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Carta a los Comunistas de Izquierda italianos[1]

Partidarios del camarada Amadeo Bordiga

 

 

25 de setiembre de 1929

 

 

 

Estimados camaradas:

 

He leído el folleto Plataforma de la Izquierda, que ustedes publicaron en 1926 pero que sólo ahora llegó a mis manos. Asimismo he leído la carta abierta que me dirigieron en el N° 20 de Prometeo y algunos de los ar­tículos de fondo de este periódico que me permiten refrescar, después de mucho tiempo, mi conocimiento re­gular del idioma italiano. Estos documentos, junto con la lectura de los artículos y discursos del camarada Bordiga,[2] sin mencionar el hecho de que lo conozco personalmente, me permiten en cierta medida juzgar sus posiciones fundamentales y el grado de acuerdo que existe entre nosotros. Aunque la respuesta decisiva a este último interrogante la darán no sólo las tesis principistas sino también su aplicación política a los acontecimientos del momento (lo cual se puso de mani­fiesto con el conflicto sino-soviético), opino que nuestro acuerdo, al menos en las cuestiones básicas, es bastante amplio. Si no me expreso de manera más categórica en esta ocasión, se debe únicamente a que quiero dejar que el tiempo y los acontecimientos ratifiquen nuestra solidaridad ideológica y entendimiento mutuo. Espero que resulten totales y sólidos.

La Plataforma de la Izquierda (1926) me causó muy buena impresión. Creo que es uno de los mejores docu­mentos publicados por la Oposición Internacional y en muchos aspectos sigue siendo válido hasta el día de hoy.

Es muy importante, sobre todo para Francia, el que la plataforma plantee el problema del carácter del par­tido, sus principios básicos de estrategia y táctica, como piedra angular de la política del proletariado. Hemos observado en los últimos años que para muchos revolu­cionarios franceses importantes, la Oposición sólo fue un peldaño en el camino de alejamiento del marxismo, de retroceso hacia el reformismo, el sindicalismo o el simple y llano escepticismo.

Ustedes conocen, desde luego, el folleto de Loriot,[3] que reveló un desconocimiento total del carácter del partido y su función histórica en relación a la clase, y que cayó en la teoría de la pasividad sindical, la cual no tiene nada que ver con las ideas de la revolución proletaria. El folleto de Loriot, exponente directo de la reac­ción ideológica en el seno del movimiento obrero, aún se difunde, desgraciadamente, por el grupo Revolution Proletarienne. El descenso del nivel ideológico observa­do en los últimos cinco o seis años en el movimiento re­volucionario no pasó sin dejar su huella en el grupo de Monatte. Después de haberse acercado al marxismo y al bolchevismo en 1917-1923, en los últimos años este grupo retrocedió al sindicalismo. Pero ya no es el sindi­calismo combativo de los primeros años de este siglo, que significó un importante avance para el movimiento obrero francés. No, es más bien un sindicalismo contemporizador, pasivo y negativo, que cae cada vez con más frecuencia en el sindicalismo puro, hecho que no nos debe sorprender. Todo lo que había de progresivo en el sindicalismo de preguerra se unió al comunismo. Hoy en día, el alejamiento del comunismo revoluciona­rio conduce invariablemente al sindicalismo. El princi­pal problema de Monatte consiste en asumir una acti­tud incorrecta hacia el partido, unida al fetichismo del sindicalismo, al que visualiza como un fin en sí mismo, independientemente de sus ideas directrices. Sin em­bargo, aunque hoy se unifican ambas confederaciones obreras francesas y mañana enuclearán al conjunto de la clase obrera francesa, no desaparecería, ni por un ins­tante, el problema de las ideas motrices de la lucha sin­dical y sus métodos, y el del vínculo entre las tareas parciales y generales, es decir, el problema del par­tido.

La Liga Sindicalista que dirige Monatte es un parti­do embrionario, que no selecciona a sus militantes según criterios sindicalistas sino ideológicos, sobre la base de una plataforma determinada, y trata de influir en los sindicatos desde afuera o, si se quiere, de "so­meterlos" a su influencia ideológica. Pero es un partido que no se organiza como tal ni tiene una forma definida, que carece de una teoría y un programa claros, que no es consciente de sí, que oculta su naturaleza y con ello se priva de la posibilidad de desarrollarse.

En su lucha contra el burocratismo y la deslealtad del aparato oficial de la Internacional Comunista, también Souvarine llegó, aunque por otra vía, a la negación de la actividad política y del propio partido. Proclama que la Internacional y su sección francesa están muer­tas, a la vez que considera innecesaria la existencia de la Oposición puesto que, según él, no existen las condi­ciones políticas necesarias. En otras palabras, niega la necesidad de que exista el partido -en cualquier mo­mento y circunstancia- como expresión de los intere­ses revolucionarios del proletariado.

Por eso le doy tanta importancia a nuestra solidari­dad en el problema del partido, su papel histórico, la continuidad de su actividad, su obligación de batallar por ejercer su influencia sobre todas y cada una de las formas del movimiento obrero. Un bolchevique, es decir, un marxista que pasó por la escuela de Lenin, no puede hacer la menor concesión al respecto.

En cuanto a una serie de cuestiones, la plataforma de 1926 hace observaciones excelentes que hoy siguen en vigencia.

Así, la plataforma afirma con toda claridad que los así llamados partidos campesinos independientes "caen invariablemente bajo la influencia de la contra­rrevolución" (página 36). Se puede afirmar con audacia que en esta época no hay ni puede haber excepción alguna a esta regla. El campesinado, cuando no sigue al proletariado, sigue a la burguesía contra el proletaria­do. A pesar de la experiencia de Rusia y China, Radek, Smilga y Preobrashenski no lo comprendieron y trope­zaron precisamente en este problema. La plataforma de ustedes critica a Radek por sus "obvias concesiones a los nacionalistas alemanes". Ahora es necesario agre­gar: concesiones absolutamente injustificables a los nacionalistas chinos, idealización del sunyatsenismo y justificación del ingreso del Partido Comunista en un partido burgués. La plataforma señala con toda correc­ción (página 37), precisamente en relación con la lucha de los pueblos oprimidos, la necesidad de la indepen­dencia total de los partidos comunistas. La violación de esta regla fundamental provoca las más nefastas consecuencias, como lo hemos visto en la experiencia criminal de la subordinación del Partido Comunista Chino al Kuomintang.

La política nefasta del Comité Anglo-Ruso, que na­turalmente contó con el apoyo total de la actual dirección del Partido Comunista Italiano, surgió del deseo de pasar rápidamente del pequeño Partido Comunista Bri­tánico a los inmensos sindicatos. Zinoviev proclamó abiertamente esta idea ante el Quinto Congreso de la Comintern. Stalin, Bujarin y Tomski fomentaron la misma ilusión. ¡Esto es lo que sucede cuando se juega con la idea del partido! Nadie puede jugar así impunemente.

En la república soviética presenciamos otra forma de debilitamiento y desintegración del Partido Comunista: para privarlo de su independencia y actividad se lo disuelve artificialmente en las masas, aterrorizadas por el aparato estatal. Es por eso que la Oposición, que selecciona y educa a los nuevos cuadros revoluciona­rios, es sangre de la sangre del Partido Bolchevique, mientras que la fracción de Stalin, que habla formal­mente en nombre de un millón y medio de militantes del partido y dos millones de miembros de la Liga de Jóvenes Comunistas, en realidad socava y destruye al partido.

Observo con agrado, en base a la carta de Prome­teo, que existe un acuerdo total entre ustedes y la Oposición rusa respecto del problema del carácter de clase del estado soviético. Es en este problema que los ultraizquierdistas, incluidos los italianos (ver l’Ouvrier Communiste, 1) revelan con mayor claridad su rup­tura con los fundamentos del marxismo. Para resolver el problema del carácter de clase de un régimen social, se limitan a definir la superestructura política, reducen a su vez esta cuestión al grado de burocratismo impe­rante en la administración y así sucesivamente. Para ellos no existe el problema de la propiedad de los medios de producción. Tanto en la Norteamérica democrá­tica como en la Italia fascista, se encarcela, fusila o electrocuta a los hombres que se preparan para expro­piar las fábricas, talleres y minas de los capitalistas. En la república soviética, hasta el día de hoy -¡bajo la bu­rocracia stalinista!- fusilan a los ingenieros que tratan de preparar la devolución de las fábricas, talleres y mi­nas a sus dueños anteriores. ¿Cómo es posible no ver esta diferencia fundamental, que determina el carácter de clase de un orden social? Pero no me extenderé más sobre un problema al que dediqué mi último trabajo (La defensa de la república soviética y la Oposición), dirigido contra ciertos ultraizquierdistas franceses y alemanes que, por cierto, no llegan tan lejos como los sectarios italianos, pero que, precisamente por ello, pueden resultar más peligrosos.

Respecto del termidor, ustedes plantean la siguien­te reserva: es incorrecto trazar una analogía entre la Revolución Rusa y la Gran Revolución Francesa. Creo que esta observación es fruto de un malentendido. Para juzgar si una analogía histórica es correcta o errónea es necesario definir claramente su contenido y sus limites. No trazar analogías con las revoluciones de épocas pa­sadas significaría simplemente rechazar la experiencia histórica de la humanidad. El presente siempre es dis­tinto del pasado. Sin embargo, el único método que nos permite aprender del pasado es el de la analogía.

El notable trabajo de Engels sobre las guerras cam­pesinas se levanta completamente sobre una analogía entre la Reforma del siglo XVI y la revolución de 1848. Para forjar su concepción de la dictadura del proleta­riado, Marx puso su hierro al rojo en el horno de 1793. En 1903 Lenin definió al socialdemócrata revolucionario como un jacobino ligado al movimiento obrero de masas. Por aquella época polemicé con Lenin, emplean­do el argumento académico de que el jacobinismo y el socialismo científico se apoyan en clases distintas y emplean métodos diferentes. Desde luego, este argumento era, en sí, correcto. Pero Lenin de ninguna manera identificaba a los plebeyos de París con el proletariado moderno, ni a la teoría de Rousseau con la de Marx. Sólo agrupó los rasgos comunes de ambas revoluciones: las masas populares más oprimidas que no tienen nada que perder sino sus cadenas, las organizaciones más revolucionarias que descansan sobre las mismas y que, en la lucha contra las fuerzas de la vieja sociedad, insti­tuyen la dictadura revolucionaria. ¿Fue coherente esta analogía? Totalmente. Desde el punto de vista históri­co resultó muy útil. Dentro de los mismos limites, la analogía del termidor es legítima y útil.

¿Cuál era el rasgo característico del termidor fran­cés? Que fue la primera etapa de la contrarrevolución triunfante. Después del termidor los jacobinos no hu­bieran podido reconquistar el poder (si es que existía alguna posibilidad de ello) sin una insurrección armada. De modo que la etapa del termidor fue, en cierto sentido, de carácter decisivo. Pero la contrarrevolución no había culminado, los amos de la situación aún no ha­bían tomado el poder. Para que sucediera fue necesa­ria otra etapa: la del 18 brumario. Por fin, la contrarre­volución pudo alcanzar el triunfo definitivo, la restaura­ción de la monarquía, la indemnización de los propieta­rios feudales, etcétera, mediante la intervención ex­tranjera y la derrota de Napoleón.

En Hungría, tras un breve periodo soviético, la con­trarrevolución triunfó de un solo golpe y exclusivamen­te por la fuerza de las armas.[4] ¿Está excluido ese peli­gro en la URSS? Por supuesto que no. Pero esa contra­rrevolución abierta tendría que ser reconocida por todos. Sobran los comentarios. Cuando decimos termi­dor, nos referimos a esa contrarrevolución progresiva que se está gestando de manera encubierta y se cumple en varias etapas. La primera etapa, a la que llamamos condicionalmente termidor, sería la transferencia del poder a lo nuevos propietarios "soviéticos", respalda­dos por un sector del partido dominante, como ocurrió con los jacobinos. El poder de los nuevos propietarios, predominantemente pequeños, no podría durar mucho. Volvería la revolución, en circunstancias internaciona­les favorables, con la dictadura del proletariado, lo que implicaría, inexorablemente, el empleo de la fuerza revolucionaria; o culminaría la contrarrevolución con la victoria de la gran burguesía, el capital financiero, qui­zás hasta en una monarquía, lo que exigiría un vuelco complementario, quizás dos.

Ese es el contenido de mi comparación con el termi­dor. Naturalmente, si se transgreden los limites legítimos de la analogía, si uno se orienta según la mecánica superficial de los acontecimientos, los episodios dra­máticos, la suerte de los individuos, no resulta difícil confundirse a sí mismo y a los demás. Pero si nos basa­mos en la mecánica de las relaciones de clase, la analo­gía no es menos aleccionadora que, por ejemplo, la comparación que trazó Engels entre la Reforma alema­na y la revolución de 1848.

El otro día leí el primer número de l’Ouvrier Com­muniste, publicado aparentemente por un grupo de ultraizquierdistas italianos que se separó de su organi­zación. A falta de otros elementos, este único número bastaría para demostrar que vivimos una época de gran decadencia y confusión ideológica, como siempre suce­de luego de las grandes derrotas de la revolución. El grupo que publica este periódico parece haberse im­puesto el objetivo de recopilar todos los errores del sin­dicalismo, el aventurerismo, la charlatanería de izquierda, el sectarismo y la confusión teórica ya supera­dos, y coronar todo esto con una especie de irresponsa­bilidad infantil y un espíritu pendenciero ruidoso. Basta con leer dos columnas de la publicación para compren­der por qué este grupo debió romper con la organiza­ción marxista de ustedes, aunque, por divertido que pa­rezca, traten de escudarse detrás de Marx y Engels.

En cuanto a los líderes oficiales del partido italiano, sólo tuve oportunidad de observar en el Comité Ejecuti­vo de la Internacional a Ercoli.[5] Hombre de mente más bien elástica, suelto de lengua, Ercoli tiene todas las aptitudes para asumir, respecto de un tema dado, tanto el papel de procurador fiscal como el de abogado por la defensa y, en general, para seguir instrucciones.

La estéril casuística de sus discursos siempre apun­ta, en última instancia, a la defensa del oportunismo, y representa el polo opuesto del pensamiento revolucio­nario vivo, fornido, vigoroso de Amadeo Bordiga. A propósito, ¿no fue Ercoli el que trató de adaptar para Italia la idea de la "dictadura democrática del proleta­riado y el campesinado" con la consigna de Asamblea Republicana apoyada en "comités obreros y campesinos"?

Respecto de la URSS, la revolución china, la huelga general de Inglaterra, la insurrección en Polonia o la lu­cha contra el fascismo italiano, Ercoli, como los demás dirigentes del campo burocrático, mantuvo siempre una posición oportunista, a la que, llegada la ocasión, se pu­diera rectificar mediante aventuras ultraizquierdistas. Aparentemente, hoy es el momento de aplicar esta últi­ma política.

Rodeados por los centristas de la calaña de Ercoli por un lado, y por los confusionistas de ultraizquierda por el otro, ustedes, camaradas, tienen el deber de defender, en las durísimas condiciones impuestas por la dictadura fascista, los intereses históricos del prole­tariado italiano e internacional. Les deseo éxito, de todo corazón.

 

Atentamente,

 

León Trotsky



[1] Carta a los Comunistas de Izquierda italianos. Fourth International, junio de 1947.

[2] Amadeo Bordiga (1889-1970): uno de los principales dirigentes del PC Italiano, fue la figura más destacada de la Fracción de Izquierda Italiana, conocida también como Grupo Prometeo por el periódico del mismo nombre. El régimen de Mussolini lo arrestó en 1926, y en 1929 cuando todavía no podía jugar un papel directo en su grupo, la Internacional lo expulsó acusándolo de "trotskista". Los bordiguistas fueron el primer grupo italiano que adhirió a la Oposición de Izquierda, pero su sectarismo inveterado los separó a fines de 1932.

[3] Fernand Loriot (1870-1932): socialista francés que participo en la funda­ción del PC; en 1925 se hizo oposicionista y a fines de 1927 pasó a formar parte del Consejo de Redacción de Contre le Courant. Un año después rompió con el comunismo y se ligó al grupo Revolution Proletarienne.

[4] El 21 de marzo de 1919, cuando el gobierno del conde Karolyi cedió voluntariamente el poder a los soviets, se proclamó la República Soviética Húngara; fue derrocada el de 1° agosto de 1919 por las fuerzas contrarrevolucionarias de Francia y sus aliados.

[5] Ercoli: seudónimo de Palmiro Togliatti (1893-1964), electo en 1922 para el comité central del nuevo PC Italiano y en 1924 para el Comité Ejecutivo de la Internacional. En 1925 lo arrestaron en Italia y luego lo liberaron, se fue al extranjero y en 1926 fue promovido al Secretariado del Comité Ejecutivo de la Comintern. Encabezó las operaciones de la Internacional Comunista en España durante la Guerra civil y en 1944 volvió a Italia, donde dirigió el PC hasta su muerte.



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