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Entrevista con un organizador de la CIO

Entrevista con un organizador de la CIO[1]


 En septiembre de 1938 Trotsky recibió en su casa de Méjico la visita de un funcionario de la CIO de los Estados Unidos. Se tomó nota taquigráfica de la discusión. Precedida de una corta editorial firmada por “Cruz”, un seudónimo de Trotsky, “la parte de la discusión que podía ser de interés general” apareció en noviembre de 1938 en el Boletín de la Oposición en ruso. En la transcripción no se usaron nombres. El funcionario sindical norteamericano se identificaba simplemente como “A” y “un activista extranjero de la Cuarta Internacional”, en realidad Trotsky, como “B”). 

 

 

A: La política de nuestro sindicato tiene como objetivo impedir el desempleo total. Logramos que el trabajo se reparta entre todos los miembros del sindicato sin reducción de la paga por hora.

B: ¿Y qué porcentaje de sus salarios anteriores reciben ahora sus obreros? 

A: Alrededor del 40%. 

B: ¡Pero eso es monstruoso! ¿Han logrado una escala móvil de horas de trabajo sin variación de la paga por hora? ¡Pero eso significa simplemente que el peso total del desempleo recae con toda su fuerza sobre los mismos obreros! Liberáis a los burgueses de la necesidad de gastar sus recursos en los desocupados haciendo que cada obrero sacrifique tres quintos de su salario total. 

A: Hay algo de cierto en eso. ¿Pero qué se puede hacer? 

B: ¡No es que haya “algo de cierto”, es totalmente cierto! El capitalismo norteamericano sufre un mal crónico incurable. ¿Puede acaso consolar a los obreros con la esperanza de que la crisis actual tendrá un carácter transitorio y que en un futuro cercano se abrirá una nueva era de prosperidad? 

A: Personalmente no me hago muchas ilusiones. En nuestros círculos muchos comprendemos que el capitalismo ha entrado en su época de declive. 

B: Pero entonces esto significa que mañana vuestros obreros recibirán el treinta por ciento de sus salarios anteriores, luego el veinticinco y así sucesivamente. Puede que haya mejoras casuales, incluso es inevitable. Pero la curva general es descen- dente y de empobrecimiento. Marx y Engels ya lo previeron en El Manifiesto Comunista ¿Cuál es el programa general de su sindicato y de la CIO? 

A: Desgraciadamente usted no conoce la psicología de los obreros norteamericanos. No están acostumbrados a pensar en el futuro. Sólo les interesa una cosao que puede hacerse ahora, inmediatamente. Por supuesto que entre los dirigentes del movimiento sindical hay quienes tienen claramente en cuenta los peligros que nos amenazan. Pero ellos no pueden cambiar de golpe la psicología de las masas. Se ven limitados por los hábitos, las tradiciones y los puntos de vista de los obreros norteamericanos. No se puede cambiar todo eso en un día. 

B: ¿Está seguro de que la historia les dará los años suficientes como para prepararse? La crisis del capitalismo norteamericano tiene ritmo y proporciones “norteamericanos”. Un organismo vigoroso que no ha conocido nunca la enfermedad comienza a deteriorarse muy rápido en un momento determinado. La desintegración del capitalismo significa, el mismo tiempo, una amenaza directa e inmediata a la democracia, sin la que los sindicatos no pueden existir. ¿O usted cree, por ejemplo, que el mayor Hague[i] es un accidente? 

A: Oh, no, para nada. En el último tiempo tuve algunas reuniones al respecto con funcionarios sindicales. Mi opinión es que ya tenemos en cada Estado una organización reaccionaria pronta que, bajo una u otra bandera, puede convertirse en punto de apoyo del fascismo a escala nacional. No tenemos que esperar quince o veinte años. El fascismo puede cundir entre nosotros en tres o cuatro. 

B: ¿En ese caso cuál es...? 

A: ¿Nuestro programa? Entiendo su pregunta. Es una situación difícil. Hay que dar pasos trascendentales. Pero no veo que existan las fuerzas necesarias o los dirigentes necesarios. 

B: ¿Esto significa una capitulación sin lucha? 

A: Es una situación difícil. Debo admitir que la mayoría de los activistas sindicales no ven o no quieren ver el peligro. Nuestros sindicatos, como usted sabe, han tenido un crecimiento extraordinario en poco tiempo. Es natural en los jefes de la CIO tener una psicología de luna de miel. Tienden a considerar con ligereza las dificultades. El gobierno los tiene calados e incluso juega con ellos. No tienen el entrenamiento de una experiencia anterior. Es natural que estén un poco mareados. Este agradable vértigo no conduce al pensamiento crítico. Están disfrutando el presente sin pensar en el mañana. 

B: ¡Bien planteado! En esto estoy totalmente de acuerdo con usted. Pero el éxito de la CIO es temporal. No es más que un síntoma del hecho concreto de que la clase obrera de los Estados Unidos ha comenzado a movilizarse, ha roto con su rutina, está a la caza de nuevas vías para escapar del abismo que la amenaza. Si vuestros sindicatos no las encuentran se irán a pique. Hague ya es más fuerte que Lewis, porque Hague, a pesar de las limitaciones de su situación, sabe perfectamente lo que quiere, y Lewis no. La cosa puede terminar con vuestros jefes recuperándose de su “agradable vértigo”... en un campo de concentración .

A: Desgraciadamente la historia pasada de los Estados Unidos, con sus oportunidades ilimitadas, su individualismo, no ha enseñando a nuestros obreros a pensar socialmente. Basta con decir que a lo sumo un 15% de los obreros sindicalizados vienen a las concentraciones. Es como para pensarlo. 

B: ¿La razón del absentismo del 85% no será tal vez que los oradores no tienen nada que decirle a la base? 

A: ¡Ajá! En parte es cierto. La situación económica es tal que nos vemos obligados a parar a los obreros, a poner un freno al movimiento, a retirarnos. Por supuesto que esto no os del agrado de los obreros. 

B: Aquí está la clave del asunto. Los culpables no son las bases sino la dirección. En el período clásico del capitalismo, los sindicatos se encontraban también en situaciones difíciles durante las crisis, y se veían obligados a retirarse, perdían parte de sus miembros, gastaban sus fondos de reserva. Pero al menos existía la seguridad de que la próxima recuperación permitiría resarcir las pérdidas y tal vez superarlas. Hoy no existe la más mínima esperanza al respecto. Los sindicatos decaerán paso a paso. Vuestra organización, la CIO, puede venirse abajo tan rápido como surgió. 

A: ¿Qué puede hacerse? 

B: Sobre todo hay que decirles a las masas cómo son las cosas. Es inadmisible que se juegue al escondite. No dudo que usted conoce mejor que yo a los obreros norteamericanos. Sin embargo permítame decirle que los está mirando con una óptica vieja Las masas son inmensamente mejores, más atrevidas y resueltas que sus dirigentes. La misma velocidad del crecimiento de la CIO demuestra que el obrero norteamericano ha cambiado mucho con el impacto de los terribles pánicos económicos de la posguerra, especialmente los de la última década. Cuando se demostró un poco de iniciativa al crear sindicatos más combativos, los obreros respondieron inmediatamente con un apoyo extraordinario, sin precedentes. No tienen derecho a quejarse de las masas. ¿Y las ocupaciones de fábrica? No fueron los dirigentes los que las planificaron sino los mismos obreros. ¿No es un signo inequívoco de que los obreros norteamericanos están preparados para métodos de lucha más decisivos? El alcalde Hague es un producto directo de las ocupaciones. Desgraciadamente en las altas esferas de los sindicatos no hubo nadie que se animara a extraer de la agudización de la lucha social conclusiones tan osadas como las de la reacción capitalista. Esta es la clave de la situación. Los dirigentes del capital piensan y actúan muchísimo más firme, coherente y atrevidamente que los del proletariado, esos burócratas escépticos y rutinarios que están aplastando el ánimo de lucha de las masas. Ese es el origen del peligro de una victoria del fascismo, incluso a corto plazo. Los obreros no concurren a vuestras reuniones porque sienten instintivamente la insuficiencia, la vaciedad, la inconsistencia, la falsedad total de vuestro programa. Los dirigentes sindicales salen con perogrulladas mientras que todo obrero siente que la catástrofe se aproxima. Hay que encontrar el lenguaje que corresponde a las condiciones reales de la decadencia capitalista y no a las ilusiones burocráticas. 

A: Ya dije que no veo dirigentes. Hay grupos, sectas, pero no veo ninguno que pueda unir a las masas obreras, si bien estoy de acuerdo en que las masas están prontas a la lucha. 

B: No es un problema de dirigentes sino de programa. Un programa correcto no solo estimula y consolida a las masas sino que también forma a las direcciones. 

A: ¿Cuál considera usted que es un programa correcto? 

B: Usted sabe que yo soy marxista, más exactamente bolchevique. Mi programa tiene un nombre muy corto y simple: revolución socialista. Pero no pretendo que los dirigentes del movimiento sindical adopten inmediatamente, el programa de la Cuarta Internacional. Lo que les pido es que extraigan conclusiones de su propio trabajo, de su propia situación. Que para ellos y para las masas contesten simplemente, estas dos preguntas: 1) ¿Cómo salvar a la CIO de la bancarrota y de la destrucción? 2) ¿Cómo salvar a los Estados Unidos del fascismo? 

A: ¿Y usted qué haría en los Estados Unidos si fuera un organizador sindical? 

B: En primer lugar, los sindicatos deben plantear correctamente el problema del desempleo y los salarios. La escala móvil de horas de trabajo, como la que tienen ustedes, es correct

A: todos deben tener trabajo. Pero la escala móvil de horas de trabajo debe completarse con la escala móvil de salarios. La clase obrera no puede permitir una reducción continua de su nivel de vida, porque eso equivaldría a la destrucción de la cultura humana. Hay que tomar como punto de partida los promedios de paga semanal más altos del periodo previo a la crisis de 1929. Las poderosas fuerzas productivas creadas por los obreros no han desaparecido ni han sido destruidas. Allí están. Los que las controlan son los responsables del desempleo. Los obreros saben y quieren trabajar. Debe dividirse el trabajo entre todos los obreros. La paga semanal de cada obrero no debe ser menor que el máximo obtenido en el pasado. Esa es la exigencia natural, necesaria e impostergable para los sindicatos. Si no serían barridos como trastos viejos por el desarrollo histórico. 

A: ¿Es factible ese programa? Implica la ruina segura de los capitalistas. El mismo podría apresurar el crecimiento del fascismo. 

B: Claro que este programa significa lucha y no postración. Los sindicatos tienen dos posibilidades. Una es maniobrar, retroceder, cerrar los ojos y capitular poco a poco para que no se “enojen” los patrones o no “provocar” a la reacción. Ese fue el método con el que los socialdemócratas y los dirigentes sindicales alemanes y austríacos trataron de salvarse del fascismo. Usted conoce el resultado: se cavaron su propia fosa. La otra es comprender el carácter inexorable de la actual crisis social y encabezar la ofensiva de las masas. 

A: Pero todavía no me ha contestado la pregunta sobre el fascismo, o sea el peligro inmediato que los sindicatos hacen pender sobre sus propias cabezas al plantear demandas radicales. 

B: No lo olvidé ni por un instante. El peligro fascista ya está planteado, aun sin que aparezcan las demandas radicales. Surge de la decadencia y desintegración del capitalismo. Es cierto que la presión de un programa sindical radicalizado puede fortalecerlo temporalmente. Hay que proponer la creación de organismos especiales de defensa desde ahora ¡No hay otro camino! No se puede escapar al fascismo con la ayuda de leyes democráticas, resoluciones o proclamas, como no se puede escapar a una brigada de caballería con la ayuda de notas diplomáticas. Hay que enseñarles a los obreros a defender, armas en mano, su vida y su futuro de los matones y pistoleros del capital. El fascismo crece muy rápido en una atmósfera de impunidad. No cabe la menor duda de que los héroes fascistas se retirarán con el rabo entre las patas cuando se den cuenta de que por cada una de sus brigadas los obreros están prontos a lanzar dos, tres o cuatro de las suyas. La única forma de salvar las organizaciones obreras, e incluso de reducir al mínimo las pérdidas, es crear a tiempo poderosas organizaciones obreras de autodefensa. Esta es la principal responsabilidad de los sindicatos si no quieren perecer ignominiosamente. ¡La clase obrera necesita una milicia obrera! 

A: ¿Pero cuál es la perspectiva a largo plazo? ¿Adónde llevarán a los sindicatos las últimas consecuencias de estos métodos de lucha? 

B: Evidentemente la escala móvil y la autodefensa no son suficientes. No son más que los primeros pasos, imprescindibles para salvar a los obreros de la muerte por inanición o a manos de los fascistas. Son medios de defensa urgentes y necesarios. Pero no pueden por sí mismos resolver el problema. La tarea básica consiste en sentar las bases para un sistema económico mejor, para una utilización más justa, racional y decente de las fuerzas productivas en bien de todo el pueblo. Esto no puede lograrse por los métodos comunes, “normales”, rutinarios, de los sindicatos. Usted no puede estar en contra de esto porque bajo las condiciones de la decadencia capitalista los sindicatos aislados resultan incapaces hasta de detener el deterioro de las condiciones de vida de los obreros. Se necesitan métodos más decisivos y profundos. La burguesía, que tiene el control de los medios de producción y el poder estatal, ha llevado la economía a un estado de confusión total y sin salida. Es necesario declarar incompetente a la burguesía y transferir la economía a manos nuevas y honestas, a manos de los propios obreros. ¿Cómo hacerlo? El primer paso está claro: todos los sindicatos deberían unirse y formar su propio partido obrero. No el partido de Roosevelt o La Guardia, no un partido “obrero” sólo de nombre, sino una organización política de la clase obrera realmente independiente. Sólo un partido así es capaz de reunir tras de sí a los granjeros arruinados, a los pequeños artesanos, a los tenderos. Pero para esto tendría que emprender una lucha implacable contra la banca, los trusts, los monopolios y sus agentes políticos, los partidos Republicano y Demócrata. La tarea del partido obrero consistiría en tomar el poder en sus propias manos, todo el poder, y luego poner en orden la economía. Esto signific

A: organizar toda la economía nacional de acuerdo a un único plan racional, cuyo objetivo no sea el beneficio de un puñado de explotadores sino los intereses materiales y espirituales de una población de ciento treinta millones. 

A: Muchos de nuestros activistas comienzan a entender que la evolución política apunta a un partido obrero. Pero la popularidad de Roosevelt es todavía muy grande. Si acepta ir como candidato a presidente por tercera vez lo del partido obrero deberá posponerse por otros cuatro años. 

B: He aquí precisamente la tragedia de que los Señores Dirigentes miren a los de arriba en vez de a los de abajo. La guerra inminente, la decadencia del capitalismo norteamericano, el aumento del desempleo y la pobreza, todos estos procesos básicos que determinan directamente el destino de docenas y cientos de millones de personas no dependen de la candidatura o la “popularidad” de Roosevelt. Le puedo asegurar que es más popular entre los funcionarios bien pagados de la CIO que entre los desocupados. Dicho sea de paso, los sindicatos son para los obreros y no para los funcionarios. Si la idea de la CIO entusiasmó a millones de obreros durante un cierto periodo, la de un partido obrero independiente, militante, que ponga fin a la anarquía económica, al desempleo y a la miseria, que salve al pueblo y a su cultura, la idea de un partido así puede entusiasmar a decenas de millones. Por supuesto que los agitadores del partido obrero deberían demostrar inmediatamente a los obreros, con palabras y con hechos, que no son agentes electorales de Roosevelt, La Guardia y Cía. sino auténticos luchadores por los intereses de las masas explotadas. Cuando los oradores hablen el idioma de los dirigentes obreros y no el de los agentes de la Casa Blanca el 85% de los obreros vendrá a las reuniones, mientras que el 15% de los viejos conservadores, aristócratas obreros y trepadores se apartará. Las masas son mejores, más audaces, más resueltas que los dirigentes. Las masas quieren luchar. Los que las frenan son sus dirigentes que se han retrasado. Disimulan su propia indecisión, su propio conservadurismo, sus propios prejuicios burgueses mediante alusiones al atraso de las masas. Este es el verdadero estado actual de las cosas. 

A: Bueno, hay mucho de cierto en lo que dijo. 

B: La próxima vez hablaremos de eso.

 


[1] CIO: Congress of Industrial Organizations (Congreso de Organizaciones Industriales). Central Obrera de los EEUU (N. del T) 
[2] Alcalde de la ciudad de Jersey que aplico con éxito métodos puramente fascistas contra las organizaciones obreras. [L. T.]  



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