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Capítulo XXV (Tomo II)

Conclusión

En el desarrollo de la revolución rusa, precisamente porque es una verdadera revolución popular que ha puesto en movimiento a decenas de millones de hombres, se observa una notable continuidad de etapas. Los acontecimientos se suceden como si obedecieran a las leyes de la gravedad. La relación de fuerzas se verifica en cada etapa de dos maneras: primero, las masas muestran la fuerza de su impulso; luego, las clases poseedoras, esforzándose por tomar su revancha, no hacen más que revelar más claramente su aislamiento.
En Febrero, los obreros y soldados de Petrogrado se habían sublevado no sólo a pesar de la voluntad patriótica de todas las clases cultas sino también a despecho de los cálculos de las organizaciones revolucionarias. Las masas se mostraron irresistibles. Si ellas mismas se hubieran dado cuenta de ello, se habrían hecho con el poder. Pero todavía no había a su cabeza un partido revolucionario fuerte y consagrado. El poder cayó en manos de la democracia pequeño burguesa, camuflada bajo los colores del socialismo. Los mencheviques y los socialistas revolucionarios no podían hacer uso de la confianza de las masas más que llamando al timón a la burguesía liberal, la cual, por su parte, no podía dejar de poner al servicio de los intereses de la Entente el poder recibido de los conciliadores.
Durante las jornadas de Abril, los regimientos y las fábricas sublevadas -sin que hayan sido llamadas por ningún partido- salen a las calles de Petrogrado pala oponer resistencia a la política imperialista del gobierno que los conciliadores les han impuesto. La manifestación armada tiene mucho éxito. Miliukov, líder del imperialismo ruso, es excluido del poder. Los conciliadores entran en el gobierno, bajo la apariencia de mandatarios del pueblo, pero, en realidad, como agentes de la burguesía.
Sin haber resuelto ninguno de los problemas que han provocado la revolución, el gobierno de coalición viola en junio la tregua establecida de hecho en el frente y desencadena una ofensiva de las tropas. Con este acto, el régimen de Febrero, caracterizado ya por una decreciente confianza de las masas hacia los conciliadores, se da a sí mismo un golpe fatal. Se inicia entonces el período de la preparación inmediata de una segunda revolución.
A comienzos de julio, el gobierno, sostenido por todas las clases poseedoras e instruidas, denunciaba toda manifestación revolucionaria como una traición a la patria y una ayuda aportada al enemigo. Las organizaciones oficiales de masas -soviets, partidos socialpatriotas- luchaban contra la ofensiva obrera con todas sus fuerzas. Los bolcheviques, por razones tácticas, contenían a los obreros y soldados que querían salir a la calle. Sin embargo, las masas se pusieron en movimiento. El movimiento se mostró irresistible y general. No se veía al gobierno. Los conciliadores se escondían. Los obreros y soldados se hicieron dueños de la situación en la capital. La ofensiva falló, sin embargo, dada la insuficiente preparación de la provincia y del frente.
A fines de agosto, todos los órganos e instituciones de las clases poseedoras estaban a favor de un golpe de Estado contrarrevolucionario: la diplomacia de la Entente, los bancos, las uniones de propietarios agrícolas e industrias, el partido kadete, los Estados Mayores, el cuerpo de oficiales, la gran prensa. El organizador del golpe de Estado no fue otro sino el generalísimo que se apoyaba en el alto mando de un ejército que contaba con muchos millones de hombres. Se trasladaban efectivos especialmente seleccionados de todos los frentes, según un acuerdo secreto con el jefe de gobierno, en dirección a Petrogrado y con el pretexto de consideraciones estratégicas.
Todo en la capital parecía preparado para el éxito de la empresa: los obreros son desarmados por las autoridades con la ayuda de los conciliadores; los bolcheviques reciben golpes continuamente: los regimientos más revolucionarios son alejados de la ciudad; centenares de oficiales seleccionados son concentrados para formar una tropa de choque; con las escuelas de junkers y los cosacos, constituyen una fuerza imponente. ¿Y qué pasó? La conspiración que los mismos dioses parecían proteger se hizo polvo inmediatamente apenas hubo chocado con el pueblo revolucionario.
Esos dos movimientos, a comienzos de julio y a fines de agosto, tenían entre ellos la misma relación que puede tener un teorema con su corolario. Las jornadas de Julio habían demostrado la fuerza de un movimiento espontáneo de las masas. Las jornadas de Agosto descubrieron la completa impotencia de los dirigentes. Esa relación de fuerzas indicaba que era inevitable un nuevo conflicto. La provincia y el frente, mientras tanto, se iban uniendo más estrechamente a la capital. Esto predeterminaba la victoria de Octubre.
"La facilidad con la cual Lenin y Trotsky consiguieron derrocar al último gobierno de coalición de Kerenski -escribía el kadete Nabokov- demostró la impotencia interna de este último. El grado de esta impotencia sorprendió incluso a las personas mejor informadas." Nabokov mismo parece no adivinar que se trataba de su propia impotencia, de la impotencia de su clase, de su régimen social.
Así como, desde la manifestación armada de Julio, la curva sube hacia la insurrección de Octubre, el mismo modo el movimiento de Kornílov parece un ensayo de la campaña contrarrevolucionaria emprendida por Kerenski en los últimos días de octubre. El huir bajo la protección del banderín americano y refugiarse en el frente para escapar de los bolcheviques, el generalísimo de la democracia no encontró más fuerza militar que ese mismo tercer cuerpo de caballería que, dos meses antes, estaba destinado por Kornílov a derribar al propio Kerenski. A la cabeza de ese cuerpo seguía encontrándose el general cosaco Krasnov, monárquico militante, que había sido designado en ese puesto por Kornílov: no fue posible encontrar un hombre de guerra más apto para la defensa de la democracia.
Apenas si quedaba ya el nombre de ese cuerpo: se había quedado reducido a unas sotnias de cosacos que, después de un intento frustrado de ofensiva contra los rojos en Petrogrado, fraternizaron con los marineros revolucionarios y entregaron Krasnov a los bolcheviques. Kerenski se vio obligado a huir a la vez de los cosacos y de los marineros. Así es como, ocho meses después del derrocamiento de la monarquía, los obreros se hallaron a la cabeza del país. Y se mantuvieron allí sólidamente.
"¿Quién podría creer -escribirá a este respecto, con tono indignado, el general ruso Zaleski- que un empleado de tribunales o un guardián del Palacio de Justicia hayan podido convertirse de repente en presidentes del Congreso de los jueces de paz? ¿O un enfermero pasando a ser director de ambulancias? ¿O un peluquero, alto funcionario? ¿O un alférez ayer, a generalísimo? ¡Un lacayo de ayer o un peón pasando a ser prefecto! El que todavía ayer engrasaba las ruedas de los vagones convirtiéndose en jefe de una sección de la red o en jefe de estación... ¡Un cerrajero designado a la cabeza de un taller!"
"¿Quién podría creerlo?" Había que creerlo. No se podía dejar de creer en ello, ya que los alféreces habían derrotado a los generales; el prefecto, antiguo peón, había puesto en razón a los amos de la víspera; los engrasadores de ruedas de vagones habían organizado los transportes; los cerrajeros, en calidad de directores, habían puesto en pie a la industria.
La tarea principal del régimen político, según el aforismo inglés, consiste en poner the right man in the right place. Desde ese punto de vista, ¿cómo se presenta la experiencia de 1917? En los dos primeros meses, Rusia seguía gobernada, según el derecho de la monarquía hereditaria, por un hombre poco dotado por la naturaleza, que creía en las reliquias y obedecía a Rasputin. Durante los ocho meses que siguieron, los liberales y los demócratas intentaron, desde lo alto de sus posiciones gubernamentales, demostrar al pueblo que las revoluciones se realizan para que todo quede como antes. No es extraño que esta gente haya pasado por el país como sombras flotantes, sin dejar rastro. A partir del 25 de octubre se puso a la cabeza de la nación Lenin, la más grande figura de la historia política de este país. Estaba rodeado de un estado mayor de colaboradores que, según la confesión de sus peores enemigos, sabían lo que querían y eran capaces de combatir para conseguir sus fines. ¿Cuál de esos tres sistemas se mostró capaz, en las condiciones concretas dadas, de colocar the right man in the right place?
El ascenso histórico de la humanidad, tomado en su conjunto, puede resumirse como un encadenamiento de victorias de la conciencia sobre las fuerzas ciegas, en la naturaleza, en la sociedad, en el hombre mismo. El pensamiento crítico y creador ha podido jactarse, hasta ahora, de los mayores éxitos en la lucha contra la naturaleza. Las ciencias fisicoquímicas han llegado ya a un punto en que el hombre se dispone evidentemente a convertirse en el amo de la materia. Pero las relaciones sociales siguen desarrollándose a un nivel elemental. Comparada a la monarquía y a otras herencias del canibalismo y del salvajismo de las cavernas, la democracia representa, por supuesto, una gran conquista. Pero no cambia en nada el juego ciego de las fuerzas en las relaciones mutuas de la sociedad. Precisamente en este dominio más profundo del inconsciente, la insurrección de Octubre ha sido la primera en intervenir. El sistema soviético quiere introducir un fin y un plan en los fundamentos mismos de una sociedad donde no reinaban hasta ahora más que simples consecuencias acumuladas.
Los adversarios se ríen burlonamente al señalar que el país de los soviets, quince años después de la insurrección, apenas se parece todavía a un paraíso de bienestar universal. Esta argumentación podría reflejar una excesiva diferencia hacia el poder mágico de los métodos socialistas si no se explicase, en realidad, por la ceguera del odio. El capitalismo necesitó siglos enteros para, elevando la ciencia y la técnica, llegar a lanzar a la humanidad al infierno de la guerra y de las crisis. Los adversarios no conceden al socialismo más que quince años para edificar e instalar el paraíso en la tierra. Nosotros no hemos asumido esos compromisos. No hemos fijado nunca esos plazos. El proceso de las grandes transformaciones debe evaluarse según unas medidas adecuadas.
Pero ¿las calamidades que se han abatido sobre los vivos? ¿Y el fuego y la sangre de la guerra civil? Las consecuencias de la revolución, ¿justifican finalmente las víctimas que ha causado? La cuestión es teleológica y, por consiguiente, estéril. Con el mismo derecho se podría decir, ante las dificultades y aflicciones de una existencia personal: ¿vale la pena venir al mundo? Las meditaciones melancólicas no han impedido, sin embargo, hasta ahora a la gente ni engendrar ni nacer. Aun en la época actual de intolerables calamidades, sólo un muy abajo porcentaje de la población de nuestro planeta recurre al suicidio. Pero los pueblos buscan en la revolución una salida a sus intolerables tormentos.
¿No es sorprendente que los que se indignan más frecuentemente de las víctimas de las revoluciones sociales, sean esos mismos que, si no han sido directamente los causantes de la guerra mundial, han preparado y glorificado a sus víctimas, o incluso se han resignado a verlas morir? Nos toca preguntarles ahora: ¿se ha justificado la guerra? ¿Qué nos ha dado? ¿Qué nos ha enseñado?
Apenas si es necesario detenerse ahora ante las afirmaciones de propietarios rusos afectados, según los cuales la revolución habría provocado un envilecimiento cultural del país. Derribada por la insurrección de Octubre, la cultura de la nobleza no representaba, en suma, más que una imitación superficial de los modelos más elevados de la cultura occidental. Al mismo tiempo que era inaccesible al pueblo ruso, no aportaba nada esencial al tesoro de la humanidad.
El lenguaje de las naciones civilizadas ha marcado distintamente dos épocas en el desarrollo de Rusia. Si la cultura establecida por la nobleza ha introducido en el lenguaje universal barbarismos tales como zar, pogromo, nagaika, Octubre ha internacionalizado palabras como bolchevique, soviet y piatiletka. Esto basta ya para justificar la revolución proletaria, si es que acaso se considera que necesita justificación.



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