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Capítulo XVIII (Tomo II)

El Comité militar revolucionario

En el transcurso del mes de agosto, a pesar del cambio iniciado a fines de julio, aún seguían dominando en la renovada guarnición de Petrogrado los socialrevolucionarios y los mencheviques. Algunos regimientos seguían contagiados de una profunda desconfianza hacia los bolcheviques. El proletariado carecía de armas: la guardia roja no tenía en sus manos más que unos cuantos miles de fusiles. En estas condiciones, la insurrección hubiera podido terminar en una tremenda derrota, a pesar de que las masas afluían nuevamente al bolchevismo.
La situación fue modificándose incesantemente durante el mes de septiembre. Después del motín de los generales, los conciliadores perdieron rápidamente el punto de apoyo que tenían en la guarnición. A la desconfianza hacia los bolcheviques sucedió la simpatía y, en el peor de los casos, una neutralidad expectativa. Pero la simpatía no era activa. Políticamente, la guarnición seguía siendo harto inconsistente y mostraba la suspicacia propia de los campesinos: "¿No nos engañarán también los bolcheviques? ¿Nos van a dar, efectivamente, la paz y la tierra?" La mayoría de los soldados no estaba dispuesta todavía a luchar por estos objetivos bajo la bandera de los bolcheviques. Y como en la guarnición subsistía una minoría inatacable casi por completo, hostil a los bolcheviques (5.000 a 6.000 junkers, tres regimientos cosacos, el batallón de motociclistas, la división de autos blindados), el resultado de la lucha parecía aún dudoso en septiembre. El desarrollo de los acontecimientos dio un favorable impulso a la causa bolchevista, con una nueva lección práctica que ligó indisolublemente el destino de los soldados de Petrogrado al de la revolución y de los bolcheviques.
El derecho a disponer de las fuerzas armadas es el derecho fundamental del poder gubernamental. El primer gobierno provisional, impuesto al pueblo por el Comité ejecutivo, se comprometió a no desarmar ni sacar de Petrogrado los regimientos que habían tomado parte en la revolución de Febrero. Tal fue el principio formal del dualismo militar, inseparable, en el fondo, del dualismo del poder. Las grandes conmociones políticas de los meses siguientes -manifestación de abril, jornadas de julio, preparación de la sublevación de Kornílov y su liquidación- planteaban inevitablemente cada vez la cuestión de la dependencia jerárquica de la guarnición de Petrogrado. Pero, al fin, los conflictos que en este terreno surgían entre el gobierno y los conciliadores tenían un carácter familiar y terminaban por las buenas. Al bolchevizarse la guarnición, las cosas tomaron otro carácter. Ahora eran los mismos soldados los que recordaban la promesa hecha en marzo por el gobierno al Comité central ejecutivo y vulnerada pérfidamente por ambos. El 8 de septiembre, la sección de soldados del Soviet exige que se haga volver a Petrogrado a los regimientos enviados al frente con motivo de los acontecimientos de julio. Entre tanto, los hombres de la coalición se devanaban los sesos buscando el medio de sacar de la capital los demás regimientos.
En varias ciudades de provincias, la situación era aproximadamente la misma que en la capital. En el transcurso de julio y agosto procedióse a renovar, con un criterio patriotero, las guarniciones locales; durante los meses de agosto y septiembre, las guarniciones renovadas se contagiaron profundamente de bolchevismo. Había que empezar de nuevo; esto es, volver a renovar y transformar esas guarniciones. El gobierno, para preparar el golpe contra Petrogrado, empezaba por las provincias. Los motivos políticos se presentaban, cuidadosamente como estratégicos. El 27 de septiembre, los soviets de la ciudad y de la fortaleza de Reval adoptaban la siguiente resolución sobre el particular: considerar posible el reagrupamiento de las tropas, a condición de que se cuente previamente con la conformidad de los respectivos soviets. Los directivos del Soviet de Vladimir preguntaron a Moscú si debían someterse o no a la orden dada por Kerenski de retirar toda la guarnición. La oficina regional de los bolcheviques de Moscú constataba que "esas órdenes se dictan sistemáticamente para las guarniciones de espíritu revolucionario". Antes de ceder todos sus derechos, el gobierno provisional intentaba hacer uso del que es fundamental de todo gobierno: disponer de la fuerza armada.
El licenciamiento de la guarnición de Petrogrado era tanto más inaplazable cuanto que el próximo Congreso de los soviets había de llevar hasta sus últimas consecuencias la lucha por el poder. La prensa burguesa, dirigida por el órgano de los kadetes, Riech, afirmaba, día tras día, que no podía otorgarse a los bolcheviques la posibilidad de "elegir el momento para declarar la guerra civil". Esto significaba que era menester asestar oportunamente el golpe a los bolcheviques. De aquí se desprendía de modo inevitable la tentativa de modificar previamente la correlación de fuerzas en la guarnición. Los argumentos de orden estratégico producían no poco efecto después de la caída de Riga y la pérdida de las islas de Monzund. El Estado Mayor de la región dio orden de modificar la composición de los regimientos de Petrogrado para mandarlos al frente. La cuestión fue planteada al mismo tiempo en la sección de soldados por iniciativa de los conciliadores. El plan del adversario no estaba mal: después de presentar al Soviet un ultimátum estratégico, quitar de un solo golpe a los bolcheviques el punto de apoyo que tenían en el ejército o, en caso de resistencia del Soviet, provocar un conflicto agudo entre la guarnición de la capital y el frente, necesitado de refuerzos y de relevos.
Los directivos del Soviet, que se daban perfecta cuenta de la trampa que les preparaban, se proponían tantear bien el terreno antes de dar un paso irremediable. Sólo cabía oponer una negativa rotunda a la orden dada, en caso de tener seguridad de que los motivos de la renuncia serían debidamente comprendidos por el frente. En caso contrario, podría resultar más ventajoso sustituir, de acuerdo con las trincheras, los regimientos de la guarnición por tropas revolucionarias del frente que estuvieran necesitadas de reposo. Precisamente en este sentido se había pronunciado ya, como más arriba queda indicado, el Soviet de Reval.
Los soldados enfocaban la cuestión de un modo más directo. Ir al frente ahora en pleno otoño; resignarse a una nueva campaña de invierno era una idea que de ningún modo les cabía en la cabeza. La prensa patriótica emprendió inmediatamente el ataque contra la guarnición: los regimientos de Petrogrado, embotados por el exceso de grasa de la inacción, traicionan de nuevo al frente. Los obreros salieron en defensa de los soldados. Los de Putilov fueron los primeros que protestaron contra el envío de los regimientos. La cuestión figuraba ya constantemente en el orden del día, no sólo en los cuarteles, sino en las mismas fábricas. Esto acercó estrechamente a las dos secciones del Soviet. Los regimientos empezaron a apoyar con particular ardor la demanda de que se armara a los obreros.
Los conciliadores, buscando reanimar el patriotismo de las masas con la amenaza de la pérdida de Petrogrado, el día 9 de octubre presentaron al Soviet la proposición de crear un "Comité de defensa revolucionaria" que tuviera como fin participar obreros. Sin embargo, el Soviet, al mismo tiempo que se negaba a echar sobres sí la responsabilidad "de la pretendida estrategia del gobierno provisional y, en particular de la retirada de tropas de Petrogrado", no se apresuraba a pronunciarse sobre la orden dada, sino que decidía estudiar los motivos y fundamentos de la misma. Los mencheviques intentaron protestar: es inadmisible la intromisión en las disposiciones operativas del mando. Pero aún no hacía mes y medio que decían lo mismo respecto de las órdenes de Kornílov, que perseguían como fin preparar la sublevación, y no faltó quien se lo recordara así. Había que crear un órgano competente que se encargase de comprobar si el envío de regimientos al frente era dictado por consideraciones militares o políticas. Con gran asombro de los conciliadores, los bolcheviques aceptaron la idea del Comité de defensa: precisamente ese Comité era el que había de concentrar en sus manos todos los datos relativos a la defensa de la capital. Con ello se daba un paso importante. El Soviet, al arrancar esa peligrosa arma de las manos del adversario, se reservaba la posibilidad, según fueran las circunstancias, de orientar la resolución relativa a la retirada de los regimientos en un sentido o en otro, aunque, de todas maneras, contra el gobierno y los conciliadores.
Los bolcheviques aceptaron tanto más naturalmente el proyecto menchevista de crear un Comité militar, cuanto que en sus propias filas se había hablado ya, más de una vez, de la necesidad de constituir oportunamente un órgano soviético autorizado para dirigir la revolución futura. En la Organización militar del partido se había elaborado incluso el correspondiente proyecto. La dificultad que hasta entonces no había sido posible vencer estribado en la combinación del órgano de la insurrección con el Soviet, que tenía carácter electivo y que actuaba abiertamente, y del cual, por añadidura, formaban parte representantes de los partidos enemigos. La iniciativa patriótica de los mencheviques no podía surgir más oportunamente para facilitar la creación del Estado Mayor y de la revolución, que no tardó en adoptar la denominación de Comité militar revolucionario, convirtiéndose en la palanca principal de levantamiento.
Dos años después de estos acontecimientos, el autor del presente libro decía en un artículo dedicado a la revolución de Octubre: "Tan pronto como la orden relativa a la retirada de los regimientos fue trasmitida por el Estado Mayor de la región al Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado.... Se vio claramente que, en su desarrollo ulterior, esta cuestión podía adquirir una importancia política decisiva." La idea de la insurrección empezó a tomar inmediatamente una forma concreta. Ya no era menester inventar un órgano soviético. La misión efectiva del futuro Comité quedaba inequívocamente puesta de relieve por el hecho de que Trotsky, en aquella misma sesión, terminara su informe sobre la retirada de los bolcheviques del preparlamento con la siguiente exclamación: "¡Viva la lucha directa y abierta por el poder revolucionario en el país!" Esto no era más que la traducción, al lenguaje de la legalidad soviética, de la divisa: "¡Viva la insurrección armada!"
Justamente al siguiente día, 10 de octubre, adoptaba el Comité central de los bolcheviques, en reunión secreta, la resolución de Lenin que señalaba la insurrección armada como el objetivo práctico de los días que se avecinaban. Desde ese momento, se dotaba al partido de un objetivo de combate claro e imperativo. El Comité de defensa se incorporaba a la perspectiva de la lucha inmediata por el poder.
El gobierno y sus aliados rodearon de círculos concéntricos a la guarnición. El 11, el general Cheremisov, que mandaba el frente septentrional, dio cuenta al ministro de la Guerra de la demanda presentada por los comités del ejército: que se sustituyera a los regimientos cansados del frente con los soldados de Petrogrado. El Estado Mayor del frente no era, en este caso, más que una instancia transmisora entre los conciliadores del ejército y sus líderes petrogradeses, los cuales se esforzaban en crear una base más amplia para los planes de Kerenski. La prensa de la coalición acogió esa operación envolvente con una sinfonía de furor patriótico. Sin embargo, las asambleas cotidianas de los regimientos y de las fábricas mostraban que la música de los dirigentes no producía abajo ningún efecto. El 12, los obreros de una de las fábricas más revolucionarias de la capital (Stari Parvieinen), reunidos en asamblea general, contestaron del siguiente modo a la campaña de la prensa burguesa: "Declaramos firmemente que nos echaremos a la calle cuando lo juzguemos necesario. No nos asusta la lucha que se aproxima y estamos firmemente convencidos de que saldremos de ella victoriosos."
Al constituir una comisión encargada de preparar el Estatuto del Comité de defensa, el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado señaló los siguientes fines al futuro órgano militar: ponerse en contacto con el frente septentrional y con el Estado Mayor de la región de Petrogrado, con el Comité central de los marinos del Báltico y el Soviet regional de Finlandia, para estudiar la situación militar y las medidas necesarias; efectuar un recuento de los efectivos de la guarnición de Petrogrado y sus alrededores, así como de las municiones y víveres; tomar medidas para mantener la disciplina entre las masas obreras y de soldados. Estos fines eran universales y, al mismo tiempo, equívocos: casi todos ellos oscilaban entre la defensa de la capital y el levantamiento armado. Sin embargo, esos dos objetivos, que hasta entonces se excluían recíprocamente, ahora se aproximaban en realidad; al tomar el poder en sus manos, el Soviet debería echar sobre sí la defensa de Petrogrado. Este elemento de camuflaje no había sido introducido artificialmente desde el exterior, sino que se desprendía, hasta cierto punto, de las condiciones creadas por la proximidad de la insurrección.
Con esa misma mira de camuflaje, no se puso a un bolchevique al frente de la Comisión encargada de elaborar el Estatuto del Comité, sino a un socialrevolucionario, el joven y modesto funcionario de intendencia, Lazimir, uno de aquellos socialrevolucionarios de izquierda que ya antes de la insurrección se hallaban en perfecto acuerdo con los bolcheviques, sin que, a decir verdad, previeran siempre adónde habría de conducirles ese acuerdo. El proyecto primitivo de Lazimir fue modificado por Trotsky en dos sentidos: concretando los fines prácticos para conquistar la guarnición y difuminando aún más el objetivo revolucionario general. El proyecto, aprobado por el Comité ejecutivo con la protesta de los dos mencheviques, incluía en el Comité militar revolucionario a las Mesas del Soviet y de la sección de soldados, a los representases de la escuadra, del Comité regional de Finlandia, del sindicato ferroviario, de los comités de fábrica, de los sindicatos, de las organizaciones militares del partido, de la guardia roja, etc. El fundamento de la organización era el mismo que en otros muchos casos; pero la composición personal del Comité se hallaba determinada de antemano por sus nuevos objetivos. Partíase del supuesto de que las organizaciones enviarían representantes conocedores de los asuntos militares o que estuvieran en estrecho contacto con la guarnición. La función debía condicionar el carácter del órgano.
No menos importante era la constitución de otro organismo: cerca del Comité militar revolucionario se instituyó una conferencia permanente de la guarnición. La sección de los soldados representaba a la guarnición políticamente; los diputados eran elegidos de acuerdo con las banderas políticas que seguían. La conferencia de la guarnición debían integrarla los Comités de regimiento, que, como dirigían la vida cotidiana de los mismos, eran su representación más "profesional", más directa, más práctica. La analogía entre los Comités de regimiento y los de fábrica saltaba a la vista. En todas las grandes cuestiones políticas, los bolcheviques, a través de la sección obrera del Soviet, podían apoyarse confiadamente en los obreros. Pero para convertirse en dueños de las fábricas era menester que arrastraran en pos de sí a los Comités de las mismas. La composición de la sección de soldados garantizaba a los bolcheviques la simpatía política de la mayoría de la guarnición. Mas para disponer prácticamente de las tropas era preciso apoyarse de un modo inmediato en los Comités de regimiento. Esto explica que la conferencia de la guarnición, en el período que precedió al levantamiento, pasara a ocupar el primer término, relegando, naturalmente, a un segundo lugar a la sección de soldados. Es de advertir, sin embargo, que los delegados más destacados de la sección formaban parte, asimismo, de la conferencia.
En el artículo "La crisis ha llegado a su punto culminante", escrito poco antes de esos días, preguntaba Lenin en tono de reproche: "¿Qué ha hecho el partido para estudiar la disposición de las tropas y demás?" No obstante la labor llevada abnegadamente a cabo por la Organización militar, el reproche de Lenin estaba justificado. El partido realizaba con dificultad el estudio, puramente técnico, de las fuerzas y de los recursos militares; faltaba el hábito, no se encontraba modo de enfocar la cuestión. La situación se modificó inmediatamente a partir del momento en que entró en escena la conferencia de la guarnición; en lo sucesivo, aparecía, día tras día, a los ojos de los directivos el panorama vivo de la guarnición, no sólo de la capital, sino también del anillo militar que la circundaba.
El 12, el Comité ejecutivo examinó el proyecto de estatuto elaborado por la Comisión de Lazimir. A pesar del carácter confidencial de la sesión, los debates tenían en gran parte un carácter metafórico: "Se decía una cosa, pero se sobrentendía otra", dice, no sin fundamento, Sujánov. El Estatuto instituía el funcionamiento de secciones de defensa, aprovisionamiento, comunicaciones, información, etc., anejas al Comité. Tratábase, por tanto, de un Estado Mayor o, si se quiere, de un contra-Estado Mayor. Asignábase como objetivo a la Conferencia elevar el espíritu combativo de la guarnición. No dejaba de haber en esto una parte de verdad. Pero la capacidad combativo podía tener distintas aplicaciones. Los mencheviques se percataban con impotente indignación de que la idea por ellos propugnada con fines patrióticos se convertía en algo destinado a disimular la insurrección que se preparaba. El camuflaje no tenía nada de impenetrable: todo el mundo comprendía de qué se trataba; pero, al mismo tiempo, nada podía hacerse para estorbarle, ya que de un modo absolutamente idéntico habían procedido los mismos conciliadores al agrupar en derredor suyo a la guarnición en los momentos críticos y crear órganos de poder paralelamente a los del Estado. Hubiérase dicho que los bolcheviques no hacían más que seguir las tradiciones del poder dual. Pero introducían un nuevo contenido en las viejas formas. Lo que antes servía para la política de conciliación, conducía ahora a la guerra civil. Los mencheviques pidieron que se hiciera constar en acta su opinión adversa a la totalidad del proyecto. Esta platónico demanda fue satisfecha.
Al día siguiente, en la sección de soldados, que aún no hacía tanto constituía la guardia de los conciliadores, se examinó la cuestión del Comité militar revolucionario y de la Conferencia de la guarnición. En esa reunión, notabilísima por todos conceptos, ocupó por derecho propio el lugar principal el marino Dibenko, presidente del Dsentrobalt, un gigante de barba negra que no tenía costumbre de morderse la lengua. El discurso del invitado de Helsingfors irrumpió como un chorro de agua de mar, fresca y picante, en el estancado ambiente de la guarnición. Dibenko dio cuenta de la ruptura definitiva de la escuadra con el gobierno y de las nuevas relaciones entabladas con el mando. El almirante, antes de iniciar las últimas operaciones marítimas, se había dirigido con la siguiente pregunta al Congreso de los marinos que se estaba celebrando por aquellos días: "¿Se ejecutarán las órdenes que se den? A lo cual contestamos: si ejercemos el control nosotros, sí. Pero... si vemos que la escuadra va a sucumbir, lo primero que haremos será colgar del palo mayor al almirante." Para la guarnición de Petrogrado, éste era un nuevo lenguaje. Por lo demás, en la misma escuadra sólo había adquirido carta de naturaleza en los últimos días. Era el lenguaje de la insurrección. El puñado de mencheviques representados en la Asamblea, refunfuñaba en un rincón. La Mesa lanzaba miradas de inquietud a la compacta masa de capotes grises. ¡Ni una voz de protesta en sus filas! Los ojos brillan en los rostros excitados. En la sala flota el espíritu de la audacia temeraria.
Como conclusión, Dibenko, alentado por la aprobación general, declaró con firmeza: "Se habla de la necesidad de sacar de la capital a la guarnición para defender los puntos de acceso a Petrogrado y, en particular, Reval. No lo creáis; de la defensa de Reval nos encargamos nosotros. Quedaos aquí y defender los intereses de la revolución... Cuando tengamos necesidad de vuestro apoyo, os lo diremos, y estoy convencido de que entonces acudiréis en auxilio nuestro." Este llamamiento, que fue inmejorablemente comprendido por los soldados, suscitó una verdadera tempestad de entusiasmo, en el que quedaron ahogadas, sin dejar rastro, las protestas de los escasos mencheviques que asistían a la Asamblea. A partir de ese momento, la cuestión de la retirada de los regimientos podía darse definitivamente por resuelta.
El proyecto de Estatuto presentado por Lazimir fue aceptado por una mayoría de 283 votos contra 1 y 23 abstenciones. Estas cifras, inesperadas para los mismos bolcheviques, dan idea de la presión revolucionaria de las masas. La votación significaba que la sección de soldados quitaba resuelta y oficialmente de las manos del Estado Mayor gubernamental la dirección de la guarnición, para transmitirla al Comité militar revolucionario. No había de tardar en poner de relieve al porvenir, que no se trataba de una simple manifestación demostrativa.
Ese mismo día, el Comité ejecutivo del Soviet de Petrogrado, dio cuenta de la creación de una sección especial de la guardia roja cerca del mismo. El armamento de los obreros, abandonado e incluso perseguido por los conciliadores, convirtióse en uno de los objetivos más importante del Soviet bolchevista. La recelosa actitud de los soldados respecto de la guardia roja, desapareció por completo. En casi todas las resoluciones de los regimientos, muy al contrario de lo que sucedía antes, se exige el armamento de los obreros. En lo sucesivo, la guardia roja y la guarnición obran de perfecto acuerdo y no han de tardar en estar ligadas más estrechamente todavía por la común subordinación al Comité militar revolucionario.
El gobierno se inquietó. El día 14, por la mañana, se celebró en el gabinete de Kerenski un Consejo de ministros, en el que se aprobaron las medidas adoptadas por el Estado Mayor contra el "golpe" que se preparaba. Los gobernantes hacían toda clase de conjeturas para tratar de saber si en esa ocasión no se iría más allá de una manifestación armada o si se llegaría a la insurrección. El jefe de la región militar decía a los representantes de la prensa: "En todo caso, estamos preparados." A menudo, en vísperas de la muerte, los enfermos desahuciados se sienten revivir bajo el influjo de una nueva afluencia de fuerzas. En la sesión de ambos Comités ejecutivos, Dan, imitando el tono empleado en junio por Tsereteli, refugiado ahora en el Cáucaso, exigió de los bolcheviques que dieran respuesta a la pregunta siguiente: ¿Piensan hacer algo y, en caso afirmativo, cuándo? De la respuesta de Riazanov sacó, no sin fundamento, el menchevique Bogdanov, la conclusión de que los bolcheviques preparaban la insurrección y que se pondrían al frente de la misma. El diario de los mencheviques decía: "Por lo visto, con lo que cuentan los bolcheviques para adueñarse del poder es con la permanencia de la guarnición en la capital." Pero las palabras alusivas a la toma del poder iban impresas entre comillas; los conciliadores no creían aún seriamente en el peligro, y temían no tanto la victoria de los bolcheviques como el triunfo de la contrarrevolución, como resultado de las nuevas escaramuzas de la guerra civil.
El Soviet, al tomar sobre sí la misión de armar a los obreros, debía buscar el medio de encontrar armas, cosa que no pudo conseguirse de un modo inmediato. Eran asimismo las masas las que sugerían las iniciativas prácticas. A ellas se debía cada paso que se daba hacia adelante en este respecto. Bastaba tan sólo con prestar atención a sus proposiciones. Cuatro años después de estos acontecimientos, Trotsky, en una velada conmemorativa de la revolución de Octubre, decía: "Cuando se me presentó una comisión de obreros a manifestar que tenía necesidad de armas y les dije: "¿Acaso no sabéis que el arsenal no está en nuestras manos?", contestaron: "Hemos estado en la fábrica de armas de Tsestroretsk." "Bien, y ¿qué?" "Pues allí nos han dicho: si el Soviet nos lo ordena, daremos armas." Di orden de que les entregaran 5.000 fusiles, y aquel mismo día los recibieron. Era la primera experiencia." La prensa enemiga puso inmediatamente el grito en el cielo, denunciando la entrega de armas por una fábrica del Estado, como consecuencia de una orden dada por un hombre acusado de traición a la patria y que había sido libertado de 1 a cárcel bajo fianza. El gobierno no dijo nada. Pero entró en escena el órgano supremo de la democracia con una orden severa: no dar armas a nadie sin orden suya; esto es, del Comité central ejecutivo. Aparentemente, en lo que se refería a la entrega de armas, Dan o Gotz estaban tan poco calificados para prohibirla como Trotsky para autorizarla u ordenarla. Las fábricas y los arsenales dependían del gobierno. Pero el desdén hacia los órganos oficiales en todos los momentos graves, constituía la tradición del Comité central ejecutivo, y se convirtió en una costumbre para el propio gobierno, ya que respondía a la naturaleza de las cosas. Sin embargo, las tradiciones y costumbres fueron vulneradas desde otro extremo: los obreros y soldados, que habían dejado de establecer distinción entre los truenos del Comité central ejecutivo y los relámpagos de Kerenski, ya no hacían caso de los unos ni de los otros.
Era más cómodo exigir la retirada de los regimientos de Petrogrado en nombre del frente, que desde las oficinas del interior. Por este motivo, Kerenski subordinó la guarnición de Petrogrado a Cheremisov, generalísimo del frente del norte. Kerenski, al disponer que la capital no dependiera de él como jefe del gobierno, desde el punto de vista militar, se consolaba pensando que de todas maneras la subordinaba a sí en cuanto generalísimo en jefe. El general Cheremisov, por su parte, que se hallaba ante una tarea difícil, buscaba ayuda en los comisarios y en los miembros de los comités. Merced al esfuerzo común, se elaboró un plan de operaciones inmediatas. El 17, el Estado Mayor del frente, junto con las organizaciones del Ejército, llamó a Pskov, a los representantes del Soviet de Petrogrado, con objeto de formularles sin ambages sus exigencias a la faz de las trincheras.
Al Soviet de Petrogrado no le quedaba otro recurso que aceptar el reto. La delegación, designada en la sesión del 16 y formada por algunas docenas de miembros, la mitad, aproximadamente, del Soviet y la otra mitad de representantes de los regimientos, estaba acaudillada por el presidente de la sección obrera, Fiodorov, y los directivos de la sección de soldados y de la Organización militar de los bolcheviques: Laschevich, Sadovski, Mejonochin, Dachkevich y otros. Los pocos socialrevolucionarios de izquierda y mencheviques internacionalistas incluidos en la delegación, se comprometieron a defender en Pskov la política del Soviet. En la reunión celebrada por los delegados antes de partir, se adoptó el proyecto de declaración propuesto por Sverdlov.
En la misma reunión del Soviet se discutió el estatuto del Comité militar revolucionario. Esta institución, apenas creada, se convertía a los ojos de los adversarios en un organismo cada vez más odiado. "Los bolcheviques -exclamó el orador de la oposición- no contestan a la pregunta directa que se les ha hecho: ¿Preparan algo o no? Esta actitud hay que atribuirla a cobardía o a desconfianza en sus propias fuerzas." La Asamblea acoge estas palabras con una carcajada general. La cosa no es para menos: el representante del partido gubernamental pide que el partido de la insurrección le abra su pecho. El nuevo Comité, prosigue el orador, no es más que "un Estado Mayor revolucionario para la toma del poder". Ellos, los mencheviques, no formarán parte del mencionado Comité. "¿Cuántos sois?", les gritan de la sala. Los mencheviques, a decir verdad, no son muy numerosos -una cincuentena- en el Soviet; pero, en cambio, saben con absoluta certeza que "las masas no sienten ninguna simpatía por el golpe que se prepara". Trotsky, en su réplica, no niega que los bolcheviques se preparen a la toma del poder: "Eso para nadie es un secreto." Pero de lo que ahora se trata es de otra cuestión. El gobierno exige la retirada de las tropas revolucionarias de Petrogrado ¡y nosotros hemos de decir: sí o no! El proyecto de Lazimir es adoptado por una mayoría de votos abrumadora. El presidente propone que el Comité militar revolucionario empiece a funcionar a partir del día siguiente. Se acaba de dar otro paso adelante.
Polkovnikov, jefe de la región militar, informó nuevamente en ese día del golpe que preparaban los bolcheviques. El informe era optimista: en general, la guarnición estaba al lado del gobierno, las academias militares habían recibido orden de estar dispuestas. En la proclama dirigida a la población, Polkovnikov prometía tomar "las medidas más extremas" en caso de que las circunstancias lo exigieran. Por su parte, el socialrevolucionario Schereider, alcalde de la ciudad, imploraba "que no se promovieran desórdenes si se quería evitar el hambre en la ciudad". La prensa, ya amenazando o amonestando, ya cobrando ánimos o asustándose, iba dando notas cada vez más altas.
En Pskov, para impresionar la imaginación de los delegados del Soviet de Petrogrado, se les preparó una recepción teatral. En el edificio del Estado Mayor, en torno a unas cuantas mesas cubiertas de imponentes mapas militares, se instalaron los señores generales, los altos comisarios, con Voitinski a la cabeza, y los representantes de los comités del ejército. Los jefes de las secciones del Estado Mayor informaron sobre la situación militar en los distintos frentes, en las trincheras y en el mar. Las conclusiones de los informantes coincidían todas en un mismo punto: es necesario retirar inmediatamente la guarnición de Petrogrado, para defender los puntos de acceso a la capital. Los comisarios y los miembros de los Comités rechazaron, indignados, la sospecha de que esa proposición obedeciera a ocultos móviles políticos. Según ellos, la operación estaba dictada por necesidades de orden estratégico. Los delegados no tenían ninguna prueba en contrario: en asuntos de este género, las pruebas no se hallan al alcance de la mano. Pero toda la situación refutaba los argumentos de carácter estratégico. Lo que el frente necesitaba no eran hombres, sino que éstos estuvieran dispuestos a combatir. El estado de ánimo de la guarnición de Petrogrado no era, ni con mucho, el más adecuado para dar al frente la consistencia de que carecía. Además, aún estaban frescas en la memoria de todos las lecciones de la sublevación de Kornílov. La delegación, profundamente convencida de la razón que la asistía, resistió fácilmente a la presión del Estado Mayor y regresó a Petrogrado más unánime aún que en el momento de partir.
Los indicios directos de que carecían los delegados se hallan ahora a disposición del historiador. La correspondencia militar secreta atestigua que el frente no exigía los regimientos de Petrogrado, sino que era Kerenski quien se los imponía. El generalísimo del frente septentrional contestó en los siguientes términos, por hilo directo, al telegrama del ministro de la Guerra: "Secreto. 17. X. La iniciativa de mandar tropas de la guarnición de Petrogrado al frente ha partido de usted y no de mí... Cuando se vio que la guarnición de Petrogrado no deseaba ir al frente, esto es, que su capacidad combativo era nula, en una conversación privada con el oficial representante de usted dije que... tropas como ésas teníamos más que de sobra en el frente; pero en vista del deseo expresado por usted de mandarlas al frente, no renuncié a ellas, como tampoco renuncio actualmente si sigue considerando necesario que se las mande fuera de Petrogrado." El carácter semipolémico del telegrama se explica por el hecho de que Cheremisov, un general que sentía inclinación por la política de altura, que en el Ejército zarista era considerado como "rojo" y que posteriormente, según la expresión de Miliukov, "se había convertido en el favorito de la democracia revolucionaria", había llegado, por las trazas, a la conclusión de que lo mejor era romper oportunamente todo lazo de solidaridad con el gobierno, en el conflicto de este último, con los bolcheviques. La conducta de Cheremisov en los días de la toma del poder confirma plenamente esta explicación.
La lucha en torno a la guarnición se entretejía con la lucha por el Congreso de los soviets. Sólo cuatro o cinco días faltaban ya para la fecha primitivamente señalada. Esperábase que el "golpe" se produciría con ocasión del Congreso. Se suponía que, al igual que durante las jornadas de julio, el movimiento se desarrollaría en forma de manifestación armada de las masas, acompañada de refriegas callejeras. El menchevique de derecha Potresov, basándose, evidentemente, en los datos del contraespionaje o de la Misión militar francesa, que urdía sin el menor escrúpulo documentos falsos, expuso en la prensa burguesa el plan del golpe que los bolcheviques debían llevar a cabo en la noche del 17 de octubre. Los ingeniosos autores del plan no se habían olvidado de prever que los bolcheviques llevarían consigo a los "elementos turbios" de uno de los barrios extremos de la ciudad. Los soldados de los regimientos de la Guardia sabían reírse tan bien como los dioses de Homero. Al procederse a la lectura del artículo de Potresov en la sesión del Soviet, el estrépito de las carcajadas hizo estremecerse las blancas columnas y las arañas del Instituto Smolni. Pero el prudente gobierno, que sabía no ver lo que ocurría ante sus ojos, se asustó seriamente ante aquel documento absurdo, y se reunió urgentemente a las dos de la madrugada para organizar la resistencia contra los "elementos turbios". Tras nuevas conferencias de Kerenski con las autoridades militares, se adoptaron las oportunas medidas: reforzóse la vigilancia del palacio de Invierno y del Banco de Estado; se llamó a dos escuelas militares de Oranienbaum y a un tren blindado del frente rumano. "En el último momento -según Miliukov- los bolcheviques, por motivos que se ignoran, suspendieron sus preparativos." Unos cuantos años después de los acontecimientos el sabio historiador ha seguido dando crédito a esa mentira, que llevaba en sí misma su refutación.
Las autoridades encargaron a la Milicia de llevar a cabo pesquisas en los alrededores de la ciudad, para dar con las huellas del golpe que se estaba preparando. Los informes de la Milicia son una mezcla de observaciones vivas y de estupidez policíaca. En el barrio de Alexandre-Nevski, donde están situadas varías fábricas importantes, los investigadores observaron una tranquilidad completa. En el barrio de Viborg se predicaba sin tapujos la necesidad de derrumbar el gobierno, pero "exteriormente" había tranquilidad. En el barrio de la isla de Vasili, la gente estaba excitada, pero tampoco se observaba ningún síntoma que permitiera prever una acción inmediata. En el barrio de Narva se estaba realizando una agitación intensísima en favor de la acción, pero nadie podía decir cuándo tendría lugar esta última. Una de dos: o se guardaba en el mayor secreto el día y la hora o, en efecto, nadie los conocía. Se decidió reforzar las patrullas en las barriadas obreras y encargar a los comisarios de la Milicia que revisaran los puestos con mayor frecuencia.
Una correspondencia publicada por el diario liberal de Moscú, completa, no del todo mal, el informe de la Milicia: "En los suburbios, en las fábricas de Nevski, de Obujov y de Putilov, se lleva a cabo una intensa labor bolchevista a favor de la acción. Los obreros están dispuestos a entrar en escena en cualquier momento. Durante los últimos días, se observa en Petrogrado una insólita afluencia de desertores... En la estación de Varsovia no se puede dar un paso sin tropezar con soldados de aspecto sospechoso, mirada ardiente y rostros excitados...
Se sabe que han llegado a Petrogrado bandas enteras de ladrones dispuestos a pescar en río revuelto. Los elementos turbios, que llenan hasta rebosar las salas de té y las tabernas, están organizándose." El miedo de la población neutral y las fantasías policíacas se combinan aquí con la dura realidad. La crisis revolucionaria, al acercarse a su desenlace, removía la hez social hasta el fondo. En efecto, los desertores, las pandillas de ladrones y las guaridas, se habían puesto en pie al oír el rugido del terremoto que se acercaba. Las capas superiores de la sociedad contemplaban con terror físico las fuerzas desencadenadas de su régimen, sus lacras y sus vicios. La revolución no las creaba; lo único que hacía era ponerlas al desnudo.
En esos mismos días, en Dvinsk, el Estado Mayor de su cuerpo de ejército, el barón de Budberg, el reaccionario bilioso, ya conocido del lector, hombre que no carecía de espíritu de observación ni de cierta perspicacia, escribía: "Los kadetes, los kadetoides, los octubristas y los revolucionarios de distintas especies, pertenecientes a las viejas formaciones y a la de marzo, presienten que se acerca su fin y chillan desesperadamente, recordando con ello a los musulmanes cuando intentan evitar los eclipses de luna sacudiendo sus carracas."
El 18 fue convocada por primera vez la Conferencia de la guarnición. En un telefonema remitido a todos los regimientos, incitábase a éstos a abstenerse de toda acción espontánea y a no cumplir más que las disposiciones del Estado Mayor, avaladas por la sección de soldados. El Soviet efectuaba de este modo una tentativa decidida, para tomar declaradamente en sus manos el control de la guarnición. En el fondo, el telefonema no representaba otra cosa que una invitación al derrumbamiento de las autoridades existentes. Pero con un poco de buena voluntad podía ser interpretado como un acto pacífico de sustitución de los conciliadores por los bolcheviques en la mecánica del poder dual. Prácticamente venía a reducirse a lo mismo, pero una interpretación más clásica dejaba sitio para las ilusiones. La Mesa del Comité central ejecutivo, que se consideraba dueño del Smolni, hizo una tentativa para detener el envío de los telefonemas, con lo cual no consiguió otra cosa que comprometerse una vez más. La asamblea de los representantes de los Comités de regimiento y de compañía de Petrogrado y sus alrededores se reunió a la hora fijada, y se vio extraordinariamente concurrida.
Gracias a la atmósfera creada por los adversarios, los informes de los que tomaron parte en la asamblea de la guarnición se concentraron en torno al problema del "golpe" inminente. Celebróse un significativo plebiscito, al que es dudoso que se hubieran lanzado por propia iniciativa los directivos. Se pronuncian contra la acción la Escuela militar de Peterhof y el 9.º Regimiento de caballería. Los escuadrones de campaña de la caballería de la Guardia se inclinan a la neutralidad. La Escuela militar de Oranrienbaum se somete únicamente a las disposiciones del Comité central ejecutivo. Pero a esto se limitan las voces hostiles o neutrales. Dispuestos a entrar en acción al primer llamamiento del Soviet de Petrogrado se muestran los regimientos de Egur, de Moscú, de Volin, de Pavl, de Keksholm, de Semenov, de Ismailov, el 1.º de Tiradores y el 3.º de la Reserva, la segunda dotación del Báltico, el batallón electrotécnico y la división de artillería de la Guardia. El regimiento de granaderos entrará en acción al llamamiento del Congreso de los soviets; con esto basta. Las unidades menos importantes siguen a la mayoría. A los representantes del Comité central ejecutivo, que hasta hace muy poco, y no sin fundamento consideraban a la guarnición de Petrogrado como base de su fuerza, se les niega la palabra en esa ocasión, casi por unanimidad. En un estado impotente de irritación, dichos representantes abandonaron aquella asamblea "incompetente", que, a propuesta del presidente, confirmó su resolución de no aceptar ninguna orden que no fuera avalada por el Soviet.
Ahora se está cristalizando lo que había venido preparándose en la conferencia de la guarnición durante los últimos meses y, sobre todo, las últimas semanas. El gobierno resultaba más insignificante de lo que podía suponerse. Al mismo tiempo que en la ciudad no se hablaba de otra cosa que de acciones y combates sangrientos inminentes, la Conferencia de los comités de regimiento, que había puesto de manifiesto un predominio aplastante de los bolcheviques, hacía innecesarios, en el fondo, las manifestaciones y los combates de las masas. La guarnición se orientaba firmemente hacia el cambio de régimen, aceptándolo, no como una insurrección, sino como realización del indiscutible derecho de los soviets a decidir de los destinos del país. En ese movimiento había una fuerza irresistible; pero, al mismo tiempo, un elemento de peso. El partido necesitaba combinar hábilmente su acción con el paso político que acababan de dar los regimientos, cuya mayoría esperaba un llamamiento del Soviet y, una parte de ellos, del Congreso de los soviets.
Para eliminar todo peligro de confusión, aunque no fuera más que temporal, en el desarrollo de la acción, imponíase dar respuesta a la pregunta que inquietaba, no sólo a los enemigos, sino también a los amigos: la insurrección, ¿iba a estallar efectivamente de un día a otro? En los tranvías, en las calles, en las tiendas, no se hablaba más que del próximo "golpe". En la plaza del palacio de Invierno y frente al Estado Mayor había largas colas de oficiales que iban a ofrecer sus servicios al gobierno y a los que se proveía de revólveres; en el momento de peligro, no se vio por ninguna parte ni los revólveres ni a sus propietarios. Los artículos de fondo de todos los periódicos estaban consagrados a la insurrección. Gorki exigía de los bolcheviques que desmintieran los rumores, si es que no eran "un juguete involuntario en manos de la multitud enfurecida".
La zozobra producida por lo desconocido penetró incluso en los barrios obreros y, en especial, en los regimientos, que empezaban a figurarse que se estaba preparando el "golpe" sin ellos. ¿Por quién? ¿Por qué callaba el Instituto Smolni? En los últimos momentos, la contradictoria situación del Soviet como Parlamento abierto y como Estado Mayor revolucionario creaba grandes dificultades. Era imposible seguir callando.
"En estos últimos días -dice Trotsky, al final de la sesión nocturna del Soviet- la prensa aparece llena de anuncios, rumores y artículos referentes a la inminencia de la acción... Las decisiones del Soviet de Petrogrado se publican para conocimiento de todos. El Soviet es una institución electiva y... no puede tomar decisiones que no sean conocidas de los obreros y soldados... En nombre del Soviet declaro que no hemos señalado ninguna acción armada. Pero si el Soviet, por la marcha de las cosas, se viera obligado a hacerlo, los obreros y soldados entrarían en acción a su llamamiento, como un solo hombre... Se dice que he firmado una orden de entrega de 5.000 fusiles... Sí, la he firmado... El Soviet seguirá en lo sucesivo organizando y armando la guardia obrera." Los delegados comprendieron que la batalla estaba cerca, pero que no se daría la señal sin ellos y sin contar con ellos.
Sin embargo, a más de la explicación o de la aclaración tranquilizadora, las masas tenían necesidad de una perspectiva revolucionaria clara.
El orador reduce a una sola las dos cuestiones: la retirada de la guarnición y el próximo Congreso de los soviets. "Tenemos un conflicto con el gobierno, que puede adquirir un carácter extremadamente agudo... No permitiremos... que se prive a Petrogrado de su guarnición revolucionaria." Este conflicto está a su vez subordinado a otro conflicto inminente. "La burguesía sabe que el Soviet de Petrogrado propondrá al Congreso de los soviets que tome el poder en sus manos... En previsión de la lucha inevitable, las. clases burguesas intentan desarmar a Petrogrado." Por primera vez se pone en este discurso al descubierto, de un modo completamente definido, el nudo político del golpe que se prepara: nos disponemos a tomar el poder, tenemos necesidad de la guarnición, y no la cederemos. "A la primera tentativa de la contrarrevolución para disolver el Congreso, responderemos con un contraataque que será implacable y que llevaremos hasta sus últimas consecuencias." Esta vez la declaración decidida en favor de la acción política termina asimismo con la fórmula de la defensa militar.
Sujánov, que había asistido a la sesión con un proyecto, condenado de antemano al fracaso, encaminado a obtener la participación del Soviet en el homenaje a Gorki, ha comentado posteriormente, y no del todo mal, la importancia revolucionaria de los acuerdos tomados en dicho día. Para Smolni, la cuestión de la guarnición es la cuestión del levantamiento. Para los soldados, es la de la suerte que les está reservada. "Es difícil imaginarse un punto de partida más afortunado de la política de aquellos días." Esto no impide a Sujánov considerar ruinosa la política de los bolcheviques, enfrentada en su conjunto. Como Gorki y millares de intelectuales radicales, lo que más teme es esa "multitud enfurecida", que con una regularidad notable va desarrollando su ataque día tras día.
El Soviet es suficientemente poderoso para proclamar abiertamente el programa de cambio de régimen e incluso para señalar la fecha de su realización. Al mismo tiempo, hasta el día señalado por él mismo para la victoria completa, se muestra impotente en millares de grandes y pequeñas cuestiones. Kerenski, reducido ya a cero, políticamente, sigue publicando decretos en el palacio de Invierno. Lenin, inspirador del movimiento irresistible de las masas, se oculta en la clandestinidad, y el ministro de Justicia, Maliantovich, da orden nuevamente, en esos días, al fiscal para que decrete la detención de Lenin. Aun en el Smolni, en su propio territorio, parece como si el omnipotente Soviet de Petrogrado viviese puramente de misericordia. La administración del edificio, la caja, el servicio de expedición, los automóviles, los teléfonos, todo se halla aún en manos del Comité central ejecutivo, que, por su parte, sí se sostiene todavía, no es más que por inercia.
Cuenta Sujánov que después de la sesión, a hora avanzada de la noche, salió al square del Smolni, que se hallaba sumido en una profunda oscuridad. Llovía a torrentes. Una multitud de delegados se apiñaba en torno a los humeantes automóviles, que los nutridos parques del Comité central ejecutivo suministraban al Soviet bolchevista. Acercóse asimismo a los automóviles -relata el omnipotente observador- "el presidente Trotsky, pero después de permanecer un instante allí, sonrió, se alejó chapoteando por los charcos y desapareció en las tinieblas". En la plataforma del tranvía, Sujánov se encontró con un hombre de baja estatura, aspecto modesto y barbita negra y afilada. El desconocido intentó consolar a Sujánov de las incomodidades del largo trayecto que tenían que recorrer.
"¿Quién es?", preguntó Sujánov a su acompañante, una bolchevista. "El viejo militante del partido, Sverdlov." Antes de dos semanas, ese hombrecito de barba negra será el presidente del Comité central ejecutivo, órgano supremo de la República soviética. Por lo visto, Sverdlov consolaba a su compañero de viaje movido por la gratitud: ocho días antes se había celebrado en el domicilio de Sujánov, sin que éste, a decir verdad, lo supiera, la reunión del Comité central de los bolcheviques que había llevado al orden del día el levantamiento armado.
Al día siguiente por la mañana, el Comité central ejecutivo hace una tentativa para volver atrás la rueda de los acontecimientos. La Mesa convoca una "asamblea regular" de la guarnición, invitando a la misma a los comités atrasados, no renovados desde hacia mucho tiempo, que no habían tomado parte en la reunión de la víspera. Esa prueba complementaria a que se sometía a la guarnición, si bien dio algo nuevo, confirmó aún con más fuerza el estado de cosas del día anterior. De esta vez se pronunciaron contra la acción la mayoría de los Comités de los regimientos de la fortaleza de Pedro y Pablo, y los de la división de autos blindados: tanto unos como otros declararon que se sometían al Comité central ejecutivo. En modo alguno se podía hacer caso omiso de semejante actitud.
La fortaleza, enclavada en la isla, bañada por el Neva con su canal, entre la parte central de la ciudad y los barrios, domina los próximos puentes y cubre o, por el contrario, deja descubierto por la parte del río los puntos de acceso al palacio de Invierno, donde está instalado el gobierno. La fortaleza, que carece de importancia militar en las operaciones importantes, puede arrojar considerable peso en la lucha callejera. Además, y acaso sea esto lo más importante, en la fortaleza se encuentra uno de los más ricos arsenales, el de Kronvek: los obreros necesitan fusiles, y los regimientos más revolucionarios están punto menos que desarmados. No hace falta encarecer la importancia de los autos blindados para la lucha en las calles: si se ponen de parte del gobierno, pueden causar no pocas víctimas inútiles; si se ponen del lado de la insurrección, pueden acortar notablemente el camino de la victoria. Los bolcheviques tendrán que dedicar en los días próximos particular atención a la fortaleza y a la división de autos blindados. En todo lo demás, la correlación de fuerzas se manifestó idéntica a la del día anterior en la conferencia. La tentativa del Comité central ejecutivo encaminada a hacer aprobar su resolución, de una prudencia extrema, chocó con la glacial resistencia de la aplastante mayoría: la Conferencia, que no ha sido convocada por el Soviet de Petrogrado, no se considera competente para tomar ninguna resolución. Fueron los propios líderes conciliadores los que salieron al encuentro de ese revés suplementario.
El Comité central ejecutivo, al ver interceptado desde abajo el acceso a los regimientos, intentó apoderarse desde arriba de la guarnición. De acuerdo con el Estado Mayor, nombró comisario principal de toda la región militar a un socialrevolucionario, el capitán de caballería Malevski, y declaró hallarse dispuesto a reconocer a los comisarios del Soviet, a condición de que se sometieran al comisario principal. La tentativa de avasallar a la guarnición bolchevista por medio del capitán de caballería, al que no conocía nadie, estaba evidentemente condenada al fracaso. El Soviet, después de rechazar esta tentativa, suspendió las negociaciones.
La insurrección anunciada por Potresov para el día 17 no tuvo lugar. Ahora los adversarios señalaban de fijo otra fecha: la del 20 de octubre. Como es sabido, ese día había sido señalado en un principio para la apertura del Congreso de los soviets, y la insurrección seguía al Congreso como su Sombra. Verdad es que el Congreso había sufrido un aplazamiento de cinco días; pero daba lo mismo: el objeto se desplazaba, pero quedaba la sombra. En esa ocasión, el gobierno había tomado asimismo todas las "medidas oportunas para hacer frente al golpe". Aportáronse refuerzos en los suburbios. Toda la noche estuvieron recorriendo los barrios obreros patrullas de cosacos. En distintos puntos de Petrogrado se instalaron disimuladamente retenes de caballería. Se puso a la milicia en pie de guerra, y la mitad de sus componentes estuvo de guardia permanente en las comisarías. Se instalaron autos blindados, artillería ligera y ametralladoras en las inmediaciones del palacio de Invierno, poniendo centinelas en todos los puntos de acceso al palacio.
La insurrección, que nadie preparaba y a la que nadie había incitado, no se produjo. El día transcurrió más tranquilamente que otros muchos, sin que se interrumpiera el trabajo en fábricas y talleres. Las Izvestia, dirigidas por Dan, hablaban con entusiasmo de la victoria conseguida sobre los bolcheviques. "Su aventura de provocar en Petrogrado un levantamiento armado, puede darse por liquidada." Dijérase que los bolcheviques se habían visto aplastados por la simple indignación de la democracia unida: "¡Ya se rinden!" Parece como si los adversarios, perdiendo la cabeza, se hubieran propuesto deliberadamente, con su pánico inoportuno y sus gritos de triunfo, menos oportunos todavía, desorientar a la misma "opinión pública" y coadyuvar a los planes de los bolcheviques.
El acuerdo de crear un Comité militar revolucionario, formulado por primera vez el día 9, no fue sometido al pleno del Soviet hasta una semana más tarde: el Soviet no es un partido, es una máquina pesada. Hubo necesidad de otros cuantos días para dar forma al Comité. Esos diez días, sin embargo, no se perdieron inútilmente: la conquista de la guarnición se estaba llevando a cabo a toda marcha; la Comisión de los comités de regimiento había tenido ocasión de demostrar su vitalidad; el armamento de los obreros avanzaba, de manera que el Comité militar revolucionario, que no empezó a funcionar hasta el 20, o sea cinco días antes de la insurrección, pudo disponer inmediatamente de un contingente de materiales más que regular. El Comité, boicoteado por los conciliadores, quedo integrado por los bolcheviques y los socialrevolucionarios de izquierda, circunstancia que facilitaba y simplificaba la labor. De los socialrevolucionarios, únicamente intervenía Lazimir, que incluso fue puesto al frente de la Mesa ejecutiva para demostrar de un modo más aparente que la institución tenía carácter soviético y no partidista. En el fondo, el Comité, presidido por Trotsky, y cuyos colaboradores principales era Podvoiski, Antónov-Ovseenko, Laschevich, Sadovski y Mejonochin, se apoyaba exclusivamente en los bolcheviques. No creo que el pleno del Comité, con la participación de los representantes de todas las instituciones enumeradas en los estatutos, se reuniera ni una sola vez. La labor corriente la llevaba a cabo la Mesa, bajo la dirección del presidente y con la colaboración de Sverdlov, en todos los casos importantes. En realidad, era el Estado Mayor de la insurrección.
El boletín del Comité registra modestamente sus primeros pasos: se nombran comisarios "para la observación y dirección" en los regimientos de la guarnición, en algunas instituciones y en los depósitos. Significaba esta medida que, después de conquistar a la guarnición en el orden político, se la subordinaba ahora desde el punto de vista de la organización. La Organización militar de los bolcheviques desempeñó un gran papel en la elección de comisarios. Entre los 1.000 miembros que aproximadamente la integraban en Petrogrado, había no pocos soldados y jóvenes oficiales decididos y abnegadamente adictos a la revolución,, que después de las jornadas de julio se habían templado en las cárceles de Kerenski. En la guarnición encontraban los comisarios reclutados entre ellos un terreno suficientemente abonado: los soldados los consideraban como "de casa", y se subordinaban a ellos de buen grado.
La iniciativa para apoderarse de las instituciones partía casi siempre de abajo. Los obreros y empleados del arsenal anejo a la fortaleza de Pedro y Pablo indicaron la necesidad de implantar el control sobre la entrega de armas. El comisario enviado al arsenal llegó a tiempo para impedir que se siguiera armando a los junkers, retuvo 10.000 fusiles que debían expedirse a la región del Don, y partidas menos importantes destinadas a organizaciones y personas sospechosas. El control se hizo asimismo extensivo rápidamente a otros depósitos, incluso a las armerías privadas. Bastaba con dirigirse al Comité de soldados, obreros o empleados de la institución o del depósito, para vencer inmediatamente la resistencia de la administración. En adelante, era indispensable de todo punto para la entrega de armas la presentación de la correspondiente orden de los comisarios.
Los obreros impresores, por mediación de su sindicato, llamaron la atención del Comité sobre el aumento de las hojas y folletos reaccionarios. Se tomó el acuerdo de que el sindicato de impresores se dirigiera en todos los casos dudosos al Comité militar revolucionario para resolver la cuestión. El control efectuado por mediación de los obreros impresores era el control más efectivo de la agitación impresora contrarrevolucionaria.
No sólo no quiso limitarse el Soviet a desmentir formalmente los rumores relativos a la insurrección, sino que anunció abiertamente para el día 22 una revista de sus fuerzas, pero no en forma de manifestaciones en las calles, sino de mítines en las fábricas, en los cuarteles, en todos los grandes locales de la capital. Con el fin manifiesto de provocar sangrientos desórdenes, unos misteriosos devotos organizaron para ese mismo día una procesión por las calles de Petrogrado. Una proclama, lanzada en nombre de unos cosacos desconocidos, invitaba a los ciudadanos a tomar parte en una procesión "en memoria de la liberación de Moscú del enemigo en 1812". El pretexto elegido no era muy actual que digamos; pero los organizadores pedían además al Señor que bendijera las armas cosacas "para la defensa de la tierra rusa contra los enemigos", alusión que se refería ya evidentemente a 1917.
No había motivo alguno para temer una seria manifestación contrarrevolucionaria: el clero no tenía ninguna fuerza entre las masas petrogradesas, y sólo hubiera podido soliviantar contra el Soviet, bajo los pendones de la Iglesia, a los míseros restos de las bandas de "cien-negros". Pero con la cooperación de provocadores expertos del contraespionaje y de la oficialidad cosaca, se hallaba lejos de quedar destacada la posibilidad de que ocurrieran refriegas sangrientas. Como medida de previsión, el Comité militar revolucionario empezó por intensificar la propaganda entre los regimientos cosacos. En el edificio del propio Estado mayor revolucionario se estableció un régimen más riguroso. "Ya no resultaba nada fácil entrar en el Smolni -dice John Reed-. El sistema de contraseñas de entrada se modificaba cada cinco o seis horas, pues los espías penetraban constantemente en el local."
En la asamblea de la guarnición celebrada el 21 y dedicada al "Día del Soviet" que había de tener lugar al siguiente día, el ponente propuso una serie de medidas preventivas contra las posibles refriegas callejeras. El cuarto regimiento de cosacos, el que se hallaba más orientado hacia la izquierda, declaró por boca de su delegado que no tomaría parte en la procesión. El catorce regimiento afirmó que lucharía con todas sus fuerzas contra los ataques de la contrarrevolución, pero que, al mismo tiempo, consideraba "inoportuna" toda acción encaminada a la toma del poder. De los tres regimientos cosacos, sólo faltaba el de los Urales, el más atrasado, que había sido enviado en julio a Petrogrado para la lucha contra los bolcheviques.
Después de oír el informe de Trotsky, la Asamblea adoptó tres breves resoluciones: "Primera, la guarnición de Petrogrado y sus alrededores promete su apoyo completo al Comité militar revolucionario en todos sus actos...; segunda, el 22 de octubre es un día de recuento pacífico de fuerzas... La guarnición se dirige a los cosacos y les dice: "Os invitamos a nuestras asambleas de mañana. ¡No dejéis de acudir, hermanos cosacos!"; tercera, el Congreso general de los soviets debe tomar el poder en sus manos y dar al pueblo la paz, la tierra y el pan." La guarnición promete solemnemente poner todas sus fuerzas a disposición del Congreso. "Confiad en nosotros, representantes de los obreros, soldados y campesinos. Todos estamos en nuestros puestos, dispuestos a vencer o a morir." Centenares de brazos se alzan en favor de esta resolución, que confirmaba el programa de la revolución. Cincuenta y siete personas se abstuvieron: eran los "neutrales", esto es, los adversarios vacilantes. Ni un brazo se levantó en contra. La soga iba apretando cada vez más la garganta del régimen de febrero.
En el curso del día se supo que los embozados iniciadores de la procesión habían renunciado a su propósito, "a propuesta del jefe de las fuerzas de la región". Este importante triunfo moral, el que mejor denotaba la intensidad de la presión ejercida por la Conferencia de la guarnición, permitía confiar firmemente en que al día siguiente los enemigos no se atreverían a asomarse a las calles.
El Comité militar revolucionario designa tres comisarios para el Estado Mayor de la región: Sadovski, Mejonochin y Lazimir. Las órdenes del jefe de la región únicamente podrán entrar en vigor cuando aparezcan avaladas con la firma de uno de estos tres comisarios. Obedeciendo a una llamada telefónica del Smolni, el Estado Mayor manda un automóvil para la delegación: las costumbres del poder dual siguen conservando su fuerza. Pero, contra. lo que se esperaba, las atenciones del Estado Mayor no significan que éste se mostrara dispuesto a hacer concesiones.
Polkovnikov, después de escuchar la declaración de Sadovski, contestó que no reconocía a ningún comisario ni tenía necesidad de tutela. A la alusión hecha por los delegados de que el Estado Mayor, con su conducta, corría el riesgo de tropezar con la resistencia de los regimientos, objetó secamente Polkovnikov que la guarnición estaba en sus manos, y la subordinación, garantizada. "Esta firmeza era sincera dice Mejonochin en sus Memorias-; en la actitud del general no se notaba ninguna afectación." Los delegados ya no pudieron servirse del automóvil oficial para regresar al Instituto Smolni.
En la reunión extraordinaria que se convocó, y a la que fueron llamados Trotsky y Sverdlov, se tomó el acuerdo siguiente; aceptar como un hecho consumado la ruptura con el Estado Mayor, y convertir esa ruptura en punto de partida de la ofensiva ulterior. Primera condición para el éxito: las barriadas obreras deben estar al corriente en todas las etapas y todos los episodios de la lucha. No puede permitirse que el enemigo coja desprevenidas a las masas. Se envía una información a todos los distritos de la ciudad por mediación de los soviets de barrio y de los comités del partido. Se da cuenta inmediatamente a los regimientos de lo sucedido. Se confirma nuevamente que no se ejecutarán otras órdenes que las que vayan avaladas por los comisarios. Se propone destinar a los puestos de centinela a los soldados de más confianza.
El Estado Mayor, por su parte, toma también medidas. Polkovnikov, impulsado evidentemente por sus consejeros conciliadores, convocó para la una de la tarde a su propia conferencia de la guarnición, con asistencia de representantes del Comité central ejecutivo. Adelantándose al enemigo, el Comité militar revolucionario convocó para las dos una Asamblea extraordinaria de los comités de regimientos, en la cual se decidió dar forma definitiva a la ruptura con el Estado Mayor. En el manifiesto dirigido a las tropas de Petrogrado y sus alrededores, elaborado en aquella misma Asamblea, se empleaba el lenguaje propio de una declaración de guerra. "Al romper con la guarnición organizada de la capital, el Estado Mayor se convierte en un instrumento directo de las fuerzas contrarrevolucionarias." El Comité militar revolucionario no se hace responsable de los actos del Estado Mayor y, poniéndose al frente de la guarnición, toma sobre sí "la conservación del orden revolucionario contra los atentados de la contrarrevolución".
Era éste un paso decisivo en el camino que conducía a la insurrección. Pero ¿no sería únicamente uno de los muchos conflictos propios de la mecánica del poder dual, tan abundante en ellos? Así, precisamente, para su propio consuelo, intentaba interpretar el Estado Mayor lo sucedido, después de cambiar impresiones con los representantes de los regimientos que no habían recibido a tiempo el llamamiento del Comité militar revolucionario. Una delegación enviada desde el Smolni y presidida por el teniente bolchevique Dachkevich, dio cuenta al Estado Mayor, en un breve informe, del acuerdo tomado por la Conferencia de la guarnición. Los pocos representantes de los regimientos que se hallaban presentes confirmaron su fidelidad al Soviet y, después de negarse a tomar acuerdo alguno, se marcharon. "Tras un breve cambio de impresiones -comunicaba en la prensa el Estado Mayor- no se ha tomado ninguna decisión firme: se ha considerado necesario esperar la solución del conflicto entre el Comité central ejecutivo y el Soviet de Petrogrado." El Estado Mayor presentaba su deposición como una disputa entre las dos instancias soviéticas sobre cuál de las dos había de controlar sus actos. Esta política de ceguera voluntaria tenía la ventaja de librar al Estado Mayor de la necesidad de declarar la guerra al Smolni, decisión para la que carecían de suficientes fuerzas los dirigentes. Así, el conflicto revolucionario que iba a exteriorizarse de un momento a otro se encuadraba nuevamente, con ayuda de los órganos gubernamentales, en el marco legal del poder dual: el Estado Mayor, con su miedo a mirar a la realidad frente a frente, contribuía de un modo más seguro a disimular la insurrección.
Sin embargo, ¿es que la conducta ligera de las autoridades no podía ser un medio de disimular sus propósitos reales? ¿No se prepararía el Estado Mayor, bajo esta apariencia de candidez burocrática, a asestar un golpe súbito al Comité Miliar revolucionario? En el Smolni se tenía por poco probable la existencia de semejante plan por parte de los órganos del gobierno provisional, desconcertados y desmoralizados. Pero, a pesar de todo, el Comité militar revolucionario adoptó las medidas de previsión más elementales: en los cuarteles más próximos, las compañías permanecieron en sus puestos día y noche al pie de los cañones, dispuestas a acudir en auxilio del Smolni a la primera señal de alarma.
A pesar de que la procesión había sido suspendida, la prensa burguesa anunciaba sangrientos sucesos para el domingo. El periódico de los conciliadores decía por la mañana: "Las autoridades consideran más posible hoy el golpe que el día 20." Así, por tercera vez en el transcurso de una semana, el 17, el 20 y el 22, el chico travieso engañaba al pueblo, lanzaba el falso grito de "¡el lobo!". A la cuarta vez, si se había de dar crédito a la antigua fábula, el muchacho caería en la boca del lobo.
La prensa de los bolcheviques, al invitar a las masas a asistir a las asambleas, hablaba de un recuento pacífico de las fuerzas revolucionarias, en vísperas del Congreso de los soviets. Respondía esto por entero al propósito del Comité miliar revolucionario: verificar un recuento gigantesco de fuerzas, sin colisiones, sin emplear las armas y aun sin hacer ostentación de las mismas. Era preciso que las masas se pusieran en contacto, se dieran cuenta de sus efectivos, de su fuerza, de su decisión. Mediante la unanimidad de la multitud había que obligar a los enemigos a ocultarse, a abstenerse de emprender toda acción. Con esta manifestación de la impotencia de la burguesía ante las masas de los obreros y soldados, debía borrarse de la conciencia de estos últimos el recuerdo, que podía servirles de freno, de las jornadas de julio. Era preciso conseguir que las masas, al verse a sí mismas, se dijeran: nadie ni nada puede enfrentarse en lo sucesivo con nosotras.
"La población, asustada -decía Miliukov cinco años más tarde-, se quedó en casa o se inhibió." Quien se quedó en casa fue la burguesía, atemorizada, efectivamente, por su propia prensa. Todo el resto de la población: los jóvenes y los viejos, las mujeres y los hombres, los muchachos y las madres con los niños en sus brazos, se dirigió desde por la mañana a los mítines. No habían vuelto a celebrarse desde la revolución mítines como aquellos. Todo Petrogrado, con excepción de las castas privilegiadas, era un mitin. En los locales rebosantes de gente, el auditorio iba renovándose en el transcurso de varias horas. Verdaderas oleadas de obreros, soldados y marinos afluían a las salas y las llenaban. Hasta las gentes humildes de la ciudad, despertadas por los aullidos y las advertencias que debían asustarlas, se agitaron. Millares de personas invadían el gigantesco edificio de la Casa del Pueblo, y formando una masa excitada y al mismo tiempo disciplinada, llenaban las salas teatrales, los corredores, el buffet y el foyer. De las columnas de hierro y de las ventanas pendían guirnaldas y racimos de cabezas, piernas y brazos humanos. En el aire se respiraba la tensión eléctrica que anunciaba la próxima descarga. ¡Abajo Kerenski! ¡Abajo la guerra! ¡El poder a los soviets! Ningún conciliador se hubiera atrevido ya a hacer objeciones o advertencias ante aquellas masas caldeadas hasta el rojo vivo. Los bolcheviques tenían la palabra. Fueron movilizados todos los oradores del partido, incluso los delegados al Congreso que habían llegado de provincias. De vez en cuando hablaba algún socialrevolucionario de izquierda; en algunos sitios, muy raros, hacían uso de la palabra los anarquistas. Pero tanto los unos como los otros procuraban distinguirse lo menos posible de los bolcheviques.
Durante horas enteras aguantaron a pie firme los hombres y las mujeres de los suburbios, los moradores de los sótanos y de las azoteas, envueltos en sus abrigos míseros y en sus capotes grises, tocados con gorros de piel y pañuelos bastos, con el barro de las calles que se metía en las botas, con la tos otoñal atascada en la garganta, pegados los unos a los otros, apretujándose para dejar sitio al recién llegado, para que todo el mundo pudiera oír, y escuchaban sin cansarse, con avidez, apasionadamente, temiendo que se les escapara lo que más falta hacía que comprendiesen, que se asimilasen, que hiciesen. En estos últimos meses, en estas últimas semanas, en estos últimos días se había dicho ya todo aparentemente. Pero no había tal; las palabras resuenan hoy de otro modo. Las masas se las asimilan, no ya como una admonición, sino como la obligación de obrar. La experiencia de la guerra, de la revolución, de la lucha fatigosa, de toda la amargura del vivir, surge de las honduras del recuerdo de cada hombre oprimido por la miseria, y halla su expresión en esas consignas simples e imperiosas. Las cosas no pueden continuar así. Hay que dar paso al futuro, abriéndole una salida.
Todos los participantes de los acontecimientos volvieron posteriormente los ojos hacia ese día sencillo y asombroso, que se destacaba con fulgor en el fondo de la revolución, que aun sin eso no tenía ya nada de pálido. La imagen de esa lava humana, inspirada y contenida en medio de su fuerza irresistible, quedó grabada para siempre en la memoria de los testigos presenciales. "El Día del Soviet de Petrogrado -dice el socialrevolucionario de izquierda Mstislavski- se señaló por numerosos mítines, en los que reinó un entusiasmo inmenso." El bolchevique Pestkovski, que habló en dos fábricas de la Isla de Vasili, dice: "Hablábamos con claridad a las masas de la próxima toma del poder por nosotros, y nuestras palabras eran acogidas con aprobación." "Alrededor mío -cuenta Sujánov, hablando del mitin en la Casa del Pueblo- reinaba un estado de ánimo semejante al éxtasis... Trotsky formuló una breve resolución... ¿Quién vota a favor de esta resolución? Aquella multitud ingente alzó los brazos como un solo hombre. Vi los brazos en alto y los ojos ardientes de los hombres, de las mujeres, de los muchachos, de los obreros, de los soldados, de los campesinos y de figuras típicamente pequeño burguesas... Trotsky seguía hablando. La innumerable muchedumbre seguía con los brazos levantados. Trotsky cincelaba las palabras: Que esta votación sea vuestro juramento... La multitud innúmera seguía con los brazos en alto. Está de acuerdo, jura." El bolchevique Popov relata el juramento solemne prestado por las masas: "Lanzarse al ataque al primer llamamiento del Soviet." Mstislavski habla de una multitud electrizada que juraba fidelidad a los soviets. El mismo espectáculo, sólo que en menores proporciones, s observó por todas partes en la ciudad, en el centro y en los suburbios. Centenares de miles de personas levantaban los brazos a una misma hora y juraban proseguir la lucha hasta el fin.
Si las sesiones cotidianas del Soviet, de la sección de soldados, de la Conferencia de la guarnición, de los comités de fábrica, amplio sector de los directivos, daban al máximo de cohesión; si en las asambleas de las fábricas y de los regimientos se estrechaban cada vez más las filas, el día 22 de octubre fundió, bajo una temperatura elevada, en una caldera gigantesca, a las verdaderas masas populares. Estas se vieron representadas en sus jefes; los jefes vieron y oyeron a las masas. Entre ambas partes quedaron recíprocamente satisfechas. Los jefes se percataron de que no era posible aplazar por más tiempo las cosas. Las masas se dijeron: ¡esta vez se hará lo que se debe hacer!
El éxito de esta revista dominical de las fuerzas bolchevistas enfrió la confianza que en sí mismos habían tenido hasta ese momento Polkovnikov y sus superiores. De acuerdo con el gobierno y con el Comité central ejecutivo, el Estado Mayor hizo una tentativa para ponerse al habla con el Smolni. Al fin y al cabo, ¿por qué no habían de poder restablecerse las buenas y amistosas costumbres de contacto y acuerdo que reinaban antaño? El Comité militar revolucionario no se negó a delegar a sus representantes para entablar un cambio de impresiones: nada mejor podía desearse para tantear al enemigo. "Las negociaciones fueron breves -recuerda Sadovski-. Los representantes de la región militar aceptaron todas las condiciones impuestas por el Soviet... En compensación, debía anularse la proclama publicada por el Comité militar revolucionario el 22 de octubre." Se trataba del documento que calificaba al Estado Mayor de instrumento de las fuerzas contrarrevolucionarias. Aquellos mismos delegados del Comité, que tan desconsideradamente había mandado a sus casas Polkovnikov dos días antes, exigieron, y obtuvieron, para comunicarlo al Smolni, un proyecto de acuerdo firmado por el Estado Mayor. El sábado, esas condiciones de capitulación semihonrosa hubieran sido aceptadas. El lunes llegaban ya con retraso. El Estado Mayor esperaba la respuesta, pero no la recibió.
El Comité militar revolucionario comunicó a la población de Petrogrado el nombramiento de comisarios cerca de los regimientos y en los puntos particularmente importantes de la capital y sus alrededores. "Los comisarios, por su condición de representantes del Soviet, son inviolables. Toda resistencia que se haga a las medidas de dichos comisarios, es una resistencia al Soviet de diputados obreros y soldados." Se invita a los ciudadanos a reclamar de los comisarios, en caso de desórdenes, el envío de fuerzas armadas. Este lenguaje es el lenguaje del poder. Pero el Comité no da todavía la señal para la insurrección. Sujánov pregunta: "¿Es que Smolni comete una estupidez, o juega con el palacio de Invierno, como el gato con el ratón, provocando el ataque?" Ni lo uno ni lo otro. Con la presión de las masas y el peso de la guarnición, el Comité elimina al gobierno. Toma sin combate lo que puede tomar. Avanza sus posiciones sin hacer un disparo, dando mayor cohesión a su ejército y reforzándolo por el camino. Mide con su presión la fuerza de resistencia del enemigo, sin apartar por un momento la vista del mismo. Cada paso adelante modifica la disposición de las fuerzas en beneficio del Smolni. La guarnición y los obreros se funden con la insurrección. En el proceso del ataque y de la eliminación se verá quién ha de ser el primero que llame a las armas. Ahora es ya solamente cuestión de horas. Si el gobierno se ve con valor en el último momento para dar la señal del combate, o la da impulsado por la desesperación, la responsabilidad caerá sobre el palacio de Invierno, pero la iniciativa, a pesar de todo, no dejará de pertenecer a Smolni. El acto del 23 de octubre significaba la deposición del poder con anterioridad a la del propio gobierno. El Comité militar revolucionario ató las extremidades del régimen enemigo antes de asestarle el golpe en la cabeza. Esta táctica de "penetración pacífica", de romper legalmente los huesos al enemigo y paralizar hipotéticamente los restos de voluntad que le quedasen, únicamente se podía aplicar contando con el indiscutible predominio de fuerzas con que contaba el Comité, predominio que aún seguía aumentando de hora en hora.
El Comité seguía cotidianamente el cuadro de la guarnición desplegado ante él. Conocía la temperatura de cada regimiento, observaba los cambios que se estaban efectuando en las concepciones y las simpatías de los cuarteles. Por esta parte, mal podía haber sorpresas. Sin embargo, quedaban en el cuadro algunos puntos oscuros. Había que hacer una tentativa para borrarlos, o por lo menos amenguarlos. El 19 se puso ya de manifiesto que el espíritu de la mayoría de los Comités de la fortaleza de Pedro y Pablo era desfavorable o, a lo sumo, ambiguo. Ahora, cuando toda la guarnición estaba de parte del Comité, y la fortaleza se hallaba cercada, por lo menos políticamente, era hora de apoderarse de ella decididamente. El teniente Blagonravov, nombrado comisario, tropezó con la resistencia del comandante gubernamental de la fortaleza, que se negó a aceptar la tutela bolchevista e incluso se jactaba, según se decía, de que detendría al joven tutor. Era preciso obrar, y de un modo inmediato. Antónov propuso que se mandara a la fortaleza un batallón de confianza del regimiento de Pavl, y se desarmara a las tropas hostiles. Pero ésta era una operación excesivamente dura, de que podía aprovecharse la oficialidad para provocar un derramamiento de sangre y quebrantar la unanimidad de la guarnición. ¿Era realmente necesario recurrir a una medida tan extrema? "Para examinar esta cuestión se llamó a Trotsky -cuenta Antónov en sus Memorias-. Trotsky desempeñaba entonces un papel decisivo; con su instinto revolucionario se dio cuenta de que lo mejor era tomar la fortaleza desde el interior." No es posible que las tropas que están allí no simpaticen con nosotros, dijo; y así resultó, en efecto. Trotsky y Laschevich se fueron a dar un mitin en la fortaleza. En el Smolni se esperaba con gran emoción el resultado de la empresa, que se juzgaba arriesgada. Trotsky ha recordado posteriormente "El 23, cerca de las dos de la tarde, me fui a la fortaleza. Estaban celebrando un mitin en el patio. Los oradores de la derecha se mostraban extraordinariamente cautelosos y evasivos... La gente nos escuchó, nos siguió." En el tercer piso del Smolni se respiró con desahogo cuando el teléfono comunicó la gozosa noticia: la guarnición de Pedro y Pablo se comprometía solemnemente a no someterse en lo sucesivo a nadie más que al Comité militar revolucionario.
El cambio producido en la conciencia de las tropas de la fortaleza no era, naturalmente, resultado de uno o dos discursos, sino que había sido preparado sólidamente por el pasado. Los soldados se mostraron mucho más orientados hacia la izquierda que sus comités. Lo único que tras las murallas de la fortaleza había sustituido algún tiempo más que en los cuarteles de la ciudad era la cáscara resquebrajada de la vieja disciplina. Pero bastó un empujón para que cayera hecha pedazos.
Blagonravov podía instalarse ahora confiadamente en la fortaleza, organizar un pequeño Estado Mayor y establecer contacto con el Soviet bolchevista del barrio vecino y con los comités de los cuarteles próximos. Entre tanto, se presentan en la fortaleza comisiones de las fábricas y de los regimientos solicitando que se les entreguen armas. En la fortaleza reina una animación indescriptible. "El teléfono llama ininterrumpidamente, y trae la noticia de los nuevos éxitos obtenidos en las asambleas y mítines." A veces, una voz desconocida da cuenta de la llegada a la estación de destacamentos punitivos procedentes del frente. La comprobación inmediata pone de manifiesto que se trata puramente de una invención propalada por el enemigo. La sesión nocturna celebrada ese día por el Soviet se distingue por su concurrencia excepcional y por el entusiasmo de los reunidos. La ocupación de la fortaleza de Pedro y Pablo y del arsenal de Kronverk, en el que se guardan 100.000 fusiles, es una importante prenda de éxito. En nombre del Comité militar revolucionario informa Antónov, el cual va dando cuenta de la eliminación de los órganos gubernamentales por los agentes del Comité militar revolucionario, recibidos en todas partes con los brazos abiertos, y a los que se somete la gente, no por miedo, sino a conciencia y jubilosamente. "De todas partes exigen que se nombren comisarios." Los regimientos atrasados se apresuran a ponerse al nivel de los más avanzados. El regimiento de Preobrajenski, que en julio había sido el primero en dejarse influir por la calumnia relativa al oro alemán, protesta ahora enérgicamente, por mediación de su comisario Chudnovski, contra los rumores según los cuales el regimiento estaba al lado del gobierno. Esta idea es considerada como la peor de las ofensas. Verdad es que siguen prestándose por el regimiento en cuestión los acostumbrados servicios de centinela -cuenta Antónov-, pero es de acuerdo con el Comité. La orden del Estado Mayor de entregar armas y automóviles no ha sido ejecutada, con lo cual ha podido aquél percatarse sin lugar a dudas de quién es el dueño de la capital.
A la pregunta: ¿está enterado el Comité del movimiento de las tropas gubernamentales desde el frente y de los alrededores, y qué medidas se toman contra ello?, el ponente contesta: del frente rumano se han expedido fuerzas de caballería, pero han sido retenidas en Pskov; la diecisiete división de infantería, al enterarse por el camino del punto a que se la destinaba y con qué fin, se ha negado a seguir adelante; en Venden, dos regimientos se han resistido a marchar contra Petrogrado; únicamente se ignora el destino de los cosacos y junkers enviados, según se dice, de Kiev, y de las fuerzas de choque llamadas de Tsarskoie-Selo. "No se atreven ni se atreverán a tocar al Comité militar revolucionario." Estas palabras no resuenan mal en la sala blanca del Smolni.
La lectura del informe de Antónov produce la impresión de que el Estado Mayor de la revolución trabaja a puerta abierta. En efecto: el Smolni ya no tenía casi nada que ocultar. Tan favorable era la situación, políticamente, a la revolución, que la misma franqueza se convertía en una forma de disimulo: ¿Acaso se hacen así las insurrecciones? Sin embargo, ninguno de los directivos pronuncia la palabra "insurrección", no sólo por prudencia formal, sino porque el término no corresponde a la situación real: dijérase que la insurrección se reserva al gobierno de Kerenski. Verdad es que en la reseña de las Izvestia se dice que Trotsky, en la reunión del 23, reconoció por primera vez abiertamente que el fin del Comité militar revolucionario era la toma del poder. Es indudable que se había ido mucho más allá del punto de partida, cuando se declaraba que la misión del Comité consistía en comprobar los argumentos estratégicos de Cheremisov; pero el 23 no se hablaba, a pesar de todo, de insurrección, sino de la "defensa" del próximo Congreso de los soviets, con las armas en la mano, si era preciso. Obedeciendo precisamente a ese espíritu se adoptó una resolución después del informe de Antónov.
¿Cómo se enjuiciaban en las alturas gubernamentales los acontecimientos que se estaban desarrollando? Kerenski, al comunicar por hilo directo, en la noche del 23, al jefe del Estado Mayor del Cuartel general Dujonin las tentativas del Comité militar revolucionario para sustraer al mando los regimientos, añade: "Creo que acabaremos con esto fácilmente." El viaje del generalísimo en jefe al Cuartel general se aplazaba, pero no porque se temiera insurrección alguna, sino mucho menos: "Aun sin mí, se liquidaría esto, pues todo está organizado." Kerenski declara a los alarmados ministros, para tranquilizarlos, que personalmente le regocija mucho el golpe que se prepara, ya que le deparará ocasión de acabar de una vez con los bolcheviques. "De buena gana mandaría decir un tedéum -contesta el jefe del gobierno al kadete Nabokov, huésped frecuente del palacio de Invierno- para que se diera el golpe." "Pero ¿está usted convencido de que puede dominarlos?" "Tengo más fuerzas de las necesarias. Serán aplastados definitivamente."
Los kadetes, al burlarse posteriormente de la ligereza optimista de Kerenski, olvidaban, a todas luces, que no hacía más que mirar los acontecimientos con los ojos de ellos. El 21, decía el diario de Miliukov que si los bolcheviques, corroídos por una profunda crisis interior, se atrevían a lanzarse a la calle, serían aplastados sin dificultad. Otro periódico kadete añadía: "Se acerca la tormenta, pero acaso purifique la atmósfera." Dan atestigua que los kadetes y los grupos a ellos afines expresaban en alta voz, en los pasillos del Preparlamento, su deseo de que los bolcheviques se lanzaran a la calle, cuanto antes mejor: "En lucha abierta serán inmediatamente aplastados."
Algunos kadetes de nota habían dicho a John Reed: los bolcheviques aplastados en la insurrección no podrán levantar su cabeza en la Asamblea constituyente.
En el transcurso del 22 y del 23, Kerenski conferenció, ya con los jefes del Comité central ejecutivo, ya con su Estado Mayor: ¿No será conveniente detener al Comité militar revolucionario? Los conciliadores no se lo aconsejaron: ya intentarían ellos solventar la cuestión de los comisarios. Polkovnikov consideraba asimismo que no había por qué apresurarse en lo que se refería a la detención: en caso de necesidad, las fuerzas "eran más que suficientes". Kerenski prestaba atención a Polkovnikov, pero más todavía a sus amigos conciliadores. Estaba firmemente convencido de que, en caso de peligro, el Comité central ejecutivo, a pesar de los roces que pudiera haber, acudiría oportunamente en su auxilio: así había sucedido en julio y en agosto. ¿Por qué no podía ocurrir lo mismo ahora?
Pero ya no se estaba en julio ni en agosto, sino en octubre. En las plazas y en los arrabales de Petrogrado soplaban, del lado de Cronstadt, los vientos fríos y húmedos del Báltico. Los junkers, con sus capotes que les llegaban hasta los talones, recorrían las calles entonando canciones jubilosas que ahogaban la zozobra. La milicia montada caracoleaba por la ciudad con sus revólveres en las fundas flamantes. ¡No, el poder presentaba todavía un aspecto imponente! Pero ¿no sería todo ello más que una ilusión óptica? En la esquina de la Nevsi, John Reed, un norteamericano de ojos ingenuos e inquietos, compró el folleto de Lenin ¿Podrán sostenerse en el poder los bolcheviques?, pagándolo con uno de los sellos de correos que circulaban en vez de calderilla.



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