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Del verbalismo socialista a la acción

Izquierda Comunista Española. Comunismo N.º 31.

 

Como consecuencia de la última contienda electoral, la reacción monárquica y fascista se dispone a apoderarse de la gobernación del país. Las míseras conquistas logradas por el proletariado y el régimen mismo, están seriamente amenazados por la reacción. Pero aunque el avance de las fuerzas reaccionarias no viniera acompañado de una restauración monárquica, la situación del momento no cambia en nada para el proletariado. Poco importa la forma exterior, es decir, el régimen. El gran lema de combate de la burguesía es el antiobrerismo, disimulado tras el seudónimo de “antimarxismo”. Se pretende hacer pasar (sin lograr engañar a nadie) por lucha contra una doctrina, la lucha contra los intereses de las masas obreras, contra sus conquistas, contra sus reivindicaciones, contra sus organizaciones, contra sus partidos. La lucha de clases está aquí, la explotación del obrero por el burgués está aquí, en el sistema social presente, y la conoce por experiencia el obrero más atrasado sin conocer para nada la doctrina de Marx.

El triunfo electoral de la reacción clerical y monárquica ha sido posible porque aun cambiada la forma del régimen habían conservado todas sus posiciones de privilegio. En los pueblos y zonas agrarias del país, sus posiciones eran inexpugnables. El triunfo de las elecciones del 12 de abril de 1931, que trajeron la República, se debió al voto aplastante de las ciudades en favor del nuevo régimen. Pero la situación en los pueblos siguió siendo la misma: los resortes de la política siguieron en manos de los curas, de los caciques y de los señores de la tierra. Todo intento de desalojarlos de sus posiciones por vía electoral ha sido sencillamente vano, como lo han demostrado las elecciones parciales celebradas con este fin. El voto del campesino y el voto de los pueblos en general sigue tan mediatizado por los terratenientes y los caciques como en tiempos de la Monarquía: las mismas manos disponen de la gran masa del pueblo.

Esta situación tenía que revelarse un día u otro en toda su gravedad. Tan pronto como la burguesía creyó que había llegado la hora de abandonar el bloque de los partidos republicanos porque le resultaban ya un estorbo el reformismo obrero y los partidos pequeñoburgueses de izquierda, se invirtieron las situaciones con respecto al 12 de abril. Frente al campo republicano dividido apareció la reacción formando un bloque compacto. Su victoria, obtenida sobre la base de los pueblos y los lugares más reaccionarios, es la más palmaria demostración de las posiciones que habían conservado.

El desplazamiento de una buena parte de la burguesía y de la pequeña burguesía hacia la extrema reacción, el voto femenino, son todos factores que han contribuido considerablemente al triunfo de las fuerzas monárquicas y fascistas. Pero sería completamente falso suponer que el triunfo electoral de las derechas se debe a un desplazamiento en masa de la opinión desde las posiciones en que se manifestó el 12 de abril de 1931 hasta las que acusan el resultado de las elecciones últimas. La reacción conservaba en sus manos posiciones decisivas que en un momento dado podrían no notarse por aparecer formando un bloque confuso, una amalgama de partidos y de clases. Pero tan pronto se rompiese este bloque (criminal para el proletariado, pues lo ataba de pies y manos a los partidos burgueses) tenía que revelarse la fuerza de la reacción. Las últimas elecciones vienen a revelar ante todo que la política de estos dos años y medio era una pura ficción. Se consideraba eliminada la monarquía, el caudillismo militar, el poder de los aristócratas, el clericalismo, y en unas simples elecciones, sin más dificultad que esa, que una simple contienda electoral, surgen de nuevo estas fuerzas, amenazando con eliminar de un soplo toda la labor de dos años: régimen político, Constitución, estatutos regionales, leyes laicas, reforma agraria, etcétera.

Se ha engañado durante dos años y medio a las masas trabajadoras (que quieren desembarazarse en serio de sus enemigos seculares) con una política embustera que ocultaba sus capitulaciones en la gesticulación pedante y en la frase revolucionaria. A pesar de las “confiscaciones” y de la reforma agraria, los señores de la tierra tienen la misma fuerza de siempre. Después de dos años y medio de política laica, el clero sigue siendo una primera potencia. Después de las sensacionales “reformas del ejército”, siguen las oligarquías militares campando por el país.

La experiencia de estos dos años ha demostrado palmariamente la incapacidad de la democracia burguesa y del reformismo para resolver los problemas más elementales de la revolución. Dándose cuenta de que el proletariado sacará estas consecuencias, el partido socialista finge que se radicaliza y que abandona el camino de la democracia burguesa y de las reformas. Hemos de reconocer que no sin éxito ha dado el socialismo este paso verbal por la senda revolucionaria. Los errores profundos de las organizaciones revolucionarias, su incapacidad para abrirse camino han conducido al proletariado a aglomerarse en torno al partido socialista, esperando de él una solución. Nosotros hemos de declarar con toda energía que ligarse al partido socialista como vanguardia revolucionaria es condenarse a la impotencia y exponerse a una derrota segura sin combate. Una cosa es que para fines electorales hayamos apoyado en la segunda vuelta la candidatura socialista, a fin de que la división de candidaturas obreras no reforzase las posiciones parlamentarias de la reacción, y otra cosa es hacerse la menor ilusión respecto a posibles actitudes revolucionarias del socialismo. Ninguna organización revolucionaria consciente puede intentar con el proletariado el crimen de alimentar esta ilusión. Ello equivale, en la práctica, a conducir al proletariado por la misma vía que lo ha condenado a la impotencia en estos dos años y medio, que ha hecho posible el reforzamiento de la reacción, y a cerrarle el camino de la lucha revolucionaria, el camino de una victoria rápida y segura en el instante actual. Ya desde el gobierno empezaron los socialistas con la propaganda revolucionaria. Pero no han pasado nunca de la frase al hecho. La lucha contra el lerrouxismo la han llevado con constantes amenazas de actitudes revolucionarias que se han quedado reducidas a meras frases. Triunfó Lerroux, han sido disueltas las Cortes, han triunfado en las nuevas elecciones las derechas y los socialistas no han salido todavía de las amenazas revolucionarias. Mientras tanto, la reacción no ha hecho más que ganar terreno.

El tono deliberadamente equívoco e incierto en un momento en que las circunstancias exigen posiciones claras y concretas constituye la mejor prueba de que la propaganda socialista es una falacia. Se mantiene distraída la voluntad de lucha de las masas como si se estuviera esperando que la reacción intente pasar a la ofensiva abierta para oponer la contraofensiva revolucionaria. Esta matonería aparente es el mayor narcótico que se le puede suministrar en este momento al proletariado. Cuando la reacción no ataca es porque se siente débil. Cuando pasa al ataque descarado es porque el proletariado está debilitado y se encuentra en peores condiciones para reaccionar. Mañana será más difícil que hoy vencer a la reacción. La mejor arma con que cuenta ésta es el socialismo, que mantiene paralizada la voluntad de lucha de las masas. Nuestra presente experiencia nacional, ligada a toda la experiencia internacional, es la condenación más elocuente del reformismo, y el proletariado tiene que sacar como consecuencia que hay que abandonar los viejos partidos socialistas podridos hasta la médula y organizar una verdadera vanguardia revolucionaria, un partido comunista capaz de organizar la lucha y la victoria.

El partido socialista, en conjunto, no tiene reforma posible. Los militantes socialistas que sinceramente se orientan por la vía revolucionaria deben de reconocer que la condición previa para que esta radicalización tenga eficacia es la escisión en el partido. Sin esto, el ala revolucionaria del partido no podrá dar un paso y la corriente revolucionaria que indiscutiblemente existe en sus filas estará condenada a la impotencia. Nadie ignora, por ejemplo, que un Besteiro es capaz de ir a la escisión antes de consentir una lucha revolucionaria contra la clase enemiga. En este caso están con diferencia de grados la totalidad de los líderes socialistas. Ni un Trifón Gómez se va a convertir de la noche a la mañana en un tigre revolucionario, ni Largo Caballero, el reformista cien por cien, se va a transformar en un momento de mal humor en el Lenin español.

Orientarse por la vía de la revolución es el deber del proletariado en este momento, y para ello hay que desprenderse de un reformismo incorregible. Estamos dispuestos a luchar de acuerdo con las organizaciones reformistas en la medida en que actúen revolucionariamente. Las organizaciones revolucionarias deben de esforzarse por entrar en relación con las organizaciones reformistas y con las masas que las siguen, que sinceramente quieren luchar, para un plan de acción común. Para la pasividad no aceptamos ningún compromiso. En la escala nacional, en la escala regional o local, las organizaciones reformistas deben encontrar en las organizaciones revolucionarias sus aliados más leales y mejores para toda acción de conjunto contra el enemigo. Pero también los más severos acusadores de las constantes maniobras de los líderes para desviar al proletariado de la lucha.

La necesidad de disolver las Cortes reaccionarias, de impedir a toda costa que el bloque de los lerrouxistas con los monárquicos consume su obra desde el gobierno, es reconocida por todos. Sobre esta base debemos entendernos. No podemos confiar la disolución de las Cortes a la reacción misma. Esto tiene que ser obra del proletariado, de sus organizaciones unidas para la lucha. Hemos de manifestar nuestra intransigencia con las Cortes actuales. Hemos de estar dispuestos hasta donde sea menester. Las Cortes deben ser disueltas, los partidos monárquicos también y ha de serles prohibida toda actividad y propaganda. El sufragio para ambos sexos debe ampliarse hasta la edad de dieciocho años y debe alcanzar incluso a los soldados. Por aquí se debió empezar. Lo que no se ha conseguido en dos años largos de reformismo y de componendas parlamentarias ha de conseguirse por la acción revolucionaria del proletariado.



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