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Capítulo VII (Tomo II)

Capítulo VII: La Conferencia nacional de Moscú

Si el símbolo es una imagen concentrada, la revolución es la gran maestra de los símbolos, ya que nos presenta todos los hechos y relaciones en forma concentrada. Lo único que hay es que el simbolismo de la revolución es demasiado grandioso y entra difícilmente en el marco de la creación individual. Por eso es tan pobre la reproducción artística de los más grandes dramas de la humanidad.

La Conferencia nacional de Moscú fracasó, como fácilmente podía preverse, sin haber creado ni resuelto nada. En cambio, ha dejado al historiador una huella inapreciable, aunque negativa, de la revolución, en la que la luz aparece como sombra, la debilidad como fuerza, la avidez corno desinterés, la perfidia como valor supremo. El partido más poderoso de la revolución, ese mismo partido que diez semanas después había de asumir el poder, quedó fuera de la Conferencia, como algo que no merecía ninguna atención. En cambio, fue aceptado un "partido del socialismo evolutivo" que nadie conocía. Kerenski se presentó como la encarnación de la fuerza y de la voluntad. De la coalición, que había dado ya todo lo que podía dar de sí en el pasado, se hablaba como de un medio de salvación para el futuro. Kornílov, odiado por millones de soldados, fue saludado como el jefe amado del ejército y del pueblo. Los monárquicos y los "cien negros" se deshicieron en manifestaciones de amor hacia la Asamblea constituyente. Diríase que todos aquellos que estaban llamados a desaparecer en breve de la escena política, se habían puesto de acuerdo para desempeñar por última vez sus mejores papeles. Con todas sus fuerzas se apresuraban a decir: he aquí lo que quisiéramos ser, lo que podríamos ser si nadie nos estorbara. Pero les estorbaban los obreros, los soldados, los campesinos, las nacionalidades oprimidas. Docenas de millones de "esclavos en rebeldía" no les dejaban manifestar su fidelidad a la revolución. En Moscú, donde habían buscado un refugio, la huelga les pisaba los talones. Perseguidos por la "ignorancia" y la "demagogia", los dos mil quinientos hombres que llenaban el teatro se prometían mutuamente en silencio no destruir la ilusión escénica. De la huelga no hablaba nadie. Todo el mundo procuraba no nombrar a los bolcheviques. Sólo Plejánov aludió de pasada al "triste recuerdo de Lenin", como si se tratara de un adversario definitivamente liquidado. El cliché negativo fue, pues, mantenido hasta el fin: en el reino de las sombras de ultratumba que se presentaban como las "fuerzas vivas del país", el auténtico caudillo popular no podía aparecer más que como un difunto político.

"La brillante sala de espectáculos -dice Sujánov- se dividía en-dos sectores bien delimitados: a la derecha estaba la burguesía, a la izquierda la democracia. A la derecha, en las plateas y en los palcos, se veían no pocos uniformes de generales; a la izquierda, uniformes de suboficial y grados inferiores. Frente al escenario, en el palco del ex zar, estaban los representantes diplomáticos de las potencias aliadas y amigas... Nuestro grupo de extrema izquierda ocupaba un pequeño rincón en una platea." La extrema izquierda, como resultado de la ausencia de los bolcheviques, apareció representada por los amigos de Mártov.

A las cuatro hizo su aparición en escena Kerenski, acompañado de dos jóvenes oficiales, uno del ejército y otro de la flota, que permanecieron en pie todo el tiempo que duró la sesión, como encarnación viva de la fuerza del poder revolucionario, a la espalda del presidente, cual si les hubieran clavado allí. Para no herir la susceptibilidad de los elementos de la derecha con el nombre de la República -así se había convenido de antemano-, Kerenski saludó a los "representantes de la tierra rusa" en nombre del gobierno del "Estado ruso". "Bajo la influencia de los últimos días -dice el historiador liberal-, el tono fundamental del discurso, en vez de ser el de la dignidad y de la confianza... fue el de un miedo mal disimulado que hubiérase dicho que el orador tendía a ahogar con tonantes palabras de amenaza." Kerenski, sin nombrar directamente a los bolcheviques, empezó, sin embargo, con palabras de intimidación dirigidas a los mismos: toda nueva tentativa de atentado al poder "será sofocada con el hierro y la sangre". Las dos alas de la conferencia se fundieron en una ovación estruendosa. Siguió después una amenaza a Kornílov, que no había llegado todavía: "Sean los que sean los ultimátums que me presente, sabré someter su voluntad al poder supremo y a mí, su jefe." Esta amenaza provocó asimismo aplausos entusiastas, pero ya únicamente en el ala izquierda de la conferencia. Kerenski habla sin cesar de sí mismo como "jefe supremo", pues tiene necesidad de recordarlo. "Yo, vuestro ministro de la Guerra y vuestro jefe supremo, os digo a vosotros, a los que habéis venido del frente.... que en el ejército no hay voluntad ni poder superiores a la voluntad y el poder del gobierno provisional." La democracia acoge con entusiasmo estos disparos hechos con pólvora sola, creyendo que de este modo no se verá en la necesidad de recurrir al plomo.

"Todas las mejores fuerzas del pueblo y del ejército -afirma el jefe del gobierno- asociaban la victoria de la Revolución rusa a nuestra victoria en el frente. Pero nuestras esperanzas fueron pisoteadas, nuestra fe ha sido escarnecida." Tal es el balance lírico de la ofensiva de junio. él, Kerenski, está dispuesto, de todos modos, a combatir hasta alcanzar la victoria. Respecto al peligro de una paz en perjuicio de los intereses de Rusia -camino señalado por la proposición de paz del Papa, de 4 de agosto-, Kerenski elogia la noble fidelidad de los aliados. "Yo, en nombre del gran pueblo ruso, no digo más que una cosa: que no esperábamos ni podíamos esperar otra actitud." La ovación tributada al palco de los diplomáticos aliados hace que se ponga en pie todo el mundo, excepto algunos internacionalistas y los pocos bolcheviques presentes en la conferencia como representantes de los sindicatos. Del palco de los oficiales parte un grito: "¡Mártov, a levantarse!" Mártov, dicho sea en honor suyo, tuvo la suficiente firmeza para no ponerse de hinojos ante el desinterés de la Entente.

A los pueblos oprimidos de Rusia, que aspiraban a dar un nuevo curso a sus destinos, dirigió Kerenski algunas reflexiones morales, entreverados de amenazas: "Nosotros, que sufríamos y padecíamos en las cadenas de la autocracia zarista -decía, atribuyéndose cadenas ajenas-, no hemos ahorrado nuestra sangre en aras de la felicidad de todos los pueblos." A las nacionalidades oprimidas se les recomendaba que, por gratitud, soportaran un régimen caracterizado por la falta de todo derecho.

¿Dónde está la salida?... "¿Sentís el ardor en vuestros pechos?... ¿Sentís en vosotros la fuerza y la voluntad que os impulsan al orden, a los sacrificios y al trabajo? ¿Daréis aquí el espectáculo de una gran fuerza nacional estrechamente unida?" Estas palabras se pronunciaban el día de la huelga de protesta de Moscú, en las horas en que avanzaba enigmáticamente la caballería de Kornílov. "Ahogaremos nuestra alma, pero salvaremos al país." El gobierno de la revolución no podía ofrecer nada más al pueblo.

"Muchos representantes de provincias -dice Miliukov- veían a Kerenski por primera vez, y se marcharon en parte decepcionados y en parte indignados. Ante ellos se hallaba un joven de rostro pálido y fatigado en una "pose" de actor... Diríase que ese hombre quería intimidar a alguien y producir una impresión de fuerza y poder al estilo antiguo. En realidad, no provocaba más que lástima."

Las intervenciones de los demás miembros del gobierno pusieron de manifiesto no tanto su inconsistencia personal, cuanto la bancarrota del sistema de conciliación. La gran idea que el ministro de la Gobernación, Avksentiev, sometió al juicio del país fue la creación de un cuerpo de comisarios móviles. El ministro de la Industria exhortó a los patronos a que se contentaran con beneficios modestos. El ministro de Hacienda prometió la rebaja de las contribuciones directas de las clases poseedoras y el aumento de los impuestos indirectos. El ala derecha cometió la imprudencia de cubrir estas palabras con ruidosos aplausos, en los que observó Tsereteli, no sin timidez, una falta de espíritu de sacrificio. Al ministro de Agricultura, Chernov, se le había dado la orden de guardar silencio, a fin de no excitar a los aliados de la derecha con el espectro de la expropiación de la tierra. En interés de la unidad nacional, se decidió fingir que la cuestión agraria no existía. Los conciliadores no opusieron a ello ningún obstáculo. La verdadera voz del campesino no resonó en la tribuna. Sin embargo, precisamente en aquellas semanas de agosto, el movimiento agrario se extendía por todo el país para transformarse en el otoño en una guerra campesina irresistible.

Después de un día de tregua, destinado a inspeccionar y movilizar las fuerzas de los dos bandos, la sesión del 14 se abrió en una atmósfera de extrema tensión. Al aparecer Kornílov en el palco, la derecha de la Conferencia le tributa una clamorosa acogida. La izquierda permanece sentada casi en su totalidad. Del palco de los oficiales surgen gritos de: "¡Levantarse!", mezclados con insultos groseros.

Al aparecer el gobierno, la izquierda tributa a Kerenski una prolongada ovación, en la cual, como atestigua Miliukov, "esta vez no toma parte, de un modo igualmente demostrativo, la derecha, que permanece sentada". En estas tempestades de aplausos, que se cruzaban hostilmente, se presentían las próximas contiendas de la guerra civil. Entretanto, seguían en el estrado, bajo el nombre de gobierno, los representantes de los dos bandos de la sala, y el presidente, que cautelosamente había tomado medidas militares contra el generalísimo, no se olvidó de presentar a éste como la encarnación de la "unidad del pueblo ruso". Fiel al papel que se había asignado, Kerenski exclamó: "Os propongo a todos que saludéis, en la persona del generalísimo en jefe aquí presente, al ejército que ha perecido valerosamente por la patria y la libertad." En la primera sesión se había dicho respecto de ese mismo ejército: "Nuestras esperanzas fueron pisoteadas, nuestra fe ha sido escarnecida." Pero era igual, se había encontrado la frase salvadera: la sala se pone en pie y aplaude ruidosamente a Kornílov y a Kerenski... Una vez más se había salvado la unidad de la nación.

Las clases dominantes, agotadas por una situación histórica que las empujaba hacia un callejón sin salida, decidieron recurrir a la mascarada histórica. Por lo visto se imaginaban que, si se presentaban una vez más ante el pueblo con una máscara, serían más imponentes y vigorosas. Como expertos de la conciencia nacional, se hizo aparecer en escena a los representantes de las cuatro Dumas. Las disensiones internas, antes tan agudas, desaparecían; todos los partidos de la burguesía se unían sin dificultad a base del "programa ajeno a partidos y clases" elaborado por los hombres públicos que unos días antes habían mandado un telegrama de salutación a Kornílov. En nombre de la primera Duma -¡1906!-, el kadete Nabokov rechazó "la idea misma de la posibilidad de una paz separada". Esto no impidió al político liberal relatar en sus Memorias que él, lo mismo que muchos directivos kadetes, veía en la paz separada el único camino de salvación. De la misma manera, los representantes de las demás Dumas zaristas exigieron, ante todo de la revolución, un tributo de sangre.

"¡Tiene usted la palabra, general!" La Conferencia llega al momento crítico. ¿Qué dirá el generalísimo en jefe, al que ha intentado Kerenski persuadir con insistencia, pero inútilmente, de que se limite a dar una idea de la situación militar? He aquí cómo relata la escena Miliukov, testigo presencial: "La figura baja, pero fuerte, de un hombre de fisonomía calmuca, ojos pequeños, negros y penetrantes, en que brillaban chispas de malignidad, apareció en la escena. Los aplausos hacen estremecer la sala, todo el mundo se pone en pie, excepto... los soldados." A los delegados que permanecen sentados les dirigen desde la derecha gritos de indignación, mezclados con insultos: "¡Granujas!... ¡Levantaos!... " De los bancos de los delegados que no se han levantado surge un grito: " ¡Esclavos!" El griterío se convierte en tormenta, Kerenski pide que se escuche tranquilamente al "primer soldado del gobierno provisional". Kornílov, con voz dura, áspera e imperiosa, como corresponde a un general que se dispone a salvar al país, leyó un discurso escrito para él por el aventurero Zavoiko, bajo el dictado del aventurero Filonenko. El discurso, por el programa que propugnaba, era mucho más moderado que el propósito a que servía de introducción. Kornílov no se recataba de presentar el estado del ejército y la situación del frente con los colores más sombríos, con la intención evidente de asustar. Constituía el punto central del discurso el pronóstico respecto a las operaciones militares: "...El enemigo llama ya a las puertas de Riga, y si la inconsistencia de nuestro ejército no nos da la posibilidad de mantenernos en las orillas del golfo de Riga, quedará abierto el camino de Petrogrado." Al llegar aquí, Kornílov asesta un golpe al gobierno, sin andarse con cumplidos: "Si este ejército se ha visto convertido en una turba que ha perdido la cabeza y no piensa más que en salvar la piel, ha sido gracias a una serie de medidas legislativas adoptadas después de la revolución por gente extraña al espíritu y a la mentalidad del ejército." La cosa es clara: no hay salvación para Riga, y el generalísimo habla de ello abiertamente, en tono de reto, ante todo el mundo, como invitando a los alemanes a tomar la ciudad indefensa. ¿Y Petrogrado? La idea de Kornílov es ésta: si se me da la posibilidad de realizar mi programa, es posible que Petrogrado se salve; pero ¡apresuraos! El periódico de los bolcheviques en Moscú decía: "¿Qué es esto, una advertencia, o una amenaza? La derrota de Tarnopol ha hecho generalísimo a Kornílov. La rendición de Riga puede hacerle dictador." Esta idea respondía a los propósitos de los conjurados mucho más de lo que pudieran suponer los bolcheviques más suspicaces.

El Concilio eclesiástico, que participó en el pomposo recibimiento de Kornílov, manda en auxilio del generalísimo a uno de sus miembros más reaccionarios, el arzobispo Platón: "Se os acaba de trazar el cuadro desolador que ofrece el ejército -decía este representante de las fuerzas vivas-. Pero yo he venido para decir a Rusia desde este sitio: no te inquietes, querida, no temas, adorada... Si es preciso un milagro para salvar a Rusia, Dios lo hará, si la Iglesia lo implora..." Los señores de la Iglesia ortodoxa preferían, para guardar sus bienes, echar mano de los cosacos. La médula del discurso no consistía, sin embargo, en esto. El arzobispo se lamentaba de que en los discursos del gobierno "no apareciera ni una sola vez el nombre de Dios", ni tan siquiera para menospreciarlo. De la misma manera que Kornílov acusaba al gobierno de la revolución de desmoralizar al ejército, Platón acusaba de impiedad criminal "a los que se hallan actualmente al frente de nuestro devoto pueblo". Esos eclesiásticos que se habían puesto de hinojos ante Rasputin, se atrevían ahora a acusar públicamente al gobierno de la revolución.

El general Kaledin, cuyo nombre sonaba insistentemente en aquel período como el de una de las figuras más sólidas del partido militar, leyó una declaración en nombre de la doce división cosaca. Kaledin, que, según uno de sus panegiristas, "no deseaba ni sabía adular a la multitud", "se separó a causa de ello del general Brusílov y fue destituido del mando del ejército como hombre que no respondía al espíritu de los tiempos". Ese general de cosacos, que regresó al Don a principios de mayo, no tardó en ser elegido atamán de las fuerzas de aquella región. Como jefe de las tropas cosacas más viejas y fuertes, se le había encargado de presentar el programa de los sectores cosacos privilegiados. La declaración, después de rechazar la sospecha de contrarrevolución, recordaba poco amablemente a los ministros socialistas que éstos, en el momento de peligro, habían solicitado la ayuda de los cosacos contra los bolcheviques. El sombrío general conquistó inesperadamente el corazón de los demócratas al pronunciar enfáticamente la palabra que Kerenski no se atrevía a proferir en voz alta: república. La mayoría de la sala, y muy particularmente el ministro Chernov, aplaudió al general cosaco, el cual exigía seriamente de la República lo que no había podido dar ya la autocracia. Napoleón había predicho que Europa sería cosaca o republicana. Kaledin se mostraba conforme con ver a Rusia republicana, a condición de que no dejara de ser cosaca. Al leer las palabras: "en el gobierno no debe haber sitio para los derrotistas", el desagradecido general volvióse insolentemente hacia el desventurado Chernov. La reseña de un periódico liberal señala: "Todas las miradas se fijan en Chernov, inclinado sobre la mesa." Kaledin, que no estaba atado por una situación oficial, desarrolló hasta el fin el programa militar de la reacción: suprimir los comités, restablecer el poder de los jefes, poner en igualdad de condiciones el interior y el frente, revisar los derechos de los soldados -es decir, reducirlos a nada-. Los aplausos de la derecha se fundieron con las protestas e incluso los silbidos de la izquierda. "La Asamblea constituyente debe ser convocada en Moscú para que pueda llevar a cabo "una labor tranquila y sistemática"." El discurso, preparado antes de la conferencia, fue leído por Kaledin al día siguiente de la huelga general, cuando la frase relativa a la "labor tranquila" en Moscú parecía una burla. La intervención del republicano cosaco elevó la temperatura de la sala hasta la ebullición, e incitó a Kerenski a dar muestras de autoridad: "En esta asamblea nadie puede dirigirse al gobierno con exigencias." Pero entonces, ¿por qué había sido convocada la conferencia? El popular "cien negro" Purischkievich gritó desde su banco: "¡Desempeñamos el papel de comparsas del gobierno!" Dos meses antes, ese oscurantista aún no se atrevía a levantar la cabeza.

La declaración oficial de la democracia, interminable documento que intentaba dar respuesta a todas las cuestiones sin responder a ninguna de ellas, fue leída por el presidente del Comité ejecutivo central, Cheidse, acogido con calurosos aplausos por la izquierda. Las aclamaciones de "¡Viva el jefe de la revolución rusa!" debían inmutar a este modesto caucasiano, que se sentía cualquier cosa antes que jefe. Como para justificarse, la democracia declaraba que "no aspiraba al poder, no deseaba ejercer ningún monopolio y que estaba dispuesta a sostener a todo gobierno que fuese capaz de salvaguardar los intereses del país y de la revolución". Pero no se podían suprimir los soviets, pues sólo ellos habían salvado al país de la anarquía. No se podían suprimir los comités del ejército, pues eran los únicos capaces de asegurar la continuación de la guerra. Las clases privilegiadas debían hacer alguna concesión en interés de la causa común. Sin embargo, los intereses de los terratenientes debían ser protegidos contra los actos de expropiación espontánea. La solución del problema de las nacionalidades debía ser aplazada hasta la Asamblea constituyente. Sin embargo, era necesario llevar a cabo las reformas más inaplazables. La declaración no decía ni una palabra sobre la política activa de paz. En general, el documento parecía destinado a provocar la indignación de las masas sin dar satisfacción a la burguesía.

En un discurso evasivo y gris, el representante del Comité ejecutivo campesino hizo una alusión a la consigna tierra y libertad, por la que han perecido nuestros mejores combatientes. La reseña de la prensa de Moscú señala un episodio que no figura en la reseña taquigráfica oficial: "Toda la sala se levanta y tributa una ruidosa ovación a los ex presos de Schliselburg, sentados en un palco." ¡Asombrosa mueca de la revolución! "Toda la sala" rinde homenaje a los ex presidiarios políticos que la monarquía de Alexéiev, Kornílov, Kaledin, el arzobispo Platón, Rodzianko, Guchkov y, en el fondo, Miliukov, no había tenido tiempo de estrangular en su cárcel. Los verdugos o sus cómplices quieren adornarse con la aureola del martirio de sus propias víctimas.

Quince años antes, los jefes de la derecha presentes en la sala habían celebrado el segundo centenario de la conquista de la fortaleza de Schliselburg por Pedro I. La Iskra, periódico del ala revolucionaria de la socialdemocracia, escribía en aquellos días: "¡Cuánta indignación despertará en los pechos esta fiesta patriótica en la isla maldita en que fueron ejecutados Minakov, Michkin, Rogadchov, Stromberg, Ulianov, Gueneralov, Osiparov, Andriuchin y Cheviriov; ante ese impace de piedra en que Klimenko se ahorcó, Grachevski se roció con petróleo y luego pegó fuego a su propio cuerpo; donde Sofía Guinsburg se suicidó hundiéndose unas tijeras en el corazón: bajo esos muros en que Schedrin, Yuvachov, Konaschievich, Pojinotov, Ignati, Ivanov, Aronchik y Tijonovich se sumieron en la noche sombría de la locura y docenas de otros perecieron a consecuencia del agotamiento, del escorbuto y de la tisis! ¡Entregaos a las bacanales patrioteras, pues hoy todavía sois los señores de Schliselburg!" El epígrafe de la Iskra eran las palabras de una carta de los presidiarios decembristas a Puschkin: "De la chispa surgirá la llama." La llama surgió, y redujo a cenizas la monarquía y su presidio de Schliselburg. Y he aquí que hoy, en la sala de la Conferencia nacional, los carceleros de ayer tributan una ovación a las víctimas arrancadas a sus garras por la revolución. Pero así y todo, lo más paradójico era el hecho de que carceleros y detenidos se fundieran efectivamente en un sentimiento de odio común hacia los bolcheviques, hacia Lenin, ex inspirador de la Iskra; hacia Trotsky, autor de las líneas citadas más arriba, hacia los obreros revoltosos y los soldados insumisos que llenaban las cárceles de la República.

El nacional-liberal Guchkov, presidente de la tercera Duma, que en otro tiempo no había aceptado a los diputados de izquierda en la Comisión de defensa, y que por este motivo fue nombrado por los conciliadores primer ministro de la Guerra de la revolución, pronunció el discurso más interesante, en el cual, sin embargo, la ironía luchaba en vano con la desesperación: "Pero ¿por qué..., por qué -decía aludiendo a unas palabras de Kerenski- los representantes del poder se han dirigido a nosotros presas de una "inquietud", de un "terror" mortales, con gritos dolorosos, histéricos, de desesperación, y por qué esa inquietud, esos gritos, hallan asimismo en nuestro espíritu el mismo dolor ardiente, la misma angustia de la agonía?" En nombre de los que antes dominaban, mandaban, perdonaban y castigaban, este aplomado comerciante moscovita confesaba públicamente la angustia mortal que le sobrecogía. "Este poder -decía- es una sombra de poder." Guchkov tenía razón: pero tampoco él, antiguo compinche de Stolipin, era más que su propia sombra.

Precisamente el mismo día en que se inauguró la Conferencia, apareció en el periódico de Gorki un artículo en que se hablaba de los pingües beneficios que había producido a Rodzianko el suministro de accesorios inservibles para los fusiles. Esta revelación inoportuna, formulada por Karajan, futuro diplomático soviético, a quien entonces nadie conocía aún, no impidió que el chambelán pronunciara dignamente en la Conferencia un discurso en defensa del programa patriótico de los que negociaban con los aprovisionamientos de guerra. Todo el mal provenía de que el gobierno provisional no hubiera obrado de acuerdo con la Duma, "única representación completamente legítima y realmente popular". Esto pareció ya excesivo. En los bancos de la izquierda, los delegados se reían. Resonaron gritos de: "¡3 de junio!" En otro tiempo, esta fecha -3 de junio de 1907, día en que fue pisoteada la Constitución que había sido otorgada- ardía, como el estigma del presidiario, en la frente de la monarquía y de los partidos que la sostenían. Ahora se convertía en un recuerdo desvaído. Y el propio Rodzianko, corpulento e imponente, que tronaba con su voz de bajo en la tribuna, parecía más bien un monumento vivo del pasado que una figura política.

El gobierno opone a los ataques del interior los estímulos del exterior, llegados con la mayor oportunidad. Kerenski da lectura a un telegrama de salutación del presidente de los Estados Unidos, Wilson, en el que se promete "el apoyo moral y material al gobierno de Rusia para el éxito de la causa que une a ambos pueblos y con lo cual no persiguen ninguna finalidad egoísta". Los nuevos aplausos ante el palco diplomático no pueden sofocar la inquietud que el telegrama de Washington suscita en la derecha; el elogio al desinterés significaba de un modo demasiado evidente para los imperialistas rusos la receta de una dieta de hambre.

En nombre de la democracia conciliadora, Tsereteli, su jefe reconocido, defendió a los soviets y a los comités del ejército en la forma en que se defiende por honor una causa perdida de antemano. "No puede retirarse el andamio cuando no se ha terminado todavía el edificio de la Rusia revolucionaria libre." Después de la revolución, "las masas populares, en el fondo, no tenían confianza en nadie más que en sí mismas": sólo los esfuerzos de los soviets conciliadores dieron a las clases poseedoras la posibilidad de mantenerse en la superficie, aunque no fuera más que en los primeros momentos y sin el confort habitual. Tsereteli señalaba como un mérito particular de los soviets el haber "cedido al gobierno de coalición todas las funciones estatales"; ¿acaso este sacrificio "fue arrebatado a la democracia por la fuerza"? El orador parecía el comandante de una fortaleza que se vanagloriase públicamente de haber entregado sin combate la posición que se le había confiado... Y en los días de julio, "¿quién hizo una muralla de su pecho, defendiendo al país contra la anarquía?" De la derecha surgió una voz: "¡Los cosacos y los junkers!" Estas palabras estallaron como un latigazo en el torrente democrático de lugares comunes. El ala burguesa de la Conferencia comprendía perfectamente los servicios que habían prestado los conciliadores para salvarla. Pero la gratitud no es un sentimiento político. La burguesía se apresuraba a sacar conclusiones de los servicios que le había prestado la democracia: terminaba el capítulo de los socialrevolucionarios y mencheviques, y se ponía a la orden del día el capítulo de cosacos y junkers.

Tsereteli enfocó con particular prudencia el problema del poder. En el transcurso de los últimos meses se habían efectuado elecciones a las Dumas municipales y, en parte, a los zemstvos, a base del sufragio universal. ¿Y qué había resultado de ello? En la Conferencia nacional, la representación de los órganos democráticos apareció en la izquierda, al lado de los soviets y bajo la dirección de esos mismos partidos, los socialrevolucionarios y los mencheviques. Si los kadetes se proponían insistir en su exigencia de que se liquidara toda dependencia del gobierno con respecto a la democracia, ¿que necesidad había entonces de la Asamblea constituyente? Tsereteli no hizo más que señalar los contornos de este razonamiento, pues, de haberío llevado hasta las últimas consecuencias, hubiérase visto obligado a condenar la coalición con los kadetes como algo que se hallaba en contradicción incluso con la democracia formal. Se acusaba a la revolución de hablar excesivamente de paz. Pero ¿acaso no comprendían las clases pudientes que la consigna de paz era el único medio eficaz de continuar la guerra? Quien se hacía cargo de esto era la burguesía; lo único que quería era tomar asimismo en sus manos ese medio junto con el poder. Tsereteli terminó su discurso entonando un himno en honor de la coalición. En aquella sala escindido y que no encontraba modo de salir del atolladero, los lugares comunes de la tendencia conciliadora resonaron por última vez con un matiz de esperanza. Pero ¿es que acaso Tsereteli era ya también, en realidad, algo más que su propio espectro?

En nombre del ala derecha de la democracia contestó Miliukov, representante sereno y desesperanzado de unas clases a las que la historia atajaba el camino de una política serena. En su Historia, el jefe del liberalismo refiere, en forma suficientemente expresiva, su propio discurso en la Conferencia nacional. "Miliukov hizo... un resumen conciso, basándose en los hechos, de los errores de la "democracia revolucionaria", y trazó el balance de los mismos... Capitulación en lo que se refiere a la "democratización del Ejército", acompañada de la retirada de Guchkov; capitulación en la cuestión de la política exterior "zimmerwaldiana", acompañada de la retirada del ministro de Estado (Miliukov); capitulación ante las exigencias utópicas de la clase obrera, acompañada de la retirada del ministro de Comercio y de la Industria, Konovalov; capitulación ante las exigencias extremas de las nacionalidades, acompañada de la retirada de los demás kadetes. La quinta capitulación, ante las tendencias expropiadoras de las masas en la cuestión agraria... provocó la retirada de¡ primer presidente del gobierno provisional, príncipe Lvov." Era un cuadro clínico que no estaba del todo mal. Por lo que a los remedios se refiere, Miliukov no fue más allá de las medidas policíacas: había que estrangular a los bolcheviques. "Ante la evidencia de los hechos -decía señalando a los conciliadores-, estos grupos más moderados se han visto obligados a admitir que entre los bolcheviques hay criminales y traidores. Pero hasta ahora no admiten que la idea fundamental que une a esos partidarios de las acciones anarcosindicalistas, sea criminal." (Aplausos.)

El mansísimo Chernov seguía apareciendo como el eslabón que unía a la coalición con la revolución. Casi todos los oradores del ala derecha, Kaledin, los kadetes, Maklakov y Astrov, atacaron a Chernov, al que se había dado previamente orden de callar, y al que nadie defendió. Niliukov, por su parte, recordó que el ministro de Agricultura "había estado personalmente en Zimmerwald y en Kienthal, donde presentó las resoluciones más violentas". Era éste un tiro certero: antes de ser ministro de la Guerra imperialista, Chernov había puesto su firma al pie de algunos documentos de la izquierda de Zimmerwald, esto es, de la fracción de Lenin.

Miliukov no ocultó a la Conferencia que desde el principio había sido adversario de la coalición, por considerar que sería "no más fuerte, sino más débil que el gobierno salido de la revolución", esto es, que el gobierno Guchkov-Miliukov. Y ahora mismo tiene mucho miedo de que la composición del gobierno... no dé garantías de seguridad a las personas y a la propiedad. Pero, de todas maneras, Miliukov prometía su apoyo al gobierno, "voluntariamente y sin discusión". La perfidia de esta generosa promesa se pone completamente de manifiesto dos semanas después. En el momento en que fue pronunciado, el discurso no provocó el entusiasmo de nadie, pero tampoco originó protestas ruidosas. Al empezar y al terminar, el orador escuchó unos cuantos aplausos, más bien fríos.

En su segundo discurso, Tsereteli se redujo a persuadir, a jurar, a gemir: "¿No veis que todo esto se hace por vosotros? ¿No veis que los soviets, los comités, los programas democráticos, las consignas del pacifismo, todo esto os protege? ¿A quién le era más fácil movilizar las tropas del Estado revolucionario ruso: al ministro de la Guerra, Guchkov, o al ministro de la Guerra, Kerenski?" Tsereteli repetía casi literalmente las palabras de Lenin, con la diferencia de que el jefe de los conciliadores veía un mérito allí donde el jefe de la revolución señalaba la traición. El orador justifica luego el exceso de tolerancia respecto a los bolcheviques: "No tengo inconveniente en decir que la revolución era inexperta en la lucha contra la anarquía procedente de la izquierda." (Aplausos ruidosos de la derecha.) Pero después de "recibir las primeras lecciones" ha corregido su error: "Se ha aprobado ya una ley de excepción." En aquellos mismos momentos, Moscú estaba dirigido secretamente por un comité compuesto de dos mencheviques, dos socialrevolucionarios y dos bolcheviques, que preservaron a la ciudad del peligro de un golpe de Estado por parte de aquellos ante quienes se comprometían los conciliadores a acabar con los bolcheviques.

La nota más característica del último día fue la intervención del general Alexéiev, en cuya autoridad estaba encarnada la inepcia de la antigua administración militar. El ex jefe del Estado Mayor de Nicolás II y organizador de la derrota del ejército ruso hablaba, entre las desenfrenadas demostraciones de aprobación de la derecha, de los agentes de destrucción "en cuyos bolsillos sonaban melódicamente los marcos alemanes". Para reconstituir el ejército era necesaria la disciplina; para que hubiera disciplina, hacía falta la autoridad de los jefes, para lo cual era preciso asimismo la disciplina. "Aplicad a la disciplina el calificativo de férrea, aplicadle el de consciente, llamadla auténtica... La base de esa disciplina es siempre la misma." Para Alexéiev, la historia quedaba reducida a los límites de la ordenanza. "¿Acaso es tan difícil, señores, sacrificar una ventaja ilusoria a la existencia de una organización (risas en la izquierda) por algún tiempo? (risas y gritos en la izquierda)." El general trataba de persuadir a la Conferencia de que le entregara una revolución desarmada, pero no para siempre, no; Dios nos guarde de ello, sino solamente "por algún tiempo". El objeto promete devolverlo en toda su integridad en cuanto termine la guerra. Pero Alexéiev coronó su discurso con un aforismo que no estaba de¡ todo mal: "Es necesario tomar medidas cabales, no medias medidas." Estas palabras iban dirigidas a la declaración de Cheidse, al gobierno provisional, a la coalición, a todo el régimen de febrero. ¡Medidas cabales, no medias medidas! Con esto estaban asimismo de acuerdo los bolcheviques.

Al general Alexéiev se opusieron inmediatamente los delegados de la oficialidad de izquierda de Petrogrado y Moscú, que defendieron a "nuestro jefe supremo, el ministro de la Guerra". Les sucedió el teniente Kuchin, viejo menchevique, orador del "grupo del frente en la Conferencia nacional", el cual habló en nombre de esos millones de soldados, que apenas se reconocían en el espejo de la política conciliadora. "Todos hemos leído la interviú del general Lukomski en los periódicos, en la cual se dice: Si los aliados no nos ayudan, Riga se rendirá ... " ¿Por qué ese mando supremo que disimulaba siempre los fracasos y las derrotas sentía la necesidad de recargar la nota negra? Los gritos de "¡Es una vergüenza!", proferidos por la izquierda, se dirigían a Kornílov, que el día anterior había desarrollado la misma idea en la Conferencia. Kuchin había tocado en lo vivo a las clases poseedoras: los elementos dirigentes de la burguesía, el mando, toda la derecha representada en la sala, estaban impregnados hasta la médula de tendencias derrotistas en el terreno económico, político y militar. La divisa de esos patriotas sólidos y equilibrados era: Cuanto peor vayan las cosas, mejor. Pero el orador conciliador se apresuró a pasar por alto el tema que le minaba el terreno bajo sus propios pies. "No sabemos si podremos salvar al ejército -decía Kuchin-, pero si no lo salvamos nosotros, no lo salvará tampoco el mando..." "¡Lo salvará!" -se grita desde los bancos de los oficiales-. Kuchin: "¡No! No lo salvará." (Explosión de aplausos en la izquierda.) Así se retaban hostilmente los unos a los otros, comandantes y comités, sobre cuya solidaridad ficticia se había elaborado el programa del saneamiento del ejército. Así se hostilizaban las dos mitades de la Conferencia que constituían la base en que se asentaba la "coalición honrada". Estos choques eran sólo un eco débil, ahogado, parlamentarizado, de las contradicciones que estremecían al país.

Para mantenerse fieles a la representación bonapartista, los oradores de la derecha y de la izquierda se sucedían por turno, equilibrándose mutuamente en la medida de lo posible. Si las jerarquías del Concilio ortodoxo apoyaban a Kornílov, los preceptores del cristianismo evangélico se ponían al lado del gobierno provisional. De los zemstvos y de las Dumas municipales hablaron dos delegados: uno, en nombre de la mayoría, adhirióse a la declaración de Cheidse; otro, en nombre de la minoría, a la declaración de la Duma.

Los representantes de las nacionalidades oprimidas protestaron uno tras otro, ante el gobierno, de su patriotismo, pero suplicaron que no se les engañara más; en provincias habían los mismos funcionarios, las mismas leyes, la misma opresión que antes. "No se puede seguir perdiendo el tiempo. El pueblo no puede vivir exclusivamente de promesas." La Rusia revolucionaria debe demostrar que es "madre y no madrastra de los pueblos". Las reconvenciones tímidas y las exhortaciones humildes no hallaron casi ningún eco de simpatía ni siquiera en la izquierda de la sala. El espíritu de la guerra imperialista es el menos compatible con una política nacionalista honrada.

"Hasta ahora, las nacionalidades del Cáucaso no han emprendido ninguna acción por separado -declaró el menchevique Chenkeli, en nombre de Georgia- ni la emprenderán en lo sucesivo." La inconsistencia de esta promesa, acogida con aplausos, no tarda en ponerse de manifiesto: a partir de la revolución de Octubre, Chenkeli se convierte en uno de los jefes del separatismo. No hay en esto, sin embargo, contradicción alguna: el patriotismo de la democracia no excede de los límites del régimen burgués.

Entretanto, aparecen en escena nuevos espectros, los más trágicos, del pasado. Los inválidos de la guerra hacen oír su voz. Tampoco ellos se muestran unánimes. Los mancos, los cojos, los ciegos, tienen su aristocracia y su plebe. Un oficial, ofendido en su patriotismo, apoya a Kornílov en nombre de la "grandiosa, de la potente Asociación de Caballeros de San Jorge y de sus 128 secciones de toda Rusia". (Muestras de aprobación en la derecha.) La asociación de inválidos de la guerra se adhiere, por mediación de su delegado, a la declaración de Cheidse. (Muestras de aprobación en la izquierda.)

El comité ejecutivo del sindicato de ferroviarios, recientemente organizado y que en los meses próximos debía desempeñar, bajo el nombre abreviado de "Vikjel", un papel considerable, unió su voz a la declaración de los conciliadores. El presidente del "Vikjel", demócrata moderado y extremadamente patriotero, trazó un cuadro elocuente de las maquinaciones contrarrevolucionarias en los servicios de ferrocarriles; ofensiva furiosa contra los obreros, despidos en masa, abolición arbitraria de la jornada de ocho horas, etc. Las fuerzas subterráneas, dirigidas desde centros ocultos, pero influyentes, se esfuerzan a todas luces en lanzar al combate a los ferroviarios hambrientos. No hay modo de echar mano al enemigo. "El contraespionaje dormita y la vigilancia fiscal duerme." Y este moderado de los moderados termina con una amenaza: "Si la hidra de la contrarrevolución levanta cabeza, la estrangularemos con nuestras manos."

Inmediatamente, uno de los magnates ferroviarios formula una contraacusación: "El manantial puro de la revolución ha resultado envenenado." ¿Por qué? "Porque los fines idealistas de la revolución han sido sustituidos por fines materiales." (Aplausos en la derecha.) El kadete y terrateniente Rodichev acusa, movido del mismo espíritu, a los obreros de haberse asimilado la "vergonzosa consigna del "¡enriqueceos!"", procedente de Francia. Los bolcheviques asegurarán pronto a la fórmula de Rodichev un éxito excepcional, aunque no el que calculaba su orador. El profesor Ozerov, hombre consagrado a la ciencia pura, pero al mismo tiempo, delegado de los bancos agrarios, exclama: "El soldado, en las trincheras, debe pensar en la guerra, y no en el reparto de las tierras." Se comprende: la confiscación de las tierras hubiera significado la de los capitales bancarios; el primero de enero de 1915, las deudas de la propiedad agraria ascendían a más de 3.500 millones de rublos.

En nombre de la derecha hablaron representantes del mando, de las asociaciones industriales, de las cámaras de comercio y de los bancos, de la sociedad de ganaderos y de otras organizaciones, que agrupaban a centenares de nombres conocidos. En nombre de la izquierda hablaron representantes de los soviets, de los comités del ejército, de los sindicatos, de los municipios democráticos, de las cooperativas, tras los cuales aparecían docenas de millones de hombres anónimos. En tiempos normales, el predominio se hallaba invariablemente de parte del brazo más corto de la palanca. "No puede negarse -dogmatizaba Tsereteli-, sobre todo en un momento como el actual, el peso específico y la importancia del que es fuerte por sus bienes." Pero lo que había era que ese peso era cada vez más... imponderable. Del mismo modo que el peso no es una propiedad inherente a los distintos objetos, sino una relación entre ellos, el peso social no es una propiedad ingénita a la persona, sino únicamente la cualidad de clase que se ven obligadas a reconocerle las otras clases. Con todo, la revolución se acercaba de lleno a aquel límite en que empieza el no reconocimiento de las "cualidades" más fundamentales de las clases dominantes. Por ello iba resultando tan incómoda la situación de la minoría notoria en el brazo corto de la palanca. Los conciliadores procuraban mantener el equilibrio con todas sus fuerzas. Pero eran ya impotentes: las masas ejercían una presión demasiado irresistible sobre el brazo largo de la palanca. ¡Con qué prudencia defendían sus intereses los grandes agrarios, banqueros e industriales! Por lo demás, ¿es que, en general, los defendían? Apenas, en rigor. Defendían los derechos del idealismo, los intereses de la cultura, las prerrogativas de la futura Asamblea constituyente. El jefe de la industria pesada, Von Ditmar, terminó incluso su discurso con un himno en honor de la "igualdad, la libertad y la fraternidad". ¿Dónde estaban los barítonos metálicos del beneficio, los bajos de la renta agraria? En la escena aparecían sólo los dulzones tenores del desinterés. Pero, un minuto de atención: " ¡Cuánta hiel y vinagre hay bajo el jarabe! ¡En qué forma más inesperada se quiebran los trinos líricos en un falsete rencoroso!" El representante de la cámara agrícola, Kapatsinski, que era con toda el alma partidario de la futura reforma agraria, no se olvida de dar las gracias a "nuestro puro Tsereteli" por su circular en defensa del derecho contra la anarquía. Pero, ¿y los comités agrarios? No hay que olvidar que son ellos quienes dan el poder directo al campesino. A ese "hombre ignorante, que ha perdido la cabeza pensando en que al fin se le va a entregar la tierra, a ese hombre al que se le dan todos los derechos en el país". Si, en su lucha con el campesino ignorante, los grandes hacendados defienden la propiedad, no es por ellos, no, sino únicamente para ofrecerla, para sacrificarla en el altar de la libertad.

Diríase que el simbolismo social ha dado ya todo lo que podía dar de sí. Pero a Kerenski se le ocurre una feliz inspiración: propone que se conceda la palabra a otro grupo, al "grupo representante de la historia rusa: Breschko-Breschkovskaya, Kropotkin y Plejánov". El populismo, el anarquismo y la socialdemocracia rusos hablan, respectivamente, por la persona de la vieja generación; el anarquismo y el marxismo, por la de sus fundadores más destacados. Kropotkin pide se una su voz "a la de los que han exhortado al pueblo ruso a romper una vez para siempre con el "zimmerwaldismo"". El apóstol de la abolición del poder se asocia inmediatamente al ala derecha de la Conferencia. La derrota significa no sólo la pérdida de grandes territorios y el pago de tributos: "Hay algo peor que todo esto, compañeros: es la psicología del país vencido." El viejo internacionalista se siente preferentemente atraído por la psicología del país vencido... al otro lado de la frontera. Al recordar cómo se humillaba ante los zares rusos la Francia vencida -sin prever se humillaría ante los banqueros norteamericanos como la Francia victoriosa-, Kropotkin exclama: "¿Es que habremos de pasar por este trance? ¡Por nada del mundo!" La sala le contesta con un aplauso cerrado. En cambio, ¡qué lisonjeras perspectivas abre la guerra!: "todo el mundo empieza a comprender que es necesario organizar una nueva vida basada en los principios socialistas... Lloyd George pronuncia discursos impregnados de espíritu socialista... En Inglaterra, en Francia y en Italia se está formando una nueva concepción de la vida, preñada de socialismo, aunque, desgraciadamente, estatal". Sí, "desgraciadamente", Lloyd George y Poincaré no han renunciado aún al principio estatal. Kropotkin se acerca al mismo de un modo suficientemente franco. "No creo -dice- que nos adelantemos a los derechos de la Asamblea constituyente. Reconozco plenamente que a ella corresponde la decisión soberana en esta cuestión, si, reunidos en esta Asamblea de la tierra rusa, expresamos en alta voz nuestro deseo de que en Rusia se proclame la República." Kropotkin insiste en la necesidad de una República federal: "Tenemos necesidad de una federación como la que existe en los Estados Unidos." ¡A eso quedaba reducida la "Federación de comunas libres" de Bakunin! "Comprometámonos, en fin -termina Kropotkin-, a no reunirnos más en esta sala divididos en derechas e izquierdas... No tenemos más que una patria, que todos, tanto los de la derecha como los de la izquierda, hemos de defender, y por la cual, si es preciso, hemos de morir." Los terratenientes, industriales, generales, Caballeros de San Jorge, todos los que no estaban de acuerdo con Zimmerwald, tributaron una merecida ovación al apóstol del anarquismo.

Los principios del liberalismo no viven en la realidad más que combinados con la policía. El anarquismo es una tentativa para depurar el liberalismo mediante la eliminación de la policía. Pero del mismo modo que el oxígeno puro es irrespirable, el liberalismo sin la policía significa la muerte de la sociedad. En su calidad de sombra caricaturesca del liberalismo, el anarquismo ha compartido, en general, el destino de aquél. El desarrollo de las contradicciones de clase, al matar al liberalismo, ha matado asimismo el anarquismo. Como toda secta que no funda su doctrina en el desarrollo real de la sociedad humana, sino en uno de los rasgos de la misma llevado hasta el absurdo, el anarquismo estalla como una burbuja de jabón en el mismo momento en que las contradicciones sociales llegan hasta la guerra o la revolución. El anarquismo representado por Kropotkin resultó acaso ser el más espectral de todos los espectros de la Conferencia de Moscú.

En España, país clásico de bakuninismo, los anarcosindicalistas y los llamados anarquistas puros, al renunciar a la política, reproducen prácticamente la política de los mencheviques rusos. Negadores pomposos del Estado, se inclinan respetuosamente ante el mismo tan pronto renueva un poco su piel. Al mismo tiempo que ponen en guardia al proletariado contra la tentación del poder, apoyan abnegadamente el poder de la burguesía "de izquierda". Y sin dejar de maldecir de la gangrena del parlamentarismo, deslizan subrepticiamente a sus partidarios la papeleta electoral de los republicanos vulgares. Sea cual fuere el desenlace de la revolución española, en todo caso acabará para siempre con el anarquismo.

Por boca de Plejánov, acogido con ruidosos aplausos de toda la sala -la izquierda homenajeaba a su viejo maestro; la derecha, a su nuevo aliado-, habló el marxismo ruso de los primeros tiempos, cuya perspectiva se apoyó durante décadas enteras en la libertad política. Allí donde la revolución no hacía más que empezar para los bolcheviques, había terminado ya para Plejánov. Este, al mismo tiempo que aconsejaba a los industriales que "buscaran el modo de acercarse a la clase obrera", decía a los demócratas: "Necesitáis absolutamente poneros de acuerdo con los representantes de la clase comercial e industrial." Como ejemplo de lo que era preciso guardarse, aludió Plejánov al "triste recuerdo de Lenin", el cual había descendido hasta tal punto, que incitaba al proletariado a "tomar inmediatamente el poder político en sus manos". La presencia de Plejánov, que había dejado sus últimas armas de revolucionario en el umbral de la revolución, era necesaria en la Conferencia precisamente para poner en guardia contra la lucha por el poder.

En la misma sesión en que hablaron los delegados "de la historia rusa", concedió Kerenski la palabra a otro Kropotkin, representante de la cámara agrícola y de la asociación de ganaderos, y miembro, asimismo, de una antigua familia aristocrática que, de dar crédito a los anales históricos, tenía más derechos al trono ruso que los Romanov. "Yo no soy socialista -decía el aristócrata feudal-, pero respeto el verdadero socialismo. Y cuando veo las expropiaciones, los saqueos, la violencia, debo decir que... el gobierno tiene el deber de obligar a los hombres que se cubren con la etiqueta del socialismo a apartarse de la obra de organización del país." Ese segundo Kropotkin, que dirigía visiblemente su flecha contra Chernov, no tenía nada que objetar a socialistas tales como Lloyd George o Poincaré. Junto con el antípoda de su familia, anarquista, el Kropotkin-monárquico condenaba a Zimmerwald, la lucha de clases, las expropiaciones de tierras -lo cual calificaba ¡ay! de "anarquía"- y exigía asimismo la unión y la victoria. Las actas no consignan, por desgracia, si los dos Kropotkin se aplaudieron mutuamente.

En esta Conferencia, corroída por el odio, se habló tanto de unión, que ésta no podía dejar de materializarse, aunque no fuera más que por un instante, en un inevitable apretón de manos simbólico. El periódico de los mencheviques hablaba de este acontecimiento en términos inspirados: "Durante el discurso de Bublikov tiene lugar un incidente que produce una profunda impresión entre los participantes de la Conferencia... Si ayer -declaró Bublikov-, Tsereteli, el noble jefe de la revolución, tendió la mano al mundo industrial, que sepa que esa mano no quedará en el vacío..." Cuando Bublikov termina, se le acerca Tsereteli y le estrecha la mano. Ruidosa ovación.

¡Cuántas ovaciones! ¡Demasiadas ovaciones! Una semana antes de la escena que se acaba de describir, ese mismo Bublikov, una de las figuras ferroviarias más importantes, gritaba en el congreso de los industriales, refiriéndose a los caudillos soviéticos: " ¡Fuera esos hombres faltos de honor, esos ignorantes, que han empujado el país a la ruina!" Y sus palabras resonaban aún en la atmósfera de Moscú. El viejo marxista Riazanov, que asistía a la Conferencia como miembro de la delegación sindical, recordó muy oportunamente el beso del obispo de Lyon, Lamourette; "aquel beso que se dieron las dos fracciones de la Asamblea nacional -no los obreros y la burguesía, sino dos fracciones de esta última-, y ya sabéis que nunca fue tan encarnizada la lucha como después de ese beso". Con una franqueza desacostumbrada, Miliukov reconoce también que, por parte de los industriales, la unidad no era sentida, pero sí "prácticamente necesaria para una clase que tenía demasiado que perder". El famoso apretón de manos de Bublikov no fue más que una reconciliación con segundas intenciones.

¿Creían los hombres que componían la mayoría de la Asamblea en la fuerza de los apretones de manos y de los besos políticos? ¿Creían en sí mismos? Sus sentimientos eran contradictorios como sus planes. Verdad es que en algunos discursos, sobre todo en los de los delegados de las regiones lejanas, se percibía aún la emoción de los primeros entusiasmos, esperanzas e ilusiones. Pero en aquella asamblea en que la izquierda estaba decepcionada y desmoralizada y la derecha irritada, los ecos de las jornadas de marzo resonaban como las cartas de novios leídas en un proceso de divorcio. Los políticos sumidos en el reino de los espectros, salvaban con procedimientos espectrales un régimen espectral. Un frío mortal de desesperanza reinaba en esa "asamblea de fuerzas vivas", en esa reunión de condenados a muerte.

Cuando la Conferencia tocaba a su fin, sobrevino un incidente que puso de manifiesto la existencia de una profunda escisión, aun en el grupo que era considerado como un modelo de unidad y de sentido de gobierno: los cosacos. Nagayev, joven oficial cosaco que formaba parte de la delegación soviética, declaró que los trabajadores cosacos no estaban con Kaledin: los cosacos del frente no tenían confianza en sus jefes. Esto era verdad, y su declaración daba en el blanco. Las reseñas periodísticas describen la escena más tormentosa de la Conferencia. La izquierda aplaude con entusiasmo a Nagayev. Resuenan aclamaciones de: "¡Vivan los cosacos revolucionarios!" Protestas indignadas de la derecha: "¡Tendréis que responder de esto!" Una voz, desde el palco de los oficiales: "¡Son los marcos alemanes!" A pesar del carácter inevitable de estas palabras en calidad de último argumento patriótico, producen el efecto de una bomba. En la sala se arma un escándalo infernal. Los delegados soviéticos se levantan bruscamente de sus asientos y muestran el puño amenazador al palco de los oficiales. Gritos: "¡Provocadores!" La campanilla del presidente vibra sin cesar. "Parece que de un momento a otro van a llegar a la manos los delegados."

Después de todo lo sucedido, Kerenski, en su discurso de clausura, dice: "Creo e incluso sé... que hemos llegado a comprendernos los unos a los otros, que hemos aprendido a respetarnos..." Nunca la duplicidad del régimen de febrero se había manifestado con una falsedad tan repugnante. El orador, no pudiendo resistir él mismo este tono, en sus últimas frases estalla inesperadamente en un grito de desesperación y de amenaza. "Con voz quebrada, que pasaba del grito histérico al susurro trágico, Kerenski amenazaba -nos cuenta Miliukov- a un enemigo imaginario, al cual buscaba inquisitivamente en la sala con mirada encendida." En realidad, Miliukov sabía mejor que nadie que el tal enemigo no tenía nada de imaginario. "Hoy, ciudadanos de la tierra rusa, no soñaré más... Que los corazones se vuelvan piedras... -decía Kerenski lleno de furor-; que se marchiten todas las flores y los sueños (una voz de mujer, desde arriba: "¡No, no; que no se marchiten!"), ¡que hoy han sido pisoteados en esta tribuna. Yo mismo lo haré. (Una voz de mujer desde arriba: "No; eso no puede hacerlo usted; no se lo permitirá su corazón".) ¡Arrojaré lejos de mí la llave del corazón que ama a los hombres, y pensaré sólo en el Estado!"

En la sala se produjo una impresión de estupor, que esta vez sobrecogió a ambos bandos. El simbolismo social de la Conferencia nacional hallaba su coronamiento en un insoportable monólogo de melodrama. La voz femenina que se levantaba en defensa de las flores del corazón resonaba como un grito de auxilio, como un SOS de la revolución incruenta, luminosa y pacífica de febrero. Finalmente, bajó el telón, y se dieron por terminadas las representaciones de la Conferencia nacional.



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