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Capítulo XXXV

 

Capítulo XXXV: Defensa de Petrogrado 

En los frentes revolucionarios de la República de los Soviets luchaban dieciséis ejércitos. Dos más que en la gran Revolución francesa, en que eran catorce. Cada uno de estos dieciséis ejércitos soviéticos tiene su historia, breve pero movida. El número que llevaba cada uno evoca en el recuerdo docenas y docenas de episodios únicos. Cada ejército presentaba su propia faz, aunque cambiante, típica y viva.

Al Occidente de Petrogrado, casi a sus puertas, estaba destacado el séptimo ejército. Una larga inacción pesaba sobre él, amortiguando su vivacidad. Los mejores soldados y puestos de mando hubieron de serle sustraíamos y destinados a otros sectores del frente, en que la lucha era más viva. Para un ejército revolucionario, que no hace nada sin el acicate del entusiasmo, la larga permanencia en una zona acaba casi siempre con un fracaso, a veces con una catástrofe. Tal ocurrió en este caso.

En el mes de junio de 1919 fué ocupado por un destacamento de guardias blancas el importante fuerte Krasnaia Gorka, situado en el Golfo de Finlandia. A los pocos días, la posición era reconquistada por un destacamento de marineros rojos. Pudo demostrarse que los blancos habían recibido confidencias del jefe del estado mayor del séptimo ejército, Comandante Lindquist. Y no era él sólo el que estaba en la conspiración. Esto produjo gran conmoción entre las tropas.

En el mes de julio, el General Judenitch, lugarteniente de Koltchak, fué nombrado General en jefe del ejército Noroeste de los blancos. Con la ayuda de Inglaterra y de Estonia se creó en el mes de agosto el "Gobierno occidental del Norte". La flota inglesa del Golfo de Finlandia prometió sostener a las tropas de Judenitch.

El ataque de este General sobrevenía en un momento en que los Soviets se debatían con una serie de dificultades casi insuperables. Denikin se había apoderado de Orel y amenazaba caer sobre Tula, centro de la industria de guerra, desde donde la marcha sobre Moscú era muy rápida. Toda nuestra atención estaba concentrada en el Sur. El primer empujón un poco fuerte del enemigo en el frente occidental sacó completamente de quicio al séptimo ejército, que empezó a retroceder, casi sin hacer resistencia, abandonando en poder de los blancos armas y bagajes. Los elementos dirigentes de Petrogrado, entre los que se destacaba Zinovief, dieron cuenta a Lenin del magnífico armamento de que estaban dotados los atacantes: ametralladoras, tanques, aeroplanos, acorazados ingleses protegiendo el flanco, etc. Lenin llegó a la conclusión de que, sólo dejando desamparados e indefensos los demás frentes, sobre todo el frente Sur, podríamos dar la batalla con éxito al ejército de Judenitch, formado casi exclusivamente por oficiales y equipado con arreglo a la última palabra de la técnica. Pero de esto, no había ni que acordarse. En su opinión sólo cabía una cosa: abandonar Petrogrado al enemigo y montar el frente. Cuando hubo llegado al convencimiento de que esta dolorosa amputación era imprescindible, Lenin hizo grandes esfuerzos por ganar la opinión de los demás.

Yo, al volver del frente Sur a Moscú, me opuse tenazmente a este proyecto. Judenitch y sus mandantes no se conformarían con Petrogrado: su plan era reunirse con Denikin en Moscú. Petrogrado brindaría a los ocupantes gigantescas reservas industriales y de material humano. Además, entre Petrogrado y Moscú no se encontrarían ya con ningún obstáculo serio. Todo esto me llevaba a la conclusión de que era necesario defender a Petrogrado a toda costa. Para este plan encontré muy en primer término, naturalmente, la adhesión de los propios petrogradenses. Krestinski, que pertenecía entonces al "Buró Político", se puso a mi lado. También Stalin, si mal no recuerdo. Me pasé veinticuatro horas atacando a Lenin, en diferentes formas y ocasiones. Hasta que a la postre, dijo: "¡Bien, bien; vamos a intentarlo!" El día 15 de octubre, el "Politburó" votó la proposición presentada por mí acerca de la situación en los frentes: "Reconociendo el serio peligro de guerra que pesa sobre el país, se aprecia la necesidad de convertir materialmente a toda la República de los Soviets en un campamento guerrero. En las organizaciones todas, sindicales y del partido, deberá hacerse un recuento de los afiliados al partido y a los sindicatos y de los obreros soviéticos que estén en condiciones de empuñar las armas." Seguía una enumeración de medidas de carácter práctico. Respecto a Petrogrado, la consigna era: "No ceder." Aquel mismo día presenté en el Soviet de la Defensa Nacional la siguiente propuesta: "Defender a Petrogrado hasta derramar la última gota de sangre, no ceder ni un pie de terreno, luchar, si necesario fuere, en las calles de la ciudad." Yo no dudaba que un ejército de 25.000 hombres, como era el del Judenitch, aun dado que consiguiese entrar en una población como aquella de millones de almas, perecería si se sabía organizar en las calles una resistencia enérgica y desesperada. Pero al mismo tiempo, parecióme que era necesario-sobre todo en previsión de un ataque por parte de Estonia y de Finlandia-preparar un plan de retirada para las tropas y los obreros en dirección al Sur: era la única posibilidad de que no exterminasen de raíz aquella maravillosa clase obrera de Petrogrado.

Salí de Petrogrado el día 16. Al día siguiente, recibí la siguiente carta de Lenin: "17 octubre 1919. Al camarada Trotsky. Ayer por la noche enviamos a usted cifrado... el acuerdo del Soviet de la Defensa. Como verá, ha sido aceptado su plan. Tampoco se ha desechado, naturalmente, el plan de retirada de los obreros de Petrogrado hacia el Sur (según me dicen, este plan lo ha desarrollado usted delante de Krassin y Kikof); de esto, no conviene hablar prematuramente, pues ello desviaría la atención de la lucha hasta el fin. El intento de copar a Petrogrado y aislarlo del resto del país hará necesarios, naturalmente, una serie de cambios, que usted deberá introducir, en su caso, a la vista de la situación... Adjunto la proclama que el Soviet de la Defensa me encargó. La hice de prisa, y no ha salido muy bien; mejor será que ponga usted mi firma debajo de una suya. Saludos. Lenin."

Esta carta me parece que demuestra bastante bien cómo aquellas diferencias episódicas de criterio, por marcadas que fuesen, inevitables ante una labor tan gigantesca como la que teníamos que afrontar, no dejaban en la práctica rastro alguno ni influían para nada en nuestras relaciones personales ni en la tarea común. Y se me ocurre pensar que, si en aquel mes de octubre de 1919 no hubiese sido Lenin quién defendió contra mí, sino yo contra él, la idea de abandonar a Petrogrado, el mundo estaría hoy lleno de disquisiciones redactadas en todos los idiomas habidos y por haber y encaminadas a desenmascarar esta manifestación solapada de "trotskismo".

Los aliados nos habían impuesto la guerra civil, en el transcurso del año 1918, seguramente porque así lo exigía el interés que los unía a luchar contra el Káiser. Estábamos en el año 1919. Alemania llevaba ya un buen trecho fuera de combate. Y, sin embargo, los aliados seguían tirando millones para sembrar la muerte, el hambre y las epidemias en el país de la revolución. Judenitch era uno de tantos condottieros a sueldo de Inglaterra y Francia. Le cubría la retirada Estonia, y por el flanco izquierdo tenía la defensa de Finlandia. Los aliados exigieron que estos dos países, liberados por la revolución, les ayudasen a degollarla. En Helsingfors y en Reval se entablaron negociaciones interminables encaminadas a este fin; los platillos e la balanza se inclinaban tan pronto a un lado como al otro. Nosotros, preocupados, no apartábamos la vista de estos dos pequeños Estados que iban a coger en el medio, como una tenaza hostil, la cabeza de Petrogrado.

El día 1.º de septiembre publiqué en la Pravda la siguiente admonición: "Entre las divisiones que lanzamos al frente de Petrogrado no será seguramente la menos importante la división de caballería de los Baskires, y caso de que la Finlandia burguesa se decida a atentar contra Petrogrado, los Baskires rojos se lanzarán al asalto con esta consigna: ¡Sobre Helsingfors!"

Esta división de caballería era de formación reciente. Mi plan había sido, desde el primer momento, enviarlos unos cuantos meses a Petrogrado, para brindar así a los hijos de la estepa la posibilidad de pasar una temporada en medio de la cultura urbana, de familiarizarse con los obreros y asistir a los clubs, a los mítines y a los teatros. A estas consideraciones venía a unirse ahora otra nueva e inaplazable: la necesidad de intimidar a la burguesía finlandesa con el espectro de un ataque armado de los Baskires.

Sin embargo, nuestras admoniciones tenían menos peso que los rápidos triunfos de Judenitch. Sus tropas entraban en Luga el día 13 de octubre, y el día 16 se apoderaban de Krassnoie-Selo y de Gatchina, preparándose para caer sobre Petrogrado y cortar la comunicación ferroviaria entre esta capital y Moscú. Al décimo día de iniciado el ataque, Judenitch estaba en Tsarskoie (Detskoie). Las patrullas de caballería que avanzaban a la descubierta podían divisar ya desde los cerros la cúpula dorada de la catedral de San Isaac.

Anticipándose un poco a los acontecimientos, la estación radiotelegráfica finlandesa lanzó al mundo la noticia de la toma de Petrogrado por las tropas de Judenitch. Los representantes de la Entente en Helsingfors la comunicaron a sus Gobiernos con carácter oficial. Por Europa y el mundo entero corrió la nueva de que la capital roja se había rendido. Un periódico sueco hablaba de "la semana mundial de la fiebre de Petrogrado".

Donde más desasosiego reinaba era entre las clases gobernantes le Finlandia. Ahora, ya no eran solamente los militares, era también el Gobierno el que se declaraba partidario de una intervención. Todo el mundo quería tornar parte en el botín. La socialdemocracia finlandesa prometió, por supuesto, que mantendría la neutralidad. "La intervención-escribe un historiador de los blancos-ya no se discutía más que desde el punto de vista financiero." Tratábase de encontrar una forma adecuada para garantizar aquellos cincuenta millones de francos que eran el precio de sangre de Petrogrado en las Bolsas de la Entente.

La conducta de Estonia nos causaba también grandes preocupaciones. El día 17 de octubre le escribí a Lenin: "Si logramos salvar a Petrogrado, como espero, podremos liquidar definitivamente con Judenitch. únicamente dará origen a dificultades de carácter jurídico el repliegue de Judenitch sobre Estonia. Es necesario que esta nación asegure sus fronteras contra la invasión de las tropas de Judenitch, pues de otro modo no tendremos más remedio que reservamos el derecho a entrar a buscarle allí." Este ultimátum fué aceptado para el caso de que nuestras tropas pusiesen en fuga a Judenitch. Sin embargo, estas hipótesis no habían de llegar a realizarse.

En Petrogrado, cuando yo llegué, reinaba una espantosa confusión. Todo se deshacía. Las tropas retrocedían, saltaban en pedazos. Los jefes militares miraban para los comunistas, los comunistas para Zinovief. Este era, en realidad, el centro de toda la confusión. "Zinovief-me dijo Sverdlof, que conocía bien a la gente-es el pánico." En efecto, en tiempos de paz, cuando, para usar la expresión de Lenin "no hay nada que temer", Zinovief tiene grandes dotes para trepar hasta el séptimo cielo. Pero en cuanto las cosas vienen mal dadas, se tiende en el sofá-no lo digo en metáfora, sino en un sentido muy literal-y se echa a gemir y a lamentarse. Desde el año 17 pude convencerme, en repetidas ocasiones, de que para Zinovief no hay término medio: o el séptimo cielo, o el sofá. Esta vez, al llegar a Petrogrado, me lo encontré tendido en el sofá. Cierto es que le rodeaban algunos hombres valerosos, como Laskhevich. Pero todos se dejaban llevar de aquel espíritu de resignación que flotaba en el ambiente. Desde el Smolny pedí un automóvil por teléfono al garaje militar. El coche no llegó a tiempo. Por el tono de voz del vigilante comprendí que la apatía, el desaliento y la pusilanimidad se habían adueñado también de las capas subalternas del personal administrativo. No había más remedio que acudir a medidas extraordinarias, pues el enemigo estaba a las puertas de la ciudad. Como siempre en tales casos, acudí a la brigada móvil de mi tren. Aquellos eran hombres a quienes podía uno confiarse en las situaciones más difíciles. Encomendé a su cuidado el vigilar, el ejercer presión donde fuese necesario, el restablecer las comunicaciones, sustituir a los ineptos y llenar los vacíos. Volviendo la espalda a la burocracia oficial totalmente desmoralizada, descendí dos o tres escalones, para ponerme con contacto con las organizaciones locales del partido, con los talleres, las fábricas y los cuarteles. Como todo el mundo, daba por seguro que la ciudad se entregaría a los blancos, nadie tenía valor para dar un paso al frente. Pero la cosa cambió en cuanto desde abajo empezó a reinar la sensación de que Petrogrado no caería sin lucha en manos del enemigo, de que se combatiría, si necesario fuere, en las calles y en las plazas. Los audaces y los dispuestos al sacrificio, que nunca faltan, empezaron a levantar cabeza. Destacamentos de hombres y de mujeres, equipados con las herramientas de los zapadores, abandonaron las fábricas y los talleres. Por aquella época, los obreros de Petrogrado tenían un aspecto lamentable, con sus caras pardas como la tierra por falta de alimento, con sus trajes que se les caían de rotos, con sus botas agujereadas, que muchas veces no casaban siquiera.

-No les dejaremos entrar en Petrogrado, ¿verdad camaradas?

-¡No, no les dejaremos!

Y donde más pasión ardía era en los ojos de las mujeres. Aquellas madres, esposas e hijas no querían abandonar sus rincones, miserables, pero llenos del calor de su hogar.

-¡No, no les dejaremos!-resonaban, vibrantes, las voces de las mujeres, y sus manos apretaban la pala como si fuese un fusil.

Había muchas que sabían manejar las armas, y veíanse bastantes en las brigadas de ametralladoras. La ciudad se dividió en zonas, puestas bajo el mando de grupos de obreros. Los puntos más importantes se rodearon de alambradas y se eligieron varios emplazamientos para la artillería, señalándose de antemano los blancos. Repartidos entre las plazas y bocacalles más importantes, había como unos sesenta cañones, cada cual con su equipo correspondiente. Fortificáronse los canales, los jardines, los muros, las paredes y las casas. En los suburbios y a lo largo del Neva, se cavaron trincheras. Toda la parte Sur de la ciudad se transformó en una fortaleza. En muchas calles y plazas se levantaron barricadas. De los barrios obreros soplaba ahora un espíritu nuevo que oreaba los cuarteles, la retaguardia, el frente.

Judenitch estaba acampado a unas diez o quince verstas delante de Petrogrado, en aquellas mismas colinas de Pulkovo, para donde había salido yo hacía dos años, cuando la revolución proletaria triunfante se defendía contra los destacamentos de Kerensky y de Krassnof. La suerte de Petrogrado volvía a estar pendiente de un hilo. Nuevamente había que romper el automatismo de la retirada, y en seguida, costase lo que costase.

El día 18 de octubre decreté una orden a las tropas, en la que exigía "que no se publicasen noticias falsas dando cuenta de que se estaban librando combates reñidísimos y de que reinaba un gran espíritu de lucha, donde lo único que reinaba era un pánico horrible. Toda noticia falsa será castigada como una traición. La guerra admite errores, pero no admite mentiras, engaños ni fraudes contra uno mismo". Como siempre, en los momentos difíciles, me parecía que lo primero y más urgente era descubrir al ejército y al país, por cruel que ella fuese, toda la verdad. Hice pública la absurda retirada que se había llevado a efecto aquel mismo día. "La compañía de un regimiento de tiradores perdió la cabeza creyéndose atacada en uno de los flancos por un destacamento enemigo. El Coronel del regimiento ordenó la retirada. El regimiento retrocedió, despavorido y en plan de fuga, ocho o diez verstas, hasta llegar a Alexandrovska. Se ha comprobado que el destacamento del flanco era de tropas nuestras... Sin embargo, el regimiento fugitivo no se ha portado del todo mal. Tan pronto como volvió a infundirle la confianza en sí mismo, sin vacilar un punto volvió sobre sus pasos y a marchas forzadas, cubierto de sudor a pesar del frío reinante, cubriendo ocho verstas en una hora, logré rechazar al enemigo, inferior en número, y recobrar, con muy pocas pérdidas, las posiciones abandonadas."

En este pequeño episodio me tocó a mí desempeñar, por primera y única vez en mi vida, el papel de jefe de regimiento. Cuando vi que las tropas se replegaban despavoridas sobre Alexandrovka, cuartel general de la división, me lancé sobre el primer caballo que encontré a mano y conseguí hacerles dar la vuelta. En el primer momento, se produjo una gran confusión, pues había muchos que no acertaban a comprender de qué se trataba; algunos, se obstinaban en seguir retrocediendo; yo les daba alcance a caballo y los incorporaba al grueso de la tropa. Hasta entonces, no me di cuenta de que detrás de mí corría Koslof, mi ordenanza, un antiguo soldado de una aldea cerca de Moscú. Aquel hombre, arrebatado de entusiasmo, parecía otro. Blandía en la mano un revólver y corría a lo largo de las filas, gritando con todas sus fuerzas:

-¡No tengáis miedo, muchachos, que es el camarada Trotsky el que os conduce!...

Ahora, el ataque recobraba el ritmo que antes tuviera la retirada. Ni un solo soldado rojo se quedaba atrás. Como a unas dos verstas de distancia, oíanse los silbidos dulzones y repugnantes de las balas. Empezaron a caer los primeros heridos. El jefe del regimiento era otro. Estaba en los puntos más peligrosos, y cuando sus tropas hubieron reconquistado las posiciones abandonadas, vimos que estaba herido en las dos piernas. Volví en un camión al cuartel general. Por el camino fuimos recogiendo los heridos. El impulso estaba dado. Yo tenía una sensación plena de que sostendríamos a Petrogrado.

No estará de más que nos detengamos un momento a tocar un punto que acaso ya más de una vez haya saltado a la preocupación del lector, a lo largo de estas páginas: ¿Tiene un hombre a quien se encomienda la misión de dirigir todo un ejército derecho a exponerse a un peligro personal, lanzándose a acciones aisladas o tomando parte en ellas? A esto, sólo puedo contestar que ni en la guerra ni en la paz existen normas de conducta que tengan un carácter absoluto. Los oficiales que me acompañaban en mis viajes al frente, solían decirme: "Estos lugares no los pisaron nunca los Generales de división del antiguo régimen." Los periodistas burgueses me reprochaban aquellos excesos como nacidos de mi "afán de reclamo", con lo cual no hacían más que traducir a su lenguaje lo que escapaba a su horizonte mental.

La verdad era que el ejército rojo, lo mismo por la composición de sus tropas y del mando que por el carácter especial de toda guerra civil, exigía esta conducta y no otra. Allí, todo había que sacarlo de la nada: la disciplina, los hábitos de lucha y la autoridad militar. Y así como durante toda una época nos fué imposible aprovisionar sistemáticamente a las tropas de todo lo necesario desde el centro, no podíamos ahora limitarnos tampoco a encender el entusiasmo revolucionario de las masas, lanzadas de pronto al fuego sin la necesaria cohesión, por medio de circulares y de proclamas medio anónimas. Lo primero era conquistarse entre los soldados aquella autoridad que mañana habría de justificar a sus ojos las órdenes severas que decretase el supremo mando. Donde faltaban las tradiciones, no había más remedio que suplirlas por el ejemplo vibrante. El riesgo personal era la puesta imprescindible en el juego de la victoria...

No hubo más remedio que renovar y refrescar los puestos de manado causantes del fracaso, introduciendo en ellos los cambios necesarios. Cambios aún mayores se introdujeron en los comisariados militares. Se reforzaron todos los destacamentos mediante la incorporación de comunistas. Además, llegaron tropas nuevas de refresco. Lanzamos a las posiciones más avanzadas a los contingentes de las Escuelas de Guerra. A la vuelta de dos o tres días, habíamos conseguido poner de nuevo en pie el aparato de aprovisionamiento, que estaba por los suelos. Ahora, el soldado rojo podía alimentarse debidamente, cambiar de camisa, tenía calzado nuevo, podía oír un discurso, se desperezaba, se erguía y era otro hombre. El 21 de octubre fué un día decisivo. Nuestras tropas se replegaron sobre las alturas de Pulkovo. Seguir retrocediendo hubiera significado trasplantar la lucha a las calles de la ciudad. Hasta entonces, los blancos habían atacado sin tropezar con una resistencia seria. El día 21, el ejército soviético se fortificó sobre la línea de Pulkovo y empezó a resistir. El enemigo cesó de atacar. El día 22 tomó la ofensiva el ejército rojo. Pero a Judenitch le dió tiempo a echar mano de las reservas y a cubrir los claros de sus filas. Los combates eran reñidísimos. Hacia el anochecer del día 23 tomamos a Detskoie-Selo, y a Pavlovsk. Al mismo tiempo, el 15.º ejército acosaba por el Sur al enemigo, poniendo en peligro su retaguardia y el flanco derecho. Se cambiaban las tomas. Nuestros destacamentos, a quienes el ataque de los blancos había pillado desprevenidos y que pasaran por toda una cadena de fracasos, rivalizaban ahora en sacrificios y en heroísmo. Hubo muchas víctimas. El alto mando enemigo afirmaba que las pérdidas mayores estaban de nuestro lado. Era posible, pues los blancos tenían más experiencia y más armas. Nosotros les ganábamos, en cambio, por el arrojo y el espíritu de sacrificio. Los obreros y los campesinos mozos, los alumnos de las Escuelas de Guerra de Moscú y San Petersburgo no reparaban en sí. Atacaban denodadamente bajo el fuego de las ametralladoras y se lanzaban, revólver en mano, hacia los tanques. El Estado Mayor de los blancos hubo de hablar de la "locura heroica" de los rojos. En los días anteriores apenas había habido prisioneros, y los tránsfugas blancos eran contadísimos. Ahora crecía, de pronto, el número de tránsfugas y de prisioneros. Como los combates se libraban en un ambiente acaloradísimo y de una excitación desesperada, el día 24 de octubre advertí, en una orden a las tropas: ¡Ay del soldado que sea lo bastante indigno para levantar el arma contra un prisionero o un tránsfuga desarmado!"

Ahora, atacábamos nosotros. Ni los estones ni los finlandeses pensaban ya en intervenir. Los blancos, derrotados en toda la línea, se batieron durante catorce días en retirada, totalmente sobre la frontera de Estonia. El Gobierno de este país procedió al desarme de las tropas replegadas. A los mandantes de Londres y de París se les borraron del recuerdo aquellos soldados que guerreaban por encargo suyo. Y lo que todavía ayer era "el ejército occidental del Norte" al servicio de la Entente, perecía de hambre y de frío. En los barracones del lazareto yacían catorce mil soldados de Judenitch enfermos de tifus. Así terminó la famosa "semana mundial de la fiebre de Petrogrado".

Los cabecillas blancos hubieron de quejarse, más tarde, amargamente, del Almirante inglés Coven, que, faltando a su promesa, no les había prestado, según ellos, el necesario auxilio desde las costas del Golfo de Finlandia. Estas quejas -eran, por lo menos, exageradas. En un combate nocturno perecieron tres de nuestros torpederos, arrastrando consigo al fondo del mar a 550 marinos jóvenes. Desde luego, esta partida hay que ponerla en la cuenta del Almirante británico. La orden del día dada en aquella ocasión al Ejército y a la Marina en memoria de las víctimas del combate naval, decía así:

"¡Soldados rojos! No hay un solo frente en que no os encontréis con la pérfida enemiga de los ingleses. Las tropas contrarrevolucionarias descargan sobre nosotros con cañones ingleses. De procedencia inglesa son las municiones que se almacenan en los arsenales de Chenkursk y de Onega, en los del frente Sur y occidental. Los soldados que hacéis prisioneros vienen todos equipados con prendas inglesas. Las mujeres y los niños de Arcángel y de Astrakán caen muertos o quedan inválidos por la dinamita inglesa que aeroplanos también ingleses lanzan desde los aires. Ingleses son los barcos que bombardean nuestras costas...

"Pero no olvidemos, y permitidme que os lo recuerde en este momento en que luchamos a vida o muerte contra ese General a sueldo de los ingleses, que es Judenitch; no olvidemos que existe también otra Inglaterra. Además de esa Inglaterra, ávida de ganancias y de poderío, corrompida y sanguinaria, hay la Inglaterra de los trabajadores, del poderío de la inteligencia, de los grandes ideales, de la solidaridad internacional. La que guerrea contra nosotros es la Inglaterra de la Bolsa, la Inglaterra vil y deshonrada. La Inglaterra laboriosa y activa, el pueblo inglés, está con nosotros." (Orden del día núm. 159, de 24 de octubre de 1919.)

Para nosotros los problemas de la guerra iban íntimamente asociados a los problemas de educación socialista. Las ideas que se graban a fuego en la conciencia, ya no se borran de ella nunca.

En los dramas de Shakespeare, lo trágico alterna con lo cómico, por la misma razón que hace que en la vida humana lo grandioso se dé la mano con lo mezquino y lo banal.

Zinovief, que mientras ocurrían todas estas cosas había tenido tiempo ya a levantarse del sofá y trepar hasta el segundo, o tercer cielo, me entregó, en nombre de la Internacional comunista, el documento siguiente:

"Evitar que Petrogrado, la capital roja, caiga en manos del enemigo es prestar un servicio inapreciable al proletariado mundial, y por consiguiente, a la Internacional comunista. En la defensa de Petrogrado, le corresponde a usted, querido camarada Trotsky-todo el mundo lo sabe-, el primer lugar. En nombre del Comité ejecutivo de la Internacional comunista, entrego a usted las banderas, rogándole que las destine a los destacamentos que más se hayan distinguido entre los de ese glorioso Ejército rojo, conducido por usted.

"El Presidente del Comité ejecutivo de la Internacional comunista G. Zinovief."

Documentos parecidos a éste me enviaron también el Soviet de Petrogrado, los sindicatos y otras organizaciones. Las banderas las entregué a los regimientos. Los memoriales los guardaron los secretarios en el archivo, de donde, pasado bastante tiempo, desaparecieron, cuando ya Zinovief había cambiado de tono de voz y de estribillo.

Ahora, a la vuelta de los años, hasta para mi propio recuerdo es difícil evocar aquella tempestad de entusiasmo que desencadenó la victoria de Petrogrado. Con ella coincidió el comienzo de una serie de éxitos que habían de ser decisivos en el frente Sur. La revolución volvía a alzar la frente. A los ojos de Lenin, la victoria conseguida sobre Judenitch adquiría mucho mayor relieve, ya que a mediados de octubre él la tenía por imposible. El "Buro Político" acordó concederme la condecoración de la Bandera roja por la defensa de Petrogrado. Este acuerdo me ponía en un apriete. Lo había pensado mucho antes de decidirme a implantar una condecoración revolucionaria, cuando casi acabamos de abolir las del antiguo régimen. Para mí, aquello no podía ser más que una especie de estimulante que coadyuvase a levantar los ánimos de los que no se sintiesen bastante acuciados por su conciencia revolucionaria del deber. Lenin aprobó mi pensamiento y fué creada la condecoración de la Bandera roja. Esta distinción honorífica se concedía, a lo menos en aquellos años, por los servicios directos de guerra prestados en la línea de fuego. Y he aquí que de pronto me veía yo mismo condecorado. Era evidente que no podía rechazar el honor sin descalificar con ello la insignia que yo misma adjudicara tantas veces. No me quedaba, pues, más camino que someterme al acuerdo.

En relación con esto recuerdo otro episodio que, hasta pasados algunos años, no llegué a comprender en su verdadera significación. Al final de aquella sesión del "Buro Político", Kamenef propuso, no sin dar muestras de cierta perplejidad, que se condecorase también a Stalin.

-¿Y por qué?-hubo de preguntar, con tono de sincera indignación, Kalinin-. ¿Condecorar a Stalin? ¿Por qué? ¡No alcanzo a comprenderlo!

Le tranquilizaron con no sé qué broma, y se tomó el acuerdo que Kamenef proponía. Durante el descanso, Bujarin vino corriendo a donde estaba Kalinin y le dijo:

-¿No acabarás de enterarte? La idea ha salido de Ilitch, pues sabe que Stalin no puede vivir si le falta algo que los demás tengan. No lo perdonaría.

Lenin tenía perfecta razón, y yo se la daba para mis adentros.

Me impusieron la condecoración, en medio de un ambiente de la mayor solemnidad, en el Gran Teatro, donde acudí a informar acerca de la situación de la guerra ante las instituciones directivas del Soviet, allí reunidas. Cuando, al final de la sesión, el presidente mencionó el nombre de Stalin, intenté aplaudir, pero sólo me siguieron dos o tres manos un tanto vacilantes. Por la sala atravesó un soplo frío de indiferencia, que tenía que ser doblemente sensible después de las ovaciones que habían precedido. Stalin, siempre astuto, se había guardado muy bien de acudir al teatro.

Tuve una satisfacción mucho mayor el día que recompensaron a mi tren colectivamente con la condecoración de la Bandera roja. "La brigada de nuestro tren-dice la orden del día 4 de noviembre-tomó parte muy dignamente, desde el día 17 de octubre hasta el 3 de noviembre, en la heroica campaña librada por el séptimo ejército. Los camaradas Kliger, Ivanof, Sastar, murieron en el campo de batalla. Los camaradas Prede, Draudin, Purin, Tcherniavzef, Kuprievich y Tesnek fueron heridos. Los camaradas Adamson, Purin y Kiselis resultaron con heridas de poca consideración. A los demás no les cito nominalmente, pues tendría que traer aquí los nombres de todos. Los obreros de nuestro tren contribuyeron con su parte, que no fué la menor, a lograr que aquellos combates terminasen con nuestra victoria.

Un día, a los pocos meses de esto, me llamó Lenin al teléfono:

-¿Ha leído usted el libro de Kirdezof?-me dijo.

El nombre no me sonaba.

-Es un blanco, uno de nuestros enemigos, que relata el ataque de Judenitch sobre Petrogrado.

Hay que advertir que Lenin leía mucho más atentamente que yo la prensa de los blancos. Al, día siguiente, tornó a preguntarme:

-¿Lo ha leído usted?

-No, todavía no lo he leído?

-Si quiere, yo se lo mandaré.

No, seguramente que yo tendría- también el libro en casa. Lenin y yo recibíamos las mismas novedades, vía Berlín.

-No deje usted de leer el último capitulo: es un juicio apreciativo del enemigo, en que se habla también de usted... Pero no me quedó un rato libre para leerlo. No hace mucho que-por una de esas curiosas coincidencias-este mismo libro vino a caer en mis manos en Constantinopla. Me acordé del empeño que había puesto Lenin en que leyera el último capítulo. He aquí el juicio de aquel enemigo nuestro, uno de los ministros de Judenitch, que a Lenin tanto le había interesado: "El día 16 de octubre llegó al frente de Petrogrado, a toda prisa, Trotsky, y la confusión que venía reinando en el cuartel general de los rojos cedió el puesto a su fogosa energía. Unas horas antes de caer Gatchina en nuestras manos, todavía intentaba detener el avance de las tropas blancas; pero cuando vio que no era posible, abandonó velozmente esta ciudad para organizar la defensa de Tsarskoie. No han recibido grandes refuerzos, pero reúne a toda prisa a los alumnos todos de la Escuela de Guerra de Petrogrado, moviliza a todos los hombres de la capital capaces de tomar las armas, empuja de nuevo hacia adelante con ametralladoras (?!) a los destacamentos del ejército rojo y consigue con sus medidas enérgicas que todos los accesos de Petrogrado se fortifiquen y preparen a la defensa... Trotsky consiguió organizar en Petrogrado destacamentos de obreros de arraigadas convicciones comunistas y lanzarlos al foco central de la lucha. Según el testimonio del estado mayor de Judenitch, eran estos obreros y no (?) los destacamentos del ejército rojo los que luchaban como leones al lado de los batallones de marinos y de los alumnos de la Escuela de Guerra. Atacaban a los tanques a bayoneta calada, y mientras que filas enteras de ellos caían bajo el fuego asesino del monstruo de acero, los demás seguían tenaces en su puesto, defendiendo sus posiciones."

Nadie empujó hacia adelanté a los soldados rojos con ametralladoras. Pero salvamos a Petrogrado.



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