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Con Lenin y Trotsky (extractos)

Lunacharski - La Intrucción Pública

André Morizet[1]

Extractos del libro Con Lenin y Trotsky - Moscú, 1921, tomado de Les Cahiers du CERMTRI, Nº 92, marzo de 1999. Traducido al español especialmente para este boletín por Ana Julia Gola y revisado por Rossana Cortéz.


 

 

Lunacharski - La Intrucción Pública

La herencia del zarismo

Se puede pensar todo lo que se quiera de los jefes del bolchevismo. Se puede criticar sus métodos, condenar sus actos, todos juntos o en detalle. Eso es una cuestión de opiniones o sentimientos.

Pero hay un punto en el que me parece imposible que no se apruebe unánimemente su esfuerzo, que no se aprecie en su totalidad los resultados ya obtenidos: sobre el problema de la instrucción pública.

Danton[2] decía “Después del pan, la educación es la primera necesidad del pueblo”. La Revolución rusa que, en tantas cosas, se parece a nuestra Revolución de 1789, retomó estas palabras para hacer de ellas su lema.

Ante su obra educadora, se quiera o no, uno está obligado a inclinarse –y a admirarla.

Aún hoy, nos cuesta, después de todo lo que los novelistas rusos nos enseñaron sobre las deplorables condiciones de los mujiks, después de tantos relatos aparecidos en estos último años sobre el infame régimen de Rasputín, nos cuesta imaginarnos esto en la mediocre Papua-Nueva Guinea que se titulaba “Imperio de los zares”.

Las grandiosas descripciones de las ostentaciones de Tsarskoie-Selo[3], las audiciones musicales y las exhibiciones coreográficas a las que los teatros parisinos nos permitieron asistir, la existencia suntuosa que algunos miles de aristócratas conectados con la cultura francesa llevaban adelante en nuestros Palacios, todo eso siempre nos ha ilusionado sobre la triste realidad de un país que la distancia rodeaba con un espejismo.

En verdad la Rusia zarista se parecía a esta casa de la que habla Pestalozzi[4], en la que el piso superior abriga, en una inundación de luz y de color, a un puñado de gente feliz, mientras que abajo, en las tinieblas, hormiguea una masa de pobres diablos privados de la luz del día y del saber.

A falta de estadísticas oficiales, dos informes que tengo ante mi vista pueden aportarnos datos sobre el estado de la instrucción primaria bajo el zarismo. Uno, que trata sobre la instrucción pública en Petrogrado, emana de la compañera de Zinoviev, Lilina. El otro, más general, ha sido redactado para el X Congreso de los Soviets por la compañera de Lenin, Krupskaia. Ambos están fechados a fines de 1920.

Según sus autoras, se contaban, en 1886, 22.770 escuelas en la inmensa Rusia y una población escolar de 1.141.915 niños. Una escuela para 14 pueblos, más o menos. El 13% de los varones y el 3 % de las niñas recibían entonces alguna instrucción.

En 1917, en la víspera de la Revolución, el número de escuelas subió a 38.387 –más o menos el mismo número de las comunas francesas. Había aumentado en 15.617, es decir que en el curso de los 31 últimos años, se habían construido menos de 504 cada año, para una población de 150.000.000 de habitantes.

¿Los resultados de este sistema? Estas son algunas cifras de Krupskaia, que me parecen capaces de indicárnoslos:

Se registraron en el gobierno de Saratov 2.400.000 iletrados, en Viatka 2.000.000, en Gomel 1.500.000, en Riazán 1.200.000, en Penza 300.000, en Vologda 500.000, en Nijni-Novgorod 440.000. Una cantidad particularmente considerable se encuentra en el este: en los gobiernos de Uralsk, 75%, de Altaï, 78%, de Simbirsk, 80%, de Tiumen y de Astrakan, 94%.

En Petrogrado, se contaban en el último censo, en 1910, 31% de analfabetos y 49% de gente que apenas sabía leer y escribir, en total, el 80% de los habitantes de la capital vivían entonces en una ignorancia casi total.

La clase “inteligente” e “iluminada” que gobernaba Rusia estaba satisfecha con un sistema que ubicaba a su país inmediatamente por encima de los botocudos[5]. ¿En qué podía afectarle la ausencia de escuelas primarias? ¿Sus hijos acaso habrían asistido? ¿Qué le importaba incluso la mediocridad en número y en calidad de los establecimientos secundarios y de las universidades? Algunas instituciones privadas, los preceptores extranjeros que se sumaban por tradición a la vida doméstica de las familias ricas ¿no alcanzaban para proveer a los descendientes de la aristocracia la superficial cultura necesaria para la existencia mundana?

No pienso que se pueda descubrir en el pasivo de una clase algo más lamentable que el estado de abandono en el que los anteriores dueños de Rusia dejaron al pueblo del que vivían y al que pretendían conducir. Que el presupuesto de la Instrucción Pública del zarismo no haya existido en relación al presupuesto de la Policía[6], que el mujik, en las vísperas de la culminación de la revolución, se haya encontrado en el nivel intelectual y moral en el que estaba sumido, es la condena más decisiva, la más difamatoria, para sus amos[7].

Cuando se ve hoy aún, entre nosotros, a los “patriotas rusos”, llamados así seriamente por los periodistas mantenidos por ellos, reclamando la dirección de su país, uno tiene derecho a preguntarse si tienen conciencia alguna de la responsabilidad en que incurrieron en común todos los elementos “civilizados” de la Rusia zarista. Cuando uno lee, sobre todo, las idioteces que imprimen cotidianamente en sus hojas sobre los hechos moscovitas, tenemos razones para creer que su limitado egoísmo no les permite constatar lo evidente.

Puesto que lo evidente, no es, como lo afirman, que Lenin y Trotsky llevan a Rusia a la época de las revueltas campesinas de Pugachev o de Stenka Razin; es que Rusia, al contrario, ha vivido en esa época hasta la caída de los zares y de sus sostenedores; es que en 1917 recién salió de la barbarie

Lo evidente es que los bolcheviques han intentado por primera vez sacar a su país de la tumba; es que el pueblo, dueño por primera vez con ellos de sus propios destinos, realiza desde hace cuatro años un esfuerzo prodigioso y magnífico para su liberación moral.

Un estado socialista en una nación de iletrados no puede concebirse. La Rusia Soviética se empecina en transformar a las masas, quienes, por otra parte, se prestan con entusiasmo a esta transformación.

Esto es lo que hay que ver ante todo. Es lo que supera por una gran diferencia, los pocos episodios desgraciados, inseparables de toda revolución, que nos repiten sin cesar.

La civilización en Rusia, es el bolchevismo. La barbarie es lo único que lo precedió.

El hombre a quien incumbe desde hace cuatro años la pesada tarea de instruir a sus compatriotas, Lunacharski, es uno de los más antiguos miembros de estado mayor comunista. Contemporáneo de Lenin y como él, hijo de un consejero de estado, varias veces atormentado por la policía, vivió exiliado en Viatka, en Kiev y en el extranjero desde 1907.

Muchas veces, en el Congreso, en sus servicios a Narcompros[8] o en su gran oficina abovedada de Potiechni Dvoretz, la antigua casa pintada tan curiosamente del Kremlin, le pregunté sobre su obra.

Su viejo saco manchado, su descuidado cabello pelirrojo, su perfil, que yo nunca lograba dilucidar si se parecía a un conejo o una cabra, toda su apariencia, hasta el tic de sus movedizas piernas, colaboraban muy poco para componer un personaje representativo. Apenas se le podía atribuir a Lunachartski el valor que posee en el primer encuentro.

Cuando uno comprueba su mente tan penetrante y su conversación tan amplia, cuando se conocen los resultados fabulosos que este hombre obtuvo se lo puede comparar con un Lakanal[9] o a un Condorcet[10].

La organización de la enseñanza
La escuela del trabajo

¿Cuáles son las bases de la enseñanza en la República de los Soviets?

Desde los primeros meses de 1918, se ha planteado el triple principio democrático: laicismo, gratuidad, obligatoriedad. Se ocupó de agregar dos más: en un régimen basado en la supresión de las clases, la escuela debe ser única; en una república de trabajadores, esta debe ser una escuela del trabajo.

En consecuencia, un decreto del 2 de febrero de 1918 separó la escuela de la Iglesia, a la que el clero proveía el tercio de su personal de enseñanza. Todas las instituciones privilegiadas desaparecieron para dar lugar a una escala de instituciones de tipo único donde, de arriba hacia abajo, los gastos de alimentación, de vestimenta, material escolar están a cargo del estado.

De 8 a 16 años, la asistencia es obligatoria. La instrucción es general, politécnica en el pleno sentido de la palabra. La especialización comienza luego de esto.

La enseñanza se reparte en dos períodos, o como diríamos nosotros, dos ciclos: el primero de cinco años y el segundo de cuatro.

Junto al trabajo pedagógico, se incluye el trabajo productivo. En el primer ciclo –de 8 a 12 años- se trata, sobre todo, de trabajo dentro de la escuela. Para los más jóvenes, eso se reduce a los cuidados más fáciles de limpieza, de decoración de su propio local, a la puesta en condiciones de las colecciones, bibliotecas, jardines, crianza de animales domésticos. Los alumnos efectúan ellos mismos, en la medida de sus fuerzas, todas las tareas necesarias para la satisfacción de las necesidades de su pequeña comunidad.

En el segundo ciclo –de 13 a 16 años- se prepara la entrada progresiva de los alumnos en la vida activa del país, haciéndolos tomar contacto con las principales ramas de la producción. Deben visitar fábricas, estaciones, barcos, hospitales y participan en alguna medida liviana en el trabajo de una empresa colectiva.

Lo esencial -todos los programas, todas las discusiones de los congresos lo precisan– es formar en el niño no sólo al ciudadano sino también al productor. Y se trata menos de enseñarle un oficio a esa edad como de familiarizarlo con los principios fundamentales de la técnica y del funcionamiento de la industria y de la agricultura modernas.

Como es inevitable que las escuelas urbanas se preocupen especialmente de la vida de los talleres y las escuelas rurales, de la vida del campo, debe existir una circulación constante y metódica entre unas y otras, para que toda la vida económica del país desfile ante los ojos de los niños y que su horizonte se amplíe contemplando todos los aspectos.

Una vez fijado este excelente programa, en el que las propias naciones occidentales podrían inspirarse para su beneficio, o para hablar más exactamente, al mismo tiempo que este programa se elaboraba, comenzaba su aplicación.

El gobierno prosigue con un vigor que favorece, en todos los puntos del país, la actividad de las autoridades locales.

En 1917, según Lilina, el presupuesto de Instrucción Pública, que era de 195.000.000 de rublos el año anterior, pasó a 940.000.000. Los bolcheviques lo llevaron a 2.914.000 [sic] en 1918 y 10.000.000.000 en 1919.

Las 38.387 escuelas de 1917 se transformaron en 52.274 en 1918 y 62.238 en 1919, es decir, que cada uno de los dos primeros años revolucionarios vio abrirse casi tantas escuelas como los últimos treinta años del zarismo. Las clases tenían entonces más de 5.000.000 de alumnos. Y la progresión continuó.

"Y no es solamente la situación escolar la que mejoró ampliamente… la educación pre-escolar, considerada como un lujo de fantasía, era abandonada exclusivamente a la iniciativa privada y el Estado no le dedicaba la menor suma… Hacia fines de 1919, el número de jardines de infantes y guarderías pasó en Rusia a 3.000, que cuidaban a 200.000 niños entre 3 y 7 años[11]

Sin duda, sé todo lo que pueden decir de este rápido florecer de múltiples instituciones, todo lo que pueden alegar sobre la distancia que existe entre los principios y las realizaciones. Pueden sonreír ante las estadísticas, suponer que el personal que enseña está poco preparado para la ardua tarea que le incumbe, que el material escolar es insuficiente.

Pueden creer todo esto, hay razones de sobra para creerlo. Nuestros camaradas rusos se quejaron bastante por todo lo que faltaba en sus escuelas, lo constatamos demasiado con nuestros propios ojos.

Pero no es menos cierto que han empezado y persiguen un esfuerzo maravilloso en lo que Lunacharski denominó un día ante nosotros “la lucha contra las tinieblas” y que la fe tenaz que aportan en su obra cotidiana da y dará cada vez más resultados.

En todas partes, se crearon cursos pedagógicos para formar maestros y maestras, cursos que miembros del Comité Central, como Bujarin, dictan. Las casas más bellas y los más bellos jardines se consagran a los niños. Todo lo mejor que la revolución recogió se reservó para ellos.

Las mujeres que formaban parte de la delegación francesa en Rusia, Lucie Leiciague y Lucie Colliard describieron en sus informes y en sus artículos la emoción que les causó la visita a algunas colonias de 500 niños, como la de Bolchovo, a 40 km. de Moscú. Muchos extranjeros que visitaron la República de los Soviets describieron otras instituciones análogas. Me parece entonces inútil intentar describir lo mismo.

***

Y no es solamente la escuela de primer grado la que acaparó la atención apasionada del gobierno.

Tanto la enseñanza secundaria como la enseñanza superior también recibieron un impulso vigoroso del bolchevismo.

El zarismo había legado 2.000 liceos y establecimientos secundarios de todo tipo, y más de 6.000.000 de niños están edad de ingresar. La revolución duplicó el número de esas instituciones. Ahora tiene 4.000 y 55.000 alumnos trabajando allí desde 1919[12]. Todavía es poco, y el informe del Comisario del Pueblo de Instrucción presentado en el X Congreso no intenta esconderlo:

“El número debería alcanzar, más o menos, el de las escuelas del primer grado. Pero las de segundo grado deben reacondicionarse de manera más completa; deben tener laboratorios, bibliotecas, talleres, con personal pedagógico especializado. La construcción de nuevos edificios, la provisión de todo el material necesario, la constitución de un marco suficiente son problemas imposibles de ejecutar en un corto plazo”.

Para suplir de alguna manera esta carencia, se crearon muchos “clubes para adolescentes” cerca de fábricas u organizaciones sindicales. “Cursos acelerados” de enseñanza general o de enseñanza técnica buscan, un poco en todas partes, elevar el nivel de instrucción de los jóvenes.

Sobre todo, se desarrolla la enseñanza técnica, en la medida en que los medios del país lo permiten. Un Comité Central de Instrucción Profesional se ha fundado en enero de 1920 cercano al Comisariado de Lunacharski. Este dirigía, en febrero de 1921, 3.758 establecimientos que contaban con unos 300.000 alumnos; establecimientos donde los cursos, muy variados, duran algunos meses o hasta cuatro o seis años, y apuntan a adolescentes o a adultos.

De estos establecimientos, 1.500 son escuela de artes o de oficios, 1.000 son los que forman el personal de transporte, 170 el de los PTT, 400 se dedican a la agricultura.

Pero, como indica el informe de Lunacharski que cité anteriormente, todas las dificultades que tiene el desarrollo de las escuelas primarias se vuelven a encontrar, con mayor fortaleza, cuando se trata de las escuelas secundarias. Todas las críticas que enuncié con respecto a la enseñanza del primer grado –los bolcheviques son los primeros en reconocerlas correctamente- pueden hacerse con más razón respecto a la enseñanza del segundo grado.

***

Son, naturalmente, más correctas aún cuando nos ocupamos de la enseñanza superior.

A las raras Universidades que tenía el antiguo régimen, universidades anémicas donde los estudiantes pagaban el salario de los profesores, con el fin de que los pobres fueran apartados lo más posible de ellas, los Soviets locales le agregaron nuevas. Existen hoy hasta en Smolensk, Kostroma, Astrakan, Yekaterinenburg. Y cualquiera puede asistir sin examen de ingreso ni diploma.

Pero lo que representan esas universidades, en la actualidad, son solo promesas.

En una entrevista de Lunacharski que “La Correspondance Internationale”, órgano oficioso de la III° Internacional, publicó a principios de 1922, el Comisario del Pueblo de Instrucción Pública lo constata con pena.

“La mayoría de los esfuerzos del Comisariado –dice- se apoyaron en la escuela popular. En ese ámbito la revolución se ha distinguido por un aumento considerable del número total de establecimientos y por un cambio radical de método y de espíritu. Nuevas escuelas se abrieron por miles. Ellas reciben ya a más de un cuarto de millón de niños, antes apartados de la enseñanza. Se habrían alcanzado resultados aún más decisivos pero la crisis de suministros, la falta de material escolar más simple y la falta de maestros lo hacen difícil de remediar en poco tiempo.”

Pero en cuanto a la enseñanza superior, la República no tuvo la ocasión de organizar mucho, y lo que se ha emprendido hasta ahora, necesitará una revisión.

“En el ámbito de la enseñanza superior, hemos conservado todos los establecimientos antiguos, útiles, y hemos creado más. Luego de este período de florecimiento exuberante, conviene hoy seleccionar y cerrar o transformar, por ejemplo, las universidades poco viables, surgidas en centros poco importantes. Agruparemos al personal en aquellas que han tenido mejores logros. Así, las nuevas universidades de Yekaterinburg y Smolensk merecen verdaderamente su título, mientras que las de Tambov y Orel no justifican su existencia bajo esta forma".

Cuanto más se eleva de grado, más difícil es la improvisación. La buena voluntad del gobierno no puede suplir las insuficiencias que sólo el tiempo podrá remediar.

El fin de la ignorancia

Allí donde la obra educadora de la revolución es verdaderamente admirable, es, primeramente en la organización, que indiqué, de las escuelas del primer grado; pero es también, y sobre todo quizás, en el esfuerzo que los Soviets cumplen para alfabetizar a los adultos iletrados.

Después de todo, instruir a los niños no es más que cumplir con un deber esencial de todo gobierno digno de ese nombre. En las generaciones que superaron la edad de la escolaridad, reparar un poco el crimen cometido sobre ellas por el régimen a quien le incumbía el deber de educar, es comprender la responsabilidad del jefe en el sentido más amplio, y la solidaridad social en el sentido más profundo.

Los bolcheviques sintieron que no bastaba con preparar a los más chicos para que un día desempeñaran un papel en la colectividad, sino que también era necesario, esperando el advenimiento de los que aprovecharán la Revolución, hacer algo por aquellos que la hicieron.

Y como, en una sociedad comunista, no se trata de hacer caridad, como toda medida debe estar basada en el interés general, ellos concibieron el “fin de la ignorancia” como una obligación que se impone a la conciencia de todos los ciudadanos.

“Todos los habitantes, de 8 a 50 años, que no saben ni leer ni escribir, deben esforzarse para aprender a leer en ruso, o en su lengua materna”. El decreto del 20 de diciembre de 1919, que expone en estos términos el principio, prevé trámites “contra las personas que buscaran escapar a las estipulaciones del presente decreto o que impidan a los iletrados frecuentar las escuelas”.

Escuelas de adultos, círculos, clubes, casas del pueblo surgieron al primer llamado. Todas las provincias rivalizaron entre ellas con celo y con emulación.

“Según el informe dado por el gobierno de Tambov, durante tres meses del año 1920 –escribe Krupskaia- las escuelas para finalizar con la ignorancia instruyeron a 48.000 personas. Según otro resumen del gobierno de Cherepovec, 57.807 personas pasaron por las escuelas para terminar con la ignorancia. Según los informes del gobierno de Ivanovo-Voznesiensk, 50.000 personas pasaron por esas escuelas. En Novosibkov, todas las personas hasta la edad de 40 años recibieron cierta preparación. En Petrogrado, 500 núcleos escolares del primer y del segundo grado ya prepararon 9.000 personas y aún lo hacen con 25.000 más. En Kaluga, se han abierto 190 escuelas; en el gobierno de Saratov 1.000 escuelas, en Tula y en Kozmodemiansk 130, en Gjatsk 40, en Jisdra 40, en Arkangel 180, en Omsk 190, en Elabuga 70, etc.”

El Comisariado de Instrucción estima que en el curso del año 1920, 2.700.000 analfabetos aprendieron los primeros elementos. Lunacharski, durante una entrevista a principios de 1922, que ya cité, declara que hasta el presente “cinco millones de iletrados aprendieron los rudimentos de la lectura y de la escritura”

Para preparar el personal necesario para la enseñanza de adultos, se abrieron desde fines de 1919, 65 cursos con el fin de formar 6.200 alumnos y eso no alcanzó a cubrir las necesidades.

Necesariamente, hubo díscolos y en algunas provincias, el decreto del 20 de diciembre de 1919 concerniente a las sanciones tuvo que ser aplicado. En Kazan se impusieron multas a los rebeldes y privación de cartas de alimentación. En Petrogrado se los excluyó de los sindicatos. En Tambov se decidió rechazar las firmas de los iletrados puestas por terceros. En Saratov, usando el sistema contrario, se dio a los escolares voluntarios provechosas ventajas: atribución de mercancías fuera de turno, atribución de objetos manufacturados al primer turno, etc.

En general el entusiasmo fue fabuloso y, muy por el contrario, no se tuvo que empujar a los no instruidos hacia los locales escolares.

Lilina estima que en agosto de 1920 no quedaban, en Petrogrado, más que 29.500 adultos analfabetos y el ejército de Kuban anunció triunfalmente en diciembre de 1920 a la Conferencia de Instrucción Pública que precedió el Congreso de los Soviets, que ya no contaba con ningún iletrado en sus filas.

Gorki, el 20 de abril de 1920, al dar cuenta de sus inspecciones a las escuelas al Soviet de Petrogrado podía decir:

“Camaradas, la apasionada atención con la que gente de 40 años empieza a aprender me emociona alegremente. Es impresionante ver hasta qué punto alcanza la sed de saber en ellos. Ustedes deben satisfacer por todos los medios esta sed de conocimiento. Ustedes deben hacer todo lo posible para transformar a los iletrados en hombres cultivados. El saber es una fuerza terrible que vence todo, y, armados con él, saldrán victoriosos de esta dura situación en la que se encuentran en la actualidad”.

***

Leer y escribir no basta sin duda. La comisión extraordinaria creada para la liquidación del analfabetismo se esfuerza también en organizar escuelas para adultos que poseen ya los primeros elementos. Se enseña en ellas: el cálculo, la historia natural, la geografía económica y la historia del trabajo.

Cada distrito de gobierno y muchas ciudades de menor importancia poseen su Escuela del Partido. La universidad de Sverdlov, de la que las organizaciones moscovitas están orgullosas, presenta el tipo más completo de estas instituciones.

La red de bibliotecas, por otra parte, se incrementa cada día. Petrogrado tenía, antes de la revolución, 23 con 140.000 volúmenes. Tiene ahora 59 con 365.000 volúmenes; aunque se haya depurado concienzudamente las colecciones.

En 42 gobiernos, el número de bibliotecas se duplicó en 1920 con respecto a 1919; en 4, se triplicó, en Astrakan, Briansk, Perm, se multiplicó por 7; ¡en Tula diez veces más!

Se trata aquí de bibliotecas fijas, “isbas[13] de lectura”, locales donde frecuentemente tienen lugar las lecturas públicas, como en las “casas del campesino” en Ucrania. Existen también bibliotecas circulantes, y las más curiosas son las que se transportan en trenes y barcos de propaganda. Estas están destinadas a aprovisionar a las otras, al mismo tiempo que a proveer directamente las necesidades de los campesinos aislados.

“Un tren de propaganda con un depósito de libros pasa por un pueblo. Inmediatamente se hace una cola cerca del depósito, que aumenta sin cesar. Se ven mujeres viejas, viejos, jóvenes con bolsos. Parecería que se comprarían todo si fuera posible, pero el tren le otorga a este pueblito sólo una pequeña cantidad de su riqueza; hace falta para otros…” (Krupskaia)

Vi dos de esos trenes en la estación en Moscú. Totalmente pintados en su exterior con slogans y escenas alegóricas, en el interior, están maravillosamente acondicionados para el trabajo de administración y de educación que efectúan. Sección de inspección, sección de información, sección de quejas, encuentran lugar en algunos de sus dieciséis vagones. Pero, cerca de ellas, se encuentra la sección de publicaciones, que, en el tren mismo, imprime su periódico y sus proclamas, la sección cinematográfica siempre lista a dar una función, la sección de exposiciones, cuyo material alcanza para organizar inmediatamente una demostración, el local de los libros.

Los cinco trenes: “Revolución de Octubre", "Lenin", "Cosaco rojo", "Cáucaso sovietista", "Oriente Rojo” y el barco “Estrella roja”, si creo en lo que me lo contó uno de sus ocupantes, en dos años, estuvieron en miles de localidades y su personal dio cerca de 3.000 conferencias.

Sirven menos hoy, parece ser. Se los usa siempre para las grandes giras administrativas, como las que Kalinin efectúa siempre a través de toda Rusia. Pero en cuanto a la tarea educativa, se prefieren esas camionetitas que pueden entrar por muchos lugares donde el tren no llega.

El rendimiento es mejor sin duda, pero desde un punto de vista pintoresco, añoramos el abandono de los trenes rojos.

***

No puedo terminar este breve esbozo de la obra cumplida por el bolchevismo para la instrucción popular sin señalar, además, en pocas palabras, lo que hizo por los pueblos alógenos[14] que el zarismo descartó en totalidad. Algunas escuelas rusas, con destino a clases acomodadas, representaban en su tiempo toda la enseñanza en las provincias musulmanas. Algunas de las más de cien nacionalidades que poblaron Rusia no poseían nada escrito en su lengua.

La República de los Soviets constituyó comisiones de traductores que crearon alfabetos nacionales para las nacionalidades privadas de escritura. Para las demás, hizo imprimir abecedarios. Solamente dos escuelas formaban a los profesores no-rusos. En 1920, 37 estaban en pleno funcionamiento.

Existen ahora cerca de 3.000 establecimientos escolares para las diversas poblaciones tártaras y mongoles, como también para las variadas familias de raza finesa que están dispersas en los límites de Asia.

El pueblo ruso, al romper sus cadenas, quiso quebrar a la vez las de los pueblos “inferiores” que la historia ligó a él.

A tientas desde hace cuatro años, busca su voz hacia la luz y arrastra con él, en su marcha a la estrella, a aquellos que no pensarían ni imaginarían, sin duda, en salir de sus tinieblas.

Es un muy emotivo espectáculo el despertar de este niño grande. Podemos reír ante sus torpezas, reír a carcajadas por sus equivocaciones. Aún aquí, sé todo lo que se puede decir sobre el valor de los conocimientos que adquieren en algunos meses todos esos escolares atrasados, todo lo que le falta a este cuerpo de profesores improvisados, a esas escuelas cerradas en cálidos invernaderos, donde libros, lápices y hasta el papel falta con frecuencia.

Pero vi, sentados en sus pupitres, a soldados intentando sumar con palillos. Vi a viejos y viejas deletrear el alfabeto. Si se tiene derecho a dudar de ciertas afirmaciones, a no aceptar estadísticas más que siendo de utilidad como inventario, espectáculos como estos, espectáculos de fervor y de fe como estos, lo envuelven a uno hasta el fondo del alma.

Lunacharski ha sido el animador de este movimiento grandioso que nada, a partir de ahora, podrá detener. Con sus lugartenientes, Aleinikov, Krupskaia, Lilina, y muchos más, tradujo en actos la unánime voluntad de los comunistas de sacar a Rusia del abismo.

130.000.000 de seres nacen allá. Se lo deben a la revolución. ¡Saludémosla! No solo convirtió al mujik en ciudadano libre. Ella lo transforma de a poco en hombre enseñándole la dignidad.

 

Las artes y las ciencias[15]
El vandalismo revolucionario
Los escrúpulos de un bárbaro

¿En qué se transformaron, desde la revolución, las letras y las ciencias? ¿En qué se convirtieron el arte y los artistas?

¿El bolchevismo no destruyó o dejó que se dispersaran los tesoros que encerraban los museos y los palacios nacionales?

¿Su reino no es el del más grosero materialismo? Admitiendo incluso que los comunistas sienten algunas preocupaciones de orden intelectual, ¿no se debe creer que, constantemente preocupados en atender las necesidades más urgentes, dejaron de lado, en forma negligente, lo que debía parecerles secundario?

Estas son las preguntas que, desde que volví, me han planteado seguido.

¡Tanto se les intoxicó el cráneo a los franceses!

¡Sus diarios proveyeron tan lindas historias sobre las botas que se tallaban los cosacos en los Rembrandt del Ermitage, o sobre la vieja mujer que limpia cacerolas con una tela de Watteau!

¿Los restos parisinos de lo que en Petrogrado se llamaba “la Inteligencia”, los Andreiev[16], los Merejkowski[17], las Hippius[18], no llenaron acaso los cerebros occidentales con sus llamados de socorro a favor de la desesperada Rusia y con sus maldiciones contra “el anticristo”? ¿Cómo sorprenderse si las mentiras de unos y las quejas de los emigrantes terminaron por dar cuerpo, ante la falta de información cierta, a la leyenda de la barbarie bolchevique? ¿Hace tanto tiempo que el “vandalismo” de la Revolución francesa ha dejado de pasar por un artículo de fe en la propia Francia?

Lo que conté de los esfuerzos realizados para aniquilar la ignorancia de los mujiks muestra bastante, sin embargo, que la preocupación de la cultura nacional no se deja dominar por ninguna otra en el ánimo de los dirigentes de Rusia.

Consignaré aquí algunos hechos precisos para disipar dudas.

No se trata de demostrar, evidentemente, como algunos niños que se creen innovadores han pretendido hacerlo, que el comunismo sustituyó al arte “burgués” por un arte “revolucionario”.

Los bustos de Garibaldi, de Blanqui, de Henri Heine o las telas cubistas que nos fueron dadas a contemplar, no ofrecen por otra parte nada de especialmente ruso. Se pueden ver obras parecidas en todos los países como también escuchar algunos ensayos de poesía futurista en todas partes.

La Revolución dejó libre curso a todas las fantasías, incluso a todas las extravagancias, considerando con Carlos X que el soberano, en el teatro, no dispone más que un lugar en la butaca. Pero ella no las toma en cuenta y Lunacharski escribió:

“El futurismo es la continuación del arte burgués con ciertas actitudes revolucionarias. El proletariado continuará también el arte del pasado, pero partiendo de la sana cultura y quizás directamente del Renacimiento, y la llevará hacia delante, más lejos y más alto que todos los futuristas y en una dirección totalmente diferente”

La Revolución rusa, en este tema, no innovó en nada. No es su asunto. No se le debe pedir a un país en plena fermentación que descubra fórmulas artísticas. Si debe elaborarlas, será después de establecer la calma y no en medio del tumulto. Mientras dure la tormenta, el deber de los dirigentes se limita a preservar el patrimonio del régimen que hereda, y, en la medida de lo posible, a hacer aprovechar a las masas las riquezas del que ese patrimonio se compone.

Los bolcheviques, desde ese doble punto de vista, cumplieron con todas sus obligaciones. No habían pasado ocho días desde que Lunacharski había asumido en su cargo, al mismo tiempo que sus colegas, cuando el escándalo llegó a Petrogrado: se rumoreaba que las iglesias del Kremlin y la Catedral San Basilio habían sido bombardeadas y destruidas por los revolucionarios moscovitas.

Lunacharski, en una emotiva carta, protestó y renunció “No puedo soportar eso –escribió- han colmado mi medida. Me es imposible detener estos horrores. Es imposible trabajar bajo la impresión de pensamientos que enloquecen. Sé todo el peso que tiene mi decisión. Pero no aguanto más”.

Los rumores eran, como siempre, excesivos. Había sido necesario tirar sobre el Kremlin porque los Blancos se habían protegido allí. Pero los daños se limitaban a poca cosa y San Basilio, en la Plaza Roja, no había sido tocada.

Lunacharski retiró su renuncia, pero dirigió a los obreros, campesinos y soldados, un llamado magnífico:

“El pueblo de los trabajadores es ahora el dueño absoluto del país. Además de las riquezas naturales, heredó enormes riquezas culturales: edificios de una gran belleza, museos, bibliotecas. Todo eso ahora es un bien del pueblo. Todo eso ayudará al pobre y sus hijos a volverse hombres nuevos. Ustedes gritan: ¡vergüenza al ladrón que se apropia del bien ajeno! Y ustedes lo amenazan con los peores castigos. Pero es cien veces más vergonzoso ser el ladrón del pueblo… Sí, ustedes son el joven dueño del país y, aunque ustedes, ahora, tengan mucho en qué pensar y mucho por hacer y trabajar, sabrán defender sus riquezas artísticas y científicas…

Es particularmente terrible, en estos días de lucha violenta, de guerra destructiva, ser Comisario de Instrucción pública. Solamente la esperanza de la victoria del socialismo, fuente de una nueva cultura superior, nos brinda un alivio. Sobre mí pesa la responsabilidad de la protección de las riquezas artísticas del pueblo…

Les suplico, camaradas, denme su apoyo, les pido su ayuda. Conserven para ustedes y para sus descendientes la belleza de nuestra tierra...

Pronto incluso los más ignorantes, se despertarán y comprenderán que el arte es una fuente de alegría, de fuerza y de sabiduría...[19]”

 


[1] André Morizet (1876-1942). Hijo de un notario radical, estudiante de derecho, André Morizet fundó en Reims en 1898, la Unión Socialista de la Marne, en 1900 fue secretario del grupo de estudiantes colectivistas, luego elegido miembro de la CAP (Comisión Administrativa Permanente) nacional de la SFIO en vísperas de la guerra. Luego de ser herido en el frente, fue convocado por Albert Thomas al Ministerio de Armamento en 1915. Entonces se alió a la mayoría, socialpatriota y, por ejemplo, fue partidario de sancionar a los tres diputados socialistas (Raffin-Dugens, Blanc y Brizon) que habían participado en la conferencia de Kienthal... En 1919 es alcalde de Boulogne. En 1920, en el Congreso de Tours, vota la adhesión a la III Internacional y se une al Partido Comunista. Electo a su comité director en octubre de 1922, deja el Partido Comunista a fines de 1923, con la mayoría de la sección de Boulogne por negarse a obedecer a la orden de dejar la Liga de los Derechos del Hombre y la Francmasonería. Adhiere al Partido Socialista-Comunista fundado por Paul-Louis. Es elegido senador de la Seine en 1927, luego regresa a la SFIO en 1928 y es reelecto senador, socialista SFIO, esta vez, en 1935. Siguie siendo senador y alcalde de Boulogne después del armisticio hasta su muerte en marzo de 1942.

2] Danton, Georges Jacques (1759-1794). Político y revolucionario francés. Fundador del Club de los Cordeliers (1790), ministro de Justicia con la Asamblea Legislativa y creador del Tribunal Revolucionario. Verdadero jefe de gobierno en Francia, dirigió la lucha contra las coaliciones extranjeras al tiempo que intentaba, con maniobras diplomáticas, desmembrarlas. En el interior, su política se orientó a ahogar las insurrecciones y mantener el fervor patriótico. Diputado por París en la Convención, fue uno de los jefes del partido de La Montaña. Instigador de la creación del Comité de Salud Pública, lo dirigió hasta 1793. Fue detenido por orden de Robespierre y guillotinado junto con varios de sus amigos y colaboradores. (NdeT).

[3] Tsarkoie Selo: residencia de verano de los zares, a 25 km. de San Petersburgo. Literalmente significa aldea de los zares. Rebautizada en 1937 con el nombre de Putchkin en honor al centenario de su muerte. (NdeT).

[4] Pestalozzi Johann Heinrich (1746-1827). Pedagogo suizo. Fundador y director de diversos centros educativos; recogió la influencia de las ideas de Rousseau que posteriormente modificó. Sus ideas pedagógicas centran su interés en la función social del ser humano. (NdeT).

[5] Pueblo amerindio que habita en los estados de Minas Gerais y Espíritu Santo. Prácticamente exterminados por los europeos, los supervivientes han tenido que adaptarse a la cultura blanca, y viven de la agricultura, de la caza y de la recolección de frutos silvestres. (NdeT)

[6] En 1903, Canadá gastaba para Instrucción Pública 5 rublos 98 por cada habitante; Rusia, 0 rublo 44 (Informe de Lilina).

[7] Legras, profesor de la Universidad de Dijon, ha dado en su libro Al país ruso (1892) esta definición terrible de las escuelas primarias del zarismo: "Sería temerario afirmar que el objetivo principal de estas escuelas sea el deseo de arrancar el pueblo de la ignorancia; tienen ante todo, un carácter ofensivo; forman parte de una táctica gubernamental; en lugar de haber sido establecidas a favor de los pobres, parecen haber sido sobre todo dirigidas contra el movimiento liberal". Y cita este hecho característico: "Hace algún tiempo, cierto señor P..., noble señor y presidente de la nobleza en un cantón del gobierno de Nijni-Novgorod, se volvió tristemente famoso por una carta en la que declaraba a un amigo que "gracias a sus esfuerzos en la escuela de la que era curador, el número de alumnos había caído de 60 a 40 y que bien pronto terminaría no teniendo más".

[8] Narcompros: Comisariado del pueblo para la Instrucción Pública. (NdeT).
[9] Lakanal, Joseph (1762-1845). Político francés. Después de ejercer el profesorado en distintos lugares, fue elegido diputado a la Convención Nacional y se distinguió por su odio a la monarquía. Votó la muerte de Luis XVI sin apelación ni aplazamiento. Nombrado miembro de la Junta de Instrucción Pública, dictó decretos contra los que estropearon monumentos artísticos, sobre la propiedad de los escritores, compositores y artistas, así como para la organización de las escuelas normales. (NdeT).
[10] Condorcet, Marie Jean-Antoine Caritat, marqués de: (1743-1794) Filósofo, político y matemático francés. Fue miembro de la Academia de Ciencias de París y colaboró con la Enciclopedia. Editó las obras completas de Voltaire y publicó trabajos sobre economía política siguiendo las ideas de Turgot, con quien había mantenido importante correspondencia. Acusado de pertenecer al partido girondino (1793), fue detenido por los jacobinos, envenenándose para no morir en el cadalso. Durante el año de su reclusión escribió Bosquejos de un cuadro histórico de los progresos del espíritu humano: rechaza en él la idea del sentimiento religioso y concibe la historia como un perfeccionamiento indefinido de la humanidad. (NdeT).

[11] Según el último censo cuyos resultados fueron publicados el 20 de agosto de 1921, el número de niños educados por el estado se eleva a: niños de 1 a 3 años (Comisariado de Higiene Pública) 154.000; niños de 4 a 7 años (Comisariado de Instrucción Pública): 411.300; niños de menos de 16 años en las Casas de Descanso del Comisariado de Instrucción Pública: 115.000; niños de las escuelas del primer grado (Ucrania, Turquestán, y Crimea no incluidas): 6.434.000.

[12] Según el censo, cuyos resultados han sido publicados el 20 de agosto de 1921, las escuelas de 2º grado poseen ahora 415.000 alumnos (sin incluir a Ucrania, Turquestán y Crimea). Si se agrega a esta cifra a la que di, habría entonces en el conjunto de las instituciones preescolares y escolares de 1º y 2º grado 7.529.300 niños, o sea un 16,2% del número total de niños.

[13] Isbas: Pequeñas casas de madera de pino, características de los campesinos del norte de Rusia. (NdeT)

[14] Alógeno: De un origen diferente al de la población autóctona. (NdeT).

[15] Jacques Mesnil ha publicado, en L´Humanité y el Bulletin Communiste, a fines de 1921, varios estudios muy interesantes sobre el arte y la Revolución rusa.

[16] Andreiev Leonid (1871-1919) Novelista y dramaturgo ruso. Se exilió en Finlandia en 1917. (NdeT).
[17] Merejkowski Dimitri (1866-1944) Nació en San Petersburgo y murió en París. Ensayista y novelista. Escribió la trilogía “Cristo y Anticristo”. (NdeT).

[18] Hippius Zinaida Nicolaieva (1869-1945) Escritora rusa. Casada con el escritor Merejkowski, se exilió tras el triunfo de la revolución bolchevique en 1917. (NdeT).

[19] El texto íntegro de este llamado, así como la carta de renuncia de Lunacharski, se encuentra en “La Rusia Bolchevista” de Antonelli (Paris, 1919, p. 50 y siguientes) 



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