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Debemos estudiar la revolución de Octubre

Kislovodsk, 15 de septiembre de 1924

Aunque la suerte nos ha acompañado en la Revolución de Octubre, no ocurrió lo mismo con nuestra literatura. Todavía no poseemos una sola obra que ofrezca un cuadro general de la revolución y que haga resaltar sus momentos más culminantes desde el punto de vista político y organizativo. Más aún, hasta el presente no se han editado los materiales que caracterizan las diferentes fases preparatorias de la revolución y la revolución misma. Publicamos muchos documentos y materiales sobre la historia de la revolución y del partido antes y después de Octubre; pero, se le consagra mucha menos atención al propio Octubre. Llevada a cabo la insurrección, parece que hemos decidido no que ya no hay que repetirla. Se podría decir que no esperamos del estudio de Octubre, de las condiciones de su preparación inmediata, de su realización y de las primeras semanas de su consolidación, una utilidad directa para las tareas urgentes de la organización ulterior.

No obstante una apreciación así, aun siendo en parte inconsciente, es profundamente errónea y denota, además, cierto carácter de estrechez nacionalista. En caso de que no tengamos que repetir la experiencia de la Revolución de Octubre, ello no significa que esta experiencia no deba servirnos de enseñanza. Constituimos una fracción de la Internacional, mientras el proletariado de los demás países ha de resolver aún su problema de Octubre. Y en el transcurso del año pasado, hemos tenido pruebas harto convincentes de que los partidos comunistas más avanzados de occidente no sólo no han sabido asimilar nuestra experiencia, sino que ni siquiera la conocen desde el punto de vista de los hechos.

Claro está que cabe la observación de que es imposible estudiar Octubre e incluso editar los materiales referentes al caso sin volver a poner sobre el tapete las antiguas divergencias; pero resultaría demasiado mísera semejante manera de abordar la cuestión. Evidentemente, los desacuerdos de 1917 eran muy profundos y estaban muy lejos de ser fortuitos; pero resultaría demasiado mezquino tratar de convertirlos ahora en un arma de combate contra los que se equivocaron entonces. Con todo, resultaría aún más inadmisible que, por consideraciones de orden personal, calláramos acerca de los problemas capitales de la Revolución de Octubre, que revisten importancia internacional.

El año pasado [1923, NdE], sufrimos dos penosas derrotas en Bulgaria. Primero, por fatalistas consideraciones doctrinales, el Partido Comunista Búlgaro desperdició el momento excepcionalmente propicio para una acción revolucionaria (el levantamiento de los campesinos después del golpe de fuerza de junio de Zankov). Luego, intentando reparar su error, se lanzó a la insurrección de septiembre sin haber preparado las premisas políticas y organizativas. La revolución búlgara tenía que servir de introducción a la revolución alemana. Por desgracia, esta deplorable introducción ha tenido un desarrollo todavía peor en Alemania[1]. Durante el segundo semestre del año observamos en este país una clásica demostración de la manera en que puede desaprovecharse una situación revolucionaria excepcional y de importancia histórica mundial.

Tampoco las experiencias búlgara y alemana han sido objeto de una apreciación lo bastante completa y concreta. El autor de estas líneas dio el mismo año un esquema del desarrollo de los acontecimientos alemanes (véanse en el opúsculo Oriente y occidente los capítulos titulados “En un viraje” y “La etapa por la que atravesamos”). Los sucesos posteriores han confirmado enteramente dicho esquema. Nadie, al menos, ha tratado de dar otra explicación. Pero no basta con un esquema; necesitamos un cuadro completo del desarrollo de los acontecimientos del año en Alemania, con apoyo de todos los hechos, un cuadro que esclarezca las causas de esta penosa derrota.

Es difícil, no obstante, pensar en un análisis de los acontecimientos de Bulgaria y Alemania cuando aún no hemos trazado un cuadro político de la Revolución de Octubre. Todavía no nos hemos dado exacta cuenta de lo que hemos hecho y de cómo lo hemos hecho. Después de Octubre, parecía que los acontecimientos se desarrollarían en Europa por sí solos y con tal rapidez que no nos dejarían siquiera tiempo para asimilar teóricamente las lecciones de entonces. Pero ha quedado demostrado que, sin un partido capaz de dirigir la revolución proletaria, ésta se torna imposible. El proletariado no puede apoderarse del poder a través de una insurrección espontánea. Aun en un país tan culto y tan desarrollado desde el punto de vista industrial como Alemania, la insurrección espontánea de los trabajadores en noviembre de 1918 no hizo sino transmitir el poder a manos de la burguesía. Una clase explotadora se encuentra capacitada para arrebatar el poder a otra clase explotadora apoyándose en sus riquezas, en su “cultura”, en sus innumerables ligazones con el viejo aparato estatal. Sin embargo, cuando se trata del proletariado, no hay nada capaz de reemplazar al partido. El verdadero período de organización de los partidos comunistas empezó a mediados de 1921 (“lucha por las masas”, “frente único”, etc.)[2]. Entonces, las tareas de Octubre quedan relegadas a segundo plano, así como su estudio. El año pasado ha vuelto a enfrentarnos con las tareas de la revolución proletaria. Ya es hora de reunir todos los documentos, de editar todos los materiales y de proceder a su estudio.

Sabemos con certeza que cualquier pueblo, cualquier clase y hasta cualquier partido se instruyen principalmente por experiencia propia; pero ello no significa en modo alguno que la experiencia de los demás países, clases y partidos tenga poca importancia. Sin el estudio de la gran Revolución Francesa, de la Revolución de 1848 y de la Comuna de París, jamás hubiéramos llevado a cabo la Revolución de Octubre, aun mediando la experiencia de 1905. En efecto, hicimos esta experiencia apoyándonos en las enseñanzas de las revoluciones anteriores y continuando su línea histórica. Se invirtió todo el período de la contrarrevolución en el estudio de las lecciones de 1905; pero para el estudio de la revolución victoriosa de 1917 no hemos realizado la décima parte del trabajo que realizamos para la primera. Y eso que no vivimos en un período de reacción ni en la emigración. Muy al contrario, las fuerzas y los medios de que disponemos en la actualidad no se pueden comparar con los de aquellos penosos años. Hay que poner en el orden del día, en el partido y en toda la Internacional, el estudio de la Revolución de Octubre. Es preciso que todo nuestro partido y, en particular, las juventudes, estudien minuciosamente esta experiencia, que ha brindado una verificación incontestable de nuestro pasado y nos abrió una gran puerta al futuro. La lección alemana del año pasado no sólo es un serio llamado de atención, sino también una amenazadora advertencia.

Se puede, en verdad, decir que un conocimiento más concienzudo del desarrollo de la Revolución de Octubre no habría sido una garantía de triunfo para nuestro partido alemán. Cierto que el estudio aislado de la Revolución de Octubre es insuficiente para darnos la victoria en los demás países; pero a veces existen situaciones con todas las premisas de la revolución, salvo una dirección resuelta y clarividente del partido, basada en la comprensión de las leyes y métodos de la revolución misma. Ésta era, precisamente, la situación en Alemania el año pasado, y puede repetirse en otros países.

Ahora bien, para el estudio de las leyes y métodos de la revolución proletaria, no hay hasta hoy ninguna fuente más importante que nuestra experiencia de Octubre. Los dirigentes de los partidos comunistas europeos que no hicieran un estudio crítico (con todos sus pormenores) de la historia de aquella revolución, se asemejarían al caudillo que, conforme se preparase para nuevas guerras, no estudiara la experiencia estratégica, táctica y técnica de la última guerra imperialista. Un caudillo así condenaría a la derrota a sus ejércitos.

El partido es el instrumento esencial de la revolución proletaria. Nuestra experiencia de un año (febrero de 1917-febrero de 1918) y las complementarias de Finlandia, Hungría, Bulgaria, Italia y Alemania, casi nos permiten enunciar como ley inevitable la crisis dentro del partido cuando se pasa del trabajo de preparación revolucionaria a la lucha directa por el poder.

En general, las crisis dentro del partido surgen a cada viraje importante, como preludio o consecuencia suya. La razón de ello estriba en que cada período del desarrollo del partido tiene sus características especiales y reclama determinados hábitos y métodos, dimanando de ahí el origen directo de choques y crisis. “Sucede harto a menudo –escribía Lenin en julio de 1917– que, a un viraje brusco de la historia, los mismos partidos avanzados no puedan, por un tiempo más o menos largo, adaptarse a la nueva situación, y repitan consignas eficaces ayer que carecen hoy de sentido, tanto más ‘súbitamente’ cuanto más súbito haya sido el viraje histórico”. De donde se deduce un peligro: si el viraje ha sido demasiado brusco o inesperado, y si el período anterior ha acumulado con exceso elementos de inercia y de conservadurismo en los órganos dirigentes del partido, éste se muestra incapaz de ejercer la dirección en el momento más grave, para el cual se había preparado durante varios años o decenios. Lo corroe la crisis y el movimiento se efectúa sin finalidad, predestinado a la derrota.

Un partido revolucionario está sometido a la presión de diferentes fuerzas políticas. En cada período de su desarrollo elabora los medios de resistirlas y rechazarlas. En los virajes tácticos, que comportan reagrupamientos y roces interiores, disminuye su fuerza de resistencia. De ahí la posibilidad constante, para las agrupaciones internas de los partidos, engendradas por la necesidad del viraje táctico, de desarrollarse considerablemente y de llegar a ser una base de diferentes tendencias de clase. En resumen, un partido desvinculado de las tareas históricas de su clase se convierte o corre el riesgo de convertirse en un instrumento indirecto de las demás.

Si la observación que acabamos de hacer es justa respecto a cada viraje táctico importante, con mayor razón lo será respecto a los grandes virajes estratégicos. Entendemos por táctica en política –por analogía con la ciencia bélica–, el arte de conducir las operaciones aisladas; por estrategia, el arte de vencer, es decir, de apoderarse del mando. Antes de la guerra, en la época de la II Internacional, no hacíamos estas distinciones; nos limitábamos al concepto de la táctica socialdemócrata. Nuestra actitud no era azarosa. La socialdemocracia tenía una táctica parlamentaria, sindical, municipal, cooperativa, etc. En la época de la II Internacional no se planteaba la cuestión de la combinación de todas las fuerzas y recursos, de todas las armas para obtener la victoria sobre el enemigo, porque aquélla no se asignaba prácticamente la misión de luchar por el poder. La Revolución de 1905, después de un largo intervalo, renovó las cuestiones esenciales, las cuestiones estratégicas de la lucha proletaria.
De este modo aseguró inmensas ventajas a los revolucionarios socialdemócratas rusos, es decir, a los bolcheviques.

La gran época de la estrategia revolucionaria comienza en 1917, primero en Rusia y después en toda Europa. Es evidente que la estrategia no impide la táctica. Las cuestiones del movimiento sindical, de la actividad parlamentaria, etc., no desaparecen de nuestro campo visual, sino que adquieren una nueva importancia, como métodos subordinados de la lucha combinada por el poder. La táctica se subordina a la estrategia.

Si los virajes tácticos engendran habitualmente en el partido roces interiores, con mayor razón los virajes estratégicos deben de provocar trastornos mucho más profundos. Y el viraje más brusco es aquel en que el partido del proletariado pasa de la preparación, de la propaganda, de la organización y de la agitación a la lucha directa por el poder, a la insurrección armada contra la burguesía. Todo lo que dentro del partido hay de irresoluto, escéptico, conciliador, capitulante, se yergue contra la insurrección, busca la oposición de fórmulas teóricas y las encuentra prontas en sus adversarios de ayer, los oportunistas. Más adelante vamos a observar varias veces este fenómeno.

En el período de Febrero a Octubre, al efectuar un largo trabajo de agitación y de organización entre las masas, el partido hizo un examen último, una selección final de sus armas, antes de la batalla decisiva. En Octubre, y después, se comprobó la importancia de tales armas en una operación de vasta envergadura. Ocuparse ahora de apreciar los diferentes puntos de vista sobre la revolución en general y sobre la Revolución Rusa, en particular, pasando por alto la experiencia de 1917, supondría entregarse a una escolástica estéril en vez de emprender un análisis marxista de la política. Sería igual a actuar como individuos que discutieran las ventajas de los diversos métodos de natación, negándose obstinadamente a mirar el río donde los nadadores los aplican. No hay mejor prueba de los puntos de vista revolucionarios que la aplicación de ellos durante la revolución, así como el método de natación se comprueba mejor cuando el nadador se arroja al agua.

[1] En 1923, luego de la ocupación del Ruhr, estalló una situación revolucionaria en Alemania. Las condiciones estaban maduras para una insurrección, sin embargo el Partido Comunista alemán demostró ser incapaz de desempeñar el papel que le correspondía, organizando y dirigiendo la insurrección. El temor a repetir el error “putchista” de 1921 paralizó al partido. La revolución fue derrotada. Tras su recuperación, la burguesía alemana pasó a la ofensiva.

[2] El III Congreso de la Internacional Comunista se reunió en junio de 1921. Como resultado de su profunda discusión sobre la “acción de marzo” del Partido Comunista alemán, el Congreso adoptó finalmente la consigna “Hacia el poder a través de la previa conquista de las masas”, echando las bases para una política de frente único. Esta posición se adoptó con el apoyo de Lenin y Trotsky, contra los elementos ultraizquierdistas y putchistas del Congreso. La estrategia orientadora de la acción de marzo de 1921 en Alemania, era conocida como “teoría de la ofensiva”, con la idea central de “electrizar” a las masas pasivas mediante la acción de una minoría insurrecta. Esta “teoría” condujo al fracaso de la revolución.



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