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I - La decadencia de Inglaterra

 

 

Inglaterra capitalista fue preparada por la revolución política de la mitad del siglo XVII[1] y por la revolución industrial de fines del XVIII Inglaterra salió de su época de guerra civil y de la dictadura de Cromwel[2]l como un pequeño país que apenas contaba millón y medio de familias. Inglaterra entró en la guerra imperialista de 1914 como un imperio abarcando dentro de sus límites la quinta parte de la humanidad.

La revolución inglesa del siglo XVII, escuela del [3]puritanismo, severa escuela de Cromwell, preparó al pueblo inglés, más exactamente: a sus clases medias, para su papel mundial ulterior. A partir de la mitad del siglo XVIII, la potencia mundial de Inglaterra se hizo indiscutible. Inglaterra domina en los mares y en el mercado mundial, que ella ha creado.
 
En 1826, un publicista conservador inglés describía en estos términos floridos el siglo de la industria: “La época que se abre ante nuestros ojos promete ser el siglo de la industria... La industria dictará en lo sucesivo las alianzas internacionales y establecerá las amistades entre las naciones. Las perspectivas que actualmente se abren ante la Gran Bretaña casi sobrepasan los límites del pensamiento humano. La historia no ofrece punto de comparación... La industria de las fábricas inglesas produce con seguridad cuatro veces más artículos que todos los continentes juntos, y la de las hilaturas de algodón diez y seis veces más que las de la Europa continental.” (Beer, Historia del socialismo en Inglaterra, página 303). La colosal superioridad industrial de Inglaterra sobre el mundo entero constituía la base de su riqueza y de su incomparable situación mundial. El siglo de la industria fue también el de la hegemonía mundial de la Gran Bretaña.
 
De 1850 a 1880, Inglaterra llegó a ser la escuela industrial de Europa y América. Por este hecho, su monopolio quedaba comprometido. A partir de 1870 y de los años siguientes, Inglaterra comienza a flaquear visiblemente. Nuevos Estados, Alemania en primer lugar, entran en la arena mundial. Al mismo tiempo, la prioridad capitalista de Inglaterra pone de manifiesto por vez primera sus malos aspectos conservadores. La concurrencia alemana da terribles golpes a la doctrina del librecambio.
 
La eliminación de Inglaterra de sus posiciones de dominación universal se manifestó, pues, desde el último cuarto del siglo pasado y engendró a principios del nuestro un sentimiento de inseguridad interior y una cierta fermentación en las capas superiores de la sociedad, juntamente con profundos procesos moleculares, de carácter revolucionario en el fondo, en el seno de la clase obrera. Los poderosos conflictos entre el trabajo y el capital ocupaban en estos procesos el lugar más importante. La situación aristocrática de la industria inglesa en el mundo no fue la única conmovida; también lo fue la situación privilegiada de la aristocracia obrera en Inglaterra. Los años 1911 al 13 se señalaron por grandes batallas, sin analogía en el pasado, libradas por los mineros, los ferroviarios y los trabajadores del transporte en general. En agosto de 1911 se desarrolló la huelga nacional, es decir, general, de los ferrocarriles. Durante aquellos días planeó sobre Inglaterra el confuso espectro de la revolución. Los jefes consagraron todas sus fuerzas a paralizar el movimiento. Su móvil fue el patriotismo; esto sucedía en el momento en que el incidente de Agadir amenazaba provocar una guerra con Alemania[4]. El Premier[5] invitó, como se ha sabido después, a los líderes obreros a una conferencia secreta, en la que les conjuró a salvar a la patria, y los jefes obreros hicieron todo lo que pudieron, afianzando a la burguesía y preparando, por consiguiente, la matanza imperialista.
 
La guerra 1914-1918 pareció interrumpir este proceso revolucionario. Detuvo el desarrollo de las luchas huelguistas. Terminada con la derrota de Alemania, restituyó, al parecer, a Inglaterra la hegemonía mundial. Pero no tardó en quedar de relieve que la guerra, deteniendo momentáneamente la decadencia de Inglaterra, no había conseguido en realidad sino hacerla más profunda.
 
En 1917-1920, el movimiento obrero inglés entraba de nuevo en una fase extremadamente tempestuosa. Las huelgas revistieron un carácter grandioso. Macdonald firmó manifiestos de los cuales hoy se apartaría con horror. Sólo a fines de 1920, después del “viernes negro”, en que la Triple Alianza de los líderes de los mineros, de los ferroviarios y de los obreros del transporte traicionó la huelga general, el movimiento volvió a entrar en su cauce. La energía de las masas, paralizada en la esfera de la acción económica, se orientó hacia el terreno político. El partido obrero (Labour
Party) pareció surgir de la tierra.
 
¿En qué consiste el cambio que se ha verificado en la situación interior y exterior de la Gran Bretaña?
 
La enorme superioridad económica de los Estados Unidos se ha desarrollado y manifestado plenamente, íntegramente, durante la guerra. La salida de los Estados Unidos de su fase de provincianismo transoceánico hizo retroceder de golpe a la Gran Bretaña a segundo término.
 
La colaboración de América con la Gran Bretaña es la forma, por el momento pacífica, bajo la cual continúa la retirada cada vez más profunda de Inglaterra ante América.
 
Esta colaboración puede ser dirigida en un momento dado contra un tercero; no es menos cierto por ello que el antagonismo mundial esencial es el antagonismo angloamericano, y que todos los demás, más ásperos en el momento preciso y más inmediatamente amenazadores, no pueden ser comprendidos y apreciados sino sobre el fondo del antagonismo angloamericano. La colaboración angloamericana prepara la guerra, lo mismo que una época de reformas prepara una época de revoluciones. El hecho concreto de que Inglaterra deberá, en el camino de las reformas, es decir, de los tratos forzados con América, evacuar una posición tras otra, la obligará, en fin de cuentas, a resistir.
 
Las fuerzas productoras de Inglaterra, y ante todo su fuerza productora viva, el proletariado, no corresponden ya al lugar de Inglaterra en el mercado mundial. De aquí el paro crónico.
 
La hegemonía industrial-comercial y militar-naval de Inglaterra aseguraba casi automáticamente hasta ahora la unión de las diferentes partes del Imperio. El ministro neozelandés Reeves escribía a fines del siglo pasado: “Dos factores mantienen la actitud actual de las colonias frente a Inglaterra: primero, su creencia de que la política de Inglaterra es sobre todo una política de paz, y segundo, su creencia de que Inglaterra reina sobre los mares.” El segundo factor tenía, naturalmente, una importancia decisiva. La pérdida de la hegemonía marítima es paralela al desarrollo de las fuerzas centrífugas en el interior del Imperio. El mantenimiento de la unidad del Imperio se ha hecho cada vez más difícil debido a los intereses divergentes de los Dominios y a la lucha económica.
 
El desarrollo de la técnica militar ha sido contrario a la seguridad de la Gran Bretaña. La importancia adquirida por la aviación y por el arma química reduce a la nada las mayores ventajas históricas de la situación insular. América (esta isla inmensa, custodiada de ambos lados por los Océanos) permanece invulnerable. Por el contrario, los centros más vitales de Inglaterra, Londres ante todo, pueden ser objeto en pocas horas de un mortal ataque aéreo que parta del continente.
 
Perdidas las ventajas de un aislamiento inaccesible, el Gobierno inglés se ve obligado a participar más y más directamente en los asuntos puramente europeos y en los convenios militares del continente. Las posesiones transoceánicas de Inglaterra, sus Dominios, no tienen el menor interés en esta oolítica. El Océano Pacífico y el Índico les interesan, el Atlántico también en cierta medida; pero la Mancha no les interesa en modo alguno. Esta disparidad de intereses abrirá al primer sacudimiento mundial un abismo en el que desaparecerán los lazos del Imperio. La política de la Gran Bretaña se halla, esperando esta salida, paralizada por los rozamientos interiores, condenada realmente a la pasividad y, por consiguiente, al empeoramiento de la situación mundial del Imperio.
 
Al mismo tiempo los gastos militares tienen que absorber una parte cada vez mayor de los ingresos nacionales, en trance de disminución.

La amortización de la enorme deuda americana, sin la menor esperanza de que a su vez le paguen los Estados continentales, constituye para Inglaterra una de las condiciones de su “colaboraci6n” con América. De esto resulta asimismo modificada en favor de América la correlaci6n econ6mica de las fuerzas. El 5 de marzo último (1925) el Banco de Inglaterra elevó su tipo de descuento del 4 al 5 por 100, en tanto que el Banco Federal de Nueva York corría el suyo del 3 al 3,5 por 100. Esta brutal manifestaci6n de la dependencia financiera ante el primo trasatlántico produjo en la City[6] de
Londres una impresión muy dolorosa. Pero ¿qué hacer? La reserva de oro de América es aproximadamente de 4.500 millones, en tanto que la reserva inglesa no pasa de 750 millones de dólares, es decir, seis veces menor. América tiene una moneda-oro, mientras que Inglaterra no pasa hasta ahora de los esfuerzos desesperados por restablecer la suya. Y es bien natural que, a una elevación del tipo de descuento del 3 al 3,5 por 100 en América, Inglaterra deba reaccionar mediante una elevaci6n del 4 al 5 por 100. Esta medida alcanza al comercio y a la industria del país, pues aumenta el precio de los productos que les son necesarios. De suerte que América coloca a Inglaterra a cada instante en su lugar, bien por medio de presiones diplomáticas, ya con ayuda de medidas bancarias; siempre y en todas partes gracias a la presión de su formidable superioridad económica[7]
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 Por lo demás, la prensa inglesa advierte con inquietud el sorprendente progreso de ciertas ramas de la industria alemana y en particular de la construcción naval. El Times del 10 de marzo escribía, a propósito de esta última: “Es posible que la realización de un trust completo que abraza todos los materiales (desde la mina a la plancha metálica, desde el establecimiento financiero al comercio de detalle), sea uno de los factores que dan a los astilleros alemanes la posibilidad de sostener victoriosamente la concurrencia. Este sistema no deja de tener consecuencias sobre el salario y el coste de la vida. Orientándose todas estas fuerzas en un sentido único, el campo abierto a la disminución de los gastos se hace vastísimo.”
 
En otros términos, el Times confirma aquí que la superioridad orgánica de la industria alemana, más moderna, se manifiesta de nuevo con todo su vigor en cuanto la economía alemana ha obtenido la posibilidad exterior de manifestar su vitalidad.
 
Es verdad que ciertos indicios muestran que los pedidos de barcos hechos a los astilleros de Hamburgo tienen por fin especial intimidar a las Trade-Unions y preparar así una presión sobre ellas, tendiendo a disminuir los salarios y prolongar la jornada de trabajo. No es necesario decir que esta maniobra es más que probable. Pero en nada atenúa el valor de las consideraciones generales sobre la irracional organización de la industria inglesa y los gastos generales que lleva consigo.
 
Desde hace ya cuatro años el número de los sin trabajo oficialmente inscritos en Inglaterra no ha bajado de 1.135.000, oscilando en realidad entre 1.250.000 y 1.500.000. El paro crónico es la revelación más ostensible de la inconsistencia del régimen y, al mismo tiempo, su talón de Aquiles. El seguro contra el paro, establecido en 1920, sólo contaba con circunstancias excepcionales, destinadas a desaparecer rápidamente. Pero el paro se ha hecho permanente, el seguro ha cesado de serlo, el gasto no ha sido cubierto ni con mucho por las cuotas de los interesados. Los sin trabajo ingleses no forman ya un ejército normal de reserva, que tan pronto disminuye como aumenta, cambiando constantemente de composición, sino que forman una especie de capa social permanente, engendrada por la industria en su período de esplendor y eliminada por ella en su época de decadencia. Es un tumor de podagra en un organismo en el que las funciones de asimilación y de desasimilación se efectúan mal.
 
El coronel Willey, conocido presidente de la Federación de Industrias Británicas (F. B. I.), declaraba a principios de abril (1925) que, teniendo en cuenta la insignificancia de la renta del capital industrial en los dos últimos años, los patronos no se habían visto animados a desarrollar la producción. Las empresas no producen más que los valores de renta fija (empréstitos del Estado, etc.). “Nuestro problema nacional no es un problema de producción, sino de colocación de mercancías.” ¿Cómo resolverlo? Es preciso producir más barato que los demás. Mas para ello se debe, o bien reorganizar a fondo la producción, o disminuir los impuestos, o disminuir los salarios, o bien conciliar estos tres medios. La disminución de los salarios, susceptible de dar un resultado insignificante desde el punto de vista de la definición de los gastos de producción, tropezaría con una resistencia enérgica, sobre todo en este momento en que los obreros luchan por el aumento de los salarios. La disminución de impuestos es imposible, desde el momento en que es necesario pagar las deudas, restablecer la moneda oro, sostener el aparato del Imperio y, además, millón y medio de parados. Todas estas cargas pesan sobre el coste del producto. La producción no podría ser reorganizada sino con la inversión de nuevos capitales. Ahora bien, la escasez de los beneficios dirige los capitales disponibles hacia los empréstitos gubernamentales y otros.
 
El presidente de la Asociación Británica de las Cámaras de Comercio, Stanley Machin, declaraba al mismo tiempo que la solución del paro está en la emigración. La patria amable dice a más de un millón de trabajadores, representando con sus familias varios millones de ciudadanos: “Meteos en las bodegas de los barcos, y al diablo, a ultramar.” La completa bancarrota del régimen capitalista se manifiesta aquí sin el menor equívoco.
 
La vida interior de Inglaterra debe ser considerada bajo la perspectiva más arriba esbozada de una disminución brutal y creciente del papel mundial de la Gran Bretaña, que, conservando aún todas sus posesiones, su aparato gubernamental y sus tradiciones de dominación mundial, se retira en realidad, cada vez más, a posiciones de segunda línea.
 
El hundimiento del partido liberal termina un siglo de economía capitalista y de sociedad burguesa. La pérdida de la hegemonía mundial conduce a ramas enteras de la industria inglesa a un callejón sin salida, dando un golpe mortal a los capitales industriales y comerciales independientes de importancia media, base del liberalismo. La libertad de comercio conduce a un atolladero.
 
La estabilidad interior del régimen capitalista estaba, sin embargo, determinada en una gran medida por la división del trabajo y de las responsabilidades entre el conservadurismo y el liberalismo. El hundimiento del liberalismo es la revelación de todas las demás contradicciones de la situación mundial de la Inglaterra burguesa y, simultáneamente, una causa de inestabilidad interior del régimen. El partido laborista está políticamente muy cerca, en sus medios directores, de los liberales, pero es incapaz de restituir al parlamentarismo inglés su estabilidad interior, puesto que él mismo, en su aspecto actual, no es más que una corta etapa del desarrollo revolucionario de la clase obrera. La situación de Macdonald es aún más precaria que la de Lloyd George.
 
Marx pensaba, en los primeros años de la década 1840-1850, que el partido conservador desaparecería, a no tardar, de la escena y que todo el desarrollo político seguiría la línea de las luchas del liberalismo y del socialismo. Esta previsión suponía un rápido desarrollo revolucionario en Inglaterra y en Europa. Lo mismo que el partido cadete[8] llegó a ser en Rusia, con el empuje de la revolución, el único partido de la burguesía y de los grandes terratenientes, el liberalismo inglés se hubiera disuelto en un partido conservador, convertido en el único partido de la propiedad, si se hubiera desarrollado en la segunda mitad del siglo pasado la ofensiva revolucionaria del proletariado. Pero la predicción de Marx fue precisamente formulada en vísperas de una nueva época de tumultuoso desarrollo del capitalismo (1851-1873). El cartismo perdió definitivamente toda influencia[9]. El movimiento obrero siguió la vía del tradeunionismo. Las clases dominantes tuvieron la posibilidad de manifestar exteriormente sus contradicciones bajo la forma de la lucha de los partidos liberal y conservador. El juego de báscula parlamentario, tan pronto orientado a la izquierda, tan pronto a la derecha, era para la burguesía un derivativo ofrecido al espíritu de oposición de las masas obreras.
 
La concurrencia alemana fue la primera y amenazadora advertencia a la hegemonía mundial de la Gran Bretaña, asestándole los primeros golpes graves. La libertad de comercio se encontró frente a la superioridad de la técnica y de la organización alemanas. El liberalismo inglés no era otra cosa que una generalización política del librecambio. La escuela manchesteriana[10] gozaba de una posición dominante desde la reforma electoral burguesa censataria de 1832 y la abolición de los derechos sobre el trigo de 184612. Durante el medio siglo que siguió a estos acontecimientos la doctrina del librecambio pareció un programa indestructible. El papel director pertenecía, naturalmente, a los liberales. Los obreros les seguían a remolque. A partir de 1865 aproximadamente empieza en los negocios una cierta flojedad. El librecambio se desacredita; comienza el movimiento proteccionista[11]. Las tendencias imperialistas se apoderan cada vez más de la burguesía. Habiéndose manifestado ciertos síntomas de descomposición en el partido liberal de los Gladstone[12], un grupo de liberales y de radicales, dirigidos por Chamberlain[13], levantó la bandera del proteccionismo, aliándose con los conservadores. A partir de 1885 aproximadamente, los negocios comerciales marcharon mejor. La transformación política de Inglaterra sufrió por esta causa un retraso. Pero, hacia principios del siglo XX, el liberalismo, como partido de la burguesía media, aparece superado. Su líder, Roseberry, se coloca abiertamente bajo la bandera del imperialismo. Sin embargo, el partido liberal, antes de desaparecer de la escena, conocerá una vez más una fase de prosperidad. Bajo la influencia de la manifiesta decadencia de la hegemonía del capital británico por una parte y del potente movimiento revolucionario de Rusia por otra, Inglaterra vio desarrollar a su clase obrera una actividad reduplicada que, tendiendo a la creación de un partido obrero parlamentario, aportó en los primeros tiempos abundantes aguas al molino de la oposición liberal. El liberalismo vuelve al poder en 1906. Pero esta prosperidad no le durará mucho. La línea política del desenvolvimiento del proletariado tiende al crecimiento del partido obrero (Labour Party[14]). Hasta 1906, la representación parlamentaria de este último había aumentado más o menos paralelamente a la del partido liberal. Pero a partir de dicho año el partido obrero creció con manifiesto detrimento de los liberales.
 
Formalmente, es el partido liberal quien, representado por Lloyd George, gobierna durante la guerra. En realidad, la guerra imperialista, de la que el régimen sagrado del librecambio no había preservado a Inglaterra, debía infaliblemente robustecer a los conservadores, el partido más consecuente del imperialismo. Así fueron definitivamente preparadas las condiciones de la entrada en escena del partido obrero.
 
Agitando sin cesar impotentemente la cuestión del paro, el órgano del Labour Party, el Daily Herald, deduce de las declaraciones de los capitalistas que antes hemos citado la conclusión general de que, prefiriendo éstos prestar su dinero a los Gobiernos extranjeros antes que ampliar la producción, no les queda a los obreros ingleses otro remedio que producir sin capitalistas. Conclusión justa en conjunto, pero enunciada, no para incitar a los obreros a expulsar a los capitalistas, sino para empujar a éstos hacia el camino de los “esfuerzos progresivos”. Sobre esta tentativa, como veremos, descansa toda la política del partido obrero. Los Webb escriben libros con este objeto; Macdonald pronuncia discursos, los redactores del Herald escriben sus artículos cotidianos. Pero si estas tristes maniobras de intimidación actúan sobre los capitalistas, es en un sentido diametralmente opuesto. Cualquier burgués inglés serio comprende que las amenazas grandilocuentes de los jefes de los partidos obreros esconden un peligro real por parte de las masas proletarias profundamente conmovidas. Y justamente de esto deduce el burgués inteligente que no hay que invertir nuevos fondos en la industria.
 
El miedo inspirado a la burguesía por la revolución no es ni siempre ni en todas las condiciones un factor de “progreso”. No puede ofrecer duda que la economía inglesa obtendría inmensas ventajas de la colaboración de Inglaterra con Rusia. El miedo de la burguesía a la revolución y la inseguridad del mañana por parte de los capitalistas son obstáculos para ello.
 
El miedo de la revolución incitó a los capitalistas ingleses a hacer concesiones y transformaciones en tanto que las posibilidades materiales del capitalismo inglés fueron o parecieron ilimitadas. Los impulsos de las revoluciones europeas se hicieron sentir siempre con gran claridad en el desarrollo social de Inglaterra; dichos impulsos provocaron reformas en tanto que la burguesía inglesa conservó entre sus manos, gracias a su situación mundial, prodigiosos recursos que le permitían maniobrar. La burguesía pudo legalizar las Trade-Unions, abolir los impuestos sobre el trigo, aumentar los salarios, ampliar los derechos electorales, llevar a cabo reformas sociales, etc., etcétera. En la situación actual de Inglaterra en el mundo, radicalmente modificada, la amenaza de la revolución no puede ya empujar a la burguesía hacia adelante, paralizando, por el contrario, los últimos restos de su iniciativa industrial. Ahora se necesita, no la amenaza de la revolución, sino la revolución misma.

Todos los factores y todas las circunstancias de que hemos hecho mención no son ni fortuitos ni transitorios. Se desarrollan en un sentido único, agravando sistemáticamente la situación internacional e interior de la Gran Bretaña y dándole el carácter de una situación histórica sin salida.
 
Las contradicciones que minan el organismo social de Inglaterra se agravarán inevitablemente. No nos encargamos de predecir cuál será el compás de este proceso, que empleará en realizarse años, tal vez lustros, pero en ningún caso décadas. Tal es la perspectiva general, que ante todo se debe plantear la cuestión siguiente: “¿Tendrá tiempo de formarse en Inglaterra un partido comunista bastante fuerte, suficientemente unido a las masas para sacar en un momento dado todas las conclusiones prácticas impuestas por la crisis en vía de agravación?” En este momento, los destinos de Inglaterra quedan resumidos en esta pregunta.



[1] Nota Editorial. La revolución política del siglo XVII y la revolución industrial del XVIII. Las relaciones entre el Parlamento y el poder real en Inglaterra empezaron a ponerse tirantes desde principios del siglo XVII. Los rozamientos se producían en particular a consecuencia de la negativa de los diputados a sancionar los gastos de guerras incesantes. El Gobierno intentó hallar fuera del Parlamento los recursos que necesitaba, lo que suscitó por parte de la mayoría de los diputados una viva oposición. En 1629, el rey Carlos I disuelve el Parlamento, que no se vuelve a reunir hasta 1640. Este período se distingue por las crueles persecuciones dirigidas contra los adversarios del rey, por la represión del levantamiento irlandés y otros hechos análogos. En 1640 estalle en Escocia un levantamiento, cuya represión exige grandes recursos, lo que obliga al rey a convocar el Parlamento. Este (el Parlamento Largo) adopta frente al rey una actitud de clara oposición. En 1642, el rey intenta un golpe de Estado y exige al Parlamento la entrega de cinco diputados. Esta exigencia dio lugar a disturbios en Londres, sobre todo entre la población comerciante, y el rey huye de su capital. En la lucha que se empeña entre el rey y el Parlamento, sostenido el primero por la nobleza y el alto clero, en tanto que el segundo lo era por la población comerciante e industrial de las ciudades, la victoria debía ser para el Parlamento. Oliverio Cromwell, apoyado en la pequeña burguesía de las ciudades y de los campos, jugó en esta lucha un papel inmenso. Después de la muerte de Cromwell y un corto período de gobierno de su hijo Ricardo, el Parlamento nuevamente elegido decide la restauración de la monarquía (1660). Sin embargo, el Parlamento reaccionario sigue combatiendo el poder absoluto de la realeza. En 1688, los whigs toman las armas, y el rey se traslada a Francia sin aun resistir. Así se cumple la segunda revolución, llamada “gloriosa” por los historiadores burgueses, a diferencia de la primera, que califican de “gran sedición”. El nuevo monarca, Guillermo III, tuvo que aceptar el famoso bill de derechos que estableció la validez incondicional de las leyes promulgadas por el Parlamento; el rey no fue autorizado a mantener un ejército sino con la sanción del Parlamento; quedó garantida la libertad de palabra, etc. Este bill, confirmación en la época de una victoria de la aristocracia y de la nobleza, señaló asimismo el fin del absolutismo y abrió los caminos para el ulterior desenvolvimiento de la burguesía inglesa. Si la “gloriosa” revolución de 1688 pudo establecer sin efusión de sangre un régimen liberal no fue, naturalmente, sino gracias a la “gran sedición”.
Las consecuencias políticas de la gran revolución no se dejaron esperar mucho.
“El compromiso entre la burguesía en camino de desenvolvimiento y la gran propiedad territorial, en otro tiempo feudal, fue un nuevo punto de partida. Aun cuando los grandes latifundistas se llamaran, entonces como hoy, aristócratas, ya se encaminaban desde hacía bastante tiempo a la situación que ocupó mucho más tarde en Francia Luis-Felipe: la de ser los primeros burgueses de la nación. Felizmente para Inglaterra, los viejos barones feudales se habían exterminado mutuamente en la guerra de las Dos Rosas. Sus herederos, aun siendo con bastante frecuencia vástagos de las mismas viejas familias, descendían de ramas colaterales de tal modo alejadas, que constituían una corporación completamente nueva; sus hábitos y sus aspiraciones eran mucho más burgueses que feudales; sabían perfectamente el valor del dinero y se dedicaron a aumentar rápidamente la renta territorial, expulsando, delante de sus carneros, a centenares de pequeños colonos…” “No faltaban también en todo tiempo grandes propietarios dispuestos, por motivos económicos o políticos, a colaborar con los directores de la burguesía financiera e industrial.” (Engels, El materialismo histórico.)
La revolución industrial del siglo XVIII, que transformó a Inglaterra agrícola en un país industrial, fue preparada por el rápido desarrollo del comercio exterior y el aumento general de la producción de mercancías en las ciudades y los campos. El trabajo manual, los reglamentos corporativos, el sistema feudal trababan el desenvolvimiento de las fuerzas de producción. Paralelamente al progreso de la industria urbana, en la agricultura se cumplía un rápido progreso de transformación de las tierras labrantías en campos de pastoreo. Los terratenientes se entregaban con resolución a la ganadería, que les producía gruesos beneficios, y al comercio de la lana. Diversos inventos, de los cuales el más importante fue el de la máquina de vapor (por James Watt, en 1776), dieron un poderoso impulso a la creación de fábricas. La revolución económica colocó en primer término a la burguesía industrial y comercial.
[2] Nota Editorial. Cromwell (1599-1658), lord-protector de Inglaterra, fue el hombre político más sobresaliente de la época de la gran revolución inglesa (1640-1659). En el Parlamento Largo, se colocó en las primeras filas de la oposición. Enemigo irreconciliable de la monarquía de los Estuardos, se convirtió en uno de los jefes del partido religioso revolucionario de los “Independientes” (véase la nota 16), y en la guerra civil reveló ser un notable jefe de guerra. Las victorias de su ejército hicieron su nombre extraordinariamente popular. Jefe principal del ejército revolucionario, reprimió implacablemente todos los movimientos monárquicos. Después de la ejecución de Carlos I, Cromwell disuelve en 1653 el Parlamento Largo, que protestaba contra la continuación de las medidas revolucionarias. Convertido en “lord-protector”, convoca un nuevo Parlamento y lo disuelve en seguida, esta vez por haberle presentado exigencias demasiado radicales… Ejerciendo de hecho la dictadura, Cromwell irritó a los partidarios de lamonarquía de los Estuardos, y también a los elementos de extrema izquierda, descontentos de su política personal. Contra unos y otros sostuvo una lucha encarnizada. Bajo su dominación, Inglaterra extendió sus posesiones y se colocó a la cabeza de las potencias europeas. La muerte de Cromwell cerró el período de la gran revolución inglesa. Su hijo Ricardo ejerció el poder durante un año; a continuación se restableció la monarquía de los Estuardos
[3] Nota Editorial. El puritanismo fue a la vez un movimiento religioso y político. Nació en Inglaterra a mediados del siglo XVI y emprendió una lucha contra la iglesia anglicana, oficial, con el objeto de libertar completamente a la religión cristiana de las supervivencias del catolicismo. El puritanismo combatió los ritos religiosos y exigió la separación de la Iglesia y el Estado. El Gobierno inglés persiguió sistemáticamente a los puritanos; éstos eran en su mayoría comerciantes, artesanos, pequeñoburgueses. En la revolución del siglo XVII jugaron un papel decisivo. Formaron el núcleo principal del ejército revolucionario que combatía para fundar la república. El papel político del puritanismo se termina con la restauración de la monarquía; ya no subsiste sino como secta religiosa.
[4] Nota Editorial. El incidente de Agadir señaló en 1911 el choque de los intereses alemanes y franceses en Marruecos. Francia, reforzada su influencia en Marruecos, había resuelto establecer, a despecho de los acuerdos anteriores con Alemania, su protectorado sobre el Imperio jerifiano. Fueron enviadas varias expediciones de tropas francesas y ocuparon diferentes ciudades importantes. Alemania, cuyos intereses económicos en Marruecos eran considerables, mandó a Agadir, en la costa sudoeste de Marruecos, un barco de guerra oficialmente encargado de la protección de los súbditos alemanes. Era, en realidad, una demostración naval contra Francia. Estuvo a punto de salir de aquí la guerra. Inglaterra y Rusia se manifestaron dispuestas a sostener a Francia en caso de guerra. La actitud de Inglaterra determinó a Alemania, presa en ese momento de una crisis financiera e insuficientemente preparada para las hostilidades, a renunciar a sus exigencias territoriales en Marruecos y a contentarse con concesiones económicas y compensaciones en otras regiones de África. La crisis se terminó por el tratado del 4 de noviembre de 1911, que concedía a Francia el protectorado de Marruecos y una parte del Camerún superior, y a Alemania una parte del Congo francés y derechos económicos iguales a los de Francia en Marruecos. Las negociaciones fueron llevadas, por parte de Francia, por M. Caillaux.
[5] Nota Traductor. Premier. Primer ministro, término consagrado en Inglaterra para designar al presidente de Consejo.
[6] Nota Editorial. La City es el barrio central de Londres, en el que se encuentran la Bolsa, los bancos más importantes y las grandes firmas comerciales de Inglaterra. Antes de la guerra la City era el centro del mercado financiero del mundo.
[7] Nota León Trotsky. Después de escrito este trabajo, el Ministerio inglés ha adoptado una serie de medidas legislativas y financiero-bancarias asegurando la vuelta a la moneda-oro. Aparentemente, nos hallamos en presencia de una “deslumbrante victoria” del capitalismo inglés. En realidad, nada expresa de manera más marcada la decadencia de Inglaterra como este éxito financiero. Inglaterra ha tenido que efectuar esta operación costosa bajo la presión del pesado dólar americano y de la política financiera de sus propios Dominios, que, volviendo la espalda a la libra esterlina, se orientaban cada día más hacia el dólar. Inglaterra no ha podido dar un último salto hacia el oro sin una importante “ayuda” financiera de los Estados Unidos. Pero esto quiere decir que la suerte de la libra esterlina está en adelante bajo la dependencia directa de Nueva York. Los Estados Unidos reciben así un poderoso medio de coacción financiera. Esta dependencia, Inglaterra esté obligada a pagarla con un interés elevado. El pago de este interés abruma a su industria, ya enferma. Para oponerse a la exportación de su oro, Inglaterra se ve obligada a poner trabas a la exportación de sus mercancías. Sin embargo, no puede renunciar a la transición, a la moneda-oro, a menos de apresurar su decadencia en el mercado mundial de los capitales. Este conjunto fatal de circunstancias hace nacer en los círculos directores ingleses un sentimiento muy marcado de su impotencia, y suscita las malévolas, pero ineficaces, recriminaciones de la prensa más conservadora. El Daily Mail escribe: “Adoptando la base oro, el Gobierno inglés da a los bancos federales, prácticamente colocados bajo la influencia del Gobierno de los Estados Unirlos, la posibilidad de suscitar en cualquier momento una crisis monetaria en Inglaterra... El Gobierno inglés somete toda la política financiera de su país a una nación extranjera... El Imperio británico está hipotecado en favor de los Estados Unidos.” “Gracias a Churchill [escribe el Daily Express, conservador], Inglaterra cae bajo la garra de los banqueros americanos.” El Daily Chronicle se expresa aún con más energía: “Inglaterra desciende, en realidad, al rango de un cuadragésimo noveno Estado de América.” ¡No se puede decir nada mejor! A toda esta amarga autocrítica, sin conclusiones ni perspectivas, el ministro de Hacienda, Churchill, responde en suma que no le queda a Inglaterra otro camino que acomodar su sistema financiero con la realidad (with reality). Estas palabras de Churchill significan: “Nos hemos empobrecido infinitamente, mientras que los Estados Unidos se han enriquecido infinitamente: o nos debemos batir con América, o someternos a ella: colocando la suerte de la libra esterlina bajo la dependencia de los bancos americanos, no hacemos sino expresar nuestra decadencia económica general en lenguaje monetario; no se puede saltar por encima de la propia cabeza; es necesario caminar con la realidad.”
[8] Nota Traductor. Cadete. De las iniciales “K-D”, denominación del partido primeramente llamado “constitucional-demócrata”, luego “partido de la libertad popular”, representante de los intereses burgueses y obstinado enemigo de los bolcheviques hasta la revolución de octubre.
[9] Nota Editorial. El chartismo fue un movimiento social y político de la clase obrera inglesa,determinado inmediatamente por la crisis industrial y el paro. En 1834, el Parlamento, a consecuencia de la reforma electoral de 1832, derogaba la antigua ley “del tiempo de Isabel” que ponía a los pobres a cargo de las parroquias, substituyéndola con una ley creando unas casas de trabajo (Workhouses). Esta medida provocó en las masas obreras un vivísimo descontento, que llevó, en 1836, a la constitución de una sociedad obrera cuyo programa: la Carta (Charter en inglés; de ahí la palabra “cartismo”), se convirtió en el de todo el movimiento cartista. La Carta comprendía los cinco puntos siguientes: sufragio universal, voto secreto, abolición del censo de diputados, igualdad de las circunscripciones electorales, remuneración de los diputados, elecciones anuales. El Parlamento rechazó las reivindicaciones de los cartistas; las protestas, las manifestaciones y las huelgas fueron la respuesta. Por dos veces, sin embargo, en 1842 y 1848, el Parlamento se negó a aceptar la Carta. Dos tendencias se hicieron luz en seguida entre los cartistas. La derecha, a cuya cabeza se hallaba el obrero londinense Lowet, condenaba la violencia y se pronunciaba en favor de una acción mancomunada con la burguesía radical, que entonces luchaba por la libertad de comercio y la derogación de los derechos arancelarios sobre el trigo; la izquierda, a cuyo frente se encontraban O’Connor, Stephens y más tarde O’Brian, preconizaba el empleo de métodos revolucionarios. La influencia de esta izquierda creció con el movimiento revolucionario, y el cartismo, emancipándose de la influencia de la derecha, se empeñó resueltamente en el camino de las huelgas de masas. En 1840 se fundaba en Manchester la asociación cartista nacional; fue la organización política de la clase obrera inglesa. La asociación llegó a contar 40.000 miembros. El cartismo, que no había sido en sus orígenes más que la izquierda de la democracia burguesa radical, se convirtió de este modo en la forma revolucionaria de un movimiento puramente proletario y en el punto de partida de los futuros agrupamientos internacionales de los obreros, precursores de la Primera Internacional. El ocaso del cartismo empezó en 1850, en el período de reacción que siguió a la derrota de la revolución continental de 1848. Marx escribió a este respecto: “La derrota de la clase obrera en el continente se hizo sentir, por vía de contagio, al otro lado de la Mancha... La completa derrota de sus hermanos del continente había desanimado a la clase obrera de Inglaterra y minado su fe en su propia causa. Los esfuerzos intentados para sostener el movimiento cartista fracasaban innegablemente; los diarios obreros morían uno tras otro a causa de la indiferencia de las masas; parecía, en realidad, que nunca hubiera estado la clase obrera inglesa tan satisfecha de su inexistencia política.”
[10] Nota Editorial. La escuela manchesteriana, escuela de economía política de la burguesía liberal inglesa, se formó entre 1820 y 1830 en Manchester, entonces centro de la industria textil inglesa. Los fabricantes de tejidos de Manchester necesitaban, para realizar hermosos beneficios, la libertad de comercio y la no intervención del Estado en la industria, sobre todo entre los patronos y los obreros. Por ello formulaban las reivindicaciones liberales de la libertad de comercio, de la derogación de las tarifas aduaneras, etc. Los ideólogos de la burguesía industrial convirtieron estas reivindicaciones en condiciones necesarias para el desenvolvimiento del sistema capitalista en general.
[11] Nota Editorial. El movimiento proteccionista. Se llama “proteccionismo” a un sistema de tarifas aduaneras que protegen la industria del país contra la concurrencia de las mercancías extranjeras más baratas. Este sistema lleva a veces a la prohibición total de la importación de ciertas mercancías. Inglaterra, el primer país de Europa que entró en el camino del desenvolvimiento industrial, vio entre 1830 y 1840 el triunfo definitivo del movimiento de la burguesía liberal en favor de la libertad de comercio y de la abolición de las tarifas protectoras. Pero a partir de 1865, en que las industrias americana y alemana empiezan a desarrollarse rápidamente, nace en el seno de la gran burguesía inglesa un amplio movimiento en favor del proteccionismo, dirigido principalmente por el partido conservador
[12] Nota Editorial. Gladstone (1809-1898) fue uno de los políticos ingleses más influyentes de la segunda mitad del siglo XIX. Líder de los liberales. Tory y proteccionista en su juventud, evolucionó hacia la izquierda, y desde 1847 tory moderado, se adhirió al grupo conservador de izquierda de Robert Peel. Gladstone formó parte en 1852 del Ministerio de coalición de lord Aberdeen, compuesto de whigs (liberales) y de políticos del grupo Peel. Desempeñó en él la cartera de Hacienda. A partir de 1859 fue ministro de Hacienda del Gabinete liberal Palmerston. Desde entonces se clasificó definitivamente entre los liberales y formó parte de todos los gabinetes constituidos por éstos hasta 1883 Gladstone permaneció fiel a los viejos principios del liberalismo inglés, aun en 1870-1880, al separarse los elementos imperialistas. Respecto de Irlanda, su política de concesiones y limosnas tendía a someter la isla al capital inglés por medios democráticos El liberalismo y el pacifismo de Gladstone no le impidieron ocupar Egipto. Su nombre ha quedado unido a una ampliación importante del derecho de voto y a la lucha por la autonomía (Home Rule) de Irlanda. El proyecto de ley sobre el Home Rule, presentado en 1866 por Gladstone, a la sazón presidente del Consejo, fue rechazado por la Cámara de los Comunes. En 1893, Gladstone lograba en fin hacerlo votar por los Comunes, pero la Cámara de los Pares le infligió una derrota. Este conflicto y la disminución de la influencia de los liberales de viejo cuño produjeron la retirada de Gladstone.
[13] Nota Editorial. José Chamberlain (1836-1914) fue uno de los más notables hombres de acción del imperialismo inglés. Miembro del partido radical y uno de sus líderes hasta 1885. De 1880 a 1885 ministro de Comercio en el Gabinete liberal de Gladstone. Cuando los liberales se escindieron en imperialistas-proteccionistas y librecambistas, Chamberlain se alistó entre los primeros. En 1885, a consecuencia de desacuerdos con Gladstone sobre la cuestión del Home Rule de Irlanda, esto es, de la concesión a este país de un Parlamento y una amplia autonomía administrativa, abandona el ministerio y el partido radical. Poco después, Chamberlain llegó a ser uno de los jefes del partido liberal unionista (el partido nacional del gran capital), que expresa las aspiraciones políticas del imperialismo inglés. Un poco antes de 1900 llegó a ser ministro de Colonias, hasta 1905. Su nombramiento en este sentido significa la entrada de Inglaterra en el camino del imperialismo activo. Celoso partidario de la expansión imperialista y ministro de Colonias, ha sido con razón llamado el padre del imperialismo británico.
[14] Nota Traductor. Labour Party. El autor usa exclusivamente la expresión “partido obrero”. Como ya se ha hecho empleamos a menudo la propia denominación inglesa: Labour Party.



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