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Cómo influyen los cambios económicos en el estado de ánimo de las masas

20 de julio de 1938

 

Tomado de El Programa de Transición, op. cit., p. 163. Cotejado y modificado con Œuvres Nº 18, op. cit., p. 163. Allí aparece bajo el título “Primera discusión sobre el partido obrero”. Se trata de un informe taquigráfico de una discusión realizada en Coyoacán entre Trotsky y Jack Weber. La segunda parte del artículo es una traducción inédita de Œuvres Nº 18, pp. 167-171.

Weber[1]: ¿Qué influencia puede tener la “prosperidad”, un ascenso económico del capitalismo norteamericano en el pró­ximo período, sobre nuestra actividad basada en el progra­ma de transición?

Trotsky: Es muy difícil responder porque es una ecua­ción con muchas incógnitas. La primera cuestión es si una mejoría coyuntural es probable en el futuro próximo. Es muy difícil responder, especialmente para alguien que no sigue los datos diariamente. Como veo en el New York Times, los especialistas están muy indecisos sobre la cuestión. En el New York Times del último domingo, el índice de negocios mostraba una ten­dencia muy confusa. Durante la última semana hubo una baja, dos semanas antes un alza, y así sucesiva­mente.

Si se considera el marco general, vemos que empezó una nueva crisis, que muestra una curva casi vertical de descenso hasta enero de este año, luego la curva se vuelve vacilante, una curva en zig-zag, pero con tendencia general descendente. Sin embargo, el descenso durante este año es indudablemente más lento que durante los nueve meses del año pasado. Si examinamos el período precedente, que empezó con el hundimiento de 1929, vemos que la crisis continuó casi tres años y medio antes de que empezara el ascenso, con algunos altibajos más pequeños que duraron cuatro años y medio: esta era la “prosperidad” de Roosevelt. De este modo, el último ciclo fue de ocho años, tres años y medio de crisis y cuatro años y medio de relativa “prosperidad”. Ocho años se considera una duración normal para un ciclo capitalista.

Ahora, la nueva crisis empezó en agosto de 1937, y en nueve meses ha alcanzado el punto que alcanzó la precedente en dos años y medio. Es difícil emitir ahora un pro­nóstico sobre el plazo y el momento de un nuevo ascenso. Si consideramos el nuevo hundimiento desde el punto de vista de su intensidad, repito, la crisis ha realizado el tra­bajo de dos años y medio; sin embargo, no ha alcanzado el punto más bajo de la crisis anterior. Si consideramos la nueva crisis desde el punto de vista de la duración –nueve o incluso ocho años–, sería muy pronto para un nuevo mo­vimiento ascendente. Por eso, repito, este pronóstico es difí­cil. ¿Es inevitable que la nueva crisis llegue al mismo punto –al punto más bajo– lo mismo que la crisis anterior? Es probable, pero no es absolutamente seguro. Lo característico del nuevo ciclo es que la “prosperidad” no alcanzó el punto más alto que el de la precedente, pero de eso no podemos deducir, de una forma abstracta, una conclusión sobre el nadir. Lo que caracterizaba la prosperidad de Roosevelt era que se trataba esencialmente de un movimiento de las industrias ligeras, no de la construcción ni de las industrias pesadas. Esto hizo que este movimiento evolucionara de una forma limi­tada. Esa es precisamente la razón por la que el derrumba­miento llegó tan catastróficamente, porque el nuevo ciclo no tenía una base sólida en las industrias pesadas, especial­mente en las industrias de la construcción, que se caracte­rizan por nuevas inversiones con una perspectiva a largo plazo, etc.

Ahora podemos suponer teóricamente que el nuevo mo­vimiento ascendente abarcará, además de las industrias de la construcción, a las industrias pesadas en general, dado el hecho de que, a pesar del consumo durante el último pe­ríodo, la maquinaria no ha sido renovada suficientemente y ahora la demanda será mayor que durante la última coyun­tura. Es posible que provoque un movimiento ascendente más grande, más sólido que el anterior. Ello no es en abso­luto contradictorio con nuestro análisis general de un capitalismo decadente, enfermo, que produce cada vez mayor miseria. Esta posibilidad teórica se apoya, hasta cierto pun­to, en las inversiones militares en trabajos de utilidad pública. Ello significa, desde un amplio punto de vista his­tórico, que la nación se pauperiza a fin de permitir mejores coyunturas en el presente y en el futuro. Podemos compa­rar tal coyuntura con un enorme desembolso para el orga­nismo general. Se puede considerar posible una nueva co­yuntura prebélica, pero ¿cuándo empezará? ¿Continuará el movimiento descendente? Es posible, probable. En ese sen­tido, tendremos en el próximo período no 13 ó 14 millones, sino 15 millones de desocupados. En este sentido, todo lo que di­jimos sobre el programa de transición se verá reforzado en cada uno de sus aspectos, pero adoptamos la hipótesis de un nuevo movimiento ascendente en los próximos meses, en seis meses o un año. Tal movimiento puede ser inevitable.

A la primera cuestión, si semejante movimiento ascen­dente puede ser más favorable para la perspectiva general de nuestro partido, creo que podemos responder, con un sí cate­górico, que sería más favorable para nosotros. No existe ninguna razón para creer que el capitalismo norteamericano puede por sí mismo convertirse en el próximo período en un capitalismo firme y saludable, que pueda absorber a los 13 millones de desocupados. Pero la cuestión es, si la planteamos de una forma muy sencilla y aritmética, si en el próximo año o en dos, las industrias absorberán a 4 millones de obreros de los 13 millones de desocupados, lo que dejaría a 9 mi­llones. ¿Sería eso favorable desde el punto de vista del movimiento revolucionario? Creo que podemos responder con un sí categórico.

Tenemos una situación en un país –una situación muy revolucionaria en un país muy conservador–, con un atraso subjetivo en la conciencia de la clase obrera. En semejante situa­ción, las alzas económicas –alzas y bajas económicas brutales–, desde un punto de vista histórico tienen un carác­ter secundario para las vidas de millones de obreros. Pero en la actualidad tienen una gran importancia. Estas sacudidas son de una importancia revolucionaria muy grande. Sacuden el conservadurismo; obligan a los obreros a buscar la razón de lo que ocurre, cuál es la perspectiva. Y cada sacudida nueva impulsa a algún sector de los obreros al camino revolucionario.

Más concretamente, ahora los obreros norteamericanos están en un impasse, un callejón sin salida. El gran movimiento del CIO, no tiene perspectiva inmediata, porque no está dirigido por un partido revolucionario, y sus dificultades son inmensas. Por otro lado, los elementos revolucionarios son demasiado débiles para dar al movimiento un giro brusco hacia el camino político. Imaginemos que durante el próximo período entran en la industria cuatro millones de obreros. Ello no amortiguará los antagonismos sociales; al contrario, los agudizará. Si las industrias son capaces de absorber a 11 ó 13 millones de desocupados, esto significaría una atenuación de la lucha de clases durante un largo período; pero sólo pueden absorber una parte, y la mayoría continuará desocupada. Todo desocupado ve que los empleados tienen trabajo. Buscará un empleo y, al no encon­trar ninguno, entrará en el movimiento de los desocupados. Creo que en esta fase nuestra consigna de la escala móvil puede obtener gran popularidad; es decir, que exigimos trabajo para todo el mundo, en condiciones decentes; de una manera popular: “Hemos de encontrar trabajo para todos, en condi­ciones decentes y con salarios decentes”. El primer período de un ascenso –ascenso económico– sería muy favorable, especialmente para esta consigna. Por otro lado, creo que las otras consignas muy importantes, la defensa, la milicia obrera, etc., encontrarían también un terreno favorable, una base, porque a través de un ascenso tan limitado e inseguro, los capitalistas querrán tener benefi­cios inmediatos y tendrán una gran hostilidad hacia los sindicatos que perturben la posibilidad de un nuevo aumento de las ganancias. En esas condiciones, creo que Hague sería imi­tado a gran escala.

La cuestión del partido obrero ante los sindicatos. En efecto, en una nueva prosperidad, el CIO tendría una nueva posibilidad de desarrollo. En ese sentido, podemos suponer que la mejoría de la coyuntura aplazaría la cuestión del partido obrero. No que perdería toda su importancia propagandística, pero sí su agudeza. Podemos entonces preparar a los elementos progresivos para aceptar esta idea y estar listos para cuando se aproxime la nueva crisis, que no tardará en llegar.

Creo que esta cuestión del haguismo tiene una enorme importancia y una nueva prosperidad, un nuevo ascenso, nos daría mayores posibilidades. Un nuevo ascenso significará que las crisis y conflictos definitivos se pospondrán durante algunos años, a pesar de los agudos conflictos durante el mismo ascenso. Y nosotros tenemos el mayor interés en ganar más tiempo porque somos débiles y porque en los EEUU los obreros no están preparados. Pero inclu­so un nuevo ascenso nos daría muy poco tiempo: la desproporción entre la conciencia y los métodos de los obreros norteamericanos en la crisis social, es una desproporción terrorífica. Sin embargo, tengo la impresión de que debemos dar algunos ejemplos concretos exitosos y no limi­tarnos sólo a dar buenos consejos teóricos. Si se toma la si­tuación de Nueva Jersey, es un golpe tremendo, no sólo para la socialdemocracia, sino para la clase obrera. Hague apenas está empezando. Nosotros también, pero Hague es mil ve­ces más poderoso.

En Nueva Jersey, está completamente claro que no podemos hacer “milagros”, pero podemos realizar un serio trabajo preparatorio, como para que se produzca un “milagro”. Debemos desde ahora, creo, concentrarnos en Nueva Jersey. Concentrar una o dos decenas de buenos miembros del partido para un trabajo revolucionario clandestino, sistemático y de buena calidad. Jersey City, como leí en un pequeño folleto, y es una confirmación de que cada uno puede obtenerlo, es una ciudad donde los obreros son más ferozmente explotados, donde los salarios son los más bajos, una ciudad de open shops[2]. Debemos concentrarnos en Jersey City para hacer un trabajo clandestino sistemático en todos los aspectos: en las fábricas, desocupados, sindicatos, etc., con serias intenciones revolucionarias de realizar una manifestación en el momento oportuno, una lucha abierta contra el elemento reaccionario, un combate en las calles, sin, por supuesto, ningún aventurerismo. Hague tuvo la audacia de hacerlo ¿Por qué no hacerlo nosotros? Podemos medir la situación según nuestros propios éxitos, según los sentimientos de las masas. Nuestra crítica a la política de Norman Thomas[3], a los senadores que hacen discursos, está bien. La crítica al POUM en la guerra de España, estaba bien, pero era insuficiente. Éramos débiles numéricamente, Por eso debemos aprender el arte de concentrar nuestras fuerzas en un punto dado en un momento dado.

No estoy muy informado, pero creo que podemos asegurar la posibilidad de movilizar a jóvenes camaradas bajo la dirección de camaradas más viejos y experimentados y de ánimo combativo, para penetrar en Jersey City y preparar una respuesta a los métodos de Hague. Hago esta propuesta para discutirlo aquí y en EEUU.

Weber: Me gustaría partir de la última parte de la intervención del camarada Trotsky. Él citó al haguismo y al haguismo de Jersey City. Allí tenemos dificultades particulares. Primero porque los obreros son de una categoría especial. Son obreros católicos y la iglesia tiene un bastión allí. La iglesia es poderosa y apoya a Hague. La mayoría de los obreros en Jersey City es católica. Si Hague estuviera en Nueva York o en otra ciudad, nuestro trabajo sería un poco más simple. Pero en Jersey City es particularmente difícil. Esto significa en primer lugar una mayor dificultad en la organización de sindicatos. Significa que vamos a un choque frontal con la iglesia en Jersey City donde el elemento irlandés es muy fuerte entre los obreros con predominancia católica. El segundo punto concierne a la forma de contactarnos con los trabajadores municipales. La fuerza de Hague consiste sobre todo en los trabajadores y sus familias, que trabajan para Jersey City y en este sentido tiene una cantidad enorme de súbditos. Tiene una especie de empresa feudal en Jersey City, de hecho sobre una buena parte de Nueva Jersey. Las fuerzas que dispone dependen directamente de él para vivir. Debemos abordar el problema sobre cómo llegar a los obreros municipales. Nuestras fuerzas en Jersey City son muy débiles. Allí tenemos tres o cuatro camaradas. Aunque activos, son nuevos en el movimiento. Les falta experiencia y habría que fortalecerlos. Tenemos una ventaja, una ayuda positiva, que es que los dos sindicatos organizados aquí en el CIO (sindicato de trabajadores del acero) están más o menos bajo nuestra influencia. El organizador de los sindicatos, Kempf, es una persona especial, aunque es miembro de nuestro partido no está particularmente preocupado por la teoría, no participa mucho en nuestras discusiones y es muy difícil hacerlo avanzar. Tenemos una dificultad suplementaria dado el hecho que el CIO en Jersey City, aunque habría podido combatir eficazmente a Hague, puso al problema más bien a un lado, tratando de tirárselo a los liberales. Ahora apoyan de palabra a un comité de Frente Popular, esquivando así su responsabilidad. El CIO no es débil en Nueva Jersey. Pero lo es en Jersey City. Es muy fuerte en Nueva Jersey, pero en Jersey City es débil. Si concentramos nuestras fuerzas en Jersey City, necesitaremos avanzar, seguramente, primero y ante todo en los sindicatos, y sólo hay dos sindicatos que tienen alguna importancia. El movimiento de desocupados es relativamente débil. En Jersey City, es casi inexistente. La alianza obrera debe convertirse en activa también aquí. Nosotros la controlamos en el condado vecino y podríamos lanzarla desde allí, pero es muy difícil. Si concentramos nuestras fuerzas ahí, primero tendrán que encontrar trabajo, quizás en las acerías. Tenemos algunos contactos y quizás podremos hacer entrar a algunos camaradas. En la periferia de Jersey City, esto va mejor. Hay más sindicatos, allí tenemos ahora más influencia. Por ejemplo, pusimos en pie lo que equivale a un consejo de distrito del CIO. Allí tenemos influencia. El CIO revocó recientemente a Kempf. Todos los “locales” protestaron contra esta revocatoria. No pude saber si fue o no reintegrado. Sólo que este sábado, después de su regreso, lo han recibido. No sé qué pasó. Revocado o no, aún ejerce una influencia enorme allí. En este sentido podríamos movilizar a los sindicatos por una lucha contra Hague. No hay ningún tipo de influencia lovestonista. En los sindicatos incluso, tienen influencia los stalinistas. Nosotros controlamos el movimiento de desocupados. Cómo “colonizar” fuerzas en Jersey City, es un problema difícil. Nuestros jóvenes estarían felices de ir allí y trabajar. Podemos encontrar las fuerzas, pero ¿a qué tarea los consagramos? ¿A hacer un trabajo ilegal? ¿De qué tipo? ¿Para distribuir los folletos, sacar el material impreso, intentar organizar una rama, por ejemplo? Tenemos fuerzas en el lugar con las que los individuos que enviemos podrían cooperar. Tres miembros muy activos y que ayudarían.

Trotsky: Hay que formar un núcleo secreto en los sindicatos, organizar un núcleo para la futura milicia obrera. Creo que damos aquí a nuestra organización un carácter más militar, con el objetivo de prepararla para un serio choque con Hague. Lo que Uds. dicen es muy importante. No sabía nada de esto y me demuestra que hay que considerar la situación, no desde el punto de vista estrecho de Jersey City, sino desde el más amplio de los condados de los alrededores. Esto no cambia, pero es necesario tener un plan –un plan concreto en el que dispongamos de nuestras fuerzas para preparar una respuesta a Hague. Pregunté si los lovestonistas tenían fuerzas porque en esta cuestión, se podría realizar un frente único.

Weber: Cuando este diputado [Thomas] llegó a Jersey City, el CIO envió contingentes para protegerlo, pero Hague estaba mejor organizado. Recientemente, en el consejo del CIO del condado de Essex-Newark y de sectores de los alrededores de Jersey City, nuestros camaradas hicieron aprobar una moción para la organización a través de los sindicatos de grupos de defensa para defenderlos. Los stalinistas estaban en contra, pero no se animaron a decir nada. Se quedaron mudos y el resto de los miembros votó y adoptó la moción. Cada “local” está autorizado a organizar un grupo de defensa. Nuestro programa incluye ahora la lucha por lograr que los sindicatos pongan esto en práctica. Pero, por ejemplo, preparando la derrota de Hague, Uds. buscarán realizar un mitin público y tarde o temprano, la forma de combatir sus tropas. ¿Este sería un ejemplo? ¿Realizar un mitin público como desafío a sus fuerzas y rechazar su ataque para demostrarles que somos más fuertes?

Trotsky: Es más fácil atacarlos cuando ellos no están preparados. Es en este sentido, con audacia y coraje, que podemos duplicar o triplicar nuestras débiles fuerzas. Podemos organizar una victoria que entusiasme a toda Norteamérica.

Weber: Sobre la cuestión de la escala móvil. El New York Post, hace dos o tres semanas, publicó una editorial en la que decía: “Para cada hombre un trabajo, condiciones de vida dignas para todos”. Una editorial excelente. De hecho, podría haber sido publicada por el Socialist Appeal. El New Deal sostiene este tipo de consigna prácticamente como una conquista. El Post considera una conquista que, si un hombre está desocupado, no por su culpa, debe ser ayudado. La izquierda del New Deal lo acepta; nosotros tenemos dudas en decirlo. Nuestros propios camaradas estaban asombrados por esta editorial.

Ahora, sobre la escala móvil de salarios y de horas de trabajo, para mí, es un asunto que es necesario aplicar casi localmente. Por ejemplo, en el caso de Newark o Jersey en general. Comencé una encuesta para saber cuántos obreros trabajaban en las acerías cuando ellas marchaban bien, cuántos ahora, cuántos se fueron, lo que le sucedió a los otros. Nacionalmente, tomamos esta consigna a escala nacional. Pero lo que debemos hacer en realidad, es aplicarla casi localmente, en las industrias e incluso en fábricas determinadas. No es una simple generalidad. No podemos lanzar la consigna en abstracto. No debemos tener miedo a una consigna, digamos de 28 horas en algunas industrias, 30 horas en otras y 25 en otras.

Trotsky: Sí, estoy completamente de acuerdo con esto.

Weber: Otra cuestión que me gustaría plantear: ¿Es posible que el capital monopolista renuncie a una parte de sus super ganancias sin bajar los salarios, porque el gobierno lo obligue?

Trotsky: Es posible. Sólo es una cuestión de la duración de la experiencia y también de las relaciones con los otros productores, en particular los pequeños. Esto significaría la bancarrota de las empresas no monopólicas. Por un lado, esto ayuda al capitalismo y, por el otro, lo hunde.



[1] Jack Weber (s. de Louis Jacobs) (n. 1894): Se unió al CLA a principios de los ‘30. Era organizador del SWP en Nueva Jersey y era miembro del CN.
[2] En oposición a los closed shops –empresas donde sólo podían ser empleados trabajadores sindicalizados– que los sindicatos norteamericanos consideraban como la condición de su eficacia, el régimen del open shop, permitía a la empresa reclutar no sindicalizados, es decir, fábricas sin sindicatos y trabajadores sin defensa.
[3] Norman Thomas, el jefe del partido socialista, en un gesto espectacular anunció que iría a hablar públicamente en Jersey City para denunciar el carácter “fascista” de la política de Hague, quien lo había hecho detener desde su llegada y lo había expulsado de la ciudad. Esta iniciativa tan cínica como brutal tuvo una enorme repercusión.



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