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Capítulo XVII (Tomo II)

La salida del Preparlamento y la lucha por el Congreso de los soviets

La guerra iba relajando de día en día el frente, debilitando al gobierno, empeorando la situación internacional del país. A principios de octubre, la flota alemana, así marítima como aérea, entró con gran actividad en operaciones en el golfo de Finlandia. Los marinos del Báltico combatieron valerosamente, esforzándose por cortar el paso del enemigo a Petrogrado. Pero como se daban cuenta con mayor claridad que los restantes sectores del frente de las hondas contradicciones de su situación como vanguardia de la revolución y como participantes forzados de la guerra imperialista, lanzaron desde las estaciones de radio de sus buques un llamamiento a los cuatro puntos cardinales, apelando a la ayuda revolucionaria internacional. "Nuestra escuadra, atacada por fuerzas alemanas superiores, sucumbe en una lucha desigual. Ninguno de nuestros buques rehuirá el combate. Calumniada, anatematizado, nuestra flota cumplirá con su deber.... mas no por orden de cualquier despreciable Bonaparte ruso que siga gobernando gracias a la excesiva paciencia de la revolución... ni en aras de los tratados que nuestros gobernantes han concertado con los aliados y que atan con cadenas a la libertad rusa. No; combatirán por la conservación de Petrogrado, hogar de la revolución. En el momento en que las olas del Báltico se tiñen con la sangre de nuestros hermanos, en que las aguas cubren sus cadáveres, alzamos nuestra voz para decir: "¡Oprimidos de todo el mundo, levantad la bandera de la insurrección!""
Las palabras alusivas a combates y víctimas no eran una frase. La escuadra perdió el buque Slava, y después del combate se retiró. Los alemanes se apoderaron del archipiélago de Monzund. Acaba de volverse otra página negra del libro de la guerra. El gobierno decidió aprovecharse del nuevo revés para trasladar su capital. El antiguo plan resurgía cada vez que se presentaba ocasión favorable para ello. Los círculos dirigentes no sentían la menor simpatía por Moscú, pero sí odio a Petrogrado. La reacción monárquica, el liberalismo, la democracia, aspiraban, uno tras otro, a degradar a la capital, a hacerla postrarse de hinojos, a aplastarla. Los patriotas más extremados sentían ahora un odio mucho más ardiente por Petrogrado que por Berlín.
El problema de la evacuación fue planteado con extraordinaria urgencia. Proyectábase llevar a cabo en dos semanas el traslado del gobierno y del Preparlamento. Resolvióse asimismo evacuar en un brevísimo lapso de tiempo las fábricas que trabajaban para la defensa. El Comité ejecutivo central, por su carácter de "institución privada", tenía que cuidarse de su propia suerte.
Los kadetes inspiradores de la evacuación se daban cuenta de que nada resolvía el simple traslado del gobierno. Pero confiaban en que podrían acabar con el foco del contagio revolucionario mediante el hambre y el agotamiento. El bloqueo interior de Petrogrado se hallaba ya en su apogeo. Retirábanse los pedidos a las fábricas; se disminuía en cuatro veces el aprovisionamiento de combustible, el Ministerio de Abastos retenía el ganado que se mandaba a la capital; a los carros con víveres no se les dejaba pasar del canal de Marinski.
El belicoso Rodzianko, presidente de la Duma de Estado, que el gobierno se había decidido por fin a disolver a principios de octubre, se pronunciaba con absoluta franqueza, en el diario liberal de Moscú Utro Rosi [La Aurora Rusa], respecto al peligro que amenazaba a la capital. "Creo que hay que prescindir de Petrogrado. Se teme que en Piter perezcan las instituciones centrales (esto es, los soviets y demás). A esto he de objetar que la desaparición de esas instituciones me produciría un gran contento, pues sólo daño han causado a Rusia." Verdad es que con la caída de Petrogrado perecerá también la escuadra del Báltico. Pero tampoco es de lamentar que tal ocurra: "Hay en esa escuadra buques que están completamente corrompidos." Gracias a la circunstancia de que el chambelán no tenía costumbre de morderse la lengua, el pueblo se enteró de los pensamientos más recónditos de la Rusia aristocrática y burguesa.
El encargado de Negocios de Rusia comunicó desde Londres que el alto mando de la Marina británica, a pesar de todas las gestiones hechas con insistencia en ese sentido, no consideraba posible aliviar la situación de su aliada en el mar Báltico. No fueron sólo los bolcheviques los que interpretaron esta respuesta en el sentido de que los aliados, y con ellos los dirigentes patrióticos de la propia Rusia, sólo ventajas para la causa común esperaban del golpe que los alemanes se disponían a asestar a Petrogrado. Los obreros y soldados no dudaban, en especial después de las confesiones de Rodzianko, de que el gobierno se disponía conscientemente a entregarlos a Ludendorff y Hoffman.
El 6 de octubre, la sección de soldados del Soviet adoptó, con unanimidad nunca vista hasta entonces, una resolución presentada por Trotsky: "Si el gobierno provisional es incapaz de defender Petrogrado, tiene el deber de concertar la paz o dejar libre el puesto a otro gobierno." No fue menos intransigente la actitud que adoptaron los obreros. Consideraban a Petrogrado como a su fortaleza, asociaban a ella sus esperanzas revolucionarias, y no querían, en consecuencia, ceder la capital. Amedrantados por el peligro militar, por la evacuación, por la indignación de los soldados y obreros y por la excitación de toda la población, los conciliadores, por su parte, dieron la voz de alarma: no se puede dejar a Petrogrado abandonado a su suerte. Persuadido de que la tentativa de evacuación tropezaba con la resistencia general, el gobierno empezó a ceder, diciendo que no le preocupaba tanto su propia seguridad como el lugar en que habría de reunirse la futura Asamblea constituyente. Pero tampoco le fue posible mantenerse en esta postura. Antes de que transcurriera una semana, se vio obligado a declarar que no sólo se disponía a quedarse en el palacio de Invierno, sino que no había renunciado a su propósito de convocar la Asamblea constituyente en el palacio de Táurida. Semejante declaración no modificaba en lo más, mínimo la situación militar y política, pero una vez más ponía de manifiesto la fuerza política de Petrogrado. Este consideraba misión suya dar al traste con el gobierno de Kerenski, y no le dejaba salir de sus muros. Sólo los bolcheviques se atrevieron posteriormente a trasladar la capital a Moscú. Este propósito lo llevaron a cabo sin tropezar con dificultades de ningún género, porque el traslado de la capital, para ellos, tenía un carácter efectivamente estratégico: mal podía haber ningún motivo político que les indujera a salir de Petrogrado.
A instancias de la mayoría conciliadora de la Comisión del Consejo de la República rusa, o Preparlamento, hizo el gobierno una declaración en que cantaba la palinodia a cuenta de la defensa de la capital. La singular institución pudo por fin salir a luz. Plejánov, que era amigo de gastar chanzas, y que sabía hacerlo, denominaba irrespetuosamente a este impotente y fugaz Consejo de la República "la choza sobre patas de gallina".
Políticamente, esta definición no dejaba de ser certera. Unicamente hay que añadir que el Preparlamento, en cuanto tal choza, tenía un aspecto más que regular, ya que se le había cedido el magnífico palacio de Marinski, que antes había servido de refugio al Consejo de Estado. El contraste entre el lujoso palacio y el Instituto Smolni, descuidado e impregnado de hedores soldadescos, sorprendía a Sujánov: "Entre toda esa magnificencia -confiesa- sentía uno deseos de descansar, de olvidar las dificultades, y la lucha, el hambre y la guerra, la ruina y la anarquía, el país y la revolución." Pero quedaba muy poco tiempo para el descanso y el olvido.
La llamada mayoría "democrática" del Preparlamento estaba compuesta de 308 miembros: 120, socialistas revolucionarios, 20 de los cuales pertenecían a la izquierda; 60 mencheviques de distintos matices, y 66 bolcheviques; después seguían los cooperadores, los delegados del Comité ejecutivo campesino, etc. A las clases pudientes se les habían concedido 156 puestos, de los cuales ocupaban casi la mitad los kadetes. El ala derecha, junto con los cooperadores, los cosacos y los miembros, harto conservadores, del Comité ejecutivo campesino, se mostraba afín a la mayoría en una serie de cuestiones. La distribución de puestos en esa choza confortable se hallaba, por consiguiente, en manifiesta contradicción con la voluntad decidida de la ciudad y del campo. En cambio, como contrapeso a las grises representaciones soviéticas y otras, el palacio de Marinski reunía dentro de sus muros a la "flor de la nación". Como los miembros del Preparlamento no dependían de los accidentes de la competencia electoral, de las influencias locales y de las preferencias provinciales, cada grupo, cada partido mandaba a sus jefes más destacados. Según el testimonio de Sujánov, el Preparlamento se componía de una representación "excepcionalmente brillante". Cuando se reunió por primera vez, muchos escépticos, según Miliukov, se dijeron: "Por contentos podremos darnos si la Asamblea constituyente no es peor que esto." "La flor de la nación" se contemplaba, satisfecha, en los espejos del palacio, sin percatarse de que era una planta sin flor.
El 7 de octubre, al abrir la primera sesión del Consejo de la República, no dejó pasar Kerenski la ocasión de recordar que el gobierno, aunque conservaba "en toda su integridad el poder", estaba dispuesto a atender "todas las indicaciones verdaderamente valiosas": el gobierno, aunque absoluto, no dejaba de ser ilustrado. Se había cedido un puesto a los bolcheviques en la mesa del Consejo, presidida por Avkséntiev y compuesta de cinco miembros; pero nadie ocupó ese puesto. A los régiseurs de aquella comedia lamentable y poco divertida se les conturbó el alma. Todo el interés de la anodina inauguración del Consejo en un día lluvioso no menos anodino, se concentraba de antemano en la intervención de los bolcheviques. En los pasillos del palacio de Marinski circuló, según Sujánov, "un rumor sensacional: Trotsky ha vencido por una mayoría de dos o tres votos... y los bolcheviques abandonarán inmediatamente el Preparlamento". En realidad, la decisión de abandonar demostrativamente el palacio de Marinski había sido tomada el día 5, en la reunión de la fracción bolchevista por totalidad de votos menos uno: ¡tan grande había sido el impulso hacia la izquierda en el transcurso de las dos semanas últimas! Sólo Kámenev se mantuvo fiel a su posición primitiva, o para decirlo con más exactitud, fue el único que se atrevió a defenderla. En una declaración especial, dirigida al comité central, Kámenev caracterizaba sin ambages la orientación adoptada como "llena de peligros para el partido". Los propósitos poco claros de los bolcheviques produjeron cierta inquietud en el Preparlamento: lo que, a decir verdad, se temía, no era una sacudida del régimen, sino el "escándalo" ante los diplomáticos aliados, a los cuales acababa de recibir la mayoría, como era debido, con una salva de aplausos patrióticos. Cuenta Sujánov que se mandó un delegado oficial -el propio Avkséntiev- a los bolcheviques, con encargo de preguntarles de antemano: ¿Qué va a pasar? "Nada -contestó Trotsky-, nada; un pequeño pistoletazo."
Una vez abierta la sesión, basándose en el reglamento heredado de la Duma de Estado, se concedieron diez minutos a Trotsky para que hiciera una declaración en nombre de la fracción bolchevista. Prodújose un denso silencio en la sala. La declaración empezaba afirmando que el poder era en aquellos momentos tan irresponsable como antes de la Conferencia democrática, convocada, según se decía, para poner a raya a Kerenski, y que los representantes de las clases pudientes habían entrado en el Consejo provisional en un número al que no tenían el menor derecho. Si la burguesía se disponía a convocar efectivamente la Asamblea constituyente dentro de un mes y medio, sus jefes no tenían ahora fundamento alguno para sostener con tanto encarnizamiento la irresponsabilidad del poder, aun cuando se tratase de una representación amañada. "Todo se explica por el hecho de que las clases burguesas se han propuesto como fin hacer fracasar la Asamblea constituyente." El golpe da en el clavo; razón de más para que proteste el ala derecha. Sin apartarse del texto de la declaración, el orador ataca la política industrial, agraria y de abastos del gobierno: de proponerse conscientemente como fin impulsar a las masas a la insurrección, no hubiera sido posible seguir otro derrotero. "La idea de entregar la capital revolucionaria a las tropas alemanas se nos aparece como un eslabón natural de la política general que ha de facilitar... el complot contrarrevolucionario." Las protestas se transforman en tormenta. Gritos en que se alude a Berlín, el oro alemán, al vagón precintado, y, sobre este fondo general, las inventivas callejeras más soeces. Nunca se había dado nada parecido durante los combates más apasionados sostenidos en aquel Instituto Smolni, sucio, descuidado, lleno de escupitajos de soldado. "Bastó que nos halláramos en medio de la buena sociedad del palacio de Marinski... -dice Sujánov-, para que se restableciera inmediatamente la atmósfera de taberna que había predominado antes en la Duma de Estado."
Abriéndose camino a través de las explosiones de odio que alternaban con momentos de calma, el orador termina así: "Nosotros, la fracción de los bolcheviques, declaramos que no tenemos nada de común con este gobierno de la traición al pueblo ni con este Consejo de la tolerancia para con la contrarrevolución... al abandonar el Consejo provisional, ponemos en guardia a los obreros, soldados y campesinos de toda Rusia. ¡Petrogrado está en peligro! ¡La revolución está en peligro! ¡El pueblo está en peligro!... Y dirigiéndonos al pueblo, le decimos: ¡Todo el poder, a los soviets!"
El orador baja de la tribuna. Los bolcheviques abandonan la sala entre imprecaciones. Tras estos momentos de alarma, la mayoría se dispone a suspirar, aliviada. No se ha retirado nadie más que los bolcheviques; la "flor de la nación" permanece en su sitio. Sólo el ala izquierda de los conciliadores se doblegó bajo el golpe, que al parecer no iba dirigido contra ellos. "Nosotros, los vecinos inmediatos de los bolcheviques -confiesa Sujánov-, nos sentíamos completamente anonadados por lo ocurrido." Los puros caballeros de la palabra se daban cuenta de que la hora de las palabras había pasado.
El ministro de Estado, Terechenko, en un telegrama secreto dirigido a los embajadores rusos, decía, hablando de la inauguración del Preparlamento: "Si se exceptúa el escándalo promovido por los bolcheviques, la primera sesión se ha desarrollado de un modo muy desvaído." La ruptura histórica del proletariado con la mecánica estatal de la burguesía era considerada por esa gente como un simple "escándalo". La prensa burguesa no dejó pasar la ocasión de azuzar al gobierno, tomando como pretexto la decisión mostrada por los bolcheviques. "Los señores ministros sólo podrán sacar al país de la anarquía "cuando muestren tanta decisión y tanta voluntad de obrar como la que muestra el compañero Trotsky"." ¡Como si se tratara de la decisión y de la voluntad de ciertas personas, y no del destino histórico de las clases! ¡Y como si la selección de los hombres y de los caracteres se produjera con independencia de los fines históricos! "Hablaban y obraban -escribía Miliukov, refiriéndose a la retirada de los bolcheviques del Preparlamento- como hombres que se sentían apoyados por la fuerza y sabían que el día de mañana les pertenecía."
La pérdida de las islas de Monzund, el peligro creciente que amenazaba a Petrogrado y la retirada de los bolcheviques del Preparlamento para echarse a la calle, obligaban a los conciliadores a reflexionar sobre el problema de su actitud ulterior con respecto a la guerra. Al cabo de tres días de discusión, en la que participaron los ministros de Guerra y Marina y los comisarios y delegados de las organizaciones del ejército, el Comité ejecutivo central encontró, al fin, una solución salvadera: "Insistir en la necesidad de que los representantes de la democracia rusa tomen parte en la Conferencia de los aliados que debe celebrarse en París." Después de nuevas dificultades, se designó como representante a Skobelev y se elaboraron instrucciones detalladas: paz sin anexiones ni contribuciones, neutralización de los estrechos, así como de los canales de Suez y de Panamá -el horizonte geográfico de los conciliadores era más amplio que el político-, abolición de la diplomacia secreta, desarme progresivo. El Comité central ejecutivo manifestó que la participación de su delegado en la Conferencia de París perseguía como fin "ejercer presión sobre los aliados". ¡La presión de los Estados Unidos! El diario de los kadetes formuló una aviesa pregunta: "¿Qué hará Skobelev si los aliados rechazan sin cumplidos sus condiciones? ¿Amenazará con dirigirse nuevamente a los pueblos de todo el mundo?" Los conciliadores hacía ya mucho tiempo que se sentían avergonzados del llamamiento que habían lanzado anteriormente.
El Comité ejecutivo central, que se disponía a imponer a los Estados Unidos la neutralización del canal de Panamá, mostróse, en realidad, incapaz de ejercer presión ni siquiera sobre el palacio de Invierno. El 12, Kerenski mandó a Lloyd George una carta extensa, llena de tiernos reproches, lamentaciones amargas y ardientes promesas. El frente se halla "en mejor estado que durante la primavera pasada". Naturalmente, la propaganda derrotista -el primer ministro ruso se lamentaba ante el primer ministro británico de la actuación de los bolcheviques rusos -ha impedido realizar todos los objetivos proyectados. Pero de la paz ni siquiera puede hablarse. Al gobierno no le preocupa más que una cuestión: "Cómo continuar la guerra." Naturalmente, Kerenski, en prenda de su patriotismo, solicitaba créditos.
Libre de los bolcheviques, el Preparlamento tampoco perdía el tiempo: el 10 se iniciaba el debate sobre los medios de elevar la capacidad combativo del ejército. El diálogo, que ocupó tres fatigosas sesiones, se desarrolló con sujeción a un esquema invariable -hay que persuadir al ejército de que lucha por la paz y la democracia, decía la izquierda-. No se puede persuadir, hay que obligar, objetaba la derecha. No se puede obligar; para ello es necesario persuadir antes, al menos en parte, contestaban los conciliadores. Por lo que hace a la persuasión, los bolcheviques son más fuertes que vosotros, objetaban los kadetes. Todos ellos tenían razón. Pero también tiene razón el que se ahoga cuando, antes de irse al fondo, lanza gritos de angustia.
El 18 llegó el momento de la decisión, que nada podía modificar ya. La fórmula de los socialistas revolucionarios obtuvo 95 votos contra 127 y 50 abstenciones. La fórmula de la derecha, 135 contra 139. ¡Cosa sorprendente: no hubo mayoría! En la sala, según las reseñas de los periódicos, se produjo un movimiento general y una gran confusión. A pesar de la unidad del fin perseguido, la "flor de la nación" se mostró incapaz de tomar una resolución, aunque fuera platónico, sobre el problema más agudo de la vida nacional. La cosa no tenía nada de casual: otro tanto ocurrió, día tras día, con los demás puntos que se debatieron, así en las Comisiones como en las sesiones plenarias. No se podían sumar los fragmentos de opiniones. Todos los grupos vivían unos matices imperceptibles de pensamiento político, pero el pensamiento mismo no aparecía por ninguna parte. ¿Se habría ido a la calle junto con los bolcheviques?... El callejón sin salida en que se hallaba el Preparlamento era el callejón sin salida del régimen.
Persuadir al ejército era difícil, pero obligarlo era imposible. A los gritos que Kerenski había lanzado contra la escuadra del Báltico, que había soportado el combate y tenido víctimas, respondió el Congreso de los marinos dirigiéndose al Comité central ejecutivo con la exigencia de que fuera eliminado del gobierno provisional "el hombre que había cubierto de oprobio a la gran revolución, y que conducía a esta última a la ruina con su impúdico chantaje político". Hasta entonces no había oído Kerenski ese lenguaje de los marinos. El Comité regional del ejército, de la flota y de los obreros rusos de Finlandia, que obraba como si fuera un poder constituido, detuvo los transportes gubernamentales. Kerenski amenazó con detener a los comisarios soviéticos. La contestación estaba concebida en los términos siguientes: "El Comité regional acepta tranquilamente el reto del gobierno provisional." Kerenski se calló. En realidad, la escuadra del Báltico se hallaba ya en estado de sublevación.
En el frente terrestre aún no habían llegado tan lejos las cosas, pero se desarrollaban en el mismo sentido. En el transcurso del mes de octubre, la situación empeoró rápidamente, desde el punto de vista de los víveres. El generalísimo del frente del norte comunicaba que el hambre era "la causa principal de la desmoralización del ejército"..Al mismo tiempo que en las alturas dirigentes del frente seguían insistiendo -los conciliadores, bien que, a decir verdad, a espaldas de los soldados- sobre la necesidad de elevar la capacidad combativo del ejército, abajo, los regimientos exigían uno tras otro la publicación inmediata de los tratados secretos, y que se hicieran inmediatamente proposiciones de paz. En los primeros días de octubre, Jdanov, comisario del frente occidental, comunicaba: "El estado de espíritu de los soldados es muy alarmante, con motivo de la proximidad de los fríos y el empeoramiento del rancho... Los bolcheviques hacen progresos evidentes."
Las instituciones gubernamentales del frente estaban en el aire. El comisario del segundo ejército comunica que los Consejos de guerra no pueden funcionar, porque los soldados-testigos se niegan a presentarse para prestar declaración. "Las relaciones entre el mando y los soldados se han agriado. Los oficiales son considerados como culpables de la prolongación de la guerra." La hostilidad de los soldados respecto del gobierno y del mando se había hecho extensiva, desde hacía mucho tiempo, a los comités del ejército, que no habían sido renovados desde los comienzos de la revolución. Los regimientos, prescindiendo de dichos Comités, mandan delegados a Petrogrado, al Soviet, para lamentarse de la insoportable situación en que se encuentran en las trincheras sin pan, ni equipos, sin fe en la guerra. En el frente de Rumania, donde los bolcheviques son muy débiles, regimientos enteros se niegan a disparar. "Dentro de dos o tres semanas, los propios soldados declararán el armisticio y depondrán las armas." Los delegados de una de las divisiones comunican: "Los soldados han decidido marcharse a sus casas tan pronto como aparezcan las primeras nieves." En la reunión plenaria del Soviet de Petrogrado, una delegación del 33 Cuerpo de ejército formula la siguiente amenaza: "Si no se lleva a cabo una verdadera lucha por la paz, "los soldados tomarán el poder en sus manos y decretarán para sí y ante sí el armisticio". "El comisario del segundo Ejército comunica al ministro de la Guerra: "Se habla no poco de que al llegar los fríos serán abandonadas las posiciones."
La fraternización, que después de las jornadas de julio había desaparecido casi por completo, se reanudó y creció rápidamente. Tras el breve período de calma volvieron a repetirse a menudo los casos, no sólo de detención de oficiales por los soldados, sino de asesinato de los más odiados de aquéllos. Las represalias se llevaban a cabo poco menos que abiertamente, a la vista de los demás soldados. Nadie salía a la defensa de los oficiales: la mayoría no quería; la minoría -muy reducida- no se atrevía a hacerlo. El asesino conseguía escapar indefectiblemente, desapareciendo entre la masa de soldados sin dejar rastro. Uno de los generales escribía: "Nos agarramos convulsivamente a no sabemos qué, imploramos un milagro, pero la mayoría comprende que ya no hay salvación."
Los periódicos patrióticos, combinando la perfidia con la estulticia, seguían hablando de la continuación de la guerra, de la ofensiva y de la victoria. Los generales movían la cabeza; algunos de ellos hacían equívocamente el juego a la prensa. "Sólo los insensatos pueden pensar ahora en la ofensiva", escribía el día 7 el barón Budberg, comandante del cuerpo de ejército que se hallaba cerca de Dvisnk. Un día después se veía ya obligado a consignar en su dietario: "Estoy aturdido y estupefacto ante la orden recibida de emprender la ofensiva no más tarde del 20 de octubre." Los Estados Mayores, que ya no creían en nada, elaboraban planes de nuevas operaciones. Había no pocos generales que veían la última esperanza de salvación en la repetición en gran escala de lo mismo que Kornílov había hecho en Riga: arrastrar al ejército al combate, e intentar echar la responsabilidad de la derrota sobre la revolución.
Por iniciativa del ministro de la Guerra, Verjovski, se tomó la decisión de hacer pasar a la reserva a las quintas más antiguas. Los ferrocarriles crujían bajo el peso de los soldados que regresaban a sus hogares. En los vagones, atestados, se rompían los resortes y se hundía el suelo. No por ello mejoraba el espíritu, de los que quedaban en el frente. "Las trincheras se hunden -escribe Budberg-. Las minas de comunicación están obstruidas; por todas partes, basura y excrementos... Los soldados se niegan categóricamente a limpiar las trincheras... Es terrible pensar en lo que ocurrirá cuando llegue la primavera, y todo esto empiece a pudrirse y descomponerse." Los soldados, en su encarnizada pasividad, se negaban incluso a someterse a la vacunación preventiva, negativa que se convirtió asimismo en una forma de lucha contra la guerra.
Después de vanas tentativas para elevar la capacidad combativo del ejército mediante la. reducción de sus efectivos, Verjovski llegó inesperadamente a la conclusión de que sólo la paz podía salvar el país. En una reunión privada con los jefes kadetes, cuya adhesión esperaba granjearse el joven e ingenuo ministro, Verjovski describió el espectáculo que ofrecía el hundimiento material y espiritual del ejército: "Toda tentativa de continuar la guerra no puede hacer más que acelerar la catástrofe." Los kadetes no podían dejar de comprender estas razones; pero Miliukov, mientras los demás guardaban silencio, se encogió despectivamente de hombros: "la dignidad de Rusia", "la fidelidad a los aliados"... El jefe de la burguesía, que no creía en una sola de estas palabras, se esforzaba tenazmente en enterrar la revolución bajo las ruinas y los cadáveres de la guerra. Verjovski dio pruebas de valor político: sin consultar con el gobierno ni advertirle, el día 20, en la Comisión del Preparlamento, reconoció la necesidad de pactar inmediatamente la paz, estuviesen o no conformes con ello los aliados. Todos aquellos que en las conversaciones privadas se habían mostrado de acuerdo con su punto de vista, se revolvieron furiosamente contra él. La prensa patriotera decía que el ministro de la Guerra había "saltado a la trasera del coche del compañero Trotsky". Bursev hizo una alusión al oro alemán. A Verjovski se le concedió una licencia. Los patriotas, cuando se hallaban a solas afirmaban que en el fondo tenía razón. Budberg se manifestó prudente, incluso en su diario: "Desde el punto de vista de la fidelidad a la palabra dada -escribía-, la proposición es, naturalmente, pérfida; pero, desde el punto de vista de los intereses egoístas de Rusia, es acaso la única que puede ofrecer una esperanza salvadera." Como de pasada, el barón confesaba la envidia que le inspiraban los generales alemanes, a los que "el destino otorga la felicidad de ser artífices de victorias". No preveía Budberg que tampoco había de tardar en llegarles su hora a los generales alemanes. Aquellos hombres, aun los más inteligentes, no habían previsto nada. Los bolcheviques, en cambio, habían previsto mucho, y eso constituía su fuerza.
La retirada del Preparlamento hizo volar a la vista misma del pueblo los últimos puentes que aún ligaban al partido de la insurrección con la sociedad oficial. Con nueva energía -la proximidad del fin redobla las fuerzas- los bolcheviques llevaron a cabo una agitación que los adversarios calificaban de demagogia, porque sacaba a la plaza pública lo que ellos ocultaban en los despachos y oficinas. El poder persuasorio de esta infatigable propaganda debíase a que los bolcheviques comprendían la marcha de los acontecimientos, subordinaban a ella su política, no tenían miedo a las masas, y creían inquebrantablemente en su razón y en su victoria. El pueblo no se cansaba de escucharles. Las masas sentían la necesidad de hallarse juntas; cada cual quería someter a prueba sus juicios a través de los demás, y todos observaban, atenta e intensamente, cómo una misma idea giraba en su conciencia, con sus distintos rasgos y matices. Multitudes inmensas acudían a los circos y demás grandes locales, donde hablaban los bolcheviques más populares, con objeto de sacar las últimas consecuencias y hacer los últimos llamamientos.
En vísperas de octubre disminuyó considerablemente el número de agitadores de primera fila. Faltaba, ante todo, Lenin como agitador, y aún más como inspirador directo y cotidiano. Faltaban sus conclusiones simples y profundas, que se incrustaban sólidamente en la conciencia de las masas, sus palabras vivas, que tomaba del pueblo y a él volvían. Faltaba el agitador de primera categoría, Zinóviev, el cual, escondido para escapar a las persecuciones resultantes de la acusación lanzada contra él como partícipe en la "insurrección" de julio, se había vuelto decididamente contrario a la insurrección de Octubre y había desaparecido, por lo mismo, del campo de acción durante todo el período crítico. Kámenev, propagandista insustituible, experto instructor político del partido, condenaba el curso de la insurrección, no creía en la victoria, preveía una catástrofe y se ocultaba, taciturno, en la sombra. Sverdlov, cuyo temperamento era más de organizador que de agitador, hablaba a menudo en las grandes asambleas, y su voz pausada, poderosa e incansable, sembraba una tranquila confianza. Stalin no era agitador ni orador. En más de una ocasión había figurado como ponente en las conferencias del partido. Pero ¿habló aunque no fuera más que una vez en los grandes mítines de la revolución? En los documentos y memorias no ha quedado rastro alguno de ello.
De la agitación más viva se encargaban Volodarski, Laschevich, Kolontay, Chudnovski, a los que seguían docenas de agitadores de menor cuantía. Se escuchaba con interés y simpatía -a los que, para los más conscientes, se mezclaba cierta condescendencia- a Lunacharski, orador experto, que sabía presentar los hechos y las conclusiones, servirse de la frase retórica y de la chanza, pero que no aspiraba a arrastrar a nadie, pues él mismo tenía necesidad de que le arrastraran. A medida que se acercaba el momento de la acción decisiva, Lunacharski perdía rápidamente el color y se agotaba.
Respecto al presidente del Soviet de Petrogrado, dice Sujánov: "Abandonando la labor que realizaba en el Estado Mayor revolucionario, volaba de la fábrica de Obujov a la Trubichnaya, de la de Putilov a la del Báltico, del Picadero a los cuarteles, y parecía como si hablara simultáneamente en todos los sitios. Cada soldado y cada obrero de Petrogrado le conocía personalmente. Su influencia, tanto entre las masas como en el Estado Mayor, era aplastante. En esos días, era la figura central y el héroe principal de esa notable página de la historia." Pero, en este último período que precedió al golpe decisivo, era incomparablemente más efectiva la agitación molecular que llevaban a cabo los obreros, marinos y soldados anónimos, haciendo prosélitos mediante una labor de propaganda individual destruyendo las últimas dudas, venciendo las postreras vacilaciones. Aquellos meses de febril vida política, habían creado numerosos cuadros de militantes de fila, educando a centenares y miles de trabajadores que estaban acostumbrados a observar la política desde abajo y no desde arriba, y que precisamente por ello apreciaban los hechos y los hombres con un acierto no siempre accesible a los oradores de tipo académico. Ocupaban el primer lugar, en este respecto, los obreros de Petrogrado, proletarios de estirpe, de cuyo seno surgían agitadores y organizadores de un temple revolucionario excepcional, de una elevada cultura política, independientes en la idea, en la palabra y en la acción. Los torneros, los cerrajeros, los herreros, educadores de talleres y fábricas, tenían ya en torno a sí sus escuelas, sus discípulos, futuros organizadores de la República de los soviets. Los marinos del Báltico, compañeros de armas inmediatos de los obreros de Petrogrado y que, en gran parte, habían salido de su propio medio, formaban brigadas de agitadores, que conquistaban a pulso los regimientos atrasados, las capitales de distrito, las comarcas agrarias. Una fórmula general lanzada en el Circo Moderno por uno de los caudillos revolucionarios tomaba cuerpo en centenares de mentes y daba luego la vuelta a todo el país.
Miles de soldados y obreros revolucionarios, todos ellos agitadores, enemigos jurados de la guerra y de sus responsables, habían evacuado los países bálticos, Polonia y Lituania, juntamente con los establecimientos industriales, o por separado, al retirarse los ejércitos rusos. Los bolcheviques letones que, arrancados a su tierra natal, se ponían enteramente al lado de la revolución, convencidos, tenaces, decididos, llevaban a cabo día tras día una profunda labor de zapa en todos los ámbitos del país. Sus rostros angulosos, su acento duro y sus frases rudas, a menudo incorrectas, comunicaban una expresión peculiarísima a sus indómitas incitaciones a la insurrección.
La masa no toleraba ya en sus filas a los vacilantes, a los neutrales; afanábase por atraer, por persuadir, por conquistar a todo el mundo. Fábricas y regimientos mandaban delegados al frente. Las trincheras se ponía en relación con los obreros y campesinos del frente interior inmediato. En las ciudades del frente se celebraban innumerables mítines y conferencias en que soldados y marinos coordinaban su acción con la de los obreros y campesinos; así fue conquistada para el bolchevismo la atrasada Rusia blanca.
Allí donde la dirección local del partido estaba indecisa o se mantenía a la expectativa, como ocurría, por ejemplo, en Kiev, Voronej y otros muchos sitios, las masas caían a menudo en la pasividad. Para justificar su política, los dirigentes citaban como pretexto el decaimiento que ellos mismos provocaban. E inversamente: "Cuando más decidido y audaz era el llamamiento a la insurrección -dice Povoljski, uno de los agitadores de Kazán-, con más confianza y afecto acogía al orador la masa de los soldados."
Las fábricas y los regimientos de Petrogrado y de Moscú llamaban cada vez con más insistencia a las puertas de la aldea. Los obreros recogían fondos entre sí y mandaban delegados a sus aldeas natales. Los regimientos tomaban el acuerdo de incitar a los campesinos a apoyar a los bolcheviques. Los obreros de las fábricas situadas fuera de las ciudades recorrían las aldeas de los alrededores, en las que distribuían periódicos y echaban los cimientos de los grupos bolchevistas. De esas excursiones se llevaban en las pupilas el resplandor de los incendios de la guerra campesina.
El bolchevismo conquistaba el país. Los bolcheviques se convertían en una fuerza irresistible. El pueblo les seguía. Las dumas municipales de Cronstadt, Tsaritsin, Kostroma, Schui, elegidas por sufragio universal, se hallaban en manos de los bolcheviques. En las elecciones a las dumas de barriada de Moscú, los bolcheviques obtuvieron el 52 por 100 de los votos. En el lejano y pacifico Tomsk, así como en Samara, ciudad que no tenía nada de industrial, pasaron a ocupar el primer lugar en la Duma. De los cuatro miembros elegidos para el zemstvo del distrito de Schliselburg, tres eran bolcheviques. En el zemstvo del distrito de Ligovsk, los bolcheviques obtuvieron el 50 por 100 de los votos. No en todas partes se presentaban de un modo tan favorable las cosas. Pero por doquier se modificaban en un mismo sentido. El peso específico del Partido bolchevique aumentaba rápidamente.
Sin embargo, donde se manifestó de un modo más elocuente la bolchevización de las masas fue en las organizaciones de clase. En la capital, los sindicatos agrupaban a más de medio millón de obreros. Los mismos mencheviques, que conservaban aún en sus manos los comités de algunos sindicatos, tenían la sensación de no ser más que una supervivencia de tiempos pretéritos. Cualquiera que fuese el sector de proletariado que se reuniera, fuese la que fuese su misión inmediata, llegaba inevitablemente a conclusiones bolchevistas. Y esto no era obra de la casualidad: los sindicatos, los comités de fábrica, las organizaciones económicas y culturales, permanentes y temporales, de la clase obrera, cada vez que se les planteaba un problema, se veían obligados a formular la misma pregunta: ¿quién manda en la casa?
Los obreros de las fábricas de artillería, llamados a una conferencia para regular las relaciones con la administración, contestan cómo se puede conseguir esto— través del poder de los soviets. Ya no se trata de una fórmula escueta, sino -le un programa de salvación económica. A medida que se aproximan al poder, los obreros van enfocando de un modo cada vez más concreto incluso un centro especial, encargado de elaborar los métodos susceptibles de efectuar la transformación de las fábricas militares en centros de producción pacífica.
La Conferencia de los Comités de fábrica de Moscú reconoció la necesidad de que el Soviet local resolviera en lo sucesivo por decreto todos los conflictos huelguísticos, abriera por propia iniciativa las fábricas cerradas por los patronos que hubieran declarado el lockout y, mediante el envío de sus delegados a Siberia y a la cuenca del Donetz, garantizar el pan y el carbón a las fábricas. La Conferencia de los comités de fábrica de Petrogrado consagra su atención al problema un manifiesto a los campesinos: el proletariado se siente ya, no sólo como clase particular, sino como caudillo del pueblo.
La Conferencia nacional de los comités de fábrica, reunida en la segunda quincena de octubre, eleva la cuestión del control obrero a la categoría de objetivo nacional. "Los obreros están más interesados que los patronos en el trabajo regular e ininterrumpido de los establecimientos." El control obrero "responde a los intereses de todo el país y debe ser sostenido por los campesinos y el ejército revolucionarios". La resolución que abría la puerta a un nuevo orden de cosas económico es adoptada por los representases de todos los establecimientos industriales de Rusia contra cinco votos y nueve abstenciones. Los pocos delegados que se abstienen son los viejos mencheviques, que no pueden ya marchar con su partido, pero que todavía no se deciden a lazar francamente el brazo en favor de la revolución bolchevista. Mañana lo harán.
Los municipios democráticos, recién elegidos, van pereciendo paralelamente a los órganos del poder gubernamental. Su misión más importante, como es el suministro de agua, luz, combustible y víveres a las ciudades, van realizándola, cada vez en mayor medida los soviets y otras organizaciones obreras. El Comité, de fábrica de la Central del alumbrado público de Petrogrado corría por la ciudad y los alrededores en busca, ora de carbón, ora de aceite, para las turbinas, y conseguía lo uno y lo otro por mediación de los comités de otros establecimientos, en lucha con los propietarios y la administración.
No, el poder de los soviets no era una quimera, una construcción arbitraria, inventada por los teóricos del partido, sino que surgía irresistiblemente desde abajo. Como consecuencia del desmoronamiento de la economía, de la impotencia de las clases pudientes y de las necesidades de las masas, los soviets se convertían en un poder efectivo. No les quedaba otro camino que seguir a los obreros, soldados y campesinos. El poder de los soviets no era ya un tema bueno para discutir y razonar sobre él: era preciso llevarlo a la práctica.
En el primer Congreso de los soviets, celebrado en junio, se había decidido convocar los Congresos cada tres meses. El Comité central ejecutivo, sin embargo, no sólo no convocó el II Congreso en el plazo fijado, sino que puso de manifiesto su propósito de dejar de convocarlo, para no hallarse frente a frente con una mayoría hostil. La principal finalidad perseguida por la Conferencia democrática era eliminar a los soviets, sustituyéndolos por los órganos de la "democracia". Pero la empresa no resultaba tan fácil de hacer como parecía. Los soviets no estaban dispuestos a ceder el camino a nadie.
El 21 de septiembre, cuando la Conferencia democrática tocaba a su fin, el Soviet de Petrogrado exigió que se convocase con toda urgencia el Congreso de los soviets. Adoptó una resolución en este sentido, como resultado de los informes de Trotsky y de Bujarin, huésped de Moscú, resolución que partía formalmente de la necesidad de prepararse para hacer frente a "una nueva oleada de la contrarrevolución". El programa de defensa que trazaba el camino del ataque futuro se apoyaba en los soviets como únicas organizaciones capaces de sostener la lucha. La resolución exigía que los soviets reforzaran sus posiciones entre las masas. Allí donde el poder se hallaba efectivamente en sus manos, no debían soltarlo en ningún caso. Los comités revolucionarios, creados durante los días de la sublevación de Kornílov, debían subsistir y estar dispuestos a la lucha. "Es necesario convocar inmediatamente el Congreso de los soviets, para unificar y cohesionar la acción de todos ellos en su lucha con el peligro inminente, y para discutir las cuestiones que atañen a la organización del poder revolucionario." De esta manera, esa resolución defensista se apoyaba en el derrumbamiento del gobierno. En este mismo sentido político habrá de desarrollarse en lo sucesivo la agitación hasta el momento mismo del levantamiento.
Los delegados de los soviets que asistían a la Conferencia plantearon el día siguiente, ante el Comité central ejecutivo, la cuestión del Congreso. Los bolcheviques exigían que fuese convocado este último en el término de dos semanas, y proponían -o, mejor dicho, amenazaban con hacerlo por su cuenta- crear con este fin un órgano particular que se apoyara en los soviets de Petrogrado y de Moscú. En realidad, preferían que el Congreso fuera convocado por el antiguo Comité central ejecutivo: con eso se eliminaría de antemano toda discusión sobre las atribuciones del Congreso y se podría derribar a los conciliadores con su propia ayuda. La amenaza, embozada apenas, de los bolcheviques, produjo su efecto: los jefes del Comité central ejecutivo, que no querían correr el riesgo de romper por el momento con la igualdad soviética, declararon que no resignarían en nadie el cumplimiento de sus deberes. El Congreso fue convocado para el 20 de octubre, es decir, en un plazo que no llegaba a un mes.
Sin embargo, tan pronto como se marcharon los delegados de provincias, los jefes del Comité central ejecutivo se dieron cuenta inmediatamente de que el Congreso era inoportuno, que distraería de la campaña electoral a los militantes de cada localidad y perjudicaría a la Asamblea constituyente. El temor efectivo consistía en que el Congreso se convirtiera en un poderoso pretendiente al poder; pero sobre esto se guardaba diplomáticamente silencio. El 26 de septiembre, Dan, sin cuidarse de preparar la cosa como era debido, propuso ya a la Mesa del Comité central ejecutivo el aplazamiento del Congreso.
Aquellos demócratas, patentados trataban sin ningún cumplido los principios más elementales de la democracia. Acababan de anular la resolución que había adoptado la Conferencia democrática por ellos convocada, resolución rechazaba por la coalición y por los kadetes. Ahora manifestaban su soberano desprecio respecto de los soviets, empezando por el de Petrogrado, sobre cuyas espaldas se habían encumbrado hasta el poder. Pero ¿es que podían tomar en cuenta, en realidad, sin romper su alianza con la burguesía, las esperanzas y peticiones de las docenas de millones de obreros, soldados y campesinos que estaban al lado de los soviets?
Trotsky contestó a la proposición de Dan en el sentido de que, fuera como fuera, el Congreso sería convocado, si no por vía constitucional, por la revolucionaria. La Mesa, en general tan sumisa, se negó esta vez a seguir el camino del coup d’Etat soviético. Pero el pequeño revés sufrido no hizo deponer las armas a los conspiradores; antes al contrario, dijérase que les infundió nuevos bríos. Dan halló un punto de apoyo influyente en la sección militar del Comité central ejecutivo, la cual decidió "consultar" con las organizaciones del frente si se debía convocar el Congreso, esto es, decidió llevar a la práctica las resoluciones que ya por dos veces había adoptado el órgano soviético supremo. Entre tanto, la prensa conciliadora inició una campaña contra el Congreso. Los socialrevolucionarios adoptaban un tono particularmente furioso. "La convocatoria o no convocatoria del Congreso -decía Dielo Narodna [La Causa del Pueblo]- no puede tener ninguna importancia para la solución del problema del poder... El gobierno de Kerenski no se someterá en ningún caso." "¿A qué no se someterá?" -preguntaba Lenin-. "Al poder de los soviets -aclaraba-, al poder de los obreros y campesinos, el mismo que Dielo Narodna, para no dejar atrás a los antisemitas e iniciadores de progromos, a los monárquicos y kadetes, califica de poder de Trotsky y Lenin.
Por su parte, el Comité ejecutivo de los campesinos consideraba "peligroso y poco deseable" que se convocase el Congreso. En los sectores dirigentes de los soviets se produjo una confusión mal intencionada. Los delegados de los partidos conciliadores, que recorrían el país, movilizaban a las organizaciones locales contra el Congreso convocado oficialmente por el órgano soviético supremo. El órgano oficioso del Comité central ejecutivo publicaba diariamente resoluciones contra el Congreso, encargadas por la pandilla dirigente, y que partían casi siempre de los espectros de marzo que, a decir verdad, se ataviaban con títulos imponentes. Las Izvestia enterraban a los soviets en un artículo de fondo, calificándolos de barracas provisionales que deberían ser retiradas tan pronto como la Asamblea constituyente coronara el "edificio del nuevo régimen".
A quienes menos podía coger desprevenidos la agitación contra el Congreso era a los bolcheviques. Ya el 24 de septiembre, el Comité central del partido, sin confiar en la decisión del Comité central ejecutivo, tomaba el acuerdo de promover una campaña en favor del Congreso, desde abajo, a través de los soviets, locales y de las organizaciones del frente. Sverdlov fue delegado por los bolcheviques para formar parte de la comisión oficial del Comité central ejecutivo encargada de convocar, o, para decirlo con más exactitud, de sabotear el Congreso. Bajo su dirección fueron movilizadas todas las organizaciones locales del partido y, a través de éstas, los soviets. El 27 todas las instituciones revolucionarias de Reval exigían la disolución inmediata del Preparlamento y que se convocase a continuación el Congreso de los soviets para constituir el poder, poder que se comprometían solemnemente a sostener "con todos los recursos y fuerzas de que disponía la fortaleza". Muchos soviets locales, empezando por los de barriada de Moscú, propusieron arrebatar la convocatoria del Congreso de las manos del desleal Comité central ejecutivo. A las resoluciones de los comités del ejército contra el Congreso se opuso una avalancha de decisiones de los batallones, regimientos, cuerpos de ejército y guarniciones locales, exigiendo la convocación del mismo. "El Congreso de los soviets debe tomar el poder, sin detenerse ante nada", dice la reunión general de los soldados de Kichtim, en los Urales. Los soldados de la provincia de Novgorod invitan a los campesinos a participar en el Congreso, sin hacer caso de la resolución de su Comité ejecutivo. Los soviets de provincia, de distrito, los de los rincones más apartados del país, las fábricas y las minas, los regimientos, los dreagnouths, los torpederos, los hospitales militares, los mítines, la Compañía de automóviles de Petrogrado y los destacamentos sanitarios de Moscú, todos exigen la deposición del gobierno y la entrega del poder a los soviets. Los bolcheviques, que no querían limitarse a la campaña de agitación, se crearon una importante base de organización convocando un Congreso de soviets de la región del norte, al que asistieron 150 delegados de 23 localidades. ¡El golpe estaba bien calculado! El Comité central ejecutivo, dirigido por sus grandes maestros en malas artes, declaró que el Congreso del norte tenía carácter privado. Los delegados mencheviques, que no constituían más que un puñado de hombres, no participaron en la labores del Congreso, al que se quedaron "con fines puramente informativos". ¡Como si ello hubiera podido aminorar en lo más mínimo la importancia del Congreso, en el que estaban representados los soviets de Petrogrado y de la periferia, de Moscú, Cronstadt, Helsingfors y Reval, esto es, de las dos capitales, de las fortalezas marítimas, de la escuadra del Báltico y de las guarniciones de los alrededores de Petrogrado! Abierto por Antonov el Congreso, al cual se dio deliberadamente un matiz militar, transcurrió bajo la presidencia del teniente Krilenko, el mejor agitador del partido en el frente, y futuro generalísimo bolchevique. El punto central del informe político de Trotsky lo constituía la nueva tentativa del gobierno de sacar de Petrogrado los regimientos revolucionarios: el Congreso no permitirá "que se desarme a Petrogrado y se estrangule al Soviet". La cuestión de la guarnición de Petrogrado es un elemento del problema fundamental del poder. "Todo el pueblo vota por los bolcheviques. El pueblo nos otorga su confianza y nos manda que tomemos el poder en nuestras manos." La resolución propuesta por Trotsky dice: "Ha llegado la hora de resolver el problema del poder central, con la acción decidida y unánime de todos los soviets." Este llamamiento, incitación directa, casi, a la insurrección, fue aprobado por unanimidad de votos, con sólo tres abstenciones.
Laschevich incitó a los soviets a seguir el ejemplo de Petrogrado, concentrando en sus manos las guarniciones locales. El delegado letón, Peterson, prometió la cooperación de 40.000 fusilemos letones para la defensa del Congreso de los soviets. La declaración de Peterson, que no era una simple frase, fue acogida con entusiasmo. Pocos días después, el Soviet de los regimientos letones proclamaba que "sólo la insurrección popular... hará posible el paso el poder a manos de los soviets". El 13, las estaciones de radio de los buques de guerra difundieron por todo el país el llamamiento del Congreso del norte, incitando a prepararse para el Congreso de los soviets. " ¡Soldados, marinos, campesinos, obreros! Vuestro deber consiste en destruir todos los obstáculos." El Comité central del partido propuso a los delegados bolcheviques en el Congreso del norte que, teniendo en cuenta la proximidad del Congreso general de los soviets, no abandonasen Petrogrado. Por encargo de la oficina elegida por el Congreso, algunos delegados se marcharon con objeto de recorrer las organizaciones del ejército y los comités locales o, en otros términos, para preparar las provincias a la insurrección. El Comité central ejecutivo vio surgir a su lado un poderoso mecanismo que se apoyaba en Petrogrado y Moscú, que hablaba en el país entero por medio de las estaciones radiotelefónicas de los dreagnouths, y que estaba dispuesto a sustituir en cualquier momento al caduco órgano soviético supremo para la convocación del Congreso. De nada podían servir ya las pequeñas argucias a los conciliadores.
La lucha por y contra el Congreso dio el último impulso a la bolchevización de los soviets locales. En una serie de provincias atrasadas -así, por ejemplo, en la de Smolensk-, los bolcheviques, solos o unidos a los socialrevolucionarios de izquierda, no obtuvieron por primera vez mayoría hasta que se llevó a cabo la campaña en favor del Congreso, o al efectuarse las elecciones de delegados. Aún en el Congreso de los soviets de Siberia, a mediados de octubre, consiguieron los bolcheviques, en unión de los socialrevolucionarios de izquierda, reunir una mayoría sólida que influyó fácilmente en todos los Soviets locales. El 15, el Soviet de Kiev, por 159 votos contra 28 y tres abstenciones, reconoció al futuro Congreso de los soviets como "órgano soberano del poder". El 16, el congreso de los soviets de la región del noroeste, celebrado en Minsk -esto es, en el centro del frente oriental-, afirmó que era inaplazable convocar el Congreso. El 18, el Soviet de Petrogrado procedió a la elección de delegados al Congreso: la candidatura bolchevista (Trotsky, Kámenev, Volodarski, Yuréniev y Laschevich) obtuvo 443 votos; la de los socialrevolucionarios, 162; eran éstos socialrevolucionarios de izquierda que se inclinaban del lado de los bolcheviques. La candidatura de los mencheviques obtuvo 44 votos. El Congreso de los soviets de los Urales, presidido por Krestinski, y en el cual, de los 110 delegados, 80 eran bolcheviques, exigió, en nombre de 223.900 obreros y soldados organizados, que se procediese a convocar el Congreso de los soviets en el plazo señalado. Aquel mismo día, 19 de octubre, la Conferencia nacional de los Comités de fábrica, la representación más directa e indiscutible del proletariado de todo el país, se pronunció por el pase inmediato del poder a manos de los soviets. El 20, Ivanovo-Vosnesensk proclamaba "el estado de lucha franca e impecable entre el gobierno provisional" y todos los soviets de la provincia, incitaba a los mismos a resolver por cuenta propia todos los problemas económicos y administrativos planteados. Sólo un voto y una abstención se pronunciaron contra esa resolución, que implicaba el derrumbamiento de los órganos gubernamentales locales. El 22, la prensa bolchevista publicó una nueva lista de 56 organizaciones que exigían el poder para los soviets: se trataba de masas auténticas, en gran parte armadas.
Esta poderosa manifestación de los destacamentos de la futura revolución no impidió a Dan informar, ante la Mesa del Comité central ejecutivo, en el sentido de que, de las 917 organizaciones soviéticas existentes, sólo 50 se habían manifestado conformes con mandar delegados, y eso "sin ningún entusiasmo". Sin dificultad puede creerse que los pocos soviets que todavía consideraban necesario manifestar su afecto al Comité central ejecutivo, no sentían entusiasmo alguno por el Congreso. Sin embargo, la mayoría aplastante de los soviets locales y de los Comités del ejército hacían caso omiso, sencillamente, del Comité central ejecutivo.
A pesar de todo, los conciliadores, que se habían comprometido y puesto en evidencia con su sabotaje del Congreso, no se atrevieron a llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias. Cuando se vio claramente que no se conseguiría evitar el Congreso, hicieron un viraje en redondo, invitando a todas las organizaciones locales a elegir delegados, con objeto de no dar la mayoría a los bolcheviques. Pero como habían despertado demasiado tarde, el Comité central ejecutivo, tres días antes del plazo fijado, se vio en la precisión de aplazar el Congreso hasta el 25 de octubre.
Gracias a esta última maniobra de los conciliadores el régimen de febrero, y con él la sociedad burguesa, obtuvieron una dilación inesperada, de la cual, sin embargo, nada sustancial podían sacar ya. Los bolcheviques, en cambio, como más tarde hubieron de reconocer sus mismos enemigos, se aprovecharon con gran fruto de esos cinco días suplementarios. "Los bolcheviques -dice Miliukov- aprovecharon el aplazamiento de la acción, ante todo, para reforzar sus posiciones entre los obreros y soldados de Petrogrado. Trotsky hacía una aparición en los mítines que se celebraban en los distintos regimientos de la guarnición de la capital. Para formarse ideal del estado de ánimo creado por esa agitación, bastará hacer notar, por ejemplo, que en el regimiento de Semenov no se dejó hablar a los miembros del Comité ejecutivo, Skobelev y Gotz, que intentaron hacerlo a continuación de Trotsky."
El cambio de frente del regimiento de Semenov, cuyo nombre había pasado a la historia de la revolución como un recuerdo siniestro, tenía una significación simbólica: en diciembre de 1905, los soldados de dicho regimiento desempeñaron el papel principal en el aplastamiento de la insurrección de Moscú. El general Min, que mandaba el regimiento, había dado la orden de "no hacer prisioneros". En la línea ferroviaria de Moscú-Golutvin, los soldados del regimiento de Semenov fusilaron a 150 obreros y empleados. El general Min, cuyas hazañas merecieron elogios del zar, fue ejecutado en el otoño de 1906 por la socialrevolucionaria Konoplianikova. Prisionero de sus viejas tradiciones, el regimiento de Semenov tardó mucho más que la mayoría de los restantes regimientos de la Guardia en ser conquistado por la revolución. La fama de su "fidelidad" estaba tan arraigada, que, a pesar del lamentable fracaso de Skobelev y Gotz, el gobierno siguió confiando tenazmente en los soldados de dicho regimiento hasta el mismo día de la revolución, y aun después de surgir ésta.
El Congreso de los soviets fue el problema político central durante las cinco semanas que separaron a la Conferencia democrática del levantamiento de octubre. La declaración de los bolcheviques en la Conferencia mencionada proclamaba ya al futuro Congreso de los soviets como el órgano supremo del país. "Podrán llevarse a la práctica únicamente aquellas decisiones y proposiciones de esta conferencia... que sean adoptadas por el Congreso general de los diputados obreros, campesinos y soldados." La resolución en favor el boicot al Preparlamento, sostenida por la mitad de los miembros del Comité central contra la otra mitad, decía: "Para nosotros, la participación de nuestro partido en el Preparlamento depende directamente de las medidas que el Congreso general de los soviets adopte para instituir un poder revolucionario." La apelación al Congreso de los soviets constituye, casi sin excepción, la nota dominante de todos los documentos bolcheviques de ese período.
En la situación creada por la guerra campesina, cada vez más encendida, por la recrudescencia del movimiento nacional, por la ruina económica más y más profunda de día en día, por la disgregación del frente y la inestabilidad del gobierno, los soviets se convierten en el único reducto de las fuerzas creadoras. Todo problema se convierte en el problema del poder, y éste conduce al Congreso de los soviets, el cual debe dar respuesta a todas las cuestiones, la de la Asamblea constituyente inclusive.
Ningún partido, sin excluir a los bolcheviques, había retirado aún la consigna de la Asamblea constituyente. Pero, de un modo casi imperceptible, en el curso de los acontecimientos de la revolución, la consigna democrática principal, que por espacio de quince años había brillado en la heroica lucha de las masas, palidecía, desvaneciase como aplastada entre dos muelas, se convertía en una forma huera, en una tradición, y no en una perspectiva. Semejante proceso no tenía nada de extraño. El desarrollo de la revolución se basaba en la lucha directa por el poder entre las dos clases fundamentales de la sociedad: la burguesía y el proletariado. Nada podía dar ya a la primera ni al segundo la Asamblea constituyente. En esta contienda, la pequeña burguesía urbana y rural no podía desempeñar más que un papel secundario y auxiliar. De todas maneras, como se habían encargado de demostrarlo los meses precedentes, era incapaz de tomar en sus manos el poder. Sin embargo, la pequeña burguesía podía hacerse aún con la mayoría en la Asamblea constituyente. Más tarde la obtuvo, en efecto; mas ¿para qué? únicamente para no saber qué uso había de hacer de ella. En todo esto hallaba su expresión la inconsistencia de la democracia formal, en un momento de honda transformación histórica. La fuerza de la tradición se manifestó en el hecho de que, en vísperas de la última batalla en torno a la Asamblea constituyente, ninguno de los bandos había abjurado todavía de la misma. Pero, en realidad, la burguesía dejaba a un lado la Asamblea constituyente para apelar a Kornílov, como los bolcheviques al Congreso de los soviets.
Puede suponerse, con seguridad de acertar, que anchos sectores del pueblo, e incluso determinados elementos del Partido bolchevique, alimentaban algo que pudiéramos llamar ilusiones constitucionales, respecto del Congreso de los soviets; esto es, que asociaban al mismo la idea de una transmisión del poder, automática y pacífica, de manos de la coalición a las de los soviets. En realidad, el poder había que arrebatarlo por la fuerza; con los simples votos no era posible hacer nada; sólo el levantamiento armado podía resolver la cuestión.
Sin embargo, de todas las ilusiones que en forma de aleación inevitable acompañan a todo gran movimiento popular, aun al más realista, la ilusión del "parlamentarismo" soviético era, por el conjunto de condiciones creadas, la menos peligrosa. Los soviets luchaban prácticamente por el poder, se apoyaban cada vez más en la fuerza militar, se convertían en poder en las distintas localidades, convocaban su propio Congreso como resultado de un combate. No quedaba mucho sitio, que digamos, para las ilusiones constitucionales, y aun ese, resultaba barrido en el proceso de la lucha.
La consigna del Congreso de los soviets, al coordinar los esfuerzos revolucionarios de los obreros y soldados de todo el país, al darles la unidad del objetivo que había de perseguirse, disimulaban al mismo tiempo la preparación, semiconspirativa, semideclarada, de la insurrección, apelando de continuo a la representación legal de los obreros, soldados y campesinos. El Congreso de los soviets, después de facilitar la unificación de las fuerzas para la revolución, debía sancionar sus resultados y constituir un nuevo poder indiscutible para el pueblo.



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