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Capítulo XXVIII

 

Capítulo XXVIII: El "trotskismo" e n 1 9 1 7 

Desde el año 1904, me había mantenido al margen de las dos fracciones socialdemócratas. En la revolución del 5 al 7, trabajé identificado con los bolcheviques. Durante los años de la reacción, defendí en la prensa marxista internacional contra los mencheviques los métodos de la revolución, aunque sin perder las esperanzas de que los mencheviques se orientasen en un sentido izquierdista, y, animado por esta esperanza, hube de hacer una serie de tentativas en torno a la fusión. Hasta que no estalló la guerra no me convencí definitivamente de que aquellos esfuerzos eran inútiles. En Nueva York escribí en los primeros días del mes de marzo una serie de artículos dedicados a estudiar las fuerzas de clase y las perspectivas de la revolución rusa. Por aquellos días, Lenin enviaba de Ginebra a Petrogrado sus "Cartas desde lejos". Aquellas dos series de artículos, escritas desde dos puntos separadas por el Océano, coinciden en el análisis y en el pronóstico. Las fórmulas fundamentales a que llegábamos-posición ante la clase campesina, ante la burguesía, ante el gobierno provisional, ante la guerra, ante la revolución internacional-eran las mismas. He aquí cómo, sobre la piedra de toque de la historia, se contrastaba el "trotskismo" con el "leninismo", y el contraste realizábase bajo condiciones químicamente puras. Yo no podía conocer la posición adoptada por Lenin, sino que partía de mis supuestos propios y de mi propia experiencia revolucionaria. Y, no obstante, acusaba las mismas perspectivas y la misma línea estratégica que él.

¿Es que en aquellos tiempos la cosa era ya tan clara, que la conclusión hubiera de ser igual para todos? No, ni mucho menos. La posición de Lenin fué, durante todo aquel tiempo-hasta el día 4 de abril de 1917, en que llegó a Petrogrado-una posición personal y exclusiva. A ninguno de los directivos del partido residentes en Rusia-ni a uno solo-se le había ocurrido antes poner proa a la dictadura del proletariado ni a la revolución social. La asamblea del partido en que, víspera de llegar Lenin, se reunieron unas cuantas docenas de bolcheviques, demostró que allí no había nadie que pasase de la democracia. No en vano se han mantenido secretas hasta hoy las actas de aquella asamblea. Stalin votó en ella por sostener al Gobierno provisional de Gutchkof y Miliukof y por la unión de los bolcheviques con los mencheviques. Una posición semejante, si no más oportunista todavía, adoptaron Rykof, Kamenef, Molotof, Tomsky, Kalinin y todos los demás caudillos y sotacaudillos de hoy. Jaroslavsky, Ordchonikidse, Petrovsky, actual presidente del Comité central ejecutivo ukraniano, y otros, en unión de los mencheviques, publicaban en Jakutsk durante la revolución de Febrero, un periódico titulado El Socialdemócrata, en que no, hacían más que desarrollar las banales doctrinas del oportunismo, provinciano. Dar hoy a la luz los artículos de aquel Socialdemócrata, redactados por Jaroslavsky, equivaldría a matarle intelectualmente, si a un hombre como a él pudiera causársele una muerte intelectual. ¡Tales son los hombres que hoy montan la guardia al "leninismo"! Ya sé yo que en diversos momentos de su vida, estos hombres se han hartado de andar detrás de Lenin, copiando sus palabras y sus gestos. Pero a comienzos de aquel año 1917, no tenían al maestro delante. La situación era difícil. Entonces precisamente era cuando había que demostrar si habían aprendido algo o no en la escuela de Lenin, y de qué eran capaces sin tenerle cerca. Que me digan el nombre de uno de los que figuran en sus filas, de uno solo, que hubiera sido capaz de acercarse siquiera por cuenta propia a aquella posición adoptada por Lenin en Ginebra o en Nueva York por mí. Difícil será que puedan hacerlo. La Pravda, de Petrogrado, dirigida por Stalin y Kamenef hasta la llegada de Lenin, quedará siempre como un documento probatorio de la limitación mental, la miopía y el oportunismo de aquellos hombres. Sin embargo, la masa del partido y la clase obrera en conjunto iban desplazándose, por la fuerza de las cosas, en la dirección acertada, que era la lucha por la conquista del Poder. No había otro camino, ni para el partido ni para el país,

Para defender en los años de la reacción la perspectiva de la revolución permanente, hacía falta tener una penetración teórica de que ellos no eran capaces. Para alzar, en el mes de marzo del año 1917, la consigna de la lucha por el Poder les hubiera bastado, acaso, con un poco de instinto político. Ni uno solo de los caudillos de hoy-ni uno siquiera-tuvo la penetración ni el instinto necesarios. Ni uno sólo fué capaz, en marzo de 1917, de remontarse, sobre la democracia de las izquierdas pequeñoburguesas. Ni uno siquiera pudo aprobar el examen de Historia.

Yo llegué a Petrogrado un mes después que Lenin, que fué cabalmente el tiempo que me retuvo Lloyd George en el Canadá. Cuando llegué, me encontré con que la situación, dentro del partido, había cambiado notablemente. Lenin apelaba a las masas contra sus lamentables conductores. Empezó a luchar sistemáticamente contra aquellos "viejos bolcheviques que-como escribió por aquellos días-no es la primera vez que desempeñan un triste papel en la historia de nuestro partido, repitiendo, venga o no a cuento, fórmulas aprendidas de memoria, en vez de molestarse en estudiar las características de la nueva realidad viviente". Kamenef y Rykof intentaron oponer resistencia. Stalin guardó silencio y se hizo a un lado. No hay un sólo artículo de aquella época en que Stalin intente siquiera analizar su política pasada y abrirse un camino hacia la posición adoptada por Lenin. Se limitó a callar. Había asomado demasiado la cabeza con sus desdichadas orientaciones en el primer mes de la revolución, y era mejor recatarse en la sombra. No alzó la voz ni puso la pluma sobre el papel en parte alguna para salir a la defensa de Lenin. Se hizo a un lado y esperó. En los meses de mayor responsabilidad, en que se preparó teórica y políticamente el asalto al Poder, Stalin no existió políticamente.

Cuando yo llegué a Rusia, había todavía muchas organizaciones socialdemocráticas en que marchaban unidos los bolcheviques y los mencheviques. Era la consecuencia lógica de la postura adoptada por Stalin, Kamenef y otros al comienzo de la revolución y durante la guerra. Aunque hay que reconocer que la posición Stalin durante la guerra no la conoce nadie, pues tampoco creyó oportuno dedicar una sola línea a esta cuestión, que parece bastante importante. Hoy, los manuales de los "Cominters" repartidos por el mundo entero-citaré los de la juventud comunista de Escandinavia y los "pioniers" de Australia-se hartan de repetir que, en agosto de 1912, Trotsky intentó unir a los bolcheviques con los mencheviques. En cambio, no dicen, que ya en marzo de 1917, Stalin propugnaba por la fusión de los bolcheviques con el partido de Zeretelli, y que hasta mediados del año 1917, Lenin no consiguió sacar de una vez al partido de aquella charca en que lo habían metido los caudillos provisionales de entonces y epígonos de hoy. El hecho de que ni uno solo de ellos, al estallar la revolución, supiera penetrar en su sentido ni comprender sus derroteros, quiere interpretarse hoy como, una gran profundidad dialéctica, para contrarrestar las herejías de los que tuvieron el atrevimiento de comprender el pasado y prevenir el futuro.

Recuerdo que poco después de llegar a San Petersburgo, le dije a Kamenef que yo estaba identificado en un todo con las famosas "tesis de abril" de Lenin, en que se marcaba la nueva orientación del partido, y Kamenef me contestó: "¡Naturalmente!" Antes de ingresar formalmente en el partido, hube de intervenir en la elaboración de los documentos más importantes del bolchevismo. Y a nadie se le ocurrió entonces preguntarme si me había desprendido del "trotskismo", como en el período de la decadencia y de los epígonos me habían de preguntar mil veces los Cachins, los Thälmanns y demás usufructuarios de la revolución de Octubre. Las únicas reclamaciones en que tal vez resaltase por entonces el contraste entre el "trotskismo" y el "leninismo" eran las que, durante el mes de abril, hacían los directivos del partido a Lenin acusándole de compartir mis ideas. Kamenef lo hacía de una manera abierta y obstinada. Los demás más veladamente y con mayor cautela. Docenas de "viejos bolcheviques" me dijeron, al llegar yo a Rusia: "Ahora está usted de enhorabuena." No tuve más remedio que demostrarles que Lenin, no se había "pasado" a mi posición, sino que desarrollaba la suya propia y que la marcha de las cosas, sustituyendo el álgebra por la aritmética, arrojaba unidad de nuestras doctrinas, como era en efecto.

En aquellas primeras reuniones que tuvimos, y más aún después de las jornadas de Julio, Lenin, bajo aquella apariencia de tranquilidad y de sencillez "prosaica", daba la impresión de un hombre extraordinariamente concentrado y de enormes preocupaciones interiores. Por aquellos días, la kerensquiada parecía omnipotente. El bolcheviquismo era "un puñado de hombres que tendía a desaparecer". Al menos, así opinaba el Gobierno oficialmente. Nuestro partido ,no había cobrado aún la conciencia de sí mismo ni del porvenir que le estaba reservado. Y, sin embargo, Lenin lo conducía con paso firme hacia la gran batalla. Yo me enganché al trabajo y le ayudé desde el primer día.

Dos meses antes del alzamiento de Octubre, escribí: "Para nosotros, el internacionalismo no es una idea abstracta que no tenga más misión que ser violada siempre que la ocasión se presente (como lo es para Zeretelli o Tchernof), sino un principio directo orientador y profundamente práctico. Nosotros no concebimos que nuestro triunfo pueda ser seguro y definitivo sin la revolución europea." A los nombres de Zeretelli y Tchernof no podía agregar todavía, por entonces, el de Stalin, el filósofo del "socialismo en un solo país". Mi artículo terminaba con las palabras siguientes: "¡La revolución permanente contra la permanente matanza! Tal es la lucha en que se debate el destino de la humanidad." Este artículo apareció impreso el día 7 de septiembre, en el órgano central del partido, y fué editado luego en forma de folleto. ¿Por qué mis críticos de hoy callaron entonces ante mi consigna herética de la revolución permanente? ¿Dónde estaban? Unos, como Stalin, esperaban, mirando cautelosamente para todos lados; otros, como Zinovief, se habían metido debajo de la mesa. Pero hay otra pregunta que importa más que ésta: ¿Cómo es que Lenin se allanó tan tranquilamente a mi doctrina? En punto a la teoría, aquel hombre no conocía la indulgencia ni la transigencia. ¿Cómo, pues, toleró aquella prédica del "trotskismo" en el órgano central de la Prensa bolchevista?

El día 1.º de noviembre de 1917, en una sesión del Comité de Petrogrado-el acta de esta sesión, histórica por todos conceptos, se mantiene en secreto-, Lenin dijo que, desde que me había convencido de que era una quimera la unión con los mencheviques, "no había mejor bolchevique" que yo. Con esto, ponía bien a las claras, y no era la primera vez, que lo que nos había mantenido separados no era la teoría de la revolución permanente, sino otra cuestión secundaria, aunque importante también: la posición ante el menchevismo.

A los dos años de triunfar nuestro movimiento, Lenin, volviendo la vista atrás, escribía: "En el momento de conquistar el Poder e implantar la República de los Soviets, el bolchevismo supo atraerse a los mejores elementos entre los que figuraban en las corrientes del pensamiento socialista más afines a él." ¿Puede caber ni una sombra de duda que Lenin, al acentuar aquello de las corrientes más afines al bolchevismo, quería referirse, muy en primer término, a lo que llaman ahora el "trotskismo histórico"? ¿Qué otra corriente había más afín al bolchevismo que la que yo representaba? ¿A quién si no quiso referirse? ¿Acaso a Marcel Cachin? ¿O a Thälmann? Para Lenin, en aquel momento en que tendía la vista sobre el pasado del partido, el "trotskismo" no podía ser una corriente hostil ni extraña, sino, por el contrario, la corriente del pensamiento socialista más afín a la representada por él.

Como vemos, el verdadero curso que siguieron las ideas no se parece en nada a esa caricatura falseada que se han sacado de la cabeza los epígonos, aprovechándose de la muerte de Lenin y de la ola de la reacción.



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