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Capítulo XVI

 

 

Capítulo XVI: La segunda emigración y el socialismo alemán 

El congreso del partido del año 1907 hubo de celebrarse en una iglesia socialista de Londres. Fué un congreso muy concurrido, largo, turbulento y caótico. En San Petersburgo continuaba viviendo la segunda Duma. La revolución iba en descenso, pero el interés por ella era cada vez mayor y había contagiado hasta la política inglesa. Los liberales ingleses invitaban a sus casas a los delegados famosos que intervenían en el congreso, para enseñarlos a sus visitas. El descenso revolucionario iniciado empezaba a revelarse ya en la caja del partido. No había fondos bastantes para pagar el viaje de regreso de los delegados ni aún siquiera para llevar a término los trabajos del congreso. Cuando esta triste noticia resonó en las bóvedas de la iglesia, viniendo a cortar la discusión acerca del levantamiento armado, los delegados se quedaron mirando unos para otros, perplejos y llenos de inquietud. ¿Qué hacer? Desde luego, no estarse allí metidos en la iglesia, con los brazos cruzados. Pero he aquí que de pronto, y cuando menos lo esperábamos, se encontró una solución. Un liberal inglés mostrábase dispuesto a hacer un empréstito a la revolución rusa, por valor-si mal no recuerdo-de tres mil libras. Mas para ello exigía que la letra extendida por la revolución nevase las firmas de todos los congresistas. Y así fué. Se le entregó al inglés un documento en que aparecían estampadas unos cuantos cientos de firmas con el signo de todas las naciones rusas. Aquella letra tardó en vencer. Los años de reacción y la guerra no permitieron a nuestro partido pensar en el reembolso de semejante suma. Fué el Gobierno de los Soviets quien se encargó de recoger la letra librada en el Congreso de Londres. La revolución cumple siempre con sus obligaciones, aunque a veces lo haga con algún retraso.

En uno de los primeros días del congreso, se me acercó en los claustros de la iglesia un hombre alto y huesudo, con cara ancha, pómulos salientes y sombrero redondo.

-Soy un admirador de usted-me dijo con una sonrisa afectuosa.

-¿Un admirador?-le pregunté asombrado.

Quería referirse, por lo visto, a mis obras polémicas y políticas escritas en la cárcel. Tenía delante a Máximo Gorki. Era la primera vez que le veía.

-No necesito decir que también yo soy un gran admirador suyo -le dije, pagándole su amabilidad en la misma moneda.

Por entonces, Gorki simpatizaba con los bolcheviques. Con él estaba la Andreieva, conocida actriz. Días después salimos juntos a ver Londres.

-¿Lo concibe usted?-me dijo Gorki meneando la cabeza con un gesto de asombro, a la par que apuntaba para su amigo-. Esta mujer habla todos los idiomas de la tierra.

él, por su parte, no hablaba más que ruso; pero el ruso lo hablaba bien. Cuando se acercaba un mendigo a cerrar la puerta del coche de punto, Gorki se volvía a su acompañante en tono de súplica:

-¡Démosle estas perras!

A lo cual replicaba la Andreieva:

-Ya le he dado, Aliochenka, ya le he dado.

En el congreso de Londres trabé relación con Rosa Luxemburgo, a la que ya conocía desde 1904. Era una mujer pequeña, delicada y casi enfermiza, con rasgos de gran nobleza en la cara y unos ojos magníficos, por los que rebosaba el espíritu; esta mujer se imponía por la fuerza de su carácter y la audacia de sus pensamientos. En su estilo-concentrado, preciso, despiadado-nos ha quedado perenne el espejo de su heroico espíritu. Era la suya una naturaleza compleja, rica en matices. El alma de Rosa Luxemburgo, que tenía muchas cuerdas, vibraba por igual con la revolución y sus pasiones que con el hombre y el arte; con la naturaleza, sus pájaros y sus hierbas. "Pero tengo que tener alguien que me crea-escribía a Luisa Kautsky-que si ando debatiéndome en este torbellino de la historia del mundo es por equivocación, pues en realidad, yo he nacido para guardar gansos." Yo no mantenía relaciones personales de cerca con Rosa Luxemburgo; nos veíamos rara vez y sólo por poco tiempo. La admiraba de lejos, y acaso por entonces no la estimase todo lo que ella merecía... Ante el problema de la llamada revolución permanente, adoptaba, en principio, la misma posición que yo. Un día, estaba con Lenin en las naves de la iglesia, discutiendo medio en serio, medio en broma, sobre este tema. Un grupo de delegados formaba corro en torno nuestro.

-Todo proviene-dijo Lenin refiriéndose a Rosa-de que no habla bien el ruso.

-Pero, en cambio-contesté yo-, habla magníficamente el marxismo.

Los delegados se echaron a reír, y nosotros con ellos.

En las sesiones del congreso tuve ocasión de exponer mi punto de vista acerca del papel que incumbía al proletariado en la revolución burguesa y sobre todo acerca de la actitud que debiera adoptar ante el problema campesino. He aquí lo que dijo Lenin, resumiendo mis palabras: "Trotsky sostiene la comunidad de intereses del proletariado y la clase campesina en la revolución actual", entendiendo que "media entre ellos una solidaridad en cuanto a los puntos fundamentales de su posición frente a los partidos burgueses". A la vista de estas palabras, ¿habrá alguien- capaz de seguir manteniendo la leyenda de que en 1905 yo "desdeñé" el problema campesino? Permítaseme añadir que el discurso programático pronunciado por mí en Londres en 1907, y que sigo considerando perfectamente acertado, fué impreso y reimpreso repetidas veces después de la revolución de Octubre como modelo de cuál debiera ser la posición bolchevista frente a los campesinos y la burguesía.

Desde Londres me trasladé a Berlín, para reunirme allí con mi mujer, que había de llegar de San Petersburgo. Parvus, que estaba huído ya de Siberia, había colocado en Dresden, en la editorial socialdemocrática de Kaden, mi libro Ida y vuelta. Me comprometí a escribir para este folleto, en que relataba mi fuga, un prólogo acerca de la revolución. De este prólogo fué surgiendo, en unos cuantos meses, un libro: Rusia en la revolución o 1905. Luego nos fuimos los tres-mi mujer, Parvus y yo-a hacer una excursión a pie por la Suiza sajona. Era a fines de verano; hacía unos días magníficos y por las mañanas soplaba un fresco delicioso; bebíamos leche y aire serrano a todo pasto. Por empeñarnos en no bajar la montaña por el camino trazado, por poco nos desnucamos mi mujer y yo. Nos quedamos a pasar unas cuantas semanas en un pueblecillo de la Bohemia llamado Hirschberg, lugar de veraneo para gentes sin pretensiones. Cuando se nos acababa el dinero-que era con mucha frecuencia-, Parvus o yo nos sentábamos y escribíamos a escape un artículo para los periódicos socialdemócratas. Allí, en Hirschberg, puse fin a un libro sobre la socialdemocracia alemana para una editorial bolchevista. En él, y por segunda vez (pues ya lo había hecho también el año 1905), formulaba el temor de que el aparato gigantesco de la socialdemocracia alemana se convirtiese, llegado un momento crítico para la sociedad burguesa, en una firme columna del orden conservador. No podía sospechar siquiera, por entonces, cuán cumplidamente habían de venir los hechos a confirmar esta suposición teórica mía. En Hirschberg nos dispersamos, cada cual por su lado: mi mujer, camino de Rusia, a recoger al niño; Parvus, hacia Alemania; yo me fui al congreso de Stuttgart.

En el congreso de la Internacional, celebrado en Stuttgart, percibiese todavía un hálito de la revolución rusa. Predominaba el ala izquierda. Pero la decepción acerca de los métodos revolucionarios empezaba a dibujarse en el ambiente. En el interés que aquellas gentes mostraban por los revolucionarios rusos había ya un cierto toque de ironía: "¿Qué, ya están ustedes otra vez aquí, eh?" En febrero de 1905, estando en Viena, camino de Rusia, se me había ocurrido preguntarle a Víctor Adler qué pensaba acerca de una posible intervención de la socialdemocracia en un Gobierno provisional que pudiera formarse. Adler me contestó con aquella ironía mordaz que le era peculiar:

-Antes de quebrarse la cabeza pensando en un Gobierno futuro vean ustedes cómo se las arreglan con el Gobierno presente.

En Stuttgart le recordé esta conversación.

-Confieso-me dijo-que han estado ustedes más cerca del Gobierno provisional de lo que yo creía.

Adler estaba siempre muy amable conmigo. No ignoraba que el régimen del sufragio universal implantado en Austria era, en rigor, una conquista que debían al Soviet de los diputados obreros de Petrogrado.

Quelch, que en el año 1902 me había facilitado la entrada al "British Museum", llamó a la conferencia diplomática, en una sesión del congreso, sin guardar el respeto ni las formas, una reunión de bandidos. El epíteto no le agradó al príncipe de Bülow, a la sazón Canciller. El Gobierno de Wurtemberg, coaccionado por el de Berlín, expulsó al delegado inglés de su territorio. Bebel se disgustó mucho. Pero el partido no creyó oportuno hacer nada contra la expulsión. Ni siquiera organizar una manifestación de protesta. Los congresos de la Internacional eran, por lo visto, como un colegio de muchachos, en que el profesor expulsaba a un alumno molesto y los demás se quedaban tan calladitos. Cualquiera que no estuviese ciego podía ver que detrás de aquellas cifras imponentes de que hacía ostentación la socialdemocracia alemana empezaba a alzarse una sombra de impotencia.

En octubre de 1907 me encontraba ya en Viena, donde a poco se presentó mi mujer con el niño. Entre tanto que se desencadenaba la nueva oleada revolucionaria, nos fuimos a vivir a un pueblecillo de las afueras, llamado Hütteldorf. La espera había de ser larga. La oleada que nos sacó de Viena, después de siete años, no fué precisamente la revolución, sino aquella otra, muy distinta, que empapó de sangre el suelo de Europa. ¿Por qué nos íbamos a vivir a Viena, en una época en que todos los emigrados se congregaban en Suiza y en París? A mí me interesaba mucho, entonces, la vida política alemana, y, no pudiendo fijar nuestra residencia en Berlín, por razones de policía, nos fuimos a vivir a Viena. En los siete años que pasé allí dediqué mucha más atención a la política alemana que a la austríaca, la cual le estaba recordando a uno constantemente las vueltas que da la ardilla dentro del tambor.

A Víctor Adler, en quien todos acataban al jefe del partido, le conocía desde el año 1902. Había llegado el momento de conocer también a los que le rodeaban y al partido en conjunto. Hilferding me lo presentaron en el verano de 1907, en casa de Kautsky. Era la época en que estaba escalando las cumbres de su revolucionarismo, lo cual no le impedía odiar pasionalmente a Rosa Luxemburgo y despreciar a Carlos Liebknecht. Sin embargo, por lo que a Rusia se refería, estaba dispuesto entonces, como tantos otros, a llegar a las conclusiones más radicales. Alabó mis artículos, que habían visto la luz, traducidos en la Neue Zeit, antes de mi fuga al extranjero, y, con gran asombro mío, cuando aún no habíamos cambiado más que unas cuantas palabras, me propuso que nos tuteásemos. Esto daba a nuestras relaciones, exteriormente, una forma de intimidad que no respondía a fundamento alguno político ni moral.

Hilferding hablaba en aquel entonces con el mayor desprecio de la fosilización y pasividad de la socialdemocracia alemana, comparándola con la actividad que desplegaban los austríacos. Sin embargo, estas críticas no salían de entre las cuatro paredes del cuarto en que se pronunciaban. La posición de Hilferding era la de un funcionario doctrinal al servicio del partido; ni más ni menos. Siempre que venía a Viena me visitaba, y una noche me presentó en un café a sus amigos austromarxistas. Yo le visitaba también a él, cuando iba por Berlín. Un día, nos reunimos en un café berlinés con Macdonald. Eduardo Bernstein hacía oficio de intérprete. Hilferding formulaba preguntas, y Macdonald las contestaba. Por más que me esfuerzo, no acierto a recordar una sola de aquellas preguntas ni de aquellas respuestas, que brillaban tanto unas como otras por su magnífica vulgaridad. Oyéndolos, me preguntaba para mis adentros: "¿Cuál de estos tres individuos cae más lejos de lo que uno está acostumbrado a entender por socialismo?" Y no me era fácil contestar a esta duda.

Estando en Brest-Litovsk durante las negociaciones de paz, recibí una carta de Hilferding. Aunque sabía que nada importante podía contener, no dejé de rasgar el sobre con cierto interés: era la primera voz directa de los socialistas occidentales que llegaba a nosotros, después del golpe de Octubre. ¿Qué decía la carta? En ella, Hilferding me rogaba que viese el modo de interceder por la libertad de un prisionero perteneciente a la familia, tan numerosa, de los "doctores" vieneses. ¡De la revolución, ni una palabra! En cambio, en la carta abundaban las fórmulas de tuteo. Parecíame tener motivos bastantes para conocer a mi corresponsal, de quien no podía hacerme la menor ilusión. Y sin embargo, no podía dar crédito a mis ojos. Todavía me acuerdo del interés con que me preguntó Lenin:

-He oído decir que ha tenido usted una carta de Hilferding.

-Sí, es cierto.

-¿Y qué le dice?

-Me recomienda a un compatriota suyo, prisionero, para ver si se le puede poner en libertad.

-Sí; pero ¿qué dice de la revolución?

-De la revolución no dice nada.

-¿Na-da?

-¡Ni una palabra!

-¡No es posible!

Lenin me miraba de hito en hito. Esta vez le había ganado la partida, pues yo estaba perfectamente hecho a la idea de que para aquel socialista la revolución de Octubre y la tragedia de Brest-Litovsk no eran más que otras tantas ocasiones que se le deparaban para recomendarnos a un patriota. Hago gracia al lector de los epítetos en que tomó cuerpo el asombro de Lenin.

Hilferding me puso en relación con sus amigos vieneses: Otto Bauer, Max Adler y Carlos Renner. Eran personas extraordinariamente cultas, que sabían de muchas cosas bastante más que yo, y seguí con vivo, por no decir que devoto, interés su conversación en la primera reunión a que asistí en el Café Central. Pero pronto al interés vino a unirse el asombro. Aquellos hombres no eran revolucionarios. Más aún, encarnaban un tipo de hombre que es precisamente lo opuesto al revolucionario. Se les veía en todo: en el modo de afrontar los problemas, en sus observaciones políticas y en sus juicios psicológicos, en lo satisfechos que estaban de sí mismos-satisfechos, no seguros de sí mismos, que es otra cosa-; a veces, parecíame percibir ya en la vibración de sus voces el tono del filisteo.

Lo que más me sorprendía era que unos marxistas tan cultos fueran completamente incapaces para aplicar el método de Marx a los grandes problemas políticos y, sobre todo, a su aspecto revolucionario. Con quien primero me convencí de esto fué con Renner.

Se nos pasó la hora en el café charlando, y como ya no había tranvía a Hütteldorf, donde yo vivía, Renner me propuso que pasase la noche en su casa. Este funcionario habsburgués, inteligente y culto, no podía en aquel entonces sospechar, ni por asomo, que el triste destino del Imperio austrohúngaro, de que él era abogado histórico, hubiera de llevarle, a la vuelta de diez años, a ser Canciller de la República austríaca. Por el camino, fuimos hablando acerca de las perspectivas que ofrecía el desarrollo de Rusia, donde se había consolidado ya por aquellas fechas la contrarrevolución. Mí interlocutor hablaba de estas cosas con la cortesía y la indiferencia propias de un extranjero culto. La verdad era que le interesaba mucho más el Gabinete austríaco, presidido por el Barón de Beck. Sus ideas acerca de Rusia reducíanse, en esencia, a entender que el bloque formado por los terratenientes y la burguesía, al que daba expresión el régimen implantado por Stolypin después del golpe de Estado del 16 de junio de 1907, correspondía cumplidamente al desarrollo de las fuerzas productivas del país, y tenía, por tanto, probabilidades de mantenerse. Le repliqué que, a mi juicio, el bloque gobernante de los terratenientes y la burguesía estaba preparando una segunda revolución, que probablemente llevaría al Poder al proletariado. Todavía me parece estar viendo a la luz de un farol la mirada rápida de superioridad y de desprecio que me lanzó aquel hombre. Seguramente reputó mi pronóstico por la fantasía de un analfabeto político, algo así como las profecías de aquel místico australiano que, hacía algunos meses, en el congreso socialista internacional de Stuttgart, nos había predicho el día y la hora en que estallaría la revolución mundial.

-¿Cree usted...?-me preguntó Renner-. Es posible que yo no sepa apreciar debidamente la situación de Rusia-añadió con una cortesía anonadadora.

Ya no había posibilidad de seguir hablando, pues no pisábamos el mismo terreno. Mi interlocutor estaba tan lejos de la dialéctica revolucionaria como podría estarlo el más conservador de los faraones egipcios.

Con el tiempo, aquellas primeras impresiones no hicieron más que confirmarse. Tratábase de personas extremadamente cultas, capaces, a fuerza de rutina política y sin salirse de ella, de escribir buenos artículos marxistas. Pero yo no podía sentirme unido a ellos. Me fui convenciendo de esto cada vez más resueltamente, conforme se dilataba el campo de mis relaciones y observaciones. En sus charlas espontáneas, en que no tenían por qué recatarse se traslucía más sinceramente que en sus artículos y discursos aquel patriotismo descarado, aquel puntillo de honor del pequeño burgués, aquel espanto que les inspiraba la policía, aquellos sus juicios vulgares acerca de la mujer. Oyéndoles, no podía por menos de decirme, con una voz interior de asombro: ¡Y éstos se llaman revolucionarios! No me refiero, al decir esto, a los obreros, entre los cuales se descubrían también, naturalmente, no pocos rasgos de pequeño burgués, aunque más candorosos y simplistas. No; me refiero a la flor y nata de los marxistas austríacos de antes de la guerra, a los diputados, escritores y periodistas. Viendo y observando a estos hombres comprendí qué disparidad de elementos es capaz de esconder el alma de un individuo y cuánta distancia hay entre la asimilación pasiva de un sistema o de una parte de él y la consustanciación con el sistema que se vive y que se erige en norma y disciplina del propio espíritu. El tipo psicológico del marxista sólo puede darse en una época de conmoción social, de ruptura revolucionaria con las tradiciones y las costumbres. Estos austromarxistas no eran, en general, más que unos buenos señores burgueses que se dedicaban a estudiar tal o cual parte de la teoría marxista como podían estudiar la carrera de Derecho, viviendo apaciblemente de los intereses del Capital. En aquella vieja ciudad de Viena, imperial y jerárquica, activa y vanidosa, los marxistas se daban unos a otros, placenteramente, el título de "herr Doktor". Los obreros, muchas veces, hacían una graciosa amalgama con el tratamiento socialista y el académico, y decían: "camarada herr Doktor". En los siete años completos que pasé en Viena no me fué posible hablar con entera sinceridad a ninguno de estos dirigentes, y eso que estaba afiliado a la socialdemocracia austríaca, asistía a sus reuniones, tomaba parte en las manifestaciones, colaboraba en sus órganos, y de vez en cuando, pronunciaba pequeños discursos en alemán. No acertaba a sentirme compenetrado con los jefes, y, en cambio, no me costaba trabajo alguno entenderme con los obreros, en las reuniones o en las manifestaciones del 1.º de mayo.

En tales condiciones, encontré en la correspondencia entre Marx y Engels el libro que vivamente necesitaba, y este libro, que sentía tan próximo a mí, era el resorte más seguro de que disponía para contrastar la verdad de mis opiniones y, en general, de mi modo de sentir el mundo. Los caudillos de la socialdemocracia vienesa usaban, en apariencia, las mismas fórmulas que yo. Pero no había más que hacerlas girar unos cinco grados en torno a su eje y se veía que, aun siendo los mismos conceptos, el contenido no podía ser más diferente. Lo que nos unía era transitorio, aparente y superficial. La correspondencia entre Marx y Engels fué para mí una revelación, no teórica, sino psicológica. Guardando la debida distancia y las proporciones debidas, puedo decir que no había página que no me convenciese de la íntima afinidad de alma que me unía con aquellos dos hombres. La actitud que ellos adoptaban ante las personas y las ideas me era a mí familiar. Leía entre líneas los pensamientos no expresados, compartía sus simpatías, su indignación y su odio. Marx y Engels eran revolucionarios de los pies a la cabeza. No había en ellos asomo de sectarismo ni de espíritu ascético. Los dos, y sobre todo Engels, podían decir que nada humano les era ajeno. Y, sin embargo, la conciencia revolucionaria, que llevaban en los nervios se alzaba siempre en ellos por encima de las contingencias del destino y de las obras de la mano del hombre. La mezquindad era incompatible, no ya con ellos, sino con su sola presencia. La vulgaridad huía hasta de la suela de sus zapatos. Todos sus juicios, sus simpatías, sus bromas, hasta las más corrientes estaban nimbadas por esa brisa de nobleza espiritual que sopla en las cumbres. No se echaban atrás cuando había que sepultar a un hombre bajo un juicio demoledor; pero jamás murmuraban. Y siendo como eran despiadados, no eran nunca desleales. Sentían un serene, desprecio por todo lo que fuese brillo aparente, por los títulos, las jerarquías y las dignidades. Y lo que el vil y el filisteo llamaban su desdén aristocrático no era, en realidad, más que su superioridad revolucionaria. Esta superioridad se revelaba en un signo, acaso el más importante de todos: la independencia verdaderamente orgánica con que sabían sostenerse siempre y dondequiera frente a la opinión oficial y consagrada. Leyendo sus cartas, comprendía todavía con más fuerza y evidencia que por la lectura de sus obras que me unía íntimamente, a Marx y a Engels; y esto era cabalmente lo que me separaba de un modo irreconciliable de los austromarxistas.

Estos se enorgullecían de su realismo y de su método materialista. Pero tampoco en esto pasaban de la superficie. En el año 1907 el partido acordó, con objeto de engrosar sus fondos, montar y explotar por su cuenta una fábrica de pan. Era una aventura desgraciada, peligrosa desde un punto de vista doctrinal y prácticamente insostenible. Yo la combatí desde el primer día, pero los marxistas vieneses sólo se dignaron dedicarme una sonrisa desdeñosa de superioridad. Fué necesario que pasasen cerca de veinte años para que el partido, después de una serie de vejaciones de todo género, se decidiese a traspasar la industria a un particular, saldando con pérdidas materiales y morales aquel desastroso negocio. Para defenderse contra el descontento de los obreros, cansados ya de tanto sacrificio estéril, y demostrar que era necesario abandonar la empresa, Otto Bauer no tuvo más remedio que acogerse a las mismas prevenciones que yo había puesto de relieve contra ella, al crearse. Pero no dijo por qué él mismo no vió entonces lo que yo vi y por qué no concedió la menor importancia a mis advertencias, que no eran, ni mucho menos, fruto de la agudeza personal, de nadie. Para formularlas, no tuve necesidad de apuntar a la coyuntura del mercado de trigos ni a la situación de la caja del partido; me bastó con atenerme a la posición que ocupa el proletariado en el seno del capitalismo. Y esto, que entonces les pareció un argumento doctrinario, resultó ser el criterio más realista. Claro está que la justeza de mis prevenciones, luego de comprobadas, no demuestra más que la superioridad del método marxista sobre aquel producto austríaco de imitación.

Víctor Adler estaba en todos los respectos a cien codos por encima de los demás. Pero se había hecho ya un escéptico. Su temperamento, que era el de un luchador, había ido gastándose en pequeñas escaramuzas, en medio de aquella baraúnda austríaca. Las perspectivas del mañana eran impenetrables, y Adler les volvía la espalda, muchas veces con gesto ostensible. "El oficio de profeta es un oficio ingrato, sobre todo en Austria." Tal era el refrán constante de sus discursos. "Séase lo que se quiera-había dicho en los pasillos del local en que se celebraba el congreso de Stuttgart, comentando los augurios de aquel australiano a que nos hemos referido-, a mí, personalmente, los pronósticos políticos basados en el apocalipsis me son más simpáticos que las profecías derivadas del materialismo histórico." Era, naturalmente, una broma. Pero en esta broma había algo de sincero. Y esto era lo que a mí me repelía en Adler, tocando al punto más sensible de mi vida: sin pronosticar, en una visión amplia, las perspectivas históricas, yo no concebía que fuese posible una actividad política ni que pudiera haber siquiera una vida intelectual; Víctor Adler se había hecho un escéptico, y su escepticismo lo toleraba todo y se adaptaba a todo, principalmente al nacionalismo, que estaba corroyendo hasta los huesos el partido austriaco.

Mis relaciones con los jefes del partido todavía se agriaron más cuando, en el año 1909, me manifesté públicamente contra el chovinismo imperante en la socialdemocracia austroalemana. En mis conversaciones con los socialistas de los Balcanes, principalmente con los servios y sobre todo con Dimitri Tuzovich, que había de morir luego de oficial en la guerra balcánica, estaba oyendo constantemente quejas de que los periódicos burgueses de Servia citaban y divulgaban con una malísima intención los ataques chovinistas de la Arbeiter-Zeitung contra los servios, como prueba de que la solidaridad internacional de los obreros era una leyenda mentirosa. Envié a la Neue Zeit un artículo muy suave y cauteloso contra aquellos excesos del periódico socialdemócrata austríaco. Kautsky, después de muchas vacilaciones, se decidió a publicarlo. S. L. Kliatchko, un viejo emigrado ruso con el que yo llevaba gran amistad me contó al día siguiente que entre los directivos del partido había una gran indignación contra mí. "¡Cómo se atreve!"... Otto Bauer, y con él otros austromarxistas, reconocían en privado que Leitner, el redactor de la sección política extranjera, iba más allá de la cuenta. Con ello, no hacían más que expresar la opinión de Víctor Adler, él cual toleraba, pero no aprobaba, los excesos patrioteros. Sin embargo, ante el atrevimiento y la intromisión de un extranjero, todos se sentían unidos. Uno de los sábados siguientes, Otto Bauer se acercó a la mesa del café en que yo estaba sentado con Kliatchko y empezó a llamarme severamente al orden. Confieso que aquel borbotón de palabras casi me aturdía. Pero lo que me causaba más asombro no era el tono magistral con que me hablaba, sino su modo de argumentar.

-¿Y qué importancia tienen-me decía, con un gesto cómico de soberbia- los artículos de Leitner? Para Austria-Hungría, la política exterior no existe. No hay un solo obrero que lea esa sección. No tiene la menor, importancia...

Yo le escuchaba con los ojos muy abiertos, sin dar crédito a lo que oía. ¿De modo que aquella gente, no sólo no creía en la revolución, sino que no creía tampoco en la guerra? Es verdad que todos los años, en el manifiesto del 1.º de mayo, hablaban de la guerra y de la revolución, pero empleaban estas palabras sacramentalmente, sin tomarlas en serio, y no se daban cuenta de que la Historia había levantado ya su botaza gigantesca de soldado sobre aquel hormiguero en que vivían tan ajenos a todo lo que pasaba a su alrededor. Seis años después no tuvieron más remedio que convencerse de que también para la Monarquía austrohúngara existía la política exterior. Y al estallar la guerra todos hablaron, naturalmente, aquel lenguaje desvergonzado que habían aprendido de Leitner y de otros patrioteros por el estilo.

En Berlín reinaba otro espíritu. Acaso, en el fondo, fuese igualmente malo; pero era distinto. No se encontraba uno fácilmente con aquellos ridículos mandarines académicos de Viena. El panorama era más sencillo. No había tanto nacionalismo, o, a lo menos, no se manifestaba con la frecuencia ni con el clamor calle ero de Austria> en que el problema de razas era mucho mayor. El orgullo nacional venía a resumiese, en cierto modo, en el orgullo del partido, en el prurito de tener la socialdemocracia más, potente del mundo, la que llevaba la batuta en la Internacional.

Para nosotros, los rusos, la socialdemocracia alemana era la madre, la maestra, el ejemplo vivo. A través de la distancia, cobraba a nuestros ojos contornos ideales. En Rusia jamás pronunciábamos los nombres de Bebel y de Kautsky sin un cierto tinte de devoción. Y aunque tuviese ya algún presentimiento teórico de alarma respecto al partido alemán, lo cierto es que por entonces yo era todavía un devoto y admirador suyo. A ello contribuía en gran parte el hecho de vivir en Viena, pues siempre que iba a Berlín, que la, hacía de vez en cuando, comparando las dos capitales de la socialdemocracia, no tenía más remedio que decirme, a guisa de consuelo: ¡No, Berlín es otra cosa!

Dos veces tuve ocasión de asistir, en Berlín, a las reuniones semanales del ala izquierda, que se celebraban los viernes, en el restaurant "Rheingold". El alma de estas reuniones era Franz Mehring. A veces, acudía también Carlos Liebknecht, siempre tarde, para retirarse antes que los demás. A mí me presentó Hilferding, que se contaba entre los de la izquierda, a pesar de que, como he dicho más arriba, ya por entonces odiaba a Rosa Luxemburgo con aquel odio que había sembrado en Austria Daschinsky. No se me ha quedado en la memoria nada importante de aquellas conversaciones. Recuerdo que Mehring me preguntó irónicamente, con aquel temblor de mejilla que a veces era en él habitual, cuáles, entre sus "obras inmortales", estaban traducidas al ruso. Y como Hilferding, en el curso de la conversación, calificase de revolucionarios a los del ala izquierda alemana, Mehring le interrumpió diciendo:

-¡Vaya unos revolucionarios! ¡Ellos, ellos sí que son revolucionarios 1

Y apuntó para donde yo estaba. Yo no conocía bastante a Mehring, y como estaba tan acostumbrado a las ironías de aquellos buenos señores siempre que hablaban de la revolución rusa, no sabía si lo decía en serio o en broma. Pero no; hablaba en serio, como luego había de demostrarlo con su conducta y su vida entera.

A Kautsky le vi por primera vez en el año 1907. Fué Parvus quien me llevó a su casa. ¡Y con qué emoción subí la escalera de aquella limpia casita de Friedenau, en los alrededores de Berlín! Me encontré con un viejecillo alegre y de pelo blanco, claros ojos azules, que me saludaba en ruso. La primera impresión, unida a lo que ya sabía de él por sus libros, hizo que su figura me resultase muy simpática. Lo que más me agradaba era la total ausencia de vanidad, aunque ello se debía-según hube de comprender más tarde-a la autoridad indiscutida de que gozaba por aquel entonces y a la serenidad interior, que era el resultado de ello. Sus enemigos le llamaban "el Papa" de la Internacional, tratamiento que a veces le daban también cariñosamente sus amigos. La madre de Kautsky, una señora vieja, autora de novelas tendenciosas que dedicaba "a mi hijo y maestro", recibió el día en que cumplía los setenta y cinco años un saludo de los socialistas de Italia concebido en estos términos: "alla mamma del papa".

Kautsky entendía que su misión teórica magna estaba en conciliar el reformismo con la revolución. Su formación ideológica databa de la época reformista. La revolución era para él una perspectiva histórica muy confusa. Kautsky recogió el marxismo como un sistema acabado y completo y se dedicó a vulgarizarlo como un maestro de escuela. Este hombre no estaba cortado para los grandes acontecimientos. Su estrella empezó a declinar con la revolución de 1905. Las conversaciones que podían sostenerse con él no eran muy fructíferas, que digamos. Tenía una mentalidad esquinada, seca, falta de agudeza y de psicología; sus juicios eran esquemáticos y sus ocurrencias vulgares. Por eso no tuvo nunca prestigio como orador.

Su amistad con Rosa Luxemburgo coincidió con su época mejor de labor intelectual. Pero poco después de la revolución de 1905, empezaron a manifestarse en esta amistad los primeros síntomas de retraimiento. Kautsky simpatizaba con la revolución rusa y la comentaba de un modo excelente... desde lejos. Había en él una aversión orgánica contra todo lo que significase trasplantar los métodos revolucionarios al suelo alemán. Visitando yo a Kautsky, momentos antes de celebrarse la manifestación del parque de Treptof, me encontré allí a Rosa Luxemburgo, que discutía acaloradamente con él. Y aunque se trataban de tú y hablaban en un tono de intimidad, no era difícil percibir la ira contenida en las réplicas de Rosa y la profunda perplejidad, disfrazada entre pobres bromas, que latía en las palabras de su interlocutor. Fuimos juntos a la manifestación, Rosa, Kautsky, su mujer, Hilferding, Gustavo Eckstein, que luego había de morir en la guerra, y yo. También por el camino hubo discusiones bastante agrias. Kautsky deseaba ver la manifestación como mero espectador; Rosa Luxemburgo quería formar en ella.

Aquel antagonismo latente condujo a una abierta ruptura en el año 1910, ante la cuestión del sufragio universal en Prusia y modo de conquistarlo. Fué entonces cuando Kautsky desarrolló su filosofía de la estrategia de agotamiento frente a la estrategia de conquista y destrucción. En la polémica se enfrentaban dos tendencias irreconciliables. La que Kautsky sostenía predicaba, en el fondo, la adaptación cada vez más completa al régimen existente. Con esta táctica no se "agotaba" solamente la sociedad burguesa, sino el idealismo revolucionario de las masas obreras. En torno a Kautsky vinieron a agruparse todos los filisteos, todos los burócratas, todos los arrivistas, a quienes el manto ideológico que el maestro tejía venía de perlas para encubrir su natural desnudez.

Estalló la guerra, y la "estrategia de agotamiento" fué arrollada por la estrategia de las trincheras. Kautsky se adaptó a guerra como antes se adaptara a la paz. En cambio, Rosa Luxemburgo demostró que sabía lo que era mantenerse fiel a la idea abrazada.

En casa de Kautsky asistimos a la fiesta que dieron en honor de Ledebour al cumplir los sesenta años. Entre los invitados, que éramos unos diez, se encontraba Augusto Bebel, próximo ya a cumplir ochenta. Era la época en que el partido estaba llegando a su apogeo. La unidad táctica parecía perfecta. Los viejos registraban los triunfos y miraban confiadamente al porvenir. Ledebour, el héroe de la fiesta, dibujó de sobremesa unas caricaturas muy divertidas. En esta fiesta íntima fué donde tuve ocasión de conocer a Bebel y a su Julia. Todos los allí presentes, sin excluir a Kautsky, estaban pendientes de los labios del viejo Bebel en cuanto pronunciaba una palabra, y yo no digamos.

La persona de Bebel encarnaba el proceso ascensional, lento y obstinado, de la nueva clase. Aquel viejo seco parecía hecho todo él de una paciente, pero indomable voluntad, concentrada sobre un único blanco. En sus pensamientos, en sus discursos, en sus artículos, Bebel no malgastaba una sola energía espiritual que no estuviese puesta directamente al servicio de un fin práctico. Y esto, era lo que daba una especial belleza y patetismo a su personalidad política. Bebel personificaba esa clase que sólo puede dedicar al estudio las horas libres, que sabe lo que significa cada minuto y se asimila codiciosamente lo imprescindible, pero sólo eso. ¡Figura humana incomparable la suya! Bebel murió durante la conferencia de la paz de Bukarest, entre la guerra de los Balcanes y la guerra mundial. Supe la noticia en la estación de Ploischti, en Rumanía. Parecía imposible. No podía uno hacerse a la idea de Bebel muerto. ¿Qué sería sin él de la socialdemocracia? Me acordé de las palabras de Ledebour, que describía la vida interior del partido socialdemócrata alemán en estos términos: "Un veinte por ciento de radicales, un treinta por ciento de oportunistas; el resto, vota con Bebel."

Bebel había elegido para sucesor suyo a Haase. Al viejo le atraía sin duda el idealismo de éste, que no era ese amplio idealismo revolucionario, desconocido para Haase, sino un idealismo mezquino, personal, cotidiano, que se revelaba por ejemplo en el renunciar a un gran bufete de abogado en Konisberga para consagrarse por entero al partido. Bebel-con gran asombro de los revolucionarios rusos-sacó a relucir este sacrificio, no muy heroico a la verdad, en su discurso ante el congreso del partido, creo que en Jena, al recomendar calurosamente a Haase para el puesto de vicepresidente del Comité directivo. Yo tuve ocasión de conocer a Haase bastante bien. Hicimos juntos un pequeño viaje por Alemania, después de un congreso, y visitamos juntos la ciudad de Nuremberg. Haase, que en sus relaciones personales era un hombre delicado y atento, fué siempre en política, hasta el postre, lo único que podía ser, por ley de naturaleza: una honorable mediocridad, un demócrata provinciano sin temperamento revolucionario ni horizonte teórico. En materia de filosofía decíase, con un poco de vergüenza, kantiano. Era uno de esos hombres que, colocados ante una situación crítica, procuran rehuir las decisiones irrevocables, y se acogen las soluciones a medias y al recurso de la espera. Por eso no me maravilló que los independientes, al producirse la escisión, hicieran de él su caudillo.

¡Cuán distinto hombre era Carlos Liebknecht! Le conocí y traté durante muchos años, aunque sólo nos veíamos muy de tarde en tarde. La casa de Liebknecht era el cuartel general de los emigrados rusos en Berlín. Siempre que hubiera que alzar una voz de protesta contra los servicios de lacayo prestados por la policía alemana al zarismo, acudíamos antes que a nadie a Liebknecht, el cual se encargaba de llamar a todas las puertas y a todas las cabezas. A pesar de su formación marxista, Liebknecht no era un teórico. Era un hombre de acción. Tenía un temperamento impulsivo, apasionado, presto al sacrificio, una gran intuición política, instinto para las masas y los hechos y un incomparable valor y espíritu de iniciativa. Era un revolucionario de cuerpo entero. Por eso se sintió toda la vida como gallina en corral ajeno entre la socialdemocracia alemana, en que imperaba aquella pobre complacencia burocrática y aquel espíritu dispuesto siempre a batirse en retirada al menor pretexto. ¡A cuántos filisteos y majaderos les vi mirarle irónicamente de arriba abajo!

En el congreso socialdemócrata de Jena, de año 1911, me propusieron, a instancia de Liebknecht, para que hablase acerca de las tropelías del régimen zarista en Finlandia. Pero antes de que me llegase el turno se recibió la noticia telegráfica de que, había sido, asesinado en Kief Stolypin. Bebel me sometió en seguida a un interrogatorio: ¿Qué significaba aquel atentado? ¿Qué partido podía asumir la responsabilidad de él? Hízome observar si acaso mi intervención en el debate no atraería sobre mí la atención, poco grata, de la policía alemana.

-¿Es que teme-le pregunté cautelosamente, recordando el episodio de Quelch en Stuttgart-que mi intervención pueda provocar algún conflicto?

-Sí-me contestó Bebel-, no oculto que me agradaría más que no interviniese.

-Bien, pues no hay que hablar más.

Bebel respiró tranquilo. No habría pasado un minuto, cuando se me presentó Liebknecht, todo excitado:

-¿Es verdad que le han dado a entender que no intervenga? ¿Y usted se presta a ello?

-¿Pues qué quiere usted que haga? El amo aquí es Bebel y no yo.

Cuando a Liebknecht le llegó la hora de hablar, dió rienda suelta a su indignación, atacando duramente al Gobierno zarista, sin hacer caso de los avisos de la presidencia, que no tenía ganas de exponerse a complicaciones por ningún delito de lesa majestad. En este pequeño episodio está contenida bien claramente toda la historia posterior del partido...

Al promoverse la oposición de los sindicatos checos contra la dirección alemana, los austromarxistas salieron al encuentro de los disidentes con una argumentación en que se manejaba muy hábilmente la tesis internacionalista. Plejanof habló acerca de esta cuestión en el congreso internacional de Copenhague. Plejanof, como todos los rusos, defendía incondicionalmente la posición alemana, frente a los checos. Le había propuesto para que consumiese aquel turno el viejo Adler, a quien resultaba muy cómodo que fuese un ruso el que se levantase a acusar al patrioterismo eslavo en una cuestión tan delicada. Yo, naturalmente, no podía estar, ni mucho menos, al lado de gente como Nemec, Soukup y Smeral, de una cerrazón nacionalista tan mezquina, a pesar de que el último hacía esfuerzos indecibles por convencerme de la razón que les asistía. Pero por otra parte, conocía demasiado bien la vida íntima del movimiento socialista austríaco para echar toda la culpa, ni aun siquiera su parte principal, sobre los hombros de los checos. Había indicios más que suficientes para creer que el partido checoeslovaco, en lo que tocaba a la masa, era más radical que el germanoaustriaco, y que los patrioteros del corte de Nemec no hacían más que explotar hábilmente este legítimo estado de descontento de las masas obreras de su país con la tendencia oportunista de los dirigentes de Viena.

Yendo de Viena a Copenhague para asistir al congreso, en una estación en que había que transbordar me encontré casualmente con Lenin, que venía de París. Teníamos que esperar una hora, y entablamos una gran conversación, que en su primera parte fué muy afectuosa, pero que ya no lo fué tanto en la segunda. Yo esforzábame en demostrar que la culpa principal de la escisión de los sindicatos checos la tenían los dirigentes vieneses, que concitaban públicamente a todos los obreros de los países, entre ellos los de Bohemia, a la lucha, y acababan siempre pactando entre bastidores con la monarquía. Lenin escuchaba con, el mayor interés. Tenía un talento especial para oír atentamente, cuando de las palabras de su interlocutor quería sacar a todo trance lo que le convenía; en estos casos, su mirada resbalaba sobre la persona que hablaba y se perdía a lo lejos.

Pero cuando me puse a contarle el último artículo que había escrito para el Vorwärts sobre la socialdemocracia rusa, la conversación tomó un cariz muy distinto. Era un artículo enviado a propósito del congreso, en el que criticaba duramente a mencheviques y bolcheviques. Uno de los pasajes más duros era aquel en que hablaba de las "expropiaciones". Después de una revolución fracasada, las expropiaciones a mano armada y los asaltos terroristas son causa inevitable de desorganización, aun en el partido más revolucionario. En el congreso de Londres había sido decretada, con los votos de los mencheviques, de los polacos y de una parte de los bolcheviques, la prohibición de expropiaciones. A los gritos de "¿Y Lenin? ¡Qué hable Lenin!", éste había sonreído misteriosamente. Mas las expropiaciones no cesaron a pesar del congreso de Londres, e infirieron graves daños al partido. Era el punto sobre el que yo concentraba mis ataques en el artículo del Vorwärts.

-¿Pero, de veras dice usted eso?-me preguntó Lenin con acento de reproche una vez que le hube expuesto de memoria, a requerimiento suyo, las ideas y párrafos más importantes del artículo-. ¿No habría tiempo a retirar las cuartillas telegráficamente?

-No-contesté-, pues aparecerán mañana; y, además, ¿retirarlas, por qué, si son acertadas ?

Pero no lo eran, pues en ellas dábase por descontado que el partido se formaría mediante la unión de bolcheviques y mencheviques, prescindiendo de todos los elementos extremos, y en realidad brotó de una guerra sin cuartel de los primeros contra los segundos. Lenin intentó que la delegación rusa condenase mi artículo. Fué el momento de mayor tirantez que jamás medió entre nosotros. Lenin estaba, además, enfermo, tenía unos dolores horribles de muelas y la cara toda vedada. La hostilidad que el artículo y su autor provocaron entre los delegados rusos no podía ser mayor. Los mencheviques, contra quienes se dirigían los principales disparos, era natural que no estuviesen tampoco satisfechos. "¡Y qué indignante su artículo de la Neue Zeit, más indignante acaso, si cabe, que el del Vorwärts!", escribía Axelrod a Martof, en el mes de octubre de 1910. "Plejanof, que no podía ver a Trotsky-dice Lunatcharsky-, aprovechó la ocasión para pedir contra él algo así como un juicio de residencia. A mí, aquello me parecía injusto, intervine enérgicamente en defensa de Trotsky y, ayudado por Riazanof, conseguí que fracasasen aquellas intenciones malévolas"... La mayoría de los delegados sólo conocían el artículo de oídas. Pedí que se leyese. Zinovief intentó demostrar que no era necesario conocer el artículo para condenarlo. Pero no consiguió que la mayoría se aviniese a este parecer. Si no me equivoco, fué Riazanof quien dió lectura al artículo y lo tradujo. Y como en las conversaciones de los pasillos, por lo que les contaban, a todos les había parecido espantoso, la lectura produjo la impresión contraria, pues la gente encontró el artículo inofensivo. La delegación denegó la condena por una mayoría aplastante. Lo cual no impide que yo mismo impugne ahora aquel artículo como falso, en lo que tenía de crítica contra la fracción bolchevique.

En la cuestión de los sindicatos checos, la delegación rusa votó por la proposición de Viena contra la de Praga. Intentó introducir en ella una enmienda, pero fué en vano. Por lo demás, yo no sabia aún, por entonces, bastante bien la "enmienda" a que era necesario someter la política de la socialdemocracia. Esta enmienda, consistía en declararle la guerra santa. Hubo de llegar el año 1914, para que abrazásemos el buen camino. 



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