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Comentarios del Editor

 

Comité Editorial[1]

 

Traducción por Juan Desico especialmente para este boletín de “The Editor’s Comments”, The New International, Vol.4, Nº 5, mayo de 1938, pág.131-133

 

El viejo sistema bipartidista en los Estados Unidos está muriendo- La importancia de las brechas en la extensa coalición que llevó a la aplicación del New Deal de Roosevelt- El bloque anti-Roosevelt en el Congreso y el Acta de Salarios y Horas- Roosevelt, partiendo nuevamente desde cero, propone un nuevo programa de erogaciones- El tímido Lochinvar[2] de Wisconsin y el inminente reagrupamiento político en los Estados Unidos.

Por tres cuartos de siglo, el sistema bipartidista demócrata-republicano ha provisto a la política de los EE.UU. de un marco adecuado. Las incursiones de los nuevos partidos, como fue el caso del esfuerzo de Theodore Roosevelt en 1912 o el de LaFollete en 1924, saltaron momentáneamente a la escena nacional, pero fueron rápidamente cooptados. El Partido Progresista mantuvo su dominio familiar en Wisconsin; el Partido Campesino-Obrero (Farmer Labor Party) nació de la siembra de la Liga No Partidista de Minnesota; pero ninguna nueva organización se asentó a nivel de la política nacional.

La “artificialidad” del sistema bipartidista ha sido, desde la guerra, más y más ampliamente reconocida y admitida. Ya no hay grandes diferencias entre los Partidos Demócrata y Republicano. Sus programas, sus figuras y sus miembros no representan a ninguna división importante en las fuerzas de clases sociales. Sus campañas electorales fueron en gran medida simplemente luchas burocráticas de oficina. De cualquier forma, mientras el capitalismo estadounidense continuaba ascendiendo, mientras las ilusiones de que Estados Unidos, el elegido, y el sueño de una nueva era se asentaba en todos los sectores del pueblo, el sistema se mantenía bastante bien. Se necesitaba del golpe brutal de una crisis, que lleva años y que no amaina, para hacer tambalear los pilares.

Ahora estamos siendo testigos del colapso de este marco tradicional de la política burguesa de los Estados Unidos. El Partido Republicano y el Demócrata no son suficientes para mantener a raya las presiones de las fuerzas sociales. Los nombres y las etiquetas son secundarias; el nombre de uno de los partidos podría ser mantenido por lo que sería en la actualidad un nuevo partido. Pero que el sistema bipartidista está muriendo, que está en su lecho de muerte, está ahora fuera de toda duda.

De hecho, no fue realmente el viejo Partido Demócrata el que ganó las elecciones en 1936. Fueron Roosevelt y su New Deal los que ganaron. Roosevelt fue en verdad el candidato de una coalición, coalición que utilizó el emblema del Partido Demócrata con fines electorales. Esta coalición condensaba a los grupos sureños ultra reaccionarios –la columna vertebral de los demócratas, los eficientes e inescrupulosos citadinos del Norte (Tammany, Hague, Pendergast...), los trabajadores arrastrados por las burocracias sindicales, y un largo porcentaje de granjeros ganados por los subsidios agrícolas. El hecho de que Roosevelt fuera el candidato de una coalición y no el candidato del relativamente unificado Partido Demócrata, se dejó ver en la campaña de muchas maneras. Roosevelt mismo hizo su propia campaña, con bastante independencia del partido. Muchos influyentes, cien por ciento incondicionales del partido, como Alfred E. Smith, John W. Davis (ambos ex candidatos presidenciales), John J. Raskob (ex presidente del Comité Nacional), rompieron con la coalición y apoyaron a Landon. Los citadinos de la misma manera condujeron sus campañas, muchas veces con un contenido político totalmente diferente del de Roosevelt. Los burócratas obreros organizaron sus distritos a su manera, yendo tan lejos en Nueva York como para fundar su propia organización partidaria.

El Congreso y las etiquetas partidarias

Era una conclusión inevitable que esta extensa coalición, formada bajo la etiqueta del Partido Demócrata, una amalgama de fuerzas sociales incompatibles, no podía seguir unida bajo las presiones de los eventos sociales. Efectivamente, la luna de miel fue corta. La enorme mayoría nominal demócrata en ambas cámaras del Congreso se deshizo el año pasado ante la primera prueba seria: el Acta de Reorganización de la Corte[3]. En la lucha por este Acta, surgió una alineación más natural, con los demócratas del Sur y una parte importante de los republicanos de un lado y los demócratas a favor del New Deal y unos pocos republicanos progresistas del otro. En la Sesión Especial la división se profundizó y a la vez se clarificó.
En la sesión actual, la profundización de la nueva división domina cada tema particular: las trabas contra el Acta Contra Linchamientos, la pelea acerca del Acta de Reorganización del Ejecutivo, el Acta “Salarios y Horas”, el “programa de gastos”. En cada caso encontramos prácticamente la misma lista de congresistas de Roosevelt contra el bloque anti-Roosevelt: en números casi parejos con pocos en el centro capaces de torcer el resultado en una dirección u otra. Es para tener en cuenta que los congresistas más reaccionarios del Norte, como por ejemplo el senador Copeland de Nueva York, colabore con sus aliados naturales en el bloque anti-Roosevelt.
La pelea acerca del Acta de Reorganización del Ejecutivo[4] puede ser comprendida sólo como una prueba de este nuevo eje. Después de todas las concesiones y las enmiendas, no había nada en el Acta misma que pudiera despertar tal tormenta. Muchas de sus previsiones han sido lugares comunes en Washington liderados conspicuamente aunque sin éxito por Hoover, tanto cuando estaba en el Gabinete como cuando era Presidente. Muchas de las propuestas eran, tal como lo dijo la Administración, medidas técnicas destinadas a incrementar la eficiencia y viabilidad de la burocracia. Es verdad que en algunos aspectos el Acta fortaleció el brazo del Ejecutivo contra la rama legislativa del gobierno; y es este aspecto el que explica y justifica el voto negativo de los senadores y representantes del Partido Campesino-Obrero (Farmer Labor Party). De cualquier forma, este punto no fue dominante de ninguna manera; algunas de las medidas, tales como la tan discutida propuesta de una oficina para un Auditor General, podrían, de hecho, haber incrementado el control del Congreso sobre los gastos. Pero el Acta en sí misma fue, por supuesto, olvidada. Lo que fue tema de polémica fue Roosevelt y su especie de reformismo social; y, en lo que fue probablemente el voto más cerrado del que se tenga memoria en la Cámara sobre un asunto de capital importancia, ese reformismo fue derrotado por la oposición de derecha.

Los políticos en busca de un programa

La gran debilidad del bloque anti-Roosevelt es que no tiene programa, ni la pretensión de un programa. Toma lo que tiene de ideológico de la Asociación Nacional de Fabricantes (National Association of Manufacturers). Pero todas las discusiones apasionadas acerca de la “no interferencia gubernamental”, la eliminación de impuestos que “dañan a los negocios”, “darle una oportunidad a la industria privada”, detener las medidas “punitivas” del gobierno contra los negocios “legítimos”, y demás, no son meramente reaccionarias sino, bajo las condiciones actuales, estúpidas. Estas concepciones son todas enteramente negativas, mientras la mentalidad popular está a la búsqueda de algunas respuestas por la positiva, al menos. Lo que fortalece al bloque anti-Roosevelt no se debe a nada que éste tenga para ofrecer, sino de la nueva depresión y la cada vez más aparente derrota del New Deal. En las dos últimas sesiones regulares del Congreso, y en la Sesión Especial, el bloque no hizo ninguna propuesta propia relevante alrededor de algún tema de importancia.

El programa de Roosevelt, hay que decir, también está bastante devaluado. Era satisfactorio, hace un año y medio, decir en forma complaciente: “Nosotros lo planeamos de esta manera”, mientras el índice de negocios crecía. Ahora, con aquel índice cayendo casi en picada, esa frase es una espina clavada en el flanco del New Deal. De cualquier forma, algunos jirones del programa del New Deal aún se mantienen; y Roosevelt les ha añadido su clara determinación a prepararse para la guerra. Aquí reside lo que queda de fuerza en Roosevelt, suficiente como para mantener un tiempo más la mayoría del apoyo popular.

Seguidamente a la derrota del Acta de Reorganización, el New Deal introduce un Acta de Salarios y Horas. ¡Es un acta miserable, por cierto! Provee inicialmente, en el caso de un estricto sector de la industria, un salario mínimo de 25 centavos la hora y una semana laboral máxima de 48 horas, con la perspectiva de llegar a un salario mínimo de 40 centavos la hora y una semana de 40 horas, a ser alcanzados gradualmente a lo largo de años. Se incluyen plenamente permisos para toda clase de “excepciones”. El acta, por supuesto, no toca el problema del desempleo; y su semana de 48 horas tiene poca relevancia para el gran número de trabajadores ocupados en esquemas de 10 a 20 horas. ¡Qué buena imagen da este Acta del capitalismo de los EE.UU.! En un país de incomparables recursos técnicos y materiales, ¡la idea de un salario mínimo de 25 centavos es vista como un “paso progresivo”!

Aun tal acta es para el bloque anti-Roosevelt demasiado “socialista”, demasiado corrosiva de los principios fundamentales de la democracia estadounidense. Fue aprobada por el Comité de Trabajo en la Cámara, sólo para ser enterrada por el Comité de Legislación Democrática. Roosevelt intervino tratando de forzar la consideración sobre la propuesta (la cual debe ser firmada por 218 miembros); pero es dudoso que la sesión continúe lo suficiente como para permitir el éxito de esta maniobra. Es muy interesante que el acta, en su forma actual, al contrario de las dos formas anteriores, no establezca diferencias en los salarios entre el Norte y el Sur. Esta omisión, que garantiza sin lugar a dudas la sólida oposición de los congresistas del Sur, parece ser un reconocimiento de la profundidad del abismo en el Partido Demócrata.

La derrota en cuanto al Acta de Salarios y Horas no debilita el apoyo popular a Roosevelt, sino que más bien ayuda a sostenerlo. En particular, ayuda a los dirigentes burócratas en su estrategia de mantener a los trabajadores ligados al New Deal, ya que pueden argumentar que Roosevelt a pesar de sus equivocaciones es aún su campeón contra la derecha. De la misma forma, los estalinistas, a pesar de que son cautelosos en no recordar nunca a sus seguidores lo que son, realmente, las mezquinas previsiones del acta, pueden seguir demandando la unidad de todas las fuerzas democráticas y progresivas contra la reacción.

El nuevo “programa de gastos”, lanzado recientemente en un mensaje al Congreso, es en realidad la confesión de Roosevelt de la bancarrota del New Deal. Después de cinco duros años estamos de nuevo en el punto donde lo único que queda por hacer es tirar mil millones más de dólares para detener la brecha; todos los planes grandiosos y los esquemas han servido sólo para exponer más patentemente la inconmensurable debilidad del capitalismo estadounidense. Y el programa de gastos es, en sí mismo, un gesto lastimoso. Se dijo que será de U$S 4.500 millones, pero esto no es del todo seguro. El movimiento de los fondos de oro no representa un nuevo impulso en los gastos, sino una mera transacción contable para manejar de otra forma gastos autorizados sin incrementar la deuda, medida posiblemente deflacionaria antes que inflacionaria. Gran parte de lo que queda es para préstamos para la industria privada, los estados y las municipalidades. Mucho menos de la mitad de la suma será usado para nuevos gastos, y la mayor parte de esto para la ayuda social. No hay razón para pensar que tal programa pueda lograr algún avance serio en cuanto a la nueva depresión.

De todas maneras, como en el caso de Acta de Salarios y Horas, Roosevelt al menos propone algo mientras que la oposición en el Congreso no tiene nada para responder. Y un programa de gastos justo antes de la temporada de elecciones es a prueba de derrotas. La oposición se concentrará sólo en sacar tanto como pueda de los fondos del control inmediato del Presidente. Roosevelt a su vez buscará vía libre, sabiendo a partir de la experiencia pasada cuán efectivo es el dinero federal colocado con destreza al momento de lograr poner a los estados y distritos indecisos del lado del New Deal.

Un tímido Lochinvar

No puede haber dudas de que bajo la presión de la nueva crisis, el descontento social se está esparciendo rápidamente a través del país. Ya en 1936, como hemos dicho, las masas estaban saliéndose del viejo marco partidario, pero fueron contenidas por Roosevelt y su New Deal al cual, en sus propias mentes, diferenciaron del Partido Demócrata. El New Deal se está desvaneciendo como el humo. Las fuerzas centrífugas se están volviendo más fuertes. La burocracia sindical es obligada a extender la Liga Obrera No Partidaria a escala nacional bajo la forma de una organización independiente para mantener a sus bases en las filas de Roosevelt. Pero el proceso es rápido, y hay signos que aun tales medidas ya no son adecuadas.

En cierta medida, las clases medias han girado nuevamente desde el New Deal hacia el bloque republicano-demócrata del Sur. Pero es inconcebible que un giro de los trabajadores y la clase media baja pudieran tomar tal dirección. El impulso va hacia el otro polo.

Siguiendo los movimientos, ciertas tentativas comienzan a extenderse. Dando la nota, quizá con recuerdos demasiado literales sobre su padre[5], el gobernador Phil LaFollette dio el primer paso en un nuevo camino. Repentinamente, después de una serie de reuniones aburridas con distintos individuos y muchas entrevistas radiales en las cuales se enfrentó al liderazgo de Roosevelt por primera vez, LaFollette anunció la formación de un nuevo partido –el Partido Nacional Progresista, con el símbolo de una cruz azul (“abundancia”) dentro de un círculo azul (“unidad”).

LaFollette entiende, evidentemente, que hay en marcha un reagrupamiento político. Él parece creer que éste tomará forma como un tercer partido capitalista. Se da cuenta de que varios grupos sociales pujarán por un liderazgo del nuevo movimiento; y, contra los sindicatos y los demócratas pro New Deal, él encarna los reclamos de los granjeros y otros sectores en las clases medias. Hay bastante evidencia de improvisación y precipitación en la forma en que el partido fue anunciado, y en las palabras del programa. Es probable que LaFollette no haya decidido aun cuan en serio se toma el asunto. No está tanto organizando un partido nuevo, como agrupando sus propias fuerzas para tratar de asegurarse para él y para los grupos por los que habla la mejor posición para negociar en cualquier escenario al que lleve el desarrollo de los hechos. Más remarcable es que bajó el tono de sus críticas a Roosevelt en los discursos que siguieron al anuncio de la formación del partido.
El programa preliminar de cinco puntos del Partido Nacional Progresista es vago y reaccionario. Yendo a los detalles, es menos progresivo que el programa del New Deal, particularmente en su omisión del “punto fundamental del trabajo” en paralelo con la ausencia de algún líder obrero en los pasos de formación del partido. De todas formas, en su estilo vago, representa un movimiento pseudo radicalizado de las clases medias “más allá” del New Deal, y no es un simple retorno al antiguo populismo de LaFollette. Bastante significativamente, el destino que decreta que una parte del actual movimiento por un tercer partido romperá hacia el fascismo también está a la vista: en el programa se habla de la peculiar misión de las gentes del hemisferio occidental de llevar la civilización a su cima, y en la insistencia de LaFollette en la primacía de su símbolo azul.

El recibimiento de un nuevo partido por los burócratas obreros, LaGuardia[6] (quien está en medio de un viaje de caza en el Medio Oeste), los demócratas pro New Deal, ha sido hasta ahora frío y reservado. No entienden de ninguna manera su importancia sintomática. El problema general para todos los representantes del capitalismo es divisar los medios por los cuales a la “partida” de las masas del sistema bipartidista les será impedido plantear una acción política clasista independiente, de los trabajadores. Saben cuán crucial es este problema, y están ansiosos de probar a fondo las posibles soluciones. No hay un momento de respiro en el horizonte político.



[1] Entre enero de 1938 y marzo de 1939, el Comité Editorial de esta publicación estuvo integrado por James Burnham, Max Shachtman y Maurice Spector.(N. de E.).
[2] Lochinvar: es el título de un poema de Sir Walter Scott de 1808, cuyo protagonista es un caballero llamado Lochinvar. (N. de E.)
[3] En referencia al acta impulsada en julio de 1937, para regir un dictamen que regularice las horas y los sueldos de los trabajadores. Sin embargo, en ese momento la Corte Suprema había rechazado la medida por inconstitucional, planteando que violaba el reaccionario “derecho” a la negociación individual entre obreros y patrones. En 1937 esta medida tuvo una feroz resistencia de los legisladores del Sur que pretendían mantener su “derecho” a una “diferencia regional”, lo que permitía a los empleadores de esta zona pagar salarios más bajos que en otras áreas del país. Durante 1937 el acta fue obstaculizada dentro de las discusiones del congreso, mientras Roosevelt ejercía cierta presión sobre la Corte Suprema para impedir que sea vetada. Finalmente se aprobó el 25 de junio de 1938 y estableció la constitución de comités formados por la patronal, los representantes obreros y el control público que supervisarían la viabilidad del acta fábrica por fábrica, junto a modificaciones que aliviaban su efecto para el sur del país. (N. de E.).
[4] En relación con la discusión sobre una legislación en 1938, que buscaba otorgarle más facultades al Poder Ejecutivo, para reorganizar e implementar medidas desde el gobierno. (N. de E.).
[5] Robert LaFollette, senador de Wisconsin, por el Partido Popular, se opuso, en un turbulento discurso, a la intervención de EE.UU. en la guerra en 1917, acusando a los monopolios de su responsabilidad. En 1924 se presentó a elecciones presidenciales obteniendo el 16 % de los votos. Su hijo Phil intentaba continuar su legado formando un tercer partido, pero como muestra el artículo, en una situación distinta y con un contenido más reaccionario. (N. de E.).
[6] Fiorello La Guardia (1882-1947): republicano, fue diputado parlamentario en los años veinte y tres veces alcalde de la ciudad de Nueva York (1934-1945). Fue elegido por un bloque del Partido Republicano con los sindicatos formado para combatir a Tammany Hall [el aparato del Partido Demócrata y en esa época símbolo de la corrupción política]. En su primera y segunda reelección fue apoyado por el Partido Laborista Norteamericano, que funcionaba en Nueva York (N. de E.)



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