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Carta de la Izquierda Comunista Española a las Juventudes Socialistas

 

6 de abril de 1935 

A la Comisión ejecutiva de las Juventudes. Socialistas, Madrid. 

Queridos camaradas: Vuestra carta de enero último nos ha llegado con un retraso verdaderamente inexplicable. Nos interesa señalarlo doblemente: ésta es la causa que nos ha impedido responderos antes. Lo peor que podría pasarnos sería que interpretaseis este silencio como un desdén hacia vosotros. 

Al mismo tiempo, vuestra carta nos ha causado profunda sorpresa y gran pena. Únicamente una absoluta falta de comprensión o una interpretación errónea puede dar lugar al estado de ánimo que parecéis tener. Hemos leído y releído con escrupulosa atención vuestra carta precedente, y no hemos podido encontrar este lenguaje de “traidores” y de “contrarrevolucionarios”, con el que calificáis con evidente ligereza. Camaradas, lo menos que nuestra organización puede pedir de las otras es un mínimo de respeto y de consideración. Nuestra debilidad numérica no es motivo suficiente como para que aceptemos las bofetadas con resignación evangélica; nuestra especialidad no es el masoquismo. La ICE tiene una historia corta, pero rica, un patrimonio precioso, lleno de luchas y de sacrificios. Somos poco numerosos, pero jamás nos hemos convertido en un cenáculo de críticos impotentes y despechados, sino en un movimiento vivo y dinámico que ha dejado muchos jirones de su carne en manos de la justicia burguesa. 

Insistimos pues en que se trata de una falsa interpretación por vuestra parte. Leed atentamente nuestra carta precedente, podréis daros cuenta de que en ella no hay más que una breve exposición de nuestro pensamiento político actual. Por otra parte, admitiendo que se hayan deslizado algunos adjetivos desagradables, queda la conclusión, en la que pedimos un acercamiento de nuestras relaciones, lo que es suficiente para borrar toda ofensa. Jamás estuvo en nuestro ánimo utilizar el lenguaje de los “traidores” (por otra parte, estos últimos emplean menos la afirmación que la insinuación) por muchas razones. En primer lugar porque sabemos emplear con los demás sectores del movimiento obrero la consideración que reivindicamos para nosotros mismos, después, porque siempre hemos considerado la injuria como un mal método de lucha. Gracias a esto, jamás nos hemos visto obligados a bautizar a nadie de “social-fascista” o de “anarco-traidor” (apelaciones de siniestro recuerdo y de desagradables repercusiones). 

No podemos disimular (jamás lo hemos hecho) la enorme distancia que hay entre nosotros y el estalinismo, que va desde el terreno político, hasta el simple hecho moral. Pero, a pesar de todo, y aunque consideramos al estalinismo como la peor degradación que jamás puede imaginar la clase obrera, jamás hemos rechazado los contactos con el Partido Comunista. Si a veces se ha manifestado en las reuniones obreras la incompatibilidad (hostilidad diríais vosotros) entre el estalinismo y nosotros, jamás ha sido por nuestra culpa. Siempre hemos sabido sacrificarnos en interés de la clase obrera, y más de una vez hemos tenido que aguantarnos los impulsos espontáneos que nos empujaban a reaccionar frente a esta estúpida y miserable campaña contra el “trotskismo”, que será recordada como un ejemplo único en la historia del movimiento obrero. Después de esto, sería infantil, por no decir grotesco, creer que todas nuestras acciones tienen como común denominador pretendidas crisis de envidia. 

En vuestra carta hay otra exageración que no podemos dejar de resaltar: se trata de la alusión a nuestras relaciones políticas con el camarada Trotsky. No se llenaría el Mediterráneo con los desacuerdos que han surgido sobre tal o cual problema entre nosotros y nuestro querido camarada Trotsky, y estas divergencias, más o menos duraderas, se pueden encontrar en las demás secciones de la LCI. Es absolutamente normal que así sea, en la medida en que nuestra organización no es una Iglesia (católica o estalinista) con un papa y fieles, unidos por una extensa gama de jerarquías secundarias y concilios periódicos para excomulgar a los heréticos. Además de Trotsky, el camarada que más prestigio y autoridad tiene entre nosotros, hay una dirección internacional que determina la política de la LCI. Pero, a fin de cuentas, las divergencias siempre se han regulado en el marco de una discusión amplia y abierta, y siempre hemos caminado deacuerdo. Ésta es la realidad. 

Barcelona, 6 de abril de 1935 



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