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Capítulo XV

 

Capítulo XV: Proceso, destierro y fuga 

 Y comenzó el segundo ciclo carcelario. Este se toleraba ya más fácilmente que el anterior, a parte de que el régimen de las prisiones era también incomparablemente más llevadero. Pasé algún tiempo en la "Kresty"; de allí fui trasladado a la fortaleza de San Pedro y San Pablo, y por fin me recluyeron en la cárcel preventiva. Antes de ser transportados a Siberia, volvimos a pasar una temporada en la cárcel de depósito. En total, vine a estar detenido unos quince meses. Cada una de estas cárceles tenía sus particularidades, a las que era menester irse adaptando. Sería, sin embargo, enojoso entrar en detalles acerca de esto, pues por mucho que se diferenciasen, todavía era mayor su parecido. En mí vida se abrió una nueva etapa de estudio sistemático y de producción doctrinal. Me dediqué a estudiar la teoría de la renta del suelo y la historia de las condiciones sociales de Rusia. Un trabajo extenso, aunque incompleto, que había hecho acerca del primer tema, se me perdió en los años siguientes a la revolución de Octubre. Fue una pérdida muy sensible para mí, la mayor después de la del trabajo sobre la masonería. Mis estudios acerca de la historia social de Rusia dieron por fruto el ensayo titulado Resultados y perspectivas, en que procuraba fundamentar, de un modo más o menos perfecto para aquella época, la teoría de la revolución permanente.

Una vez instalados en la cárcel preventiva, tuvieron acceso a nuestras celdas los abogados. La primera Duma vino a agitar un poco la vida política. En los periódicos empezaban a alzarse de nuevo voces atrevidas. Revivían las editoriales marxistas. Podía reanudarse el combate pluma en mano. Me pasaba los días llenando cuartillas, que luego los abogados se encargaban de sacar en sus carteras, entre los folios de los sumarios. De aquella época procede el folleto titulado Pedro Struve, en política. Y con tal ardor me entregué a este trabajo, que el tener que salir a los paseos reglamentarios se me hacía un suplicio. Enderezado contra el liberalismo, este folleto quería ser, en el fondo, una defensa del Soviet de Petrogrado, del alzamiento armado de Moscú y de la política revolucionaria en general, contra las críticas del oportunismo. La prensa bolchevista no ocultó sus simpatías hacia mi trabajo. Los periódicos mencheviques permanecieron impasibles. Al cabo de pocas semanas, el folleto circulaba en miles y miles de ejemplares.

En su libro En la aurora de la revolución, D. Svertchkof, que estaba preso conmigo, describe aquel período de cárcel en los términos siguientes: "L. D. Trotsky escribió de un tirón su libro Rusia y la revolución, que iba dando a imprimir por partes y en el cual formula claramente por vez primera (aquí se equivoca el informador) la idea de que la revolución comenzada en Rusia no llegaría a su término hasta que no se implantase el régimen socialista. Esta teoría de la "revolución permanente"-que tal era el nombre que se le daba-, no encontraba entonces partidario alguno. Sin embargo, el autor obstinábase en mantener su punto de vista, y ya a la sazón veía en la situación económica de todos los Estados del mundo los indicios de descomposición de la Economía capitalista burguesa y la proximidad relativa de la revolución social..."

"La celda de Trotsky-prosigue Svertchkof-no tardó en convertirse en una especie de biblioteca. Puede decirse, sin exageración, que apenas había libro nuevo de importancia que no le llevasen; Trotsky se pasaba entregado a la lectura y a la escritura el día entero, de la mañana a la noche. Aquí-solía decirnos-, se está maravillosamente; se lee, se trabaja y no vive uno sujeto a la preocupación constante de que le encarcelen... ¡No me negarán ustedes que esto, en la Rusia zarista, es algo extraordinario!..."

Para distraerme, me dedicaba a leer los clásicos de la literatura europea. Tendido en el camastro, devoraba sus obras con ese sentimiento físico de voluptuosidad con que los gourmets paladean un trago de buen vino o echan chupadas a un buen cigarro. Eran las horas mis hermosas del día. Todos mis trabajos de aquella época guardan, en forma de citas y lemas, huellas de mi comercio con los clásicos. Fué entonces cuando leí por vez primera, en su lengua original, a los grandes señores de la literatura francesa. El arte de contar es un arte francés por excelencia. Y aunque conozco bien el idioma alemán y seguramente lo domino mejor que el francés, principalmente en punto a la terminología científica, la amena literatura francesa se me hace de lectura más fácil que la alemana. Jamás ha decaído mi amor por la novela francesa, y hasta en lo más álgido de la guerra civil, cuando cruzaba el territorio ruso en mi vagón del tren de guerra, sabía encontrar una hora libre para dedicarla a las novedades literarias de aquel país.

En realidad, no puedo quejarme de las cárceles ni del tiempo que me hicieron pasar en ellas. Fueron, para mí, una excelente escuela. Al abandonar la celda individual, bien cerrada y tapiada, donde me habían recluído en la fortaleza de San Pedro y San Pablo, tuve un leve sentimiento de pena; ¡era tan tranquila, tan monótona, tan silenciosa, tan apropiada para los trabajos del espíritu aquella celda! En cambio, la cárcel preventiva era una colmena de hombres y de ruido, en que había no pocos condenados a muerte; el terrorismo y los golpes de mano armada sacudían el país de punta a punta. El régimen carcelario era, gracias a la primera Duma, bastante liberal. Las celdas no se cerraban durante el día, y los presos salían juntos a pasear al patio. Nos pasábamos horas enteras jugando al salto, entusiasmados. Los condenados a muerte saltaban y doblaban la espalda como los demás. Mi mujer venía a visitarme dos veces a la semana. Los vigilantes de guardia, que nos veían pasarnos cartas y originales, hacían la vista gorda. Había uno, ya un hombre de edad, que estaba con nosotros especialmente amable. Me rogó que le dedicase un libro y un retrato.

-¡Tengo hijas estudiantas!-me dijo al oído entusiasmado, guiñándome el ojo con aire de misterio.

Volví a encontrarme con él después del triunfo de la revolución, e hice por él lo que podía hacerse en aquellos años de hambre.

Parvus solía pasear en el patio en compañía del viejo Deutsch. De vez en cuando, yo me unía también al grupo. Hay una fotografía en que aparecemos los tres en la cocina de la cárcel. Deutsch, infatigable siempre, planeaba una fuga colectiva; no le fué difícil convencer a Parvus, e hizo esfuerzos por convencerme también a mí. Pero yo me negué, pues la importancia del proceso que nos aguardaba tentábame mucho más. El plan de fuga tenía el inconveniente de haberse confiado a más gente de la necesaria. Un día, el vigilante descubrió en la biblioteca de la cárcel, que era el centro de operaciones, toda una colección de herramientas de cerrajería.

Suerte que la dirección del establecimiento echó tierra al asunto, en la creencia de que aquellas herramientas habían sido escondidas allí por los gendarmes para provocar un régimen carcelario de mayor rigor. De todos modos, Deutsch hubo de aplazar la fuga para ponerla por obra desde Siberia.

Las divergencias intestinas que existían en el seno del partido se agudizaron después de la derrota de diciembre. La disolución de la Duma puso de nuevo sobre el tapete todos los problemas de la revolución. A ellos dediqué un folleto de carácter táctico, que Lenin publicó en una editorial bolchevista. Los mencheviques batíanse ya en retirada en toda la línea. Sin embargo, en la cárcel las diferencias entre las fracciones no eran tan marcadas ni tenían la dureza de la calle. Así, pudimos ponernos a redactar un trabajo colectivo sobre el Soviet de Petrogrado, en el que colaboraron todavía los mencheviques.

El día 19 de septiembre, en plena luna de miel de los tribunales campesinos estatuídos por Stolypin, empezó a verse la causa contra los diputados del Soviet. El patio de la Audiencia en que se celebraba la vista y todas las calles adyacentes se convirtieron en un verdadero campamento militar. Fué movilizada toda la policía de San Petersburgo. Sin embargo, la vista en sí se llevó con relativa libertad; la reacción triunfante apuntaba a inutilizar definitivamente a Witte, dejando que apareciese bien al descubierto su "liberalismo" y las alas que había dejado tomar a la revolución. Habían sido citados unos cuatrocientos testigos, de los cuales comparecieron y declararon más de doscientos. Por los estrados estuvieron desfilando durante un mes, y fueron reconstruyendo, rasgo a rasgo, la actuación del Soviet obrero y las incidencias todas de aquel período, bajo un fuego graneado de preguntas que les formulaban los jueces, el fiscal, la defensa y los acusados-sobre todo los acusados-, una muchedumbre de personas: obreros, fabricantes, gendarmes, ingenieros, recaderos, buenos burgueses, periodistas, empleados de Correos y Telégrafos, comisarios y agentes de policía, estudiantes de bachillerato, diputados de la Duma municipal, porteros, senadores, vagabundos, diputados obreros, profesores y soldados. Llegó la hora de que los acusados hiciesen sus declaraciones. Yo pronuncié un discurso acerca del levantamiento armado en la revolución. Ya estaba conseguido lo más importante. Y en vista de que el tribunal se negaba a llamar, para que declarase como testigo, al senador Lopuchin, que en el otoño de 1905 había descubierto en el Departamento de policía una imprenta de pogromo, conseguimos que se suspendiese la tramitación normal de la vista y que nos volviesen a nuestras celdas. Detrás de nosotros abandonaron los estrados los defensores, los testigos y el público, y los jueces se quedaron mano a mano con el fiscal. No tuvieron mas remedio que dar lectura a la sentencia sin que estuviesen presentes los acusados. Hasta hoy, no se ha dado a la publicidad ni se han encontrado siquiera, según parece, las actas taquigráficas de aquel proceso interesantísimo, cuya vista duró todo un mes. En mi obra 1905 se recogen los datos más esenciales.

Mis padres asistieron a la vista. Sus pensamientos y sentimientos eran encontrados. Mi conducta ya no podía considerarse aturdimiento de muchacho, como cuando vivíamos en Nikolaief en la huerta de Svigovsky. Ya era redactor de un periódico, había sido presidente del Soviet, tenía cierto prestigio como escritor. Todo esto tenía que imponerles un poco. Mi madre hablaba con los defensores, deseosa de oír siempre algo agradable acerca de mí. Durante mi discurso, cuyo sentido no podía comprender claramente, lloraba en silencio. El llanto arreció, cuando vió que los defensores, que eran cerca de veinte, desfilaban por delante de mí estrechándome la mano. Uno de los abogados pidió que se suspendiese la sesión en vista de la gran emoción que había en la sala. Era A. S. Saruvny. El mismo que luego fué Ministro de justicia con Kerenski y me mandó a la cárcel bajo la acusación de crimen de esa patria... Pero esto ocurrió diez años después. Durante las pausas, mis padres me contemplaban con ojos de satisfacción. Mi madre estaba convencida de que saldría, no sólo absuelto, sino, condecorado. Yo le dije que no tendría nada de particular que nos enviasen a la Catorga. Asustada de aquellas palabras, a las que no encontraba sentido, mirábame, miraba a los defensores, esforzábase por comprender cómo podía ser posible aquello. Mi padre estaba pálido, silencioso, contento y descorazonado a un tiempo mismo.

Fuimos condenados todos a la pérdida de los derechos civiles y al destierro en Siberia. La condena era relativamente benigna.. Creíamos que nos mandarían a la Catorga. Sin embargo, el destierro siberiano no era ya aquel destierro administrativo al que me habían mandado la primera vez. Era una deportación indefinida y cualquier tentativa de fuga castigábase con tres años de presidio. La pena de cuarenta y cinco latigazos, que completaba tradicionalmente la de presidio, había sido suprimida dos o tres años antes.

"Hace dos o tres horas que nos han traído a la cárcel de depósito-escribía a mi mujer el 3 de enero de 1907-. Confieso que me separé con cierto desasosiego nervioso de aquella celda de la cárcel preventiva. Me había acostumbrado ya al pequeño camarote, en que se trabajaba tan cómodamente. Sabíamos que en la cárcel de depósito nos pondrían otra vez en celda común, y nada hay más fatigoso. Luego vendrá la suciedad, el ruido, el trajín de las etapas, que conozco tan bien. ¡Quién sabe cuanto tiempo pasará hasta que lleguemos al punto de destino! ¡Y quien puede predecir cuando estaremos de vuelta! ¿No me hubiera valido más seguir tranquilamente en la celda número 462, leyendo, escribiendo y esperando?

Nos trajeron aquí hoy, súbitamente, sin habernos preparado ni dicho nada. En el departamento de entrega nos obligaron a vestir el traje de presidiario. Nos sometimos a esta disciplina con la curiosidad de chicos de la escuela. Era divertido verse unos a otros vestidos con aquellos pantalones grises, zamarra y gorra gris. Una cosa faltaba, sin embargo, y era el clásico rombo de la espalda. Nos permitieron continuar con la ropa interior y los zapatos que llevábamos. Así ataviados a la nueva usanza, irrumpimos todos juntos estrepitosamente en la celda."

El poder seguir calzando los zapatos que traía, no dejaba de tener su importancia para mí, pues en la suela de uno de ellos llevaba escondido un magnífico pasaporte, y los tacones, que eran altos, albergaban unas cuantas monedas de oro. íbamos destinados todos a la aldea de Obdorsk, situada mucho más allá del círculo polar. Desde Obdorsk hasta la estación del ferrocarril más próxima hay mil quinientas verstas, hasta la estación telegráfica más cercana, ochocientas. No hay correo más que una vez cada quince días, y en la época de las grandes avenidas, en la primavera y el otoño, se pasan mes y medio o dos meses sin recibir una carta. Para el tránsito habían adoptado grandes precauciones. La escolta de San Petersburgo no parecía merecerles gran confianza. El suboficial que montaba la guardia de nuestro coche con el sable desenvainado nos declamó las poesías revolucionarias más nuevas. En el coche inmediato al nuestro venía un destacamento de gendarmes que rodeaba nuestro vagón en todas las estaciones. Por su parte, los empleados de las cárceles se comportaban muy afectuosamente con nosotros. La balanza de la revolución y la contrarrevolución bailaba aún, y no se sabía de qué lado iba a inclinarse. El oficial de la escolta empezó enseñándonos las instrucciones de sus jefes, en que le autorizaban para no ponernos esposas, a pesar de que la ley lo exigía. El día II de enero, escribía a, mi mujer lo siguiente:

"Y la cortesía y atenciones del oficial no son nada, comparadas con las de los soldados; casi todos han leído la información que publicaron los periódicos de la vista, y nos tratan con una simpatía extraordinaria... Hasta el último momento no supieron a quienes tenían que escoltar ni a dónde. A juzgar por las precauciones con que les habían sacado repentinamente de Moscú para traerlos a San Petersburgo, imaginábanse que sería para llevar a la prisión de Schlüsselburg algún condenado a muerte. Yo había notado, al entregarnos a la escolta de la cárcel de depósito, que los soldados estaban poseídos de gran emoción y que desplegaban una extraña disciplina, en la que había una sombra de conciencia culpable, pero no supe la razón de ello hasta que no estábamos en el tren. ¡Qué alegría la suya cuando supieron que escoltaban a los "diputados obreros", y que éstos no iban a la muerte, sino al destierro! Los gendarmes, que forman una especie de escolta superior, no se presentan nunca en nuestro coche. Montan la guardia fuera: en las estaciones rodean el vagón, se quedan de centinela en la puerta y, sobre todo-pues ésa parece ser su principal misión-, vigilan a la escolta que nos acompaña."

Los soldados que nos custodiaban encargábanse de ir echando a escondidas las cartas en los buzones del trayecto.

En Tiumen dejamos el ferrocarril y proseguimos el viaje tirados por caballos. Para catorce desterrados, nos mandaban una escolta de cincuenta y dos soldados, a más del capitán, el oficial de policía y el sargento. La caravana se componía de unos cuarenta trineos. Desde Tiumen hasta pasado Tobolsk, el camino iba bordeando el río Ob. "Avanzamos-escribía a mi mujer-unas 70 a 100 verstas diarias hacia el Norte, que viene a ser cerca de un grado. Gracias a esta marcha ininterrumpida, el descenso de la civilización-si cabe hablar de civilización, en estas latitudes-salta bruscamente a los ojos. Todos los días descendemos un escalón más en el reino del frío y la barbarie."

Después de cruzar las comarcas apestadas de tifus, el día 12 de febrero, a las treinta y tres jornadas de viaje, llegamos a Beresof, donde había estado desterrado en tiempos el príncipe Menchikof, colaborador de Pedro el Grande. Aquí nos dieron dos días de descanso. Hasta Obdorsk faltaban 500 verstas. Nos dejaban salir a pasear al aire libre. Las autoridades no temían ya que pudiéramos fugarnos. Sólo había un camino para volver atrás: el que seguía el curso del río a lo largo de la línea del telégrafo, donde era fácil echar el guante al fugitivo. En Beresof vivía desterrado el agrimensor Rochkovsky, con quien deliberé acerca de las posibilidades de una evasión. Me dijo que podía intentar tomar directamente, por la senda occidental, río Sossiva arriba, en la dirección de los Montes Urales y de allí, en un trineo tirado por renos, hasta las minas. Desde la mina de Bogoslovsky había -un pequeño ferrocarril de vía estrecha que me llevaría a Kuchva, de donde partía el ramal de Perma. Y aquí, la línea general: Perma, Wiatka, Wologda, San Petersburgo, Helsingfors... Pero por el río Sossiva no iba camino alguno. A pocos pasos de Beresof comenzaba el yermo, la soledad salvaje. No me encontraría con un policía en un espacio de mil verstas, ni tropezaría con el menor poblado ruso, y de telégrafo ni hablar. Sólo alguna que otra cabaña de ostiacos, diseminada aquí y allá, y en vez de caballos, que no existían por esos parajes, tendría que valerme de renos. No era fácil que la policía me echase el guante en, cambio, corría el riesgo de perderme en medio de la estepa o de perecer entre la nieve. Estábamos en febrero, el mes de las grandes nevadas...

El doctor Veit, un viejo revolucionario que iba en nuestra partida, me enseñó a fingir un ataque de ciática, con objeto de poder quedarme unos cuantos días hospitalizado en Beresof. No me fué difícil llevar a término esta parte modesta del plan preconcebido. La ciática no es, como todo el mundo sabe, enfermedad susceptible de comprobación. Me instalaron en el hospital. Aquí, el régimen de vida era de una libertad absoluta. En cuanto empecé a sentirme "mejor", me alejaba del hospital y estaba fuera, a veces, varias horas seguidas. El médico me incitaba a p asear. Dada la estación del año en que estábamos, no podían sospechar en mí el menor propósito de fuga. Había que decidirse. Y me decidí por la senda directa de los Urales.

Rochkovski, el agrimensor, puso mi propósito en conocimiento de un campesino de la aldea, al que conocían por el mote de "Pata de cabra", y este hombrecillo pequeño, seco, ponderado, fué el verdadero organizador de la fuga, sin lucrarse para nada en ella. Cuando se descubrió su intervención, hubo de pagar duramente las consecuencias. Al sobrevenir la revolución de Octubre, "Pata de cabra" tardó en averiguar que aquel desterrado a quien había ayudado a fugarse hacía diez años era yo. No se presentó en Moscú hasta el año 1923; el encuentro fué cordialísimo. Le ataviamos con el uniforme de gala de un soldado rojo, le llevamos al teatro y le regalamos un gramófono y otras cuantas cosas. A poco de esto, el viejo moría en sus lejanas tierras del Norte.

De Beresof teníamos que salir tirados por renos. Lo más importante era dar con un guía que se atreviese a ir por aquellos caminos, tan inseguros en esta época del año. "Pata de cabra" me habló de un ziriano, hábil y experto como lo suelen ser los de su raza.

-¿Pero no beberá?-le pregunté.

-¿Cómo, beber? Es un borracho impenitente. Pero, en cambio, habla ruso, zirio y dos dialectos ostiacos que se hablan en la montaña y en el llano y que no se parecen en nada. No podría encontrar usted quien mejor le tripulase. ¡Es un tunante!

Este "tunante" era quien después le había de denunciar. Pero a mí sacó sano y salvo de la aventura[1].

Habíamos fijado la partida para el domingo a media noche. Las autoridades locales tenían organizada para ese día una función de aficionados. Me presenté en el cuartel, que hacia veces de teatro, y procuré hacerme el encontradizo con el jefe del distrito, a quien dije que ya me sentía mucho mejor y que pronto podría reanudar viaje camino de Obdorsk. La cosa no podía ser más deshonesta, pero, no había más remedio que mentir.

Tan pronto como dieron las doce en el reloj de la torre, sin que nadie me viese, corrí al patio de la casa de "Pata de cabras, donde estaba preparado el trineo. Me tendí en el suelo, sobre una piel extendida; el aldeano me cubrió con un montón de paja helada, lo ató y arrancamos. La paja goteaba y el agua me corría por la cara en hilillos fríos. Después de andar algunas verstas el trineo se detuvo. El campesino desató la carga y salí a galas de mi escondite. "Pata de cabra" púsose a silbar. Lo contestaron voces que eran, a todas luces y desgraciadamente, voces de borracho. El ziriano se presentaba embriagado y venía, encima, acompañado de un amigo. Mal empezaba la cosa. Pero como no había opción, subí con mi pequeño bagaje a un trineo tirado por renos. Llevaba dos abrigos de pieles. Uno, con el forro para afuera, y otro hacia adentro; calzas de piel, botas forradas, un gorro de piel doble y grandes guantes; todo el equipo de invierno de un ostiaco. En el equipaje llevaba unas cuantas botellas de alcohol, que era la moneda más segura por aquellos parajes nevados.

"Desde la torre de los bomberos de Beresof-cuenta Svertchkof en sus Memorias-se divisaba todo lo que ocurría sobre la blanca sábana de nieve de la villa o fuera de ella, hasta una versta por lo menos a la redonda. Rochkovsky, presumiendo con razón que la policía preguntaría al vigía de la torre si había visto salir a alguien de la villa aquella noche, lo arregló para que otro vecino saliese por el camino de Tobolsk, llevando en el trineo una ternera sacrificada. Desde la torre observaron, como Rochkovsky había supuesto, esta expedición, y la policía, que, pasados dos días, descubrió la fuga de Trotsky, se lanzó detrás de la ternera muerta, en lo cual perdió dos días más"... Yo no me enteré de esto hasta mucho tiempo después.

Tomamos por la senda que cruzaba el río Sossiva. Los renos eran unos animales magníficos, que el guía había elegido en un rebaño de varios cientos de cabezas. Al principio, el cochero, borracho, se quedaba dormido, y los renos se paraban en seco. Aquellas paradas eran peligrosas para él y para mí. Al cabo de algún tiempo ya no hacía el menor caso de mis empellones. Le quité la gorra de la cabeza, el aire helado le agitó la cabellera y, poco a poco, volvió a recobrar la claridad de juicio. Reanudamos la marcha. Era un viaje realmente fascinador a través de aquellos desiertos nevados, sin huella de plantas humanas, entre abetos y rastros de animales. Los renos trotaban alegremente con las lenguas colgando y respirando aceleradamente: chu-chu-chu... La senda era angosta, los animalillos se metían unos por otros, y era maravilloso que no se estorbasen en la marcha. El reno es un animal extraordinario, de una resistencia increíble al hambre y a la fatiga. Llevaban veinticuatro horas sin comer cuando salimos, y pronto iba a hacer otras tantas que caminábamos sin hacer alto para que pastasen. Según me decía mi acompañante, empezaban a "animarse" ahora. Trotaban uniforme e infatigablemente a una marcha de ocho o diez verstas por hora. Ellos mismos se encargaban de buscarse pasto. No había más que atarles una tablilla de madera al pescuezo y soltarlos. En seguida encontraban un sitio en que barruntaban musgo debajo de la nieve, escarbaban con la pezuña, hundían la cabeza en el hoyo y se ponían a rumiar. Yo sentía por estas bestias el cariño que debe de sentir el piloto por el motor del aeroplano cuando vuela a unos cientos de metros sobre el Océano. El reno que iba a la cabeza del tiro, el reno cabezalero, empezó a cojear. ¡Oh, dolor! No había más remedio que cambiarlo. Tendimos la mirada en. torno, buscando un campamento de ostiacos. De unos a otros había una distancia de docenas y docenas de verstas. El guía sabía descubrirlos por señales que pasaban completamente desapercibidas para mis sentidos. Desde muy lejos olía ya el humo. Perdimos veinticuatro horas en aquello. Pero esto me valió el ser testigo de un cuadro maravilloso, bajo la luz indecisa del amanecer: tres ostiacos a toda marcha, cazaron a lazo tres renos que habían elegido previamente entre un rebaño de varios cientos de cabezas y que los perros echaban a los cazadores. Seguimos viaje a través de la selva, cruzando sobre grandes pantanos cubiertos de nieve y por delante de gigantescos bosques incendiados. De vez en cuando, nos deteníamos a hervir agua de nieve para hacer té. Mi guía daba preferencia al alcohol, pero yo me encargaba de velar celosamente porque no se excediese de la tasa.

El camino parece siempre el mismo, pero cambia constantemente. Para darse cuenta de esto hay que fijarse en los animales. Ahora vamos atravesando una extensión descubierta, entre un bosquecillo de abedules y el lecho de un río. Es un camino criminal. El aire nos manda contra los ojos el leve polvillo que levanta el trineo. El tercer reno del tiro se sale constantemente de la senda. Se hunde en la nieve hasta la barriga y aun más: da unos cuantos saltos desesperados, vuelve al camino, empuja al del medio y echa a un lado al cabezalero. Más adelante, el camino, calentado por el sol, es tan penoso que se rompen las correas del tiro delantero; cuando nos detenemos, la superficie de deslizamiento se hiela y cuesta gran trabajo hacer que el trineo arranque. Después de las dos primeras carreras se ve que los animales están calisádísimos; pero el sol se traspone, el camino se hiela y todo vuelve a marchar bien. Es un camino suave, pero que no se hunde; "un camino como Dios manda", dice el guía. Los renos trotan sin hacer ruido apenas y tiran del trineo corno jugando. No tenemos más remedio que deseligancliar al tercero y atarlo atrás, pues amenazan desbocarse y sería peligroso: podrían hacernos migajas el trineo. Este se desliza suavemente, sin ruido, como una barca por un tranquilo lago. El bosque, en la espesa penumbra, parece mucho más gigantesco. Yo no veo por dónde va el camino y apenas siento moverse el trineo. Los árboles fascinantes parecen venir corriendo hacia uno, las ramas se precipitan ruidosamente a los lados, los viejos troncos desnudos y cubiertos de nieve desfilan, alternando con los esbeltos abedules. Todo parece lleno de misterio, y los renos dejan oír su jadear rápido y uniforme : chu-chu-chu-chu... en medio del silencio de la noche en la selva.

Ocho días duró el viaje. Llevábamos recorridos setecientos kilómetros y nos íbamos acercando a los Urales. Ahora eran cada vez más frecuentes los viajeros que se cruzaban con nosotros en el camino. Yo hacíame pasar por un ingeniero de la expedición polar del barón de Toll. No lejos de los Urales nos encontramos con un viajante de comercio que había servido en esta expedición y conocía a los expedicionarios. Me acribilló a preguntas. Por fortuna, estaba un poco bebido, y yo me apresuré a salir de aquel paso difícil con la ayuda de una botella de ron que traía conmigo a todo, evento. El camino, que iba bordeando los montes Urales, podía recorrerse ya con caballos. Ahora me troqué en funcionario público e hice el camino hasta el ferrocarril minero de vía estrecha con un recaudador de contribuciones que recorría su distrito. El gendarme de la estación, ante quien me despojé de mis pieles de ostiaco, me contemplaba con indiferencia.

Todavía no estaba salvado, ni mucho menos; nada hubiera tenido de particular que se hubiese recibido orden telegráfica de Tobolsk mandando detenerme, cosa nada difícil, aquí, donde cualquier "forastero" llamaba la atención. No las tenía todas conmigo. Hasta que, pasadas veinticuatro horas, no me vi sentado cómodamente en un coche de la línea de Perma, no di por segura la victoria. Ahora, el tren iba recorriendo las mismas estaciones en que hacía tan poco tiempo nos recibieran con tal solemnidad gendarmes, escolta y policía. ¡Pero cuán distinta la meta del viaje y cuán diferentes los sentimientos que animaban al viajero! En los primeros momentos, aquel coche espacioso y casi vacío parecióme estrecho y sofocante. Salí a la plataforma, donde soplaba el viento, y en medio de la noche mi pecho dejó escapar, involuntariamente, un grito de alegría y de libertad.

En la primera parada, puse un telegrama a mi mujer, para que saliese a recibirme a una estación en que se cruzaban los dos trenes. Ella estaba muy ajena a este telegrama, que no esperaba, a lo menos tan pronto. Y no tenía nada de extraño. Habíamos tardado un mes en llegar a Beresof. Los periódicos de San Petersburgo publicaban grandes noticias dando cuenta de nuestra expedición. Empezaban a llegar las cartas. Todo el mundo me creía camino de Obdorsk. Yo, entre tanto, había desandado todo el camino en once días. Era natural que a mi mujer le pillase desprevenida aquella cita que le daba para una estación próxima a San Petersburgo. La sorpresa hizo mucho más grato el encuentro.

En los Recuerdos de N. J. Sedova, se dice lo siguiente: "Cuando recibí el telegrama, estando sola en Terioky, un pueblecillo finlandés, cerca de San Petersburgo, con el niño pequeño, no supe contener la emoción y la alegría. Acababa de recibir una larga carta de L. D. escrita en ruta, en que después de contarme las incidencias del viaje me rogaba que, si iba a Obdorsk, le llevase algunos libros que me indicaba y otros objetos necesarios en aquellas latitudes. Y de pronto, venía este telegrama dándome una cita para una estación en que se cruzaban los trenes, como si hubiese decidido dar la vuelta repentinamente, volando por un camino fantástico. Me chocó que el telegrama no mencionase el nombre de la estación. A la mañana siguiente salí para San Petersburgo, cogí una guía y me puse a estudiar el itinerario, a ver si daba con la estación para la que tenía que sacar billete. No me atrevía a preguntar a nadie y me puse en camino sin haber averiguado el nombre de la estación. Saqué billete hasta Wiatka y tomé un tren que salía por la noche. El coche en que viajaba iba lleno de propietario rurales que volvían de San Petersburgo, cargados con paquetes de golosinas para celebrar las fiestas de la masleniza; todas las conversaciones giraban en torno al "blini"[2], al caviar, esturión, vinos y otras cosas por el estilo. Yo, excitada como estaba, pensando en que iba a volver a reunirme con L. D., y temerosa de que surgiese algún contratiempo, no podía soportar semejantes conversaciones... Y, sin embargo, tenía, no sé por qué, la seguridad interior de que nos encontraríamos. Llena de impaciencia, aguardaba a que se hiciese de día, pues el tren en que venía tenía su entrada por la mañana en la estación de Samino; había averiguado el nombre durante el viaje y ya no se me ha vuelto a olvidar nunca. Pararon los dos trenes, aquel en que yo iba y el que venía en dirección contraria. Corrí al anden. ¡Nadie! Salté al otro tren, recorrí, presa de una terrible inquietud, todos los coches. ¡Nadie, nadie! De pronto, veo en uno de los departamentos su abrigo de pieles; eso quiere decir que va aquí, ¿pero dónde? Al saltar del tren doy de bruces con él; venía de buscarme en la sala de espera. Se indignó al conocer la mutilación del telegrama, y ya quería echarlo todo por tierra, haciendo una reclamación entonces mismo. A duras penas, logré contenerle. Al cursar el telegrama había contado, naturalmente, con la posibilidad de que saliesen a su encuentro los gendarmes en vez de salir yo, pero pensó que en San Petersburgo le sería más fácil ocultarse conmigo, y lo demás lo encomendaba a su buena estrella. Volvimos al departamento y recorrimos juntos lo que quedaba de viaje. Yo estaba asombrada, viendo la libertad y desembarazo con que L. D. se movía, riéndose y hablando en voz alta en el tren y en los andenes de las estaciones. De buena gana le hubiera hecho invisible o le hubiera ocultado pues aquella fuga podía costarle el presidio. Pero él no se escondía delante de nadie y afirmaba que esto era la mejor salvaguardia."

Desde la estación fuimos directamente a la Escuela de Artillería, a casa de nuestros buenísimos amigos. jamás he visto a nadie tan asombrado como la familia del médico militar, al verme delante. Estaba plantado en medio del gran comedor, y todos me miraban, sin querer dar crédito a sus ojos, conteniendo la respiración, como si fuese un espectro. Después de abrazarnos y besarnos, volvieron el asombro y las exclamaciones de que aquello era imposible. Al fin, se convencieron de que era a mí a quien tenían delante. Todavía me parece estar viviendo aquellas horas magníficas. Pero el peligro no había pasado, ni mucho menos, y fué el doctor Litkens quien me lo recordó. En cierto modo, era ahora cuando comenzaba. Seguramente que ya habrían llegado telegramas de Beresof dando cuenta de mi evasión. Aquí, en San Petersburgo, eran muchos los que me conocían del Soviet. Decidimos, por tanto, trasladarnos a Finlandia, donde las libertades conquistadas por la revolución se mantenían más estables que en la capital rusa. El punto, de verdadero peligro era la estación. Poco antes de arrancar el tren, entraron en nuestro coche unos cuantos oficiales de la gendarmería que andaban revisando los vagones. En los ojos de mi mujer, que iba sentada cara a la puerta, leí el espanto. Pasamos un momento de terrible tensión nerviosa. Los gendarmes nos dirigieron una mirada indiferente y siguieron su camino. Era lo mejor que podían hacer.
Lenin y Martof llevaban ya largo tiempo fuera de San Petersburgo viviendo en Finlandia. Las dos fracciones, que se habían fundido en Estocolmo en el mes de abril de 1906, volvían a estar muy distanciadas. Las aguas de la revolución iban bajando dc- nivel. Los mencheviques estaban arrepentidos de las torpezas cometidas en 1905. Los bolcheviques, que no tenían nada de qué arrepentirse, navegaban con la proa puesta hacia una nueva revolución. Fui a visitar a los dos caudillos, que vivían en dos aldeas vecinas. En el cuarto de Martof reinaba, como siempre, un desorden loco. En uno de los rincones alzábase del suelo, hasta la altura de un hombre, una pila de periódicos. De vez en cuando, en el curso de la conversación, Martof se lanzaba a ella y sacaba el número que quería consultar. Las cuartillas, cubiertas de ceniza de tabaco, rodaban por encima de la mesa. Los empacados lentes seguían danzando torcidos sobre la naricilla delgada. Martof rebosaba, como siempre, ideas sutiles y brillantes; sólo una le faltaba, la más importante de todas: Martof era incapaz de saber nunca lo que había que hacer.

En el cuarto de Lenin reinaba, como siempre, un orden perfecto. Lenin no fumaba. Tenía a mano, debidamente acotados y anotados, los recortes de periódicos que le interesaban. Y lo que importaba más que todo: en aquel semblante prosaico, aunque extraordinario, había una seguridad imperturbable, de que no se habían borrado la atención y la espera. La situación no estaba aún claramente definida: no se sabía si aquello era la reacción definitiva o la pausa preparatoria de un nuevo ataque. De cualquier modo, era necesario dar la batalla con igual ardor a los escépticos, ponderar teóricamente las experiencias de 1905, ir formando los cuadros para la próxima oleada o la revolución-que habría de sobrevenir. Lenin, en su conversación, se mostró conforme con mis trabajos de la cárcel, si bien me reprochó el que, en punto a organización, no sacase las consecuencias lógicas de ellos, afiliándome a los bolcheviques. Tenía razón. Al despedirme, me dio unas cuantas direcciones para Helsingfors, que me prestaron servicios inapreciables. Los amigos con quienes me puso en relación ayudáronme a buscar refugio en un lugar escondido cerca de Helsingfors, que se llamaba Oglbü; allí pasó también una temporada Lenin, después de irnos nosotros. El comisario de policía de Helsingfors era "activista", es decir, nacionalista revolucionario finlandés, y prometió que me avisaría, caso de que llegase de San Petersburgo algún aviso peligroso. Pasé unas cuantas semanas en Oglbü, en compañía de mi mujer y de un niño que había nacido estando yo en la cárcel. Me aproveché de aquel recogimiento para describir mi viaje a Siberia y mi evasión en el librillo titulado Ida y vuelta, cuyos honorarios me vinieron muy bien para pasar al extranjero, vía Estocolmo. Mi mujer se quedaba provisionalmente en Rusia, con el niño. Una joven "activista" finlandesa me acompañó hasta la frontera. En aquel entonces, los "activistas" eran amigos nuestros. En 1917 se convirtieron en fascistas y enemigos rabiosos de la revolución.

Un vapor escandinavo me llevaba nuevamente camino de la emigración; esta vez, el destierro había de durar diez años. 



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