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Falleció el historiador marxista Alberto Pla

Josefina Luzuriaga

 

 

El 10 de agosto falleció en la ciudad de Rosario el importante historiador marxista Alberto Pla. Su nombre está indisolublemente ligado al estudio, desde un punto de vista socialista, de la historia del movimiento obrero, y de la historia de América Latina. Ejerció hasta el año pasado como titular de la cátedra de Historia de América Contemporánea en la UNR, donde recibió en el 2005 el titulo de Dr Honoris Causa. Con más de diez libros publicados, y cantidades de artículos, Alberto Pla realizó un aporte especial a la comprensión de la historia de la clase trabajadora y a la defensa del marxismo, dentro y fuera de los ámbitos universitarios.

Como Miembro Honorario del CEIP León Trotsky, Alberto participó en el año 2005 de la presentación en el auditorio BAUEN de la Ciudad de Buenos Aires, del libro “Cómo hicimos la revolución rusa” de Trotsky, editado por el CEIP. También colaboró con el CEIP aportando materiales muy valiosos para la biblioteca del Centro, como la edición facsimilar del periódico “La Verité”, editado por el grupo trotskista francés durante la Segunda Guerra Mundial, y otros materiales de archivo sobre el trotskismo en América Latina.

En ocasión de la publicación del libro “Guerra y revolución”, por este mismo Centro, Alberto expresó en un reportaje:

“No se puede entender la época actual si no se entiende en última instancia qué significó la lucha de Trotsky contra la burocracia y los grandes análisis de Trotsky respecto a la crisis y la decadencia del capitalismo. Y creo que esto es básico, es fundamental. Y el libro tiene varias partes que son textos seleccionados de Trotsky. Creo que son fundamentalmente significativos el análisis de Trotsky sobre qué es el nacionalsocialismo, o uno de los últimos textos de Trotsky antes del asesinato por el estalinismo; “No cambiamos nuestro rumbo”, donde Trotsky critica la intervención de la Unión Soviética en la guerra interimperialista. Y lo que plantea es que la finalización de la guerra, cualquiera sea el resultado, implica la crisis de la burocracia soviética.
Y eso es un elemento que a mediano plazo es mucho más importante que hablar de democracia o de dictadura. Porque el problema es que para la clase obrera, democracia o dictadura, en última instancia, son la misma opresión. Entonces el eje que implica pensar en la lucha de clases es lo que está fundamentando el planteo de Trotsky en el sentido de de no estar ni con los aliados, ni con el fascismo”.

Esta apreciación positiva de la obra de Trotsky, por parte de Alberto, tiene raíces en su juventud.

En el año 1946 era militante de la juventud del Partido Socialista de La Plata, donde estudiaba, cuando formó parte de un grupo que rompería con la dirección del PS, para sumarse junto al jóven Milcíades Peña (quien posteriormente se convertiría en otro importante historiador marxista) y otros estudiantes y trabajadores, a las filas del naciente trotskismo argentino, incorporándose al GOM (Grupo Obrero Marxista) liderado por Nahuel Moreno. Alberto siempre resaltaba de aquellos años su lectura -por primera vez -de una edición de “La revolución traicionada” de León Trotsky, como una marca fundamental en su concepción del socialismo. Posteriormente se alejaría del grupo de Moreno, para militar durante varios años en el grupo encabezado por el trotskista argentino Posadas.

Durante el resto de su vida, aunque distanciado de la militancia partidaria, mantuvo sus simpatías por la obra de León Trotsky, adhiriendo a una concepción del socialismo enemiga de todas las variantes estalinistas y reformistas.

Su obra quizás más conocida es la coordinación de la “Historia del movimiento obrero”, editada por el Centro Editor de América Latina (CEAL), entre los años 1972 y 1974. Cientos de fascículos coleccionables, que se vendían en los kioskos de diarios, y que recorrían, en la pluma de numerosos investigadores, la historia de la clase obrera desde sus orígenes hasta los años 70, atravesando todos los continentes. Hasta el día de hoy es una obra de consulta enriquecedora para numerosos estudiantes y trabajadores que quieren acercarse a la historia del movimiento obrero, de sus luchas, revoluciones, levantamientos, derrotas y triunfos. También el CEAL editó bajo su coordinación una “Historia de América” en fascículos.

De sus libros pueden destacarse, entre otros: Historia y socialismo ( Ed. CEAL,1988); Clase obrera: Partidos y sindicatos en Venezuela, 1936-1950 (Caracas, Ediciones Centauro, 1982); Modo de producción asiático y las formaciones económicas-sociales inca y azteca (México, Ediciones El caballito, 1979); América Latina siglo XX, (C. Pérez, 1969); La Internacional Comunista y América Latina, (Ediciones Homo Sapiens, 1996); Introducción general a la historia del movimiento obrero; América Latina, mundialización y crisis (Homo Sapiens, 2001), entre otros. 

En sus trabajos sobre América Latina se destacan los análisis sobre la estructura de clases en nuestro continente, definiciones conceptuales, en base al estudio de fuentes numerosas, sobre el desarrollo desigual y combinado, que daba lugar a la formación de una débil o impotente burguesía nacional, y en cambio polarizaba las fuerzas entre el imperialismo por un lado, y la clase obrera y el campesinado por otro.

Su análisis de la revolución mexicana, la revolución del 52 en Bolivia, y la revolución Cubana, tiene un lugar importante en su libro “América Latina, siglo XX”. Respecto a las enseñanzas de la revolución boliviana de 1952, dirá allí Pla: “La revolución nacionalista se agota así, antes de dar contenido a ninguna de las medidas proclamadas como inherentes a una revolución democrático burguesa o antiimperialista. Surge no obstante de allí una experiencia válida para las revoluciones populares de América Latina: que ningún nacionalismo puede dar satisfacción a las aspiraciones populares en la medida que para hacerlo debe vulnerar el funcionamiento del sistema capitalista”. En contraposición, la dinámica de la revolución cubana, que rompe los marcos del capitalismo, significará para Plá la justificación de “la alternativa socialista que es la combinación de las tareas democráticas burguesas y socialistas en un solo proceso combinado, ya que combinado y desigual es el desarrollo de los países latinoamericanos”.

Con estas definiciones Pla se delimita claramente (siguiendo el planteo de Trotsky) de la concepción “etapista” de la revolución, pregonada por los partidos comunistas en América Latina.
En otro plano de sus aportes al análisis histórico, es de destacar la introducción que realiza Alberto a la publicación de los escritos sobre el fascismo, de Leon Trotsky (Ediciones Cepe, Argentina, 1972), traducidos por Guillermina D. de Pla.

Allí Alberto da cuenta de la influencia del dirigente de la revolución rusa en su formación y su pensamiento: “Ni los clásicos ni Lenin analizaron la cuestión del fascismo, y Stalin hizo de ello, como de todo, una mascarada infame. Trotsky, sometido a enormes presiones, sufriendo hasta la venganza en su familia (su propio hijo fue asesinado antes que él), continuó fiel a su conciencia y a la continuidad del marxismo-leninismo. Así como fue insuperable su análisis del fascismo, así también lo es su análisis de la burocracia soviética, sus planteos sobre la estrategia revolucionaria a partir del estado obrero soviético de 1917, etc. Su enorme confianza en la historia y en las masas del mundo es parte de su optimismo vital, optimismo revolucionario (…).”

En el final de su libro “Introducción a la historia general del movimiento obrero”, editado en 1984, parece adelantarse a los argumentos del “fin de la historia” y el “fin del proletariado” que serán hegemónicos años después. “La parábola de la historia de la clase obrera está plena de contradicciones, pero las experiencias no son en vano, los triunfos son afirmados como pivotes de nuevos avances. El coraje, la decisión, el espíritu proletario se impone y da su tónica a los movimientos de liberación, aún cuando su participación en ellos sea minoritaria como producto de situaciones de atraso económico. (…) El hombre, ese hombre genérico al que solo se concibe viviendo en sociedades agrupado con otros hombres, quiere ser dueño de su destino. Sin más alienación por el trabajo, sin más privilegios de clase.

En tal sentido la clase obrera ya ha definido históricamente que lucha no por el triunfo de su clase, sino por la desaparición de las clases. En tal sentido, y sólo en tal sentido, la historia del movimiento obrero tendrá un fin, se acabará, porque lo que vendrá luego será otra clase de historia”.

Pla polemizó permanentemente con las distintas “modas intelectuales” que hegemonizaron la historia “oficial”. Así, a principios de los años 90, debatió con el historiador Luis Alberto Romero, quien difundía una definición sobre los “sectores populares”, queriendo descartar la categoría de clase del análisis histórico. 

En las jornadas Interescuelas de Historia del 2005, en la ciudad de Rosario, Alberto realizó el discurso de apertura de las mismas y señaló: “En la actualidad, reflexionar sobre el capitalismo como sistema y el capital como instrumento, por ejemplo, han sido dejados de lado y sustituidos por ambiguas expresiones que hablan de globalizaciones y mundializaciones que actúan como determinantes inamovibles para caracterizar el mundo en que vivimos. Ello nos lleva a pensar que “otro mundo es posible”, lo cual a pesar de las buenas intenciones, necesita más especificaciones para saber qué “otro mundo” es al que nos referimos. Porque la ideología de la dominación también usa esta expresión para crear la ilusión de un mundo capitalista con “rostro humano” (…). La añoranza de un supuesto y benigno “estado de bienestar” es la ilusión reformista de cambiar algo para que nada cambie, como dice la expresión popular.”

Y finalizó con estas palabras:

“Ya hay demasiados posibilismos en la vida actual y defensores de un cambio de maquillaje para que nada cambie. El sistema es cada vez más un aparato de destrucción masiva de la sociedad, del ambiente y de la vida. Hago mi apuesta a una sociedad en transición al socialismo donde vayan desapareciendo la explotación, el hambre, la acumulación del capital y la destrucción ‘asesina’ de la vida misma en el planeta.”
Mientras que tantos intelectuales siguieron los vientos de las modas académicas que dieron por tierra con el marxismo, y se dedicaron a “formar” nuevas generaciones en el escepticismo y la defensa del status quo, la labor de Alberto Pla fue en sentido contrario: en la defensa del marxismo y el socialismo.

En la introducción a su libro “América Latina, siglo XX”, Alberto plantea:

“Tenemos conciencia de las dificultades y de las limitaciones, pero confiamos en haber aportado algo de valor. Creemos que a veces es necesario introducirse en los caminos más ásperos para abrir huella”.

La obra historiográfica de Alberto Pla abrió huella. Siempre dispuesto a dialogar y colaborar con los estudiantes y los jóvenes, deja un legado por retomar. Estará en nosotros, las nuevas generaciones de docentes y estudiantes marxistas, intentar hacerlo. Ese podrá ser nuestro mejor homenaje.

26 de agosto de 2008



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