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Carta abierta al Partido Comunista de la Unión Soviética[1]

La situación del partido y las tareas de la Oposición de Izquierda

 

 

23 de marzo de 1930

 

 

 

Estimados camaradas:

 

Motiva esta carta un sentimiento de profunda preo­cupación respecto del futuro de la Unión Soviética y la suerte de la dictadura proletaria. La política de la direc­ción actual, es decir la estrecha fracción stalinista, arrastra al país, a toda velocidad, hacia la más peligro­sa de las crisis y la peor de las catástrofes.

El mismo argumento que se utilizaba para atacar a la Oposición so pretexto de que ésta lo rechazaba -la smichka, la política correcta hacia el campesinado- ha sido repentinamente olvidado o, mejor dicho transfor­mado en su contrario. Se pisotean los principios más elementales del marxismo, sobre todo en lo relativo a la colectivización. En virtud de las medidas puramente administrativas de 1928 y 1929, en la lucha por los ce­reales, la colectivización ha llegado a un grado que na­die había previsto y que no guarda relación alguna con la verdadera situación de los medios de producción. El resultado de todo ello es que se allanó el camino para el derrumbe de la mayoría de las granjas colectivas, la agudización de profundas divisiones internas y un serio retroceso en la productividad agrícola, que ya se en­cuentra muy reducida.

Pero ni siquiera las pocas granjas colectivas viables, cuya existencia representa un avance, equivalen al socialismo. Dada la situación actual de los medios de pro­ducción y las condiciones de economía de mercado que las acompañan, las granjas colectivas darán surgimiento inexorablemente a una nueva capa de explotadores campesinos en su seno.

La destrucción administrativa de la clase de los kulakis fuera de las granjas colectivas no sólo no altera la composición económica del campesinado sino que ni siquiera impide el desarrollo del kulakismo dentro de las granjas colectivas. Esto se demostrará principalmente en los arteles económicamente más desarrolla­dos. Al proclamar que las granjas colectivas son empresas socialistas, la dirección actual les proporciona un excelente camuflaje a los kulakis dentro de las mismas. Desde luego, no lo hace adrede, pero ese es precisamente el problema de su política; es irracional, ciega, seguidista, oscila de un extremo al otro.

Para proporcionarle una base tecnológica a la colectivización "general", aunque sea limitada, es necesario aumentar rápidamente la producción de maquinaria agrícola. Pero ésta depende de toda una serie de proce­sos industriales. El plan de producción ya ha llegado a un alto grado de tensión. Aun suponiendo que las nue­vas tasas impuestas a la producción de maquinaria agrícola sean viables -lo que dista de ser seguro-, el ritmo actual de la colectivización seguirá superando ampliamente las posibilidades materiales.

Jamás se debe perder de vista que la colectivización no nació de una prueba a largo plazo que demostrara la superioridad de la economía colectiva sobre la econo­mía individual, sino exclusivamente de medidas admi­nistrativas destinadas a superar la escasez de pan. La necesidad de implantar tales medidas surgió, a su vez, de la política económica incorrecta de 1923-1928, sobre todo de la rémora industrial y de una actitud errada hacia los kulakis y el campesinado pobre.

Es cierto que la dirección no puede solucionar las dificultades más grandes de la construcción del socia­lismo, pues éstas derivan de la imposibilidad de construir una sociedad socialista en un solo país, en especial tratándose de un país sumamente atrasado. Pero pre­cisamente por eso es una obligación exigirle a la direc­ción que comprenda claramente todos los factores de la evolución y sea capaz de diferenciar lo posible de lo imposible. Dentro de esos límites, existen ciertos avan­ces en el camino de la construcción del socialismo cuyo logro es enteramente posible, sobre todo la superviven­cia de la dictadura del proletariado hasta tanto triunfe la revolución en los países adelantados. Lamentablemente, la dirección centrista se muestra incapaz no sólo de apreciar con precisión los recursos internos con que cuenta la dictadura sino también de aprender la dependencia mutua de éstos con las tendencias coyunturales a nivel mundial.

El plan quinquenal, elaborado por primera vez en 1926, contemplaba un crecimiento industrial del nueve al diez por ciento anual. Bajo la presión de las críticas de la Oposición, que los propios acontecimientos se encargaron de poner en relieve, se revisó el plan quin­quenal y se incrementó el coeficiente de crecimiento al veinte por ciento. Pero a parir de ese momento, la di­rección, alarmada por su propia indecisión, perdió completamente los estribos. Antes de que los nuevos ritmos planificados pudieran ponerse en práctica, antes de re­gistrar ningún éxito, antes de lograr mejoras en el nivel de vida de los trabajadores, la dirección stalinista le­vantó la consigna "¡ El plan quinquenal en cuatro años!"

Al mismo tiempo, se imprimió al programa de producción de maquinaria agrícola un ritmo mayor aun. Por su parte, la colectivización de las pequeñas propie­dades campesinas -tarea sumamente difícil y que re­quiere gran cuidado- superó a todos los demás proble­mas económicos. Y tal como ha sucedido otras veces en la historia, el seguidismo se transformó en su con­trario, el aventurerismo. Fue un viraje de una magnitud tal que no registra precedentes en la historia. Y, sobre todo, jamás hubo tanto en juego como en esta ocasión, en que se trataba del futuro de la Revolución de Oc­tubre.

No se puede engañar a la economía. Un ritmo ace­lerado que se anticipa a las posibilidades reales no tar­da en conducir a la creación de recursos imaginarios allí donde no existen recursos verdaderos. A eso se le llama inflación. Todos los síntomas, que son a la vez los de una crisis económica en puerta, ya están presentes. Si bien la inflación todavía no ha alcanzado niveles explosivos, ya afecta seriamente a la vida cotidiana de las masas, provocando aumentos de precios o impidiendo la reducción de los mismos.

La distribución de los ingresos de las granjas colec­tivas entre las necesidades cotidianas inmediatas y las necesidades de la acumulación, es decir, del aumento de la producción, constituye el problema fundamental de la construcción del socialismo, íntimamente ligado a las relaciones de la clase obrera con el campesinado, como entre los distintos estratos del propio campesinado. No es posible resolver estos problemas de manera apriorística, vale decir burocrática. Se trata de la vida cotidiana de las masas, y ellas mismas deben tener la posibilidad de aplicar por adelantado medidas "correc­tivas" al plan. De esa manera los problemas económi­cos se ligan indisolublemente a los del régimen del par­tido, de los sindicatos y de los soviets.

Como ya hemos dicho, las causas fundamentales de las contradicciones existentes son inherentes a la situación de aislamiento de la Unión Soviética. Pero en lugar de mitigarlas, la política de la dirección las agrava. Allí reside la falla fundamental del plan económico en su conjunto. En lugar de proponerse la tarea de con­solidar económicamente la dictadura proletaria y su alianza con el campesinado, mediante los ritmos econó­micos más ventajosos e internamente coordinados, te­niendo en cuenta las necesidades vitales de las masas en este período preparatorio y transicional, es decir hasta que se inicie la próxima etapa de la revolución in­ternacional, el plan se plantea una tarea irrealizable, utópica y económicamente reaccionaria: construir "en el más breve lapso que sea posible", a partir de nuestro atraso y pobreza, una sociedad socialista independien­te y aislada. Antes la dirección consideraba que esta tarea no era realizable sino a "paso de tortuga" (Buja­rin). En la actualidad, espantada ante los inconvenien­tes provocados por las demoras prolongadas, la dirección avanza ciegamente al galope (el mismo Bujarin, modificado).

En aras de ritmos fortuitos y aventureros que la di­rección no se digna sincronizar ni verificar, se exige a los obreros un gran esfuerzo físico a la vez que se dis­minuye su nivel de vida. Los vertiginosos saltos de la industrialización atentan contra la calidad de los pro­ductos y, de rebote, contra los intereses del consumidor y pone en peligro la producción de mañana.

Así, con sus planes industriales, agrícolas y finan­cieros, la actual dirección arrastra al país a una dolorosa crisis y a una catástrofe política.

En el momento de escribir estas líneas nos llegan los primeros sones del toque a retirada: primero, un artículo de Stalin e, inmediatamente, una nueva circu­lar del Comité Central[2]. Atrapado en las garras de nue­vas contradicciones, de las que es responsable directo, Stalin nos advierte pomposamente que no debemos "marearnos con nuestros éxitos" y menciona un ejem­plo en el que sintetiza toda su sabiduría: es ilícito colec­tivizar las "aves de corral". ¡ Como si de eso se tratara! ¡ Como si el carácter utópico-reaccionario de la "colec­tivización al cien por cien" residiera únicamente en la colectivización prematura de las gallinas y no en la or­ganización forzada de inmensas granjas colectivas carentes de una base tecnológica adecuada, único fac­tor que les permitiría demostrar su superioridad sobre los pequeños predios!

La circular del Comité Central va mucho mas allá del artículo de Stalin. En la retirada, así como en la ofensiva, la dirección centrista invariablemente va a la zaga de los procesos orgánicos y de la repercusión de los mismos en el aparato. Cuando la "colectiviza­ción" llegó a abarcar - ¡en tan sólo un par de meses! - a más de la mitad del campesinado, los dirigentes recordaron repentinamente que ello constituía "la viola­ción de una [!] de las instrucciones de Lenín", que sos­tiene la necesidad de que la colectivización sea volun­taria. La circular acusó a "quienes pusieron en práctica esa política" de violar las "reglas para los arteles agrícolas" emanadas del Comité Ejecutivo Central[3]. Este código apareció hace muy poco tiempo, es decir, cuan­do la colectivización ya abarcaba más del cincuenta por ciento de las propiedades campesinas. Además -y mucho más importante aun - el código está plagado de contradicciones y errores por omisión, porque ignora deliberadamente todas las diferenciaciones dentro de las granjas colectivas y presenta el problema como si, aparte de los kulakis, que están excluidos, el resto del campesinado constituyera una masa homogénea. Toda la política de colectivización es una política de avestruz. La circular del 15 de marzo acusa a los infelices ejecutores de la política de colectivización de haber cometido todos los pecados mortales, tachándolos (¡en nombre del Comité Central!) de "peligrosos fanáticos", trans­firiendo "desleal y rudamente", como es su costumbre, los errores de la dirección a los agentes subordinados, quienes con toda seriedad aceptaron la consigna de liquidación de las clases "en el lapso más breve posi­ble". Después de la ineficaz y grosera circular del 15 de marzo, los infelices "ejecutores" y, junto con ellos, todo el partido, se encuentran en un impasse. ¿Ahora qué? Más de la mitad del vasto océano campesino ya está socializado. ¿Qué parte de responsabilidad les cabe a los "peligrosos fanáticos"? ¿El cinco o el cuarenta por ciento? Dicho de otra manera: la colectivización ya consumada, tomada en su totalidad, ¿descansa sobre bases económicas o puramente burocráticas? La circu­lar no contesta este interrogante fundamental. Pero la respuesta constituye una condena, tan obvia como im­placable, a la "línea general" de la dirección.

Pero la retirada no terminará con estas primeras manifestaciones, ni en el campo de la política económi­ca ni en relación a la vida interna del partido. Esta vez la ceguera de la dirección se ha manifestado en forma excesivamente evidente. El partido deberá aceptar las consecuencias. La deskulakización, la colectivización del cien por cien de las propiedades campesinas, la transformación burocrática de los arteles en comunas, procesos todos que hasta ayer se fomentaban sin la me­nor traba, hoy están totalmente frenados. Desde luego, una maniobra diplomática y administrativa puede re­sultar dura en determinadas ocasiones, pero no se pue­de dar virajes abruptos que conmueven las bases vita­les de veinticinco millones de predios campesinos y arrojan a los campesinos de derecha a izquierda du­rante un año entero, y salir indemne. El centrismo miope y el aventurerismo burocrático se verán afectados inexorablemente por esta experiencia.

No se puede concebir una política correcta para la URSS si no es en consonancia con una política para la vanguardia proletaria internacional. La dirección de la Comintern ha caído mucho más bajo que la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Desde 1923 la Comintern no ha podido librarse de esos hábitos funestos que socavan la organización y debilitan su influencia en la clase obrera. Siempre re­trasada respecto de los acontecimientos, tropezando siempre con los últimos coletazos de éstos, en los últi­mos siete años la dirección de la Comintern ha tenido una línea oportunista en los períodos de alza revolucio­naria y una línea putschista en los años de retroceso. Después de derrotada la revolución china gracias a la dirección Stalin-Bujarin, ahogada la insurrección de las masas revolucionarias británicas por el sabotaje de los sindicalistas británicos ayudados por la ciega burocra­cia moscovita, la dirección de la Comintern anunció la llegada del "tercer período", etapa de luchas revolu­cionarias inmediatas. Desde entonces, durante los úl­timos dos años, se ha distorsionado sistemáticamente el panorama de la revolución mundial para adecuarlo a los lineamientos que requiere el "tercer período". La línea revolucionaria que se apoya en la situación real de la lucha de clases cede ante la política de fuegos de artificio.

Los mismos años que fueron testigos de los errores de la Comintern presenciaron un reanimamiento de la socialdemocracia. Surgió una nueva generación de obreros, que no vivió la traición de la socialdemocracia durante la guerra pero presenció las vacilaciones de los partidos comunistas en el transcurso de los seis o siete últimos años. El Sexto Congreso aprobó la teoría del "social-fascismo", esperando así ganar de un solo golpe la hegemonía de las masas. ¡Como si se pudiera vencer a un poderoso enemigo mediante una fórmula mágica!

Al identificar a los agentes democráticos del capital con sus guardaespaldas fascistas, la Comintern ha prestado un servicio inestimable a la socialdemocracia. En los países en los que el fascismo se fortalece, prime­ro en Italia y luego en Austria y Alemania, a la socialde­mocracia no le resulta nada difícil mostrar a las masas las diferencias entre ella y el fascismo así como también el antagonismo que existe entre ambos. Con eso se exi­me de la necesidad de demostrar que no es el agente democrático del capitalismo. De esa manera se traslada la lucha política a un plano artificial, con el consiguiente gran beneficio para la socialdemocracia.

Al erigir ese muro que la separa de las masas socialdemócratas, la burocracia comunista en realidad aban­dona la lucha contra la socialdemocracia, limitándose a llamar a la pequeña minoría de la clase obrera sobre la que tiene influencia a efectuar ruidosas manifestacio­nes. Ese es el propósito de las "jornadas rojas".

Al trabajo sindical le otorgan el mismo carácter. La burocracia comunista, bajo el acicate del "tercer perío­do", se refiere a la necesidad real de utilizar los con­flictos económicos para radicalizar a las masas y prepa­rar así la huelga y la insurrección general, para justifi­car una táctica aventurerista que sólo puede conducir a la derrota. En lugar de estudiar la situación concreta de cada lucha huelguística toma citas de las últimas direc­tivas de Manuilski o de Molotov. En la mayoría de los casos se llama “politización" de las huelgas, a la sus­titución de las consignas verdaderas por otras falsas, todo a espaldas de las masas desorientadas. Para la burocracia partidaria no existe problema más importan­te que el de permanecer en el poder. Cuanto más grandes los errores que comete, más se apresura a llevar a los sindicatos sus métodos de lucha intrapartidaria, consolidando temporalmente sus posiciones en el aparato para compensar la pérdida de apoyo entre las masas.

La prensa oficial, principalmente Pravda, engaña a sus lectores sobre la verdadera situación de la Comintern. Sin embargo, los hechos están presentes. Ahora que la crisis industrial y comercial vuelve a provocar una gran inestabilidad en las relaciones sociales e internacionales capitalistas, los partidos comunistas están debilitados, desorganizados internamente, faltos de confianza en la dirección, y las masas no tienen confianza en las consignas de la Comintern.

Lo más grave es que, con el pretexto de la "autocrítica", se difundió un régimen desastroso de adulación servil a todos los zigzags de la "línea general" -elucubrada por una sarta de funcionarios irresponsables- tanto en el Partido Comunista de la Unión Soviética como en la Comintern.

 El ala derecha del comunismo, orientada por elementos abiertamente oportunistas (Brandler, Louis Sellier, Lovestone, Jilek, Roy,[4] etcétera), que hasta ayer combatieron codo a codo con Stalin contra la izquierda, atrae a muchos obreros revolucionarios engañados por el funesto aventurerismo de la política oficial. Pero es mucho mayor el número de obreros comunistas que se han alejado por completo.

Esta violación de la tradición leninista por parte de la dirección de los epígonos tiene una manifestación organizativa concreta: todos los cuadros que participaron en la construcción de la Comintern y encabezaron su dirección en la época de los cuatro primeros congresos no sólo fueron expulsados de la dirección: la abrumadora mayoría está excluida de las filas del comunismo oficial. Con este único hecho se demuestra el abis­mo que han creado entre el hoy y el pasado revolucio­nario. La nueva "teoría", la nueva política y el nuevo régimen adquieren personeros nuevos. Hay que decír­selo abiertamente a los obreros: en el momento de pe­ligro, ante la batalla decisiva, la falta de unidad revolu­cionaria en el aparato de la Comintern resaltará claramente a la vista de todos. Los subordinados irresponsa­bles, siempre listos para acomodarse con toda direc­ción nueva, nunca fueron capaces de ponerse a la cabeza del asalto contra las clases dominantes.

El ala izquierda (los bolcheviques leninistas), cuyas críticas y consignas previsoras fueron confirmadas tan­to por el proceso interno de la URSS como por los acon­tecimientos internacionales, sufre los ataques más des­piadados. No obstante, y a pesar de las mentiras de la prensa oficial, la Oposición de Izquierda crece y se for­talece ideológicamente en todo el mundo. Ha registrado grandes avances, sobre todo en el transcurso del año an­terior. La prensa de la Oposición de Izquierda en Euro­pa, América y Asia es hoy la única prensa bolchevique marxista seria, que analiza los acontecimientos, saca conclusiones, forma nuevos cuadros y sienta las bases para la regeneración de la Comintern.

En todos los países la Oposición de Izquierda ha expulsado de sus filas a quienes, cubriéndose con su bandera, trataron de ocultar su espíritu oportunista, su diletantismo pequeñoburgués o su hostilidad semi­anarquista hacia la tierra de la dictadura del proleta­riado. A pesar de todas las calumnias de la prensa ofi­cial, la Oposición de Izquierda Internacional sigue firme en su fidelidad a la Revolución de Octubre y el estado soviético.

Los falsos amigos que la burocracia soviética atrae a su lado mediante concesiones o regalos -los Purcell, Fimmen y Barbusse[5] de todos los países- son buenos para participar en "festivales" y celebrar aniversarios, pero no en la lucha revolucionaria. La Oposición es el resultado de una selección ideológica, fogueada por la persecución y la represión. En los momentos difíciles se la hallará en primera fila.

Los mencheviques rusos, los social-revolucionarios[6] y otros grupos hechos añicos junto con la bur­guesía aguardan ansiosos la crisis, esperando poder sa­lir del abismo. Los canallas "democráticos" de las cla­ses explotadoras creen que podrán resurgir luego de la caída del poder soviético, hecho que aguardan con im­paciencia. En realidad, la caída de la dictadura del proletariado abriría un período muy prolongado de guerra civil, con intentos esporádicos de imponer impotentes dictaduras bonapartistas en varios rincones del país, a la manera de los chinos o de Denikin[7], y como con­secuencia inexorable de todo esto el desarrollo econó­mico y cultural quedaría detenido durante muchos años. La salida de todo este caos no seguiría los lineamientos democráticos -este tipo de gobierno es el me­nos factible en Rusia, dada la estructura e historia del país-; probablemente sería una servidumbre colonial o una nueva Revolución de Octubre.

La socialdemocracia internacional no quiere ni pue­de reconocer la envergadura económica y cultural de la Revolución de Octubre, que desplegó en todos los terre­nos una potencia creadora inigualada en la historia. Los peligros actuales, producto de la traición de la so­cialdemocracia y su sometimiento consciente al capita­lismo, a lo que se suman los errores de la dirección stalinista, no pueden ocultar un solo instante que, gracias al carácter proletario del estado, hemos logrado un rit­mo de desarrollo económico jamás alcanzado por el capitalismo. La experiencia de la producción planifica­da y la colectivización, por encima de las contradiccio­nes y los errores, es una conquista gigantesca para toda la humanidad. ¿Se puede comparar esos errores, por ejemplo, con el de haber participado patrióticamente en la matanza imperialista, como lo hizo la socialdemocra­cia, o con el repugnante juego de Mueller y Macdonald, que se arrastran por todas partes en busca de la fórmu­la mágica que le permita rejuvenecer al capitalismo?

Las conquistas de la Revolución de Octubre eviden­cian las infinitas posibilidades que se le abrirían a Europa y a toda la humanidad si la socialdemocracia de Alemania, Inglaterra y otros países -donde formalmente podría ser mayoría con sólo desearlo, es decir, con sólo levantar un programa proletario- pusiera a la orden del día la reconstrucción socialista basada en vínculos indisolubles con la Unión Soviética. Pero eso es imposible, porque la socialdemocracia constituye la base "democrática" del conservadurismo capitalista, y es el penúltimo recurso de una sociedad basada en la explotación. Su último recurso será el fascismo.

Las "críticas" que la socialdemocracia dirige contra el régimen soviético son como el grito del sereno noc­turno: sirve para mantener la tranquilidad de los posee­dores y permitirles dormir. Para combatir a la dictadura del proletariado, la socialdemocracia utiliza las dificul­tades que ella misma creó a la Unión Soviética, magnifi­cadas por las que provocó la dirección. Si en el mundo capitalista la socialdemocracia cumple el papel de pro­tector, en la URSS su objetivo es francamente restaura­dor. Luchar por la "democracia" y la "libertad" -en el plano del imperialismo mundial protegido por la so­cialdemocracia- significa luchar por la revitalización del capitalismo. Solamente por eso la cuestión es im­portante. Indica que cuanto más se agrave la crisis, más implacable será nuestra lucha contra los agentes de la restauración, sean quienes fueren. Al mismo tiempo, los acontecimientos demuestran que el comu­nismo no puede combatir victoriosamente a la socialdemocracia fuera de la senda trazada por la Oposición.

El partido es el arma política suprema. Corporiza las potencialidades y el futuro de la revolución. Pero es también la fuente de los peligros que acechan en la ac­tualidad. Al aventurerismo burocrático no le preocupa la suerte del partido. Paralelamente a la campaña por la colectivización del cien por cien de las tierras, se realiza una campaña por incorporar al partido al cien por cien de los obreros de fábricas y talleres. Esto sig­nifica nada menos que la disolución del partido en la clase, es decir, la abolición del partido. Al mismo tiem­po, el aparato burocrático cae en una autosuficiencia cada vez mayor. Su conducta irregular no concita críticas, ni correcciones, ni oposición, hasta que la propia realidad contraataca. Ya se han producido los primeros síntomas premonitorios. Todo indica que la próxima conmoción será mucho más violenta que las anteriores.

Este proceso está penetrando en toda la población, aunque no de manera muy evidente. Naturalmente, cada clase lo hace a su manera. Una sensación de inquie­tud invade el partido. Pero el régimen que impera en éste logra que nadie ose expresar sus temores, ni siquiera hacer preguntas. La nueva etapa del régimen de “autocrítica" obliga a todos y a cada uno a reconocer, no sólo la total infalibilidad sino también la "geniali­dad" de la dirección, y a perseguir a aquellos a quienes la dirección ordena perseguir.

De todo esto resulta evidente que el "triunfo" de la burocracia stalinista sobre la Oposición fue a la vez un “triunfo” contra el partido. Este proceso coincide con el desgaste de toda una generación de revolucionarios, el crecimiento de la burocracia y la pequeña burguesía en la URSS, la oleada de reacción capitalista y fortale­cimiento de la socialdemocracia en el mundo entero, la derrota de movilizaciones revolucionarias, el debilitamiento de la influencia del comunismo y el fortalecimiento de las tendencias oportunistas en su seno.

Arrojado a un callejón sin salida por la crisis de la cosecha de granos de 1927-1928, el aparato stalinista cambió su política abruptamente e inició la lucha contra las fuerzas pequeñoburguesas que antes había movili­zado contra la izquierda. Sin la menor vacilación, la Oposición se plegó a este cambio y se declaró dispuesta a apoyar a la dirección en la aplicación de una política revolucionaria y una limpieza del régimen partidario.

Pero ahora resulta patente que el giro a la izquierda de 1928, origen de una oscilación sumamente abrupta, no desembocó en un nuevo curso. No podía hacerlo, pues no vino acompañado de una regeneración ideoló­gica del partido. Nada ha cambiado: la misma mezcla miserable y ecléctica sigue ocupando el lugar de la teo­ría viva; sigue en vigencia la misma selección burocrá­tico-fraccional del personal profesional, aunque sobre bases mucho más estrechas; se siguen empleando los mismos procedimientos mecánicos, pero llevados al extremo.

El programa de liquidación administrativa de una clase no es, en realidad, menos desastroso en el terre­no político que lo que fue el escandaloso informe de Stalin ante la conferencia de agrónomos marxistas en el terreno de la teoría. Debe haber miles y miles de perso­nas en el partido de Lenin que sienten inquietud e in­dignación ante la política y la teoría de Stalin. Sin em­bargo, no hubo protestas. Nadie osó responder a los exegetas del momento cuando éstos, a través de la prensa, comenzaron a difundir las ideas de este informe ignorante como si se tratara de la última palabra en el terreno del pensamiento histórico.

La cúpula stalinista se ha apropiado del timón de la manera más descarada. Precisamente por eso, la hora de su triunfo mayor -cuando capitularon los "líderes" del ala derecha- fue también la del comienzo de su fin como fuerza dominante en el partido. Se juzgó necesa­rio proclamar la infalibilidad de la dirección en el preci­so instante en que la misma caía en bancarrota.

La existencia del partido es cada vez más ilusoria. Stalin maneja sus congresos de manera más vergonzosa que la que empleaba el zar con la Duma[8]. Al mismo tiempo, dentro de los marcos formales del Partido Co­munista, hay muchas decenas de miles de proletarios revolucionarios que pueden ser y serán la fuerza motriz de la regeneración partidaria. El futuro de nuestra frac­ción está ligado al de este núcleo.

La situación en que se encuentran los cuadros de la Oposición no conoce precedente en la historia del movimiento revolucionario. A las duras circunstancias mate­riales de la deportación se agrega un sistema destinado a provocar su total aislamiento político. Se ha erigido un complejo sistema de medidas de índole política y personal destinado a quebrarle el espinazo a la resis­tencia en el exilio. Al mismo tiempo, la prensa oficial lleva a los militantes de la Oposición, desterrados a los más remotos confines del país, informes entusiastas acerca de los avances de la colectivización, la industria­lización y las victorias ininterrumpidas de los partidos comunistas en todo el mundo.

Algunos de los elementos más débiles y aislados no soportan la presión. Pero la mayoría de las capitulacio­nes son simulacros evidentes. Agotados, exhaustos, firman declaraciones en las que no creen. Se está pre­parando una nueva serie de capitulaciones para el De­cimosexto Congreso: ya se están realizando las primeras negociaciones furtivas, seguidas de acuerdos secretos concertados en la trastienda. Esas artimañas consti­tuyen una de las manifestaciones más repugnantes del cansancio revolucionario y de la degeneración moral.

Las patéticas referencias a la supuesta necesidad de "volver" al partido son puro cinismo hacia el mismo partido. ¿Se puede acaso servir al partido con engaños y mentiras? Por eso los capituladores más "eminentes" se transforman inmediatamente en cadáveres políticos ambulantes, mientras la Oposición expulsada y perse­guida sigue siendo un factor activo en la vida de la república soviética y la Internacional Comunista.

Después de todo, esto no tiene nada de asombroso. Los innumerables libros y folletos contra la Oposición que se vienen publicando desde 1923, las recopilacio­nes de citas preparadas especialmente para congresos y conferencias, los arsenales destinados al combate contra el "trotskismo", etcétera, constituyen hoy la prueba más evidente en favor de la Oposición. Nos mantenemos firmes en nuestro programa. Ellos lo te­men mortalmente, si bien intentan atacarlo mediante provocaciones polémicas. Sin embargo, hoy como ayer, toda la vida ideológica del partido está centrada en el programa de la Oposición.

La declaración del camarada Rakovski, apoyada por los cuadros dirigentes de la Oposición, fue una aplica­ción del frente único hacia el partido. La respuesta de la dirección centrista fue incrementar la represión. Cuando la Oposición expresa su sincera disposición de aliviar la rigidez organizativa de nuestra lucha por una línea marxista, el aparato responde fusilando a Blumkin. Tenemos que decírselo abiertamente al partido y a la clase obrera. Debemos explicar el significado de nues­tra propuesta, nombrar a los responsables de su recha­zo y proclamar nuestra inconmovible decisión de com­batir por nuestra posición y duplicar, quintuplicar, de­cuplicar nuestros esfuerzos tendientes a consolidar la fracción bolchevique leninista. Hoy en día ésa es la única manera de manifestar la lealtad hacia la Revolución de Octubre.

Un proverbio francés dice que hay que saber cómo retroceder para tomar impulso y saltar hacia adelante. En esa situación se encuentran hoy las direcciones del estado soviético y de la Comintern. Su propio aventure­rismo las ha colocado en un impasse. Al poner su "prestigio" por encima de los intereses de la revolu­ción mundial, la burocracia centrista aprieta cada vez más la soga puesta al cuello del partido.

En lo que hace a la táctica, la primera tarea es la siguiente: retroceder de las posiciones aventureras. En todo caso, la retirada es inevitable. Hay que reali­zarla lo antes posible, en el mayor orden posible.

Poner fin a la colectivización "total", reemplazán­dola por una cuidadosa selección basada en una verda­dera libertad de opción. Que la cantidad de tierra co­lectivizada corresponda a los verdaderos recursos dis­ponibles.

Poner fin a la política de supresión administrativa del kulak. Será necesario aplicar durante muchos años una política restrictiva a las tendencias explotadoras de los kulakis. La política fundamental hacia la propiedad de los kulakis debe basarse en un rígido sistema con­tractual, es decir, en un contrato con los organismos gu­bernamentales que los obligue a vender productos es­pecíficos a precios específicos.

Poner fin a la industrialización a ritmo de "galope". Revaluar la cuestión de los ritmos de desarrollo a la luz de la experiencia, teniendo en cuenta la necesidad de elevar el nivel de vida de las masas. Plantear con to­do realismo el problema de la calidad de la producción, tan vital tanto para el consumidor como para el produc­tor.

Poner fin a la inflación mediante una rígida discipli­na financiera, con el correspondiente abandono de los planes que superen nuestras posibilidades.

Abandonar el "ideal" de una economía cerrada. Elaborar nuevas variantes para los planes, basadas en la mayor interacción posible con el mercado mun­dial.

A partir de la desocupación creciente que se obser­va en varios países, desarrollar una seria campaña in­ternacional basada en propuestas concretas para in­crementar la colaboración económica con la Unión So­viética.

Organizar una ofensiva de las masas trabajadoras, sobre todo de los desocupados, en torno a esta consig­na, dirigida contra el gobierno socialdemócrata alemán y el gobierno laborista británico.

Dejar de considerar a la Comintern como un aparato auxiliar para combatir el peligro de intervención. Ya no se trata de efectuar manifestaciones antibélicas ocasio­nales sino de luchar contra el imperialismo y por la re­volución mundial. Hay que lanzar una verdadera cam­paña para ganar a las masas de los países capitalistas, teniendo en cuenta la situación real de los procesos eco­nómicos y políticos de cada país.

Dejar de falsear los hechos, transformando (de pa­labra) en supuestas luchas revolucionarias conflictos económicos insignificantes o pequeñas manifestacio­nes. Poner fin a la falsificación de datos estadísticos, al servicio de esquemas preelaborados. Expulsar de nues­tras filas a los fanfarrones y mentirosos, a todos los que traicionan a las masas.

¡Abandonar el escolasticismo del "tercer período"!

¡Poner fin a la política aventurera de las “jornadas rojas"!

¡Condenar la teoría del "social-fascismo", que tan­to favorece a la socialdemocracia!

¡Volver a la política leninista del frente único!

La pérdida de su influencia en la juventud es uno de los síntomas más amenazantes del abismo que se abre entre la Comintern y las masas. Hasta el momento, el burocratismo amargado, cínico, egocéntrico y engreído jamás pudo encontrar la vía para llegar al corazón de las generaciones jóvenes.

No se necesita órdenes oficiales sino un liderazgo del partido sensible y cuidadoso. Hay que darle a la ju­ventud proletaria la oportunidad de desarrollar su pro­pia iniciativa, hacerse sus propios juicios, discutir, co­meter errores y corregirlos. Si no se toman esas medi­das elementales, se corre el riesgo de provocar una ruptura total entre las generaciones revolucionarias.

Es necesario, por encima de todo, cambiar la línea de la Comintern en Oriente.

La organización de guerras de guerrilla campesinas en China, mientras el movimiento obrero de los centros proletarios sigue estancado, equivale a arrojar tierra en los ojos del Partido Comunista y lleva inexorablemente a la destrucción. Basta de jugar con el fuego del aventurerismo. El Partido Comunista Chino debe ar­marse con las consignas de la democracia revolu­cionaria que le ayuden a movilizar a las grandes ma­sas de la ciudad y el campo.

La debilidad del proletariado hindú, en un momento en que se está gestando una crisis revolucionaria en el corazón de un enorme país colonial, es fruto del largo reinado de la teoría y la práctica reaccionaria del "par­tido obrero y campesino" (Stalin)[9].

No basta con abandonar esta teoría a medias, cobar­demente. Es necesario repudiarla implacablemente, por tratarse del peor ejemplo de traición política, que durante mucho tiempo comprometió a las fuerzas prole­tarias de Japón, India, Indonesia y otros países de Oriente.

Debe repudiarse en forma igualmente resuelta la consigna de "dictadura democrática del proletariado y el campesinado"[10], que sólo sirve de cubierta reaccio­naria a una política como la del Kuomintang, que ga­rantiza la hegemonía y la dictadura de la burguesía en la revolución nacional.

El programa aprobado en el Sexto Congreso de la Comintern es totalmente ecléctico. Expone una concep­ción errónea de la situación mundial. Está elaborado en base a una mezcla de internacionalismo y socialismo nacional. Hace una caracterización menchevique de las revoluciones coloniales y del papel que desempeña en las mismas la burguesía liberal. Es impotente e ineficaz en el terreno de las reivindicaciones transicionales. De­fiende la consigna errónea de "dictadura democráti­ca". Combina el escolasticismo de Bujarin con el empirismo de Stalin y provee una justificación teórica para todas las oscilaciones del centrismo.

Es necesario elaborar un programa digno de la teo­ría de Marx y de la escuela revolucionaria de Lenin.

Es imposible salir de las contradicciones actuales sin pasar por crisis y luchas. Un cambio favorable en la relación de fuerzas a escala mundial, algún gran triun­fo de la revolución, constituirían un factor importante, hasta decisivo, para los asuntos internos de la Unión Soviética. Pero es imposible constituir una política en base a las expectativas de una salvación milagrosa "en el tiempo más breve posible “. Es cierto que no faltarán crisis económicas y revolucionarias en el próximo pe­ríodo, sobre todo en Europa y Asia. Pero no bastará con eso para solucionar el problema. Si algo nos ense­ñaron las derrotas de posguerra, es que sin un partido fuerte y confiado, que se haya ganado la confianza de las masas, la victoria es inconcebible. Pero en este rubro tan decisivo el balance del período posleninista muestra un notable déficit.

Por eso es necesario prever que la situación interna e internacional anuncia una etapa de dificultades pro­longadas y graves, que tendrán repercusiones políticas. Las preguntas suprimidas, las dudas ocultas, el tre­mendo descontento de las masas, saldrán a la superfi­cie. El problema es saber si estallarán repentinamente, tomando al partido por sorpresa, o si éste será capaz, en el momento decisivo, de reunir fuerzas suficientes para convertirse en un partido nuevo (mejor dicho, para volver a ser el viejo partido) y cumplir su papel hacia las masas trabajadoras. En esta alternativa reside la clave del futuro.

Efectuar la retirada necesaria, renovar su arsenal estratégico sin provocar demasiados daños ni perder su sentido de la perspectiva, sólo lo puede hacer un parti­do que tiene claridad sobre sus objetivos y sus fuerzas.

Ello exige una crítica colectiva de toda la experien­cia de la etapa posleninista. Hay que reemplazar el fraude y la mentira de la "autocrítica" por la democra­cia interna partidaria. El punto de partida debe ser el examen general de la línea general, no en su aplicación sino en su dinámica.

En las circunstancias imperantes, sólo la Oposición de Izquierda es capaz de criticar y explicar sin temor to­do lo que sucede en el país y en el partido, en la medida en que es resultado de todo el proceso anterior. Mien­tras no se entienda esto, es inútil hablar de "líneas generales".

Ahora, más que nunca, la Oposición de Izquierda es una necesidad para el partido. Hay que poner fin a los crímenes del aparato stalinista y devolverle a la Oposi­ción su lugar en el partido. Lo repetiremos ante el De­cimosexto Congreso.

La misión que le cabe en la actualidad a la Oposición de Izquierda puede sintetizarse de la siguiente manera: decuplicar sus esfuerzos tendientes a ayudar al partido, pese a todos los obstáculos, a superar la crisis profunda que se manifiesta internamente, antes de que se desa­rrolle en toda su magnitud y provoque una crisis de la revolución.

Así como en la época de la matanza imperialista pe­queños grupos intransigentes, e incluso individuos re­volucionarios aislados, -los "renegados" de la época de la guerra imperialista- fueron la encarnación del internacionalismo proletario, la Oposición de Izquierda, pequeña y perseguida, es la guardiana del partido revo­lucionario. Ni la persecución de los gobernantes ni la traición de los débiles y exhaustos doblegarán nuestra resolución.

¡Contra el burocratismo! ¡Contra el oportunismo! ¡Contra el aventurerismo!

¡Por la Revolución de Octubre!

¡Por la regeneración del Partido Comunista y la Comintern sobre bases leninistas!

¡Por la revolución proletaria internacional!



[1] Carta abierta al Partido Comunista de la Unión Soviética. The Militant, 24 de mayo, 7 de junio y 14 de junio de 1930.

[2] La circular del Comité Central apareció el 15 de marzo de 1930 con el título La lucha contra las distorsiones de la línea del partido en el movimiento colectivista agrario.

[3] El Modelo de reglamento del artel agrícola, código elaborado por el Comité Ejecutivo Central soviético, fue publicado tan sólo el 2 de marzo de 1930, el mismo día en que apareció el artículo de Stalin Embriagados por el éxito.

[4] Manabendra Nath Roy (1887-1953): destacado comunista indio; consideraba que la colaboración con los sectores nacionalistas de la burguesía era indispensable para la victoria del movimiento colonial independentista; simpatizaba con las posiciones de la Oposición de Derecha rusa. Posteriormente desertó del movimiento socialista.

[5] Henri Barbusse (1873-1935): novelista pacifista que se unió al PC Francés, escribió biografías de Stalin y Cristo y auspició amorfos congresos antibélicos y antifascistas, que los stalinistas utilizaban como sustitutos de la lucha real. Fue la principal figura ligada al periódico Le Monde (El Mundo).

[6] El Partido Social Revolucionario (SR, o eseristas): (fundado en 1900, se convirtió en la expresión política de todas las viejas corrientes populistas rusas, y era el que gozaba de mayor predicamento en el campesinado antes de la Revolución de Octubre.

[7] Anton I. Denikin (1872-1947): comandante de las Guardias Blancas, que trataron de derrocar al estado soviético en la Guerra Civil con la ayuda de Inglaterra, Francia, Estados Unidos, Japón y otras potencias imperialistas.

[8] La Duma: parlamento ruso que gozaba de poderes sumamente restringidos. El zar Nicolás II la creó en 1905. La trataba con sumo desprecio y la disolvía cada vez que insinuaba una política independiente .

[9] El “Partido obrero y campesino” biclasista: fórmula que empleaban los stalinistas en la década del 20 para justificar su apoyo al Kuomintang y a otros partidos burgueses de Oriente. Trotsky lo critica en La Tercera Internacional después de Lenin y en Problemas de la revolución china.

[10] La dictadura democrática de obreros y campesinos: consigna con que Lenin designaba, antes de 1917, el tipo de estado que sobrevendría tras la caída del zarismo ruso. El consideraba que la revolución sería de carácter burgués, dirigida por una coalición de obreros y campesinos que tomaría el poder y democratizaría el país sin exceder lo límites de las relaciones de producción capitalistas. Ante la inminencia de la revolución modificó su posición y, al volver a Rusia en abril de 1917, enderezó el rumbo del Partido Bolchevique hacia la lucha por la dictadura del proletariado. En la década del 20 los stalinistas desenterraron la fórmula desechada para justificar la colaboración de clases con la burguesía, sobre todo en el mundo colonial.



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