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Capítulo XIII (Tomo II)

Capítulo XIII: Los bolcheviques y los soviets

Cuando se examinan de cerca los medios e instrumentos de la agitación bolchevista, no sólo aparecen completamente desproporcionados a la influencia política del bolchevismo, sino que asombran por su escasa importancia. Antes de las jornadas de julio, el partido tenía cuarenta y un órganos en la prensa, contando los semanarios y las revistas mensuales, con una tirada total de 320.000 ejemplares; después de la represión de julio, la tirada disminuyó en dos veces. A finales de agosto, el órgano central alcanzaba una tirada de 50.000 ejemplares. En los días en que el partido se apoderaba de los soviets de Petrogrado y de Moscú, había en la caja del Comité central unos treinta mil rublos en papel.

La afluencia de intelectuales al partido era muy escasa. El amplio sector de los llamados "viejos bolcheviques", formado por los estudiantes que se habían adherido a la revolución de 1905, se había convertido en una masa de ingenieros, médicos y funcionarios bien aposentados que mostraban sin cumplidos al partido los contornos hostiles de su espalda. En el mismo Petrogrado se notaba a cada momento la falta de periodistas, oradores, agitadores. La provincia carecía absolutamente de todo. No había dirigentes, militantes con preparación política que pudieran explicar al pueblo lo que querían los bolcheviques. Este es el grito que parte de centenares de puntos recónditos y, sobre todo, del frente. En el campo apenas hay grupos bolchevistas. Las relaciones postales están completamente desorganizadas. Abandonadas a sí mismas, las organizaciones locales acusan a menudo al Comité central, y no sin fundamento, de no preocuparse de dirigir más que Petrogrado.

¿Cómo se explica que con un aparato tan débil y una insignificante tirada de prensa pudieran penetrar en el pueblo las ideas y las consignas del bolchevismo? La solución de este enigma es muy sencilla: que las consignas que responden a las necesidades agudas de una clase y de una época se crean por sí solas miles de canales. La ardiente atmósfera de la revolución es un agente conductor de ideas extraordinariamente elevado. Los periódicos bolchevistas se leían en voz alta, pasaban de mano en mano; los artículos principales se aprendían de memoria, se transmitían de boca en boca, se copiaban y, allí donde era posible, se reimprimían. "La imprenta del Estado Mayor -cuenta Pireiko- prestó grandes servicios a la causa de la revolución; ¡cuántos artículos de la Pravda y cuántos folletos, perfectamente comprensibles para los soldados, fueron reproducidos en nuestra imprenta! Y todo ello se expedía rápidamente al frente con ayuda del correo, de motociclistas y ciclistas..." A todo esto, la prensa burguesa, de la que se enviaban al frente millones de ejemplares, no encontraba lectores. Enormes paquetes de periódicos quedaban sin deshacer. El boicot de la prensa "patriótica" tomaba, a menudo, formas demostrativas. Los representantes de la 18 División de Siberia acordaron invitar a los partidos burgueses a que dejaran de mandar sus publicaciones, puesto que "se destinan estérilmente a encender la lumbre para el té". La prensa bolchevista tenía una aplicación completamente distinta, como consecuencia de lo cual el coeficiente de su eficiencia o, si se quiere, de su nocividad, era incomparablemente superior.

Suele explicarse la rapidez de los éxitos del bolchevismo, por la "sencillez" de sus consignas, que respondían a los deseos de las masas. Hay en esto una parte de verdad. El valor de la política de los bolcheviques se hallaba determinado por el hecho de que, contrariamente a lo que sucedía con los partidos "democráticos" aquéllos prescindían en absoluto de esas afirmaciones incompletas o equívocas que, en fin de cuentas, se reducen a la defensa de la propiedad privada. Esta diferencia, sin embargo, no lo explica todo. Si a la derecha de los bolcheviques se hallaba la "democracia", a la izquierda intentaban eliminarles, ora los anarquistas, ora los maximalistas, ora los socialrevolucionarios de izquierda. A pesar de todo, la impotencia de esos grupos era manifiesta. El rasgo distintivo del bolchevismo consistía en que subordinaba la finalidad subjetiva -la defensa de los intereses de las masas populares- a las leyes de la revolución, como un proceso objetivamente condicionado. El descubrimiento científico de esas leyes, ante todo de las que rigen el movimiento de las masas populares, constituía la base de la estrategia bolchevista. En su lucha, los trabajadores se hallan guiados no sólo por sus necesidades, sino también por la experiencia práctica. Para el bolchevismo era absolutamente ajeno el desdén aristocrático hacia la experiencia de las masas. Muy al contrario, los bolcheviques partían de esa experiencia y en ella basaban su política, lo cual constituía una de sus grandes ventajas.

Las revoluciones son siempre muy locuaces y tampoco escaparon a esta ley los bolcheviques. Pero al paso que la agitación de los mencheviques y socialrevolucionarios tenía un carácter disperso, contradictorio y casi siempre evasivo, la de los bolcheviques se distinguía por su carácter reflexivo y concentrado. Los conciliadores se sacudían las dificultades hablando a diestro y siniestro; los bolcheviques salían a su encuentro. El análisis constante de la situación, la comprobación de las consignas en los hechos, la actitud seria frente al adversario, aunque éste fuera poco serio, daban a la agitación bolchevista una eficacia extraordinaria y una gran fuerza de persuasión.

La prensa del partido no exageraba los éxitos, no deformaba la correlación de fuerzas, no intentaba imponerse a gritos. La escuela de Lenin era una escuela de realismo revolucionario. Los datos de la prensa bolchevista del año 1917 se revelan, a la luz de los documentos de la época y de la crítica histórica, como incomparablemente más verídicos que los de los demás periódicos. La veracidad se desprendía de la fuerza revolucionaria de los bolcheviques, pero, al mismo tiempo, consolidaba esa fuerza. La renuncia a esta tradición ha constituido posteriormente uno de los peores rasgos que han caracterizado a los epígonos.

"No somos unos charlatanes -decía Lenin, inmediatamente después de su llegada-. Hemos de basarnos únicamente en la conciencia de las masas. No importa que nos veamos obligados a quedarnos en minoría... El quedarse en minoría no debe causar ningún temor... Ejercemos la crítica para librar a las masas del engaño... Estas acabarán por convencerse de que nuestra orientación es acertada. Todos los oprimidos se acercarán a nosotros... No tienen otra salida." La política bolchevista, comprendida en su integridad, se aparece ante nosotros como la antítesis directa de la demagogia y del aventurismo.

Lenin vive en la clandestinidad. Sigue la prensa con atención concentrada; lee, como siempre, entre líneas, y en las pocas conversaciones personales que sostiene percibe el eco de los pensamientos incompletos y de los propósitos parcialmente enunciados. En las masas se observa el reflujo. Mártov, que defiende a los bolcheviques contra la calumnia, ironiza al mismo tiempo, con aflicción, respecto al partido, que "ha propuesto causarse por su propia mano la derrota y lo ha conseguido". Lenin adivina -no tardan en llegar hasta él rumores concretos sobre el particular- que algunos bolcheviques no son ajenos a las notas de arrepentimiento y que el impresionable Lunacharski no está solo. Lenin habla del lloriqueo de los pequeños burgueses y de los "renegados bolcheviques que prestan atención a ese lloriqueo." En las barriadas obreras y en provincias, los bolcheviques aprueban estas severas palabras y se convencen más firmemente todavía de que "el viejo" no se desconcierta, no se desanima ni se deja llevar por estados de ánimo accidentales.

Un miembro del Comité central de los bolcheviques -¿sería Sverdlov?- escribe a provincias: "Nos hemos quedado sin periódico temporalmente... La organización no ha sido destruida... El Congreso no se aplazará." Lenin sigue atentamente, en la medida en que se lo permite su obligado aislamiento, la preparación del Congreso del partido, y señala sus decisiones fundamentales: se trata del plan de una nueva ofensiva. El Congreso es calificado previamente de "Congreso de unificación", puesto que en él debe consagrarse la inclusión en el partido de algunos grupos revolucionarios autónomos, ante todo, de la organización petrogradesa de los meirayontsi, a la cual pertenecen Trotsky, Yofe, Uritski, Riazanov, Lunacharski, Pokrovski, Manuilski, Karajan, Yurénev y algunos otros revolucionarios conocidos por su pasado o que pronto habían de adquirir notoriedad.

El 2 de julio, precisamente el día antes de la manifestación, tuvo lugar la Conferencia de los meirayontsi, en la que estaban representados cerca de cuatro mil obreros. "La mayoría -dice Sujánov, que se hallaba entre el público- eran obreros y soldados, para mí desconocidos... Se trabajaba febrilmente y los progresos de ese trabajo podía notarios todo el mundo. Sólo estorbaba una cosa: ¿En qué os distinguís de los bolcheviques y por qué no estáis con ellos?" Para acelerar la unificación, que algunos dirigentes de la organización no tenían gran prisa en efectuar, Trotsky publicó en la Pravda una declaración concebida en estos términos: "A mi ver, no existen, en la actualidad, divergencias ni de principios ni de táctica entre los meirayonsti y la organización bolchevista. No hay, por consiguiente, ningún motivo que pueda justificar la existencia separada de dichas organizaciones."

El 26 de julio se abrió el Congreso de unificación, que en el fondo no era más que el VI Congreso del Partido bolchevique, que transcurrió semilegalmente, refugiándose alternativamente en dos barrios obreros. 175 delegados, entre ellos 157 con voz y voto, representaban a 112 organizaciones con 176.750 miembros. En Petrogrado había 41.000 miembros: 36.000 en la organización bolchevista, 4.000 en la de los meirayontsi, cerca de 1.000 en la organización militar. En la región industrial central, que tenía por capital a Moscú, el partido contaba con 42.000 miembros; en los Urales, con 25.000; en la cuenca del Don, con cerca de 15.000. En el Cáucaso existían organizaciones bolchevistas de importancia, en Baku, Grozni y Tiflis: las dos primeras eran casi puramente obreras; en la de Tiflis predominaban los soldados.

Por su composición personal, el Congreso llevaba el sello del pasado prerrevolucionario del partido. De los 171 delegados que llenaron las encuestas, 110 habían pasado en la cárcel doscientos cuarenta y cinco años; 10 habían sufrido cuarenta y un años de trabajos forzados; 24 habían sufrido setenta y tres años de deportación. En total, habían estado en el destierro 55 delegados, cuyas condenas sumaban 127 años, 27 habían estado en la emigración ochenta y nueve años; 150 habían sido detenidos 549 veces.

"En aquel Congreso -ha recordado posteriormente Piatnitski, uno de los actuales secretarios de la Internacional Comunista- no participaron ni Lenin, ni Trotsky, ni Zinóviev, ni Kámenev... A pesar de que la cuestión del programa fue retirada del orden del día, el Congreso transcurrió sin los jefes del partido en un ambiente de trabajo práctico..." La base de la labor del Congreso eran las tesis de Lenin. Los ponentes fueron Bujarin y Stalin. La ponencia de Stalin da idea, con bastante exactitud, de la distancia recorrida por el propio ponente, junto con todos los cuadros del partido, durante los cuatro meses transcurridos desde la llegada de Lenin. Teóricamente vacilante, pero políticamente decidido, Stalin intenta enumerar los rasgos que determinan "el carácter profundo de la revolución socialista, de la revolución obrera". La unanimidad del Congreso, si se compara a éste con la Conferencia de abril, salta inmediatamente a la vista.

Con respecto a las elecciones para el Comité central, el acta del Congreso dice: "Se da cuenta de los nombres de los cuatro miembros del Comité central, que han obtenido el mayor número de votos: Lenin, 133 de los 134; Zinóviev, 132; Kámenev, 131; Trotsky, 131; además de ellos, son elegidos para el Comité central: Noguín, Kolontay, Stalin, Sverdlov, Ríkov, Bujarin, Artium, Jofe, Aritzki, Miliutin, Lómov." Importa tomar nota de la composición de este Comité central: bajo la dirección del mismo habrá de llevarse a cabo la revolución de Octubre.

Mártov saludó al Congreso con una carta, en la que expresó nuevamente su "profunda indignación contra la campaña de calumnias", pero en las cuestiones fundamentales "se detuvo en el umbral de la acción". "No puede admitirse -escribía- que la conquista del poder por la mayoría de la democracia revolucionaria sea sustituida por la conquista del poder en lucha con esta mayoría y contra ella..." Mártov seguía entendiendo por mayoría de la democracia revolucionaria la representación soviética oficial, que iba perdiendo terreno a pasos agigantados. "Mártov se halla atado a los socialpatriotas, no por la simple tradición de fracción -decía Trotsky en aquellos días-, sino por una actitud profundamente oportunista ante la revolución social como fin lejano que no puede determinar el planteamiento de objetivos actuales. Y eso le separa de nosotros."

Sólo una pequeña parte de los mencheviques de izquierda, con Latín al frente, se acercó con resolución definitiva, en ese período, a los bolcheviques. Yurénev, futuro diplomático soviético, que actuó como ponente sobre la unificación de los internacionalistas, llegó a la conclusión de que habría que unirse con "la minoría de la minoría de los mencheviques"... La afluencia en gran escala de ex mencheviques al partido no empezó hasta después de la revolución de Octubre; al adherirse, no a la insurrección proletaria, sino al poder resultante de la misma, los mencheviques ponían de manifiesto la cualidad fundamental del oportunismo: inclinarse ante la fuerza del día. Lenin, que era muy sensible a cuanto se refería a la composición del partido, no tardó en exigir que se expulsara del mismo al 99 por 100 de los mencheviques que habían ingresado después de la revolución de Octubre. Lenin estuvo muy lejos de conseguirlo. Posteriormente, las puertas del partido se han abierto de par en par a los mencheviques y socialrevolucionarios, y los ex conciliadores se han convertido en una de las columnas del régimen estalinista del partido. Pero todo esto se refiere ya a un período ulterior.

Sverdlov, organizador práctico del Congreso, informó: "Trotsky había entrado ya antes del Congreso en la redacción de nuestro órgano, pero su detención impidió que colaborase de una manera efectiva." Hasta el Congreso de julio, Trotsky no entró formalmente en el partido bolchevique. Estaba haciéndose el balance final de los arios de divergencias y de lucha fraccional. Trotsky se fue con Lenin como hacia el maestro, cuya fuerza e importancia comprendió más tarde que otros muchos, pero quizá de un modo más completo. Raskolnikov, que estuvo en contacto íntimo con Trotsky después de la llegada de este último del Canadá y que pasó después unas semanas en la cárcel junto con él, decía en sus Memorias: "Trotsky trataba con inmenso respeto a Vladimir Ilich [Lenin]. Lo ponía por encima de todos los contemporáneos que había tratado en Rusia y en el extranjero. En el tono con que Trotsky hablaba de Lenin, se echaba de ver la adhesión del discípulo; en aquel entonces, Lenin llevaba treinta años al servicio del proletariado y Trotsky, veinte. El eco de las divergencias del período anterior a la guerra había desaparecido por completo. Entre la línea táctica de Lenin y la de Trotsky, no existían diferencias. Esta aproximación, iniciada ya durante la guerra, se evidenció de modo completamente concreto a partir del momento del regreso de Lev Davidovich [Trotsky] a Rusia; después de sus primeras manifestaciones públicas, todos los viejos leninistas tuvimos la sensación de que era nuestro." Lenin, lanzando una ojeada al pasado del partido, escribía en 1919: "El bolchevismo ha tenido no pocas divergencias, ha pasado asimismo por pequeñas escisiones a causa de esas divergencias, pero en el momento decisivo, en el momento de la conquista del poder.... el bolchevismo ha aparecido como un todo único, atrayéndose a todas las mejores tendencias del pensamiento socialista que le eran afines." Estas palabras de Lenin se refieren, ante todo, a la tendencia expresada por Trotsky, pues ni en Rusia ni en toda la Internacional había otra tendencia que fuera más afín al bolchevismo. Todos los extractos debidamente seleccionados y que reflejan los choques polémicas y las exageraciones inevitables de la lucha fraccional en el transcurso de una serie de años, pierden su significación ante el testimonio de hechos de una magnitud histórica tal como la revolución de 1905, la guerra mundial, la revolución de 1917 y la fundación de la Internacional Comunista.

Dzerchinski, que también se adhirió al bolchevismo en 1917, había pertenecido antaño a la tendencia de Rosa Luxemburgo, que estaba separada de los bolcheviques por divergencias mucho más profundas que Trotsky y que, precisamente, por eso se halló en 1917-1918 frente a Lenin y a Trotsky. En todo caso, aunque no sea más que el número de votos obtenido por Trotsky en su elección al Comité central, muestra que nadie le consideraba como un extraño entre los bolcheviques, en el momento de su ingreso en el partido.

La presencia invisible de Lenin en el Congreso dio a la labor de éste el necesario espíritu de responsabilidad y de audacia. El creador y educador del partido no toleraba la imprecisión, tanto en la teoría como en la política. Sabía que una fórmula económica errónea o una observación política poco atenta se vengaban cruelmente a la hora de la acción. Al defender su criterio atento y escrupuloso en el enjuiciamiento de los textos del partido, aunque fueran secundarios, solía decir Lenin con frecuencia: "Esto no son menudencias; hay que obrar con precisión; es un hábito que deberá adquirir nuestro agitador; con eso no se descarriará..." "Tenemos un buen partido", añadía refiriéndose precisamente a la forma seria y exigente en que el agitador consideraba lo que tenía que decir y cómo debía decirlo.

La audacia de las consignas bolchevistas daba, con frecuencia, una impresión de cosa fantástica: esa misma impresión fue la que produjeron las tesis de Lenin de abril. En realidad, en la época revolucionaria lo más fantástico es la política de corto alcance; e inversamente, el realismo es inconcebible fuera de la política de largo alcance. No basta con decir que la fantasía era ajena al bolchevismo; el partido de Lenin era el único partido que estaba dotado de realismo político en la revolución.

En junio y a primeros de julio dijeron más de una vez los obreros bolcheviques que tenían que desempeñar para con las masas el papel de bomberos, y no siempre con buen éxito. Julio trajo aparejada consigo, aparte de la derrota, una experiencia que se pagó cara. Las masas se mostraron mucho más atentas a las advertencias del partido. El Congreso de julio confirmó: "El proletariado no debe dejarse arrastrar por la provocación de la burguesía, la cual siente grandes deseos de empujar actualmente a las masas a un combate prematuro. En todo el mes de agosto y, en especial, durante la segunda quincena del mismo, el partido hace constantes advertencias a los obreros y soldados, en el sentido de que no se lancen a la calle. Los caudillos bolchevistas chanceaban a menudo, a propósito de la analogía de sus advertencias, con el leitmotiv político de la vieja socialdemocracia alemana, que contenía a las masas, apartándolas de toda lucha seria, basándose invariablemente en el peligro de la provocación y en la necesidad de acumular fuerzas. En realidad, la analogía era sólo aparente. Los bolcheviques se daban perfecta cuenta de que las fuerzas se acumulaban en la lucha y no evitando ésta pasivamente. El estudio de la realidad era para Lenin no más que una incursión teórica en interés de la acción. Al apreciar la situación, veía siempre en el centro de la misma al Partido como fuerza activa. Sentía una hostilidad particular o, para decirlo más fielmente, repugnancia, hacia el austromarxismo (Otto Bauer, Hilferding y otros), para el que el análisis teórico no es más que un comentario lleno de suficiencia de la pasividad. La prudencia es un freno, no un motor. Nadie ha dado cima todavía a ningún viaje valiéndose de un freno, ni más ni menos que nadie ha hecho jamás cosa grande con la prudencia. Pero los bolcheviques sabían muy bien, al mismo tiempo, que la lucha exigía un exacto conocimiento, una ponderada consideración de las fuerzas; para tener derecho a ser osados, había que empezar por ser prudentes.

La resolución del VI Congreso, que ponía en guardia contra toda acción prematura, indicaba al mismo tiempo que había que aceptar la lucha "cuando la crisis general del país y el profundo impulso ascensional de las masas crean condiciones favorables para que los elementos pobres de la ciudad y del campo se pongan al lado de los obreros". En una época revolucionaria como aquélla, la espera de esa coyuntura no representaba décadas o años, sino unos pocos meses simplemente.

Después de incluir en el orden del día la explicación dirigida a las masas de la necesidad de prepararse para la insurrección, el Congreso decidió, al mismo tiempo, retirar la consigna central del período precedente: la transmisión del poder a los soviets. Lo uno iba aparejado a lo otro. Lenin había preparado ya el cambio de consignas por medio de artículos, cartas y conversaciones.

La transmisión del poder a los soviets significaba la transmisión directa de dicho poder a los conciliadores, cosa que podía llevarse a cabo pacíficamente, mediante el puro y simple licenciamiento del gobierno burgués, que se sostenía gracias a la buena voluntad de los conciliadores y a los restos de confianza que en ellos tenían las masas. La dictadura de los obreros y soldados era un hecho, a partir del 27 de febrero. Pero los obreros y soldados no se daban cuenta de ello. Habían confiado el poder a los conciliadores, los cuales, a su vez, lo habían transmitido a la burguesía. El cálculo de los bolcheviques respecto a la posibilidad de un desarrollo pacífico de la revolución se basaba no en que la burguesía habría de ceder voluntariamente el poder a los obreros y soldados, sino en que éstos impedirían a tiempo que los conciliadores cedieran el poder a la burguesía.

La concentración del poder en los soviets, bajo el régimen de la democracia soviética, hubiera dado a los bolcheviques completa posibilidad de conquistar la mayoría en esos soviets y, por consiguiente, de formar un gobierno sobre la base de su programa. No hacía falta para ello el levantamiento armado. El cambio de partidos en el poder se hubiera efectuado de un modo pacífico. Todos los esfuerzos del partido, entre abril y julio, estaban orientados en el sentido de asegurar el desarrollo pacífico de la revolución a través de los soviets. "Explicar pacientemente", era la clave de la política bolchevista.

Las jornadas de julio modificaron radicalmente la situación. El poder pasó de los soviets a manos de los cotarros militares, que estaban en contacto con los kadetes y las embajadas, y que no hacían más que tolerar temporalmente a Kerenski como firma o cobertura democrática. De habérsele ocurrido ahora al Comité ejecutivo adoptar un acuerdo en el sentido de que el poder pasara a sus manos, el resultado hubiera sido completamente distinto del que se habría obtenido tres días antes: seguramente hubiese entrado en el palacio de Táurida un regimiento cosaco y, en unión de las academias militares, habría intentado, sencillamente, detener a los "usurpadores". La consigna "el poder a los soviets" suponía, para lo sucesivo, el levantamiento armado contra el gobierno y las pandillas militares que éste tenía detrás. Pero hubiera sido a todas luces absurdo provocar la insurrección con el lema: "El poder a los soviets", cuando esos soviets empezaban por no querer ese poder.

Por otra parte, parecía dudoso -algunos lo tenían incluso por poco probable- que los bolcheviques pudieran conquistar, por medio de unas elecciones pacíficas, mayoría en esos soviets faltos de todo poder: los mencheviques y socialrevolucionarios, que se habían comprometido por las represalias emprendidas en julio contra los obreros y campesinos, continuarían apelando, naturalmente, a la violencia contra los bolcheviques. Los soviets, que seguían en manos de los conciliadores, se convertirían en una oposición impotente bajo un régimen contrarrevolucionario, para dejar bien pronto de existir por completo.

En estas condiciones, no cabía pensar siquiera en la posibilidad de que el poder pasara pacíficamente a manos del proletariado. Esto significaba para el Partido bolchevique: hay que prepararse para el levantamiento armado. ¿Con qué consigna? Con la franca consigna de la conquista del poder por el proletariado y los campesinos pobres. Había que presentar el objetivo revolucionario en su forma más cruda. Era preciso poner de manifiesto la sustancia misma de clase, liberándola de la forma de los soviets, que pecaba de equívoca. Una vez dueño del poder, el proletariado debería organizar el Estado conforme al tipo soviético. Pero los que de esa organización surgiesen serían ya otros soviets, que habrían de llevar a cabo una misión histórica diametralmente opuesta a las funciones de custodia que realizaban los soviets conciliadores.

"La consigna de la entrega del poder a los soviets -escribía Lenin cuando se inició la campaña calumniosa- sonaría ahora a quijotada o a burla. Lanzar esa consigna equivaldría objetivamente a engañar al pueblo, a inspirarle la ilusión de que ahora habría bastante con desear la toma del poder o con adoptar una resolución en ese sentido -como si no figurasen todavía en el Soviet partidos mancillados por la cooperación que prestaron a los verdugos-, como si se pudiera borrar el pasado de un plumazo."

¿Renunciar a la demanda de la entrega del poder a los soviets? En el primer momento, esta idea llenó de asombro al partido; mejor dicho, a sus agitadores, que en el transcurso de los tres últimos meses se habían asimilado hasta tal punto esa consigna popular, que identificaban casi con ella el contenido íntegro de la revolución. En los círculos del partido se iniciaron las discusiones. Muchos militantes destacados, tales como Manuilski, Yurénev y otros, demostraron que el hecho de retirar la consigna "el poder a los soviets", engendraba el peligro de que el proletariado se aislara de los campesinos. Esta objeción ponía en lugar de las clases las instituciones. Por extraño que a primera vista pueda parecer, el fetichismo de la forma de organización constituye una enfermedad muy frecuente en los medios revolucionarios. "Puesto que seguimos en los soviets -escribía Trotsky- hemos de procurar que éstos, que reflejan el día de ayer de la revolución, consigan elevarse hasta la altura de los objetivos del día de mañana. Pero, por importante que sea la cuestión del papel y de la suerte de los soviets, está enteramente subordinada para nosotros a la de la lucha del proletariado y de las masas semiproletarias de la ciudad, del ejército y del campo por el poder político, por la dictadura revolucionaria."

La cuestión de saber qué organización de masas debía servir al partido para dirigir conforme a ella la insurrección no permitía una resolución a priori ni, con mayor motivo, categórica. Podían convertirse en órganos de insurrección los comités de fábrica y los sindicatos, que se hallaban ya bajo la dirección de los bolcheviques, y asimismo, en algunos casos, los soviets, en la medida en que alcanzasen a sacudir el yugo de los conciliadores. Lenin, por ejemplo, decía a Ordjonikidze: "Hemos de trasladar el centro de gravedad a los comités de fábrica. Es tos deben convertirse en los órganos de la insurrección."

Después que las masas hubieron chocado en julio con los soviets, como adversarios pasivos primeramente, y luego como enemigos activos, la modificación de la consigna halló terreno abonado en la conciencia de esas masas. Esta era precisamente la preocupación constante de Lenin: expresar con la máxima sencillez lo que por una parte se desprende de las condiciones objetivas, y por otra, resume la experiencia subjetiva de las masas. No se trata ahora de ofrecer el poder a los soviets de Tsereteli, sino de que debemos apoderarnos con nuestras propias manos y para ese poder. Tal era el sentir de los obreros y soldados avanzados.

La manifestación huelguística de Moscú contra la Conferencia nacional no sólo se desarrolló contra la voluntad del Soviet, sino que tampoco propugnó la demanda del poder para los soviets. Las masas se habían asimilado ya la lección que los acontecimientos ofrecían y que Lenin había interpretado. Al mismo tiempo, los bolcheviques de Moscú no vacilaron ni un momento en ocupar posiciones de combate tan pronto como surgió el peligro de que la contrarrevolución intentara aplastar a los soviets conciliadores. La política bolchevista combinaba en todo punto la intransigencia revolucionaria con la suprema elasticidad, y eso era precisamente lo que constituía su fuerza.

Los acontecimientos desarrollados en el teatro de la guerra sometieron bien pronto a una prueba crucial la política del partido, desde el punto de vista de su internacionalismo. Después de la caída de Riga, la cuestión de la suerte de Petrogrado interesó vivamente a los obreros y soldados. En la Asamblea de los comités de fábrica, celebrada en Smolni, el menchevique Mazurenko, que recientemente había dirigido como oficial el desarme de los obreros de Petrogrado, presentó un informe sobre los peligros que amenazaban a Petrogrado, y planteó una serie de problemas prácticos referentes a la defensa. "¿De qué podéis hablar con nosotros? -exclamó uno de los oradores bolcheviques-. Nuestros jefes están en la cárcel, y nos convocáis a nosotros para examinar cuestiones relacionadas con la defensa del capital." Ni como obreros industriales ni como ciudadanos de la república burguesa estaban dispuestos en lo más mínimo los proletarios de la barriada de Viborg a sabotear la defensa de la capital revolucionaria. Pero como bolcheviques, como miembros del partido, no querían ni por un momento compartir con los dirigentes la responsabilidad de la guerra ante el pueblo ruso y ante los pueblos de los demás países. Lenin, temiendo que el estado de opinión favorable a la defensa se convirtiera en una política defensiva, escribía: "Seremos defensistas solamente después que el poder haya pasado a manos del proletariado... Ni la toma de Riga ni la toma de Petrogrado nos harán defensistas. Entre tanto, estamos por la revolución proletaria contra la guerra; no somos defensistas." "La caída de Riga -escribía Trotsky desde la cárcel- ha sido un rudo golpe. La caída de Petersburgo sería una desgracia. Pero el hundimiento de la política internacional del proletariado ruso sería funestísimo." ¿Doctrinarismo de fanáticos? Pero en esos mismos días, mientras los tiradores y los marinos bolcheviques caían delante de Riga, el gobierno provisional retiraba tropas para mandarlas contra los bolcheviques, y el generalísimo en jefe se preparaba para la lucha contra el gobierno. Los bolcheviques no se atrevían a tomar sobre sí ni una sombra de responsabilidad, ni podían tomarla, en esta política, tanto en el frente como en el interior, ni con la defensa ni con la ofensiva. No hubieran sido bolcheviques, de haber obrado de otro modo.

Kerenski y Kornílov representaban dos variantes de un mismo peligro; pero esas variantes, la una mediata, inminente la otra, se vieron contrapuestas hostilmente a finales de agosto. Había que dominar, ante todo, el peligro agudo, inminente, para liquidar después el mediato. Los bolcheviques no sólo entraron a formar parte del Comité de defensa -aunque la situación que ocuparan en el mismo fuese la de una pequeña minoría-, sino que declararon que en la lucha contra Kornílov estaban dispuestos a concertar una alianza "militar y técnica" incluso con el Directorio. Sujánov escribe a este respecto: "Los bolcheviques manifestaron un tacto y un acierto político extraordinarios... Verdad es que al pactar un compromiso impropio de ellos perseguían fines particulares no previstos por sus aliados. Pero precisamente por eso era mayor todavía su acierto en este asunto." Nada había en esa política que fuera "impropio" del bolchevismo; por el contrario, no podía responder mejor, en su conjunto, al carácter mismo del partido. Los bolcheviques eran revolucionarios de hechos y no de gestos, de fondo y no de forma. Su política se hallaba determinada por el agrupamiento real de las fuerzas, y no por simpatías y antipatías. Lenin, que era objeto de una campaña encarnizada por parte de los socialrevolucionarios y mencheviques, escribía: "Sería un error profundísimo pensar que el proletariado revolucionario, para vengarse, por decirlo así, de los socialrevolucionarios y mencheviques por haber contribuido a la represión de los bolcheviques, a los fusilamientos en el frente y al desarme de los obreros fueran capaces de negarse a prestarles su "apoyo" contra la contrarrevolución."

Tratábase de apoyarles técnicamente ya que no políticamente. En una de sus cartas al Comité central, Lenin ponía decididamente a éste en guardia contra el apoyo político: "Ni aun ahora debemos apoyar al gobierno de Kerenski. Sería una traición a los principios. Se nos pregunta: ¿Es que no debemos luchar contra Kornílov? Naturalmente que sí. Pero no es lo mismo; hay un límite, límite que ahora traspasan algunos bolcheviques, con lo que caen en la política de "conciliación", arrastrados por el torrente de los acontecimientos."

Lenin sabía percibir desde lejos los matices del estado de espíritu político. El 29 de agosto, G. Piatakov, uno de los directivos bolchevistas locales, declaraba en la reunión de la Duma municipal de Kiev: "En estos graves momentos hemos de olvidar todas las cuentas antiguas, y unirnos a todos los partidos revolucionarios que estén dispuestos a luchar decididamente contra la contrarrevolución. Hago un llamamiento a la unidad", y así sucesivamente. Contra lo que Lenin ponía en guardia era precisamente contra este falso tono político. "Olvidar las cuentas antiguas" significaba abrir nuevos créditos a los candidatos a la bancarrota. "Combatiremos, combatimos contra Kornílov -escribía Lenin-, pero no apoyamos a Kerenski, sino que denunciamos su debilidad. Hay una diferencia... Es menester luchar implacablemente contra las frases... relativas al apoyo al gobierno provisional, etc., precisamente porque se trata de simples frases."

Los obreros estaban lejos de hacerse ilusiones respecto al carácter de su "bloque" con el palacio de Invierno. "Al luchar contra Kornílov, el proletariado no combatirá por la dictadura de Kerenski, sino por todas las conquistas de la revolución." Así se expresaban las fábricas, unas tras otras, en Petrogrado, en Moscú, en provincias. Los bolcheviques, sin hacer la menor concesión política a los conciliadores, sin confundir la organización ni la bandera, estaban dispuestos, como siempre, a coordinar su acción con la del adversario y el enemigo, si ello aseguraba la posibilidad de asestar un golpe a otro enemigo más peligroso en aquel momento.

En la lucha contra Kornílov, los bolcheviques perseguían "fines particulares". Sujánov indica que ya en aquel momento se proponían como fin los bolcheviques convertir el Comité de defensa en instrumento de la revolución proletaria. Está fuera de duda que los Comités revolucionarios de los días de la sublevación de Kornílov se convirtieron, hasta cierto punto, en prototipo de los órganos que posteriormente dirigieron la insurrección del proletariado. Pero Sujánov atribuye una perspicacia excesiva a los bolcheviques cuando supone preveían ya de antemano este aspecto de la cuestión. Los "fines particulares" de los bolcheviques consistían en aplastar la contrarrevolución, separar, si era posible, a los conciliadores de los kadetes, agrupar las mayores masas posibles bajo su propia dirección, armar el mayor número posible de obreros revolucionarios. Los bolcheviques no hacían ningún secreto de estos fines. El partido perseguido salvaba al gobierno de las represiones y de la calumnia; pero si lo salvaba del golpe militar que iba a serie asestado, era con objeto de matarlo políticamente de un modo más certero.

Los últimos días de agosto señalaron de nuevo una brusca modificación en la correlación de fuerzas, salvo que esta vez se produjo la modificación de derecha a izquierda. Las masas, a las que se había exhortado a la lucha, reconstituyeron sin dificultad la situación en que se hallaban los soviets con anterioridad a la crisis de julio. En lo sucesivo, la suerte de los soviets volvía a estar en sus propias manos. Podían tomar el poder sin necesidad de lucha. Lo único que necesitaban los conciliadores para lograrlo era consolidar lo que ya estaba siendo un hecho real. Toda la cuestión estribaba en saber si querrían hacerlo o no... En el primer momento, los conciliadores declararon que la coalición con los kadetes no tenía ya ningún sentido. Si era así, es que no lo tenía en ningún caso. Sin embargo, la renuncia a la coalición no podía significar otra cosa que la transmisión del poder a los conciliadores.

Lenin señala inmediatamente el sentido profundo de la nueva situación creada, para sacar de ello las consecuencias necesarias. El 3 de septiembre escribe su magnífico artículo "Sobre los compromisos". El papel de los soviets, constata, ha vuelto a cambiar: a principios de julio eran órganos de lucha contra el proletariado; a finales de agosto se han convertido en órganos de lucha contra la burguesía. Los soviets vuelven a tener a su disposición las tropas. La historia torna a ofrecer la posibilidad de un desarrollo pacífico de la revolución. Es una posibilidad excepcionalmente rara y preciosa: hay que hacer una política que la convierta en realidad. Lenin, de pasada, se reía de los charlatanes que consideran inadmisible todo compromiso: lo esencial es hacer que triunfen los propios fines "a través de todos los compromisos, en la medida en que éstos son inevitables". "Para nosotros, el compromiso consiste -dice- en volver a la reivindicación que habíamos propugnado antes de julio: todo el poder a los soviets; un gobierno de socialrevolucionarios y mencheviques, responsables ante los soviets. Ahora, y sólo ahora, acaso únicamente en el transcurso de algunos días o de una o dos semanas, podría crearse un gobierno de ese tipo y consolidarse de un modo completamente pacífico." Este breve plazo debía señalar el carácter agudo de la situación; los conciliadores tenían contados los días para elegir entre la burguesía y el proletariado.

Los conciliadores se apresuraron a eludir la proposición de Lenin como si se tratara de una encerrona pérfida. En realidad, en la proposición no había ni sombra de astucia: convencido de que su partido estaba llamado a ponerse al frente del pueblo, Lenin hacía una franca tentativa para suavizar la lucha, debilitando la resistencia de los enemigos ante lo inevitable.

Los audaces cambios de frente de Lenin, que se desprendían siempre de los cambios sufridos por la situación, y que invariablemente conservaban la unidad de la intención estratégica, constituyen una inapreciable academia de estrategia revolucionaria. La proposición del compromiso tenía el valor de una lección de cosas, para el Partido bolchevique ante todo. Esta lección venía a demostrar que, no obstante la experiencia de Kornílov, los conciliadores no podían ya virar hacia el camino de la revolución. Después de esto, el partido tuvo la sensación definitiva de ser el único partido de la revolución.

Los conciliadores se negaron a desempeñar el papel de correa de transmisión encargada de pasar el poder de manos de la burguesía a las del proletariado, de igual suerte que habían desempeñado en marzo el mismo papel, sólo que en sentido inverso, es decir, transmitiendo el poder de manos del proletariado a las de la burguesía. Pero a consecuencia de ello, la consigna "el poder a los soviets" flotaba nuevamente en el aire. Tal estado de cosas no duró, sin embargo, mucho tiempo; ya en los días inmediatamente siguientes obtuvieron los bolcheviques mayoría en el Soviet de Petrogrado, primero, y luego en otros. De ahí que la consigna "el poder a los soviets" no fuese retirada del orden del día, sino que cobró un nuevo sentido: todo el poder a los soviets bolchevistas. En este aspecto, la consigna ya no era una consigna pacífica. Había dejado de serlo definitivamente. El partido se decide por seguir la senda del levantamiento armado a través de los soviets y en nombre de los mismos.

Para comprender la marcha ulterior de los acontecimientos es necesario plantearse la siguiente pregunta: ¿En qué forma reconquistaron los soviets conciliadores a principios de septiembre el poder que habían perdido en julio? En todas las resoluciones del VI Congreso domina la afirmación de que, como resultado de los acontecimientos de julio, fue liquidado el poder dual, siendo sustituido por la dictadura de la burguesía. Los historiadores soviéticos de nuestros días reproducen de un libro en otro esta idea; sin intentar siquiera examinarla de nuevo a la luz de los acontecimientos ulteriores. Al mismo tiempo, no se formula la pregunta de, si el poder pasó enteramente en julio a manos de la pandilla militar, ¿por qué esa misma pandilla tuvo que recurrir a la sublevación en el mes de agosto? Quien se decide a lanzarse por el arriesgado camino del complot no es el que tiene el poder, sino el que quiere adueñarse del mismo.

La fórmula del VI Congreso era, cuando menos, imprecisa. Si hemos calificado de poder dual un régimen en que el gobierno oficial tenía en sus manos, en el fondo, una ficción de poder, mientras que la fuerza real estaba en manos del Soviet, no hay motivo alguno para afirmar que el poder dual quedó liquidado desde el punto y hora en que pasó del Soviet a la burguesía parte del poder efectivo. Desde el punto de vista de los fines combativos del momento, podía y debía exagerarse la importancia de la concentración del poder en manos de la contrarrevolución. La política no tiene que ver nada con las matemáticas. Desde el punto de vista práctico, era incomparablemente más peligroso disminuir que exagerar la importancia del cambio realizado. Pero el análisis histórico no necesita para nada de las exageraciones de la agitación.

Stalin, simplificando el pensamiento de Lenin, decía en el Congreso: "La situación está clara. Nadie habla ahora de poder dual. Si los soviets representaban antes una fuerza efectiva, ahora no son más que unos órganos destinados a agrupar a las masas, pero que no tienen ningún poder." Algunos delegados hicieron objeciones a estas palabras, en el sentido de que en julio había triunfado la reacción, pero no la contrarrevolución. Stalin contestó, con un aforismo inesperado: "Durante la revolución no hay reacción." En realidad, la revolución triunfa tan sólo a través de una serie de reacciones alternas: siempre da un paso atrás después de haber dado dos pasos hacia adelante. La reacción es la contrarrevolución, lo que a la revolución es la reforma. Pueden calificarse de victorias de la reacción las modificaciones del régimen que aproximan a éste a las necesidades de la clase revolucionaria, sin que, con todo, se produzca ninguna alteración en los detentadores del poder. La victoria de la contrarrevolución es inconcebible sin que el poder pase a manos de otra clase. Ahora bien, este hecho decisivo no se dio en julio.

"Si la insurrección de julio fue una insurrección a medias -escribía atinadamente, meses más tarde, Bujarin (que, sin embargo, no supo sacar las conclusiones necesarias de sus propias palabras)-, la victoria de la contrarrevolución fue también, hasta cierto punto, una victoria a medias. Pero la victoria a medias no podía dar el poder a la burguesía. El poder dual se transformó, se modificó, pero no desapareció. En la fábrica, exactamente igual que antes, nada se podía hacer contra la voluntad de los obreros. Los campesinos conservaban bastante poder para impedir que el terrateniente se aprovechara del derecho de propiedad. Los jefes no se sentían seguros ante los soldados. Pero, ¿acaso es el poder otra cosa que la posibilidad material de disponer de la fuerza armada y de la propiedad? El 13 de agosto, escribía Trotsky, a propósito de las modificaciones acaecidas: "No se trataba únicamente de que hubiese al lado del gobierno un soviet que llevara a cabo una serie de funciones gubernamentales... Lo que ocurre es que detrás del soviet y del gobierno había dos regímenes distintos, que se apoyaban en clases distintas... El régimen de república capitalista, instaurado desde arriba, y el régimen de democracia obrera, formado desde abajo, se paralizaban mutuamente."

Es absolutamente indiscutible que el Comité central ejecutivo había perdido una parte inmensa de su importancia. Pero sería un error creer que la burguesía había conseguido todo lo que habían dejado perder los dirigentes conciliadores. Estos, no sólo perdieron por la derecha, sino también por la izquierda; su torpeza no sólo benefició a las camarillas militares, sino también a los comités de fábrica y de regimiento. El poder se descentralizó, se dispersó, se escondió en parte, incluso bajo tierra, ni más ni menos que las armas enterradas por los obreros después de la derrota de julio. El poder dual dejó de ser "pacífico", de estar regulado por un sistema de contacto, y se tornó más subterráneo, descentralizado y explosivo. A finales de agosto, el poder dual oculto se convirtió de nuevo en activo. Ya veremos la importancia que este hecho había de cobrar en octubre.



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