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Después de la intentona borbónica: contra la reacción monárquica, el Frente Proletario de lucha

Izquierda Comunista Española. Comunismo, Nº 15, agosto de 1932.

 

Cuando ya teníamos compuesto este número de la revista y nos disponíamos a su impresión, ha surgido la intentona monárquica que durante un día ha puesto en tensión la energía revolucionaria del país, es decir, de la clase trabajadora. Del hecho se deduce toda una serie de enseñanzas en general y de medios tácticos para la lucha victoriosa de la clase trabajadora contra la reacción borbónica y republicana. A la luz de los hechos se evidencia cada día cómo la Izquierda Comunista, durante todo el proceso de la revolución, ha tenido una visión exacta de la situación, y al propugnar el planteamiento de consignas democráticas no hacía más que impulsar el curso revolucionario e intentar garantizar la dirección de la lucha al partido comunista.

La República, que surgió el 14 de abril como consecuencia de un movimiento profundamente popular, desde los primeros momentos tendió a la claudicación ante sus antiguos enemigos políticos, con los que no sólo transigió, sino a los que confió puestos de máxima responsabilidad. Mientras a derecha el gobierno republicano-socialista daba muestra de la más completa transigencia, reforzaba su represión contra la clase trabajadora revolucionaria. Aprovechando el fervor democrático de las masas hacía aprobar leyes bajo el pretexto de la lucha contra la reacción, leyes que tenían prácticamente por único objeto el aniquilamiento de las organizaciones de clase. Mientras los generales del Directorio gozaban de libertad y podían conspirar libremente, los obreros revolucionarios se encontraban en Bata y en las prisiones de toda España. La prensa obrera era suspendida, como en el caso de Mundo Obrero, o denunciada sistemáticamente, como Solidaridad Obrera, La Palabra, El Soviet, El Libertario, Las Masas, Tierra y Libertad, etc., etc. Los periódicos militaristas, monárquicos o monarquizantes incitaban abiertamente a la contrarrevolución. Esta encontraba vía libre.

Los hechos ocurridos no podían sorprender a nadie. La prensa revolucionaria venía denunciándolos diariamente, obteniendo por toda réplica la afirmación de que los militares eran absolutamente afectos al régimen. Mundo Obrero denunció públicamente en los meses de diciembre y enero las andanzas conspiradoras del general Sanjurjo. A pesar de que sus maniobras eran del dominio público, se le mantuvo en la dirección de la Guardia Civil, y posteriormente se le dio el mando de los carabineros. El incidente de Carabanchel[1] fue el corolario de toda la agitación monárquica que había de tener su epílogo en los sucesos del día 10. Sin embargo, la única medida verdaderamente represiva adoptada fue el encarcelamiento del teniente coronel Mangada, conocido no sólo como republicano, sino como republicano de izquierda. Al mismo tiempo que todo esto ocurría, los radicales lerrouxistas, a pesar de sus reiteradas promesas de fidelidad a la República, se convertían en los fomentadores de la reacción monárquica. Y ante ellos, tanto la cámara como el partido socialista adoptaban una actitud de franca camaradería.

La cobardía de los conspiradores y la reacción decidida de la clase trabajadora han terminado rápidamente con la intentona borbónica. Pero las consecuencias que se deducen de ello no son sólo éstas. De una manera terminante y visible se ha demostrado ante las masas populares que las conquistas más elementales de la revolución democrática están todavía por llevarse a cabo. Aquellos trabajadores que todavía se encuentran bajo la influencia nefasta de la socialdemocracia han podido ver, en la realidad de los acontecimientos, cómo todo está por hacer. El clamor popular se ha manifestado principalmente contra la imprevisión del gobierno republicano-socialista y contra su política de claudicación y transigencia con los elementos monárquicos o monarquizantes. Ya nos encontramos ante nuevas promesas, que tendrán el mismo valor que las pasadas. La burguesía republicana no puede, de ninguna manera, llevar a sus últimas consecuencias la revolución democrática. Inmediatamente que la clase obrera se lance a la defensa de sus reivindicaciones, volverá a encontrarse como enemigos a los guardias civiles sublevados en Sevilla. Precisamente, la misión del gobierno republicano-socialista es el aniquilamiento de las organizaciones de clase, y pactará, para lograr esto, incluso con los más intransigentes monárquicos.

La lucha efectiva contra la reacción le corresponde únicamente a la clase trabajadora, es decir, al partido comunista. Pero para ello es preciso que éste sepa englobar a la clase trabajadora en la lucha contra la reacción, y que acierte a la realización de una política consecuente de frente único proletario. Justo es reconocer que en los últimos acontecimientos se ha manifestado un serio viraje en el partido, que puede ser síntoma de un mejoramiento de su política y de un sincero deseo de ponerse a la cabeza de las masas obreras para impulsar y llevar la revolución democrática a sus últimos extremos. Sin embargo, sabemos también cómo se caracteriza la actual política comunista, por sus constantes zigzags y su abandono de las tareas inmediatas por gritos estentóreos dados en el vacío. La experiencia de los pasados meses, en que el partido comunista no ha jugado ningún papel principal en el curso de la revolución, deben ser altamente aleccionadores.

Puede decirse que los últimos acontecimientos servirán para poner sobre el tapete político, de nuevo, todos los problemas de la revolución democrática, entre los cuales, uno de los más importantes es la lucha contra la reacción. El partido comunista de ninguna manera debe quedar al margen de los próximos acontecimientos, y rodeado exclusivamente del grupo de incondicionales. Es preciso que se convierta en el guía efectivo de las masas obreras en las próximas luchas revolucionarias. Pero la garantía de este hecho descansa también en la habilidad de la dirección del partido para establecer un frente proletario de lucha. La compenetración con que en diversas ciudades de España han luchado juntamente contra la reacción monárquica los comunistas y las masas obreras influenciadas por la CNT, es ya de por sí un magnífico síntoma. El hecho de que en la Plaza de Toros de Sevilla se haya celebrado un mitin con intervención de oradores comunistas, sindicalistas, anarquistas y socialistas es toda una batalla ganada a la reacción. Y que en una manifestación celebrada en Barcelona hayan podido hablar juntamente un representante del partido, otro del bloque y nuestro camarada Andrés Nin, es un gran paso hacia la unificación del comunismo, condición indispensable para el éxito de los futuros combates.

De los propósitos de la reacción borbónica es un indicio que el primer manifiesto lanzado por el general monárquico Sanjurjo fuera para declarar al margen de la ley al partido comunista. Los elementos militaristas, feudales, terratenientes, etc., tienen como aspiración suprema el ataque violento contra el proletariado. El triunfo de la reacción supone el aniquilamiento físico de los elementos revolucionarios del país. Con un gran instinto de clase, así lo ha comprendido el proletariado español, que desde el primer momento de surgir la sublevación se ha aprestado a la defensa y al combate.

Este combate contra la reacción no tendrá verdadera virtualidad si no se lleva íntimamente ligado a la lucha contra los republicanos y socialistas, que con su política de represión contra la clase obrera revolucionaria hacen posible el levantamiento de la reacción, y, principalmente, contra los elementos radicales lerrouxistas, que bajo la máscara del republicanismo hacen la política de los monárquicos. La revolución iniciada el 14 de abril tiene en el proletariado a su único y verdadero defensor. Frente a la prensa venal republicana, que predica ya el impunismo de los generales reaccionarios, debe alzarse, enérgico y resuelto, el proletariado para exigir el fusilamiento de los culpables. Que el reciente levantamiento militar sirva de voz de alarma a la clase trabajadora, y que ésta se apreste a luchar resueltamente por las siguientes consignas: el desarme y disolución de la Guardia Civil, el encarcelamiento y ejecución de los jefes monárquicos, la expulsión de las órdenes religiosas, el fusilamiento de Sanjurjo; por la expropiación de los bienes de la iglesia, por la tierra para los obreros agrícolas y campesinos pobres, por las milicias de obreros y campesinos. No es el gobierno de los terratenientes, financieros y propietarios el que ha de hacer frente a la reacción, a la cual ha alentado con su política de persecución sistemática contra la clase obrera. Es el partido comunista el que ha de llevar a cabo esta lucha. ¡Trabajadores: Seguid las consignas del partido comunista, ingresad en él! 



[1] El 27 de junio de 1932, al finalizar un banquete, el general Poded, jefe del estado mayor, concluyó con el grito de “Viva España y nada mas”, que fue secundado por el general Villegas, jefe de la División de Madrid. El teniente coronel Mangada, presente en el acto, insistió en gritar “Viva la Republica”, siendo arrestado por insubordinación. El general Villegas fue destituido como consecuencia del incidente, y el general Poded dimitió. Ambos participaron en la sublevación del 18 de julio de 1936. el teniente coronel Mangada sirvió en las filas republicanas.



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