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Capítulo XXXVII

 

 

Capítulo XXXVII: Divergencias de criterio en punto a estrategia guerrera 

No se trata de relatar en estas páginas la historia del ejército rojo, ni la de sus acciones de guerra. Estos dos temas, que ya se hallan inseparablemente unidos a la historia de la revolución y que se salen de los límites trazados a una autobiografía, serán materia de otro libro. Pero no puedo pasar por alto aquí las divergencias de criterio que surgieron en punto a la política estratégica, en el transcurso de la guerra civil. De la marcha de las operaciones guerreras dependía la suerte de la revolución. El Comité central del partido no tenía más remedio que interesarse, cada vez más de lleno, por los asuntos de la guerra, que le planteaban cuestiones de carácter estratégico. Los puestos más importantes del mando estaban ocupados por especialistas militares formados en el antiguo régimen, que carecían de la comprensión necesaria para los aspectos sociales y políticos de la cuestión. A su vez, los políticos revolucionarios más expertos, que eran los que integraban el Comité central del partido, no poseían conocimientos militares. Por consiguiente, los planes estratégicos de gran escala eran, generalmente, fruto de una colaboración entre los dos grupos, y esto daba origen, como en casos tales suele acontecer, a disparidades de criterio y a disputas.

En cuatro casos principales surgieron diferencias de monta acerca de los asuntos estratégicos de que había de ocuparse el Comité central; es decir, que los principales conflictos fueron tantos como frentes importantes existían. Me limitaré a informar brevemente de estos conflictos para que el lector se imponga de lo más substancial en punto a los problemas que planteaba la dirección de la guerra, y para salir al paso, incidentalmente, a las invenciones que más tarde se propalaron a este propósito contra mí.

El primer conflicto grave que había de plantearse en el seno del Comité central surgió en el verano de 1919, provocado por la situación del frente oriental. General en jefe de este frente seguía siendo Vazetis, de quien hablé en el capitulo dedicado a Sviask. Yo esforzábame por afirmar a Vazetis en la confianza en sí mismo, en sus derechos y en su autoridad, confianza sin la cual no se puede ejercer ningún alto mando. Vazetis era de opinión que, después de conseguidos los primeros triunfos considerables sobre Koltchak, no debíamos avanzar demasiado hacia Oriente, más allá de los Urales. Su plan era que el frente oriental se mantuviese, durante el invierno, pegado a las montañas. Esto permitiría retirar de él unas cuantas divisiones y enviarlas al Sur, donde Denikin estaba siendo un peligro cada vez más grave. Yo hice mío este plan. Pero nuestros proyectos encontraron una obstinada resistencia por parte del encargado del mando del frente oriental, Kamenef, antiguo Comandante del cuartel general, y de los miembros del Consejo de Guerra Smilgas y Laskhevich, los dos viejos bolcheviques. Estos entendían que Koltchak estaba tan quebrantado, que para seguir en su persecución no hacía falta disponer de muchas fuerzas, que lo principal era no dejarle respiro, pues entonces podríamos darle tiempo a rehacerse, y nos veríamos obligados acaso a reanudar las operaciones del frente oriental en la primavera. Como se ve, todo el problema estaba en saber apreciar certeramente la situación del ejército de Koltchak y del territorio que quedaba a su retaguardia. Yo entendía, ya por entonces, que el frente Sur era el más importante y el que más peligraba. Los hechos habían de confirmar plenamente esta opinión. En cuanto a la apreciación del ejército de Koltchak, tenía razón el mando del frente oriental. El Comité central resolvió contra el alto mando y, por consiguiente, contra mí, que apoyaba el plan de Vazetis, dejándose guiar para ello de la consideración de que aquella ecuación estratégica encerraba varias incógnitas, entre las cuales se contaba, como factor muy importante, la autoridad, demasiado nueva todavía, del encargado del alto mando. La resolución del Comité central resultó ser acertada. El frente oriental cedió al Sur una parte de sus fuerzas, sin dejar de avanzar por ello victoriosamente sobre Siberia, pisando los talones a Koltchak. Este conflicto determiné un cambio en el mando. Vazetis fué sustituido por Kamenef.

De suyo, esta diferencia tenía un carácter puramente objetivo, que no podía trascender ni en lo más mínimo a mis relaciones con Lenin. Pero la intriga se las arreglaba para ir tejiendo sus redes sobre los nudos de estas divergencias puramente episódicas de criterio. El día 4 de junio de 1919, Stalin intentó asustar a Lenin, desde el Sur, haciéndole ver lo ruinoso que era el modo cómo se llevaba la guerra.

"La cuestión-escribía-está en saber si el Comité central se atreverá a sacar las necesarias consecuencias. ¿Tendrá el Comité central el carácter y la perseverancia necesarios? El sentido de estas palabras es harto claro. Su tono demuestra que Stalin ya había formulado esta cuestión repetidas veces ante Lenin, recibiendo siempre la repulsa de éste. Por aquel entonces, yo no sabía aún nada concreto acerca de ello. Pero sospechaba una intriga viscosa detrás. Y como no tenía tiempo ni humor para desenredarla, opté por cortar el nudo y presenté mi dimisión ante el Comité central. Este me contestó, con fecha 5 de julio, notificándome el acuerdo siguiente:

"El Departamento de organización y el Buro político del Comité central, después de analizar la declaración del camarada Trotsky y de deliberar detenidamente acerca de ella, llegan a la conclusión unánime de que les es absolutamente imposible aceptar la dimisión del camarada Trotsky, dando tramitación a su solicitud. El Departamento de organización y el Buró político prometen hacer todo cuanto esté de su parte para que la labor que el camarada Trotsky se ha impuesto voluntariamente en el frente Sur, la labor más difícil, más arriesgada y la más importante por el momento, se desarrolle del modo más cómodo para él y con los resultados más fecundos para la República. En su calidad de Comisario del pueblo en la cartera de Guerra y de Presidente del Consejo revolucionario de Guerra, así como en sus funciones de miembro del Consejo revolucionario de Guerra del frente Sur, el camarada Trotsky tiene perfecta libertad para actuar de acuerdo con el mando del frente que él mismo ha elegido y que este Comité central ha confirmado. El departamento de organización y el Buró político del Comité central dejan en un todo al arbitrio del camarada Trotsky el introducir, por los medios que crea necesarios, los cambios y rectificaciones oportunos en los asuntos de la guerra, y procurarán, caso de que así se desee, acelerar en lo posible la convocatoria del Congreso del partido. Lenin, Kamenef, Krestinsky, Kalinin, Serebriakof, Stalin, Stasova."

Como se ve, este acuerdo lleva también la firma de Stalin. El hombre que intrigaba entre bastidores y acusaba a Lenin de falta de valentía y de perseverancia, no sabía, por lo visto, dar la cara ante el Comité central.

El escenario principal en que se desarrollaba la guerra civil era, como queda dicho, el frente Sur. Las fuerzas del enemigo estaban formadas por dos contingentes autónomos: los cosacos, principalmente los del Cuban, por una parte, y, por otra, el ejército voluntario de los blancos, que se concentraba aquí con elementos reclutados en el país entero. Los cosacos se esforzaban por defender sus fronteras contra los avances de los obreros y los campesinos. El ejército de voluntarios ponía su objetivo en la toma de Moscú. Estas dos líneas tácticas sólo marcharon unidas mientras los voluntarios formaron un frente común con los del Cubán en el Cáucaso Norte. El sacar a los cosacos de su territorio era, para Denikin, empresa difícil, por no decir que irrealizable. Nuestro alto mando atacó el problema del frente Sur como si se tratase de un problema abstracto de estrategia, sin tener en cuenta para nada los factores sociales del asunto. El Cuban era la base principal sobre que operaban los voluntarios. Teniendo esto en cuenta, el alto mando decidió que, arrancando desde el Volga, se diese el golpe decisivo sobre este punto de apoyo de las tropas enemigas. Si Denikin se atrevía a avanzar con la cabeza de su ejército sobre Moscú, nos caeríamos sobre su retaguardia y aniquilaríamos la base de operaciones del Cuban. Con esto, quedaría flotando en el vacío y no tendríamos más que alargar la mano y echarle el guante. Tal era, en términos generales, el esquema estratégico trazado. Y contra este esquema no hubiera habido nada que objetar, a no tratarse de una guerra civil. Al llevarlo a la práctica sobre las realidades del frente Sur, resultó ser un plan puramente académico, cuya ejecución favoreció notablemente al enemigo. Como Denikin no conseguía hacer que los cosacos se pusiesen en camino para emprender un avance sobre el Norte, al atacar por la retaguardia los lugares en que anidaban, lo que hicimos fué coadyuvar a los planes de este General. Ahora, ya los cosacos no podían defenderse exclusivamente en su propio territorio. Habíamos conseguido empalmar su suerte a la del ejército voluntario.

A pesar de que las operaciones se habían preparado con el mayor celo, reuniéndose para ello fuerzas considerables y abundantes medios materiales, nada conseguimos. Los cosacos formaban una fuerte muralla que protegía la retaguardia de Denikin. Eran gentes que conocían el terreno palmo a palmo y se aferraban a él con las uñas y los dientes. Nuestro ataque consiguió hacer que se levantase en pie de guerra toda la población cosaca. Con esto perdimos tiempo y fuerzas y echamos al regazo del ejército blanco a todos los cosacos capaces de empuñar las armas. Entre tanto que esto ocurría, Denikin invadía Ukrania, cubría las bajas de sus filas, avanzaba hacia el Norte, se adueñaba de Kursk y de Orel y amenazaba con tomar a Tula. La pérdida de esta ciudad hubiera significado para nosotros una catástrofe, pues equivalía a la pérdida de las más importantes fábricas de armas y de municiones.

El plan propuesto por mí desde el primer momento era el inverso. Su objetivo consistía en dar un primer golpe que aislase a las tropas voluntarias de los cosacos y luego, dejando a éstos solos, concentrar nuestras fuerzas principales contra el ejército blanco. En este plan, la dirección del ataque no partía del Volga sobre el Cuban, sino de Woronesh sobre Kharkof y la cuenca del Donez. La población campesina y obrera de esta región, que es la que separa el Cáucaso Norte de Ukrania, estaba toda ella al lado del ejército rojo. Moviéndose en esta dirección, nuestro ejército podía avanzar como un cuchillo cortando manteca. Los cosacos permanecerían en su sitio, atentos a defender sus fronteras contra el invasor. No teníamos para qué tocarles. El problema de los cosacos era un problema aparte, que tenía más de político que de militar. Y, sobre todo, era de elemental estrategia desglosar esta cuestión de la encaminada a exterminar el ejército de voluntarios de Denikin. Mi plan hubo de ser aceptado al fin, pero cuando las tropas del enemigo estaban ya acercándose a Tula, cuya rendición hubiera sido mucho más peligrosa que la pérdida de Moscú. Habíamos perdido unos cuantos meses, sacrificado muchas víctimas inútiles y vivido unas semanas bastante angustiosas.

Advertiré de pasada que aquellas divergencias estratégicas de criterio acerca del frente Sur estaban directamente relacionadas con el problema de una certera apreciación o menosprecio de la clase campesina. Todo mi plan estaba basado en las mutuas relaciones entre los obreros y campesinos por una parte y, por otra, los cosacos, y en este sentido y con esta fundamentación lo hube de desarrollar frente al plan puramente abstracto y académico del alto mando, que había encontrado apoyo en la mayoría del Comité central. Si yo hubiera aplicado a esto ni una milésima parte de las energías que se malgastaron en demostrar mi posición de "desdén" ante la clase campesina, hubiera podido deducir de aquel conflicto una acusación igual, es decir, igualmente necia, no sólo contra Zinovief, Stalin y otros, sino contra el propio Lenin.

El tercer conflicto estratégico se planteó a propósito de la campaña de Judenitch contra Petrogrado. De esto ya hemos hablado en otro capítulo y no hay para qué repetirse. Sólo me importa recordar que Lenin, entonces, impresionado por la situación extremadamente difícil del frente Sur, donde estaba el peligro principal, y bajo el efecto de las noticias que le mandaban de Petrogrado acerca del armamento y recursos imponentes de que disponía el ejército de Judenitch, llegó a la conclusión de que era necesario acortar el frente, abandonando Petrogrado en manos del enemigo. Fué, seguramente, la única vez en que Stalin y Zinovief tomaron partido contra él a mi favor. Pasados algunos días. Lenin abandonó por sí mismo el plan anteriormente concebido y que era, a todas luces, falso.

El último conflicto, y el más importante de todos, indudablemente, fué el que provocó en el verano de 1920 la suerte del frente polaco.

Bonar Law, a la sazón presidente del Consejo de Ministros inglés, hubo de citar en la Cámara de los Comunes mi carta dirigida a los comunistas franceses como prueba de que, en el otoño de 1920, los Soviets habían abrigado la intención de lanzarse sobre Polonia y destruirla. Una afirmación del mismo jaez aparece en el libro del antiguo Ministro de la guerra paloca, Sikorski; pero aquí ya, con referencia al discurso pronunciado por mí ante el Congreso Internacional en enero de 1920. Todo esto no es más que un puro dislate, de los pies a la cabeza. Claro está que yo no tenía motivo alguno para manifestar mis simpatías por el polaco Pilsudski, por ese General polaco que representa la opresión y el avasallamiento, cubiertos bajo el manto de frases patrióticas y de grandes gestos heroicos. No hacía falta esforzarse mucho para coleccionar una serie de declaraciones en que yo aparecía diciendo que, caso de que Pilsudski nos obligase a declarar la guerra a Polonia, procuraríamos no quedarnos a mitad de camino. La situación imponía la necesidad de formular declaraciones de este tenor. Pero, sacar de aquí la consecuencia de que nosotros deseábamos la guerra contra Polonia o la estábamos preparando, es faltar abiertamente a los hechos y al sano sentido común. Nada más lejos de la verdad. Todos nuestros esfuerzos se encaminaban a evitar esta guerra. Para conseguirlo, no hubo un solo resorte que no tocásemos. Sikorski reconoce que llevábamos con extraordinaria "habilidad" la propaganda pacifista. No entiende, o no quiere entender, que el secreto de ésta habilidad no era ningún secreto: era sencillamente que estábamos dispuestos a mantener la paz por todos los medios, aunque fuese a costa de grandes concesiones. Y acaso fuese yo el primero en esforzarme por evitar aquella guerra, pues había previsto con bastante lucidez lo cara que podía costarnos, después de tres años de incesante guerra civil. Fué el Gobierno polaco-y esto se desprende también claramente del libro de Sikorski-el que hizo estallar la guerra, a sabiendas y dolosamente, a pesar de nuestro empeño infatigable por evitarla; empeño que convertía a nuestra política exterior en una mezcla de paciencia y de perseverancia pedagógica. Estábamos sinceramente interesados en sostener la paz. Fué Pilsudski el que nos impuso la guerra. Y si pudimos lanzarnos a ella fué porque las masas de nuestro pueblo habían venido siguiendo, día tras día, aquel duelo diplomático y tenían motivos más que suficientes para estar inquebrantablemente convencidas de que se nos obligaba a guerrear contra nuestra voluntad; así fué, en efecto.

El País hizo otro esfuerzo más, verdaderamente heroico. La toma de Kief por los polacos, que carecía de todo fundamento militar, nos prestó un gran servicio, pues consiguió que el país se conmoviese ante aquella agresión. Volví a recorrer los ejércitos y las ciudades movilizando hombres y material. Recobramos la plaza de Kief, y comenzó toda una serie de triunfos para nuestras armas. Los polacos retrocedían con una rapidez que yo no pude sospechar, pues era imposible prever el grado de ligereza sobre el que estaba cimentada aquella campaña de Pilsudski. Mas también en nuestro campo, pasadas las primeras victorias de alguna consideración, se hubieron de exagerar lamentablemente las posibilidades que se nos ofrecían. Empezó a apuntar, y acabó por consolidarse, la tendencia de convertir aquella guerra, que habíamos aceptado como una guerra defensiva, en una campaña ofensiva de carácter revolucionario. Claro está que, en principio, yo no tenía nada que oponer contra estos planes. La cuestión estaba en saber si disponíamos de fuerzas bastantes para realizarlos. El espíritu de los obreros y los campesinos polacos era una incógnita. Algunos de nuestros camaradas de Polonia, como J. Marchlevski, antiguo colaborador de Rosa Luxemburgo, ya fallecido, apreciaba la situación muy fríamente. Las opiniones de este camarada eran para mí un importante elemento de juicio, que contribuía a acrecentar mi aspiración de salir cuanto antes de aquella guerra. Pero mi voz no era la única. Había quien confiaba calurosamente en que los obreros polacos hiciesen estallar la revolución. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que Lenin concibió el plan firme de llevar el asunto hasta el fin, es decir, de entrar en Varsovia, para, desde allí, alentar a las masas obreras del país, derribar el Gobierno Pilsudski y adueñarnos del Poder. La decisión del Gobierno, que estaba todavía pendiente de examen y liberación, prendió, sin dificultad, en la imaginación del alto mando y en los jefes del frente oriental. Al presentarme yo en Moscú, llegada mi hora, me encontré con que en el centro estaba ya firmemente arraigada la tendencia de llevar la guerra "hasta el fin". Me opuse resueltamente a este plan. Los polacos solicitaban ya la paz. Yo era de parecer que nuestros triunfos habían llegado a su apogeo y que si seguíamos avanzando sin hacer un cálculo sereno de nuestras fuerzas, podíamos exponernos a una grave derrota. Era evidente que, después del esfuerzo gigantesco que suponía el haber cubierto 650 kilómetros en cinco semanas, el 4.º ejército no podía seguir avanzando más que por la fuerza de la inercia. Todo dependía de los nervios, y los nervios son cuerdas muy frágiles. Un ataque un poco recio bastaría para conmover nuestro frente y convertir aquel avance maravilloso, inaudito y sin ejemplo-hasta el propio Foch hubo de reconocerlo así-, en una retirada catastrófica. Movido por todas estas consideraciones, propuse que se concertase inmediatamente, rápidamente, la paz, antes de que nuestras tropas estuviesen totalmente agotadas. No encontré más apoyo, si mal no recuerdo, que el de Rikof. A los demás, los había convencido Lenin en mi ausencia. Se tomó, pues, el acuerdo de atacar.

¡Cuánto habían cambiado los papeles, desde aquellos tiempos de Brest-Litovsk! Entonces era yo el que proponía que no nos apresurásemos a concertar la paz, aun a riesgo de perder parte de nuestros territorios, para dar tiempo al proletariado alemán a enfocar la situación y terciar en ella, si lo creía conveniente. Ahora era Lenin el que proponía que nuestros ejércitos siguiesen avanzando, para, de este modo, permitir al proletariado polaco que se diese idea de la situación y se alzase en armas. La guerra contra Polonia no hizo más que confirmar, en otro sentido, lo que ya había demostrado la campaña de Brest-Litovsk: que los sucesos de la guerra y los movimientos revolucionarios de las masas hay que medirlos con escalas distintas. Lo que para un ejército, en operaciones son días y semanas, para una masa en movimiento son meses y años. Cualquier error que pueda deslizarse, si no se sabe calcular debidamente la diferencia entre estos dos ritmos, puede hacer que los engranajes de la guerra rompan los engranajes de la revolución, en vez de ponerlos en movimiento. Era lo que nos había sucedido en la breve campaña de Brest-Litovsk y lo que volvió a acontecernos ahora en la guerra contra Polonia. Pasando de largo por delante de las victorias conseguidas, fuimos a dar de bruces contra una terrible derrota.

Hay que advertir que una de las causas que contribuyeron a dar un volumen tan espantoso a la catástrofe fué la conducta del mando del grupo Sur del ejército de los Soviets, que maniobraba en la dirección de Lemberg. La figura política más destacada en el Soviet revolucionario de Guerra de este grupo era Stalin. Stalin quería a toda costa que sus tropas entrasen en Lemberg al mismo tiempo que las de Smilga y Tujatchevski en Varsovia. Hay gente para todas las ambiciones. Cuando empezó a advertirse el peligro que corría el ejército de Tujachevski, el alto mando del frente Sur cursó órdenes de que variase rápidamente de dirección para atacar el flanco de las tropas polacas concentradas cerca de Varsovia; pero el mando del frente Sudoeste, alentado por Stalin, siguió enderezando el avance sobre Occidente; ¿pues qué, no era más importante entrar en Lemberg que ayudar a "otros" a tomar Varsovia? Hubieron de repetirse, insistentemente, las órdenes y las amenazas, hasta conseguir que el mando del Sudoeste cambiase la dirección. Aquellos días de retraso habían de traer consecuencias fatales para nuestro ejército.

Nuestras tropas se replegaron cuatrocientos kilómetros o más sobre la retaguardia. Nadie quería resignarse a creerlo, después de las brillantes victorias de los días anteriores. De vuelta del frente de Wrangel, me encontré en Moscú con un gran ambiente a favor de una segunda guerra contra Polonia. Rikof se había pasado ahora al bando de enfrente. "Ya que hemos empezado-me dijo-no hay más remedio que acabar." El mando del frente occidental animaba, diciendo que había reservas bastantes, que la artillería había sido renovada, y así sucesivamente. El deseo era el padre de la idea.

-¿Qué es lo que puede ofrecernos-repliqué yo-el frente occidental? Cuadros moralmente deshechos, en los que se ha vertido una nueva masa humana de refresco. Con un ejército como ese no se puede librar una guerra. Tropas así son buenas, si acaso, para batirse a la defensiva, retrocediendo y procurando levantar otro ejército sobre la retaguardia, pero es absurdo pensar que un ejército semejante vaya a erguirse de pronto para arrancar tina victoria en un camino que está regado con sus propios escombros. Advertí que la repetición del error nos costaría pérdidas diez veces mayores y que yo no me sometería al acuerdo que parecía que iba a tornarse, sino que apelaría al partido. Lenin seguía sosteniendo, en términos formales, la prosecución de la campaña, pero ya no en un tono tan enérgico como la primera vez. Mi convencimiento inquebrantable de que era necesario concertar la paz, por costosa que nos resultara, parecía haberle producido cierta impresión. Como compás de espera, propuso que se aguardase, antes de tomar una decisión, a que yo visitase el frente occidental y viese por mis propios ojos cuál era el estado en que se encontraban las tropas después de la retirada. Esto quería decir-y yo lo sabía-que, en el fondo, Lenin se adhería a mi opinión.

Las autoridades supremas del frente se inclinaban a favor de una segunda guerra. Pero el espíritu allí reinante no era mucho de fiar; no era, en realidad, más que un reflejo de opiniones de Moscú. Cuanto más descendía en la escala militar, del ejército a la división, de la división a los regimientos y de éstos a las compañías, más clara se revelaba la imposibilidad de emprender una guerra ofensiva. Comuniqué a Lenin el fruto de mis observaciones, en una carta autógrafa de que no guardé copia, y seguí viaje. Los dos o tres días que Pasé en el frente me bastaron para contrastar el convencimiento con que me había puesto en camino. Volví a Moscú, y el "Buró político", después de oírme, tomó el acuerdo casi unánime de que se concertase sin tardanza la paz.

El error de cálculos estratégicos que se cometió en la guerra de Polonia tuvo consecuencias históricas de mucha monta. Sin saber cómo, Pilsudski, el polaco, salió de la guerra con el prestigio reforzado. Nuestro revés asestó un golpe cruel al desarrollo de la revolución polaca. Las fronteras señaladas por el tratado de Riga pusieron tierra por medio entre Rusia y Alemania, lo cual había de tener consecuencias de alcance extraordinario para la vida de los dos países... Lenin sabia mejor que nadie, por supuesto, toda la importancia que tenía el error "varsoviano" y no quiso volver más la vista sobre él, ni de palabra ni mentalmente.

Hoy, los epígonos pintan a Lenin, en sus obras, como los pintores de iconos de Susdal acostumbran, a representar a los santos y a Cristo: donde quieren trazar una imagen ideal, resulta una caricatura. Por mucho que los pintores de santos se esfuerzan en remontarse sobre su propia mediocridad, acaban vertiendo sobre la tablilla-pues no pueden por menos-el espíritu de que disponen, y lo que nos ofrecen, al fin y al cabo, es su propio retrato, un tanto embellecido. Y como la autoridad de los epígonos descansa, pura y exclusivamente, en el anatema fulminado contra los que pongan en duda su infalibilidad, resulta que el Lenin con que nos encontramos en sus obras no es aquel estratega revolucionario que sabía orientarse de un modo genial a la vista de cada situación, sino una especie de aparato automático que, apretándole un botón, echaba soluciones infalibles para todos los problemas. Fui el primero que aplicó a Lenin la palabra genio, cuando los demás no se atrevían todavía a pronunciarla. Sí, Lenin era un genio, un perfecto genio humano, lo cual no quiere decir que fuese una máquina calculadora que funcionase de un modo infalible. Lo que ocurría era que los errores que él cometía eran muchos menos de los que cualquier otro hubiera cometido, puesto en su lugar. Pero también Lenin se equivocaba a veces, y sus errores, cuando los tenía, eran errores grandes, gigantescos, como todo en él.



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