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I. El problema de las generaciones en el partido

 

En una de las resoluciones adoptadas durante la discusión de Moscú, sus firmantes se lamentaban de que el problema de la democracia en el partido se hubiera complicado con las discusiones sobre las relaciones generacionales, con ataques personales, etc. Este reproche evidencia una cierta confusión en las ideas. Los ataques personales y las relaciones generacionales son dos cosas muy diferentes. Si se planteara ahora el problema de la democracia sin analizar la composición del partido, tanto desde el punto de vista social como del de la edad y de la experiencia política, no se podría llegar a ninguna conclusión.
 
No es casual que el problema de la democracia se haya planteado primeramente como un problema de las relaciones entre las diversas generaciones. Ese es el resultado lógico de toda la evolución de nuestro partido, cuya historia puede dividirse esquemáticamente en cuatro períodos: a) la preparación, que duró un cuarto de siglo y que finalizó en Octubre; b) Octubre; c) el período posterior a Octubre; d) el “nuevo curso”, es decir, el período en el que entramos ahora.
 
A pesar de su riqueza, su complejidad y la diversidad de las etapas realizadas, hoy comprendemos que el período anterior a Octubre sólo tuvo un carácter preparatorio. Octubre permitió verificar la ideología y la organización del partido y de sus militantes. Por Octubre entendemos el período más agudo de la lucha por el poder que puede fijarse, aproximadamente, en las “Tesis de abril” de Lenin y que termina con la toma del aparato del Estado.
 
Aunque sólo duró algunos meses, es tan importante, por su contenido, como todo el período de preparación que se mide en años y en decenas de años. Octubre, no sólo nos ofreció una verificación infalible, única en su género, del pasado del partido, sino que se convirtió en una fuente de experiencia para el futuro. Gracias a Octubre, el partido pudo, por primera vez, valorarse en su justa medida.
 
La conquista del poder fue seguida de un crecimiento rápido, casi anormal, del partido, que atrajo a sus filas no sólo a trabajadores poco conscientes sino, también, a ciertos elementos totalmente extraños a su espíritu: funcionarios, arribistas y politiqueros. En este período caótico, el partido únicamente conservó su naturaleza bolchevique gracias a la dictadura interna de la vieja guardia que había demostrado sus aptitudes en Octubre.
 
En todos los problemas, de mayor o menor importancia, los nuevos miembros aceptaron entonces, casi sin discusión, la dirección de la vieja generación. Los arribistas consideraban esta docilidad como el mejor medio para consolidar su situación dentro del partido. Pero sus cálculos fallaron. Mediante una depuración rigurosa de sus propias filas, el partido se desembarazó de ellos. Los efectivos del partido disminuyeron pero su conciencia aumentó. Esta auto-verificación, esta depuración, hicieron que el partido, después de Octubre, se sintiera por primera vez un colectivo cuya tarea no era simplemente la de dejarse conducir por la vieja guardia sino la de examinar y decidir por sí mismo los problemas esenciales de la política. En este sentido, el período crítico de la depuración constituye, en cierto modo, la preparación para ese cambio profundo que ahora se manifiesta en la vida del partido y que seguramente entrará en su historia bajo el nombre de “nuevo curso”.
 
Es preciso tener bien en claro una cosa: la esencia de las diferencias y de las dificultades actuales no reside en el hecho que los “secretarios” hayan exagerado la nota en ciertos aspectos y debe llamárseles al orden, sino en que el conjunto del partido se dispone a pasar a una fase histórica más elevada. Es como si la masa de los comunistas dijese a los dirigentes: “Compañeros, vosotros tenéis la experiencia anterior a Octubre de la que la mayoría de nosotros carecemos; pero bajo vuestra dirección hemos adquirido después de Octubre una gran experiencia, que cada día se vuelve más digna de consideración. Y queremos no sólo ser dirigidos por vosotros sino participar en la dirección del proletariado. Lo queremos no solamente porque es nuestro derecho en cuanto miembro del partido sino también porque es absolutamente necesario para que la clase obrera avance. Sin nuestra experiencia, debida al hecho de estar en la base del partido, experiencia que no debe simplemente ser tenida en cuenta en las esferas dirigentes sino que debe ser introducida por nosotros mismos en la vida del partido, el aparato dirigente se burocratiza y nosotros, comunistas de base, no nos sentimos suficientemente armados ideológicamente ante los sin partido.”
 
El viraje actual es, como ya lo he dicho, el resultado de toda la evolución anterior. Desde hace mucho tiempo era preparado a través de procesos moleculares, invisibles a primera vista, en la vida y la conciencia del partido. La crisis económica imprimió un fuerte impulso al pensamiento crítico. La noticia de los acontecimientos de Alemania ha conmovido al partido. En ese momento se ha visto con particular claridad que el partido vive, de alguna manera, en dos niveles: el nivel superior, donde se decide, y el nivel inferior, que se limita a tomar conocimiento de las decisiones. Sin embargo, la revisión crítica del régimen interno del partido se ha visto aplazada por la espera ansiosa del desenlace, que parecía próximo, de los acontecimientos de Alemania. Cuando se comprendió que ese desenlace resultaba retrasado por la fuerza de las cosas, el partido puso al orden del día el problema del “nuevo curso”.
 
Como sucede frecuentemente en la historia, es precisamente durante estos últimos meses cuando el aparato evidenció sus rasgos más negativos e intolerables: aislamiento de la masa, suficiencia burocrática, total desprecio por el estado de ánimo, las opiniones y las necesidades del partido.
Impregnado de burocratismo, rechazó desde un comienzo, con una violencia hostil, los intentos de discutir el problema de la revisión del régimen interno del partido.
 
Esto no quiere decir, por cierto, que el aparato se componga únicamente de elementos burocratizados ni, menos aun, de burócratas declarados e incorregibles. El periodo crítico actual ayudará a la mayoría de sus miembros a comprender el sentido de esta discusión y les haré renunciar a muchos de sus errores. El reagrupamiento ideológico y orgánico que surgirá del viraje actual tendrá, a fin de cuentas, consecuencias beneficiosas tanto para la masa de comunistas como para el aparato. Pero en este último, tal como aparece en el umbral de la crisis actual, el burocratismo ha alcanzado un desarrollo excesivo, verdaderamente alarmante. Y este hecho es lo que da al reagrupamiento ideológico actual un carácter de urgencia, surgido de legítimos temores.
 
Así, hace dos o tres meses, el solo hecho de señalar el burocratismo del aparato, la autoridad excesiva de los comités y de los secretariados, era recibido entre los representantes responsables del “viejo curso” en las organizaciones centrales y locales con encogimientos de hombros o protestas indignadas. ¿Los nombramientos convertidos en sistema? Pura imaginación. ¿Formalismo, burocratismo? Invenciones, oposición por el único placer de oponerse, etc., etc. Esos camaradas, con toda sinceridad, no observaban el peligro burocrático que ellos mismos representan. Sólo bajo la presión de la base han comenzado, poco a poco, a reconocer que realmente había manifestaciones de burocratismo pero únicamente en ciertas regiones y distritos, y que por otra parte no era sino una desviación momentánea, etc. Según ellos, el burocratismo era un mero resabio del periodo de guerra, es decir un fenómeno en vías de desaparición. Inútil explicar cuán falsa es esta concepción y explicación del estado de la cuestión.
 
El burocratismo no es una característica momentánea de algunas organizaciones provinciales sino un fenómeno general. No va del distrito a la organización central por intermedio de la organización regional sino más bien de la organización central al distrito por intermedio de la organización regional. No es de ningún modo un “resabio” del período de guerra Sino que surge a raíz de haberse transferido al partido los métodos y los procedimientos administrativos acumulados durante estos últimos años. Por más exageradas que fuesen algunas veces las formas que revistió, el burocratismo del período de guerra era insignificante en comparación con el actual burocratismo, que se ha desarrollado en tiempos de paz mientras que el aparato, a pesar de la madurez ideológica del partido, continuaba obstinadamente pensando y decidiendo por sí mismo.
 
Es por ello que, desde el punto de vista de los principios, la resolución del comité central sobre la organización del partido tiene una gran importancia, de la que el partido debe darse cuenta claramente. Sería indigno, en efecto, considerar que el sentido profundo de las decisiones tomadas se reduce a modificaciones técnicas en la organización y que se pretenda limitar a reclamar de los secretarios y comités más “suavidad” y “solicitud” hacia la masa. La resolución del comité central habla de “nuevo curso”. El partido se prepara para entrar en una nueva fase de desarrollo. No se trata, por cierto, de romper los principios de organización del bolchevismo, como algunos intentan hacer creer, sino de aplicarlos a las condiciones de la nueva etapa del partido. Ante todo, se trata de instaurar relaciones mas sanas entre los viejos cuadros y la mayoría de los miembros que han entrado al partido después de Octubre.
 
La preparación teórica, el temple revolucionario, la experiencia política representan nuestro capital fundamental, cuyos principales exponentes son los viejos cuadros del partido. Por otra parte, el partido es esencialmente una organización democrática, es decir, un colectivo cuya orientación depende del pensamiento y de la voluntad de todos. Es claro que, en la situación complicada del período inmediatamente posterior a Octubre, el partido podía abrirse paso tanto mejor cuanto más utilizaba en su totalidad la experiencia acumulada por la vieja generación, a cuyos representantes confiaba los puestos más importantes en la organización. El resultado de ese estado de cosas fue que, desempeñando el papel de director del partido y absorbida por los problemas de administración, la vieja generación se habituó a pensar y a decidir por el partido e instaurar preferentemente para las masas comunistas métodos puramente escolares, pedagógicos, de participación en la vida política: cursos de instrucción política elemental, verificación de las nociones, escuelas del partido, etc. De aquí proviene el burocratismo del aparato, su aislamiento con relación a las masas, su existencia como un organismo separado, en una palabra todas las características que constituyen el aspecto profundamente negativo del “viejo curso”. El hecho de que el partido viva en dos niveles distintos implica numerosos peligros, a los que ya me he referido en mi carta sobre los viejos y los jóvenes. (Por “jóvenes” entiendo evidentemente no sólo a los estudiantes sino a toda la generación incorporada al partido después de Octubre y, en primer lugar, a los jóvenes de las células de fábrica.) ¿Cómo se ha manifestado el malestar cada vez más profundo dentro del partido? En el hecho que la mayoría de los miembros se decían a si mismos: “Por más que el aparato piense y decida bien o mal, siempre piensa y decide sin nosotros y en nuestro lugar. Cuando creemos necesario manifestar una incomprensión, una duda, o expresar una objeción o una crítica, se nos llama al orden, se apela a la disciplina. La mayoría de las veces se nos acusa de actuar como opositores o de querer constituir fracciones. Estamos dedicados por entero al partido y dispuestos a sacrificar todo por él. Pero queremos participar activa y conscientemente en la elaboración de sus decisiones y en la elección de sus formas de acción.” Las primeras manifestaciones de este estado de ánimo pasaron indudablemente inadvertidas, el aparato dirigente no las tuvo en cuenta y ésa fue una de las principales causas de la formación de grupos, cuya importancia es inútil exagerar pero cuyo alcance no se puede desconocer y que debe constituir para nosotros una advertencia.
 
El peligro fundamental del “viejo curso”, resultante de causas históricas generales así como de nuestros errores particulares, consiste en que el aparato manifiesta una tendencia progresiva a oponer a algunos millares de camaradas que forman los cuadros dirigentes con el resto de la masa que se convierte para ellos sólo en un medio de acción. Si ese estado de cosas persistiese, se correría el riesgo de provocar a la larga una degeneración del partido en sus dos polos, es decir entre los jóvenes y los cuadros. En lo que concierne a la base proletaria del partido, las células de fábrica, los estudiantes, etc., el peligro es evidente. Al no sentir que participan activamente en el trabajo general del partido y no ver satisfechas sus aspiraciones, numerosos comunistas buscarían un sucedáneo de actividad bajo la forma de grupos y de fracciones de toda clase. Precisamente en ese sentido hablamos de la importancia sintomática de grupos tales como el “grupo obrero”.
 
Pero no menos grande es, en el otro extremo, el peligro de ese régimen que ha durado demasiado y que se ha convertido para el partido en sinónimo de burocratismo. Sería ridículo no comprender, o negarse a ver, que la acusación de burocratismo formulada en la resolución del comité central está dirigida contra los cuadros del partido. No se trata, con relación a la línea ideal, de desviaciones aisladas en el plano práctico sino de política general del aparato, de su tendencia profunda. ¿El burocratismo implica un peligro de degeneración? Sólo un ciego podría negarlo. En su desarrollo gradual, el burocratismo amenaza con separar a los dirigentes de la masa, con llevarlos a concentrar únicamente su atención en los problemas administrativos, en las designaciones; amenaza también con restringir su horizonte, debilitar su sentido revolucionario, es decir, provocar una degeneración más o menos oportunista de la vieja guardia o al menos de un sector considerable de ésta. Esos procesos se desarrollan lenta y casi insensiblemente, pero se revelan de manera brusca. Para considerar a esta advertencia, basada en la previsión marxista objetiva, como un “ultraje”, un “atentado”, etc., es preciso en realidad la susceptibilidad recelosa y la altanería de los burócratas.
 
¿Pero realmente el peligro de esa degeneración es grande? El hecho de que el partido haya comprendido este peligro y haya tratado de remediarlo (lo que provocó en particular la resolución del comité central) evidencia su profunda vitalidad y, al mismo tiempo, revela el antídoto poderoso de que dispone contra el veneno burocrático. Esta es la principal garantía de su integridad en tanto que partido revolucionario. Pero si el “viejo curso” tratase de mantenerse a cualquier precio, por medio de la restricción en la admisión de militantes, una selección más severa o la intimidación, en una palabra, por medio de procedimientos que ponen de manifiesto una desconfianza con respecto al partido, el peligro efectivo de degeneración de un sector considerable de los cuadros aumentaría inevitablemente.
El partido no puede vivir únicamente de las reservas del pasado. Es suficiente que el pasado haya preparado al presente, pero es preciso que el presente esté ideológica y prácticamente a la altura del pasado para preparar el futuro. La tarea del presente es la de desplazar el centro de la actividad en dirección a las bases.
 
Pero quizás se diga que este desplazamiento del centro de gravedad no se efectúa de golpe; el partido no puede “arrumbar” a la vieja generación y comenzar inmediatamente una nueva vida. No vale la pena detenerse en este argumento, tontamente demagógico. Pretender desechar a la vieja generación sería una locura. Lo que es preciso es que esta vieja generación cambie de orientación y así pueda ejercer en el futuro una influencia preponderante sobre toda la actividad autónoma del partido. Es preciso que considere al “nuevo curso” no como una maniobra, un procedimiento diplomático o una concesión momentánea sino como una nueva etapa en el desarrollo político del partido, para mayor beneficio de la generación dirigente y del conjunto del partido.
 
Pravda, 29 de diciembre de 1923. 



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