilidad hacia Stalin. Unos estudiantes han desgarrado su retrato recubriéndole con la inscripción: «El partido se avergüenza de tus mentiras». Un grupo de jóvenes campesinos ha improvisado unos versos que dicen: «Cuando mataron a Kírov, liberaron el comercio del pan: cuando maten a Stalin se repartirán los koljoses». Un director de la escuela de Juventudes, instructor y responsable, recuerda el testamento de Lenin y su consejo de eliminar a Stalin. Un maestro de escuela afirma que, con Stalin, el partido se ha convertido en un gendarme. Un estudiante de diecisiete años dice: «Han matado a Kírov; que maten a Stalin ahora». Entre las juventudes se habla de la oposición con simpatía. Un obrero dice: «Ya basta de calumniar a Zinóviev, ha hecho mucho por la revolución». Un delegado de propaganda se niega a admitir que Zinóviev tenga algo que ver con el «affaire» Kírov. Un instructor del comité de radio sostiene los puntos de vista de la oposición conjunta [54] .

Tales ideas son expresadas también por obreros adultos. Así, en la empresa de construcción Medgorosk de Smolensk, un carpintero llamado Stefan Danin declara con la aprobación de los hombres de su cuadrilla: «Debemos permitir la existencia de varios partidos políticos entre nosotros como en los países burgueses; de esta forma estarán más capacitados para señalarle sus errores al partido comunista. La explotación no ha sido erradicada entre nosotros: los comunistas y los ingenieros utilizan y explotan a gente que les sirve de criados. De todas formas, los trotskistas Zinóviev y Kámenev no serán fusilados ni deben serlo porque son viejos bolcheviques». Al funcionario que les pregunta quién es, en su opinión, un viejo bolchevique le contestan: «Trotsky» [55] .

Los problemas obreros, las cuestiones salariales, de vivienda, de abastecimientos y de relaciones con los responsables revelan la misma situación explosiva a nivel de las empresas. Las actas de las reuniones del partido en la fábrica de aviación núm. 35 de Smolensk revelan que, sobre un total de 144 miembros del partido, 90 son udarniki, es decir trabajadores de elite que se benefician de numerosos privilegios como raciones extra, entradas para los espectáculos y viviendas más espaciosas [56] . Las reuniones registran la creciente oposición de los obreros ordinarios a los stajanovistas: no sólo éstos son en su opinión unos privilegiados, sino que además sus récordes representan una verdadera amenaza puesto que sirven de argumento a la dirección para aumentar los mínimos y los criterios de productividad sin aumentar los salarios.

La mayoría de los peones y obreros especialistas se dirigen a veces, por encima de sus responsables inmediatos, al secretario regional. Los obreros de la fábrica Rumiantsev. principal empresa metalúrgica de Smolensk, se quejan ante Rumiantsev, secretario regional de los cuadros comunistas de la empresa, de Egorov, secretario del partido y de Metelkova, presidente del comité de fábrica [57] . Los del taller número 2 escriben: «Si no intercede usted, abandonaremos el trabajo. No podemos seguir trabajando. Nos sentimos oprimidos. No ganamos nada ‑de rublo y medio a dos rublos‑ porque los dirigentes no se preocupan más que de ellos mismos, reciben sus salarios y se conceden asimismo sus primas. Metelkova se pone de su parte. Para esta gente hay balnearios, casas de reposo y sanatorios pero para los obreros no hay nada» [58] . Otros obreros de la misma fábrica denuncian en la persona de Metelkova que «ha cerrado los ojos y los oídos del partido» y en la de Egorov, a los «comunistas que se han burocratizado, que se han hinchado de vanidad», a los «grandes magnates que se han separado de las masas y que no quieren mover ni un dedo a pesar de saber lo que ocurre y de haber sido informado mil veces» [59] . A su vez Metelkova se dirige a Rumiantsev para defenderse y clamar desesperadamente contra «la acusación de ser una burócrata insensible a las necesidades de los obreros». Tomando el ejemplo de las viviendas escribe: «Debe haber muchos descontentos en la fábrica puesto que hemos inspeccionado 843 viviendas obreras descubriendo que existen 143 obreros que necesitan una casa pues viven en unas condiciones ínfimas y que 205 pisos necesitan reparaciones. En la actualidad estamos reparando 40 habitaciones, conforme al plan, con un coste de 10.000 rublos, naturalmente los otros seguirán descontentos. Estos acuden al comité de fábrica, solicitan reparaciones y viviendas y yo me veo obligada a negarme a sus peticiones (...) Esta es la razón de que me haya decidido a escribirle a usted para que (...) no piense que soy una burócrata o una militante sindical insensible» [60] .

Ni Metelkova ni Rumiantsev pueden hacer nada. Al mismo tiempo que considera que los ataques de los obreros revelan «el método del enemigo para desacreditar a los dirigentes», Rumiantsev terminará por atacar a Metelkova en el periódico del partido llamándola ‑cómo no‑ «burócrata insensible»: el sacrificio de chivos expiatorios sustituye a las concesiones que estos dirigentes no pueden ni quieren hacer por temor a poner en peligro sus propias funciones de dirigentes. El descontento de los obreros no cualificados y semi-cualificados es tan profundo y tan auténtico que debe ser ahogado por completo no llegando jamás a ser expresado en público en forma política ni siquiera velada. Ahora bien, en sus posibles iniciativas, amenaza con unirse a otros elementos, inclusive con las capas inferiores de la burocracia. Las reacciones del obrero Danin y las de los jóvenes comunistas demuestran que en 1935‑36 existía el peligro real de una coincidencia entre una vanguardia obrera que trataba de encontrarse a sí misma y las ideas de la oposición.

Una circular fechada el 7 de marzo de 1935, ordena que se retiren de todas las bibliotecas públicas los libros de Trotsky, Zinóviev y Kámenev; el 21 de junio otra amplia el índice de autores proscritos incluyendo a Preobrazhensky, Saprónov, Zalutsky y otros más [61] . Entre los oposicionistas, el antiguo marino de Kronstadt Pankratov y el economista Pevzner, se ven implicados en una misteriosa «conspiración de las prisiones». Elzear Solnzev, que había sido condenado en 1928 a tres años de incomunicación y más tarde a dos años de reclusión por decisión administrativa, siendo deportado de nuevo tras esos cinco años, es detenido de nuevo tras la muerte de Kírov y condenado, sin juicio, a cinco años de cárcel. Emprende entonces una huelga de hambre y muere en el hospital de Novosibirsk en enero de 1936. Todos los demás irreconciliables de la oposición como el historiador Yakovin, el sociólogo Dingelstedt, los hermanos Papermeister, antiguos partisanos de Siberia, el antiguo presidente del Soviet de Tiflis Lado Dumbadze, los veteranos Lado Yenukidze y V. Kossior, el obrero curtidor Bykz, organizador junto con Dingelstedt de la huelga del hambre de Verjne‑Uralsk en 1934 y los decemistas Saprónov y Vladimir Smirnov, vuel­ven a ser condenados de oficio y desaparecen en las cárceles.

De los deportados de la oposición sólo tres conseguirán llegar al extranjero antes de la Guerra Mundial: Ciliga, liberado al expirar su condena por ser ciudadano italiano, Victor Serge, escritor de lengua francesa, que lo fue tras una campaña organizada entre los intelectuales occidentales y un obrero ruso que firma con el nombre de Tarov en el Boletín de la Oposición. Este último, que protagonizó una verdadera proeza al evadirse a través de la frontera con el Irán, desaparecía años más tarde en Francia durante la guerra: según algunas informaciones incomprobables, formó parte de los veintitrés FTP [62] del grupo mamouchian que fueron fusilados por los nazis en Paris el día 21 de febrero de 1944. La suerte que corrieron los demás sólo es un avance de los que había de afectar a decenas de miles de comunistas, oposicionistas arrepentidos o fieles estalinistas. Pues, en efecto, la ola de terror que están preparando, desde el affaire Kírov, Stalin y los hombres que ha situado en los puestos clave como Nicolás Yezhov y Jorge Malenkov fundamentalmente, va a abatirse en primer lugar sobre los restos de la generación revolucionaria de octubre de 1917.

 



[1] Bulletin 0ppozitsi, n.º 31 y 36‑37

[2] Ciliga, Au pays du grand mensonge, pág. 189.

[3] Knorin, Kurze Geschichite der K.P.S.U. (b), págs. 432‑433.

[4] Ibídem, págs. 459‑460.

[5] Ciliga. op. cit., pág. 228.

[6] Fisher, Pattern for soviet youth, pág. 338

[7] Ciliga, op. cit., pág. 228.

[8] Serge, Mémoires, pág. 952

[9] Ciliga, op. Cit., págs. 215‑216.

[10] Trotsky, Bulletin 0ppozitsii n.º 33, (marzo 1933).

[11] Citado por Clara Zetkin, Souvenirs sur Lénine, pág. 48

[12] Corr. Int., n.º 155, 20 de diciembre de 1918.

[13] Corr. Int. n.º 74, 21 de agosto de 1929, pág. 996.

[14] Ibídem, n.º 87, 22 de agosto de 1929, pág. 1011.

[15] Ibídem, n.º 87, 15 de septiembre de 1929, pág. 1193.

[16] Ibídem, n.º 85, 13 de septiembre de 1929, pág. 1161.

[17] Ibídem, n.º 92, 24 de septiembre de 1929, pág. 1267.

[18] Simone Weil, «Impressions d'Allemagne», La révolution pro­létarienne n.º 138, 25 de octubre de .1932, págs. 314‑315.

[19] Lutte de classes n.º 42, septiembre de 1932.

[20] Simone Weil, op. cit., pág. 317.

[21] The C. P. and the crisis of the capitalism, pág. 112.

[22] Thaelmann, «Sur certaines fautes du P. C. allemand» en Cahiers du bolchevisme n.º 1, 1932, págs. 25‑32.

[23] Guide to theXIl Plenum E.C.C.I, septiembre de 1932, pág. 77.

[24] Rote Fahne, 14 de noviembre de 1932

[25] Corr. Int. n.º 7, 27 de enero de 1932, pág. 77

[26] Cahiers du bolchevisme n.º 10, 15 de mayo de 1933, págs. 693‑694

[27] Citado por Beloff, The foreign policy of soviet Russia, t. 1. pág. 68.

[28] R. T. Clark, The fall of german republic, pág. 475.

[29] Simone Weil, op. cit., pág. 319.

[30] Dimitrov, The united front, págs. 2,70‑280.

[31] Beloff, op. cit., pág. 319.

[32] Trotsky, La lucha contra el fascismo. Ed. Fontamara, págs. 285‑293

[33] Traducción llevada a cabo por John G. Wright, Fourth Interna­tional, julio de 1943, págs. 215‑218. versión española en la lucha contra... , págs 327-334

[34] Trotsky, The case, pág. 120.

[35] Stalin, op. cit., t. II, pág. 173.

[36] Deutscher, Stalin, págs. 328‑329

[37] Discurso secreto incluido en AntiStalin Campaign, pág. 25.

[38] The crime of Zinoviev's opposition, pág. 19

[39] Ibídem, pág. 142.

[40] Ibídem.

[41] Letter of an old bolshevik, pág. 32

[42] Jruschov, A. S. C., pág. 26

[43] Krivitsky, Agent de Staline, pág. 222

[44] Jruschov, A. S. C., pág. 26

[45] Discurso de clausura del XXII Congreso, Cahiers du communisme n.º 12, diciembre de 1961, pág, 505

[46] Stalin, op. cit., t. II, pág. 195.

[47] Discurso de clausura del XXII Congreso, op. cit., pág. 504

[48] Fainsod, Smolensk, pág. 223

[49] Ibídem.

[50] Ibídem, págs, 228‑231

[51] Ibídem, págs. 231‑232

[52] Ibídem, pág. 283

[53] New Militant, 9 de mayo de 1936

[54] Fainsod, Smolensk, pág. 422

[55] Ibídem, pág. 322.

[56] Ibídem, pág. 320

[57] Ibídem, págs. 236‑237.

[58] Ibídem, pág. 231

[59] Ibídem, págs. 236‑237.

[60] Ibídem, pág. 323

[61] Ibídem, pág. 374.

[62] F.T.P.: Francotiradores y partisanos, fracción comunista autónoma de la Resistencia francesa (N. del T)

 



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