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Capítulo VI

 

Capítulo VI: El año crítico

Desde mediados del siglo precedente, el proceso político de Rusia se cuenta por decenios. El del sesenta-que sigue a la guerra de Crimea-fué una especie de período enciclopedista, algo así como nuestro breve siglo XVIII. En el decenio siguiente, la intelectualidad intentó sacar las consecuencias de aquellas ideas y llevarlas a la práctica; esta década comenzó con una cruzada de compenetración con el pueblo y de propaganda revolucionaria y acabó con el terrorismo. Es el período que ha quedado en la historia bajo el signo de la "Narodnaia Wolia". Lo mejor de esta generación se gastó bajo el fuego de la dinamita. El enemigo mantuvo todas sus posiciones. Vino la década de la depresión, del desengaño y del pesimismo, de la búsqueda moral y religiosa: el decenio del ochenta. Sin embargo, a la sombra de la reacción, las fuerzas del capitalismo fueron organizándose en silencio. Con el decenio siguiente, del año noventa en adelante, aparecieron las huelgas obreras y las ideas marxistas. La nueva oleada culminó en la primera década del siglo siguiente, con el año 1905.

Por los años de 1880 y siguientes, Rusia vivió bajo, la signatura de Pobedonozef, el Procurador Supremo del Santo Sínodo, en quien encuentran clásica expresión las doctrinas del absolutismo y del estancamiento general. Los liberales le consideraban como un perfecto, burócrata, ajeno a la vida, pero la verdad era muy otra. Pobedonozef tenía de los antagonismos que vivían ocultos en el seno del pueblo una visión más seria y más objetiva que los liberales. Sabía que si se aflojaban los tornillos, la conmoción de abajo echaría por tierra a los de arriba, reduciendo a cenizas todo aquello que él, y con él los propios liberales, acataban como las más firmes columnas de la cultura y la moral. A su modo, Pobedonozef veía mucho más allá que las cabezas del partido progresivo. No era culpa suya que el proceso histórico del país fuese más fuerte que aquel sistema bizantino en cuya defensa se empeñaba con tanta energía el mentor de Alejandro III y Nicolás II.

En aquellos años sordos, cuando los liberales lo daban todo por muerto, Pobedonozef percibía por debajo de la superficie los estertores y los golpes reprimidos. No se sintió tranquilo ni aun en los años más tranquilos del reinado de Alejandro III. "Ha sido y es duro -por amarga que se haga la confesión-, y lo seguirá siendo", escribía a sus íntimos. "No se me quita el peso de encima del alma, viendo y sintiendo por momentos el giro que van tomando las cosas y los hombres... Comparando los tiempos presentes con los del remoto pasado, tiene uno la sensación de vivir en otro mundo, en el que todo se torna por regresión al caos primitivo... y en medio de esta fermentación se siente uno impotente." Pobedonozef alcanzó todavía el año 1905, en que aquellos latidos subterráneos que tanto le preocupaban salieron a la superficie, y en que empezaron a vacilar los cimientos y a cuartearse los recios muros del viejo edificio. El año de 1891, año de mala cosecha y de hambre, ha quedado oficialmente en la historia como el año en que se inicia el viraje político. No es Rusia el único país que empieza a girar, a fines de siglo, en torno a la cuestión obrera. En 1891, el partido socialdemócrata alemán aprueba el programa de Erfurt. El Papa León XIII da una encíclica consagrada a la situación de los trabajadores. El Káiser Guillermo II déjase llevar también de ideas sociales, unas ideas en que se mezcla la necia incultura con el romanticismo burocrático. La aproximación del Zar a Francia asegura la afluencia de capitales al mercado ruso. Witte es nombrado ministro de Hacienda, y este nombramiento abre la era del proteccionismo industrial. El rápido y turbulento desarrollo del capitalismo fomenta aquel "espíritu de la época" que tanto atormentaba, con sus presentimientos amenazadores, el ánimo de Pobedonozef.

Los círculos de la intelectualidad fueron los primeros en sentir el desplazamiento político hacia el terreno activo. Empiezan a aparecer, cada vez en mayor número y con actitud, más resuelta, jóvenes escritores marxistas. A la par que esto ocurría, volvía a dar señales de vida el movimiento del "populismo" ("narodnitchestvo"), que estaba apagado. En 1893, aparece en las prensas públicas el primer libro marxista, que lleva al frente el nombre de Pedro Struve. Iba yo a cumplir por entonces catorce años y todavía navegaba muy lejos de este continente.

En 1894 muere el Zar Alejandro III. Como ocurre siempre en tales casos, las esperanzas liberales van a buscar refugio en el heredero de la corona. Este las contestó con un puntapié. En el discurso pronunciado ante los representantes de los "zemstvos", el nuevo Zar calificó las esperanzas constitucionales de "ilusiones sin sentido". El discurso apareció publicando en todos los periódicos. De boca en boca, corrió el rumor de que en el texto leído por el Zar decía "ilusiones sin fundamento"; en su excitación, el emperador había empleado una expresión más fuerte que la primitiva. Tenía yo entonces quince años. Sin saber por qué ni pararme a analizarlo, mis simpatías estaban de parte de las "ilusiones sin sentido" y no de parte del Zar. Creía, instintivamente en un proceso gradual que habría de traer a la Rusia reaccionaria el progreso de Europa. A esto se reducían en aquel entonces mis ideas políticas.

La ciudad de Odesa, ciudad activa y comercial, pintoresca, agitada, llena de gentes de las más distintas razas, estaba, políticamente, muy a la zaga de otros centros. En San Petersburgo, en Moscú, en Kief, existían ya por entonces numerosos grupos socialistas organizados en los establecimientos de enseñanza. En Odesa no se conocía ni uno solo. En 1895 muere Federico Engels. En muchas ciudades rusas, los estudiantes y las asociaciones estudiantiles reúnense secretamente a deliberar acerca de la muerte del maestro del socialismo. Iba yo a cumplir diez y seis años. No conocía el nombre de Engels y me hubiera visto en un aprieto para decir algo concreto de Marx; es posible que no tuviese la menor noción acerca de él.

Mis sentimientos políticos, en el Instituto, eran confusos sentimientos de rebeldía, pero nada más. En mi tiempo, los problemas políticos quedaban fuera de aquellos muros. Nos contábamos en voz baja que, en el gimnasio privado de Novak, un checoeslovaco, se habían formado no sé qué grupos que habían dado lugar a detenciones, por cuya razón el checo, que nos daba clase de gimnasia, había sido expulsado, sustituyéndosele por un militar. En el círculo de relaciones con que yo me rozaba a través de la familia con quien vivía, reinaba descontento hacia el régimen, pero se le tenia por inconmovible. Los más audaces llegaban a soñar con una Constitución que se conquistaría a la vuelta de muchos años. Y de Ianovka, no hablemos. Cuando volví a la aldea ya con mi título de bachiller y la cabeza llena de confusas ideas democráticas, mi padre se puso en guardia en seguida y me dijo malhumorado:

-Eso no lo verán ni los que vivan tres siglos después que nosotros.

Estaba firmemente convencido de la esterilidad de todas las aspiraciones de reforma y tenía miedo por la suerte de su hijo. Allá por el año 1921, cuando, estando yo en el Kremlin, vino mi padre junto a mí, después de escapar del peligro blanco y del peligro rojo, le pregunté, bromeando:

-¿Se acuerda usted de cuando me decía que el régimen zarista iba a durar tres siglos más?

Mi padre, ya viejo, sonrió taimadamente, y me contestó en ukraniano:

-Vaya, por una vez, puede que hayas acertado...

Al comenzar la última época del siglo, iban ya desapareciendo, entre la intelectualidad, poco a poco, las ideas tolstoyanas. El marxismo comenzaba a triunfar sobre el movimiento populista. El duelo entre estas dos direcciones llenaba con sus ecos las columnas de los periódicos de todos los matices. Por todas partes sonaban los nombres de aquellos jóvenes seguros de sí que se llamaban materialistas. Yo me di cuenta por vez primera de que existía todo esto en el año 1896.

Los problemas de la moral privada, tan íntimamente unidos a la ideología pasiva de la década anterior, me salieron al paso en ese período en que la "perfección interior del hombre" es, más que una escuela, una necesidad orgánica del espíritu en gestación. Pero esta tendencia no tardó en llevarme de la mano al problema de una "visión del mundo", que me puso ante el dilema del "narodnitchestwo" o el marxismo. El duelo entre estas dos tendencias se adueñó de mí con un retrase de pocos años, en comparación con el giro general que iba tomando el espíritu del país. En el momento en que yo me acercaba al Abc de la ciencia económica y me debatía con el problema de si Rusia habría de pasar forzosamente por la fase del capitalismo, los marxistas de la generación anterior a mí habían andado ya el camino que llevaba a los obreros y estaban convertidos en socialdemócratas.

La primera gran encrucijada de mi vida me cogió muy poco preparado políticamente, aun para mis diez y siete años. Eran demasiados los problemas que se alzaban ante mí a un tiempo mismo, y en este trance hacíase imposible guardar el orden y la lógica necesarios. Pasaba de un problema a otro sin sosegar. Mas lo que sí puede asegurarse es que la vida había hecho ya arraigar en mi conciencia unas magníficas reservas de protesta social. ¿En qué consistían? En un sentimiento de solidaridad, por los oprimidos y de indignación ante la injusticia. Acaso fuese este segundo sentimiento el que predominase. La desigualdad humana se destacaba, ya desde mi más temprana infancia, en sus formas más rudas y descarnadas, en medio de las impresiones que la vida cotidiana iba dejando en mí; la injusticia revelábase muchas veces con el carácter de un franco desafuero en que la dignidad humana aparecía escarnecida. Baste recordar la pena del látigo que al mujik se hacía sufrir. Estas impresiones fueron asimiladas enérgicamente por mi conciencia antes de que vinieran las teorías, y acumularon en ella un depósito de materiales de gran fuerza explosiva. Quizá por esto precisamente vacilé algún tiempo ante aquellas magnas consecuencias que se desprendían ineludiblemente de las observaciones de este primer período de mi vida.

Pero en el proceso de mi formación hay todavía otro aspecto. No es raro que en la sucesión de varias generaciones, los muertos perduren en los vivos. Tal ocurrió con aquella generación de revolucionarios rusos que hubieron de vivir su primera juventud en la atmósfera de opresión de los años ochenta y siguientes. Pese a las grandes perspectivas que abría la nueva enseñanza, los marxistas, en la realidad, se revelaban prisioneros del ambiente conservador de la época: eran incapaces de toda iniciativa audaz, desfallecían ante los obstáculos, proyectaban la revolución sobre un vago mañana y propendían a ver en el socialismo el fruto de una evolución secular.

En el seno de una familia como aquella con quien yo vivía, la voz de la crítica política hubiera resonado con más claridad unos años más temprano o más tarde. A mí me tocaron los años peores. En casa, rara vez se hablaba de política, y los grandes problemas eludíanse cuidadosamente. Otro tanto acontecía en el Instituto. Indudablemente, esta atmósfera de la época tuvo que influir en mí. Años después, cuando ya iba formándose en mí el revolucionario, comprendí que me poseía una desconfianza instintiva por la acción de masas, que adoptaba una actitud libresca, abstracta y, por tanto, escéptica, ante la revolución. Y hube de luchar interiormente con aquel estado de espíritu-mediante la reflexión, la lectura y, sobre todo, la experiencia-, hasta sobreponerme a este estancamiento psicológico.

Pero no hay mal que por bien no venga. A la necesidad de combatir conscientemente la huella que en mí dejara el ambiente de la primera juventud, debo seguramente el haber ahondado de un modo, serio y concreto en los problemas fundamentales de la acción de masas. Sólo aquello que se conquista luchando tiene valor y consistencia. Pero en realidad, esto es ya materia de los capítulos siguientes.

El séptimo curso hube de estudiarlo en Nikolaief, abandonando; Odesa. Nikolaief era una ciudad pequeña, pueblerina, y su Instituto dejaba bastante que desear. Sin embargo, en el año que pasé allí-fué el de 1896-se decidió mi juventud, pues hube de enfrontarme con el problema del lugar que me correspondía en la sociedad humana. Fui a vivir con una familia en la que había hijos mayores afiliados ya a las nuevas ideas. Es curioso que en nuestras primeras conversaciones rechazase resueltamente las "utopías socialistas". Me las daba de escéptico, como si nada ya pudiera sorprenderme. En materias políticas reaccionaba siempre con un tono de superioridad irónica. La señora con quien vivía estaba encantada de mí y, aunque no muy convencida, me presentaba como modelo a sus hijos, que eran algo mayores que yo y tenían ideas radicales. Por mi parte, aquello no era más que una lucha desigual por afirmar mi independencia. Estaba resuelto a no dejarme influir personalmente por aquellos chicos socialistas con quienes me había juntado el destino. El forcejeo duró unos cuantos meses. Las ideas que flotaban en el aire eran más fuertes que yo. Y la verdad era que en el fondo de mi corazón ardía en deseos de entregarme a ellas. A los pocos meses de estar en Nikolaief, cambió radicalmente mi actitud. Dejé la careta conservadora y puse proa a la izquierda con una violencia que no dejaba de asustar a algunos de mis nuevos amigos y correligionarios.

-¿Cómo-decía la patrona-, de modo que después de ponerle por modelo a mis hijos, se sale usted con eso?

Empecé a descuidar los estudios. Los conocimientos que traía de Odesa me bastaban, en realidad, para sostener oficialmente el primer puesto. Faltaba mucho a las clases. Un día, se presentó en casa el inspector del Instituto a indagar las causas de aquello. La visita de inspección me humilló lo indecible. Pero el inspector era un hombre cortés, y se convenció de que, tanto en la familia con quien vivía como en mi cuarto, reinaba un orden perfecto; con esta convicción se retiró en paz. No vió los folletos clandestinos que tenía escondidos debajo del colchón.

En Nikolaief, aparte de los chicos jóvenes, que se inclinaban al socialismo, conocí por primera vez a varios antiguos deportados que vivían vigilados por la policía. Eran tipos insignificantes de la época decadente de los "narodniki". Los socialistas no habían tenido todavía, tiempo a volver de Siberia, pues empezaban a mandarlos entonces. Estas dos corrientes encontradas formaban una especie de torbellino espiritual, en que di vueltas durante una temporada. El "narodnitchestvo" despedía ya un olor de moho. El marxismo, por su parte, me repelía por su "estrechez". Espoleado por la inquietud, ardía en deseos de asir la idea por el lado del sentimiento. La cosa no era tan fácil. No había en derredor nadie en quien pudiera confiar para que me guiase. Y, además, a cada nueva conversación se me revelaba, amargo, doloroso y desesperante, el convencimiento de mi incultura.

En estas condiciones, conocí a Svigovsky, un hortelano checoeslovaco, y trabé amistad con él. Era el primer obrero con quien tenía trato, un obrero que leía periódicos, sabía alemán, conocía los clásicos tomaba parte en las discusiones de los marxistas y los "narodniki", sin afiliarse a ninguna de las dos corrientes. Tenía una especie de cabaña en medio de la huerta, que constaba de una sola habitación, y allí se reunían los estudiantes de Universidad de paso por Nikolaief, los antiguos deportados en la Siberia y la juventud. Svigovsky facilitaba a sus amigos los libros prohibidos. En las conversaciones de los desterrados aparecían los nombres de los "narodwolzi": Seliabof, la Perovskaia, Vera Figner, pero no como los héroes de una leyenda, sino como seres de carne y hueso con quienes habían convivido, si no estos mismos desterrados, otros más viejos, amigos y compañeros suyos. Yo tenía la sensación de incorporarme a una gran cadena como un eslabón muy modesto.

Temeroso de que no me bastaría una vida entera para prepararme a la acción, me lancé devoradoramente sobre los libros. Mis lecturas eran nerviosas, impacientes, muy poco sistemáticas. De los folletos clandestinos de la época anterior salté a la Lógica, de Stuart Mill, y antes de haber leído la mitad del libro, ya me había pasado a otro: Las formas primitivas de la cultura, de Lippert. El utilitarismo de Bentham me parecía entonces la última palabra del pensamiento humano. Por espacio de algunos meses me tuve por un benthamista inconmovible. No era menor mi entusiasmo por la Estética realista de Tchernichevsky. Antes de haber acabado con el libro de Lippert, me lancé a la Historia de la Revolución francesa, de Mignet. Cada libro vivía una vida aparte, sin trabazón sistemática con los demás. La lucha por conquistar un sistema tenía un carácter tenaz, obstinado, rayano a veces en la desesperación. Pero al mismo tiempo, el marxismo me repelía, precisamente por ser un sistema tan cerrado.

Por entonces, comencé también a leer periódicos, pero no como los leía en Odesa, sino a través del prisma político. El que a la sazón gozaba de mayor autoridad era un periódico liberal de Moscú, el Russkiie Wedomosti (Noticias Rusas). Más que leerlo, puede decirse que lo estudiábamos, empezando por los quejumbrosos artículos de fondo de los profesores y acabando por los folletones científicos. El orgullo de este periódico eran las correspondencias del extranjero, principalmente las de Berlín. A través de él, tuve la primera visión de la vida política de la Europa occidental, y principalmente de los partidos parlamentarios. Difícilmente podría hoy imaginarse la emoción con que seguíamos los discursos de Bebel y hasta los de Eugenio Richter. Todavía me acuerdo perfectamente de la frase que lanzó Daschinsky al rostro de los guardias que habían allanado el Parlamento: "¿Quién osa tocar al representante de treinta mil obreros y campesinos de Galizia?" Leyendo esto, nos representábamos la figura titánica de un revolucionario de aquellas regiones. Las tablas teatrales del parlamentarismo solían traernos amargos desengaños. Los triunfos del socialismo alemán, las elecciones presidenciales de Norteamérica, los incidentes del Parlamento vienés, las intrigas de los realistas franceses, nos interesaban mucho más que las vicisitudes personales de cualquiera de nosotros.

Entre tanto, mis relaciones con la familia iban tornando mal cariz. Mi padre vino a Nikolaief a vender el trigo y se enteró, no sé por qué conducto, de mis nuevas amistades. Presintió el peligro que tras ellas acechaba, e intentó desviarlo poniendo en juego su autoridad paterna. Esto dió motivo a una violenta discusión entre padre e hijo. Yo defendía rabiosamente mi, independencia, el derecho a trazarme el camino de mi vida. La cosa terminó renunciando a la ayuda material de mi familia y abandonando la pensión en que estaba para irme a vivir con Svigovsky, el hortelano, que llevaba ahora en arriendo otra huerta con habitaciones más espaciosas. éramos seis personas a vivir juntas, formando una "comuna". Durante el verano, se vinieron también con nosotros algunos estudiantes tuberculosos a reponerse. Yo daba lecciones. Vivíamos como espartanos, sin ropas de cama, comiendo sopa que nosotros mismos nos hacíamos. Andábamos vestidos con blusas azules y gastábamos sombreros de paja redondos y un bastón negro. La gente creía que nos habíamos afiliado a una secta misteriosa. Leíamos sin orden ni concierto, disputábamos incesantemente, nos apasionábamos mirando al mañana y éramos, a nuestro modo, felices.

Al cabo de algún tiempo, fundamos una sociedad para difundir entre el pueblo libros provechosos. Hicimos una colecta, compramos libros baratos, pero no sabíamos cómo repartirlos. Svigovsky tenía empleados en el jardín a un aprendiz y un jornalero. A ellos consagramos, por de pronto, todas nuestras energías civilizadoras. Luego, resultó que el tal jornalero era un policía encubierto que nos habían colado allí para que nos vigilase. Se llamaba Cirilo Tchorschevsky. Puso al aprendiz en relaciones con la policía y consiguió que le llevase un paquete de libros de los destinados a ser repartidos entre el pueblo. Nuestra primera empresa fue, pues, un fracaso innegable. No obstante, pusimos las más firmes esperanzas en el porvenir.

Para un periódico que publicaban los "narodniki" en Odesa, escribí un artículo atacando a la primera revista mensual del marxismo. En este artículo había la mar de citas, epigramas, y mucho veneno. Fuera de esto, la abundancia de ideas en él no era grande. Lo mandé por correo, y a los ocho días me fui a recibir personalmente la contestación. El director del periódico contempló, con cierta simpatía, a través de unas gafas muy gordas, al autor, que tenía una hermosa cabellera, pero sin asomo de bozo en la cara. El artículo no llegó a ver la luz. Nadie perdió, nada con ello y el autor menos que nadie.

La dirección de la Biblioteca pública, provista por sufragio, decidió aumentar la cuota anual, que era de cinco rublos, a seis; se nos antojó que esto era un ataque a la democracia y echamos las campanas a vuelo. Durante unas cuantas semanas no hicimos otra cosa que preparar la asamblea general de socios de la Biblioteca. Vaciamos todos nuestros bolsillos democráticos e hicimos una colecta de rublos y monedas de, diez copeques, para inscribir al mayor número posible de amigos radicales, muchos de los cuales no disponían de los seis rublos ni de los veinte años marcados por el reglamento. Convertimos el libro que estaba a disposición de los lectores para registrar sus peticiones en una fogosa manifestación de protesta. En la asamblea anual libraron batalla dos bandos: en uno, formaban los funcionarios, los profesores, los terratenientes liberales y los oficiales de la Marina; en otro, nosotros, es decir, la democracia. Triunfamos en toda la línea; volvimos a rebajar la cuota a cinco rublos y elegimos a un nuevo comité directivo.

Saltando de -tina cosa a otra, acordamos crear una Universidad basada en un régimen de enseñanza mutua. Nos reunimos como unos veinte alumnos. A mí me encomendaron la cátedra de sociología. El nombre era magnífico. Preparé mi curso lo mejor que pude. A las dos lecciones, que se desarrollaron bastante bien, resultó que se me habían acabado las provisiones doctrinales. El segundo conferenciante, encargado del curso de Revolución francesa, se embarulló a las primeras palabras y prometió preparar la conferencia por escrito. No lo hizo, naturalmente, y allí terminó el ensayo.

En unión de este segundo "profesor", el mayor de los dos hermanos Sokolovsky, decidí ponerme a escribir un drama. Para poder trabajar mejor, llegamos hasta abandonar provisionalmente la "comuna" y fuimos a refugiarnos a un cuarto cuyas señas no dimos a nadie, Nuestro drama estaba henchido de tendencias sociales y tenía por fondo el duelo de las generaciones. Y aunque los dos nos manteníamos todavía con cierto recelo frente al marxismo, lo cierto era que el "narodniki" que aparecía en escena hacía una triste figura, y la bravura, la agudeza y la esperanza se concentraban en los jóvenes personajes marxistas. Era la consigna y la fuerza de la época. El elemento romántico del drama consistía en que el revolucionario viejo, azotado por la vida, se enamoraba de una marxista, la cual lo recibía con un discurso despiadado acerca del desmoronamiento de los "narodniki".

No se crea que el trabajo que aquello nos impuso era pequeño. A veces escribíamos juntos, estimulándonos y corrigiéndonos el uno al otro, y otras veces dividíamos las escenas y nos separábamos a componer, cada cual por su cuenta, una parte o un monólogo. Los monólogos no escaseaban. Sokolovsky regresaba al atardecer de sus trabajos, que le dejaban libre el tiempo necesario para pintar a sus anchas las lamentaciones de aquél héroe político de la generación anterior, tan castigado por la vida. Yo volvía de la huerta de Svigovsky o de dar mis lecciones, La hija de la patrona nos entraba el samovar. Mi colaborador sacaba del bolsillo un pedazo de pan y :un trozo de salchicha. Y aislados del mundo exterior por una coraza misteriosa, pasábamos el resto de la velada trabajando febrilmente. Por fin, llegarnos a ver terminado el primer acto, incluyendo un final de mucho efecto antes de que cayese el telón. Para los cuatro actos restantes no teníamos más que apuntes. Pero cuanto más avanzábamos, más iba decayendo nuestro interés. Al cabo de algún tiempo, decidimos liquidar aquel cuarto secreto y dejar para más adelante la terminación del drama. Sokolovsky llevó a guardar a no sé qué casa las cuartillas escritas. Estando recluidos en la cárcel de Odesa, intentó recobrarlas por medio de sus parientes. Acaso pensase que el destierro era lugar más apropiado para llevar a término el drama. Pero no hubo manera de dar con el original. Había desaparecido sin dejar rastro. Es probable que la gente a quien lo dieron a guardar creyese prudente echarlo al fuego en vista del encarcelamiento de sus desdichados autores. Yo me consuelo de esto pensando que en el transcurso, no siempre liso y llano de mi vida se me han perdido otros originales de importancia incomparablemente mayor.



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