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Capítulo XIX

Capítulo XIX: Paris y Zimmerwald 

El 19 de noviembre de 1914 crucé la frontera de Francia en calidad de corresponsal de guerra del Kievskaia Mysl. Acepté de muy buen grado la oferta del periódico, puesto que me brillaba la posibilidad de ver la guerra más de cerca. París estaba triste. Al caer la noche, las calles se hundían en las tinieblas. De vez en cuando, presentábanse a girar una visita los zeppelines. Después de la batalla del Marne, en que se rompió la ola arrolladora de los ejércitos alemanes, la guerra se hizo cada vez más exigente y despiadada. En medio de aquel caos desmandado que devoraba a Europa, en medio del silencio de las masas obreras, defraudadas y traicionadas por la socialdemocracia, funcionaban automáticamente las máquinas de destrucción. La civilización capitalista, al esforzarse por hundir el cráneo a la humanidad, desarrollaba ad absurdum la idea en ella implícita.

Por aquellos días en que los alemanes se acercaban a París los patriotas burgueses de Francia evacuaban la capital, dos emigrados fundaban en París un pequeño periódico impreso en ruso. Este periódico tenía por misión ilustrar a los rusos residentes en aquella ciudad acerca de los acontecimientos que se estaban desarrollando, e impedir que la llama de la solidaridad internacional se extinguiese del todo. La "caja" de los editores contaba, antes de lanzar al mercado el primer número, con un capital de 30 francos, ni uno más ni uno menos. Nadie "que estuviese en su sano juicio" podía pensar que con semejante capital efectivo pudiera fundarse un periódico diario. Y la verdad es que a pesar de no tener que pagar redactores ni colaboradores, atravesábamos, todas las semanas, una vez cuando menos, una crisis de la que parecía que no íbamos a poder salir. Y, sin embargo, salíamos. Los cajistas, entusiastas del periódico, pasaban hambre, los redactores recorríamos la ciudad con la lengua fuera buscando las dos docenas de francos que nos hacían falta, y el número salía puntualmente. El periódico fué bandeándose como pudo, acosado de un lado por el déficit y del otro por la censura, desapareciendo a temporadas para volver a reaparecer en cuanto podía, durante año y medio; es decir, hasta la revolución de Febrero de 1917. A poco de llegar a París, empecé a colaborar ardorosamente en el Nasche Slovo, que por aquel entonces se publicaba todavía con el título de Golos (La Voz). La necesidad de producirme diariamente en el periódico era, para mí mismo, un medio magnífico paya mantenerme al tanto de los sucesos importantes y aguzar la orientación. Y las experiencias recogidas en el Nasche Slovo habían de prestarme magníficos servicios más adelante, cuando hube de tomar en mis manos los asuntos de la guerra.

Mi familia no vino a Francia hasta el mes de mayo de 1915. Nos instalamos en Sèvres, en una casita que puso a nuestra disposición por algunos meses un amigo nuestro, el pintor italiano René Parece. Los niños iban a la escuela de Sèvres. La primavera era expléndida y el verde de los campos parecía aquel año mucho más delicado y hermoso. Pero cada vez era mayor el número de mujeres enlutadas. Los chicos de la escuela se quedaban sin padres. Los dos ejércitos iban hundiéndose en la tierra. No se veía salida. Clemenceau comenzó a atacar a, Joffre desde su periódico. La reacción latente se preparaba para un golpe de Estado. De ello corrían rumores, de boca en boca. Hacía dos días que en las columnas de Le Temps no se llamaba al Parlamento más que "el asno". Esto no era obstáculo para que el mismo Temps exigiese de los socialistas el más estricto respeto a la unidad nacional.

Jaurés ya no existía. Fuí a visitar el Café du Croissant, donde le habían asesinado deseoso de descubrir sus huellas. Por muy alejado que estuviese políticamente de aquel hombre, era imposible no sentir la atracción de su gran personalidad. El mundo espiritual de Jaurés, hecho de tradiciones nacionales, de la metafísica de los principios morales, del amor a los oprimidos y de una gran imaginación poética, encerraba rasgos aristocráticos muy acusados; nada más opuesto que la suya a la faz espiritual de Bebel, de una magnífica sencillez plebeya, y, sin embargo, los dos estaban a cien codos por encima de sus sucesores. Yo había oído hablar a Jaurés en los mítines parisinos, en los congresos y en las comisiones internacionales, y siempre le escuchaba como si le oyese por primera vez. No solía confiarse a la rutina, casi nunca se repetía, buceaba constantemente en sí mismo y movilizaba una y otra vez, con vigor siempre nuevo, las fuerzas subterráneas de su espíritu. A una energía imponente, obra de la naturaleza como una catarata, unía aquella suavidad que brillaba sobre su espíritu como el reflejo de una elevadísima cultura. Aquel hombre derribaba rocas, conjuraba el trueno estremecía el bosque, pero no se ensordecía jamás ni se embotaba, estaba siempre en guardia, atento con su fino oído a todos los ecos, para recogerlos y oponerles su réplica, réplica a veces despiadada, que barría como una tempestad los obstáculos que se alzaban en su camino, a veces bondadosa y blanda como de maestro o hermano mayor. Jaurés y Bebel eran los antípodas, y a la vez las dos personalidades descollando la Segunda Internacional. Y los dos eran profundamente nacionales: Jaurés, por su fogosa retórica latina Bebel, por su sequedad protestante. Yo sentía admiración por ambos, aunque por cada uno a su modo. Bebel había muerto por agotamiento físico. Jaurés cayó en lo mejor de la vida. Pero los dos murieron a tiempo. Su muerte señala el momento en que termina la misión histórica de progreso de la Segunda Internacional.

El partido socialista francés atravesaba por una crisis de total desmoralización. No había nadie que pudiese ocupar el lugar que Jaurés dejara vacante. Vaillant, antiguo "antimilitarista", daba rienda suelta en sus artículos diarios al patriotismo más furioso. Un día, hube de encontrarme casualmente con el viejo Vaillant en el "Comité d'action", integrado por representantes del partido y de las organizaciones sindicales. Vaillant se asemejaba a su sombra, a la sombra del blanquismo hermanada con las tradiciones de la guerra los sansculottes en la época de Raimundo Poincaré. Aquella Francia de antes de la guerra, con su población cada vez más mermada y las formas conservadoras de su Economía y su cultura, parecíale a este socialista el único país de vitalidad y de progreso, la nación elegida y libertadora que con sólo tocar a otros pueblos los despertaba a la vida espiritual. Su socialismo era patriotero, y su patrioterismo mesiánico. Julio Guesde, el caudillo del ala marxista, que se había agotado luchando largos años contra los fetiches de la democracia, sólo encontró fuerzas para ir a poner su autoridad moral inmaculada a los pies del "altar" de la defensa nacional. Aquello era un verdadero barullo. Marcel Sembat, autor del libro titulado ¡Traed un rey o dejadnos en paz!, secundada a Guesde en el Gabinete de... Briand. La "dirección" del partido fue a parar por algún tiempo a manos de Renaudel. Al fin y al cabo, alguien tenía que ocupar la vacante de Jaurés. Con mucho esfuerzo, conseguía imitar un poco los gestos y la voz tonantes del caudillo asesinado. Longuet seguía las huellas de Renaudel, aunque con una cierta perplejidad, que quería hacer pasar por tendencia izquierdista. Con su conducta, nos daba a entender que a Marx no podía hacérsele responsable de sus nietos. El sindicalismo oficial representado por Jouhaux, presidente de la "Confédération Genérale", había palidecido en veinticuatro horas. Los mismos que habían "negado" el Estado en tiempos de paz, se postraban de hinojos ante él, al estallar la guerra. Aquel clown revolucionario llamado Hervé, el antimilitarista furibundo de ayer, nos mostraba ahora su reverso, y, aunque convertido en patriotero furibundo, seguía siendo el mismo clown complacido de sí mismo. Y como si quisiera burlarse de sus ideales de ayer, conservaba a su periódico el título de La Guerre Sociale. Todo aquello parecía una luctuosa mascarada, un carnaval fúnebre. No era extraño que uno pensase: no, nosotros estamos hechos de una materia más sólida; los acontecimientos no nos han arrollado; hemos previsto muchas cosas que han ocurrido, predecimos algo de lo que ha de acontecer y no nos cruzamos de brazos. ¡Cuántas veces no apretamos los puños viendo a aquellos Renaudel, Hervé y demás gentes que pretendían confraternizar desde lejos con Carlos Liebknecht! Los elementos de oposición que andaban dispersos por el partido y las organizaciones sindicales no daban apenas señales de vida.

La figura más interesante con que me encontré en París entre los emigrados rusos fué, sin duda alguna, Martof, caudillo de los mencheviques, una de las cabezas más inteligentes que he conocido. La desgracia de este hombre era que el destino le había hecho político en una época revolucionaria, sin haberle equipado con la fuerza de voluntad indispensable. En la economía espiritual de Martof no reinaba el equilibrio, y esto se revelaba trágicamente siempre que tenía que enfrentarse con algún gran acontecimiento. Pude observarle en tres momentos históricos: en 1905, en 1914 y en 1917. La primera reacción que provocaban en él las cosas era, casi siempre, revolucionaria. Pero antes de que tuviese tiempo para llevarla al papel, empezaban a acosarle por todas partes las dudas. En su espíritu, rico, elástico y variado, faltaba el nervio de la voluntad. En las cartas que escribía a Axelrod en 1905, en el momento culminante de la primera revolución rusa, Martof lamentábase amargamente de que no acertaba a concentrar sus ideas. Y cuando pudo concentrarlas, ya había sobrevenido la reacción. Al estallar la guerra, se lamentaba nuevamente, diciendo que los sucesos ocurridos le habían hecho perder casi la razón. Finalmente en 1917, después de dar un viraje inseguro hacia la izquierda, entrega la jefatura de su fracción a dos hombres como Zeretelli y Dan, el primero de los cuales no le llegaba ni a las rodillas, en punto a inteligencia, y el otro, ni en eso ni en nada.

El 14 de octubre de 1914, Martof escribía a Axelrod lo siguiente: "Antes que con Plejanof, podíamos aliarnos acaso con Lenin, que, según indican todas las apariencias, se dispone a dar la batalla contra el oportunismo dentro de la Internacional." Pero estos estados de ánimo duraban poco en él. En París, le encontré ya en un estado de depresión. En el Nasche Slovo se libró entre nosotros, desde el primer día, un duelo reñidísimo, que acabó separándose Martof de la Redacción y más tarde de la lista de colaboradores.

A poco de llegar a París, fuí con Martof a visitar a Monatte, uno de los redactores de la revista sindicalista La vie ouvrière. Monatte, que había sido maestro de escuela y luego corrector de imprenta, y que tenía todo el aspecto de un obrero parisino típico y una cara inteligente y de gran carácter, no pactó ni un momento con el militarismo ni con el Estado burgués. ¿Pero dónde encontrar la salida? En este punto, se desviaban nuestros pareceres. Monatte "negaba" al Estado y la lucha política. Sin embargo, el Estado no se preocupó en lo más mínimo de su "negación" y le obligó a vestir los pantalones encarnados y la guerrera después de haber lanzado Monatte una protesta ruidosa contra el patrioterismo sindicalista. A través de Monatte, trabé relaciones bastante íntimas con el periodista Rosmer, que pertenecía también a la escuela anarcosindicalista, aunque estaba ya-como habían de demostrar los hechos-más cerca del marxismo que los guesdistas. Con Rosmer me une desde entonces una estrecha amistad, que ha resistido a todas las pruebas de la guerra, la revolución, los Soviets y la campaña contra la oposición... En aquella etapa parisina conocí, además, a una serie de representantes del partido obrero francés de que entonces no había tenido noticia: al secretario de la asociación de metalúrgicos, Merrheim, aquel hombre tan cauto, tan astuto y tan obsequioso, cuya vida tuvo tan triste fin; al periodista Guilbeaux, condenado más tarde a muerte en rebeldía por supuesto delito de "alta traición"; a "papá", Bourderon, secretario del sindicato de toneleros; a Loriot, un maestro que caminaba hacia el socialismo revolucionario, y a muchos más. Nos veíamos todas las semanas en el Quai de Jemappes, y a veces nos reuníamos con más gente en la Grange-aux-Belles, nos comunicábamos las noticias reservadas acerca de la guerra y los manejos de la diplomacia, criticábamos al socialismo oficial, acechábamos los menores signos del despertar socialista, nos esforzábamos por convencer a los vacilantes, preparábamos el porvenir.

El día 4 de agosto de 1905, escribí en el Nasche Slovo: "Y sin embargo, llegamos al sangriento aniversario sin la menor depresión de espíritu ni el menor escepticismo político. Los internacionalistas revolucionarios hemos sabido mantenernos firmes en nuestra posición de análisis, de crítica y de previsión política, frente a la mayor catástrofe que conoce la historia del mundo. Hemos renunciado, a ver las cosas a través de esas gafas "nacionales" que hoy reparten en todos los países, no sólo gratis, sino dando dinero encima. Hemos mirado a las cosas de frente, llamándolas por su nombre y previendo la lógica de su desarrollo ulterior."

Hoy, pasados trece años, puedo repetir estas palabras tal como fueron escritas. La sensación, que no nos abandonó ni un solo día, de estar muy por encima de la idea política nacional, incluyendo en ella al socialismo patriótico, no era el fruto de nuestra soberbia. No era un sentimiento personal, sino consecuencia de la posición de principio que habíamos abrazado y que se encontraba en la cima. El punto de vista crítico, permitíanos, sobre todo, abarcar con gran claridad las perspectivas de la guerra. Ambas partes contaban, como todo el mundo sabe, con una rápida , victoria. Fácil sería traer aquí un sinnúmero de testimonios que abonan este necio optimismo. "Mi colega francés-escribe Buchanan en sus Memorias-sentíase tan optimista, que apostó conmigo cinco libras esterlinas a que la guerra terminaría antes de Navidad." Buchanan guardaba en el arcano de su alma la creencia de que llegaría hasta la Pascua. Nosotros no nos cansábamos de repetir en nuestro periódico, desde el otoño de 1914, contra todas las profecías, día tras día, que la guerra tendría una duración desesperante y que de ella saldrían agotados todos los pueblos de Europa. En el Nasche Slovo dijimos, docenas de veces, que, aun supuesto el caso de que triunfasen los aliados, disipados el vapor y la niebla, Francia quedaría en medio de la palestra internacional como una Bélgica grande, ni más ni menos; y predijimos la dictadura mundial de los Estados Unidos. "El imperialismo-escribíamos por centésima vez el día 5 de septiembre de 1916-apuesta en esta guerra por el más fuerte, y éste se hará dueño del mundo."

Mi familia hacía ya largo tiempo que se había trasladado de Sèvres a París, yéndose a vivir a la pequeña rue Oudry. Poco a poco, París iba quedando vacío. Los relojes de las calles se iban parando uno tras otro. Al león de Belfort le asomaba, no sé por qué, un puñado de paja sucia por los hocicos. La guerra se iba hundiendo en la tierra cada vez más hondo. ¡Fuera de las trincheras, fuera de la pasividad, fuera de las fosas! ¡A moverse, a moverse!, gritaba el patriotismo. Y así, se desencadenó aquella locura espantosa de los combates de Verdún. Hurtando al cuerpo por entre los rayos que fulminaba la censura de guerra, pude escribir por aquellos días en el Nasche Slovo : "Por grande que sea la importancia militar de los combates de Verdún, su significación política es incomparablemente más grande. En Berlín y en otros sitios (¡sic!) pedían "movimiento", y se lo van a dar. "En Verdún va a forjarse nuestro día de mañana."

En el verano de 1915, se presentó en París el diputado italiano Morgari, secretario de la fracción socialista del Parlamento y ecléctico simplista, con la intención de convocar a los socialistas franceses e ingleses a una conferencia internacional. Sentados en la terraza de un café de uno de los grandes bulevares, sostuvimos una conversación con Morgari y algunos otros diputados socialistas, que, no sé por qué razones, se decían de la "izquierda". La cosa marchó bien, mientras la conversación no se salió de los consabidos tópicos pacifistas y de la repetición de los manoseados lugares comunes sobre la necesidad de restablecer las relaciones internacionales. Pero cuando Morgari, bajando trágicamente la voz, empezó a hablar de que había que conseguir pasaportes falsos para entrar en Suiza-se veía que lo que le entusiasmaba era el lado "carbonario" del asunto-, aquellos caballeros diputados pusieron unas caras muy largas, y uno de ellos, no me acuerdo ya quién, se apresuró a llamar al mozo y pagó todo el gasto hecho por la concurrencia. Sobre la terraza flotaba el espíritu de Molière, y acaso también el de Rabelais... Y allí terminó la escena. Por el camino, de vuelta, Martof y yo nos reímos mucho, con una risa que era, a la vez, de diversión y de rabia. Monatte y Rosmer habían tenido que empuñar el fusil y no podían acudir a la reunión. Yo tomé el tren con Merrheim y Bourderon, pacifista muy moderado. Ninguno de nosotros necesitó falsificar el pasaporte. El Gobierno, que no se había emancipado aún por completo de las prácticas de antes de la guerra, nos dió a todos papeles en regla.

La organización de la conferencia corrió a cargo de Grimm, dirigente socialista de Berna, que por entonces se esforzaba cuanto podía por arrancarse al nivel de limitación de su partido, y al suyo propio. Había elegido para la reunión un lugar situado a diez kilómetros de Berna, un pueblecillo llamado Zimmerwald, en lo alto de las montañas. Nos acomodarnos como pudimos en cuatro coches y tomamos el camino de la sierra. La gente se quedaba mirando, con gesto de curiosidad, para esta extraña caravana. A nosotros no dejaba de hacernos tampoco gracia que, a los cincuenta años de haberse fundado la Primera Internacional, todos los internacionalistas del mundo pudieran caber en cuatro coches. Pero en aquella broma no había el menor escepticismo. El hilo histórico se rompe con harta frecuencia. Cuando tal ocurre, no hay sino anudarlo de nuevo. Esto precisamente era lo que íbamos a hacer a Zimmerwald.

Los cuatro días que duró la conferencia-del 5 al 8 de septiembre-fueron días agitadísimos. Costó gran trabajo hacer que se aviniesen a un manifiesto colectivo, esbozado por mí, el ala revolucionaria representada por Lenin, y el ala pacifista a la que pertenecían la mayoría de los delegados. El manifiesto no decía, ni mucho menos, todo lo que había que decir; pero era, a pesar de todo, un gran paso de avance. Lenin manteníase en la extrema izquierda. Frente a una serie de puntos, estaba solo. Yo no me contaba formalmente entre la izquierda, aunque estaba identificado con, ella en lo fundamental. Lenin templó en Zimmerwald el acero para las empresas internacionales que había de acometer, y puede decirse que en aquel pueblecillo de la montaña suiza fué donde se puso la primera piedra para la internacional revolucionaria.

Los delegados franceses subrayaron en sus informes la importancia que tenía para ellos el que siguiese publicándose el Nasche Slovo, que mantenía en pie las relaciones espirituales con el movimiento internacional de otros países. Rakovsky hizo notar que nuestro periódico contribuía notablemente a formar una posición internacional en la socialdemocracia balcánica. El partido italiano conocía el periódico por las frecuentes traducciones de la Balabanova. Pero donde más se citaba el Nasche Slovo era en la Prensa alemana, sin excluir la oficiosa; pues, del mismo modo que Renaudel intentaba apoyarse en Liebknecht, Scheidemann, no sentía reparo alguno en tomarnos a nosotros por aliados.

Liebknecht no se presentó en Zimmerwald. Estaba ya prisionero en el ejército de los Hohenzollers, antes de estarlo en el presidio. Pero envió una carta, en la que se pasaba bruscamente del frente pacifista al frente revolucionario. Su nombre sonó muchas veces en la conferencia. Aquel nombre era ya una consigna en la lucha, que estaba desgarrando al socialismo mundial.

Se había prohibido rigurosamente escribir nada acerca de la conferencia desde Zimmerwald, para que no trascendiesen a la Prensa antes de tiempo ciertas noticias que podían causar trastornos a los delegados en su viaje de regreso y cerrarles las fronteras. A los pocos días, el nombre de Zimmerwald, hasta entonces perfectamente ignorado, resonaba en el mundo entero. Esto causó una sensación estremecedora al dueño del hotel en que nos alojamos. Aquel honorable suizo díjole a Grimm que tenía firmes esperanzas de que aumentase el precio de su finca y que, en agradecimiento, estaba dispuesto a contribuir con una cantidad a los fondos de la Tercera Internacional. Creo, sin embargo, que lo habrá pensado mejor.

La conferencia de Zimmerwald imprimió gran impulso al movimiento antiguerrero en los diversos países. En Alemania, contribuyó a intensificar la acción de los espartaquistas. En Francia, creóse el "Comité para el fomento de las relaciones internacionales". Los obreros de la colonia rusa de París se compenetraron más íntimamente con nuestro periódico y tomaron sobre sus hombros el lado financiero y otras cargas. Martof, que durante la primera época había colaborado calurosamente en el Nasche Slovo, se separó de él en vista del giro que tomaba. Las diferencias de opinión, puramente accidentales, que me habían separado de Lenin en Zimmerwald, se borraron en el transcurso de los meses siguientes.

Entre tanto, iban concitándose sobre nuestras cabezas nubes cada vez más cargadas. El periódico reaccionario Liberté empezó a publicar entre los anuncios noticias de origen anónimo, acusándonos de germanofilia. Arreciaban los anónimos amenazadores. Es seguro que, tanto las acusaciones como las amenazas, procedían de la embajada rusa. Por las inmediaciones de la imprenta en que se tiraba el peri6dico, rondaban constantemente figuras sospechosas. Hervé nos amenazaba con el dedo de la policía. El profesor Dürckheim, presidente de la comisión nombrada por el gobierno para atender a los asuntos de los emigrados rusos, nos informó de que en las esferas gubernamentales se hablaba de prohibir el Nasche Slovo y expulsar a su director. Sin embargo, no se decidían a hacerlo. No tenían ni asomo de causa, puesto que yo me atenía a las leyes y hasta a la ausencia de toda ley por que se regía la censura. Por lo menos, había que encontrar un pretexto un poco decoroso. Por fin, después de mucho esperar, lo encontraron, o mejor dicho, lo crearon.



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