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Fin del siglo XX: crisis de dominio imperialista

Estrategia Internacional N° 10 Noviembre/Diciembre - 1998

por Juan Chingo y Julio Sorel

El fin de la guerra fría abrió la discusión en el seno de la burguesía sobre el surgimiento o no de un nuevo orden mundial. El avance irrefrenable de la “globalización”, de la democracia y el mercado, eran la cobertura ideológica de este supuesto nuevo orden. Nuestra corriente desde el año ‘89 se opuso a esta visión, sosteniendo que la caída del aparato stalinista mundial significaba la caída del orden mundial de Yalta y Postdam, que permitió la hegemonía norteamericana en base a la colaboración contrarrevolucionaria sin precedentes con la burocracia del Kremlin. La caída de este aliado fundamental para lidiar con los procesos revolucionarios en todo el mundo, lejos de reforzar al imperialismo y augurar un nuevo orden de dominio basado en la supremacía norteamericana, abría una crisis de dominio imperialista mundial. En otras palabras, 1989 significó el fin del “corto siglo de dominio indiscutido norteamericano” que duró unos cuarenta años, comparado con el dominio británico en el siglo XIX de casi un siglo, o del dominio holandés luego de la paz de Westfalia que duró unos 150 años1
Hoy día, la crisis mundial capitalista más importante desde el crack y la Gran depresión de los ‘30 disipó la polvareda permitiendo divisar los verdaderos contornos del sistema mundial: nos encaminamos a un período de tumultos y convulsiones en las relaciones internacionales, signado por una exacerbación de las disputas inter-imperialistas y la lucha de clases y un reforzamiento de las características de la época imperialista de “crisis, guerras y revoluciones”. En esta parte del dossier trataremos de demostrar esto, desde el punto de vista del análisis del capital, de la lucha de clases mundial y de las relaciones inter-estatales, que son las que gobiernan al sistema capitalista mundial, tal como era el plan original de Marx en El Capital, que no pudo concluir, y que luego fue desarrollado a comienzos del siglo XX por la monumental obra de Lenin y Trotsky. Sólo desde la teoría del imperialismo, las tesis de la revolución permanente y las leyes del desarrollo desigual y combinado, es posible comprender la situación actual del sistema mundial, y hacer previsiones hacia dónde se encamina, como desarrollamos en la primera parte de este artículo2. A su vez, en el anexo, desde una visión histórica, tratamos de explicar por qué los “componentes del orden mundial”, utilizando la expresión de Henry Kissinger en su libro “La diplomacia”, han cambiado con tanta rapidez, tanta profundidad o tan globalmente en el último siglo.

Desde 1989 nuestra corriente viene sosteniendo que se abrió un período de crisis de dominio imperialista. El mismo está definido por:

a) La caída del stalinismo debilitó estratégicamente a los Estados Unidos frente a la lucha de clases mundial.

Contra la percepción vulgar, y de buena parte de la izquierda, que sostenía que la URSS era un contrapeso a los Estados Unidos, y que por lo tanto su caída fortalece al mismo, éste pierde a su principal aliado (ver anexo), para lidiar con el proceso revolucionario mundial, cuyos últimos aportes en los ‘80 fueron la liquidación de los llamados conflictos regionales como Sudáfrica, Centroamérica, la península Indochina, etc. La pérdida de la mediación stalinista significa que Estados Unidos deberá lidiar más solo frente al escenario cada vez más convulsivo que presenta el sistema mundial a fines del siglo XX. En otras palabras, “la crisis de las instituciones de Yalta”3 ha obligado al imperialismo norteamericano a exponerse más directamente para hacer frente a los conflictos mundiales, como muestra el
incremento de sus intervenciones militares, lo cual aumenta su vulnerabilidad (acelerando su decadencia) ya que debe lidiar con el conjunto de las contradicciones de la situación mundial. Los riesgos de esto son señalados por Paul Kennedy cuando plantea que “realizar un papel dirigente especial comporta el peligro de convertirse en el policía del mundo, combatir las amenaza a ‘la ley y el orden’ donde quieran que surjan y encontrar a lo largo y ancho del planeta un número creciente de ‘fronteras de inseguridad’ que exigen protección” (“Hacia el siglo XXI”). Esta extensión de las “fronteras de inseguridad” significan que la realidad mundial golpeará cada vez más a Estados Unidos, como ya en el pasado demostró su derrota militar en Vietnam, y en el presente muestran los embates de la crisis económica mundial, de las cuales la economía norteamericana no sólo no ha podido escapar sino que han liquidado la “prosperidad” de la que gozó en los ‘90 y amenaza llevarlo a una recesión.

Esto no significa que, como fue la constante a lo largo del siglo XX, -llevado a política inter-estatal en la época de Yalta-, Estados Unidos y los distintos imperialismos no tratarán de comprar a las direcciones de su clase enemiga, el proletariado y las masas oprimidas del mundo, como muestran en los ‘90 los pactos contrarrevolucionarios como el de Medio Oriente, Irlanda, la transición sudafricana, etc. Sin embargo, estas nuevas mediaciones no tienen ni la fortaleza ni la eficacia contrarrevolucionaria que tenía el stalinismo, que se basaba en la usurpación de las banderas de Octubre, y luego de la II Guerra Mundial, del triunfo contra el nazismo y sobre todo y más importante, de los enormes recursos que significaban la parasitación de los Estados Obreros deformados y degenerados.

b) La pérdida del “fantasma comunista” abre un período de disputas por la hegemonía mundial.

Por su parte, con la debacle de la ex URSS, el sistema mundial pierde el principal factor de cohesión estratégica de las distintas potencias imperialistas, bajo la hegemonía norteamericana. Si ya a comienzos de los ‘70, el desarrollo de potencias imperialistas emergentes como Japón o Alemania, en el marco del comienzo de la crisis de acumulación capitalista, abrió crecientes tensiones en el sistema de alianzas mundial, la pérdida del enemigo común hará aflorar en forma menos mediada la creciente disputa por la hegemonía mundial. Disputa que a lo largo de estos años centralmente se expresó como exacerbación de las guerras comerciales y de la competencia inter-imperialista. Una muestra de esto es la reunificación alemana, uno de los principales cambios estratégicos como consecuencia de la caída del Muro en 1989, que no sólo altera las relaciones de fuerza en Europa, sino que la deja mejor posicionada en relación a las demás potencias imperialistas extra continentales. Los intereses nacionales de los distintos imperialismos aflorarán en forma más abierta, como ya lo expresa Alemania y su avance en la unificación europea, y durante los ‘80, Japón y su avance en la zona del Pacífico.

Estos dos elementos significan que la crisis del orden de Yalta, orden basado en la hegemonía indiscutida de Estados Unidos y la indispensable colaboración contrarrevolucionaria de la burocracia stalinista de la URSS, abrió un período de exacerbación de la lucha de clases a nivel mundial y de las disputas inter-imperialistas que hemos definido como crisis de dominio imperialista. En otras palabras, la declinación de la hegemonía norteamericana y la falta de voluntad o capacidad de los imperialismos competidores para asumir responsabilidades globales, deja un vacío estratégico o brechas que pueden ser aprovechadas por la revolución mundial.

Otros autores, desde distintos ángulos, han dado su visión sobre la situación abierta con el pos ‘89. Por ejemplo Wallenstein, señalando el fracaso de Gorbachov en tratar de reestructurar el Estado soviético escribió que “esa maniobra inicialmente dejó a Estados Unidos atónito; después trató de cubrir ese desmantelamiento deliberado del orden mundial estadounidense, gritando que era su victoria. Este último acto de cacareo publicitario pudo haber sostenido a Estados Unidos otros cinco años, si el Tercer Mundo no hubiera pateado la mesa de nuevo en esa ocasión en la persona de Saddam Hussein. El dirigente iraquí vio la debilidad de Estados Unidos, especialmente tal como se manifestaba en la caída de los regímenes comunistas del bloque soviético y en la incapacidad de Estados Unidos para imponer a Israel el proceso de arreglos regionales (en Indochina, en Africa del Sur, en Centroamérica y en Medio Oriente), que formaba parte de la liquidación de la guerra fría.” (“Después del liberalismo”). Desde el lado imperialista, Kissinger se opone a la visión de que un nuevo orden mundial esté a la vuelta de la esquina, tal como surgía de los discursos de Bush y Clinton: “Por tercera vez en este siglo, los Estados Unidos proclamaron así su intención de edificar un nuevo orden mundial ... En 1918 la sombra de Wilson había cubierto una conferencia de paz de París, en la cual los aliados de Estados Unidos dependían demasiado de ellos para insistir en expresar sus dudas. Hacia el fin de la II Guerra Mundial, Franklin D. Roosevelt y Truman parecieron encontrarse en aptitud de reformar todo el orbe siguiendo el modelo norteamericano. El fin de la guerra fría originó una tentación aún mayor ... Wilson se había visto constreñido por el aislacionismo en su patria, y Truman se encontró con el expansionismo stalinista. En el mundo posterior a la guerra fría, los Estados Unidos son la única superpotencia que queda con la capacidad de intervenir en cualquier parte del mundo. Y sin embargo, el poder se ha vuelto más difuso y han disminuido las cuestiones a las que puede aplicarse la fuerza militar. La victoria en la guerra fría ha lanzado a los Estados Unidos a un mundo que tiene muchas semejanzas con el sistema de estados europeo de los siglos XVIII y XIX ... La inexistencia de una amenaza ideológica o estratégica, deja libre a las naciones para seguir una política exterior basada cada vez más en su interés nacional inmediato” (“La diplomacia”).

Estas dos visiones, una la de Wallenstein, desde una óptica de la relación de fuerzas, y otra la de Kissinger, desde la óptica de las relaciones entre los estados, plantean un escenario de mayor debilidad y/o más complejo para la única superpotencia existente, los Estados Unidos, a fines del siglo XX y en el siglo XXI. Estas realidades fueron opacadas por la temprana victoria en el Golfo de la inédita coalición aliada, que iba desde las potencias imperialistas como Alemania y Japón, pasando por países semicoloniales como Argentina y hasta el significativo apoyo ruso. Este triunfo y el aborto del proceso de revolución política en la ex URSS, permitió una nueva expansión del capital en los ‘90 basada en la fortaleza relativa de la economía norteamericana, el desarrollo de los llamados mercados emergentes, la continuidad del “milagro asiático” y sobre todo la penetración imperialista en China, que se convirtió en un “pulmón” de la economía mundial. Sin embargo, como hemos explicado, estas contratendencias no permitieron lograr una nueva fase expansiva ni un desarrollo orgánico del capital, tal como era la propaganda imperialista, sino que han exacerbado la crisis de acumulación de la economía mundial desde comienzos de los ‘70, como se expresa en el estallido abierto de la crisis mundial capitalista más importante desde los ‘30. Hoy la crisis mundial ha puesto de manifiesto y a la vez potenciado que la crisis del imperialismo no es sólo económica sino también política. Al fin de la década del ‘90, comienza a despejarse la bruma del sistema mundial emergiendo a la superficie los principales factores de la creciente inestabilidad mundial, constatando la inexistencia de un nuevo orden de dominio, o en otras palabras, la exacerbación de la crisis de dominio imperialista, cuestión que desarrollaremos a continuación.

1- La declinación de la hegemonía de Estados Unidos: principal factor de desestabilización económico y político del sistema mundial

En el período de entreguerras, el ascenso de los Estados Unidos y la declinación europea, eran los principales puntos de quiebre del sistema mundial (ver anexo). El avance del capital norteamericano sobre sus rivales imperialistas, que luego de la I Guerra Mundial dependían cada vez más de él, no sólo sería la fuente de las futuras guerras sino de poderosos movimientos revolucionarios. Como explicaba Trotsky, “a medida que el poderío del capitalismo norteamericano tiende a transformarse en confianza política en sí mismo -y este proceso se da a un ritmo creciente- se expande internacionalmente y más órdenes dan sus banqueros a los gobiernos de Europa, tanto mayor, más centralizada y resuelta será la resistencia de las amplias masas de Europa, no sólo proletarias sino también pequeñoburguesas y campesinas. Porque, señores norteamericanos, ¡no es una tarea tan simple como ustedes creen transformar a Europa en un enclave colonial!” (“Europa y América”).

Paradójicamente hoy en día, el intento norteamericano de frenar su declinación a costa de sus competidores, es la base de una insostenible agudización de las contradicciones entre las clases, y entre las naciones, que preparan la entrada en escena de la revolución y la contrarrevolución, como gráficamente mostró el inicio de las jornadas revolucionarias en Indonesia frente al rechazo a la aplicación del plan del FMI por el dictador Suharto. Hoy, a diferencia de los años dorados de su hegemonía, su declive (caracterizado en gran medida por su elevadísimo endeudamiento interno y externo) lo obliga a atacar a su propio proletariado -como muestran la proliferación de empleos basura, el estancamiento y pérdidas salariales y el monumental recorte de los beneficios sociales- y a sus competidores a nivel mundial. Este último elemento, desde su derrota militar en Vietnam y en el marco de la crisis de acumulación capitalista de comienzos de los ‘70, está desequilibrando el conjunto de la economía mundial y el equilibrio político entre las distintas potencias imperialistas y naciones del mundo. En los ‘70, su creciente deterioro de la balanza comercial y el aumento de los gastos estatales que crecieron enormemente como consecuencia de la guerra de Vietnam los llevaron a liquidar el sistema monetario internacional de Bretton Woods en 1971, base de la inestabilidad del sistema monetario y financiero a nivel mundial, como lo muestran las sucesivas convulsiones de la economía mundial en todos estos años (la llamada crisis del petróleo en 1973-75, crisis de la deuda en 1982, crack del ‘87, hundimiento de la burbuja japonesa a comienzos de los ‘90, crisis del sistema monetario europeo en 1992, Tequila en 1995 y crisis asiática en 1997). En los ‘80 la ofensiva reaganiano-thatcheriana, hundió a Latinoamérica a través del pago de la deuda externa (“década perdida”) y socavó las bases de la ex URSS, lo que llevó a la debacle del orden de Yalta y Postdam. En los ‘90, el aprovechamiento de su posición dominante en el sistema financiero mundial en crisis para su propio beneficio ha llevado, a fines de esta década, a la economía mundial a la deflación y al hundimiento del “milagro capitalista” de los últimos veinte años, el Sudeste asiático, que inevitablemente llevará a una exacerbación de la lucha de clases a nivel mundial. Es que, parafraseando a Trotsky, podríamos decir ¡señores de Wall Street no es tarea tan fácil colonizar al mundo entero!, al menos en forma permanente.

Visto el nivel de la crisis mundial, visto el nivel de estupidez de los banqueros y financistas de Wall Street que sostenían que el mundo podía hundirse y la economía estadounidense gozar de buena salud y el mercado accionario alcanzar nuevos récords, visto que la crisis mundial está hundiendo los hedge funds (fondos de alto riesgo) y a los bancos que especulaban por todo el mundo; desde una perspectiva histórica, probablemente tenga razón Giovanni Arrighi cuando plantea que “hay igualmente buenas razones para esperar que el presente liderazgo de Estados Unidos de la fase de expansión financiera sea un fenómeno temporal, como la análoga fase de liderazgo británico de hace un siglo. La razón más importante es que la reciente ‘belle epoque’ del capitalismo financiero, no menos que todos sus precedentes históricos -desde la Florencia del Renacimento a la era eduardiana de Gran Bretaña, pasando por la época de los genoveses y el período de ‘las pelucas’ de la historia holandesa- se basa en un sistema de profundas y masivas redistribuciones de renta y riqueza de toda clase de comunidades hacia las agencias capitalistas. En el pasado, redistribuciones de este tipo engendraron una considerable turbulencia política, económica y social. Por lo menos inicialmente, los centros organizadores en la expansión anterior de la producción y comercio mundial estaban mejor situados para dominar y desde luego para beneficiarse de la turbulencia. Con el paso del tiempo sin embargo, la turbulencia socavó el poder de los viejos centros organizados, y preparó su desalojo por nuevos centros organizadores, capaces de promover y mantener una nueva expansión importante de la producción y el comercio mundial”. Digamos que a diferencia de los siglos anteriores, estas turbulencias contra los viejos centros y el desalojo de los mismos por otros “centros organizadores”, llevaron en el siglo XX a la revolución proletaria y al fascismo y a dos guerras mundiales, muriendo en la primera veinte millones de personas y en la segunda casi cincuenta millones. ¡Cuánta destrucción tendrá que pagar la humanidad en el siglo XXI frente a la declinación de la hegemonía norteamericana que amenaza al mundo con nuevas catástrofes si la revolución proletaria no lo para antes!

La indiscutible hegemonía militar norteamericana...

Muchos autores han planteado que la indiscutible hegemonía norteamericana en el plano militar (cuestión que se ha super desarrollado en los ‘80 con el keynesianismo militar de Reagan y cuyo bautismo de fuego de las nuevas armas fue la guerra del Golfo) hace impensable para las otras potencias la disputa de la hegemonía norteamericana. Esta supremacía militar se basa en que “los Estados Unidos sobrellevan su liderazgo sobre el resto del mundo como consecuencia de que en computadoras, satélites, multimedia y otras tecnologías están agregando un fantástico alcance de comando y de mecanismos de control, y haciendo de las mismas el cuerpo central del poder militar de la nación. El próximo año, por ejemplo, el presupuesto de defensa de Estados Unidos de 257 mil millones de dólares, contendrá 35 mil millones de dólares para investigación y desarrollo, más que el conjunto del gasto militar de Alemania” (International Herald Tribune, 21-4-98).

No obstante, a pesar de esta brutal supremacía, no debemos olvidar que el poderío económico se transforma en poderío político y militar. Hoy en día Japón, casi en silencio, tiene el segundo presupuesto militar después de Estados Unidos, y era el tercero en la época de la ex URSS. Alemania, aunque más atrás, levantó recientemente la prohibición a sus fuerzas armadas de intervenir en el extranjero como muestra la presencia de un contingente de 3.000 soldados en Bosnia, a lo que se han adaptado socialdemócratas y Verdes en su plataforma para las últimas elecciones4.

Sin embargo, aún están lejos de poder alcanzar un rol autónomo en lidiar con la lucha de clases a nivel mundial, como muestra el hecho de que los principales desafíos al orden mundial sólo han podido ser resueltos con alguna eficacia contrarrevolucionaria gracias a la participación norteamericana (por ejemplo, los Balcanes y el fracaso europeo de una política exterior unificada o su rol de guardián del orden regional en el Sudeste de Asia).

... y el enorme costo de ser el “único” policía mundial

En lo inmediato, el principal desafío al poderío militar norteamericano provendrá de su rol en la arena mundial, esto es, del inevitable desgaste que significa para la potencia hegemónica, en un mundo más convulsionado y sin la inestimable ayuda de su aliado stalinista, actuar como policía mundial. Esta responsabilidad surge porque, a diferencia de los imperios predecesores, el dominio de los Estados Unidos tiene un alcance global. Este deseo norteamericano de proyectar su poderío militar -que carece de rival a corto plazo- a una miríada de pequeños conflictos en todo el mundo, y su posibilidad de sostenerlo, puede convertirse en el principal sistema de fallas de su dominio5. No nos olvidemos que ya en el pasado esta brecha llevó a la humillante retirada de los Estados Unidos de Vietnam lo que provocó un desgarramiento interno y enormes movilizaciones de masas, señalando esta derrota militar el comienzo de su declinación.

El enorme peso que significa para los Estados Unidos su rol de “policía mundial” y la falta de voluntad o la incapacidad de sus aliados a asumir una mayor responsabilidad frente a los desafíos regionales, han puesto, más de una vez furiosos a los Estados Unidos. Un ejemplo son sus críticas a sus socios de la alianza atlántica. Una muestra de esta frustración fue graficada patentemente a principios de este año en relación al siempre conflictivo tema de los Balcanes, por un senador norteamericano en el periódico austríaco Die Press: “¿Cuál es el sentido de la OTAN si la mayoría de los aliados no están de su lado?, es lo que se preguntaba el senador Liebermann, visiblemente enfadado en la Conferencia de seguridad en Munich el fin de semana (7/8 de Febrero). Los Estados Unidos sienten una furia justificada, un sentimiento de que siempre sacan las castañas del fuego sin que nadie les de las gracias. Es un hecho que nadie puede hacer nada sin la superpotencia cuando hay crisis en todas las partes del mundo, la ayuda de los norteamericanos es aceptada con mucho gusto (Bosnia, quizás Kosovo pronto) cuando se demuestra su propia incapacidad (la política exterior y de seguridad europea). Pero todo tiene sus límites, y Estados Unidos sin embargo es difamado como el policía de un mundo incontrolado. Nadie debe sorprenderse si, alguna vez, los Estados Unidos dejan de estar preparados para hacer el papel de brigada apaga-fuegos donde les convenga a los europeos”.

Pero los Estados Unidos no pueden dejar librados a su suerte a los problemas mundiales, mal que les pese y a pesar de la miopía de algunos de sus senadores. A diferencia de los aislacionistas, “realistas” como Kissinger recomiendan “establecer prioridades” y volver al equilibrio de poder del siglo XIX. Sin embargo, la extensión global del poderío norteamericano y de los intereses de sus corporaciones que llegan a lugares tan distantes y complejos como las ex repúblicas soviéticas del Asia central, donde las petroleras norteamericanas han extendido sus tentáculos, hacen muy difícil esta alternativa. Y llega a decir que “en un mundo interdependiente, a los Estados Unidos le resultaría difícil practicar el espléndido aislamiento de la Gran Bretaña” (en el siglo XIX). Estados Unidos se verá obligado, como muestran los ‘90, a una mayor participación directa en los conflictos mundiales lo que aumentará los costos no sólo financieros sino internos de este rol. Una muestra de esto es la negativa de Estados Unidos a la utilización de tropas terrestres por las consecuencias que esto tendría en su población. Sin embargo los desafíos más grandes al orden mundial lo obligarán a utilizar el conjunto de los medios militares a su disposición si no quiere que la continua inestabilidad de las zonas calientes del planeta sea interpretada como una abdicación de su poderío, que pueda favorecer a sus competidores e incluso abrir brechas a la revolución.

2 - Las zonas calientes del planeta: Intervención imperialista y pactos regionales

Ya hemos dicho cómo en 1991 Estados Unidos mostró su superioridad militar en el fulminante ataque a Irak. Esta victoria le permitió abrir el reaccionario proceso de paz en Medio Oriente, con el cual intentó liquidar la Intifada palestina contando para esto con la colaboración contrarrevolucionaria del líder de la OLP Yasser Arafat. Sin embargo, a pesar de su contundente victoria militar y de sus avances diplomáticos, Estados Unidos aún no ha podido establecer un orden regional reaccionario estable en el Medio Oriente. El estancamiento del “proceso de paz” en los últimos dos años y las divisiones de las potenciales occidentales y de Rusia frente al frustrado ataque a Irak a principios de año, donde Estados Unidos tuvo que retroceder diplomáticamente frente a la ONU y demás potencias imperialistas, son una muestra de lo que decimos. Otra muestra fue el reciente ataque militar a Sudán y a Afganistán, gobernado -este último- por los talibanes, que fueron armados por los yanquis en los 80 contra la invasión del ejército rojo a aquel país.

Estas nuevas realidades están llevando a nuevos realineamientos de fuerza en la región:

a) el intento de Estados Unidos de cambiar su política hacia Irán abandonando su política de aislamiento del estado teocrático surgido del estrangulamiento de la revolución iraní de 1979. Sin embargo, este intento marcha lentamente por la enorme división interna que genera el acercamiento entre Irán y el “gran Satán”.

b) la amenaza de guerra -luego contenida por mediación de la ONU- entre Irán y Afganistán, país gobernado por la milicia talibán de orientación sunnita y apoyada por Arabia Saudita, ha exacerbado las tensiones entre esta rama del Islam y las chiítas encabezadas por Irán.

c) un intento de Israel de cambiar la relación de fuerzas en Medio Oriente a su favor aliándose con el imperialismo decadente y reaccionario turco. Esto amenaza la posición de los países árabes, en particular el rol de Egipto como factor equilibrante de fuerzas en la región entre Israel y el mundo árabe, que fue la gran conquista de la paz árabe israelí de 1973 después de la derrota egipcia en la guerra de Yom Kippur6.

d) este nuevo rol de Turquía se expresa en la amenaza de guerra entre ésta y Siria, a la que acusa de apoyar a las guerrillas kurdas del PKK, que se ha acelerado luego del reciente acuerdo entre las dos fracciones rivales kurdas en el norte de Irak7. El temor de Turquía, e incluso de Irán, es que una exitosa autonomía kurda en el norte de Irak fortalezca las aspiraciones nacionales de los kurdos en su propio territorio, en donde el ejército viene fracasando en liquidar a la guerrilla del PKK.

e) sobre este complicado panorama regional, los Estados Unidos presionados también por la debilidad interna de Clinton, han tenido éxito en destrabar el “proceso de paz” palestino-israelí. Los márgenes de negociación han sido muy estrechos debido a que el gobierno de Israel depende del apoyo de la extrema derecha sionista que considera toda concesión de nuevas tierras a los palestinos como una traición. A su vez, Netanyahu se vio presionado por la amenaza de Arafat de declarar un estado palestino independiente en mayo del ‘99. El resultado de la negociación, que dificilmente pueda ser digerible para las masas palestinas, es una enorme concesión de la OLP a cambio del avance del proceso negociador. Aparte de un control sobre los grupo armados como el Hamas, una mayor cooperación en seguridad e inteligencia -con la presencia de ascesores de la CIA-, la eliminación de la Carta Nacional Palestina de su propósito de destruir el Estado sionista de Israel y una disminución de los efectivos de la policía palestina, el acuerdo contempla que de la escasa tierra en devolución una buena parte sea dedicada a una “reserva natural”, que los palestinos consideran que es un eufemismo de una zona tapón entre las áreas palestinas y los establecimientos israelíes. Lejos de una ficción de estado independiente, la política sionista imperialista significa condenar a la nación palestina a especies de bantustanes (ghettos separados entre sí y rodeados por el ejército sudafricano) como el de la mayoría negra en la Sudáfrica del apartheid. Tan humillante y opresivo es el armado de la Entidad palestina en los marcos del “proceso de paz”, que el líder espiritual del Hamas en un discurso a un año de su liberación de una prisión israelí, ha planteado que “Gaza está separada del Margen Occidental, Hebrón está separada de Nablus. Hablando prácticamente, nosotros estamos en una situación que no hace posible una entidad palestina activa o independiente”.

En síntesis, el acuerdo de Wyoming significa un avance aún más reaccionario del proceso de paz, lo cual llevará a una mayor represión sobre las masas palestinas. A la vez por su fragilidad no puede evitar que se sigan incubando en la región nuevos realineamientos de fuerza, como la unidad reaccionaria de Israel y Turquía, que promete vientos de guerra (¿una nueva guerra árabe israelí como en el ‘73?) a esta convulsionada zona del planeta.

Si el panorama de Medio Oriente dista mucho de un orden regional estable, y mucho menos pacífico, los Balcanes paso a paso se van convirtiendo en una combinación de masacres étnicas y protectorados militares dirigidos por la OTAN. La paz reaccionaria de Dayton, que creó la ficción de un estado bosnio, dividido entre las burocracias restauracionistas Gran serbia y Gran croata, es sostenida por la presencia permanente de 35.000 soldados de la OTAN en territorio bosnio. Bosnia, luego de la derrota de su movimiento nacional que por defender su carácter multiétnico tenía un carácter progresivo a pesar de su dirección burocrática y pro imperialista, hoy día es un estado clientelar de los Estados Unidos, que ha armado su ejército para contrapesar las ambiciones croatas, aunque no por mucho tiempo. Estados Unidos tiene una presencia militar permanente en Macedonia que, con su frágil economía y delicada mezcla étnica de macedonios, eslavos y albaneses, de encenderse la mecha puede convertirse en la clave de los Balcanes. De darse este escenario de pesadilla, Bulgaria podría intervenir en defensa de los macedonios eslavos, que hablan una lengua parecida al búlgaro, y que jamás fueron considerados por este país como una nacionalidad separada. Esto no sería tolerado por Grecia, Serbia o Albania, lo cual puede desencadenar una guerra como la que arruinó a los Balcanes antes de 1914. De darse esta perspectiva, Turquía (que junto con Grecia son dos potencias regionales que compiten por mercados e influencia en la zona) se vería obligada a intervenir. La perspectiva de dos estados de la OTAN en guerra aterra a Occidente8. Es esto, y no “motivos humanitarios”, lo que explica que Macedonia sea el único país de los Balcanes donde los Estados Unidos mantenga tropas preventivas.

Por último, el Kosovo. Una vez más los imperialismos europeo y norteamericano, bendijeron la carnicería étnica de la burocracia gran serbia, ahora sobre los albanos kosovares, como muestra el acuerdo alcanzado entre Milosevic y el enviado de Estados Unidos, Holbrooke. Esta negociación significa el completo acuerdo entre las potencias imperialistas y el carnicero de los Balcanes en impedir todo acto que lleve a la independencia del Kosovo repitiendo cada vez más abierta y cínicamente su pax reaccionaria en Bosnia. Como ha dicho la secretaria de Estado M. Albright, “nosotros le dejamos en claro a Milosevic y a los kosovares que no apoyamos la independencia del Kosovo, que queremos a Serbia fuera del Kosovo, y no al Kosovo fuera de Serbia” (New York Times, 14-10-98). El mismo diario comenta, que “si para el Kosovo es no ‘afuera de Serbia’, la verdad es que Serbia inevitablemente estará presente de una forma u otra en el Kosovo.” La misma Turquía, que siempre apoyó el reclamo de los musulmanes bosnios, ha hecho un fuerte silencio sobre los reclamos de independencia de los kosovares -compartiendo los objetivos de las potencias imperialistas de que no se toquen las fronteras reaccionarias acordadas- por el temor de sentar un precedente para su propio problema kurdo.

Bajo este acuerdo reaccionario, 2.000 inspectores internacionales de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa permanecerán en el Kosovo. El mismo enviado de Clinton ha reconocido que muchos de ellos serán militares vestidos de civil o fuerzas policiales de los países de la OTAN. “Igual que Bosnia, el Kosovo puede convertirse en protectorado occidental de largo plazo, costoso y difícil de mantener” (ídem).

En síntesis, el sostenimiento de un orden regional cada vez más reaccionario basado en el chauvinismo de las burocracias gran serbia y gran croata, no significa otra cosa que el incremento de la presencia imperialista en la región. “Nos guste o no, la OTAN se ha convertido en el sheriff del ‘salvaje’ Sudeste europeo” (Washington Post, 14-10-98). Esto es una muestra del rol que se apresta a jugar la OTAN -a la que se han incorporado Polonia, la República Checa y Hungría que vienen avanzando en la restauración capitalista-, frente a la probable inestabilidad de las ondas de choque que la crisis rusa traerá en el Este. Como dice su secretario general, Javier Solana, el ambicioso objetivo de la OTAN debe ser “proyectar estabilidad a la parte Este y Sudeste del continente europeo” (idem). Como se ve, una persepctiva nada pacífica9.

3 - El colapso ruso y su onda de choque desestabilizadora

Hasta ahora Occidente no quería asumir las consecuencias desestabilizadoras para el sistema mundial de la debacle de la ex URSS y de las enormes consecuencias de la brutal destrucción de fuerzas productivas en Rusia. Su ilusión de que un proceso de reformas gradual y pacífico era capaz de integrar a Rusia o incluso a toda la ex URSS a la economía mundial, se ha hecho trizas bajo los golpes de la crisis mundial que han llevado a un nuevo colapso a la economía rusa y herido de muerte al régimen de Yeltsin, que era visto por Occidente como la mejor opción ante el caos. Aunque en lo inmediato todos los sectores de la nueva oligarquía, la burocracia restauracionista y los distintos imperialismos han cerrado filas detrás del gobierno de Primakov, es poco menos que probable que este débil gobierno de transición pueda soldar todas las contradicciones de la difícil transición rusa10. La tarea de completar la restauración capitalista sólo podrá lograrse con un gobierno y un estado fuerte, capaz de imponerse sobre los distintos intereses de las fracciones de la nueva oligarquía y sobre todo, sobre el movimiento de masas y las nacionalidades oprimidas, tanto de la actual Federación Rusa como de su patio trasero, las ex repúblicas soviéticas y sus “estados satélites” en Europa del Este. La perspectiva es que, sobre la base de la crisis y el caos, irán surgiendo distintos gobiernos bonapartistas e incluso semi fascistas o fascistas, que adquirirán inevitablemente un carácter rusófilo o chauvinista, como es el caso del general Lebed o el alcalde de Moscú Luzkov, los dos principales pretendientes a reemplazar a Yeltsin en las elecciones presidenciales del 2000.

Esta perspectiva plantea que, al igual que la diplomacia de principios de siglo fue incapaz de resolver de forma pacífica las consecuencias de la desintegración del Imperio Austro-Húngaro, que fue la mecha que encendió la primera guerra inter-imperialista, la desintegración de la ex URSS y el colapso ruso, constituyen una enorme fuerza de choque desestabilizante de la situación mundial. Esto es así por tres motivos: a) los intentos de los distintos vecinos de la ex URSS como de las potencias imperialistas de aprovecharse de la debilidad del “espacio vital” ruso; b) la tentación y la necesidad de todo gobernante ruso de unificar sus fuerzas y restaurar el poder del estado reestableciendo su autoridad en la periferia perdida. Una muestra del carácter reaccionario de esta política, es la política rusa hacia Milosevic en los Balcanes justificando las masacres étnicas contra todo aquel que quiera “cuestionar” las viejas fronteras; c) la crisis del antiguo orden represivo y la debilidad del poder central puede dar lugar a que se desarrolle, como motor del proceso revolucionario contra la política rusificadora de la burocracia restauracionista y de la nueva oligarquía, la lucha por la autodeterminación nacional, y que el ejército ruso, fuertemente corrompido y desmoralizado, tenga que salir a apagar incendios a lugares remotos. Esta debilidad del estado ruso ya se expresó en el fracaso militar en Chechenia.

Frente a estos tres probables escenarios, ¿cómo responderán el proletariado y las masas oprimidas de Rusia y la ex URSS al nuevo estadío de la restauración capitalista ya para nada “pacífico” y que pondrá en el tapete enfrentamientos tal vez en los próximos años cada vez más decisivos? ¿Llevará a enfrentamientos o guerras civiles como en el Cáucaso o en el Asia Central en regiones cada vez más cercanas a la base de poder del Kremlin? ¿Podrá la clase obrera rusa enfrentar los nuevos golpes de la restauración capitalista pasando de la resistencia cada vez más generalizada a una contraofensiva abierta contra los nuevos ricos y los burócratas restauracionistas? ¿O tendrá éxito la restauración de ir liquidando las energías de la clase obrera rusa con sucesivos golpes? No lo sabemos, pero podemos asegurar que la “paciencia” del pueblo ruso que tanto ha sorprendido a Occidente en los ‘90 no está garantizada, mucho menos en un país como Rusia cuyos trabajadores y campesinos a principios de siglo transformaron súbitamente su “paciencia” en la primera revolución socialista triunfante bajo la dirección del partido bolchevique.

Todas estas cuestiones plantean que, “integrar a Rusia en el sistema internacional es tarea clave del naciente orden internacional” (“La diplomacia”). Todo esto, decimos nosotros, convierten a la resolución de la cuestión rusa en la piedra nodal en los próximos años y uno de los focos tal vez más agudos, del enfrentamiento entre la revolución y la contrarrevolución, como ya lo están mostrando en menor escala, las contradicciones abiertas en la ex Yugoslavia. El éxito o no de la restauración capitalista será decisivo en determinar el curso de la lucha de clases y de las relaciones entre estados en el próximo siglo.

4 - La tendencia a los bloques económicos muestra la falacia de la "globalización"

El discurso de la “globalización”, que acompañó al irreal planteo de que un supuesto orden mundial estaba a la vuelta de la esquina, iba de la mano de la imbécil teoría de que la mayor internacionalización del capital, que en el capitalismo sólo puede expresarse como una mayor concentración y centralización del mismo, iba a dar origen a un “capital global” que iría liquidando la existencia de los estados nacionales y por lo tanto el fundamento de las guerras. En los puntos anteriores, hemos demostrado que a fines del siglo XX el mundo se encamina a una perspectiva nada pacífica. La tendencia a la formación de bloques económicos muestra que los estados nacionales, lejos de desaparecer, adquieren nuevos roles en función de una mayor disputa de la hegemonía mundial que implica la crisis de dominio imperialista. Por eso, lejos de una internacionalización armónica del capital, venimos presenciando un desarrollo desigual y combinado del sistema mundial donde la tendencia a una mayor interdependencia de sus distintos componentes se combina con las tendencias a la formación de bloques económicos, crecientemente proteccionistas y campos de disputa entre las distintas potencias imperialistas11.

Estados Unidos ha avanzado en el NAFTA que significa un estatuto del coloniaje con respecto a México, utilizado como zona de mano de obra barata por las transnacionales norteamericanas. Estados Unidos se ha cuidado bien, con trabas legales como el porcentaje de componentes de fabricación del área, para que el mismo no sea usado como plataforma para penetrar en el mercado norteamericano por las transnacionales rivales. Estados Unidos pretende ampliarlo hacia el resto de América Latina, pero debido a la enorme oposición interna, no ha tenido éxito el gobierno Clinton en obtener la clásula fast track. Sin embargo, “ya, la unilateral disminución de las barreras comerciales de los países de América Latina, ha convertido a la región en el mercado externo de más rápido crecimiento de los Estados Unidos. El año pasado, México superó a Japón convirtiéndose en el segundo importador de productos norteamericanos después de Canadá” (The Economist, 11-04-98). Su intento de extensión del ALCA (Area de Libre Comercio de las Américas) choca con las intenciones del Mercosur, que a diferencia del NAFTA, es zona de disputa más abierta entre Estados Unidos y Europa.

En el mundo de Yalta, Alemania se vio atada a Occidente por medio del liderazgo norteamericano en cuestiones estratégicas dentro de la OTAN y por el liderazgo francés en cuestiones políticas dentro de la Unión Europea. A lo largo del tiempo esta idea ha ido avanzando, como demuestra la entrada en funcionamiento a principios de 1999 de la moneda única, el euro, que pretendería, de llegar a consolidarse, rivalizar con el dólar como moneda de reserva mundial. Sin embargo, contra las expectativas de París, la unidad europea ha ido creciendo alrededor de la hegemonía alemana, una Alemania fortalecida estratégicamente luego de su anexión de la ex RDA. A su vez Alemania es la principal fuente de inversiones extranjeras directas de los países del Visegrad (Hungría, República Checa, Polonia) y el principal acreedor de Rusia. Es que la unidad alemana ha multiplicado las opciones estratégicas de Bonn al mismo tiempo que ha aumentado su vulnerabilidad a las tensiones económicas y políticas que le llegan de su patio trasero en el Este, como muestran la crisis rusa y el conflicto de los Balcanes. Bajo el gobierno de Kohl, Alemania mantuvo el eje París-Bonn como centro neurálgico de la Comunidad Europea y de los compromisos de la Alianza atlántica como fue en los ‘80 la instalación de misiles en su propio territorio. Pero “a su debido tiempo, Alemania insistirá en la influencia política a la que le da derecho su poderío militar y económico y ya no dependerá tanto, emocionalmente, del apoyo militar norteamericano y del apoyo político francés.” (“La diplomacia”).

La caída de Kohl y su reemplazo por la socialdemocracia puede debilitar el eje París Bonn tratando de ampliarlo a Londres, como forma de licuar la relación con Francia y de esta manera dejar más margen de maniobra a Alemania para la aplicación de una política más autónoma, tanto en Occidente como en Oriente. A su vez, las dificultades de seguridad en el Este pueden llevar a Alemania a apoyarse más en la OTAN contra los deseos de París de establecer una política exterior europea común, incluso darle viabilidad a una fuerza militar conjunta franco alemana, en detrimento de la OTAN. En consecuencia, a pesar de su retórica, el estrechamiento de los márgenes de maniobra del imperialismo francés, mantenidos más alla de su peso económico y político real en las divisiones de zonas de influencia de Yalta, y que viene retrocediendo no sólo en Europa sino también en su zona de influencia en el Africa, puede llevar a este imperialismo cada vez más secundario a apoyarse más y más en los Estados Unidos. “La Gran Bretaña y Francia, sin los Estados Unidos, no pueden mantener el equilibrio político en Europa Occidental.” (“La diplomacia”) En el marco de que no está resuelto el amenazante problema de la desintegración de la ex URSS, en lo inmediato, la construcción europea, en el medio de múltiples contradicciones, puede llevar a una cooperación entre Europa y Estados Unidos. Como dice Kissinger, “Alemania se ha vuelto tan fuerte que las instituciones europeas existentes no pueden, por sí solas, establecer un equilibrio entre Alemania y sus socios europeos. Ni tampoco puede Europa, aún con Alemania, con el resurgimiento o la desintegración de Rusia: los dos resultados más amenazadores de los trastornos post soviéticos”.

Pero a mediano plazo, esta “compatibilidad” entre Estados Unidos y Europa, y entre los distintos imperialismos dentro de ella, puede cortarse ya que la senda es muy estrecha al estar en juego los intereses nacionales de cada potencia imperialista, que es lo que hace incierto y utópico todo proyecto de unir en forma pacífica y diplomática a Europa. La negativa del imperialismo inglés a participar del euro es una muestra de lo que decimos, así como los distintos desacuerdos en temas presupuestarios, la ampliación a países de Europa Oriental, la política agropecuaria común entre sus distintos socios, reflejando los intereses nacionales de sus propias burguesías imperialistas. Si el mejoramiento de la situación económica en el último tiempo en Europa, permitió superar el “euroescepticismo” que primó en la mayor parte de los ‘90 y saldar las diferencias que permiten el lanzamiento del euro en enero del ‘99, el salto en la crisis económica mundial plantea que la convergencia de intereses nacionales de las potencias europeas puede convertirse cada vez más antagónico, socavando el avance de la reaccionaria y utópica unidad burguesa de Europa12. Y sobre todo, que Estados Unidos no puede permitir que se consolide una Europa unida que le dispute la hegemonía mundial.

Por último, el menos consolidado como bloque es el área de influencia japonesa en el Asia. Japón ha utilizado el hecho de que es la principal nación acreedora a nivel mundial para extender su influencia, vía préstamos o la inversión directa, en esta zona que fue la base del espectacular desarrollo de esta región. Pero al calor de la crisis mundial, su dominio viene siendo disputado por los Estados Unidos y en menor medida por Europa. Esta exacerbación de las disputas económicas pueden agriar las relaciones de seguridad entre Japón y Estados Unidos, que ya no estarán más sometidas al paraguas del anticomunismo13.

A su vez, la existencia de varias “potencias regionales” tanto de carácter semicolonial o dependiente como la India o Corea, o estados obreros en descomposición como China o Vietnam; la existencia de Rusia y las antiguas repúblicas de la ex URSS aunque por el momento muy debilitadas pero con un arsenal nuclear; junto al desarrollo de una brutal carrera armamentística nuclear y convencional -cuyos últimos focos han sido el conflicto indo-pakistaní- la amenaza de guerra entre Irán y Afganistán, la desestabilización de las ex repúblicas soviéticas de Asia central, la prueba misilística de corea del Norte que pasó sobre el cielo japonés y los reclamos chinos sobre Taiwan, son una muestra que esta región al calor de la depresión económica que la recorre, puede transformarse en el polvorín del siglo XXI. Estas tendencias guerreristas se combinan con el inicio de jornadas revolucionarias en Indonesia, que tiraron por los aires al dictador Suharto, que es la última expresión de la caída del viejo orden regional establecido en los ‘60 luego del proceso de descolonización y al calor de la guerra fría que en esta zona del planeta fue la más caliente, como mostraron la guerra de Corea y Vietnam. Suharto era la última expresión de este viejo orden de gobiernos o dictaduras militares abiertas, profundamente anticomunistas y pro-norteamericanas que, con la caída del stalinismo en el ‘89 y el avance de China en la restauración capitalista y el mismo Vietnam, se fue haciendo cada vez más anacrónico. Como vemos, la perspectiva de la región asiática es hacia un proceso convulsivo de depresión económica, emergencia revolucionaria de las masas, avances bonapartistas y guerras regionales, es decir, la tendencia es a un enfrentamiento más abierto entre la revolución y la contrarrevolución. En este marco, el futuro de China por su importancia regional y mundial es un elemento clave, ya que fue en los ‘90 un pulmón de la economía mundial y una defensora del status quo regional y que hasta ahora, en el medio de la crisis económica, ha venido actuando como un elemento conservador. La profundización de la crisis mundial y sus fuertes síntomas en la propia China, han paralizado el avance de las reformas votadas el año pasado por el partido Comunista, por el temor a la respuesta del movimiento de masas14. Esto puede poner en cuestión el avance de la restauración capitalista en el gigante chino, cuya entrada en crisis puede sacudir al conjunto del Asia ya sea por una emergencia del proceso revolucionario como fue Tiananmen en el ‘89, la tentativa de la burocracia de utilizar la carta nacional como prevención frente a este escenario tanto frente a sus nacionalidades oprimidas (Tibet, musulmanes de Xijuan) como hacia los países vecinos (Taiwan, Vietnam, etc), o la profundización de la competencia económica entre las diversas regiones del país (la región costera vs. el interior más atrasado), que ya llevó a movilización de tropas en el pasado, acelerando su desintegración y liquidando su unidad nacional15.

Sobre estas perspectivas regionales, la depresión económica ha venido acelerando distintos movimientos diplomáticos en la zona: Estados Unidos ha acelerado su acercamiento a China, en lo que hemos definido como un verdadero “mini Yalta”, una colaboración contrarrevolucionaria con el objetivo de presionar a las demás “potencias” regionales, sobre todo en el terreno nuclear (la India, cuyo enfrentamiento con Pakistán es azuzado por China), y en el terreno económico a Japón, y sobre todo impedir que focos revolucionarios como el indonesio (no olvidar que el proletariado coreano es la vanguardia del proletariado del Sudeste de Asia que viene resistiendo a las consecuencias de la crisis), se desarrollen en la región, como hemos explicado en Estrategia Internacional Nro 9. Por su parte Japón recientemente, y luego de años de resentimiento, ha firmado una cooperación estratégica con Corea del Sur16. Estos movimientos, por ahora en el terreno diplomático, son una muestra de los tiempos convulsivos por venir. Una muestra, tal vez, de que el otrora “dorado” del capitalismo en los años de “vacas flacas” de la economía mundial pueda convertirse en la expresión más aguda de la crisis de dominio imperialista que caracteriza al sistema mundial a fines del siglo XX.

NOTAS:
(1) “De hecho, con cada siglo ha ido encogiéndose la duración de los sistemas internacionales. El orden que surgió de la paz de Westfalia duró 150 años. El sistema internacional creado por el Congreso de Viena se mantuvo durante 100 años; el orden internacional caracterizado por la guerra fría terminó después de cuarenta años. (El acuerdo de Versalles nunca funcionó como un sistema al que se hubiesen adherido las grandes potencias, y fue poco más que un armisticio entre las dos guerras mundiales). Nunca antes los componentes del orden mundial, su capacidad de interactuar y sus objetivos han cambiado con tanta rapidez, tanta profundidad o tan globalmente.” (H. Kissinger, “La diplomacia”).
(2) El análisis y la política del sistema internacional se basan en dos corrientes de pensamiento: una, llamada “realista”, de la cual Kissinger es uno de sus representantes, que funda su análisis en que las motivaciones de los estados en el terreno internacional dependen de su interés nacional, la “raison d’etat”, o en otras palabras, que la persecución del interés nacional (que suplantó el concepto medieval de moral universal) justifica cualquier medio que se emplee para promoverlo. Su principio en las relaciones internacionales es el concepto de equilibrio de poder, según el cual cada estado, buscando sus propios intereses “egoístas”, de alguna manera contribuye a la seguridad y al progreso de todos los demás. Sus primeras formulaciones, que devienen del surgimiento de las primeras naciones estado de Europa, podemos encontrarlas en el cardenal Richelieu que fue Primer Ministro de Francia de 1624 a 1642.
La otra escuela de pensamiento, llamada “idealista”, cuyo primer promotor en el siglo XX fue el presidente norteamericano W. Wilson, que llevó a su país a la I Guerra Mundial, se basa en un rol mesiánico del estado cuya función es difundir principios morales en todo el mundo. Estos principios sostienen que la paz depende de la difusión de la democracia, que los estados serán juzgados por las mismas normas éticas que las personas, y que el interés nacional consiste en adherirse a un sistema universal de derecho.
Ambas corrientes, representan formas de pensamiento burgués que niegan la lucha de clases como factor determinante de la política internacional. El “interés nacional” iguala los intereses antagónicos de las diversas clases en un país. Por eso el mismo, no sólo es utilizado para la competencia contra otros estados, sino que en función del “interés nacional” se reprime las clases hostiles internas. La otra corriente esconde este interés nacional bajo una envoltura de valores universales, que ocultan el carácter de clase de sus acciones. La misma se desarrolló en Estados Unidos, debido a las excepcionales condiciones del mismo (su geografía, su historia), a comienzos del siglo XX. Como dice Trotsky, “el imperialismo norteamericano es, por su esencia, despiadadamente rudo, depredatorio, en el pleno sentido de la palabra, y criminal. Pero debido a las condiciones especiales de su desarrollo, tiene la posibilidad de envolverse en la toga del pacifismo. No lo hace, de ningún modo, a la manera de los imperialistas advenedizos del Viejo Mundo. Gracias a las condiciones especiales del desarrollo de los Estados Unidos, de su burguesía y de su gobierno, esta máscara pacifista parece haberse adherido de tal modo al rostro imperialista que no se la puede arrancar” (“Sobre Europa y Estados Unidos”).
(3) El aparato stalinista mundial y los movimientos nacionalistas burgueses y pequeñoburgueses que se desarrollaron a su vera.
(4) Un comentarista del Herald Tribune (9-12-97), especialista en temas alemanes, sostiene que “las fuerzas armadas alemanas continúan evolucionando a completar su rol como el ejército más grande de Europa, tal vez más rápido que lo que la mayoría de los observadores habían esperado”. El mismo autor comenta que “el presupuesto de defensa en Alemania, si bien todavía recortado en función de alcanzar los criterios de la moneda única europea, continúa sosteniendo un importante ejército de conscriptos -350.000 hombres-, que supera a cualquier otro miembro europeo de la OTAN. Incluso encuentra dinero para compras como el ‘Eurofighter’, un bombardero aprobado este mes. En contraste, la mayoría de los otros países europeos, especialmente Francia, han visto caer drásticamente su gasto de defensa. Como resultado, Alemania tiene las fuerzas mejor equipadas que pueden alcanzar a un millón de hombres si las reservas son usadas”.
(5) Kissinger plantea que “los Estados Unidos deberán tener cuidado de no multiplicar sus compromisos morales (¿morales?) mientras se estén reduciendo los recursos financieros y militares necesarios para llevar a cabo una política exterior global ... Está amenzando con abrirse una brecha en la política norteamericana entre sus pretensiones y su predisposición a apoyarlas; la desilusión casi inevitable se convierte en cómoda excusa para apartarse por completo de los asuntos mundiales”.
(6)”En los años recientes el balance se ha inclinado más y más en favor de Israel. Ahora, con la antiguamente neutral Turquía -el gigante regional dormido- saltando al lado de Israel, las escalas se han adelantado dramáticamente. El actual gobierno de Israel, Egipto teme, se sentirá tan fuerte que perderá cualquier necesidad de negociar la paz” (The Economist, 10-10-98).
(7) ”Turqía está alarmada por lo que ve como un creciente poder del nacionalismo kurdo. Fue sorprendida por su exclusión el pasado mes del acuerdo de paz entre las dos principales facciones kurdas en Irak” (ídem.).
(8) Turquía y Grecia están también en disputa por la isla mediterránea del Chipre, que ya llevó a una guerra en el pasado.
(9) Otra muestra de los conflictos que la crisis de dominio imperialista está generando, lo constituye el continente africano. La brutal declinación económica, está llevando a una descomposición de los estados, como muestra la guerra del Congo, en la cual participan siete países de la región (Zimbawe, Angola, Namibia y mas tarde Sudán y el Chad -al principio en defensa de Laurent Kabila, presidente del Congo, aunque luego este frente se fue dividiendo -Ruanda y Uganda- en apoyo a las fuerzas rebeldes.
Tanto en el terreno militar como diplomático estos países se disputan el saqueo de su enorme riqueza mineral.
(10)Ver Estrategia Internacional número 8.
(11) Hasta ahora, a diferencia de los ‘30, el sistema monetario, comercial y financiero mundial no se ha quebrado y reconcentrado en sí mismo en bloques económicos cerrados completamente rivales entre sí, como fue el área del dólar, de la libra, del franco o del yen japonés (ver artículo previo del dossier).
(12) El “espíritu de Portchach” que comentan los diarios, refiriéndose al lugar en Austria donde se realizó la última cumbre de los quince países europeos, señalando “el cambio cultural” y la “nueva voluntad política común” en la Europa gobernada por 13 de 15 gobiernos socialdemócratas, podría ser tan utópico, como efímero.
(13) Los Estados Unidos conservan en la región una fuerte presencia militar. En Yalta, Japón pudo convertirse en un fuerte competidor económico de Estados Unidos, pero “pagó la libertad de maniobrar en el campo económico subordinando su política exterior y de seguridad a la de Washington. Y mientras la URSS pareció la principal amenaza a la seguridad de ambos países, fue sensato considerar idénticos los intereses nacionales de Estados Unidos y Japón. No es probable que continúe esa pauta. Mientras Corea y China aumentan su fuerza militar, y estando en Siberia la parte menos deteriorada del poder militar soviético, los japoneses, que hacen planes a largo palzo, no darán por sentada, indefinidamente, la absoluta identidad de los intereses americanos con los japoneses”. (“La diplomacia”).
(14) “Las pasadas dos décadas ciertamente han brindado nuevas oportunidades, nuevas libertades y nuevas riquezas a muchos pobladores urbanos en China, al menos en la región costera. También es cierto que otros países, más notablemente en Rusia, las predicciones sobre un levantamiento popular, se han mostrado fuera de foco, mientras la gente común se ha mostrado a sí misma reluctante en tomar las calles a pesar de su dificil situación. Lo mismo podría bien ser cierto en China. Pero un grupo que está lejos de tener confianza sobre esto, es la misma dirigencia china” (The Economist, 24/10/98).
(15) “La mayoría de las preocupaciones del mundo exterior con China, en los años recientes, han sido con las fortalezas del país: ¿sería una China rica, una China amenazante, puede tal China ser absorbida confortablemente en las instituciones regionales y globales, cuánta plata podría hacerse vendiéndole productos a mil millones de chinos cada vez más ricos, cuántos trabajos se perderían producto de los mismos mil millones cada vez más productivos? Es tiempo, sin embargo, para que el foco cambie. La más importante cuestión hoy, es no cuan fuerte podría ser China, sino cuán débil es ahora. El peligro de un colapso económico está creciendo, tal colapso lastimaría a Asia directamente y también dañaría al resto del mundo. Pero el mayor peligro potencial es que los problemas económicos lleven al caos político. Si esto se diera, sería el fin de todas las apuestas”. (The Economist, 24/10/98).
(16) Lo que empuja a este acercamiento son, “las actuales enfermedades económicas, el siempre cambiante balance regional, y la futura reunificación de Corea (una cuestión de cuándo, no de si), serían todas más fáciles de dar cuenta si los dos países trabajan más conjuntamente. Reunificar las dos Coreas dará lugar a una fuerte tensión en las relaciones, no sólo porque una más grande Corea mirará a su viejo rival Japón, a compartir los costos, esto requerirá una más fuerte amistad entre Corea del Sur y Japón” (The Economist, 3-10-98).



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