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Capítulo VIII

 

Capítulo VIII: Mis primeras prisiones

También yo fui detenido en la redada general del año 1898, pero no en Nikolaief, sino en una finca de Sokovnin, un gran terrateniente con el que estaba de criado Svigovsky, el hortelano. Volviendo de Ianovka a Nikolaief, me detuve a visitar a Svigovsky. Llevaba una gran carpeta llena de originales, dibujos, cartas y todo género de papeles clandestinos. Por la noche, el hortelano enterró el peligroso paquete en una zanja con coles y, al amanecer, antes de salir a hacer plantaciones de árboles, lo sacó para entregármelo. En este momento aparecieron los gendarmes. Svigovsky pudo todavía esconder el paquete junto a la puerta, detrás de un barril de agua. A la criada que nos sirvió de comer, bajo las miradas de los gendarmes, díjole en voz baja que viese el modo de quitar de allí el paquete y esconderlo en otro sitio mejor. A la vieja no se le ocurrió otra cosa que ir a enterrarlo en la nieve. Nosotros confiábamos, naturalmente, en que los documentos no fuesen a parar a manos del enemigo. Vino la primavera, se fundió la nieve, y la hierba volvió a cubrir el paquete, hinchado por las aguas primaverales. Ya estábamos nosotros encarcelados. Llegó el verano. Un jornalero se puso a segar la hierba de la huerta, y dos chicos suyos, que jugaban al lado, descubrieron el paquete y se lo dieron al padre; éste, lo llevó a casa de los amos, y el propietario de la finca, que era un liberal, muerto de miedo, se presentó con los papeles en Nikolaief y sin pérdida de momento los puso en manos del jefe de policía. Los autógrafos sirvieron de indicio contra varias personas.

La vieja cárcel de Nikolaief no estaba preparada para recibir a presos políticos, sobre todo en tan gran número. A mí me metieron en una celda con Iavich, un joven encuadernador. Era una celda grandísima, capaz para treinta personas, completamente desmantelada y sin apenas calefacción. En la puerta había un gran agujero cuadrado que se abría sobre el pasillo, el cual estaba abierto y daba al patio. Caían las heladas propias del mes de enero. Para dormir, nos tendían en el suelo unos sacos de paja, que sacaban a las seis de la mañana. El levantarse y el vestirse era una tortura. Envueltos en los abrigos y con los sombreros y los chanclos puestos, nos estábamos sentados en el suelo, pegando hombro con hombro, las espaldas metidas por la tibia estufa, y así soñábamos o dormitábamos una o dos lloras. Eran, quizá, las más hermosas del día. No nos llamaban nunca a declarar. Echábamos carreras de un rincón a otro de la celda para calentarnos y nos alimentábamos de recuerdos, conjeturas y esperanzas. Empecé a estudiar con Iavich. Así pasaron unas tres semanas, hasta que sobrevino un cambio. Un día, me sacaron de la celda con mi hatillo, me llevaron a las oficinas de la prisión y me entregaron a dos gendarmes altos, que me condujeron en un carruaje hasta la cárcel de Kherson. Esta estaba instalada en un caserón todavía más viejo. La celda era espaciosa y tenia una ventana estrecha e impracticable, con barrotes de hierro, que en invierno estaba toda empañada y no dejaba pasar apenas luz. Allí la soledad era completa, absoluta, desesperante. No había paseos ni vecinos. No me entraban nada de fuera. No tenía té ni azúcar. Una vez al día, a mediodía, me alargaban la sopa carcelaria. El desayuno y la cena: consistían en un pedazo de pan negro con sal. Me interpelaba a mí mismo largamente acerca de si tendría o no derecho a aumentar la ración del desayuno a costa de la cena. Todos los argumentos de por la mañana me parecían insensatos y criminales al llegar la noche. Por la noche sentía un odio mortal, contra el que se había desayunado por la mañana. No tenía ropa interior para mudarme. Estuve tres meses con lo puesto. No tenía jabón. Los insectos carcelarios me comían vivo. Me propuse por empresa dar mil ciento once pasos en sentido diagonal. No había cumplido todavía los diecinueve años. Jamás viví en un aislamiento tan completo, a pesar de haber conocido veinte cárceles. No tenía ni un solo libro, ni lápiz ni papel. La celda jamás se aireaba. Si quería darme cuenta del aire que se respiraba allí, no tenía más que mirar a la cara que ponía el carcelero cuando entraba a algo. Después de echar un bocadito al pan de la cárcel, poníame a pasear de arriba abajo, en sentido diagonal, y a componer poesías. Transformé en una "Makinuska"[3] proletaria la "Dubinuska" de los narodniki. Compuse también una "Kamarinskaia". Estos versos, bastante mediocres, estaban llamados a conquistar una gran popularidad. Todavía circulan por ahí, reproducidos en las colecciones de cantares. Pero había momentos en que mordía en mí la amarga melancolía de la soledad. En estos instantes, pisaba con una firmeza un poco exagerada sobre las gastadas suelas, al medir los mil ciento once pasos reglamentarios. Al final del tercer mes, cuando ya el pan de la cárcel, el saco de paja y los piojos que me devoraban se habían hecho parte inseparable de mi existencia como el día y la noche, se abrió la puerta-era al atardecer-y el carcelero me puso delante una montaña de objetos procedente de otro mundo, de un mundo fantástico: ropa limpia, una manta, una almohada, pan blanco, azúcar, té, jamón, conservas, manzanas y hasta unas cuantas naranjas grandes y relucientes... Han pasado treinta y un años desde aquello, y todavía es el día en que no acierto a enumerar sin emoción todos estos objetos maravillosos, y aun advierto que he omitido un vaso con fruta en conserva, jabón y un peinecillo.

-Esto, que le manda su madre-me dijo el carcelero. Y aunque yo no sabía leer todavía muy bien en las almas humanas, comprendí enseguida, por su tono de voz, que le habían sobornado.

Poco tiempo después, me llevaron embarcado a la cárcel celular de Odesa, que había sido construida años antes con arreglo a los últimos métodos de la técnica. Para quien como yo venía de Nikolaief y de Kherson, la cárcel celular de Odesa era una institución ideal. Había conversaciones por el sistema percutivo, papelitos que circulaban de celda en celda, "teléfono", o sea, transmisión directa de una ventana en otra. Las comunicaciones circulaban casi sin interrupción. Percutí a mi vecino de celda las poesías de la cárcel de Kherson, y a cambio de aquello recibí, por el mismo conducto, una serie de noticias. Svigovsky me hizo saber, a través de la ventana, que la policía estaba en posesión del famoso paquete, y de este modo pudo deshacer sin esfuerzo alguno los planes del Comandante Dremliuga, que trataba de tenderme una celada. Conviene advertir que por entonces todavía no habíamos adoptado-como hicimos años más tarde-, el sistema de negarnos a declarar.

La cárcel estaba abarrotada de presos, a consecuencia de las detenciones en masa que se habían verificado por todo el país durante la primavera. El 1.º de marzo de 1898, estando yo en la cárcel de Kherson, se reunió en Minsk el congreso fundacional del partido socialdemócrata ruso. Lo formaban, en junto, nueve personas, y no tardó en ser arrastrado por el oleaje de los encarcelamientos. A los pocos meses, ya nadie hablaba de él. Sin embargo, los efectos están hoy patentes en la historia de la humanidad. El manifiesto aprobado en este Congreso trazaba la siguiente perspectiva de la cruzada política: "...Cuanto más se avanza hacia el Oriente de Europa, más cobarde y envilecida políticamente es la burguesía y mayores los problemas políticos y culturales que se alzan ante el proletariado." No deja de ser curioso, históricamente, el hecho de que el autor de este manifiesto fuese ese Pedro Struve, personaje bastante conocido, a quien, corriendo el tiempo, habíamos de ver figurar entre los caudillos del liberalismo y más tarde entre los defensores de la reacción monárquica y clerical.

Durante los primeros meses que pasé en la cárcel de Odesa, no recibí ningún libro de fuera y hube de contentarme con lo que ofrecía la biblioteca de la prisión, que eran casi exclusivamente las colecciones de una serie de revistas históricas y religiosas de tipo conservador. A falta de otra cosa, me entregué a su estudio con un insaciable afán. Pronto me supe de memoria todas las sectas y herejías antiguas y modernas, todas las ventajas de la religión ortodoxa, los argumentos más poderosos contra el catolicismo, el protestantismo, el darwinismo y las teorías de Tolstoy. En la Galería ortodoxa venía un artículo en que se decía que la conciencia cristiana amaba las verdaderas ciencias, incluyendo las ciencias naturales, como aliadas espirituales de la fe, y que ni aun colocándose en el punto de vista de éstas, se podría contradecir un milagro como el de la burra de Balaam, la que discutió con los profetas, ya que "también existen papagayos y hasta canarios que hablan". Este argumento, empleado por el Arzobispo Nicanor, no se me borró de la cabeza durante varios días, y hasta soñaba con él por las noches. Aquellas investigaciones acerca de los malos espíritus y los demonios y su príncipe Satanás y el sombrío reino del mal, toda aquella estupidez que habían ido codificando los siglos, era la admiración y el asombro del joven racionalista. Recuerdo una descripción muy detallada del Paraíso, de su geografía interior y del lugar en que se encontraba, a que el autor ponía fin con la nota melancólica siguiente: "No puede indicarse con seguridad el lugar en que se encuentra el Paraíso." No me cansaba de repetir estas palabras estupendas, lo mismo a medio día que a la hora del té, que en los paseos: los geógrafos ignoran el grado de latitud a que se encuentra la bienaventuranza paradisíaca, ¡magnífico! A todas horas estaba discutiendo con un suboficial de gendarmes llamado Miklin acerca de temas teológicos. Este Miklin era un hombre avaricioso, pérfido, cruel, muy versado en los santos libros y extraordinariamente devoto. Subía y bajaba los chirriantes escalones de hierro cantando siempre en voz baja cosas de iglesia.

-Sólo por decir "Madre de Cristo" en vez de Madre de Dios", le quitaron la cabeza al hereje Arias-me dijo un día Miklin.

-¿Y cómo es que hoy las cabezas de los herejes están sanas y en su sitio?

-Hoy... hoy...-contestó Miklin-, hoy son otros tiempos.

Pedí a mi hermana, que había venido de la aldea a verme, que me trajese cuatro ejemplares de los Evangelios en lenguas extranjeras. Valiéndome de los conocimientos de alemán y francés que tenía de la escuela, fui leyendo éstos y comparándolos, versículo por versículo, con los que estaban en inglés y en italiano. Al cabo de algunos meses, había avanzado bastante, por medio de este procedimiento. Debo decir, sin embargo, que mi talento lingüístico es bastante mediocre. No he llegado a dominar con perfección ningún idioma extranjero, a pesar de haber vivido largas temporadas en varios países de Europa.

Los locutorios a que nos sacaban para recibir las visitas de los familiares eran una especie de jaulas de madera estrechas, separadas del visitante por dos rejas de hierro. Cuando mi padre me visitó por primera vez, creyó que los presos estábamos metidos todo el tiempo en aquellos cajones, y tal fué su terror, que no podía hablar. Acuciado por mis preguntas, movía los pálidos labios sin articular palabra. Jamás se me borrará del recuerdo aquella cara. A mi madre la habían preparado y estaba más serena.

A nuestras celdas llegaba, por fragmentos, un eco lejano de los sucesos del día. La guerra sudafricana apenas nos interesaba. éramos todavía provincianos, en el más estricto sentido de la palabra. Tendíamos a interpretar la lucha de los ingleses contra los boers casi exclusivamente con el criterio de un triunfo inevitable del capitalismo. El proceso de Dreyfus, que alcanzaba por entonces su apogeo, nos apasionaba en lo que tenía de dramático. Un día, llegó a nosotros el rumor de que en Francia había tenido lugar un golpe de Estado restableciendo la monarquía. Esta noticia nos llenó de vergüenza y humillación. Los carceleros iban y venían sin cesar por los férreos corredores y escaleras, tratando de apaciguar aquella tempestad de golpes y gritos. ¿Era una nueva protesta contra el rancho averiado? No, el ala política de la prisión protestaba ruidosamente contra la restauración de la monarquía francesa.

Los artículos sobre la masonería que venían en las revistas teológicas me interesaron bastante. ¿De dónde procedía este extraño movimiento?, me preguntaba. ¿ Cómo lo explicaría el marxismo? Me resistí durante bastante tiempo a aceptar el materialismo histórico, aferrándome a la teoría de la variedad de los factores históricos, que, como es sabido, sigue prevaleciendo aún en las ciencias sociales. Los hombres dan el nombre de "factores" a una serie de aspectos de su actividad social, infundiendo a este concepto un carácter suprasocial y explicando luego supersticiosamente su propia actividad como un producto de la acción mutua de aquellas fuerzas independientes. El eclecticismo oficial no se preocupa de investigar cómo hayan nacido aquellos "factores"; es decir, bajo el imperio de qué condiciones hayan brotado de la sociedad humana primitiva. Conseguimos entrar de contrabando a la cárcel dos célebres folletos del viejo hegeliano marxista italiano Antonio Labriola, traducidos al francés, cuya lectura me entusiasmó. Labriola manejaba como pocos escritores latinos la dialéctica materialista en el campo de la filosofía de la historia, si bien en cuestiones Políticas no podía enseñar nada. Bajo el brillante diletantismo de sus doctrinas, se ocultaban profundas verdades. Labriola despacha de un modo magnífico esa teoría de la complejidad de factores que reinan en el olimpo de la historia y presiden desde allí los destinos del hombre. A pesar de los treinta años transcurridos desde que le leí, todavía recuerdo perfectamente su argumentación y aquél su refrán constante de "las ideas no se caen del cielo". Al lado de este autor, ¡cómo palidecían los teóricos rusos como Lavrof, Mikailovsky, Kareief y otros apologistas de la teoría clásica! Pasados muchos años, todavía no podía explicarme que hubiese marxistas en quienes causase sensación la obra del profesor alemán Stammler Economía y Derecho, ese libro tan estéril que se esfuerza, como tantos y tantos otros, por comprimir en los estrechos círculos de eternas categorías el gran proceso histórico y natural que va desde la ameba hasta el hombre, y más allá del hombre; en realidad, esas categorías no son más que el reflejo de aquel proceso vivo en el cerebro de un pedante.

Como digo, empecé a interesarme por la masonería. Me pasé varios meses leyendo afanosamente todos los libros que los parientes y los amigos pudieron encontrar en la ciudad sobre la historia de los francmasones. ¿Por qué, a título de qué, los comerciantes, los artistas, los banqueros, los abogados y los funcionarios se agrupaban en este movimiento, desde los primeros años del siglo XVII, restableciendo en él los ritos de los tiempos medievales? ¿Para qué toda esta extraña mascarada? Poco a poco, fue aclarándoseme el misterio. Los antiguos gremios no sólo daban la norma para la vida económica, sino también para la moral y las costumbres. Los gremios, principalmente los del ramo de construcción, compuestos por gentes mitad artesanas, mitad artistas, gobernaban en todos sus aspectos la vida de las ciudades. El derrumbamiento del régimen gremial equivalía a la crisis moral de una sociedad que rompía con los moldes de la Edad Media. Pero la nueva moral no se desarrollaba con la misma rapidez con que se sepultaba la antigua. De aquí el esfuerzo-nada raro en la historia de la humanidad-por conservar aquellas formas de disciplina ética cuya base social-que en este caso era el régimen gremial de producción-había sido enterrada hacía muchos años por el proceso histórico. La masonería productiva se tornaba en una masonería "especulativa". Pero, como suele ocurrir en tales casos, en aquellas formas morales supervivientes a que se aferraban los hombres, se había plasmado, bajo el imperio de la vida, un contenido totalmente nuevo. En ciertas ramas de la masonería, como por ejemplo en la rama escocesa, predominaban todavía, visiblemente, los elementos de la reacción feudal. En el siglo XVIII las formas francmasonas adoptan en una serie de países un contenido de lucha por la cultura, de ideas racionalistas políticas y religiosas, por donde este movimiento desarrolla una acción prerrevolucionaria, creando, en su ala izquierda, la campaña de los carbonarios. Entre los francmasones contábase Luis XVI, pero también se contaba el doctor Guillotin, el inventor de la guillotina. En el Sur de Alemania, la masonería abraza abiertamente la revolución; en cambio, en la corte de la emperatriz Catalina de Rusia no hace más que reproducir en forma carnavalesca las jerarquías de la nobleza y la burocracia. La emperatriz masona manda a Siberia al masón Novikof.

Hoy, en la época de los trajes baratos y de confección, a nadie se le ocurre vestirse con las prendas de sus abuelos; en cambio, en el terreno del espíritu abundan todavía los vestidos y las modas del pasado. El menaje de las ideas se transmite de generación en generación, aunque las almohadas y las mantas de las abuelas se abandonen por apolilladas e inservibles. Y hasta aquellos que se ven obligados por cualquier causa a cambiar de opiniones, procuran, siempre que pueden, ataviarlas en las formas tradicionales. La técnica de nuestra producción había dejado muy atrás, con sus cambios, a la técnica mental, que suele preferir los remiendos y retoques a los edificios de nueva planta. Así se explica que esos parlamentarios franceses de la pequeña burguesía, empeñados en oponer a la fuerza disolvente de la sociedad moderna una red de relaciones morales entre los hombres, no se les ocurra nada mejor que ceñirse un mandil blanco y armarse de un compás de una plomada. Pero no porque intenten erigir un edificio nuevo, sino porque les parece que es el mejor camino para entrar en ese viejo edificio que se llama el Parlamento o el Gabinete ministerial.

Como en la cárcel para conseguir un cuaderno nuevo había que devolver el otro lleno, pedí para mis lecturas sobre la masonería un cuaderno de mil páginas numeradas en que, con letra diminuta, iba extractando los libros que leía y registrando mis ideas propias acerca de los francmasones y del materialismo histórico. Este trabajo me llevó, en total, un año. Una vez terminado un capítulo, lo redactaba, lo copiaba en un cuadernillo de contrabando y se lo mandaba a los camaradas que ocupaban las otras celdas, para que lo leyesen. Para esto, nos valíamos de un sistema bastante complicado, que llamábamos el "teléfono". Si el destinatario moraba en una celda no lejos de la mía, ataba el extremo de una cuerda un objeto pesado y hacía oscilar el aparato alargando la mano por entre los hierros de la ventana todo lo que podía. Advertido por un golpecito, yo sacaba por mi ventana la escoba, y cuando el peso que pendía al extremo de la cuerda se había arrollado al mando, tiraba de la escoba y ataba a la cuerda el cuadernillo. En los casos en que el destinatario quedaba lejos, repetíase la misma historia en varias etapas, lo cual dificultaba, naturalmente, el transporte.

Cuando me sacaron de la cárcel de Odesa, aquel voluminoso cuaderno de apuntes, autorizado por la firma del viejo Ussof, suboficial de gendarmes, se había convertido en un verdadero centón de ciencias históricas y de ideas filosóficas. Ignoro si hoy se podría dar a la imprenta con su redacción primitiva. A mi cabeza acudían a un tiempo demasiadas cosas, traídas de los más diversos campos, épocas y países, y temo que en aquel primer trabajo haya querido yo decir mucho de una sola vez. Sin embargo, creo que las ideas fundamentales y las argumentaciones eran exactas. Por entonces, ya tenía yo la sensación de pisar en terreno firme, y esta sensación iba confirmándose en el transcurso del trabajo. Daría algo de bueno por encontrar el voluminoso cuaderno. Me acompañó al destierro, donde dejé las investigaciones sobre la masonería para consagrarme al estudio del sistema económico en Marx. Estando refugiado en el extranjero después de mi huída, Alejandra Lvovna me lo remitió por conducto de mis padres, que me visitaron en París el año de 1903. El cuaderno se quedó en Ginebra con mi modesto archivo de emigrado, al trasladarme clandestinamente a Rusia, y pasó a formar parte del archivo de la "Iskra", donde prematuramente pereció. Después de mi segunda huida de Siberia, estando nuevamente en el extranjero, intenté descubrir el paradero de aquellos apuntes. Lo más probable es que la señora suiza a quien dieron en depósito los papeles emplease mi cuaderno como combustible o le diese otro destino. No puedo menos de reprochar aquí la conducta de aquella honorable patrona.

El haberme visto obligado a hacer aquellos estudios sobre la masonería en la cárcel y sin disponer, por tanto, más que de unos cuantos libros, me fue muy provechoso. Hasta entonces, no había tenido ocasión de consultar las obras fundamentales del marxismo. Los trabajos de Labriola eran escritos filosóficos de carácter polémico. Exigían conocimientos que yo no tenía, y me veía obligado a suplirlos por medio de conjeturas. De las investigaciones de Labriola salí con una multitud de hipótesis en la cabeza. Los estudios sobre la masonería diéronme ocasión para contrastar y revisar mis ideas. No había descubierto nada nuevo. Todas las argumentaciones metodológicas a que llegué, hacía largo tiempo que estaban descubiertas y aplicadas. Pero el caso era que yo había llegado a encontrarlas por mi cuenta-hasta cierto punto-y tanteando en la sombra. Me figuro que esto tuvo cierta importancia para el desarrollo posterior de mi espíritu. Más tarde, encontré en Marx, en Engels, en Plejanof, en Mehring, confirmación de lo que en la cárcel creyera ideas mías propias y a las que entonces no había podido contrastar ni dar fundamentación. La forma primera en que asimilé el materialismo histórico no fue dogmática. En un principio, la dialéctica no se me reveló en fórmulas abstractas, sino que resorte vivo latente en el proceso histórico, donde lo descubría a poco que me esforzase por estudiarlo.

Entre tanto, Rusia empezaba a incorporarse. Aquí sí que la dialéctica histórica laboraba seriamente, de un modo práctico y en gran escala. El movimiento estudiantil descargaba su tensión en constantes manifestaciones. El látigo de los cosacos amorataba las espaldas de los estudiantes. Los liberales se indignaban de que se ofendiera así a sus hijos. La socialdemocracia se fortalecía, al fundirse cada vez más íntimamente con el movimiento obrero. La revolución dejó de ser ocupación reservada a los círculos intelectuales. Crecía el número de obreros encarcelados. En las cárceles, a pesar de estar abarrotadas, se respiraba mejor. A fines del segundo año de encarcelamiento nos fue comunicada la sentencia recaída en nuestro proceso: los cuatro principales acusados éramos condenados a cuatro años de destierro en Siberia. Pero hubimos de pasar otro medio año en la cárcel de depósito de Moscú. Fue un período de trabajo teórico intensivo. Estando en esta cárcel, me hablaron por vez primera de Lenin, y me puse a estudiar su libro sobre la evolución del capitalismo ruso, que acababa de aparecer. Además, escribí un folleto sobre el movimiento obrero de Nikolaief, que logramos hacer llegar a manos de nuestros amigos y fue publicado poco tiempo después en Ginebra. De la cárcel de depósito de Moscú salimos, para ser transportados a Siberia, en el verano. Después de hacer alto en viarias cárceles del camino, llegamos al lugar de nuestro destierro en otoño del año 1900.



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