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Carta abierta a Vandervelde[1]

 

 

5 de diciembre de 1932

 

 

 

Ciudadano Vandervelde:

 

Hace algunos años usted me envió una carta abierta con relación, si no me equivoco, a las represalias contra los mencheviques y los social-revolucionarios. En nom­bre de los principios de la democracia usted se manifes­tó en contra de todos los bolcheviques, sin excepción; estaba en su derecho. Si su crítica no tuvo el efecto deseado, fue porque los bolcheviques partíamos de los principios de la dictadura revolucionaria.

Los social-revolucionarios rusos, sus correligionarios en la cuestión de la democracia, habían iniciado una lucha terrorista contra nosotros. Hirieron a Lenin y trataron de volar mi tren militar. Cuando se los llevó ante la Corte soviética, encontraron en usted uno de sus más ardientes defensores. El gobierno al que yo pertenecía no solamente le permitió entrar a la Rusia soviéti­ca sino también actuar como defensor de los que habían tratado de asesinar a los dirigentes del primer estado obrero. En su alegato de defensa, que publicamos en nuestra prensa, usted invocó repetidamente los princi­pios de la democracia. Estaba en su derecho.

El 4 de diciembre de 1932, mis compañeros y yo nos detuvimos en el puerto de Amberes. Yo no tenía ningu­na intención de hacer propaganda allí en favor de la dic­tadura proletaria, o de actuar como consejero defensor de los comunistas y huelguistas arrestados por el go­bierno belga, quienes, según creo, no habían atentado contra la vida de los miembros de ese gobierno. Algu­nos de mis compañeros, y con ellos mi esposa, desea­ban visitar Amberes. Uno de ellos necesitaba ponerse en contacto con un consulado de esa ciudad por proble­mas de viaje. A todos se les prohibió categóricamente pisar suelo belga, aun bajo custodia. Se había aislado completamente el sector del puerto donde estaba nues­tro barco. A ambos lados del barco -en la orilla y en el muelle- se estacionaron botes de la policía. Desde el puente pudimos contemplar un desfile de agentes poli­ciales de la democracia, tanto civiles como militares. Fue un espectáculo impresionante.

Había mucho más polizontes y rufianes -permítame utilizar estos términos familiares en honor a la brevedad- que marineros y estibadores. Nuestro barco parecía una prisión temporal; la parte adyacente del muelle, la entrada a la prisión. El jefe de policía fotocopió nuestros documentos aunque no íbamos a Bélgica y, como ya mencioné, no se nos permitió bajar en Amberes. Exigió que se le explicara por qué mi pasaporte estaba a nombre de otra persona.[2] Me negué e a discutir con la policía belga, ya que no tenía nada que hacer conmigo ni yo con ella.

El oficial de policía trató de recurrir a la amenaza; declaró que tenía derecho a arrestar a cualquiera que en viaje pasara por las aguas belgas. No obstante, ten­go que reconocer que no hubo arrestos.

Le sugiero que no vea en mis palabras ninguna queja. Seria ridículo quejarse por esas bagatelas frente a todo lo que las masas trabajadoras -y especialmente los comunistas- se ven obligadas a sufrir hoy en día en todas partes del mundo. Pero el episodio de Ambe­res me parece excusa suficiente para volver a su vieja "Carta abierta", a la que en su momento no respondí.

¿No me equivoco, no es cierto, al contar a Bélgica entre las democracias? La guerra que hicieron ustedes fue una guerra por la democracia, ¿no es así? Después de la guerra usted estuvo al frente de Bélgica como mi­nistro e incluso como primer ministro. ¿Qué mas hace falta para hacer florecer plenamente la democracia? Creo que sobre este punto estaríamos de acuerdo. ¿Por qué, entonces, esa democracia suya conserva todavía ese hedor propio del espíritu policial de la vieja Prusia? ¿Y cómo puede alguien suponer que una democracia que sufre tales convulsiones nerviosas cuando un bol­chevique pasa cerca de sus fronteras será capaz de neu­tralizar la lucha de clases y garantizar la transformación pacífica del capitalismo al socialismo?

Seguramente, usted me responderá recordándome la Cheka, la GPU, el exilio interno de Rakovski y mi pro­pia expulsión de la Unión Soviética. Ese argumento yerra el blanco. El régimen soviético no se adorna con las plumas de pavo real de la democracia. Si la transi­ción al socialismo fuera posible dentro de las formas de estado creadas por el liberalismo, estaría de más la dic­tadura revolucionaria. Respecto al régimen soviético, el problema que se puede y se debe plantear es el de si es capaz de enseñar a los obreros a luchar contra el capitalismo. Pero es absurdo exigir que la dictadura prole­taria observe las formas y los ritos de la democracia li­beral. La dictadura tiene sus propios métodos y su propia lógica, muy rigurosa por cierto. A veces, hasta algunos proletarios revolucionarios que ayudaron a implantar la dictadura caen víctimas de esta lógica. Sí, en el proceso de desarrollo del estado obrero aislado, traicionado por la socialdemocracia internacional, el aparato burocrático adquirió un poder que es peligroso para la revolución socialista. No hay ninguna necesidad de recordármelo. Pero ante el enemigo de clase me hago plenamente responsable, no sólo por la Revolu­ción de Octubre que produjo la dictadura sino por la república soviética tal como es hoy, incluyendo al gobier­no que me exilió y me privó de la ciudadanía soviética.

Nosotros destruimos la democracia para ajustar las cuentas con el capitalismo. Usted defiende el capitalis­mo, supuestamente en nombre de la democracia. ¿Pero dónde está la democracia?

Con toda seguridad, no en el puerto de Amberes. Allí había polizontes y rufianes y gendarmes con fusiles, pero ni una sombra del derecho democrático de asilo.

Pese a todo eso, me fui de Amberes sin el menor pesimismo. Al medio día se reunieron en la cubierta unos estibadores que venían de la bodega o de los muelles. Eran dos o tres docenas de proletarios flamencos se­rios, serenos, totalmente cubiertos de carbón. Un cor­dón de detectives los separaba de nosotros. Los estiba­dores contemplaron la escena en silencio, evaluando a cada uno de los presentes. Un adusto estibador nos gui­ñó el ojo, por encima de la fila de los cascos. Los nues­tros respondieron con sonrisas; hubo un revuelo entre los trabajadores. Habían reconocido a los suyos. No digo que los estibadores de Amberes sean bolchevi­ques. Pero su instinto certero les aclaró dónde estaban parados. Cuando volvieron al trabajo todos ellos nos sonrieron amistosamente y muchos se llevaron la mano a la gorra a modo de saludo. Esa es nuestra democracia.

Mientras el barco atravesaba el Escalda en medio de la niebla, dejando atrás las grúas paralizadas  por la crisis económica, a ambos lados del muelle resonaban los saludos de despedida de amigos desconocidos pero fieles.

Al terminar estas líneas entre Amberes y Vlissingen, envío un saludo fraternal a los obreros belgas.



[1] Carta abierta a Vandervelde. Biulleten Opozitsi, N° 32, diciembre de 1932. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por George Saunders. Otra traducción apareció en The Militant del 7 de enero de 1933. Cuando, en el viaje de regreso de Trotsky a Turquía, el barco se detuvo en Amberes, el muelle estaba rodeado de un cordón policial. El incidente le recordó a Trotsky la ocasión en que, en 1922, se le permitió al destacado socialdemócrata belga Emile Vandervelde entrar a la Unión Soviética para que actuara como abogado defensor de cuarenta y siete social-revolucionarios acusados de cometer actos terroristas. En ese momento Vandervelde le escri­bió a Trotsky una carta abierta que éste no respondió. Cuando vio a los poli­cías en los muelles de Amberes, Trotsky decidió enviarle una carta abierta a Vandervelde, ahora presidente de la Segunda Internacional

[2] De acuerdo a la ley soviética, cualquiera de los cónyuges podía tomar el apellido del otro o conservar el suyo. Por exigencias de la ciudadanía Trotsky había tomado el de su esposa, Sedov, mucho antes de exiliarse. Era el apellido que aparecía en el pasaporte.



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