Obra de LT Menu Biblioteca Menu Publicaciones Menu Estudios Menu Novedades

Entrevista con la United Press[1]

Japón, China y la URSS

 

 

29 de febrero de 1932

 

 

 

La actividad de las tropas japonesas en China se está convirtiendo en un espiral cuyo radio crece de mes en mes. Ese método tiene sus ventajas políticas y económicas; introduce gradualmente en la guerra a la propia nación y a la enemiga, mientras el resto del mundo se enfrenta con una serie de faits accomplis. El método manifiesta que, en esta etapa preliminar, la camarilla militar tiene que combatir la oposición exterior y también la interna. Desde un punto de vista puramente militar, la acción “en pequeñas dosis” acarrea ciertas desventajas. Evidentemente, los gobernantes japoneses opinan que, dada la debilidad militar de China y las insolubles contradicciones en que se ven envueltos sus enemigos y rivales, pueden permitirse al comienzo una cierta pérdida de tiempo que implica el avance en espiral.

Pero después de la primera etapa - con mayor o menor retardo - viene inevitablemente la segunda, es decir la de la guerra real. ¿Cuál es su objetivo político? La gran prensa de París, que celosamente traduce al francés las ideas y consignas del estado mayor japonés, asegura continuamente que no se trata de una guerra sino de medidas policiales. Esta interpretación, que se corresponde con el “método de las pequeñas dosis”, caerá por su propio peso tan pronto como comiencen las acciones militares y las fuerzas atacantes tomen posición frente a su anhelado blanco.

El objetivo de Japón es colonizar China, un plan grandioso. Pero de inmediato podemos afirmar que sus fuerzas no dan para tanto. Japón salió a escena demasiado tarde; en el momento en que Gran Bretaña enfrenta la posibilidad de perder la India, Japón no logrará transformar a China en una nueva India.

¿Y si el propósito de la oligarquía de Tokio es luchar con la URSS? Sería muy irresponsable considerar excluida la posibilidad de ese plan; pero no lo podrían aplicar inmediatamente. Sólo después de conquistar Manchuria y consolidarse allí, Japón estaría en condiciones de plantearse golpear al noroeste. Pero, dado que el gobierno soviético no desea ni puede desear la guerra, Japón, por su parte, difícilmente puede decidirse a tomar medidas directamente agresivas contra la Unión Soviética, sin asegurarse y aprovisionarse primero en su posición chino-manchuriana.

En este contexto se plantea, además, una consideración muy importante. La oligarquía japonesa considera posible - hasta dónde esta suposición es sincera es otro problema - hacerle la guerra a China poco a poco, por etapas; este tipo de acción le debe parecer más aceptable incluso al ministro de finanzas japonés, a quien este asunto toca muy de cerca.

La guerra contra la Unión Soviética exigiría métodos totalmente diferentes. Sin aliados poderosos que le financien generosamente la guerra, Japón difícilmente se atreverá a ir más allá de la frontera manchuriana; pero es más fácil darse cuenta en Nueva York o en París que en Prinkipo si hoy o mañana Japón podrá contar con préstamos millonarios de guerra.

Todo intento de achacarle al gobierno soviético intenciones agresivas en el Lejano Oriente está condenado al fracaso debido a sus contradicciones internas. La guerra seria un duro golpe para el plan industrial al que está ligado todo el futuro del país. Una fábrica a la que le falta un uno por ciento para ser completa no es aun una fábrica. Y en la Unión Soviética hay cientos y miles de fábricas todavía en proceso de construcción. Una guerra las convertiría por largo tiempo en capital muerto. No hace falta extenderse más en esto, que es demasiado evidente.

Aun si se considera inevitable una colisión militar en el Lejano Oriente - y muchos políticos de todas partes, no sólo de Japón, están convencidos de ello -, el gobierno soviético no puede tener ninguna razón para forzar el conflicto. En China, Japón se metió en una enorme empresa de consecuencias imprevisibles. Puede lograr y logrará éxitos militares y diplomáticos aislados, pero serán transitorios mientras que las dificultades serán permanentes y cada vez mayores. Corea es la Irlanda de Japón. Ahora trata de crearse una India en China. Sólo unos generales completamente torpes y feudalizantes pueden despreciar al movimiento nacionalista chino. Es imposible frenar con la aviación el despertar de una gran nación de cuatrocientos millones de habitantes. Japón se hundió hasta las rodillas, si no hasta la cintura, en el blando suelo de Manchuria. Y dado que en el propio Japón el desarrollo económico entró en contradicción irreconciliable con la estructura feudal de la sociedad, se puede considerar inevitable una crisis interna. Por empezar, el Partido Seiyukai le cederá su lugar al Partido Minseito,[2] que girará hacia la izquierda; luego un partido revolucionario levantará la cabeza... Francia que perdió bastante financiando al zarismo, se equivoca si piensa que con ello se evitó tener que financiar al mikado.[3] Es evidente que el gobierno soviético no tiene motivos para actuar de manera precipitada o nerviosa en el Lejano Oriente.

En consecuencia, sólo podría estallar una guerra entre Japón y la URSS si aquél, de acuerdo con aliados más poderosos, provoca consciente y deliberadamente el conflicto. Por supuesto, en esta guerra estaría en juego mucho más que el Ferrocarril Oriental Chino[4] o la totalidad de Manchuria. Algunos periódicos franceses se apresuraron demasiado en predecir que “el bolchevismo perecerá en las estepas siberianas”. Las estepas y bosques de Siberia son muy extensos y muchas cosas podrían perecer en ellas. Pero, ¿se puede estar seguro de que lo que perecerá será el bolchevismo?

La idea de una guerra entre la Unión Soviética y Japón, y la paralela presunción de una guerra entre Japón y Estados Unidos, plantean de inmediato el problema del espacio; un océano de tierra y un océano de agua son los escenarios posibles de las operaciones militares. A primera vista el problema estratégico desemboca directamente en el del espacio. De aquí que muchos se apresuren a sacar conclusiones desagradables para la Unión Soviética; la escasez de población en las regiones asiáticas de este país, su atraso industrial, las comunicaciones ferroviarias insuficientes son todos factores negativos para la URSS. Hasta cierto punto eso es verdad, pero sólo hasta cierto punto. Incluso si se limita el problema al terreno técnico-militar, es imposible no darse cuenta de que estas grandes extensiones también pueden favorecer a la Unión Soviética. Si se admite que los éxitos militares de Japón irán de Oriente a Occidente, es fácil prever que sus dificultades aumentarán por lo menos según el cuadrado de las distancias que atraviesen sus tropas. Los triunfos se devorarían a sí mismos y Japón se vería obligado a renunciar a la idea de tener su propia Irlanda y su propia India.

Sin embargo, no se puede plantear el problema de manera tan restringida. La guerra no se librará solamente en el terreno militar. La Unión Soviética no estaría sola. China ha despertado. Desea y puede luchar por su existencia. Ignorar este factor implica correr el riesgo de estrellarse contra la pared.

No es tarea insignificante conducir a un millón de soldados a través de Siberia y proveerles el material bélico necesario. Sin embargo, debido al excepcional crecimiento industrial de la Unión Soviética, el transporte ferroviario podría aumentar considerablemente si fuera necesario. Por supuesto, llevaría tiempo; pero una guerra sobre extensiones tan amplias inevitablemente duraría mucho. Tal vez habría que elaborar un “plan quinquenal” militar o adecuar a sus exigencias el plan quinquenal económico. Por supuesto, significaría un golpe muy cruel a la economía y la cultura de los países beligerantes. Pero rechazo la hipótesis de que haya otra salida. Una vez que la guerra se ha hecho inevitable hay que librarla totalmente y movilizar todos los medios y recursos existentes.

La participación de la Unión Soviética en la guerra le abriría nuevas perspectivas a la nación china y provocaría en ella una gran insurrección nacional. Ninguna persona que comprenda la lógica de la situación y la psicología de las masas populares puede ponerlo en duda. En China no hay escasez de reservas humanas. Millones de chinos aprendieron a manejar el fusil. Lo que falta no es la voluntad de luchar sino un buen entrenamiento militar, organización, sistema y un comando capacitado. El Ejército Rojo podría ofrecer una ayuda muy efectiva. Como se sabe, los mejores regimientos del ejército de Chiang Kai-shek se crearon, á su tiempo, bajo la dirección de instructores soviéticos. La experiencia de la Academia Militar de Whampoa, que se creó sobre la base de fundamentos políticos diferentes a los comunes (no voy a tocar el tema aquí) se podría extender a gran escala. Además de las provisiones militares necesarias, el Ferrocarril Transiberiano podría transportar, no un ejército, pero si los cuadros esenciales. Los bolcheviques aprendieron bien cómo se forma un ejército con hombres que despiertan y se rebelan, y no pueden haberlo olvidado. No me cabe ninguna duda de que en doce o dieciocho meses se podría movilizar, equipar, armar, entrenar y transportar al frente de batalla el primer millón de soldados, cuya preparación no seria inferior a la de los japoneses y cuya moral militar los superaría ampliamente. Para el segundo millón se necesitarían menos de seis meses. Me refiero a China. Y además están la Unión Soviética, el Ejército Rojo, sus grandes reservas... No, la gran prensa francesa la mas reaccionaria del mundo- se apresura demasiado a enterrar a los soviets en las estepas siberianas: el odio frenético es siempre un mal consejero, especialmente cuando de pronósticos históricos se trata.

Pero - preguntarán ustedes -, si las perspectivas son tan favorables, ¿por qué el gobierno soviético hace todo lo posible para evitar la guerra? En realidad ya contesté esta pregunta: en el Lejano Oriente el factor tiempo trabaja en contra del imperialismo japonés, que ya llegó a la cumbre y comienza ahora a declinar. Además, lo que es también muy importante, en el mundo no está solamente el Lejano Oriente. La clave de la situación mundial no está hoy en Mukden sino en Berlín. Si Hitler sube sí poder, representará para la URSS un peligro mucho más inmediato que las intenciones de la oligarquía militar de Tokio.

Pero desde el comienzo decidimos limitarnos al problema del Lejano Oriente; de modo que dejemos aquí.

 



[1] Entrevista con la United Press. Biulleten Opozitsi (Boletín de la Oposición), Nº 28, julio de 1932. Traducido [al inglés] para este volumen [de la edición norteamericana] por John Scott. El periodista de la UP era J. D. Quirk. Trotsky comenzó la publicación de esta revista en lengua rusa poco después de su expulsión de la URSS en 1929; continuó saliendo hasta un año después de su muerte, acaecida en 1940. En l932 Biulleten se imprimía en Alemania, donde vivía León Sedov, hijo de Trotsky y coeditor de la revista. Hitler la suprimió en 1933, cuando subió al poder; Biulleten se comenzó a imprimir en París. Monad Press publicó en 1973 la colección completa, en cuatro volúmenes. El 18 de febrero, poco antes de que se llevara a cabo esta entrevista, los japoneses habían invadido Manchuria, declarando nación “independiente” a esta vasta provincia de China nororiental; le dieron el nombre de Manchukuo e implantaron en ella un gobierno títere que defendía los intereses del imperialismo japonés.

[2] El Seiyukai, fundado en 1900, y el Minseito, fundado en 1928, fueron los principales partidos burgueses hasta que el gobierno militar decretó en 1940 la disolución de todos los partidos. A ambos se los consideraba “liberales”, pero lo eran únicamente en relación con el gobierno central. Ambos estaban dirigidos por las familias samurai y virtualmente a sueldo de los grandes monopolios. Apoyaron la persecución gubernamental al movimiento obrero y a la izquierda.

[3] El mikado era Hirohito (n. 1901), emperador de Japón desde 1926.

[4] El Ferrocarril Oriental Chino: la parte de la vía original del Ferrocarril Transiberiano que atravesaba Manchuria hasta Vladivostock. En 1929 se convirtió en el blanco de una enconada disputa. Cuando en 1932 los imperialistas japoneses consolidaron su control sobre Manchuria, el ferrocarril quedó en manos de la URSS. Stalin lo retuvo hasta 1935, cuando lo vendió a Manchukuo en un esfuerzo por evitar un ataque japonés. En la Segunda Guerra Mundial la URSS volvió a controlarlo. Aunque al Partido Comunista tomó el poder en China continental en 1949, Stalin no le cedió el ferrocarril al gobierno de Mao Tse-tung hasta 1952.



Foro sólo para inscritos

Para participar en este foro, debe registrarte previamente. Gracias por indicar a continuación el identificador personal que se le ha suministrado. Si no está inscrito/a, debe inscribirse.

Conexióninscribirse¿contraseña olvidada?