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Capítulo XXXVIII

 

Capítulo XXXVIII: Transición a la nueva política económica y mis relaciones con Lenin 

Vamos acercándonos a la última etapa de mi colaboración con Lenin. Este período tiene, además, el interés de que en él se encierran ya los elementos de donde ha de salir, más tarde, el triunfo de los epígonos.

Después de morir Lenin, creóse una complicada y ramificadísima institución histórico-literaria encaminada a falsear la historia de nuestras relaciones. El método principal de que se vale consiste en destacar del pasado pura y exclusivamente aquellos momentos en que existiera alguna diferencia entre nosotros, para luego, valiéndose de manifestaciones polémicas aisladas, o de puras invenciones, que es lo más frecuente, componer la imagen de una pugna ininterrumpida entre dos "principios". Comparada con estas investigaciones históricas de los epígonos, la historia de la Iglesia escrita por los apologistas medievales es un modelo de ciencia y objetividad. Hasta cierto punto, yo mismo les facilitaba la tarea, hablando sin recato de las divergencias que me separaban de Lenin, en el momento de producirse, y llegando incluso a apelar al partido, en los casos en que era necesario. No lo hacían así los actuales epígonos; éstos, cuyas diferencias de criterio con Lenin eran harto más frecuentes que las mías, se embotaban, llegado el caso, en el silencio, si no hacían como Stalin, que adoptaba un mohín de ofendido y se iba a esconder, durante varios días, en un pueblecillo cercano a Moscú. En la inmensa mayoría de los casos, las conclusiones a que llegábamos Lenin y yo, cada cual por su parte, coincidían en lo substancial. Generalmente, no necesitábamos más que de medias palabras para entendernos el uno al otro. Si yo temía que un acuerdo que iba a tomarse en el "Buró político" o en el Consejo de Comisarios del pueblo no era acertado, le pasaba a Lenin una esquelilla. Lenin me la devolvía con la siguiente acotación. "De acuerdo. Haga usted una proposición." A veces, era él quien me mandaba a preguntar si estaba conforme con lo que proponía, diciéndome que, en caso afirmativo, tomase la palabra para apoyarlo. Lo frecuente era que cambiase impresiones conmigo por teléfono acerca de la marcha de un asunto, y si éste era apremiante, me rogaba, con gran insistencia, que no dejase de acudir "en modo alguno" a la sesión. Cuando nos levantábamos los dos a defender un mismo punto de vista-que era casi siempre, en cuestiones de principio-aquellos a quienes la solución no satisfacía, y entre ellos contábanse no pocas veces los jefes de hoy, sellaban en seguida sus labios. Y acontecía, con harta frecuencia, que Stalin, Zinovief o Kamenef, después de haberse mostrado en desacuerdo radical conmigo, se batiesen en retirada silenciosamente apenas veían que Lenin se hacía solidario de mi posición. Cualquiera que sea el juicio que se tenga respecto a esta cortesía con que los "discípulos" renunciaban a mantener sus ideas propias, para someterse sumisamente a las de Lenin, es evidente que la tal sumisión no garantizaba, ni mucho menos, que ellos, por sí solos, supiesen llegar, sin Lenin, a conclusiones leninianas. En la realidad, nuestras diferencias no tuvieron nunca el relieve que cobran en este libro. Aquellas diferencias constituían siempre excepción, por lo cual resultaban mucho más llamativas. Además, al morir Lenin, estas disparidades, agrandadas telescópicamente, llegaron a adquirir el carácter de factores políticos independientes y que nada tenían que ver con las relaciones que mantuviéramos Lenin y yo.

En el capítulo correspondiente tuve ocasión de exponer en detalle mis diferencias con Lenin a propósito de la paz de Brest-Litovsk. Aquí he de detenerme un poco en otra disparidad de criterio surgida entre nosotros a fines del año 20 y comienzos del 21, en vísperas de decretarse la transición a la nueva política económica, y que mantuvo separados nuestros campos por espacio de unos dos meses. Es indudable que la llamada "discusión" acerca de los sindicatos empañó por algún tiempo nuestras relaciones. éramos, los dos, demasiado revolucionarios y políticos para poder ni querer separar en absoluto lo político de lo personal. Estas discusiones ofrecieron a Stalin y Zinovief la posibilidad legal, por decirlo así, de sacar a la plaza pública la campaña que venían atizando entre bastidores. Utilizando todos los recursos disponibles esforzáronse por sacarle el mayor provecho posible a aquella coyuntura. Aquello fué una especie de ensayo para la cruzada que, llegado el momento, habían de lanzarse a predicar contra el "trotskismo". Este efecto, reflejo de nuestro conflicto, era precisamente el que más inquietaba a Lenin, que puso cuanto estaba de su parte por evitarlo.

El contenido político de aquella discusión aparece hoy hasta tal punto envuelto en basura, que no envidio al historiador de mañana que tenga que ahondar en él para llegar al fondo. Retroactivamente, y ya después de morir Lenin, los epígonos descubrieron en mi posición de entonces un "menosprecio de la clase campesina" y hasta una cierta hostilidad contra la "NEP"[2]. Estas afirmaciones habían de servir, en rigor, de base para toda la campaña posterior. En realidad, la discusión, al iniciarse, presentó el carácter cabalmente inverso. Para demostrarlo, no tengo más remedio que remontarme un poco a hechos pasados.

En el otoño de 1919 el número de locomotoras fuera de servicio ascendía al 60 por 100, y todo el mundo daba por supuesto que el porcentaje sería de 75 en la primavera del 20. En estas condiciones, no, había posibilidad de mantener un tráfico ferroviario, pues con un 25 por 100 de locomotoras en condiciones medianas sólo se podía atender a las necesidades de los propios ferrocarriles, que se alimentaban con combustible de madera, enormemente voluminoso. El ingeniero Lomonosof, que fué el que rigió de hecho durante estos meses el departamento de transportes, hubo de exponer al Gobierno, sobre un gráfico, aquella epidemia de locomotoras. Y señalando el punto matemático, en el transcurso del año 1920, dijo:

-Al llegar aquí, sobrevendrá la muerte.

-¿Y qué cree usted que debe hacerse?-le preguntó Lenin.

-Yo no creo en los milagros-contestóle el ingeniero-, ni los mismos bolcheviques los pueden hacer.

Nos miramos. El estado de ánimo que allí reinaba era de una gran depresión, pues ninguno de nosotros entendía de transportes, ni conocía la técnica a que respondían aquellos cálculos tan pesimistas.

-Sin embargo, vamos a ver si hacemos un milagro-dijo Lenin secamente y rechinando los dientes.

Durante los meses siguientes, la situación no hizo más que empeorar. Aunque había causas más que sobradas para esto, es muy probable que ciertos ingenieros se esforzasen todo lo posible para ver de adaptar la situación real de nuestros transportes al gráfico de Lomonosof.

Hube de pasar los meses de invierno de 1919 al 20 en los Urales, dirigiendo los trabajos económicos. Estando allí, Lenin me pidió por telégrafo que mi hiciese cargo de la dirección de los transportes y viese la manera de levantarlos, mediante medidas extraordinarias. El telegrama me sorprendió en ruta, y lo contesté afirmativamente.

Volví de los Urales equipado con importantes provisiones de experiencia económica, que conducían todas a una conclusión: la de que había que ir pensando en abandonar el comunismo de guerra. Aquellos trabajos prácticos me revelaron con toda claridad que los métodos del comunismo de guerra, tal corno nos fueran impuestos por la situación del país durante la guerra civil, estaban agotados, y que para levantar la Economía de nuestro pueblo no había más remedio, costase lo que costase, que volver a introducir el elemento del interés personal, restableciendo hasta cierto punto el mercado interior. Inspirándome en esta necesidad, presenté al Comité central un proyecto de supresión del régimen de tasas, que había de ser sustituido por un sistema de impuestos sobre los cereales, introduciendo, en relación con esto, el intercambio de mercancías.

"...La política que se viene siguiendo en materia de requisiciones niveladoras con arreglo a la norma de lo necesario para subsistir, en punto a las fianzas mutuas en las entregas forzosas y a la distribución también niveladora de los productos industriales, lleva a la ruina a la agricultura y a la descomposición del proletariado industrial, amenazando con arruinar totalmente la vida económica del país." Tales fueron los términos de la declaración escrita que cursé, en febrero del año 20, al Comité central.

"Las existencias de víveres-prosigue esta declaración-amenazan con extinguirse sin que el sistema de requisiciones pueda salir al paso de este peligro. Para combatir estas tendencias de decadencia económica, se ofrecen los siguientes métodos: 1.º Sustituir el régimen de requisición del sobrante por un impuesto procentual fijo (una especie de impuesto progresivo sobre los frutos naturales), procurando que las grandes extensiones de cultivo y su explotación intensiva resulten, aun con ello, ventajosas. 2.º Implantación de un criterio proporcional entre el suministro de productos industriales a los campesinos y la cantidad de frutos entregada por ellos, haciendo el cómputo no sólo por concejos y aldeas, sino también por haciendas aisladas."

Como se ve, mis propuestas no podían ser más prudentes. Pero téngase en cuenta que las primeras bases aceptadas a la vuelta de un año, al instaurarse la nueva política económica, no iban tampoco más allá.

A principios del año 20, Lenin se declaró resueltamente contrario a mis propuestas, que fueron desechadas en el Comité central por once votos contra cuatro. Los hechos se encargaron de demostrar que la decisión del Comité no estuvo acertada. Yo no quise llevar el asunto en alzada ante el congreso del partido, porque sabía que éste era decidido partidario del comunismo de guerra. La vida económica del país estuvo forcejeando otro año más con la muerte en un callejón sin salida. Esto fue lo que originó mis diferencias de apreciación con Lenin. Desechada la transición al régimen del mercado libre, pedí, que se aplicasen ordenada y sistemáticamente los "métodos de guerra", para ver de alcanzar algún resultado real en nuestra economía. Dentro de los cuadros de un sistema de comunismo de guerra que mantenía nacionalizados, a lo menos en principio, todos los recursos del país, para distribuirlos con arreglo a las necesidades del Estado, a mí me parecía que no quedaba margen para que actuasen autónomamente los sindicatos. Si la industria descansaba sobre el suministro a los obreros por el Estado de todo lo que necesitaban, era lógico que los sindicatos se sometiesen también a aquella red del Estado en que estaban prendidas la industria y la distribución. Tal era la substancia del problema planteado en punto a la nacionalización de los sindicatos, que a mí me parecía desprenderse lógicamente, y en este sentido defendía yo la medida, del régimen de comunismo imperante.

Ateniéndome a las bases del comunismo de guerra aprobadas por el 9.º congreso del partido, me puse a trabajar en la reorganización de los transportes. El Sindicato ferroviario hallábase íntimamente ligado a la organización administrativa del departamento. Los métodos de disciplina estrictamente militar hiciéronse extensivos a todo el régimen de los transportes. Asocié la administración de los transportes a la administración militar, que era la más fuerte y disciplinada de la época. Esto tenía importantes ventajas, tanto más cuanto que la guerra contra Polonia hacía que los transportes militares tuviesen mediatizados en gran parte los ferrocarriles. Al salir del departamento de guerra, que tanto contribuía a que los ferrocarriles estuviesen desorganizados, me trasladaba todos los días al Comisariado de transportes, donde hacía los mayores esfuerzos por librarlos de una catástrofe definitiva y sacarlos, en lo posible, a flote.

El año que hube de trabajar al frente de los transportes fué para mí, personalmente, una gran escuela. En este departamento venían a encontrar expresión concentrada todos los problemas de principio planteados por la organización socialista de la Economía. Una cantidad fabulosa de locomotoras y de material de los más diversos modelos tenía obstruidas las vías y los talleres. La nueva reglamentación del régimen de transportes, que había corrido hasta la revolución, en parte a cargo del Estado y en parte de empresas particulares, fué preparada minuciosamente. Las locomotoras se agruparon por series, se procedió a repararlas con arreglo a un plan sistemático, y a los talleres se asignaron funciones fijas y precisas, ajustadas a su capacidad de rendimiento. Calculábamos que tardaríamos cuatro años y medio en restaurar los transportes, volviéndolos al estado anterior a la guerra. Era indiscutible que las medidas por nosotros adoptadas daban su fruto. En la primavera y verano de 1920, los transportes empezaron a recobrar el movimiento. Lenin no perdía oportunidad de señalar al país el renacimiento de nuestros ferrocarriles. Y si la guerra, que nos había declarado Pilsudski principalmente confiado en el desastre de nuestros transportes, no dio a Polonia el resultado apetecido, fue precisamente porque la curva de los ferrocarriles empezaba ya a moverse resueltamente en un sentido ascensional. Para alcanzar estos resultados, hubimos de acudir a providencias extraordinarias, que nos parecieron inevitables y justificadas, no sólo por la difícil situación en que se encontraban los transportes, sino por el régimen de comunismo de guerra en que vivíamos.

Pero poco a poco, la masa obrera, que había pasado ya por tres años de guerra civil, iba resistiéndose, cada vez más abiertamente, a someterse a los métodos del mando militar. Lenin, con su instinto político infalible, presintió que se acercaba el momento crítico. Y mientras que yo, partiendo de consideraciones puramente económicas y operando sobre la base del comunismo de guerra, me esforzaba por sacar a los sindicatos el mayor rendimiento posible, Lenin, inspirándose en razones políticas, tendía ya a ir atenuando la presión militar. En vísperas del 10.º Congreso del partido, nuestros rumbos eran todavía antagónicos. En el seno del partido estalló la discusión. Pero esta giraba ya en torno a un tema muy distinto. Lo que el partido discutía era el ritmo a que debía irse para nacionalizar los sindicatos; pero lo que demandaba imperiosamente la realidad era el pan de cada día, el combustible y las materias primas para la industria. Y mientras el partido se debatía febrilmente en torno a los "métodos del comunismo", iba acercándose a pasos agigantados la catástrofe de la Economía de nuestro país. En esta discusión vinieron a terciar, como suprema admonición, las sublevaciones de Cronstadt y de la provincia de Tambof. Lenin, apremiado por las circunstancias, formuló las primeras tesis, harto prudentes, que habían de presidir la transición a la nueva política económica. Yo me adherí a ellas sin vacilar. En realidad, aquellas tesis no eran más que la reiteración de las que yo formulara hacía un año. Ahora, ya no tenía razón alguna de ser la disputa promovida en torno de las organizaciones sindicales. En el congreso, Lenin no intervino para nada en está discusión, y dejó que Zinovief se divirtiera un poco con la vaina del cartucho ya disparado. En aquellos debates, predije que la proposición referente a los sindicatos aprobada por la mayoría no llegaría ni siquiera al próximo Congreso, pues la nueva orientación económica demandaba una radical revisión de la estrategia sindical. Y en efecto, no habían pasado muchos meses cuando Lenin se puso a fijar las nuevas tesis acerca del papel y funciones de los sindicados dentro del marco de la "NEP". Yo me adherí en un todo a su proposición. La solidaridad entre nosotros estaba restablecida. Sin embargo, Lenin temía que aquella discusión, que hubo de durar dos meses, dejase un rastro en el partido, y que a su sombra se formasen grupos y banderías que podrían envenenar las cosas y dificultar los trabajos. En lo que a mí tocaba, ya durante el Congreso había abandonado todas las deliberaciones con los que compartían mí mismo parecer en punto a los sindicatos. Unas semanas más tarde, Lenin pudo convencerse de que yo estaba igualmente preocupado que él por liquidar los grupos transitorios que en aquella discusión se habían formado y que no había por qué mantener, pues no se apoyaban en ninguna base de principio. Lenin respiró tranquilo. Y aprovechando no sé qué cínica acusación que en contra mía había lanzado Molotof, a quien, acababan de elegir para un puesto en el Comité central, le paró los pies por aquel exceso necio de celo, y agregó que "la lealtad del camarada Trotsky en las cuestiones interiores del partido estaba por encima de toda duda". Esta afirmación la repitió varias veces. Yo sabía que aquellas palabras de reconvención no iban dirigidas solamente contra el que las había provocado incidentalmente, sino también contra otras personas. Stalin y Zinovief habían pretendido, aprovechándose de la coyuntura, atizar aquella discusión y mantenerla artificialmente.

Stalin acababa de ser elegido Secretario general en el 10.º congreso, por iniciativa de Zinovief y contra el parecer de Lenin. El congreso lo eligió en la creencia de que estaba ante una candidatura presentada por el Comité central en conjunto. Por lo demás, nadie daba gran importancia a la elección. Era evidente que, bajo las órdenes de Lenin, el cargo de Secretario general, creado en aquel Congreso, no podía tener más que un carácter técnico sin el menor relieve político. Y, sin embargo, Lenin no las tenía todas consigo. "Este cocinero-decía de Stalin-no va a guisar más que platos picantes." He aquí por qué quería subrayar tan obstinadamente en una de las primeras sesiones del Comité central a raíz del Congreso, la "lealtad de Trotsky", para salir así al paso a la intriga que se estaba minando.

Aquellas palabras de Lenin no tenían un valor puramente incidental. Durante la guerra civil, hubo de testimoniarme en una ocasión-y no con palabras, sino con hechos-la confianza moral que tenía en mí, en términos tales, que no podían esperarse ni exigirse de nadie más rotundas. Fué con ocasión de la campaña de hostilidad militar que venía atizando contra mí Stalin solapadamente. En aquellos tiempos de guerra, se concentraban en mis manos poderes que prácticamente tenían carácter de ilimitados. En mi tren se reunía constantemente el Consejo de guerra; los frentes y el territorio colocado a sus espaldas estaban a mis órdenes, y hubo momentos en que todo el territorio de la República que no estaba ocupado por los blancos, tenía carácter de territorio militar o de zona fortificada. Todos los que caían entre las ruedas del carro de la guerra tenían parientes y amigos que hacían cuanto podían por salvar del trance a sus deudos. Por todos los canales llegaban flotando a Moscú peticiones, quejas, protestas, que iban casi siempre a parar a la presidencia del Comité ejecutivo central. Los primeros episodios de este género surgieron en relación con los sucesos de Sviask. Ya dejo dicho más arriba que hube de hacer comparecer ante el Consejo de guerra al Coronel del 4.º regimiento letón, por haber amenazado con retirar a sus fuerzas de la posición que ocupaban. El Consejo le condenó a cinco años de cárcel. Pasados algunos meses, empezaron a llover peticiones para que se le pusiese en libertad. La principal presión se ejercía sobre Sverdlof. Este llevó las peticiones al Buró Político. Yo expuse brevemente las circunstancias de guerra en que el Coronel del regimiento me había amenazado con "consecuencias peligrosas para la revolución". Mientras yo hablaba, la cara de Lenin iba poniéndose blanca. Y apenas hubo terminado, cuando, con aquel tono cálido de voz que denotaba en él la máxima emoción, exclamó: "¡Que siga, que siga en la cárcel!" Sverdlof se quedó mirando para Lenin, me miró a mí y dijo: "Pienso lo mismo."

El segundo episodio, mucho más importante, está relacionado con el fusilamiento del Coronel y el Comisario que habían retirado por si y ante sí al regimiento de su posición, adueñándose por las armas del barco fondeado en el río para que los llevase a Nishni. Este regimiento había sido reclutado en Smolesnk, donde los trabajos militares corrían a cargo de adversarios de mi política de guerra, que más tarde habían de convertirse en defensores calurosos de ella. Pero en aquellos momentos alzaron grande clamor. A instancia mía se nombró una sección dentro del Comité central, que, después de examinar la conducta de las autoridades militares, reconoció unánimemente que su conducta había sido acertada; es decir, impuesta de un modo inflexible por la situación del momento. Mas no por esto cesaron los rumores equívocos que corrían. Por momentos, parecíame que la fuente de estos rumores no caía muy lejos del Buró político. Pero yo tenía más que hacer que ocuparme en investigar los orígenes de estas especies y en andar desembrollando aquellas intrigas. Sólo una vez me permití decir en una sesión del Buró político que a no ser por aquellas medidas draconianas tomadas por mí en Sviask, no estaríamos reunidos allí en aquel momento. "¡Exacto!", exclamó Lenin, y con aquella rapidez del rayo que le caracterizaba, se puso a escribir unos renglones con tinta roja en la parte inferior de un pliego en blanco, encabezado con el sello del Consejo de Comisarios del Pueblo. Cono Lenin llevaba la presidencia de la sesión, ésta hubo de interrumpirse por unos momentos. Como a los dos minutos, me entregó el pliego, en el que aparecían estampadas las siguientes líneas:

 U. R. S. S.

EL PRESIDENTE DEL CONSEJO DE LOS COMISARIOS DEL PUEBLO

MOSCÚ, KREMLIN


Julio, 1919 

 
¡Camaradas!
Conozco el carácter severo de las medidas adoptadas por el camarada Trotsky, y estoy tan convencido, tan profunda y perfectamente convencido del acierto, conveniencia y necesidad de la provilencia aquí dictada por él en interés de la causa, que la suscribo en un todo.
 W. ULIANOF-LENIN. -No tengo inconveniente en darle a usted todas las ratificaciones, firmadas en blanco coma ésta, que desee-me dijo Lenin. Es decir, que en aquel ambiente dificilísimo de la guerra civil, en que se imponía la necesidad de estar decretando constantemente órdenes sumarias e irrevocables, Lenin se prestaba a ratificar en blanco, de antemano, todas cuantas órdenes pudiera dictar yo en lo futuro. Y téngase en cuenta que se trataba de órdenes de las cuales dependía muchas veces la vida o la muerte de personas. ¿Cabe concebir confianza mayor de un hombre para otro? Lenin no podía ni siquiera forjarse la idea de extender un documento tan extraordinario más que por una razón: porque conocía o sospechaba mejor que yo las fuentes de todas aquellas intrigas y quería desarmar con un golpe definitivo a los intrigantes. Pero, para dar ese paso, tenía que estar muy penetrado, irrebatiblemente convencido, de que yo no era capaz de cometer ningún acto desleal ni de prostituir con abusos personales mis poderes. Y a este convencimiento era al que daba tajante expresión con aquellas breves líneas. Será en vano que los epígonos busquen en sus archivos un documento semejante. Lo único que Stalin podría encontrar en el suyo, si buscase, sería el "testamento" de Lenin, que tan cuidadosamente oculta a los ojos del partido, y con su cuenta y razón, pues no en vano se traza en él su silueta como la de un hombre desleal, capaz de usar abusivamente de su poder. Para formarse una clara y perfecta idea de cuáles eran las relaciones de Lenin conmigo y cuál su actividad respecto a Stalin, basta comparar estos dos documentos: el crédito ilimitado de confianza moral que a mí me abre y la filiación moral que traza del jefe de hoy. 



[2] Abreviatura rusa de "Nowaia ekonomitcheskaia polítika", o sea "Nueva política económica".



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