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Capítulo XIX (Tomo I)

La ofensiva
En el ejército, lo mismo que en el país, se estaba operando un constante desplazamiento político de fuerzas: la base evolucionaba hacia la izquierda, la cúspide hacia la derecha. A la par que el Comité ejecutivo se convertía en un instrumento de la Entente para dominar la revolución, los comités del ejército, que habían surgido como una representación de los soldados contra el mando, convertíanse en auxiliares de éste contra los soldados.
La composición de los comités era muy heterogénea. Había en ellos no pocos elementos patrióticos de buena fe que identificaban la guerra con la revolución y que se lanzaron valerosamente a la ofensiva ordenada desde arriba, jugándose la cabeza por una causa que no era la suya. Junto a ellos estaban los héroes de la frase, los Kerenski de división y de regimiento. Finalmente, los comités albergaban a no pocos pequeños aventureros y bribones que se instalaban en ellos para esquivar las trincheras y al acecho de privilegios y prerrogativas. Todo movimiento de masas, sobre todo en su primera fase, saca inevitablemente a flote a todas esas variedades de la fauna humana. Lo que hay es que el período conciliador fue fecundísimo en toda suerte de charlatanes y camaleones. Los hombres hacen los programas, pero también los programas hacen a los hombres. En las revoluciones, las escuelas de contacto se convierten siempre en escuelas de intrigas y de maniobras.
El régimen de la dualidad de poderes imposibilitaba la creación de un instrumento militar eficiente. Los kadetes eran blanco del odio de las masas populares, y dentro del ejército veíanse obligados a adoptar el nombre de socialrevolucionarios. La democracia no podía poner en pie al ejército, por la misma razón por la cual no podía tomar en sus manos el poder; lo uno era inseparable de lo otro. Como detalle curioso y que, sin embargo, da una idea bastante clara de la situación. Sujánov observa que el gobierno provisional no organizó en Petrogrado ni un solo desfile militar; ni los liberales ni los generales querían participar en un desfile organizado por el Soviet, pero comprendían perfectamente que sin él el desfile era irrealizable.
La alta oficialidad iba acercándose más y más a los kadetes en espera de que levantaran la cabeza partidos más reaccionarios. Los intelectuales pequeño burgueses podían dar al ejército, como lo habían dado bajo el zarismo, un contingente considerable de pequeña oficialidad; pero eran incapaces de crear un cuerpo de mando a su imagen y semejanza, por la sencilla razón de que carecían de imagen propia. Como había de demostrar el curso ulterior de la revolución el cuerpo de mando había que sacarlo, tal y como era, de la nobleza y la burguesía, como hacían los blancos, o formarlo y educarlo a base de una selección proletaria, como hacían los bolcheviques. No había otro camino. Los demócratas pequeño burgueses no podían hacer ni lo uno ni lo otro. Tenían que persuadir, rogar, engañar a todo el mundo, y cuando veían que no conseguían nada, llevados por la desesperación, entregaban el poder a la oficialidad reaccionaria para que ésta se encargase de infundir las sanas ideas revolucionarias al pueblo.
Una tras otra iban abriéndose las llagas de la vieja sociedad, destruyendo el organismo del ejército. El problema de las nacionalidades, en todos sus aspectos -y en Rusia abundaban-, iba penetrando, cada vez más, en las raíces de las masas militares, integradas en grandísima parte, en más de la mitad, por elementos no rusos. Los antagonismos nacionales se entretejían y cruzaban en distinto sentidos con los de clase. La política del gobierno en este terreno, como en todos los demás, era vacilante y confusa, lo cual la hacía parecer doblemente pérfida. Había generales que se entretenían creando formaciones nacionales, por ejemplo, el «cuerpo musulmán con disciplina francesa» en el frente rumano. En general, estas nuevas formaciones nacionales resultaron ser más eficientes que las del viejo ejército, pues habían sido creadas en torno a una nueva idea y bajo una nueva bandera. Pero esta cohesión nacional no duró mucho tiempo; el rumbo que había de tomar la lucha de clases no tardó en quebrantarla. El mismo proceso de las formaciones nacionales, que amenazaba con extenderse a la mitad del ejército, colocaba ya a éste en un estado de fluctuación, descomponiendo las viejas unidades antes de que tuvieran tiempo de formarse las nuevas. Pro todas partes surgían calamidades.
Miliukov escribe en su historia que lo que perdió al ejército fue el «conflicto planteado entre las ideas de la disciplina revolucionaria y la de la disciplina militar de tiempos normales», entre la «democratización» del ejército y la conservación de su «capacidad combativa»; bien entendido que al decir «disciplina de los tiempos normales» se alude a la que regía bajo el zarismo. Parece que un historiador no debía ignorar que toda gran revolución determina la desaparición del viejo ejército, arrollado no precisamente por el choque entre principios abstractos de disciplina, sino entre clases de carne y hueso. La revolución no sólo permite imponer una severa disciplina en el ejército, sino que la crea. Lo que ocurre es que esta disciplina no la pueden imponer precisamente los representantes de la clase derrocada por la revolución.
«Es un hecho evidente -escribía, el 26 de septiembre de 1851, un alemán inteligente a otro- que la desorganización del ejército y la completa descomposición de la disciplina han sido siempre la condición, a la par que el fruto, de toda revolución triunfante.» Toda la historia de la humanidad confirma esta ley tan sencilla y tan indiscutible. Pero no eran sólo los liberales, sino también los socialistas rusos que habían pasado por la experiencia de 1905, los que no comprendían esto, a pesar de haber proclamado, más de una vez, como sus maestros, a estos dos alemanes a que nos referimos, uno de los cuales era Federico Engels y el otro Carlos Marx. Los mencheviques creían seriamente que el ejército que había hecho la revolución iba a continuar la guerra bajo el viejo mando. ¡Y esos hombres acusaban de utopistas a los bolcheviques!
A principios de mayo, el general Brusilov caracterizaba, de un modo bastante preciso, en la conferencia celebrada en el Cuartel general, el estado del mando; un 15 a un 20 por 100 de jefes y oficiales se habían sometido al nuevo orden de cosas por convicción; una parte de los oficiales empezaba a coquetear con los soldados y a hostigarlos contra el mando; la mayoría, cerca del 75 por 100, no se resignaba a adaptarse, sentíase ofendida, se encerraba en su concha y no sabía lo que se hacía. Además, desde el punto de visa puramente militar, la aplastante mayoría de la oficialidad no servía para nada.
En la conferencia celebrada con los generales, Kerenski y Skobelev se disculparon con todas sus fuerzas por la revolución, que, desgraciadamente, «continuaba» y con la cual había que contar. El general de las «centurias negras», Gurchkov, objetó a los ministros en tono de mentor: «Decís que la revolución continúa. Dadnos oídos a nosotros... contened la revolución y facilitadnos a nosotros los militares, los medios para cumplir hasta el fin con nuestro deber.» Kerenski se esforzó en complacer en todo a aquellos simpáticos generales... hasta que uno de ellos, el valeroso Kornílov, casi lo ahoga en sus brazos de puro cariño.
Ya a fines de abril, la escuadra del Mar Negro, que se hallaba bajo la dirección de los socialrevolucionarios, y que, a diferencia de la de Kronstadt, era considerada como un reducto del patriotismo, envió por el país a una delegación especial de trescientos hombres, a la cabeza de la cual iba el bravo estudiante Batkin disfrazado de marinero. En esa delegación había no poco de carnavalesco, pero había también mucho de sincero entusiasmo. La delegación difundió por el país la idea de llevar adelante la guerra hasta el triunfo final; pero a cada semana que pasaba, el auditorio se le volvía más hostil. Y al mismo tiempo que los marineros del Mar Negro iban bajando cada vez más el tono de su prédica en favor de la ofensiva, presentábase en Sebastopol una delegación del Báltico a hacer campaña en favor de la paz. Los marineros del norte tuvieron más éxito en el sur que los meridionales en el norte. Bajo la influencia de los marineros de Kronstadt, los de Sebastopol emprendieron el 8 de junio el desarme del mando y procedieron a detener a los oficiales más odiados.
En la sesión celebrada el 8 de junio por el Congreso de los soviets, Trotski preguntó cómo se explicaba que en «aquella escuadra, modelo del mar negro, que había enviado delegaciones patrióticas por todo el país, en aquel hogar del patriotismo organizado hubiera podido producirse, en un momento tan crítico, una explosión de este género. ¿Qué significa esto?» La pregunta se quedó sin contestar. La ausencia del mando y de dirección traía de cabeza a todo el mundo: a los soldados, a los jefes y a los vocales de los comités. No había más remedio que buscar una salida a aquella situación, fuera la que fuese. A los de arriba se les antojaba que la ofensiva pondría fin al desconcierto y daría un carácter definido a las cosas. Y esto era verdad hasta un cierto punto. Si Tsereteli y Chernov en Petrogrado predicaban la ofensiva, dando a su voz todas las inflexiones de la retórica democrática, era natural que en el frente los miembros de los comités, mano a mano con la oficialidad, emprendiesen dentro del ejército la lucha contra el nuevo régimen, sin el cual no era concebible la revolución, pero que era incompatible con la guerra. Pronto este cambio dio sus frutos. «Los miembros del comité iban evolucionando, día a día, hacia la derecha de un modo cada vez más acentuado -cuenta uno de los oficiales de la Marina-; pero, al mismo tiempo, veíase cómo disminuía por momentos su prestigio entre los marineros y los soldados.» Y daba la casualidad de que para guerrear lo que hacia falta eran, precisamente, soldados y marineros.
Brusílov inclinóse, con la venia de Kerenski, hacia la formación de batallones de choque de voluntarios, con lo cual venía a reconocer abiertamente la ausencia de capacidad combativa en el ejército. A esta empresa asociáronse inmediatamente los elementos heterogéneos, aventureros muchos de ellos, tales como el capitán Muraviov, quien, después de la revolución de Octubre, se fue con los socialrevolucionarios de izquierda para luego, después de unas cuantas acciones turbulentas y brillantes a su manera, traicionar al poder de los soviets y caer atravesado por una bala, no se sabe bien si bolchevique o propia. Huelga decir que la oficialidad contrarrevolucionaria se aferró ávidamente a esta idea de los batallones de choque, que les venían al dedillo como forma legal para encuadrar sus fuerzas. Pero la iniciativa no encontró apenas eco entre las masas de los soldados. Los hambrientos de aventuras formaron los batallones femeninos de «Húsares negros de la Muerte». Uno de estos batallones fue, en octubre, la última fuerza armada de que dispuso Kerenski para la defensa del Palacio de Invierno.
El militarismo alemán no tenía gran cosa que temer de todas estas invenciones, aunque el fin perseguido no fuese otro que contribuir a derrocarlo.
La ofensiva que el Cuartel general había garantizado a los aliados para principios de primavera iba aplazándose semana tras semana. Pero ahora la Entente no toleraba ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que no toleraba ya más aplazamientos. Para conseguir, a fuerza de presiones, que se emprendiese una ofensiva inmediata, los aliados no reparaban en procedimientos. Al mismo tiempo que Vandervelde lanzaba sus patéticas soflamas, sus poderdantes amenazaban con suspender el suministro de material de guerra. El cónsul general de Italia en Moscú declaró en la prensa, no en la italiana, sino en la rusa, que caso de que Rusia negociase una paz separada, los aliados dejarían al Japón en completa libertad de movimientos en Siberia. Y los periódicos liberales, no los de Roma, sino los de Moscú, publicaban con patriótico entusiasmo estas conminaciones insolentes, aplicándolas no precisamente a la eventualidad de una paz separada, sino a la demora de la ofensiva. Los aliados no se andaba tampoco con cumplidos en otros respectos, por ejemplo, en el de la Artillería de pacotilla enviada a Rusia: el 35 por 100 de los cañones hubieron de ser retirados por inservibles al cabo de dos semanas de funcionar muy moderadamente. Inglaterra restringía los créditos. En cambio, los Estados Unidos, nuevo protector, concedía al gobierno provisional, sin consultarlo con Inglaterra, un crédito de setenta y cinco millones de dólares para la ofensiva que se avecinaba...
La burguesía rusa, sin perjuicio de apoyar las pretensiones de los aliados y desplegar una furiosa campaña en favor de la ofensiva, no abrigaba confianza alguna en ésta, razón por la cual se abstenía de suscribirse al «Empréstito de la Libertad». Por su parte, la monarquía derribada aprovechábase de la ocasión que se le brindaba para recordar que existía: en una declaración enviada al gobierno provisional, los Romanov expresaban su deseo de suscribirse al empréstito; pero añadían que «la cantidad suscrita dependería del hecho de que el Tesoro contribuyese o no a sostener a los miembros de la familia real». Y todo esto lo leía el ejército, que no ignoraba que la mayoría del gobierno provisional, al igual que la alta oficialidad, seguía confiando vivamente en la restauración de la monarquía.
Justo es consignar que en los países aliados no todo el mundo estaba de acuerdo con Vandervelde, Thomas y Cachin en su prisa por empujar al abismo al ejército ruso. Alzábanse también voces advirtiendo del peligro. «El ejército ruso no es más que una fachada -decía el general Pétain-, que se derrumbará en cuanto se menee un poco.» En el mismo sentido se expresaba, por ejemplo, la misión americana. Pero triunfaron otras consideraciones. Era preciso robar a la revolución el alma. «La campaña de confraternización germano-rusa -explicaba posteriormente Painlevé- producía tales estragos (faisait de tels ravages), que al dejar inactivo al ejército ruso podía correrse el riesgo de una rápida descomposición.»
La preparación de la ofensiva, desde el punto de vista político, corría a cargo de Kerenski y Tsereteli, quienes, en un principio, actuaban secretamente, guardando el secreto hasta con sus más íntimos correligionarios. Y mientras, por su parte, los líderes poco avisados o mal informados seguían perorando acerca de la defensa de la revolución. Tsereteli insistía con energía redoblada en la necesidad de que el ejército estuviese preparado para una intervención activa. El que más se resistió o, mejor dicho, más coqueteó, fue Chernov. En la sesión celebrada por el gobierno provisional el 17 de mayo, alguien preguntó apasionadamente al «ministro de las aldeas», como se llamaba él mismo, si era cierto que en un mitin no había hablado con el entusiasmo necesario de la ofensiva. Resultaba que Chernov habíase expresado así: «La ofensiva no es cosa mía, pues yo soy un político, sino de los estrategas del frente.» Estos hombres jugaban al escondite con la guerra lo mismo que con la revolución. Pero este juego no podía durar mucho.
Huelga decir que la preparación de la ofensiva hacía que se redoblasen las persecuciones contra los bolchevique, a quienes se acusaba, cada vez con mayor insistencia, de ser partidarios de la paz por separado. La conciencia de que esta paz era la única salida, deducíase directamente de la situación misma del país, esto es, de la debilidad y del agotamiento de Rusia comparada con los demás países beligerantes; pero nadie se había preocupado aún de medir las fuerzas del nuevo factor: la revolución. Los bolcheviques entendían que la perspectiva de la paz por separado sólo podía evitarse en el supuesto de que se alzaran audazmente y hasta donde fuese necesario la fuerza y el prestigio de la revolución frente a la guerra. Mas para esto era ineludible, ante todo, romper la alianza con la burguesía. El 9 de junio Lenin declaraba en el Congreso de los soviets: «Los que dicen que nosotros aspiramos a la paz separada faltan a la verdad. Lo que nosotros mantenemos es: nada de paz separada con ningún capitalista, y con los capitalistas rusos menos que con nadie. ¡Abajo esta paz separada!» «Aplausos», acota el acta de la sesión. Era una pequeña minoría del Congreso la que aplaudía; por esos los aplausos eran doblemente entusiastas.
En el Comité ejecutivo, los unos carecían de la decisión suficiente; los otros querían que el organismo que gozaba de más prestigio les sirviese de tapadera. A última hora se tomó la resolución de comunicar a Kerenski que no era aconsejable circular las órdenes para la ofensiva antes de que decidiera la cuestión el Congreso de los soviets. La declaración, presentada por la fracción bolchevique y que estaba sobre la mesa desde la primera sesión del Congreso, decía que «con la ofensiva no se conseguiría más que desorganizar definitivamente el ejército, enfrentando una parte de él con la otra» y que «el Congreso debía oponerse inmediatamente a la presión contrarrevolucionaria, o asumir íntegra y abiertamente la responsabilidad de esta política.»
La resolución votada por el Congreso a favor de la ofensiva no pasó de ser una formalidad democrática. Todo estaba preparado de antemano. Hacía ya tiempo que los artilleros tenían enfiladas las baterías sobre las posiciones enemigas. El 16 de junio, en una orden circulada al ejército y a la flota, Kerenski, después de invocar el nombre del generalísimo, «este caudillo aureolado por las victorias», demostraba la necesidad de asestar «un golpe rápido y decisivo», y terminaba con estas palabras: «¡Adelante: ésta es la orden que os doy!»
En un artículo escrito en vísperas de la ofensiva y dedicado a comentar la declaración presentada por la fracción bolchevique al Congreso de los soviets, decía Trotski: «La política del gobierno imposibilita toda acción militar eficaz... Las premisas materiales de que parte la ofensiva no pueden ser más desfavorables. La organización del avituallamiento del ejército refleja el desastre económico general del país, contra el cual el presente gobierno no puede tomar ninguna medida radical. Y aún son más desfavorables las premisas morales. El gobierno ha puesto al desnudo ante el ejército... su incapacidad para regentar la política de Rusia sin contar con la voluntad de sus aliados imperialistas. El resultado de esto tenía que ser inevitablemente la progresiva descomposición del ejército. Las deserciones en masa... no son ya, en las circunstancias actuales, un simple fruto de la voluntad individual: se han convertido en indicio de la completa incapacidad del gobierno para cohesionar al ejército revolucionario por la unidad interna de los fines perseguidos...» Después de indicar que el gobierno no se decidía «a la inmediata abolición de la propiedad de la tierra, única medida que persuadiría al campesino más atrasado de que esta revolución es su revolución», el artículo termina así: «En estas condiciones materiales y morales, la ofensiva tiene que degenerar, inevitablemente, en una aventura.»
El mando entendía que la ofensiva, condenada a un fracaso seguro desde el punto de vista militar, no tenía más justificación que los objetivos de orden político a que se aplicaba. Denikin, después de recorrer su frente, comunicaba a Brusílov: «No creo en el éxito de la ofensiva.» A este fracaso contribuía también la incapacidad del propio mando. Stankievich, oficial y patriota, atestigua que, ya de por sí, el estado en que se encontraba la organización técnica excluía la posibilidad de un triunfo, fuese cual fuese la moral de los soldados: «La organización de la ofensiva no resistía a la menor crítica.» Una delegación de oficiales, con el presidente de la Asociación de Oficiales, el kadete Nvosíltsiev a la cabeza, se presentó a los jefes del partido kadete para prevenirles de que la ofensiva estaba condenada a un fracaso irremediable, que sólo conduciría a la destrucción de las mejores fuerzas. Las autoridades superiores contestaban a estas prevenciones con frases vagas: «Abrigábase la esperanza -dice el jefe de estado mayor del Cuartel general, el general reaccionario Lukomski- de que acaso los primeros combates victoriosos harían cambiar la sicología de las masas y darían a los jefes la posibilidad de empuñar de nuevo las riendas que les habían sido arrebatadas.» No era otro, en efecto, el principal fin que se perseguía: volver a empuñar las riendas.
De acuerdo con un plan concebido hacía ya mucho tiempo, el golpe principal había de darse en la dirección de Lvov con las fuerzas del frente suroccidental; a los frentes del norte y occidental se les asignaban objetivos de carácter auxiliar. La ofensiva se iniciaría simultáneamente en todos los frentes. Pronto se vio que la realización de este plan excedía de las fuerzas disponibles. En vista de esto decidióse poner en juego a los frentes uno tras otro, empezando por los secundarios. Pero resultó que esto no era tampoco factible. «Entonces, el mando supremo -dice Denikin- decidió renunciar a todo sistema estratégico y se vio obligado a ceder a los propios frentes la iniciativa, autorizándoles para que empezasen las operaciones por su cuenta, a media que estuviesen preparados.» Todo se confiaba, como se ve, a los designios de la providencia. Lo único que faltaba eran los iconos de la zarina. Pero para sustituirlos estaban allí los iconos de la democracia. Kerenski recorría los frentes, imprecaba, imploraba, bendecía. La ofensiva se inició el 16 de junio en el frente suroccidental; el 8, en el septentrional; el 9, en el de Rumania. La entrada en batalla, ficticia en realidad, de los últimos tres frentes coincidió ya con el principio del derrumbamiento del frente principal, es decir, del suroccidental.
Kerenski comunicó al gobierno provisional: «Hoy es un día de gran júbilo para la revolución. El 18 de junio, el ejército revolucionario ruso ha pasado a la ofensiva con inmenso entusiasmo.» «Se ha producido el acontecimiento anhelado durante tanto tiempo -decía el periódico kadete Riech- y que ha hecho que la revolución rusa retornara a sus mejores días.» El 19 de julio, el viejo Plejánov declamaba ante una manifestación patriótica: «¡Ciudadanos! Si os pregunto qué día es hoy contestaréis que es lunes. Pero esto es un error» hoy es domingo, y domingo de resurrección para nuestro país y para la democracia del mundo entero. Rusia, después de haberse emancipado del yugo del zarismo, ha decidido emanciparse también del yugo del enemigo.» Tsereteli decía el mismo día ante el Congreso de los soviets: «Una nueva página se abre en la historia de la revolución rusa... No es sólo la democracia rusa la que debe saludar los triunfos de nuestro ejército revolucionario, sino con ella... todos los que aspiran real y verdaderamente a empeñarse en la lucha contra el imperialismo.» La democracia patriótica abría todos sus grifos.
Entretanto, los periódicos publicaban una noticia jubilosa: «La Bolsa de París saluda la ofensiva con el alza de todos los valores rusos.» Los socialistas pulsaban, por lo visto, la estabilidad de la revolución por los boletines de cotización: pero la historia nos enseña que cuando más a gusto se siente la Bolsa es cuando peor marchan las revoluciones.
Los obreros y la guarnición de la capital no se sintieron arrastrados ni un momento por aquella oleada artificial de patriotismo recalentado. Su palestra seguía siendo la avenida Nevski. «Hemos salido a la Nevski -cuenta en sus Memorias el soldado Chinenov- intentando hacer campaña contra la ofensiva. Los burgueses se han lanzado contra nosotros esgrimiendo sus paraguas... Nosotros hemos cogido a los burgueses, los hemos llevado a los cuarteles... y les hemos dicho que, al día siguiente, los expediríamos al frente.» Eran ya los síntomas de la explosión de la guerra civil que se avecinaba: las jornadas de julio estaban próximas.
El 21 de junio, el regimiento de ametralladoras tomaba en asamblea general el acuerdo siguiente: «En lo sucesivo, sólo mandaremos fuerzas al frente cuando la guerra tenga un carácter revolucionario...» En contestación a la amenaza de disolución, el regimiento declaró que él, por su parte, no se detendría ante la disolución «del gobierno provisional y demás organizaciones que lo apoyan». Otra vez volvemos a percibir las notas de una amenaza que va mucho más allá que las campañas de los bolcheviques.
El 23 de junio, la crónica de los acontecimientos señala: «Las unidades del 11º ejército se han apoderado de la primera y segunda líneas de trincheras del enemigo...» Junto a esta noticia, léese esta otra: «En la fábrica de Baranovski (seis mil obreros) se han celebrado las elecciones al Soviet de Petrogrado. Para sustituir a los tres diputados socialrevolucionarios han sido elegidos tres bolcheviques.»
A fines de mes, la fisonomía del Soviet de Petrogrado había cambiado ya considerablemente. Es cierto que el 20 de junio el Soviet tomaba el acuerdo de saludar al ejército que había emprendido la ofensiva. Pero, ¿por qué mayoría? Por 472 votos contra 271 y 39 abstenciones. Es un nuevo balance de fuerzas que nos salta a la vista. Los bolcheviques, con los grupos de mencheviques y socialrevolucionarios de izquierda, representan ya las dos quintas partes del Soviet. Ello significa que en las fábricas y en los cuarteles los adversarios de la ofensiva forman ya una mayoría indiscutible.
El Soviet de la barriada de Viborg vota el 24 de junio un acuerdo en el que cada palabra es como un martillazo: «Protestamos contra la aventura del gobierno provisional, que emprende la ofensiva al servicio de los viejos tratados expoliadores... y descargamos toda la responsabilidad por esa política de ofensiva sobre el gobierno provisional y los partidos de los mencheviques y socialrevolucionarios que le sostienen.» Relegada a segundo término después de la revolución de Febrero, la barriada de Viborg va avanzando con paso seguro hacia los primeros puestos. En el Soviet de Viborg predominaban ya completamente los bolcheviques.
Ahora todo dependía del resultado de la ofensiva, es decir, de los soldados de las trincheras. ¿Qué cambios determinó la ofensiva en la conciencia de los que tenían que llevarla a cabo? Los soldados anhelaban, de un modo irresistible, la paz. Sin embargo, los dirigentes consiguieron durante algún tiempo hasta cierto punto o, por lo menos, lo consiguieron de una parte de los soldados, convertir este anhelo en una buena disposición respecto a la ofensiva.
Después de la revolución, los soldados esperaban que el nuevo régimen firmase cuanto antes la paz, y hasta que ese día llegase estaban dispuestos a montar la guardia en el frente. Pero ese día no llegaba. Los soldados rusos empezaron a confraternizar con los alemanes y los austríacos, influidos en parte por las campañas de los bolcheviques, pero sobre todo buscando por propia iniciativa la senda de la paz. Estos escarceos de confraternización fueron ferozmente perseguidos. Además, se pudo observar que los soldados alemanes no habían sacudido todavía, ni mucho menos, la carga de la obediencia a sus oficiales. Y la confraternización, que no había traído la paz, disminuyó considerablemente.
De hecho, en el frente reinaba en aquel entonces un estado de armisticio, del cual se aprovechaban los alemanes para distraer enormes esfuerzos y mandarlos a los frentes occidentales. Los soldados rusos veían cómo quedaban vacías las trincheras enemigas, cómo se retiraban las ametralladoras, cómo se desmontaban los cañones. Se infundió sistemáticamente a los soldados la idea de que el enemigo estaba completamente debilitado, de que no tenía fuerzas, de que en Occidente se veía arrollado por los Estados Unidos y de que bastaba con que Rusia diese un empujón para que el frente alemán se desmoronase y obtuviéramos la paz. Los dirigentes no creían en esto ni por asomo, pero confiaban en que, una vez metida la mano en la máquina de la guerra, el ejército no podría sacarla tan fácilmente.
Viendo que no conseguían sus fines, ni por medio de la diplomacia del gobierno provisional ni a fuerza de confraternización, una parte de los soldados empezó a creer que convenía dar aquel empujón de que les hablaban y que acabaría de una vez con la guerra. Uno de los delegados enviados por el frente al Congreso de los soviets, expresaba en estos términos el estado de espíritu de los soldados: «Ahora nos encontramos ante un frente alemán desarmado, desartillado, y si tomamos la ofensiva y derrotamos al enemigo, nos acercaremos a la anhelada paz.»
Y, efectivamente, en un principio, el enemigo se reveló extraordinariamente débil y se retiraba sin dar batalla, que, por su parte, los atacantes no hubieran podido tampoco librar. Pero el enemigo no se dispersaba, sino que, por el contrario, se agrupaba y se concentraba. Cuando habían avanzado veinte o treinta kilómetros, los soldados rusos presenciaron un espectáculo que conocían harto bien por su experiencia de los años precedentes: el enemigo los esperaba atrincherado en nuevas posiciones reforzadas. Y entonces fue cuando se puso de manifiesto que, si bien los soldados estaban aún dispuestos a dar un empujón para conseguir la paz, no querían tener absolutamente nada ya que ver con la guerra. Arrastrados a ella por la fuerza, por la presión moral, y sobre todo por el engaño, viraron en redondo indignados.
«Después de una preparación de artillería nunca vista por su intensidad, por lo que a los rusos se refiere -dice el historiador ruso de la guerra mundial general Sajonchokovski-, las tropas ocuparon casi sin pérdidas las posiciones enemigas, y se negaron a ir más allá. Se inició una deserción en masa. Regimientos enteros abandonaban las posiciones.»
El político ucraniano Doroschenko, ex comisario del gobierno provisional en Galitzia, cuenta que, después de la toma de Galich y de Kalusch, «en Kalusch se desató un terrible pogromo contra la población ucraniana y judía. A los polacos nadie les tocó. El pogromo estaba dirigido por una mano experta, que señalaba muy especialmente las instituciones ucranianas de cultura.» En esta matanza tomaron parte las mejores unidades del ejército, las «menos corrompidas por la revolución», cuidadosamente seleccionadas para la ofensiva. Pero en estos excesos se desenmascararon todavía más como lo que real y verdaderamente eran los caudillos de la ofensiva, los viejos jefes y oficiales zaristas, expertos organizadores de matanzas de judíos.
El 9 de julio los comités y comisarios del undécimo ejército telegrafiaban al gobierno: «La ofensiva alemana iniciada el 6 de julio en el frente del undécimo ejército toma las proporciones de un desastre incalculable... En las unidades que hace poco avanzaban, gracias a los esfuerzos heroicos de una minoría, se exterioriza un estado de espíritu funesto. La acometividad que caracterizaba el comienzo de la ofensiva se ha apagado rápidamente. En la mayor parte del ejército se nota un creciente proceso ha perdido toda su fuerza y se la contesta con amenazas y a veces con disparos.»
El generalísimo del frente sudoccidental, habiéndose puesto de acuerdo con los comisarios y los comités, publicó un decreto ordenando que se abriera el fuego contra los desertores.
El 12 de julio, el generalísimo del frente occidental, Denikin, volvía al estado mayor «con la desesperación clavada en el alma y la conciencia neta del desmoronamiento completo de la última tenue esperanza en... el milagro».
Los soldados no querían batirse. Los soldados de la retaguardia, a quienes se pidió que reemplazaran a las fuerzas exhaustas después de la ocupación de las trincheras enemigas, contestaron: «¿Para qué habéis tomado la ofensiva? ¿Quién os ha dado permiso para ello? Lo que hay que hacer no es organizar ofensivas, sino poner término a la guerra.» El jefe del primer cuerpo siberiano, considerado como uno de los mejores, comunicaba que, al caer la noche, los soldados se retiraban en compañías enteras de la primera línea, no atacada. «Comprendí que nosotros, los jefes, éramos impotentes para cambiar la psicología de la masa de los soldados, y rompí a llorar larga y amargamente.»
Una de las compañías se negó incluso a lanzar al enemigo una hoja dando cuenta de la toma de Galich, hasta que se encontrara un soldado que pudiera traducir el texto alemán al ruso. En este hecho se acusa toda la desconfianza que abrigaban los soldados contra el mando, tanto el viejo como el nuevo. Los siglos de escarnios y violencias salían ahora volcánicamente a la superficie. Los soldados sintiéronse engañados nuevamente. La ofensiva no conducía precisamente a la paz, sino a la guerra. Y los soldados no querían la guerra. Y tenían razón para no quererla. Los patriotas, bien resguardados en el interior, cubrían de denuestos a los soldados. Pero éstos tenían razón. Les guiaba un certero instinto nacional, que había sido tamizado por la conciencia de unos hombres estafados, torturados, entusiasmados un día por la esperanza revolucionaria y arrojados de nuevo al cieno y a la sangre. Los soldados tenían razón. La continuación de la guerra no podía dar al pueblo ruso más que nuevas víctimas, nuevas humillaciones, nuevas calamidades y una nueva y mayor esclavitud.
La prensa patriótica de 1917, no sólo la de los kadetes, sino también la socialista, no se cansaba de invocar los heroicos batallones de la Revolución francesa, poniéndolos por modelo a los soldados rusos desertores y cobardes. Esto no sólo atestiguaba su incomprensión para la dialéctica del proceso revolucionario, sino que acusaba también una ignorancia histórica absoluta.
Aquellos magníficos caudillos de la Revolución francesa y del Imperio habían empezado casi todos siendo unos transgresores de la disciplina y unos desorganizadores. Miliukov diría que habían empezado siendo unos bolcheviques. El que más tarde fue mariscal Davout, cuando era teniente, se pasó muchos meses, desde el 89 al 90, relajando la disciplina «normal» que regía en la guarnición de Aisdenne, arrojando a puntapiés a sus jefes y oficiales. Hasta mediados de 1790, en toda Francia se desarrolló un proceso de completa disgregación del viejo ejército. Los soldados del regimiento de Vincennes obligaban a sus oficiales a comer a la misma mesa que ellos. La escuadra arrojaba de mala manera a sus oficiales. Veinte regimientos sometieron a sus jefes y oficiales a distintos actos de violencia. En Nancy, tres regimientos metieron a los oficiales en la cárcel. A partir de 1790, los caudillos de la Revolución francesa no se cansan de repetir, refiriéndose a los excesos militares: «La culpa es del poder ejecutivo, que no reemplaza a los oficiales enemigos del régimen.» Y es digno de notar que tanto Mirabeau como Robespierre se pronuncian por la disolución de los antiguos cuadros de oficiales. El primero se esforzaba en implantar con la mayor prontitud posible una firme disciplina. Al segundo lo que le preocupaba era desarmar a la contrarrevolución. Pero uno y otro comprendían que el antiguo ejército no podía subsistir.
Es verdad que la Revolución rusa, a diferencia de la francesa, estalló en plena guerra. Pero de esto no se deduce, ni mucho menos, que haya que hacer para Rusia una excepción a la ley histórica formulada por Engels. Al contrario, las condiciones propias de una guerra larga y desdichada no podían hacer otra cosa que acelerar e imprimir un carácter más agudo al proceso revolucionario de disgregación del ejército. La funesta y criminal ofensiva de la democracia se encargó del resto. Ahora, los soldados decían ya abiertamente y por todas partes, a quien quería oírlos: «¡Basta de verter sangre! ¿Para qué nos sirven la libertad y la tierra si tenemos que morir de un balazo?» Esos intelectuales pacifistas que intentan suprimir la guerra a fuerza de argumentos racionalistas son sencillamente ridículos. Pero cuando las masas armadas aducen los argumentos de su razón, no hay guerra que no se acabe.



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