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Carta a Albert Treint[1]

 

 

13 de setiembre de 1931

 

 

 

Estimado camarada Treint:

 

Por nuestra correspondencia, y ahora por nuestras conversaciones, me he convencido de que usted insiste constantemente, no en problemas estratégicos o políticos, sino en incidentes aislados del pasado. Incansablemente y -si me lo permite- con la actitud de un fiscal, saca a relucir los errores de los demás creyendo que así minimiza los suyos. Primero a través de la co­rrespondencia y después en las charlas personales, hice varios intentos de alejarlo de ese camino, en mi opinión estéril, y llevarlo al de los problemas vitales y reales de la revolución, pero usted obcecadamente persiste en lo suyo. Siguiendo la tradición de la época en que estaba al frente del partido francés, continúa exigiendo que todos admitan sus errores. Me veo obligado a partir del nivel al que usted reduce nuestra discusión política pa­ra fijar de una vez por todas una línea sobre ciertas cuestiones. Como usted en sus investigaciones opera con pequeños episodios y datos aislados, conversaciones casuales, etcétera, elementos que no son suscep­tibles de verificación, prefiero contestarle por escrito.

Primero, comenzaré "admitiendo mis errores".

Sí, a principios de 1924 permití que, en mi ausencia, se firmaran con mi nombre las tesis de Radek sobre Alemania. Estas tesis eran erróneas -a decir verdad no tanto como las de la Comintern- y contradictorias con todo lo que escribí y dije antes, durante y después del período en que Radek las reunió. Indudablemente fue un error de mi parte. Pero no hubo nada "princi­pista" en este error. Cuando se realizó el plenario del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista yo estaba enfermo, a cuarenta kilómetros de Moscú. Ra­dek se comunicó conmigo por teléfono, que funcionaba muy mal en invierno. En el plenario lo estaban acosan­do. El buscaba apoyo y declaró categóricamente que las posiciones presentadas en las tesis eran idénticas a las que yo había desarrollado en mis discursos y artículos, y que Piatakov ya las había firmado. Me pidió que agregara mi firma sin insistir en leer las tesis, ya que no faltaba más que media hora para que comenza­ra la sesión decisiva. Estuve de acuerdo -no sin vaci­laciones- en otorgar mi firma. Sí, cometí un error al confiar demasiado en el juicio de dos camaradas, Radek y Piatakov. Ya que en realidad los dos, incluso tal vez de acuerdo con Brandler, introdujeron en las tesis una cantidad de formulaciones con las que pretendían mi­tigar la responsabilidad de Brandler y justificar su propia conducta, dado que lo habían apoyado en muchas cosas.

Cuando leí las tesis, no oculté mi desaprobación a su autor ni a ningún camarada. En discursos y artícu­los que se publicaron primero como folletos y después en libros, formulé una y otra vez mí caracterización de la situación alemana, caracterización que no tenía nada en común con las tesis de Radek. Hasta hoy mantengo inalterada en lo esencial esta caracterización, a la que llegué en julio de 1923. Naturalmente, en ella in­cluyo la evaluación de la política de Brandler, la de la fracción zinovievista de la Comintern, etcétera.

Es notable que ni un solo miembro de la camarilla de Zinoviev haya utilizado en Rusia mi firma a las te­sis de Radek, pues mi actitud hacia los brandleristas era demasiado conocida. Desde setiembre de 1923 has­ta enero de 1924, Stalin y Zinoviev incluso defendieron a Brandler contra mis ataques supuestamente injustificados. Pero mucho más importante es otro aspecto de la cuestión, que aparentemente se borró totalmente de su memoria. Pese a todos sus errores respecto al pasado, la resolución de Radek contenía una advertencia muy importante para el futuro: afirmaba que la situación directamente revolucionaria había pasado, y que estába­mos ante una etapa de luchas defensivas y de prepa­ración para una nueva situación revolucionaria. En mi opinión éste era el punto central. Por otra parte, la re­solución de la Comintern continuaba impulsando la orientación hacia la insurrección armada. Aquí se ori­ginó la malhadada política del ultraizquierdismo de 1924-1925. Si yo hubiera estado presente en el plena­rio y hubiese tenido que optar por una de las dos mocio­nes, habría votado por la de Radek, a pesar de todos sus errores en cuanto al pasado. Pero usted, camarada Treint, votó por la resolución de la Comintern, que pro­dujo grandes calamidades y desastres. Por esta razón no es el juez más adecuado, incluso de la pobre resolu­ción de Radek.

Por supuesto, en 1924 usted no podía estar al tanto de lo que había detrás de la historia de la resolución de Radek. En ese entonces tenía todo el derecho a atribuir­le una importancia exagerada al hecho de que yo había firmado las tesis de Radek, sin compararlas con lo que yo había dicho personalmente y escrito sobre el tema. Pero ya pasaron casi ocho años. Los documentos más importantes se publicaron hace tiempo en todos los idiomas. En mi libro sobre la Comintern [La Tercera internacional después de Lenin] aclaro lo esencial res­pecto de la política de los brandleristas en 1923.

Le pregunto: ¿qué espera obtener ahora, en el otoño de 1931, del episodio circunstancial de mi firma a las te­sis de Radek? ¿Por qué no responde usted mismo es­te interrogante? ¿Por qué no formula su respuesta por escrito?

Además, usted cita persistentemente mi declara­ción de que en todas las cuestiones fundamentales en las que estuve en desacuerdo con Lenin era él quien te­nía razón. Esta declaración figura en la plataforma del bloque de la Oposición de 1926. Pretende, como Zino­viev, sacar de esta declaración la conclusión directa o indirecta de que todas las críticas que usted y su frac­ción me hicieron entre 1924 y 1927 eran correctas, si no del todo, por lo menos parcialmente.

Y también aquí "admito mi error". Pero esta vez tampoco se trata de un error de tipo principista sino, to­tal y exclusivamente, de táctica interna fraccional.

En general, mi declaración de que Lenin tenía ra­zón en contra de lo que yo planteé es indudablemente correcta. La hice sin violentar en lo más mínimo mi conciencia política. Lenin no vino hacia mí, yo fui hacia Lenin. Me uní a él después de muchos otros. Pero tengo la audacia de suponer que no lo comprendí menos que esos otros. Si se tratara solamente de problemas histó­ricos, no haría excepciones a mi declaración. Sería in­digno de la memoria de Lenin, y también atentaría contra mi dignidad, tratar de demostrar, ahora que él ha muerto, que en tal o cual cuestión fui yo quien tuvo razón.

No obstante, me opuse violentamente a la declara­ción que usted ahora saca a relucir tan ávidamente. ¿Por qué? Porque preví que se valdrían de ella todos los que estaban y siguen estando equivocados, en contra de Lenin y en mi contra. Sobre mis desacuerdos con Lenin, la fracción de Zinoviev y su sección francesa han escrito gran cantidad de páginas, teóricamente absur­das, políticamente reaccionarias y en gran medida calumniosas. Con mi reconocimiento de que Lenin estaba en lo correcto Zinoviev trató de ocultar, aunque sea par­cialmente, el criminal trabajo "ideológico" que había desarrollado su fracción en contra de nosotros.

La situación de Zinoviev en ese momento era real­mente trágica. Habiendo sido hasta el día anterior un dirigente reconocido del "antitrotskismo", se inclinaba ahora ante las banderas de la Oposición de 1923. En las reuniones del Comité Central todos los oradores aprovecharon para echarle en cara sus declaraciones de ayer, a lo que no pudo replicar nada. Lo mismo, hizo Pravda, en forma permanente. Por otra parte, los obreros avanzados de Petrogrado, que seguían a Zinoviev, que honesta y seriamente habían abrazado la lucha con­tra el "trotskismo", no podían reconciliarse con este súbito giro de ciento ochenta grados. Zinoviev corría el peligro de perder a los mejores elementos de su frac­ción. En esta situación, algunos camaradas de la Oposi­ción de 1923 insistían: "Facilitémosle a Zinoviev alguna fórmula general que le permita, aunque sea parcial­mente, defenderse de la presión de los stalinistas y de la de sus propios compañeros de Petrogrado." Yo no tenía ninguna objeción que hacer a una fórmula defen­siva de ese tipo, con una sola condición: que no impli­cara ninguna concesión de principios de mi parte. La lucha por este problema duró semanas. En el último momento, cuando ya había que entregarle al Comité Central una plataforma terminada, se suscitó entre no­sotros y los zinovievistas una ruptura diplomática bien precisa, justamente por el problema de la fórmula que a usted tanto le interesa. Estábamos dispuestos a pre­sentar independientemente una plataforma en nombre de la fracción de 1923. Como siempre sucede, aparecieron intermediarios. Se introdujeron cambios y correc­ciones. En nuestro grupo se decidió hacerles una conce­sión a los zinovievistas. Yo voté en contra de la conce­sión, encontrándola excesiva y equívoca. Pero tampoco en esta cuestión rompí con el centro dirigente de mi propio grupo ni con los zinovievistas. Sin embargo, ad­vertí a mis amigos que lo dejaría pasar solamente en lo que se refería al pasado histórico. Pero en cuanto se planteara como problema programático o político defendería, por supuesto, la teoría de la revolución per­manente. Esto fue precisamente lo que hice después.

Eso es lo que sucedió realmente. Ahora ya lo sabe. Naturalmente, no podía saberlo en su momento. Pe­ro desde 1926 corrió mucha agua bajo los puentes. Vi­vimos la experiencia de la revolución china. Se demos­tró con absoluta claridad que la única antítesis a la teo­ría del socialismo nacionalista es la teoría de la revolución permanente. El mismo problema se planteó res­pecto a la India, donde se puso a prueba, en particular, la teoría de los "partidos bicompuestos" (de dos cla­ses). Ahora el problema de la revolución permanente se nos plantea en la Península Ibérica. En Alemania, la única teoría que se contrapone a la de la "revolución popular"[2] es la de la revolución permanente. Sobre to­das estas cuestiones la Oposición de Izquierda se pro­nunció muy categóricamente. Y yo mismo expliqué hace mucho en la prensa los errores de la plataforma rusa de 1926, en la medida en que contenía concesio­nes a los zinovievistas.

Le pregunto: ¿qué desea obtener hoy, en el otoño de 1931, de la circunstancia de que en el otoño de 1926 yo haya creído necesario -correcta o equivocadamente- no protestar públicamente por las concesiones puramente formales que mis amigos políticos de entonces consideraron que había que hacerles a los zinovievis­tas? ¡Por qué no responder a esta pregunta por escrito!

Ahora yo podría, con toda justicia, plantear algunas cuestiones concernientes a su pasado. ¿Comprendió usted que, más allá de tal o cual error o pecado parcial, el núcleo básico de la Oposición de 1923 fue y sigue siendo la vanguardia de la vanguardia, que luchó y sigue luchando por la teoría del marxismo, por la estrategia de Lenin, por la Revolución de Octubre, y que el grupo opositor al que usted pertenecía se embarcó en una fatal revisión del leninismo, sacudió a la dictadu­ra del proletariado y debilitó a la Comintern? ¿Com­prendió que en la lucha contra el "trotskismo" ustedes fueron la herramienta inconsciente de las fuerzas del termidor? ¿Si o no?

Sin embargo, no insistiré en que me conteste es­ta pregunta, aunque es mucho más importante que los pequeños incidentes en los que usted pierde vanamente su tiempo y el mío.

Pero si bien estoy dispuesto a dejar de lado los pro­blemas referentes al pasado, no puedo permitir ningu­na ambigüedad ni afirmación a medias en las cuestio­nes de principios que conciernen al presente y al futuro.

¿Cuál es su actitud hacia la teoría de la revolución permanente, camarada Treint? ¿Mantiene todavía la crítica archirreaccionaria, termidoriana en sus raíces sociales, que desarrolló en el pasado junto con todos los epígonos y en completa solidaridad con ellos? En este problema cardinal no hay ni puede haber concesiones. Aquí no caben las reservas ni los equívocos. El proble­ma ha sido dilucidado con toda claridad en muchas tesis, artículos y libros. Pasó la prueba de aconteci­mientos colosales. Todas las secciones de la Oposición de Izquierda -y sobre todo la rusa- se basan total y exclusivamente en la teoría de la revolución permanen­te. Su respuesta clara y precisa a esta pregunta es una condición previa para resolver si podemos trabajar jun­tos dentro de los marcos de una misma fracción.

Este planteamiento programático cardinal, que dife­rencia a los bolcheviques leninistas de los centristas y de la derecha, lleva implícita una serie de interrogan­tes:

¿Cuál es su posición sobre la consigna de dictadura democrática del proletariado y el campesinado para los países coloniales en particular y para la India en especial?

¿Cuál es su posición respecto a la idea de los par­tidos obreros y campesinos?

¿Considera correcta la formación de la Krestintern y la política de la Liga Antiimperialista?

¿Cómo ve la consigna de los estados unidos soviéti­cos de Europa?

Todos estos problemas, a los que se les dio una solu­ción antimarxista en el Quinto Congreso Mundial de la Comintern, aún conservan su gran importancia.

Como ya lo dije, una respuesta correcta a estos interrogantes es, desde mi punto de vista, absolutamente indispensable para establecer los presupuestos progra­máticos para el trabajo en común. Pero no basta con las premisas programáticas. Quedan por resolver proble­mas de táctica y de organización.

En este plano, nuestra correspondencia reveló di­ferencias muy serias y pronunciadas, que lamentable­mente mis charlas iniciales con usted no suavizaron en lo más mínimo. Para no repetir, lo remito solamente a dos documentos: mi carta a usted del 23 de mayo de 1929 y mi crítica a su proyecto de declaración sobre su ingreso a la Liga francesa (23 de mayo de 1931). Adjun­to copia de ambos documentos[3].

Para concluir quiero expresar una consideración ge­neral que tal vez lo ayude a comprender mejor como evalúo su posición. En las filas de la Oposición de Iz­quierda, especialmente de su sección francesa, está muy difundida una enfermedad espiritual a la que lla­maré, sin entrar en el análisis de sus raíces sociales, por el nombre de su representante más acabado: el souvarinismo. En el plano de la psicología política, esta enfermedad combina la parálisis de la voluntad política con la hipertrofia de la racionalización. La erudición de gabinete, sin raíces, sin ejes, sin objetivos claros, la crítica por la crítica misma, el detenerse en bagatelas, el preocuparse por tonterías mientras ni siquiera se perci­ben los grandes problemas, tales son las características de esa gente, interesada sobre todo en preservar su estrecho círculo o su "independencia" personal. Un gru­po de este tipo, demasiado indeciso para unirse a los socialdemócratas pero igualmente incapaz de adoptar la política bolchevique, e incapaz de adoptar cualquier política activa, se inclina fundamentalmente a escribir anotaciones al margen de las acciones y los libros de los demás. Quien más gráficamente refleja este espíritu, repito, es Souvarine, que finalmente encontró un medio de expresión adecuado para su tendencia en un periódi­co bibliográfico en el que somete a crítica todo lo exis­tente en el universo en nombre de su propia "doctrina". Pero todo el secreto reside en que Souvarine no tiene doctrina y, en virtud de su estructura mental, no puede tenerla. En consecuencia, el trabajo creativo es­piritual de Souvarine, que carece tanto de ingenio como de recursos, es parasitario por naturaleza. En él se combinan los residuos calcinados del comunismo con los retoños todavía no florecidos del menchevismo. Esto precisamente constituye la esencia del souvarinismo, en la medida en que es posible encontrar aquí alguna esencia.

A menudo le dije al camarada Naville que él fue emponzoñado por el souvarinismo y que temo que sea incurable: por lo menos, durante el año pasado no noté ningún síntoma de restablecimiento. Usted, camarada Treint, se considera un adversario de Souvarine y de Naville, y con algo de razón. Sin embargo, pese a las innegables diferencias individuales, tiene una caracte­rística en común con ellos. Usted también, camarada Treint, carece de toda doctrina; la ha perdido. Todos sus esfuerzos no aportan más que aclaraciones, calificaciones y notas al pie sobre pequeños incidentes.

Usted libra una lucha obcecada, no por un sistema de ideas y métodos sino por su "independencia", y es totalmente imposible imaginar cuál es el contenido de esa independencia. Camarada Treint, eso no es mas que la enfermedad del souvarinismo. De todo corazón espero que se cure.

Este problema, personal en gran medida, no sería tan importante si ambos fuéramos militantes de un par­tido proletario grande y sano. Pero todavía somos una pequeña fracción que defiende en condiciones excepcionalmente difíciles las banderas de Marx y Lenin. El bacilo del .souvarinismo es mucho más peligroso para una fracción combatiente de este tipo que para un gran partido. Por supuesto, sería criminal alejar con ligereza a todo grupo o individuo aislados. Pero más criminal aún es permitir en una organización fraccional una com­posición inicial que paralice su agresivo espíritu propa­gandístico, su capacidad de lucha política. Por eso, en determinadas condiciones es preciso plantear: nosotros defendemos determinado conjunto de ideas y usted de­fiende determinado conjunto de comentarios a nuestras posiciones; tratemos de no interferimos recíprocamen­te y funcionemos por separado. Tal vez la experiencia más decantada nos enseñe algo a ambos. Cuando nos encontremos otra vez, en una nueva etapa, sacaremos el balance, y quizás estemos en mejores condiciones que hoy para entendernos. No digo que ésta sea la única solución concebible, o la mejor. Pero de ninguna manera la considero excluida.

 

L. Trotsky



[1] Carta a Albert Treint. The New International, febrero de 1938, donde apareció con otro artículo titulado Dos cartas sobre la cuestión del Octubre alemán. Se ha subsanado la omisión del tercer párrafo, contando desde el final, después de leer el manuscrito de Trotsky en Harvard.

[2] La consigna "revolución popular" y el objetivo de "liberación nacional" para Alemania fueron planteados por los stalinistas alemanes para tratar de ganarles a los nazis el apoyo popular, en loa primeros años de la década del 30. Este tipo de competencia sólo benefició a los nazis. La crítica de Trotsky está en Thaelmann and the "People’s Revolution" (14 de abril de 1931), en The Struggle Against Fascism in Germany.

[3] La primera aparece en Escritos 1929-1930 con el título de Capituladores de la tercera ola. La segunda en este tomo, con el título Sobre la declaración del camarada Treint.



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