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Comunismo y sindicalismo

14 de octubre de 1929

 

El problema de los sindicatos es uno de los más importantes para el movimiento obrero y por lo tanto también para la Oposición. Si ésta no tiene una posición clara acerca de los sindicatos no podrá ganar una influencia real sobre la clase obrera. Por eso quiero plantear aquí, para la discusión, algunas consideraciones sobre la cuestión sindical.

1. El Partido Comunista es la herramienta fundamental para la acción revolucionaria del proletariado, la organización de combate de su vanguardia que debe erigirse en dirección de la clase obrera en todos los ámbitos de su lucha, sin excepción, y por lo tanto también en el campo sindical.

2. Los que, en principio, contraponen autonomía sindical a dirección del Partido Comunista están contraponiendo –quiéranlo o no– al sector proletario más atrasado con la vanguardia de la clase obrera, la lucha por las conquistas inmediatas con la lucha por la completa liberación de los trabajadores, el reformismo con el comunismo, el oportunismo con el marxismo revolucionario.

3. El sindicalismo francés de preguerra, en la época de su surgimiento y expansión, al luchar por su autonomía sindical luchaba en realidad por su independencia del gobierno burgués y sus partidos, entre ellos el socialismo reformista-parlamentario. Esta fue una lucha contra el oportunismo librada de manera revolucionaria.

En este sentido, el sindicalismo revolucionario no hizo un fetiche de la autonomía de las organizaciones de masas. Por el contrario, comprendió y elogió el papel dirigente de la minoría revolucionaria en relación a las organizaciones de masas, que reflejan a la clase obrera con todas sus contradicciones, su retraso y sus debilidades.

4. La teoría de la minoría activa era esencialmente una teoría incompleta del partido proletario. En toda su práctica el sindicalismo revolucionario era un embrión de partido revolucionario, en oposición al oportunismo; es decir, era un notable precursor del comunismo revolucionario.

5. La debilidad del anarco-sindicalismo, aun en su período clásico, era la falta de una base teórica correcta lo que resultaba en una comprensión errónea de la naturaleza del Estado y de su papel en la lucha de clases, así como en una concepción incompleta, no del todo desarrollada y por lo tanto equivocada del papel de la minoría revolucionaria, es decir, del partido. De ahí sus errores tácticos, como el fetichismo hacia la huelga general, el desconocimiento de la relación entre la insurrección y la toma del poder, etcétera.

6. Después de la guerra, el sindicalismo francés encontró en el comunismo su refutación, y también su desarrollo y su realización plena. Intentar revivir ahora el sindicalismo revolucionario sería tratar de hacer retroceder la historia.

Semejante intento sólo puede resultar reaccionario para el movimiento obrero.

7. Los epígonos[1] del sindicalismo transforman (en las palabras) la independencia de las organizaciones sindicales de la burguesía y de los socialistas reformistas en independencia en general, en independencia absoluta de todos los partidos, incluyendo el comunista.

Si en su momento de expansión el sindicalismo se consideraba a sí mismo una vanguardia y luchaba por la hegemonía de la minoría de vanguardia sobre las masas atrasadas, los epígonos del sindicalismo luchan ahora contra idénticas intenciones de la vanguardia comunista, intentando, aunque sin éxito, basarse en el poco desarrollo y en los prejuicios de los sectores más retrasados de la clase obrera.

8. La independencia de la influencia de la burguesía no puede ser un estado pasivo. Solamente se expresa mediante actos políticos, o sea mediante la lucha contra la burguesía. Esta lucha debe inspirarse en un programa claro, que requiere una organización y tácticas para su aplicación. La unión del programa, la organización y las tácticas forman el partido. En este sentido, la verdadera independencia del proletariado del gobierno burgués no puede concretarse a menos que lleve a cabo su lucha bajo la conducción de un partido revolucionario y no de un partido oportunista.

9. Los epígonos del sindicalismo querrían hacernos creer que los sindicatos son suficientes por sí mismos. Esto teóricamente no quiere decir nada, pero en la práctica significa la disolución de la vanguardia revolucionaria en la retaguardia de masas, o sea en los sindicatos.

Cuanto más amplias son las masas que aglutinan los sindicatos, éstos cumplen mejor su misión. Un partido proletario, por el contrario, adquiere prestigio solamente si es ideológicamente homogéneo, y está ligado por la unidad de acción y de organización. Pretender que los sindicatos son autosuficientes porque el proletariado ya ha alcanzado su “mayoría” de edad es sencillamente adular al proletariado. Es decirle que es lo que no es ni podrá ser bajo el capitalismo, y mantener en el atraso y la ignorancia a enormes masas de obreros, permitiendo sólo a la vanguardia la posibilidad de superar las dificultades y llegar a una clara comprensión de las tareas del conjunto de su clase.

10. La autonomía real, práctica y no metafísica, de la organización sindical, no se ve perturbada ni disminuida en lo más mínimo por el intento del Partido Comunista por influir sobre ella. Todo militante del sindicato tiene derecho a votar como le parece y a elegir al que él considere mejor. Los comunistas, al igual que los demás, gozan de este derecho .

Que los comunistas ganen la mayoría en los órganos directivos está totalmente de acuerdo con el principio de autonomía, o sea de autoadministración, de los sindicatos. Por otra parte ningún estatuto sindical puede impedir o prohibir al partido que elija como militante de su Comité Central al secretario de la Confederación del Trabajo, ya que aquí entramos enteramente en el dominio de la autonomía partidaria.

11. Por supuesto que los comunistas se someten en los sindicatos, sin importar qué puesto ocupen, a la disciplina partidaria. Esto no excluye sino que presupone su sumisión a la disciplina sindical. En otras palabras: el partido no les impone ninguna línea de conducta que contradiga la predisposición ni las opiniones de la mayoría de los militantes de los sindicatos. En casos enteramente excepcionales, cuando el partido considera imposible el acatamiento por parte de sus militantes de alguna decisión reaccionaria del sindicato, señala abiertamente a sus militantes las consecuencias que esto acarrea: separación de los cargos, expulsiones y demás.

En estas cuestiones, con fórmulas jurídicas (y la autonomía es una fórmula puramente jurídica) no se va a ninguna parte.

Debe plantearse lo esencial del problema, y lo esencial es la política sindical. A una política incorrecta debe oponerse una política correcta.

12. El carácter de la influencia del partido, sus formas y sus métodos pueden diferir profundamente, de acuerdo a las condiciones generales de un país dado o a su nivel de desarrollo.

En los países capitalistas, donde el Partido Comunista no tiene ningún medio de coerción, es obvio que solamente pueden ejercer un liderazgo a través de los comunistas que sean militantes o liberados de los sindicatos.

El número de comunistas que ocupan cargos de dirección en los sindicatos sólo es un medio más para medir la influencia del partido. El parámetro más importante es el porcentaje de comunistas en relación al total de sindicalizados. Pero el criterio principal es la influencia general del partido sobre la clase obrera, que se mide por la circulación de la prensa comunista, la concurrencia a actos del partido, el número de votos obtenidos en las elecciones y, lo que es especialmente importante, el número de obreros y obreras que responden activamente a los llamamientos del partido a la lucha.

13. Claro está que la influencia general del Partido Comunista crecerá, incluso en los sindicatos, cuanto más revolucionaria sea la situación.

Estas condiciones permiten una apreciación del grado y la forma de la verdadera autonomía, real y no metafísica, de los sindicatos. En tiempos de “paz”, cuando las formas más militantes de acción sindical consisten en huelgas económicas aisladas, el papel directo del partido en la acción sindical pasa a segundo plano. Por regla general, el partido no toma una decisión sobre cada huelga aislada. Ayuda al sindicato a decidir si es oportuna, a través de su información económica, política y sus consejos. Colabora en la huelga mediante la agitación, etcétera. Pero en la huelga el primer lugar por supuesto corresponde al sindicato.

La situación cambia radicalmente cuando la movilización adquiere la forma de una huelga general o incluso en una lucha directa por el poder. En esas condiciones el papel de dirección del partido es directo e inmediato. Los sindicatos (naturalmente los que no se pasan al otro lado de la barricada) se convierten en aparatos organizativos del partido que aparece, ante toda la clase, como el líder de la revolución y asume toda la responsabilidad. Entre la huelga económica parcial y la insurrección revolucionaria, hay toda una gama de posibles relaciones entre el partido y los sindicatos, varios grados de influencia directa e inmediata, etcétera.

Pero, cualesquiera que sean las condiciones, el partido trata de ganar influencia y para ello cuenta con la autonomía de los sindicatos, que (sobra decirlo) no están “sometidos” a él organizativamente.

14. Los hechos demuestran que no existen en ninguna parte sindicatos políticamente “independientes”. Nunca los hubo y la experiencia y la teoría nos dicen que nunca los habrá. En los Estados Unidos los aparatos sindicales están directamente vinculados a la plana mayor de la industria y a los partidos burgueses. En Inglaterra, antes apoyaban en general a los liberales, ahora forman la base material del Partido Laborista. En Alemania, marchan bajo la bandera de la socialdemocracia. En la República Soviética su dirección corresponde a los bolchevique En Francia una de las organizaciones sindicales sigue a los socialistas y otra a los comunistas. En Finlandia se dividieron recientemente, unos giraron hacia la socialdemocracia y otros hacia el comunismo. Así ocurre en todas partes.

Los teóricos de la “independencia” del movimiento sindical hasta ahora no se han molestado en preguntarse: ¿por qué su reivindicación no se hace realidad en ninguna parte sino que, por el contrario, la dependencia de los sindicatos respecto de un partido se hace sin excepción cada vez más evidente en todas partes? Esto está directamente vinculado con las características de la época imperialista, que deja al desnudo todas las relaciones de clase y que incluso dentro del proletariado acentúa las contradicciones entre su aristocracia y los sectores más explotados.

15. La expresión más acabada de este sindicalismo fuera de época es la llamada Liga Sindicalista (Ligue Syndicaliste). Por sus características, aparece como una organización política que trata de subordinar el movimiento sindical a su influencia.

Concretamente, recluta a sus militantes según el método de los grupos políticos y no el de los sindicatos. Tiene una plataforma, ya que no un programa, y lo defiende en sus publicaciones.

Tiene su propia disciplina interna dentro del movimiento sindical.

En los congresos de las Confederaciones sus partidarios actúan como fracción política, lo mismo que los comunistas. En pocas palabras: la tendencia de la Liga Sindicalista se reduce a la lucha por liberar a ambas Confederaciones de la dirección de socialistas y comunistas y unirlas bajo la dirección del grupo de Monatte.

La Liga no actúa abiertamente en nombre del derecho de la minoría más avanzada a luchar para extender su influencia sobre las masas retrasadas y de la necesidad de que esto ocurra. Se presenta bajo el disfraz de lo que llama la “independencia” sindical. En este sentido se aproxima al Partido Socialista, que también ejerce su liderazgo ocultándose tras la frase “independencia del movimiento sindical”. En cambio el Partido Comunista dice abiertamente a la clase obrera: he aquí mi programa, mis tácticas y mi política, y se lo propongo a los sindicatos.

El proletariado no debe creer nada a ciegas. Debe juzgar a cada partido y a cada organización por su trabajo. Los obreros deben desconfiar doblemente de los aspirantes a dirigentes que actúan de incógnito, pretendiendo hacerles creer que no necesitan ninguna dirección.

16. No se debe negar el derecho de un partido político a luchar para ganar influencia en los sindicatos, pero hay que hacerse una pregunta: ¿En nombre de qué programa y de qué táctica lucha esa organización? En este sentido la Liga Sindicalista no ofrece las garantías necesarias. Su programa es extremadamente amorfo, lo mismo ocurre con sus tácticas.

En sus evaluaciones actúa por reacción ante los hechos.

Mientras acepta la revolución proletaria e incluso la dictadura del proletariado, ignora al partido y lucha contra la influencia comunista, sin la cual la revolución proletaria será siempre una frase vacía.

17. La ideología de la independencia sindical no tiene nada en común con las ideas y sentimientos del proletariado como clase. Si el partido, mediante su dirección, es capaz de garantizar una política correcta, clara y firme en los sindicatos, a ningún obrero se le ocurrirá rebelarse contra la dirección del partido. Lo prueba la experiencia histórica de los bolcheviques.

Esto se aplica también a Francia, donde los comunistas obtuvieron 1.200.000 votos en las elecciones mientras que la Confédération Générale du Travail Unitaire (organización central de los sindicatos rojos) no reúne más que la tercera o la cuarta parte de esa cifra. Claro está que cualesquiera que sean las condiciones la consigna abstracta de independencia nunca surgirá de las masas. La burocracia sindical es otra cosa. No sólo tiene celos profesionales de la burocracia partidaria, sino que tiende a independizarse también del control de la vanguardia del proletariado. La consigna de independencia es, por sus mismas bases, una consigna burocrática y no de clase.

18. Bajo el fetiche de la “independencia” la Liga Sindicalista convierte en fetiche también la unidad sindical No hace falta decir que mantener la unidad de las organizaciones sindicales tiene enormes ventajas, tanto desde el punto de vista de las tareas diarias del proletariado como desde el de la lucha del Partido Comunista por extender su influencia sobre las masas. Pero la realidad nos muestra que a partir de los primeros éxitos del ala revolucionaria en los sindicatos los oportunistas han tomado deliberadamente la senda de la ruptura. Les son más queridas las relaciones pacíficas con la burguesía que la unidad del proletariado. Esta es la única conclusión que se puede extraer de la experiencia de posguerra.

De todos modos, a los comunistas nos interesa demostrarles a los obreros que la responsabilidad por la ruptura de los sindicatos recae enteramente sobre la socialdemocracia. Pero de esto no se desprende que la fórmula vacua de la unidad sea más importante para nosotros que las tareas revolucionarias de la clase obrera.

19. Han pasado ocho años de la ruptura sindical en Francia.

Durante este tiempo ambas organizaciones se ligaron definitivamente a partidos políticos mortalmente hostiles. En tales condiciones sería alimentar vanas esperanzas pretender unificar el movimiento sindical mediante una simple llamada a la unidad. Declarar que sin la unificación previa de las dos organizaciones no sólo no es posible la revolución, sino tampoco una seria lucha de clases, significa hacer depender el futuro de la revolución de la corrupta camarilla sindical de los reformistas.

En realidad el futuro de la revolución no depende de la fusión de los dos aparatos sindicales sino de la unificación de la mayoría de la clase obrera alrededor de consignas y métodos de lucha revolucionarios.

Actualmente la unificación de la clase obrera sólo es posible mediante la lucha contra los colaboracionistas de clase (coalicionistas), que se encuentran no sólo en los partidos políticos sino también en los sindicatos.

20. El verdadero camino hacia la unidad revolucionaria pasa por el desarrollo, perfeccionamiento, crecimiento y consolidación de la revolucionaria CGTU y por el debilitamiento de la reformista CGT.

No se excluye, por el contrario es muy probable, que en el momento de la revolución el proletariado francés entre a la lucha con dos confederaciones: una que nuclee a las masas y otra a la aristocracia obrera y a la burocracia.

21. La nueva oposición sindical no quiere andar, obviamente, el camino del sindicalismo. Al mismo tiempo rompe con el partido (no con determinada dirección sino con el partido en general).

Eso significa lisa y llanamente que se desarma a sí misma y cae en las posiciones del gremialismo o del sindicalismo.

22. La oposición sindical tiene diferentes variantes. Pero se caracteriza por algunos rasgos comunes que no la acercan a la Oposición de Izquierda. Por el contrario, la alejan y la oponen a ella. No lucha contra los actos arbitrarios y los métodos incorrectos de la dirección comunista sino contra la influencia comunista en la clase obrera. No lucha contra la caracterización ultraizquierdista de la situación y de su evolución sino que actúa en realidad contra las perspectivas revolucionarias en general.

La oposición sindical no lucha contra los métodos caricaturescos del antimilitarismo sino que plantea una orientación pacifista.

En otras palabras, la oposición sindical está evolucionando manifiestamente en un sentido reformista.

23. Es totalmente incorrecto afirmar que –contrariamente a lo sucedido en Alemania, Checoslovaquia y otros países– no se ha constituido en los últimos años en Francia un ala derecha en el campo revolucionario. Lo que pasa es que la Oposición de Derecha francesa, renegando de la política revolucionaria del comunismo, ha asumido, conforme a las tradiciones del movimiento obrero francés, un carácter sindicalista, ocultando de este modo su fisonomía política. En el fondo la mayoría de la oposición sindical representa el ala derecha, lo mismo que el grupo de Brandler[2] en Alemania, los sindicalistas checos que después de la ruptura adoptaron una posición claramente reformista, etcétera.

24. Se podría objetar que todas las consideraciones precedentes serían correctas únicamente con la condición de que el Partido Comunista tuviera una política correcta. Esta objeción es infundada. El problema de la relación entre el partido, que representa al proletariado como debería ser, y los sindicatos, que lo representan tal cual es, es el más fundamental del marxismo revolucionario. Sería un verdadero suicidio desechar la única respuesta principista posible a esta cuestión solamente porque el Partido Comunista, bajo influencias objetivas y subjetivas de las que hemos hablado más de una vez, esté llevando a cabo una política incorrecta en los sindicatos, así como en otros campos. A una política incorrecta se le opone una política correcta. Con este objeto, la Oposición de Izquierda se ha constituido en fracción. Si se considera que todo el Partido Comunista Francés está en una situación irremediable o sin esperanzas de recuperarse –cosa que nosotros no creemos– debe oponérsele otro partido. Pero esto no cambia ni en un milímetro la cuestión de la relación entre el partido y la clase.

La Oposición de Izquierda opina que es imposible influir en el movimiento sindical, ayudarlo a encontrar una orientación correcta, imbuirlo de consignas adecuadas más que a través del Partido Comunista (o por el momento de una fracción) que es, además de sus otros atributos, el principal laboratorio ideológico de la clase obrera.

25. Bien entendido, la tarea del Partido Comunista no consiste solamente en ganar influencia en los sindicatos tal como son, sino en ganar a través de los sindicatos influencia en la mayoría de la clase obrera. Esto es posible solamente si los métodos que emplea el partido en los sindicatos corresponden a la naturaleza y a las tareas de éstos. La lucha del Partido Comunista por ganar influencia en los sindicatos se pone a prueba en el hecho de que éstos prosperen o no, en si aumenta el número de sus militantes, como también en sus relaciones con las masas. Si el partido paga su influencia en los sindicatos al precio de limitar su alcance o de fraccionarlos (convirtiéndolos en auxiliares del partido para fines momentáneos o impidiéndoles convertirse en auténticas organizaciones de masas), las relaciones entre el partido y la clase andan mal. No es necesario que tratemos aquí las causas de semejante situación. Lo hemos hecho más de una vez y lo hacemos todos los días. La inconstancia de la política comunista oficial refleja su tendencia aventurera a convertirse en amos de la clase obrera en el menor tiempo posible, mediante malabarismos, maquinaciones, una agitación superficial, etcétera.

Sin embargo el modo de salir de esta situación no es contraponer los sindicatos al partido (o a la fracción) sino luchar implacablemente por cambiar toda la política del partido, incluso la sindical.

26. La Oposición de Izquierda debe conectar indisolublemente los problemas del movimiento sindical con los de la lucha política del proletariado. Debe ofrecer un análisis concreto del nivel actual de desarrollo del movimiento obrero francés. Debe hacer una evaluación, tanto cuantitativa como cualitativa, del movimiento huelguístico actual y de sus perspectivas en relación a las perspectivas del desarrollo económico francés. De más está decir que está completamente descartada la posibilidad de una estabilización y una paz capitalista que duren décadas. Esto se debe a una caracterización de nuestra época como revolucionaria. Surge de la necesidad de una preparación oportuna del proletariado de vanguardia ante los cambios abruptos que son no sólo probables sino inevitables. Cuanto más firme e implacable sea su acción contra las fanfarronadas supuestamente revolucionarias de la burocracia centrista, contra la histeria política que no tiene en cuenta las condiciones objetivas, que confunde hoy con ayer o con mañana, más firme y decididamente debe oponerse a la derecha que toma sus críticas y se oculta tras ellas para infiltrarse en el marxismo revolucionario.

27. ¿Otra definición nueva de los límites? ¿Nuevas polémicas? ¿Nuevas rupturas? Así se lamentarán las almas buenas pero cansadas que querrían transformar la Oposición en un tranquilo retiro donde uno pueda descansar en paz de las grandes tareas, preservando intacto el nombre de “revolucionario de izquierda”. ¡No!, les decimos a estos espíritus cansados; no seguimos el mismo rumbo. La verdad nunca ha sido la suma de pequeños errores. Una organización revolucionaria no puede nunca componerse de pequeños grupos conservadores, que lo primero que buscan es diferenciarse unos de otros. Hay épocas en que la tendencia revolucionaria se ve reducida a una pequeña minoría dentro del movimiento obrero. Pero lo que esas épocas exigen no es hacer arreglos entre pequeños grupos, tapándose mutuamente los pecados, sino por el contrario una lucha doblemente impecable por una perspectiva correcta y una educación de los cuadros en el espíritu del auténtico marxismo. Solamente así es posible la victoria.

28. En cuanto al autor de estas líneas, debe admitir que la idea que tenía sobre el grupo de Monatte cuando fue deportado de la Unión Soviética resultó ser demasiado optimista y por lo tanto falsa. Durante muchos años no tuvo la oportunidad de seguir el accionar de este grupo. Juzgó por viejos recuerdos.

Las divergencias no sólo resultaron ser más profundas sino también más agudas de lo que había supuesto. Los sucesos de los últimos tiempos han probado sin lugar a dudas que la Oposición comunista de Francia no podrá avanzar sin una clara y precisa definición ideológica de la línea del sindicalismo. Las tesis propuestas son un primer paso hacia esa definición, que es el preludio de una lucha exitosa contra la charlatanería revolucionaria y contra la esencia oportunista de Cachin, Monmouseau y Cía.[3]

 

 

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17. Epígonos. Discípulos que corrompen las enseñanzas de su maestro.
18. El grupo de Brandler. Seguidores de Heinrich Brandler, dirigente del Partido Comunista Alemán expulsado en 1928-1929, cuando la Comintern emprendió su zigzag ultraizquierdista. Los brandleristas tenían lazos internacionales con el grupo americano de Lovestone y otros antiguos colaboradores de Bujarin, o sea con la Oposición de Derecha del movimiento comunista.
19. Cachin, Monmousseau y Cía. Marcel Cachin (1869-1958), ardiente social-patriota durante la Primera Guerra Mundial, se pasó al comunismo en 1920. Se convirtió en un firme estalinista y se mantuvo como editor de L 'Humanité hasta su muerte. Gaston Monmousseau (1883-1960), antiguo sindicalista revolucionario, se convirtió en comunista y dirigente de la CGTU y en estalinista acérrimo.



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