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Capítulo I. El arte anterior a la revolución

 


La revolución bolchevique de octubre de 1917 no sólo derrocó al gobierno de Kerensky, sino a todo el régimen social fundado en la propiedad burguesa. Este régimen tenía su cultura y su literatura oficiales: su derrumbamiento no podía sino entrañar el de la literatura anterior a Octubre.

El ruiseñor de la poesía, como el pájaro de la sabiduría, la lechuza, no deja oír su canto hasta después del crepúsculo. De día, se agita, se afana, y tras el crepúsculo, el sentimiento y la razón vienen a hacer el balance de lo realizado. Los idealistas, incluidos sus epígonos más sordos y algo ciegos –los subjetivistas rusos- pensaban que el mundo era movido por la idea, por el pensamiento crítico; en pocas palabras, creían que la intelligentsia dirigía el progreso. A lo largo de la historia, sin embargo, el espíritu no ha hecho más que renquear tras lo real, y es inútil demostrar, tras la experiencia de la revolución rusa, la estupidez retrógrada de la intelligentsia profesional. Los efectos de esta ley pueden verse con toda claridad en el terreno del arte. La identificación tradicional del poeta con el profeta sólo es aceptable en el sentido de que el poeta es casi tan lento como el profeta en reflejar su época. Si alguna vez hubo profetas y poetas “que se adelantaron a su tiempo”, esto sólo significa que supieron expresar determinadas exigencias de la evolución social con retraso menor que sus congéneres.

Para que la literatura rusa de fines del siglo pasado y de principios de este siglo se sintiera sacudir por el despertar de un “presentimiento” revolucionario, se ha necesitado que durante los decenios anteriores la historia produzca los cambios más profundos en la estructura económica del país, en la distribución de los grupos sociales y en los sentimientos de las masas populares. Para que los individualistas, los místicos y demás epilépticos llegasen a ocupar el primer plano de la literatura, fue necesario que la revolución de 1905 fracasara víctima de sus contradicciones internas, que en diciembre Durnovo aplastase a los obreros y que Stolypin disolviese dos dumas y crease una tercera. El ave del paraíso canta tras la puesta del sol, hasta el momento en que alza el vuelo el pájaro profeta, la lechuza. Entre las dos revoluciones (1907-1917), toda una generación de la intelligentsia rusa se formó (o mejor dicho, fue deformada) en el clima de un intento de conciliación social entre la monarquía, la nobleza y la burguesía. Hallarse socialmente condicionada no significa por fuerza estar conscientemente interesado. Pero la intelligentsia y la clase dominante que la mantiene son vasos comunicantes: hay que aplicarles la ley de la igualdad de niveles. El viejo radicalismo y el viejo espíritu de revuelta intelectuales, que durante la guerra ruso-japonesa encontraron su expresión en un estado de ánimo completamente derrotista de la intelligentsia, desaparecieron rápidamente bajo la estrella del 3 de junio. Aprovechando el barniz poético y metafísico de casi todos los siglos y todos los países, e invocando en su ayuda a los padres de la Iglesia, la intelligentsia se hizo cada vez más “autónoma” para proclamar su propio valor independientemente “del pueblo”. Las formas escandalosas que cobró este proceso natural de aburguesamiento fueron, en cierto modo, una venganza por los pesares que le había causado el pueblo en 1905, debido a su obstinación y a su falta de respeto. Por ejemplo, el hecho de que Leónidas Andreiev -la figura artística más brillante, ya que no más profunda, del período ocurrido entre las dos revoluciones- concluyese su trayectoria escribiendo en el periódico reaccionario de Protopopov y de Amphiteatrov, constituye a su manera un símbolo del origen social del simbolismo de Andreiev. En su caso, el condicionamiento social se confunde con un interés no disfrazado. Bajo la epidermis del individualismo más refinado, de pacientes búsquedas místicas, de un spleen universal de confraternidad, se vio acumularse la grasa del espíritu conciliador burgués; pronto se dejó sentir tal característica en versos patrióticos extremadamente vulgares que aparecieron cuando el desarrollo “orgánico” del régimen del 3 de junio fue derrocado por la catástrofe de la guerra mundial.

Sin embargo, la prueba de la guerra no sólo superó las fuerzas de la poesía del 3 de junio, sino también las de su base social: el hundimiento militar del régimen acabó con la generación intelectual del período entre las dos revoluciones. Al advertir que bajo sus pies faltaba el montón de tierra sobre el que se asentaba su gloria y que hasta entonces parecía tan sólido, Andreiev se puso a gesticular gritando entre estertores, con espuma en los labios, tratando de defender, de salvar algo.

Pese a la lección de 1905, la intelligentsia acariciaba todavía la idea de restablecer su hegemonía política y espiritual sobre las masas. La guerra había fortalecido esta ilusión dado que la nueva conciencia religiosa, raquítica desde su nacimiento, no podía proporcionar -como tampoco el nebuloso simbolismo- el cimiento psicológico de la ideología patriótica. La revolución democrática de febrero de 1917, que nació de la guerra a la que puso fin, dio el impulso mayor -aunque durante un breve momento- a un rebrote de la idea del mesianismo de la intelligentsia. La revolución de febrero fue su última llamarada histórica. La mecha humeante olía ya a kerenskismo.

Luego vino Octubre, jalón más significativo que el reino de la intelligentsia y que al mismo tiempo señaló su derrota definitiva. Sin embargo, aunque vencida y aplastada por sus pesados pecados, su gloria muerta la hacía delirar en voz alta. En su conciencia, el mundo estaba al revés. La intelligentsia era el representante nato del pueblo. En sus manos se hallaba la farmacopea de la historia. Los bolcheviques trabajaban con opio de la China y con botas letonas. No podrían resistir mucho tiempo enfrentados a la voluntad del pueblo.

El brindis de año nuevo de los intelectuales emigrados decía: “¡El año que viene en Moscú!” ¡Viciosa estupidez! ¡Qué equívoco! Pronto resultó evidente que si, en efecto, era imposible gobernar contra la voluntad del pueblo, no era en modo alguno imposible gobernar contra la voluntad de los intelectuales emigrados e incluso gobernar con éxito, pese a lo que pensaran los emigrados, tanto de dentro como de fuera del país.

La ola prerrevolucionaria de principios de siglo, la revolución vencida en 1905, el equilibrio estricto, aunque inestable, de la contrarrevolución, la erupción de la guerra, el prólogo de febrero de 1917, el drama de Octubre: todo esto golpeó como con un ariete, pesadamente y sin cesar, a la intelligentsia. ¡No tuvieron tiempo de asimilar los hechos, de recrearlos en imágenes ni de encontrar la expresión verbal de esas imágenes! Cierto, tenemos Los Doce, de Blok, y varias obras de Mayakovsky. Algo suponen, un modesto anticipo, pero no un pago a cuenta de la historia, ni siquiera un comienzo de pago. El arte se ha mostrado impotente, como siempre ha ocurrido en los inicios de una gran época. Los poetas que no fueron llamados a colaborar al sacrificio divino, se mostraron, como no podía ser menos, como los más insignificantes de todos los niños insignificantes de la tierra. Los simbolistas, los parnasianos, los acmeístas, que volaban por encima de las pasiones y de los intereses sociales, como en las nubes, se encontraron en Ekaterinodar con los blancos, o en el estado mayor del mariscal Pilsudski. Inspirados por una poderosa pasión wrangeliana, nos anatematizaban en verso y en prosa.

Los más sensibles y hasta cierto punto los más prudentes, callaban. En un interesante relato, María Chaguinian cuenta cómo durante los primeros meses de la revolución ella misma enseñó a tejer en la región del Don. Y no sólo tuvo que dejar su mesa de trabajo para ir al telar, sino que tuvo que dejarse a sí misma para perderse completamente. Otros se anegaron en el “Proletkult”, en el “Politprosviet” o trabajaron en los museos, pasando así los acontecimientos más terribles y trágicos que el mundo haya vivido. Los años de la revolución se convirtieron en años de silencio casi completo de la poesía. Y desde luego no era por falta de papel. Si entonces no se podía imprimir, ahora sí se puede. No era preciso que la poesía fuera favorable a la revolución, hubiera podido estar contra ella. Conocemos la literatura de los emigrados. Nada de nada. Y nuestra propia literatura, lo mismo, tampoco ha producido nada a tono con la época.

Después de Octubre, los literatos pretendieron que nada de particular había ocurrido y que, en líneas generales, ese período no les concernía. Pero ocurrió entonces que Octubre comenzó a manifestarse sobre literatura, a legislar sobre ella y a quererla regir desde un punto de vista administrativo y desde un sentido más profundo al mismo tiempo. Una parte importante de los hombres de la vieja literatura se encontró -y no de forma fortuita- fuera de nuestras fronteras: de este modo, literariamente hablando, sucumbieron. ¿Existe Bunin? No puede decirse que Merejkovsky haya dejado de existir porque no ha existido nunca. ¿Y Kuprin, y Balmont e incluso Chirikov? ¿Y la revista Jar Ptitza, o los almanaques Spolokhi? ¿Y otras ediciones cuyas características principales consisten en la conservación de la antigua ortografía? Como en el relato de Chejov, todos sin excepción garrapatean sus quejas en el libro de reclamación de la estación de Berlín. Pasará mucho tiempo antes de que esté dispuesto el tren para Moscú; mientras esperan, los viajeros expresan sus emociones. En los almanaques provincianos Spolokhi, las bellas letras están representadas por Nemirovituh, Dantchenko, Amphiteatrov, Chirikov, Pervukhin y otros nobles cadáveres, suponiendo que hayan existido alguna vez. Alexis Tolstoi da muestras de algunos signos de vida, no muy visibles, a decir verdad, pero bastan para excluirle del círculo encantado de los salvadores de la anciana ortografía y de esa banda de tambores en retirada.

¿No hay en esto una pequeña lección práctica de sociología sobre el tema? Es imposible engañar a la historia.

Abordemos el tema de la violencia. La tierra ha sido tomada, y lo mismo las fábricas, los depósitos bancarios; los cofres fueron abiertos, ¿pero qué ha pasado con los talentos y las ideas? ¿No se exportaron estos imponderables valores en tal cantidad que hacía nacer la inquietud respecto a la suerte de la “cultura rusa”, como le ocurrió especialmente a su amable salmista, Máximo Gorki? ¿Por qué de todo esto no ha brotado nada? ¿Por qué los emigrados no pueden señalar un nombre o mostrar un libro de algún valor? Sencillamente porque no se puede engañar a la Historia ni a la verdadera cultura (que no es la del salmista). Octubre ha entrado en los destinos del pueblo ruso corno un suceso decisivo, otorgando a todo una significación y un valor propios. El pasado ha retrocedido enseguida, palideciendo y moribundo, y el arte no podrá revivir ya más desde el enfoque de Octubre. Quien esté fuera de la perspectiva de Octubre se halla completa y desesperadamente reducido a la nada, porque los pedantes y los poetas que no están “de acuerdo con esto” o que no se sienten “afectados por esto” son cero. Sencillamente, no tienen nada que decir. Sólo por esta razón, y no por cualquier otra, la literatura de los emigrados no existe. Y lo que no existe no puede ser juzgado.

En esta desintegración cadavérica de la emigración crece un determinado tipo de cínico burlón. Por su sangre pasan todas las corrientes, todas las tendencias, como una mala enfermedad que lo inmuniza contra cualquier infección ideológica. Ahí tenéis al desenvuelto Vetlugin. Quizá alguien sepa de dónde viene, pero es lo de menos. Sus libritos La tercera Rusia, Héroes, demuestran suficientemente que el autor ha leído, ha visto y ha oído y que sabe manejar la pluma. Inicia el primero de sus libros con una especie de elegía a las almas perdidas de la intelligentsia más sutiles y termina con una oda a los traficantes del mercado negro. Al parecer, este traficante se convertirá en el dueño de esta “Tercera Rusia” que sube: Rusia real, sincera, que defiende la propiedad privada, rica y despiadada en su avidez. Vetlugin, que se puso del lado de los blancos y que se apartó de ellos cuando fueron derrotados, presenta con toda oportunidad su candidatura como ideólogo de esta Rusia de los traficantes. Conoce bien su vocación. Pero ¿qué pasa con la “Tercera Rusia”? De cualquier modo que lo consideréis, suena a moneda acuñada, a carta falsa de tramposo que, ¡ay!, de pronto surge misteriosamente. La agudeza del estilo no ha de servir de nada. Su primer libro fue escrito aproximadamente durante la rebelión de Kronstadt contra los soviets (1921), y Vetlugin creyó que asistía al fin de la Rusia soviética. Al cabo de algunos meses, el anhelado suceso no se había producido y Vetlugin, si no nos equivocamos, se pasó al grupo Smiena viek [Cambio de dirección]. Da igual: de raíz está protegido contra cualquier vacilación o retroceso. Añadamos que Vetlugin ha escrito también una novela de pacotilla de título sugestivo, Memorias de un Canalla. Canallas no faltan, pero Vetlugin es el más brillante de todos. Mienten de forma desinteresada, sin saber distinguir la verdad de la mentira. Quizá sean los auténticos desechos de la “segunda” Rusia, que espera la “tercera”.

En un plano más elevado, pero más descolorido, está Aldanov. Podría ser todo lo más un cadete, es decir, un fariseo. Aldanov pertenece a ese tipo de sabios que hacen del escepticismo elevado su lema (pero nunca el cinismo). Aunque rechazan el progreso, están dispuestos a aceptar la teoría pueril de los ciclos históricos de Vico, porque en líneas generales nadie hay más supersticioso que los escépticos. Los Aldanov no son místicos en el pleno sentido de la palabra. No tienen una mitología positiva propia; el escepticismo político les otorga sólo un pretexto para mirar cualquier fenómeno político desde el punto de vista de la eternidad. Esto les proporciona un estilo especial, con distinguidas entonaciones aristocráticas.

Los Aldanov toman bastante en serio su gran superioridad sobre los revolucionarios en general y sobre los comunistas en particular. Les parece que no comprendemos lo que ellos comprenden tan bien. Para ellos, la revolución se ha producido porque no todos los intelectuales han pasado por esta escuela de escepticismo político y de estilo literario que constituye el capital espiritual de los Aldanov.

En los ocios de la emigración, enumeran las contradicciones que surgen en los discursos y las declaraciones de los dirigentes soviéticos (¿por qué no habrían de existir?), las frases mal construidas de los editoriales de Pravda (y hay que reconocer que abundan) y al final del balance la palabra estupidez (nuestra) contrasta con la sabiduría (suya) en las páginas que escriben. Han estado ciegos a la marcha de la Historia, no han previsto nada, han perdido su poder y con éste su capital, y todo queda explicado por las razones más diversas, especialmente entre nous por la vulgaridad del pueblo ruso. Los Aldanov se consideran ante todo estilistas, porque han superado las frases embrolladas de Miliukov y la arrogante fraseología abogadil de su asociado Hessen. Su estilo, tímido a lo más, sin acento ni carácter, es el propio del oficio literario de gentes que no tienen nada que decir. Su forma presuntuosa de hablar, carente de contenido, la mundanidad de su ingenio y de su estilo, ignoradas por nuestra vieja intelligentsia, florecían ya en el período entre revoluciones (1907-1917). Ellos lo han vuelto a aprender en Europa y se dedican a escribir algunos libros. Se muestran irónicos, recuerdan, bostezan levemente, pero por cortesía ahogan sus bostezos. Citan en lenguas distintas, hacen predicciones escépticas que a Poco contradicen con otras. Al principio resulta divertido, luego aburrido y por último insoportable. ¡Qué verborrea de frases sin pudor alguno, que desvergüenza libresca, qué servilismo intelectual!

Todos los humores de los Vetlugin, Aldanov y demás se hallan perfectamente expresados en el agradable poema de un tal Don Aminado, que vive en París:

¿Quién garantiza la verdad del ideal?
 ¿Quién que la humanidad vivirá mejor?
¿Dónde está la medida de las cosas? ¡Adelante, general!
¡Diez años todavía! Demasiado para usted y para mí.

Como puede verse, el español no es orgulloso. ¡Adelante, general! Los generales (e incluso los almirantes) se pusieron en camino. La pena es que jamás llegaron.

A este lado de la frontera se han quedado muchos escritores anteriores a Octubre que son semejantes a los del otro lado: son los emigrados interiores de la revolución. “Antes de Octubre”, esta expresión le parecerá al futuro historiador de la cultura tan significativa como la palabra “medieval” lo es para nosotros frente a la edad moderna. Octubre se parece en realidad, para quienes se adherían mayoritariamente y por principio a la cultura anterior, a la invasión de los Hunos. Han tenido que huir a las catacumbas con sus pretendidas “antorchas de la ciencia y de la fe”. Pero tanto los que han huido como los que se mantienen apartados en silencio no han pronunciado una sola palabra nueva. Es verdad que la literatura anterior a Octubre o al margen de Octubre, incluso en Rusia, tiene más significación que la de los emigrados. Sin embargo, no hace tampoco otra cosa que sobrevivir, afectada por la impotencia.

¡Cuántos poemarios han aparecido! ¡Algunos adornados incluso con nombres que suenan muy bien! Se componen de pequeñas páginas llenas de líneas cortas, no siempre malas. Se hilvanan una tras otra en poemas en los que ciertamente hay algo de arte, e incluso el eco de un sentimiento ya experimentado. Pero considerados en conjunto, estos libros son tan superfluos para el hombre moderno posterior a Octubre como los oropeles para un soldado en el campo de batalla. La joya mayor de esta literatura de pensamientos y de sentimientos metidos en un callejón sin salida es el grueso y bien pensante Streletz, en el que se han impreso en trescientos ejemplares numerados los poemas, artículos y cartas de Sologub, Rozanov, Belenson, Kuzmin, Hollerbakh y otros. Una novela sobre la vida en Roma, cartas sobre el culto erótico al buey Apis, un artículo sobre santa Sofía -la terrestre y la celeste-. ¡Trescientos ejemplares numerados! ¡Qué desgarro, qué desolación!

“Muy pronto serás arrojado al viejo establo a garrotazos, oh pueblo irrespetuoso con las cosas santas” (Zinaida Hippius, Ultimos poemas, 1914-1918). Evidentemente esto no es poesía, ¡pero qué talento de periodista! ¡Qué inimitable impulso vital el de esta poetisa decadente para manejar el garrote! (en verso). Cuando Zinaida Hippius amenaza al pueblo con el látigo “para toda la eternidad”, evidentemente exagera, pero quiere hacer comprender que sus maldiciones estremecerán los ánimos a través de los siglos. En esta hipérbole, a todas luces excusable debido a las circunstancias, puede verse claramente la naturaleza de la autora. Todavía ayer era una dama de Petrogrado que languidecía llena de talento, liberal y moderna. De golpe, esta dama tan pagada de sus propios refinamientos, descubre la negra ingratitud del populacho de “botas herradas” y, ofendida en su sancta sanctorum, transforma su rabia impotente en un grito estridente de mujer (siempre en verso). Desde luego, si su grito no estremece los corazones, al menos suscita interés. Dentro de cien años el historiador de la revolución rusa subrayará probablemente la escena de una bota herrada aplastando el lírico dedo pequeño del pie de una dama de Petrogrado, escena que revelará a la verdadera bruja adinerada bajo la máscara cristiana decadente, mística y erótica. Y Zinaida Hippius, la verdadera bruja, hace poemas superiores a los de los demás, más perfectos, pero más “neutros”, es decir, muertos.

Cuando entre tantos panfletos y libritos “neutros” encontréis La Casa de los Milagros, de Irene Odoevtzeva, podréis casi reconciliamos con el falso romanticismo modernizado de las salamandras, de los caballeros, de los murciélagos, de la luna moribunda, gracias a dos o tres relatos de la cruel vida de los soviets. Ahí tenéis una balada sobre un “Izvostchik” [cochero] al que el comisario Zon lanza a la muerte junto con su caballo; ahí tenéis la historia de un soldado que vende sal mezclada a vidrio molido, y también una balada sobre la forma en que se contaminan los depósitos de agua de Petrogrado. Los temas no son muy grandes y deben gustar mucho al primo Jorge y a la tía Ana. Pese a todo, ofrecen cierto reflejo de la vida, no son sólo los ecos tardíos de melodías cantadas hace tiempo y recogidas en las antologías. Por un momento estaríamos dispuestos a unirnos al primo Jorge. ¡Realmente son poemas muy agradables! ¡Adelante, señorita!

Pero no hablemos sólo de los “viejos” que han sobrevivido a Octubre. Al margen de Octubre hay también un grupo de jóvenes literatos y poetas. No sé exactamente cuántos son esos jóvenes, pero en cualquier caso antes de la guerra y antes de la revolución o eran principiantes o no habían comenzado todavía. Escriben relatos, novelas, poemas, con ese arte tan impersonal que era moneda corriente antes. Así se conseguía entonces ser conocido. La revolución (la bota herrada) ha acabado con sus esperanzas. Tratan de hacer creer, en la medida de su capacidad, que no ha ocurrido nada, y en sus versos y prosas carentes de originalidad expresan un orgullo herido. Sin embargo, de cuando en cuando desahogan silenciosamente sus almas burlándose.

El caudillo de todo este grupo es Zamiatin, autor de Los isleños. A decir verdad, el tema lo cogió de los ingleses. Zamiatin los conocía y los pintó bastante bien en una serie de esbozos no malos, pero sí superficiales, como buen extranjero observador y de talento que no tiene pretensiones especiales. Bajo el mismo título ha colocado esbozos de rusos “isleños”, miembros de esa intelligentsia que vive en una isla en medio del océano extraño y hostil a la realidad soviética. Aunque Zamiatin es aquí más sutil, tampoco alcanza gran profundidad. Después de todo, él mismo es un “isleño”, habitante de una isla muy pequeña de la Rusia actual.

Escriba sobre los rusos de Londres o sobre los ingleses de Leningrado, Zamiatin sigue siendo un emigrado interior. Por su estilo, algo ampuloso y exponente de las buenas normas literarias que le son propias (y que rayan con el esnobismo), Zamiatin parece haber sido creado para enseñar a los círculos de jóvenes “isleños”, instruidos y estériles.

Los “isleños” más sobresalientes son los miembros del grupo del Teatro de Arte de Moscú. No saben qué hacer con su gran técnica y consigo mismos. Consideran todo cuanto ocurre a su alrededor como hostil, o al menos, como extraño. Fijaos: estas gentes viven en el espíritu del teatro de Chéjov. ¡Las Tres Hermanas y El Tío Vania hoy! Mientras pasaba el chaparrón -los chaparrones no duran mucho- escenificaron La hija de la señora Angot, que, dejando a un lado cualquier otra consideración, les dio oportunidad para meterse con las autoridades revolucionarias. Ahora se dedican a mostrar al europeo aburrido y al americano que lo compra todo cuán bello era el vergel de la vieja Rusia feudal y cuán refinados y melancólicos eran sus teatros. ¡Bella y noble tropa moribunda de una joya de teatro. ¿No pertenece a ella la instruidísima Ajmatova?

El “círculo de poetas” comprende a los versificadores más esclarecidos; conocen la geografía, saben distinguir el rococó del gótico, hablan en francés y se hallan en el último escalón de los adeptos de la cultura. Con justo motivo piensan que “nuestra cultura tiene todavía un débil balbuceo infantil” (Jorge Adamovitch). Un barniz superficial no podría seducirles. “El brillo externo no puede ocupar el lugar de la auténtica cultura” (Jorge Ivanov). Su gusto es lo suficientemente bueno para admitir que Oscar Wilde es, después de todo, un snob en vez de un poeta, en lo cual quizá no estemos muy en desacuerdo. Desprecian a los que no valoran una “escuela”, es decir, una disciplina, un saber, una aspiración, y este pecado tampoco no es extraño. Pulen cuidadosamente sus poemas. Muchos de ellos, Otsup, por ejemplo, tienen talento. Otsup es un poeta del recuerdo, del drama y de la inquietud. A cada momento cae en el pasado. Lo único que para él constituye la “alegría de vivir” en la memoria. “Encuentro incluso mi sitio de observador poeta y burgués que salva su poco de vida de la muerte”, dice con tierna ironía. Pero su inquietud no es histérica, sino todo lo contrario, casi armoniosa; es la inquietud de un europeo dueño de sí, una inquietud a todas luces cultivada, sin impulsos místicos, lo cual ya es tranquilizador. Pero ¿por qué no florece la poesía de todas estas gentes? Porque no creen en la vida, porque no participan en la secreción de sus humores y sentimientos, porque sólo son los importadores tardíos, los epígonos de una cultura alimentada con la sangre de otras culturas. Son imitadores cultos e incluso exquisitos, ecos sonoros que están dotados por haber leído mucho, pero nada más.

Bajo el disfraz de ciudadano del mundo civilizado, el noble Versilov fue en su tiempo el admirador más esclarecido de la cultura extranjera. Tenía un gusto alimentado por varias generaciones de hidalguía. Se encontraba en Europa como en su casa. Con condescendencia o con desprecio irónico, miraba de arriba abajo al seminarista radical que citaba a Písarev o que pronunciaba francés con un acento provinciano o cuyos modales..., es mejor que no hablemos de modales. Sin embargo, ese seminarista de 1860, como su sucesor de 1870, edificaron la cultura rusa en la época en que Versilov se revelaba definitivamente como el más estéril de los traductores de la cultura.

Los K. D. rusos, esos liberales burgueses tardíos de principios del siglo XX, se hallan muy imbuidos de respeto e incluso de temerosa devoción hacia la cultura, hacia sus fundamentos estables, su forma y su aroma, aunque por sí mismos no sean más que ceros, nada. Medid ahora, mirando hacia atrás, el sincero desprecio con que esos K. D. trataron al bolchevismo desde la altura de su cultura de escritores o de abogados profesionales, y comparadlo con el desprecio que la historia ha mostrado por esos mismos K. D. ¿De qué se trata? Es el mismo caso de Versilov, trasladado simplemente al nivel de las preocupaciones del profesor burgués. La cultura de los K. D. se ha revelado como simple reflejo tardío de culturas extranjeras sobre el suelo superficial de la opinión pública rusa. En la historia de Occidente el liberalismo fue un movimiento poderoso contra las autoridades terrestres y celestes, y en el ardor de su lucha revolucionaria enriqueció a un mismo tiempo a la civilización material y a la cultura. Francia, tal como la conocemos, con su pueblo cultivado, sus formas educadas y la urbanidad incorporada a la carne y a la sangre de sus masas, ha salido, modelada tal cual es, del crisol de varias revoluciones. El “bárbaro” proceso de conmociones, catástrofes y alzamientos ha dejado también sus posos en la lengua francesa, marcándola con sus durezas y con sus suavidades, con su precisión y su inflexibilidad. Y lo mismo ha ocurrido con los estilos del arte francés. Para dar una agilidad nueva y una nueva maleabilidad a la lengua francesa, será necesaria, dicho sea de paso, otra gran revolución no del lenguaje, sino de la sociedad francesa. Se necesita asimismo una revolución para espolear al arte francés, tan conservador en todas sus innovaciones, para que alcance otro plano más elevado.

Pero nuestros K. D., esos imitadores tardíos del liberalismo, han tratado de asimilar a la historia, gratuitamente, la crema del parlamentarismo, de la cortesía refinada, del arte armonioso (sobre la sólida base del beneficio y de la renta). Adamovitch, Iretsky y muchos otros son muy capaces de estudiar los estilos individuales o colectivos de Europa, impregnarse de ellos o incluso importarlos, y después mostrar, utilizando cualquiera de ellos, que realmente no tenían nada que decir. Pero esto no es crear cultura, es simplemente recoger la crema.

Cuando algún esteta K. D. hace un largo viaje en un vagón de animales y viene a contárnoslo, haciendo rechinar sus dientes, que él, un europeo tan bien educado, con la mejor dentadura postiza del mundo y unos conocimientos detallados de la técnica de los ballets egipcios, se ha visto obligado por esta revolución de patanes a viajar con mendigos piojosos, uno siente un asco infinito por los dientes postizos, por las técnicas de ballet y por toda esa cultura robada de los escaparates de Europa. En el interior de uno mismo empieza a brotar la convicción de que el menor piojo de ese mendigo harapiento es más importante, más necesario, por así decir, en el mecanismo de la historia que este egoísta cuidadosamente cultivado y totalmente estéril.

Antes de la guerra, cuando los traductores de cultura no se habían puesto todavía a cuatro patas para gritar patrióticamente, comenzaba a desarrollarse un estilo periodístico. Por supuesto, Miliukov seguía farfullando de forma prolija y garrapateando editoriales de parlamentario profesional; su editor asociado, Hessen, proporcionaba mejores ejemplos aún de los “procesos de divorcio”, pero por regla general comenzábamos a olvidar nuestras rutas domésticas tradicionalmente obstaculizadas por la grasa empalagosa del Russkia Viedomosti [el Boletín ruso, diario liberal, 1863-1917]. Este mínimo progreso en un periodismo a la europea (pagado, digámoslo también, con la sangre de la revolución de 1905, puesto que de ella salieron los partidos y la Duma) fue ahogado sin dejar casi huellas en las olas de la revolución de 1917. Los K. D. que hoy viven en el extranjero, especialistas en divorcios o en cualquier otra cosa, hacen hincapié de modo malicioso en la endeblez literaria de la prensa soviética. En realidad, escribimos mal, sin estilo, incluso después del Russkia Viedomosti. ¿Quiere ello decir que hemos retrocedido? No, quiere decir que estamos en un período de transición, entre la imitación, la verborrea del abogado pagado, por un lado, y por otro el gran movimiento cultural de todo un pueblo que si se le da tiempo creará su propio estilo, tanto en periodismo como en las demás actividades.

Viene luego otra categoría, la de los ralliés. Es un término de política francesa que designó a los antiguos realistas que hicieron la paz con la República. Abandonaron la lucha por el rey, e incluso sus esperanzas en él, y tradujeron lealmente su realismo al lenguaje republicano. Ninguno de ellos hubiera podido escribir la Marsellesa, suponiendo que no estuviera ya escrita, y es poco probable que hayan cantado con entusiasmo sus estrofas contra los tiranos. Pero estos ralliés vivían y dejaban vivir. Hay muchos de esos ralliés entre los poetas, artistas y actores de hoy día. Ni calumnian ni injurian; antes bien, aceptan el estado de cosas, pero en líneas generales y “sin asumir la responsabilidad”. Cuando les conviene, guardan un silencio diplomático o “lealmente” pasan de largo; por regla general son pacientes, y participan en la medida en que pueden. No aludo al grupo “Cambio de dirección”, que tiene su propia ideología. Sólo hablo a los tranquilos filisteos del arte, de sus funcionarios ordinarios, con frecuencia hombres de talento. Encontramos a estos ralliés por todas partes, incluso entre los pintores de tratos; pintan retratos “soviéticos” y son en ocasiones grandes artistas. Tienen experiencia, saben trabajar, poseen cuanto es preciso. Sin embargo, los retratos son irreconocibles. ¿Por qué? Porque el artista no demuestra profundo interés por sus temas, no posee ninguna afinidad intelectual con ellos: pintan un bolchevique ruso de la misma forma que pintaba un jarrón o un repollo para la Academia, y quizá con más indiferencia aún.

No doy nombres, porque forman toda una clase. Estos ralliés no arrancarán las estrellas del cielo ni inventarán la pólvora. Pero son útiles y necesarios como abono para la nueva cultura. Lo cual no es de despreciar.

El destino reservado a las búsquedas e investigaciones de orden intelectual o religioso que habían “fertilizado la principal corriente de la literatura anterior a la revolución, es decir, el simbolismo, demuestra de manera palpable que el arte al margen de Octubre se halla castrado. Me parece oportuno hacer aquí algunas consideraciones sobre el tema.

A principios de siglo, la intelligentsia pasó del materialismo y del positivismo, e incluso hasta cierto punto del marxismo, por la filosofía crítica de Kant hacia el misticismo. Entre las dos revoluciones, esta nueva conciencia religiosa vaciló y se desintegró en múltiples llamas moribundas. Ahora que la roca de la ortodoxia oficial se ha visto seriamente quebrantada, estos místicos de salón, cada cual a su manera, andan deprimidos, porque la nueva situación es demasiado grande para ellos. Sin la ayuda de estos profetas de tocador y de estos periodistas santificados, sin la ayuda de algunos que fueron marxistas en otro tiempo, las oleadas de la marea revolucionaria han conseguido batir los muros mismos de la Iglesia rusa, que no había conocido la Reforma. Se defendió contra la historia mediante la rigidez, la inmovilidad de sus formas, su rito automático y la fuerza del Estado. La Iglesia que había lamido los pies del zarismo, se mantuvo casi idéntica durante varios años tras la caída de su aliado y protector autocrático. La tendencia “Nuevo jalón” que se propone renovar la Iglesia trata de realizar una tardía reforma burguesa so pretexto de adaptarse al Estado soviético. Nuestra revolución política burguesa concluyó -incluso contra el deseo de la burguesía- sólo unos pocos meses antes de la revolución de las masas trabajadoras. La reforma eclesiástica sólo empezó cuatro años después de la sublevación proletaria. Si la “Iglesia viva” sanciona la revolución social, lo hace única y exclusivamente porque trata de camuflarse. Es imposible una Iglesia proletaria. La reforma de la Iglesia está dirigida a objetivos esencialmente burgueses, tales como su liberación de la pesadez medieval, la sustitución de una relación más individualizada de los fieles a la jerarquía celeste, a las muecas del rito y al chamanismo; en una palabra, el objetivo general es dar a la religión y a la Iglesia una agilidad y una capacidad de adaptación mayores. Durante esos cuatro primeros años, la Iglesia se ha protegido contra la revolución proletaria mediante un conservadurismo sombrío e intransigente. Ahora se pasa a la Nep. Si la Nep soviética supone la amalgama de la economía socialista y el capitalismo, la Nep de la iglesia es un injerto burgués sobre el tronco feudal. El reconocimiento del régimen obrero ha sido dictado, como ya se ha dicho, por la ley del mimetismo.

No obstante, el hundimiento de la secular estructura de la Iglesia ha comenzado. De la izquierda -la “Iglesia viva” también tiene su ala izquierda- se alzan voces todavía más radicales. Más a la izquierda incluso se encuentran las sectas extremistas. Un racionalismo ingenuo que ahora comienza a despertarse abre los surcos a las semillas materialistas y ateas. Una era de grandes conmociones y de grandes derrotas ha llegado a este reino que, según anunciaban, no era de este mundo. ¿Dónde está ahora la “nueva conciencia religiosa”? ¿Dónde los profetas y los reformadores de los salones literarios o de los círculos de Leningrado y de Moscú? ¿Dónde la antroposofía? De su lado no viene ni un aliento ni un murmullo. Los pobres homeópatas místicos se sienten como gatos caseros encaramados a un témpano que arrastra la corriente. Los difíciles días tras la primera revolución dieron lugar a una “nueva conciencia religiosa”; la segunda revolución la aplastó.

Berdiaev, por ejemplo, sigue acusando a los que no creen en Dios, a los que no se preocupan de una vida futura, de ser burgueses. Resulta divertido. De su breve relación con los socialistas le ha quedado la palabra “burgués” que aplica al anticristo soviético. La pena consiste en que los obreros rusos no son en modo alguno religiosos, mientras que los burgueses se van convirtiendo en creyentes... una vez que han perdido sus propiedades. Uno de los numerosos inconvenientes de la revolución consiste en que pone al desnudo las raíces sociales de la ideología.

La “nueva conciencia religiosa” se ha desvanecido, pero no sin dejar algunas huellas en la literatura. Toda una generación de poetas que aceptó la revolución de 1905 como una noche de San Juan, y que quemó sus delicadas alas ante sus hogueras de alegría, comenzó a introducir en sus rimas a la jerarquía celeste. La juventud del período entre ambas revoluciones se les unió. Pero como los poetas, siguiendo una malsana tradición, tenían por costumbre en los momentos difíciles volverse hacia las ninfas Pan, Marte y Venus, en nuestros días el Olimpo ha sido nacionalizado por las necesidades de la forma poética. Al fin y al cabo, escoger Marte o San Jorge no es más que una cuestión de ritmo de troqueo o de yambo. Indudablemente detrás de todo esto se ocultaban, en muchos o en algunos, ciertas experiencias, sobre todo la del miedo. Llegó la guerra que disolvió el miedo de la intelligentsia en una ansiedad general. Llegó luego la revolución que condensó ese miedo en pánico. ¿Qué esperar? ¿Hacia quién volverse? ¿A quién vincularse? No quedaba nada más que las Sagradas Escrituras. Muy pocos desean ahora agitar de nuevo el líquido religioso destilado antes de la guerra en casa de Berdiaev y en otras reboticas; los que necesitan del misticismo hacen simplemente la señal de la cruz de sus antepasados. La revolución ha raspado y lavado el tatuaje personal, poniendo al desnudo cuanto había de tradicional, de tribal, de recibido con la leche materna y que no se había disuelto con la razón crítica debido a su debilidad y a su pusilanimidad. En los versos, jamás ha faltado Jesús. Y en la edad de la industria textil mecanizada, el tejido de la Virgen es el tejido poético más popular.

Uno queda aterrado leyendo la mayoría de esos poemarios, sobre todo los de las mujeres. Verdaderamente en ellos no se puede dar un paso sin Dios. El mundo lírico de Ajmatova, de Zvetaeva, de Radlova y otras poetisas, auténticas o presuntas, es extremadamente reducido. Abarca a la poetisa misma, a un desconocido con sombrero o con espuelas, e inevitablemente a Dios, sin ninguna característica especial. Dios es una tercera persona, muy cómoda y muy transportable, para uso doméstico, un amigo de la familia que de vez en cuando cumple los deberes del ginecólogo. Lo que resulta poco comprensible es que ese individuo, ya no demasiado joven y sobre el que pesan todos los asuntos personales, con frecuencia enojosos, de Ajmatova, de Zvetaeva y de las demás, pueda a la vez, en sus ratos libres, dirigir los destinos del universo. Para Chkapskaïa, tan orgánica, tan biológica, tan ginecológica (el talento de Chkapskaïa es real), Dios es algo así como un alcahuete y una comadrona, es decir, tiene todos los atributos de una vieja comadre chismosa. Si se me permite una observación subjetiva, de buena gana concedería que ese Dios femenino, de fuertes caderas, aunque no tan impotente, al menos es más simpático que el polluelo que incuba la filosofía mística más allá de las estrellas.

Tras esto, ¿cómo no llegar a la conclusión de que la cabeza bien organizada de un filisteo educado no es más que un cubo en el que la Historia, al pasar, arroja los desperdicios y los desechos después de sus distintas conquistas? En él vemos el Apocalipsis, Voltaire y Darwin, el libro de los Salmos, la filosofía comparativa, la tabla de multiplicar y un cirio. ¡Un revoltijo vergonzoso que hace echar de menos la ignorancia del hombre de las cavernas! El hombre, el “rey de la Naturaleza” que siempre quiere “servir”, mueve la cola al oír la voz de su “alma inmortal”. Si la analizamos, la presunta alma se revela como un “órgano” mucho menos perfecto y menos armonioso que el estómago o los riñones: “la inmortal” tiene numerosos apéndices rudimentarios y bolsillos llenos de toda suerte de humores cancerosos, causa continua de comezones y de úlceras espirituales. A veces, éstas revientan en rimas que entregadas como poesía individualista y mística se imprimen en elegantes libritos.

Pero probablemente nada ha puesto de relieve de forma más íntimamente convincente la vacuidad y la corrupción del individualismo intelectual como la canonización universal de que hoy es objeto Rozanov: filósofo “genial” y profeta, y poeta, y también de pasada gentilhombre del espíritu. No obstante, Rozanov fue un cerdo notorio, un holgazán, un parásito con alma de lacayo. Esa era su verdadera esencia y su talento se limitaba a la expresión de esa esencia.

Cuando se habla del “genio” de Rozanov, se habla en primer lugar de sus revelaciones en el terreno sexual. Pero si alguno de sus admiradores trata de recoger y de sistematizar cuanto Rozanov ha dicho, en su lengua, que tan maravillosamente se adapta a las reticencias y a las ambigüedades, sobre la influencia del sexo en la poesía, la religión o la política, sólo conseguirá sacar alguna cosa muy pobre y no demasiado nueva. La escuela psicoanalítico austríaca (Freud, Jung, Albert, Adler, etc.) ha realizado una aportación infinitamente mayor al problema del papel jugado por el elemento sexual en la formación del carácter individual y en la conciencia social. En el fondo no hay comparación posible. Incluso las exageraciones más paradójicas de Freud son incomparablemente más importantes y más fructíferas que las audaces suposiciones de Rozanov, quien se extravía totalmente en una imbecilidad buscada y en el blableo puro y simple, echando abajo puertas que estaban abiertas y mintiendo por los cuatro costados.

Hay que admitir, no obstante, que los emigrados del exterior y del interior que no sienten vergüenza de festejar a Rozanov y de inclinarse ante él, han levantado la caza. Por su parasitismo intelectual, por sus adulaciones, por su vileza, Rozanov no ha hecho más que impulsar hacia su perfección lógica sus rasgos espirituales comunes de todos: la cobardía ante la vida y la cobardía ante la muerte.

Un tal Victor Khovin, teórico del futurismo o de algo parecido, afirma que la versatilidad de Rozanov deriva de causas más complejas y sutiles; que si Rozanov abrazó la revolución (de 1905) sin por ello abandonar el periódico reaccionario Novoïe Vremia (Tiempo Nuevo), y luego giró hacia la derecha, es sólo porque quedó horrorizado ante lo que descubría en sí mismo: la madera de un superhombre y el absurdo. Si llegó incluso a cumplir las órdenes del ministro de Justicia (en el asunto Beiliss), si al mismo tiempo escribía como reaccionario en Novoïe Vremia y como liberal en Russkoie Slovo (Palabra rusa) (con seudónimo), si sirvió de alcahuete de jóvenes escritores para Suvorin, todo ello derivaba de la complejidad y de la profundidad de su naturaleza espiritual. Estos estúpidos y chochos apologistas hubieran resultado algo más convincentes si Rozanov se hubiera acercado a la revolución en el momento en que era perseguida, y se hubiera alejado en el momento de la victoria. Precisamente lo que Rozanov no hizo, ni podía hacer. Celebró la catástrofe del campo de Khodynka como un sacrificio purificador en una época en que el reaccionario Pobedonostzev triunfaba. En octubre de 1905 aceptó la Asamblea Constituyente y el Terror, lo más revolucionario que hubo, cuando la joven revolución parecía haber derrocado a los poderes imperantes. Durante el proceso Beiliss, se esforzó por demostrar que los judíos utilizaban la sangre de los cristianos con fines rituales. Poco antes de su muerte, y con su habitual mueca de cretino, escribió que los judíos eran “el primer pueblo de la tierra”, frase que por supuesto no tenía más valor que la que había dicho durante el proceso Beiliss aunque fuera la opuesta. Lo más auténtico y constante en Rozanov fue su arrastrarse como gusano ante el poder. Un gusano escritor, un gusano que se arrastra, se desliza, se pega, se contrae y se distiende según las necesidades, tan desagradable como un gusano. Rozanov calificó a la Iglesia ortodoxa, por supuesto en su propio círculo, de montón de basura. Pero practicó los ritos (por cobardía y por prevención), y cuando llegó el momento de la muerte comulgó cinco veces (igualmente por si acaso). Fue hipócrita con el cielo como lo había sido con su editor y con sus lectores.

Rozanov se vendió públicamente por dinero. Su filosofía concordaba con su vida y a ella se adaptó. Su estilo también. Fue poeta de rincón de chimenea, de apartamento confortable. Al burlarse de los maestros y de los profetas, enseñó que lo más importante en la vida era lo muelle, lo cálido, lo grasiento, lo dulce. En estos últimos decenios, la intelligentsia se aburguesaba rápidamente y se inclinaba mucho más hacia lo muelle y lo dulce, pero al mismo tiempo resultaba embarazada por Rozanov como lo está un joven burgués ante una cocot deslenguada que dice públicamente su secreto. Como Rozanov perteneció siempre de hecho a la intelligentsia, ahora que las viejas divisiones de la sociedad “educada” han perdido toda su significación, y esa sociedad la decencia incluso, la figura de Rozanov reviste proporciones titánicas. En el culto de Rozanov se encuentran hoy los teóricos del futurismo (Shklovsky, Khovin), Remizov, los soñadores antroposofilas, el prosaico Joseph Hessen, las viejas derechas y las viejas izquierdas. “ ¡Hosanna al parásito! Nos enseñó a amar las dulzuras, soñábamos con el albatros y lo hemos perdido todo. Henos aquí, rechazados por la Historia, sin contemplaciones ni dulzuras.”

Una catástrofe, sea individual o colectiva, es siempre una excelente piedra de toque porque revela de forma infalible las auténticas relaciones individuales o sociales.

Tras la revolución de Octubre, el arte anterior, que era casi completamente contrarrevolucionario, ha mostrado su relación indisoluble con las clases dirigentes de la vieja Rusia. Las cosas son ahora tan claras que no es preciso señalarlas con el dedo. El terrateniente, el capitalista, el general de uniforme o el civil emigraron con su abogado y su poeta. Todos juntos decidieron que la cultura había perecido. Por supuesto, hasta entonces el poeta se había considerado independiente del burgués, e incluso estaba enfrentado a él. Pero cuando el problema se planteó con la seriedad de la revolución, el poeta apareció inmediatamente como un parásito hasta la médula de los huesos. Esta lección histórica sobre el arte “libre” se desarrolló paralelamente a la lección sobre las demás “libertades” de la democracia, de esa democracia que iba barriendo tras las tropas de Yudenitch. En los tiempos modernos, el arte a un tiempo individual y profesional, a diferencia del antiguo arte popular colectivo, crece en la abundancia y en los ocios de las clases dirigentes y es mantenido por ellas. La prostitución, casi invisible cuando las relaciones sociales no eran perturbadas, fue puesta crudamente al desnudo cuando el hacha de la revolución abatió los viejos pilares.

La psicología del parasitismo y de la prostitución no es totalmente igual a la de la sumisión, a la de la cortesía o a la del respeto. Antes bien, implica querellas muy severas, explosiones, desacuerdos, amenazas de ruptura total, pero sólo amenazas. Foma Fomith Opiskin, el tipo clásico del viejo parásito noble, “con psicología”, se hallaba casi siempre en un estado de insurrección doméstica. Pero si no recuerdo mal, nunca pasó más allá del último granero. Evidentemente, resulta muy grosero y poco cortés comparar a Opiskin con los académicos y casi clásicos Bunin, Merejovsky, Zinaida Hippius, Kotliarevsky, Zaitzev, Zamiatin y otros. Pero hay que contar la historia tal cual es. Se han revelado prostituidos y parásitos. Y aunque algunos de ellos protesten de modo violento contra esta acusación, la mayoría de los emigrados del interior -en parte por circunstancias sobre las que no ejercen ningún control y sobre todo, debemos pensarlo, debido a su temperamento- se hallan entristecidos simplemente porque su estado de prostitución se ha deteriorado en sus raíces, mientras su melancolía se agota en recuerdos, en experiencias repetidas.
 
Andrei Bieli

La literatura del período entre las dos revoluciones (1905-1917), decadente en su humor y en su alcance, superrefinado en su técnica, literatura de individualismo, de simbolismo y de misticismo, encontró en Bieli (Blanco) su expresión más alta y también la más abiertamente perjudicada por Octubre. Bieli cree en la magia de las palabras. Puede decirse por ello que su seudónimo literario testimonia su oposición a la revolución, porque el período mayor de lucha revolucionario ocurrió en combates entre rojos y blancos.

Los recuerdos de Bieli sobre Blok, sorprendentes por sus detalles insignificantes y por su mosaico psicológico arbitrario, permiten darse cuenta ampliamente de la situación en que se encuentran gentes de otra época, de otro mundo, de una época pasada, de un mundo que no volverá ya más. Y no es un asunto de generaciones, porque estas gentes pertenecen a nuestra generación, sino de diferencias de naturaleza social, de tipo intelectual, de raíces históricas. Para Bieli “Rusia es un vasto prado, verde como el dominio de Yasnaïa-Poliana o el de Chajmatovo”. En esta imagen de la Rusia prerrevolucionaria y revolucionaria representada como un prado verde, más todavía, como un prado de Yasnaïa-Poliana o de Chajmatovo, vemos cuán profundamente se halla enterrada la vieja Rusia, la Rusia del terrateniente y del funcionario, o mejor, la Rusia de Turgueniev y de Goncharov. ¡Qué distancia astronómica entre ella y nosotros, y qué bien que esté tan lejos! ¡Qué salto a través de los tiempos entre esa vieja Rusia y Octubre!

Se trata del prado Bejin de Turgueniev, o del de Chajmatovo de Blok, o del de Yasnaïa-Poliana de Tolstoi, o del de Oblomov de Gontcharov, idéntica imagen de paz y de armonía vegetativa. Las raíces de Bieli están en el pasado. ¿Dónde ahora la antigua armonía? A Bieli todo le parece alterado, todo está al revés, todo carece de armonía. Para él, la paz de Yasnaïa-Poliana no ha sido transformada en salto hacia adelante, sino en excitaciones v en saltos sobre el mismo lugar. El aparente dinamismo de Bieli no hace más que girar sobre sí mismo, combatir sobre los túmulos funerarios de un viejo régimen que se desintegra y desaparece. Sus contorsiones verbales no llevan a ninguna parte. No hay huellas de ningún ideal revolucionario. De hecho es un conservador intelectual, realista, a cuyos pies falta suelo y que se halla desesperado. Las Memorias de tan Soñador, periódico inspirado por Blok, reúne al realista desesperado cuya chimenea echa humo y al intelectual acostumbrado al confort del espíritu y que no puede soñar con una vida lejos del prado de Chejmatovo. Bieli, el “soñador”, cuyos pies están en tierra, apoyados sobre el terrateniente y el burócrata, no hace más que lanzar bocadas de humo a su alrededor.

Individualista desarraigado de sus costumbres y de su eje, Bieli quisiera trocarse en el mundo entero, construir todo a partir de sí mismo y a través de sí mismo, redescubrir todo él mismo, pero sus obras, de desigual valor artístico, no hacen nunca más que sublimar, intelectual o poéticamente, las viejas costumbres. Y por eso, en última instancia, esa preocupación servil por sí mismo, esa apoteosis de hechos ordinarios de su propia rutina intelectual se vuelven tan insoportables en nuestra época donde masa y rapidez fabrican realmente un mundo nuevo. Si alguien escribe de forma tan pomposa sobre su encuentro con Blok, ¿cómo tendrá que escribir sobre los grandes acontecimientos que afectan a los destinos de las naciones?

En los recuerdos de infancia de Bieli, Kolik Letaev, hay interesantes momentos de lucidez, no siempre artísticos pero a menudo convincentes; por desgracia, unos se unen a otros mediante discusiones ocultas, profundidades imaginarias, por una acumulación pletórica de palabras y de imágenes que los hacen totalmente vanos. Con toda la atención puesta sobre sí mismo, Bieli se esfuerza por sacar su alma infantil al exterior. En todas las páginas se ven las huellas de sus esfuerzos, pero el mundo exterior no está ahí. ¿De dónde iba a venir?

No hace mucho tiempo, Bieli -siempre preocupado por sí mismo, siempre narrándose a sí mismo, siempre paseando en torno a sí mismo, respirándose y lamiéndose a sí mismo- escribió sobre sí mismo algunas cosas muy ciertas: “Quizá bajo mis abstracciones teóricas del “maximum” se ocultaba el minimalismo, tanteando cuidadosamente el terreno. Yo abordaba todo de forma indirecta. Tanteando el terreno de lejos mediante una hipótesis, mediante una alusión, mediante una prueba metodológica, y permaneciendo en una indecisión atenta” (Recuerdos de Alejandro Blok). Al tratar a Blok de maximalista, Bieli habla de sí mismo como un menchevique (en el espíritu, por supuesto, y no en política). Estas palabras pueden parecen extrañas en la pluma de un Soñador y de un Original (con mayúsculas), pero, después de todo, al hablar tanto de uno mismo siempre se dice alguna verdad. Bieli no es un maximalista en modo alguno, sino un minimalista indiscutible, un resplandor del antiguo régimen y de sus puntos de vista, que sufre y suspira en un clima nuevo. Y es absolutamente cierto que aborda todo de un modo indirecto. Todo su San Petersburgo está construido mediante procedimientos indirectos. Por eso se parece tanto a un embarazo. Incluso en los párrafos donde alcanza efectos artísticos, es decir, allí donde una imagen nace en la conciencia del lector, éste la paga muy caro; por ello, tras todos esos circunloquios, tras esa tensión y esos esfuerzos el lector se queda finalmente con las ganas. Es como si se os hiciese entrar en una casa por la chimenea, y una vez dentro os dieseis cuenta que había una puerta por la que hubiera sido mucho más fácil entrar.

Su prosa rítmica es horrorosa. Sus frases no obedecen al movimiento interior de la imagen, con un metro exterior que al principio puede parecer sólo superfluo, pero que luego no tarda en fatigaros por su pesadez y que, finalmente, envenena incluso vuestra existencia. La certidumbre de que una frase terminará según un ritmo determinado, ataca los nervios igual que durante el insomnio se espera que los goznes de la puerta rechinen de nuevo. Y lo mismo que con la manía del ritmo ocurre con el fetichismo de la palabra. Evidentemente, es cierto que la palabra no expresa sólo un sentido, que además tiene un valor sonoro y que sin tal consideración respecto a la palabra no podría hablarse de maestría, tanto en prosa como en poesía. No negamos los méritos de Bieli en este aspecto. Pero la palabra más cargada y más sonora no puede significar más que lo que se ponga en ella. Como los pitagóricos en el número, Bieli busca en la palabra un segundo sentido particular, oculto. Y por eso con frecuencia se encuentra en un callejón sin salida. Si cruzáis el dedo corazón sobre el índice y tocáis un objeto, sentiréis dos objetos, pero si repetís la experiencia os sentiréis a disgusto; en vez de utilizar correctamente vuestro sentido del tacto abusáis de él para engañaros. Los métodos artísticos de Bieli dan de hecho esa impresión. Son falsamente complejos.

Su pensamiento estancado, esencialmente mediocre, no se caracteriza por un análisis lógico y psicológico, sino por un juego de aliteraciones, de contorsiones verbales y de relaciones acústicas. Cuanto más se aferra Bieli a las palabras, cuanto más la viola sin remisión, tanto más insoportable resulta con sus opiniones fijas en un mundo que ha superado la inercia. Bieli alcanza sus momentos más fuertes cuando describe la sólida vida de antaño. Pero incluso ahí, su forma es fatigante y desprovista de gracia. Se ve con toda claridad que él mismo es carne de la carne y sangre de la sangre del viejo Estado, a todas luces conservador, pasivo y moderado, y que su ritmo, sus contorsiones verbales no son más que un medio burlesco de luchar contra su pasividad interior y su sequedad, ahora que se ha visto arrancado del eje de su vida.

Durante la guerra mundial, Bieli se convirtió en discípulo del místico alemán Rudolf Steiner, “doctor en filosofía”, por supuesto, e hizo guardia durante la noche en Suiza, bajo el domo del templo antroposófico. ¿Qué es la antroposofía? Es una copia intelectual y espiritual del cristianismo, hecha con ayuda de citas poéticas y filosóficas de altos vuelos. No puedo precisar más exactamente los detalles, porque nunca he leído a Steiner ni tengo intención de hacerlo: me creo con derecho a no interesarme por sistemas “filosóficos” que se dedican a diferenciar las escobas de las brujas de Weimar de Kiev (dado que no creo en las brujas por regla general, salvo en el caso de Zinaida Hippius, antes citada, en cuya realidad creo de forma absoluta aunque nada puedo decir con precisión sobre la longitud de su escoba). No ocurre lo mismo con Bieli. Si las cosas del cielo son para él más importantes, debiera exponerlas. Sin embargo, Bieli, tan aficionado a los detalles que nos refiere su travesía de un canal como si se tratase, por lo menos, de la escena del Huerto de los Olivos vista con sus propios ojos, o del sexto día de la creación, ese mismo Bieli cuando tocó la antroposofía se hace breve y sucinto; prefiere adoptar la figura del silencio. Lo único que nos cuenta es que “no soy yo, sino el Cristo en mí quien es yo”, y también que “nosotros hemos nacido en Dios, moriremos en Cristo y seremos resucitados por el Espíritu Santo”. Muy reconfortante, pero no excesivamente claro. Bieli no se expresa de modo muy popular debido a un temor fundamental: el de caer en lo concreto teológico, que sería muy peligroso. En efecto, el materialismo pisotea invariablemente toda creencia ontológica positiva concebida a imagen de la materia, por muy fantásticamente transformada que ésta pueda estar en el curso del proceso. Si sois creyentes, debéis explicar por tanto qué clase de plumas llevan los ángeles, y de qué sustancia están hechas las colas de las brujas. Temiendo estas legítimas preguntas, los caballeros espiritualistas han sublimado tanto su misticismo que en última instancia la existencia celeste sirve de seudónimo ingenioso a la inexistencia. Y entonces, nuevamente asustados (en realidad no había motivo para ir tan lejos), vuelven a caer en el catecismo. De este modo, entre una sombría vida celeste y una lista de valores teológicos, va marchando la vegetación espiritual de los místicos de la antroposofía y de la fe filosófica en general. Obstinadamente, Bieli intenta, aunque sin éxito, desenmascarar su vacío mediante una orquestación sonora y unos metros forzados. Se esfuerza por alzarse de forma mística por encima de la revolución de Octubre, se esfuerza incluso por adoptarla de pasada, designándola un lugar entre las cosas terrenas, que, sin embargo, para él no son -y utilizo sus propios términos- más que “estupideces”. Al fracasar en estas tentativas -¿cómo no había podido fracasar?-, Bieli se encoleriza. El mecanismo psicológico de este proceso es tan simple como la anatomía de una marioneta: unos pocos agujeros y unos pocos resortes. Pero los agujeros y los resortes de Bieli salen del Apocalipsis; no del Apocalipsis general, sino de su apocalipsis particular, del apocalipsis de Andrei Bieli: “El espíritu de verdad me obliga a expresar mi actitud sobre el problema social... Bueno, ya sabe usted, ... cosas... ¿Quiere un poco de té? ¡Que hoy ya no hay hombres corrientes! ¡Pues aquí tiene usted uno, yo soy un hombre corriente! “ ¿Falta de gusto? Sí, unas muecas forzadas, una estupidez que no hace gracia. ¡Y todo esto ante un pueblo que ha vivido una revolución! En su introducción, muy arrogante, a su no épica epopeya, Andrei Bieli acusa a nuestra época soviética de ser “terrible para los escritores que se sienten llamados a realizar grandes cuadros monumentales”. él, el monumentalista, es arrastrado, figúrense, “a la arena de lo cotidiano”, a la pintura de “cajas de bombones”. Por favor, ¿se puede alterar más la realidad y cualquier lógica? ¡él, Bieli, arrastrado por la revolución lejos de sus telas hacia la pintura de cajas de bombones! Con los detalles más rebuscados, y menos con detalles que con una oleada de palabras, Bieli nos cuenta cómo “bajo el domo del templo de Juan”, él “fue empapado por una lluvia verbal” (¡sic!); cómo tuvo conocimiento de la “tierra del pensamiento viviente”, cómo el templo de Juan se convirtió para él en “una imagen del peregrinaje teórico”. ¡Fárrago casto y sagrado! Leyéndolo, cada página resulta más intolerable que la anterior. Esta búsqueda satisfecha de la nada psicológica, y que no se prosigue en ninguna parte más que bajo el domo del templo de Juan, este parloteo snob, enfático, cobarde y supersticioso escrito con un bostezo glacial, ... todo esto nos es presentado como una “tela monumental”. La apelación a volver los ojos hacia lo que la mayor de las revoluciones está a punto de alterar en los estratos de la psicología nacional es considerada como una invitación a pintar “cajas de bombones”. ¡Es aquí, entre nosotros, en la Rusia Soviética, donde están las “cajas de bombones”! ¡Qué mal gusto, qué desvergüenza verbal! Al revés, el “templo de Juan” construido en Suiza por los turistas y los vagos espirituales es lo que es una especie de caja de bombones insípidos de un alemán doctor en filosofía, caja llena de “lenguas de gato” y de todas las especies de moscas azucaradas.

Y es nuestra Rusia la que ahora se ha convertido en una tela tan gigantesca que se necesitarán siglos para pintarla. De ahí, de las cimas de nuestras amplitudes revolucionarias, parten las fuentes de un arte nuevo, de un nuevo punto de vista, de nuevas concatenaciones de sentimientos, de un nuevo ritmo de pensamiento, de una nueva lucha con las palabras. En cien, en doscientos o en trescientos años se descubrirán con emoción estas fuentes del espíritu humano liberado... y tropezarán con el “soñador” que se apartó de la “caja de bombones” de la revolución y que le exigió medios materiales para describir cómo huyó de la gran guerra en Suiza, y cómo, día a día, captó en su alma inmortal pequeños insectos y los extendió sobre su uña, “bajo la cúpula del templo de Juan”.
En esa misma época, Bieli declara que los “fundamentos de la vida cotidiana son estúpidos para él”. Y dice esto frente a una nación que sangra para cambiar los fundamentos de la vida cotidiana. ¡Sí, no son ni más ni menos que estupideces! Y encima exige el payok, y no el payok ordinario, sino un payok proporcionado a las grandes telas. Y se indigna si no se lo dan deprisa. ¡No parece sino que en realidad se le paga para oscurecer el estado del alma cristiana con “estupideces”. Indudablemente no es él, es Cristo quien está en él. Y él renacerá en el Espíritu Santo. Pero ¿por qué tiene que esparcir, entre nuestras estupideces terrenas, su bilis sobre una página impresa sólo por un payok insuficiente? La piedad antroposófica no le libra sólo del gusto artístico, sino también del pudor social.

Bieli es un cadáver y no resucitará en ningún Espíritu, sea el que fuere.

 



Esto lo escribí al conocer a un grupo de poetas que se autotitulan de “isleños” (Tijonov y otros). Pero entre ellos hay notas vivas y, al menos en Tijonov, notas jóvenes, frescas y prometedoras. ¿De dónde procede ese apelativo exótico? (N. del T.)




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