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El movimiento social contra la guerra

Gilbert Achcar

LCR, Francia - Rouge 2010, 27 de marzo de 1003

 

Frecuentemente en la historia, después de amplias manifestaciones por la paz, el desencadenamiento mismo de la guerra ahogaba a la reacción popular y alineaba a las opiniones públicas con la política de los ejércitos. Es decir, una capa de plomo se abatía sobre el movimiento democrático para hacerlo callar y enrolarlo en el militarismo.
Cambio de época, cambio de comportamiento, cambio de política. Esta vez, estos mecanismos clásicos empleados por las clases dominantes no funcionan. Desde hace una semana, se redoblaron los bombardeos, las tropas de la coalición se avalanzan contra la población irakí. Los medios masivos disciplinados a las órdenes llaman a la unión sagrada detrás de los GI's o los Boys... pero las manifestaciones antiguerra continúan. Millones de personas descienden a la calle, desde San Francisco hasta Aman.
En el corazón mismo de la potencia estadounidense, el movimiento sindical y los estudiantes se oponen a la guerra. Seguramente, la ilegitimidad de la guerra y las contradicciones entre potencias capitalistas abren brechas en el dispositivo enemigo utilizadas por los movimientos de masas.
Pero es necesario resaltar también que la guerra no tapa la cuestión social. Los razonamientos son diversos. La guerra ocupa el centro de la escena y tiende, incluso sobre un plan mediático, a relegar la información sobre las luchas sociales a un segundo plano. Pocos medios han dado cuenta de las importantes movilizaciones en el sector de los impuestos o en France Telecom. Pero el desconteno social está completamente presente.
Para algunos, el rechazo a la guerra se traduce también por el rechazo a todos los ataques capitalistas: los planes de despidos, las supresiones de empleo, los ataques a los sistemas de jubilaciones. Para otros, hay una cierta desconexión entre una cierta fatalidad frente a la guerra y el carácter inaceptable de los proyectos patronales y gubernamentales. Y en todos los casos, nadie se engaña con las tentativas de Chirac que, en nombre de la unión nacional, intenta hacer pasar por la fuerza sus contrarreformas liberales. Por todas estas razones, es indispensable combinar el desarrollo del movimiento antiguerra con la cuestión social.

François Sabad

 

 

Guerra contra Irak
Tormenta de arena en el engranaje

La administración Bush se embarcó en la guerra contra Irak sin ninguna certeza en cuanto a su salida, apostando como un jugador de poker a su buena suerte - o sobre la benevolencia divina, si se lo juzga por la devoción religiosa que es atribuida al presidente de los EEUU, un iluminado que tiene tantas cosas en común con Osama Bin Laden.
Contrariamente a la prudencia elemental que consiste en tomar siempre en cuenta lo peor, Washington ha fundado su acción contra Irak, desde el principio, en la apuesta arrogante de una victoria fácil, que desembocaría en un control del país por fuerzas de ocupación recibidas como fuerzas de liberación. Una de las claves de este escenario, que la fracción pro EEUU de la oposición irakí ha prometido a quien quisiera creerle, es una revuelta del ejército irakí, que se transformaría en el punto de apoyo principal del nuevo régimen enfeudado a Washington.
Sin embargo, las cosas se han desarrollado de forma muy diferente hasta ahora. La primera razón es que las dificultades políticas del tandem Bush-Blair, y sobretodo el formidable impulso del movimiento antiguerra a escala mundial, especialmente en Gran Bretaña y EEUU, han forzado a Washington a retrasar el desencadenamiento de la ofensiva y a reforzar todavía más su dispositivo por miedo a una prolongación de los combates. El retraso tomado, especialmente frente a las dificultades climáticas que se anuncian para el mes de abril, ha precipitado una ofensiva terrestre lanzada casi simultáneamente con los bombardeos intensivos. En 1991, Washington había bombardeado muy intensivamente al ejército irakí durante más de cinco semanas antes de comprometer las tropas terrestres. De hecho, las fuerzas del régimen estaban todavía dispuestas a combatir en el momento en que la ofensiva terrestre comenzó -infinitamente más que en 1991, cuando aquellos que habían sobrevivido a los bombardeos estaban exhaustos y atontados, y se rindieron en masa a las tropas de la coalición. Por su parte, la población irakí ha sorprendido a las fuerzas de ocupación por su actitud poco calurosa hacia ellos, cuando no es francamente hostil. Lo que los dirigentes en Whasington y Londres no han captado, es que esta población que tiene tantas razones para odiar a Saddam Hussein tiene aún más razones para odiarlos a ellos: los irakíes recuerdan la manera en la que la coalición los ha librado de Saddam Hussein en 1991. Ellos sufren aún el terror de doce años de embargo genocida impuesto por Washington y Londres, con la complicidad de sus socios en el Consejo de Seguridad de la ONU. Además, ¿cómo podrían recibir como liberadora a la alianza del colonizador británico del pasado y del sponsor del estado de Israel y principal opresor de la región?
La caída del régimen de Saddam Hussein provocará seguramente el alivio de muchos irakíes, pero ellos son bastante lúcidos para darse cuenta del hecho que la ocupación anglo-estadounidense no es un destino envidiable. Saben que son los recursos de Irak y no la felicidad de la población lo que interesa a Washington y a Londres. De hecho, le será probablemente muy difícil a Washington poner un gobierno irakí de su devoción, capaz de controlar la situación interior irakí por medio de fuerzas autóctonas -incluso si los EEUU establecen bases militares en el país para una ocupación a largo plazo, como tienen la intención. Y se sabe a qué punto será peligroso para las tropas anglo-estadounidenses estacionarse en forma duradera al interior de las ciudades.
Las dificultades para Washington y Londres sólo han comenzado. Para nosotros, el movimiento antiguerra, puede agravarlas considerablemente de tal manera que haga pagar muy caro a George W. Bush, a Tony Blair y a todos sus sostenedores, su guerra de agresión. La batalla para el retiro inmediato, total e incondicional de las tropas de coalición del territorio irakí se anuncia favorablemente. Ella debe ser combinada con la exigencia de elecciones libres y democráticas, sin tropas de ocupación, para la población irakí, y de la autodeterminación para la población kurda de Irak, así como también de Irán, Siria y Turquía.



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