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¿El plan quinquenal en cuatro años?[1]

 

 

Publicado en marzo de 1931

 

 

 

El trimestre adicional (octubre a diciembre de 1930) reveló una tasa elevada de desarrollo industrial. Sin embargo, al mismo tiempo, demostró que la conversión del plan quinquenal en cuatrienal es una aventura irres­ponsable que constituye una grave amenaza para el plan básico.

El año económico ruso, a diferencia del año calenda­rio, no empieza el 1º de enero sino el 1º de octubre. Ello es fruto de la necesidad de sincronizar los cálculos y operaciones económicas con el ciclo agrario. ¿Por qué se quebranta una disposición que como hemos visto, se introdujo por razones de peso? Porque es menester exaltar el prestigio burocrático. Cuando el cuarto tri­mestre del segundo año del plan quinquenal demostró que era imposible cumplir el plan en cuatro años, se re­solvió agregar un trimestre adicional, es decir, agregar tres meses a los cuatro años. Se suponía que, redoblando la presión ejercida sobre los músculos y nervios de los obreros en este periodo, el fetiche de la dirección infalible alentaría el éxito.

Pero como el trimestre adicional no poseía poderes mágicos (es sabido que no hay calor cuando el termómetro marca cero), a fines del trimestre resulto -tal como era de esperar y tal como lo previmos desde el comienzo- que, a pesar de que los miembros del par­tido, de los soviets y de los sindicatos azotaran a los obreros era imposible alcanzar los superritmos.

La industria de metales ferrosos del sur y el centro cumplió el plan del trimestre adicional en un ochenta por ciento. La industria metalúrgica en su conjunto cumplió aproximadamente un veinte por ciento de lo previsto (Pravda, 16 de enero). El Dombas rindió diez millones de toneladas de carbón en lugar de los dieci­séis millones previstos, o sea no más de un sesenta y dos por ciento. Las fábricas de superfosfatos cumplie­ron sus tareas industriales en un sesenta y dos por cien­to. En otras ramas de la industria las deficiencias no son tan grandes (no tenemos todavía todos los infor­mes) pero, en general, la llamada "falla" del plan es muy significativa, en especial y en particular en la construcción de capitales.

Sin embargo, la situación es peor en el terreno de los índices cualitativos. El diario Za Industrializatsia dice, en referencia a la producción carbonífera: "La falla en los índices cualitativos es mayor que la de los índices cuantitativos" (8 de enero). Respecto de la producción de mineral de hierro en Krivoi Rog el diario dice: "los índices cualitativos han bajado" (7 de enero). ¡Han bajado! Pero sabemos que su nivel anterior era extremadamente bajo. Con respecto a los metales no ferrosos y el oro el mismo diario dice: "Los precios suben en lugar de bajar." Se podría traer a colación toda una serie de datos similares. En cuanto a la importancia de, por ejemplo, el deterioro de la calidad del car­bón en relación con el transporte, nuestro correspon­sal dice, refiriéndose al transporte (véase la Carta de un sindicalista en el mismo número): disminución del número de viajes, locomotoras averiadas, mayor canti­dad de daños; en general, disloque de los transportes como resultado automático del deterioro de la calidad del combustible. Por su parte, la desorganización del transporte ferroviario que - no tardamos en comprobarlo - fue sumamente grave en el período del trimes­tre adicional, redundó muy negativamente en las res­tantes ramas de la economía. Este método deportivo de la dirección, que reemplaza a la planificación pruden­te, seria y flexible, significa una acumulación creciente de atrasos (muchas veces ocultos y, por consiguiente, sumamente peligrosos) que conllevan el peligro de explosiones graves, críticas.

Los ritmos del trimestre adicional son de por sí muy elevados y constituyen un nuevo y magnifico ejemplo de las inmensas conquistas inherentes a la econo­mía planificada. Bajo una conducción correcta -que tenga en cuenta los procesos económicos reales e intro­duzca los cambios que sean necesarios a medida que se desarrolla el plan-, los obreros podrían sentir un legítimo orgullo por los éxitos alcanzados. Pero los re­sultados que saltan a la vista son opuestos: los econo­mistas y los obreros observan con bastante frecuencia que el plan resulta imposible de realizar, pero no se atreven a decirlo en voz alta; trabajan bajo presión, ocultando su resentimiento; los administradores hon­rados y eficientes no se atreven a mirar a los obreros a los ojos. Todo el mundo está descontento. La contabi­lidad se ajusta a las instrucciones; la calidad del artícu­lo se ajusta a la contabilidad; todos los procesos econó­micos están envueltos en el humo de la mentira. Así se allana el terreno para una crisis.

¿Cuál es el motivo de todo esto? El prestigio de la burocracia, que finalmente remplazó la confianza cons­ciente y crítica del partido en su dirección. Debe decir­se, que este dios -el prestigio- no sólo es endemonia­damente exigente y cínico sino también bastante estú­pido; por ejemplo, no tiene el menor empacho en reco­nocer que los destructores realizan sus planes, lo que equivale a decir que ni Krshishanovski, ni Kuibishev, ni Molotov, ni Stalin, fueron capaces de descubrir por sí mismos en los síntomas económicos la actividad de los destructores. Por otra parte, este gran dios tampoco está dispuesto a reconocer que la implantación del periodo de cuatro años, fruto de la destrucción y del aventurerismo ignorante, ya ha demostrado ser un error.

Recordemos una vez más que cuando lanzamos la voz de alerta contra las medidas irresponsables, inmo­tivadas, improvisadas, Iaroslavski[2]-el trovador del prestigio- proclamó en todos los idiomas que nuestra advertencia constituía un nuevo ejemplo del carácter contrarrevolucionario del "trotskismo".



[1] ¿El plan quinquenal en cuatro años? Biulluten Opozitsi, Nº 19, marzo de 1931. Sin firma. Traducido (al inglés) para este volumen (de la edición norte­americana) por Jim Burnett.

[2] Emelian Iaroslavski (1878-1943): stalinista especializado en la extirpación del "trotskismo", lo que, no obstante, no le impidió caer en desgracia en 1931-1932, cuando no pudo mantener el ritmo exigido por Stalin para rehacer la historia soviética (ver Escritos 1932).



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