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I.-¿Y ahora? Carta al VI Congreso de la Internacional Comunista

 

I.- Objetivo de esta carta

El presente intento de explicación no puede cobrar sentido más que a condición de liberarse de toda reticencia, de toda duplicidad, de toda diplomacia; lo que exige que las cosas sean llamadas por su nombre, aunque resulte desagradable y doloroso para el partido. Por lo general, en casos semejantes, uno se escandaliza bajo el pretexto de que el enemigo se sirve de la crítica y la utiliza. Hoy en día, sería torpe plantear la pregunta de qué ha beneficiado más al enemigo de clase: la política de la dirección que ha conducido al proletariado chino a crueles derrotas o las advertencias ahogadas de la Oposición intentando destruir el falso prestigio de la infalibilidad.

Sin duda, en toda una serie de casos la socialdemocracia ha estado tentada de utilizar a su favor las críticas de la Oposición. Lo contrario hubiera sido extraño. La socialdemocracia es en la actualidad un partido parasitario. Satisfaciendo la necesidad de proteger a la sociedad burguesa “por abajo”, la socialdemocracia, en el período de postguerra (y muy especialmente desde 1923), en el curso de su envilecimiento manifiesto, vive de las faltas y los errores de los partidos comunistas, de sus capitulaciones en los momentos decisivos, o por el contrario de sus tentativas aventuristas de volver a una situación revolucionaria ya pasada. La capitulación de la Internacional Comunista en otoño de 1923, la obstinación posterior de la dirección en no comprender la significación de esta gigantesca derrota, la línea aventurera y ultraizquierdista de 1924-1925, la política groseramente oportunista de 1926-1927: he aquí lo que refuerza a la socialdemocracia, he aquí lo que le ha permitido reunir más de nueve millones de votos en las últimas elecciones alemanas. Bajo estas circunstancias, evocar los elementos que, en ocasiones, la socialdemocracia retiene de las críticas de la Oposición para presentarlos a los obreros, es agarrarse a naderías. La socialdemocracia no sería ella misma si, en ocasiones, no fuera todavía más lejos en esta vía, si no expresase por medio de su ala izquierda, válvula de seguridad del partido socialdemócrata de la misma forma que éste lo es de la sociedad burguesa, una “simpatía” intermitente y falsa por la Oposición. La socialdemocracia puede permitírselo en tanto que la Oposición continúa siendo una pequeña minoría oprimida y en la medida en que esta “simpatía” no le cuesta nada o incluso le asegura una acogida favorable entre los trabajadores.

En la actualidad, la socialdemocracia no tiene ni puede tener una línea propia sobre los problemas más esenciales: su línea le es dictada por la burguesía. Pero de todos modos, si la socialdemocracia repitiese simplemente todo lo que dicen los partidos burgueses, dejaría de ser útil para la burguesía. Sobre las cuestiones menores, no actuales o lejanas, la socialdemocracia no solamente puede, sino que debe presentar todos los colores del arco iris, hasta el rojo más vivo. Apropiándose de tal o tal otro juicio de la Oposición, la socialdemocracia espera provocar un cisma dentro del partido comunista; pero, para quien ha captado el carácter de este mecanismo, las tentativas de comprometer a la Oposición bajo el pretexto de que un maquinador o un izquierdista socialdemócrata haya citado una frase cualquiera de nuestra crítica, no manifiestan otra cosa que indigencia mental. De hecho, en todas las cuestiones políticas importantes (sobre todo las de China o el Comité angloruso) las simpatías de la socialdemocracia internacional han estado del lado de la política “realista” de la dirección, y en absoluto de nuestro lado.

Bastante más importante es el juicio formulado por la burguesía sobre las tendencias de la lucha en el seno del Partido Comunista de la URSS y la Internacional Comunista: la burguesía no tiene ninguna razón para tergiversar o disimular nada en esta cuestión. Y sobre este punto hay que decir que todos los órganos de cierta seriedad, autoridad e importancia del imperialismo mundial a ambos lados del océano consideran a la Oposición como su enemigo mortal: en el curso del período transcurrido, o bien han manifestado una simpatía interesada y prudente ante toda una serie de pasos de la dirección oficial, o bien han expresado el consejo de la liquidación completa de la Oposición, su destrucción total (Austen Chamberlain exigía incluso fusilamientos) era la condición indispensable para la “evolución normal” del poder soviético hacia el régimen burgués. Incluso de memoria, sin disponer de ninguna fuente de citas, se pueden citar numerosas declaraciones de este tipo: boletín de información de la industria pesada francesa (enero de 1927), memoria del informador de los ministros y millonarios americanos, apreciaciones del Times, del New York Times y de Austen Chamberlain reproducidas en numerosas publicaciones y en particular en el diario americano The Nation, etc. Es muy significativo que después de sus primeras e infructuosas tentativas, la prensa del partido haya renunciado a comunicar las apreciaciones realizadas por nuestros enemigos de clase sobre la crisis que ha atravesado el partido en los últimos meses y que atraviesa todavía hoy: estos juicios revelaban de manera demasiado clara la naturaleza revolucionaria de la Oposición.

Es por ello que pensamos que se ganaría mucho en claridad si, a propósito de este VI Congreso, se editasen dos libros muy cuidadosamente elaborados: un “libro blanco” conteniendo los análisis de la prensa capitalista seria sobre las divergencias existentes en el seno de la Internacional Comunista y un “libro amarillo” conteniendo las apreciaciones de la socialdemocracia.

En cualquier caso, el miedo de ver a la socialdemocracia intentar inmiscuirse en nuestra discusión no nos impedirá ni por un minuto indicar con claridad y precisión aquello que consideramos peligroso en la política de la Internacional Comunista y aquello que consideramos saludable. Podremos derrotar a la socialdemocracia no mediante la diplomacia, no jugando al escondite, sino por medio de una política revolucionaria justa que todavía está por elaborar.

II.- ¿Por qué no ha habido un Congreso de la Internacional Comunista durante más de cuatro años?

Más de cuatro años han transcurrido desde el V Congreso. Durante este período, la línea de la dirección ha cambiado radicalmente, y su composición, lo mismo que la de los diferentes partidos y la de la Internacional Comunista en su conjunto, ha sido modificada. El presidente de la Internacional no solamente ha sido eliminado de su puesto, sino también excluido del partido, antes de ser admitido de nuevo en vísperas de este VI Congreso. Estos acontecimientos se han desarrollado sin que haya sido reunido ningún Congreso, a pesar de que no haya existido ningún obstáculo objetivo para su convocatoria. Cuando estaban planteados al movimiento obrero mundial y a la República de los Soviets problemas vitales, la reunión del Congreso de la Internacional Comunista parecía superflua: era retrasado año tras año, como si se tratase de una traba y un peso muerto; se le convoca solamente cuando se estima que se encontrará colocado ante hechos consumados.

Durante estos cuatro años (llenos de acontecimientos importantes y desgarrados por profundas divergencias) se ha encontrado el tiempo necesario para reunir numerosos congresos y conferencias burocráticas: conferencias repugnantes del Comité angloruso, Congreso de la Liga Democrática de Lucha contra el Imperialismo, Congreso teatral de los “Amigos de la Unión Soviética”... ¡Pero el tiempo y el lugar sólo han faltado para los tres congresos regulares de la Internacional Comunista!

Durante la guerra civil y el bloqueo, cuando los delegados extranjeros encontraban enormes dificultades y algunos morían en el camino, los congresos del Partido Comunista soviético y de la Internacional Comunista fueron, a pesar de todo, regularmente convocadas, conforme a los estatutos y al espíritu del partido proletario. ¿Por qué no se actúa así en la actualidad? Pretender que hoy tenemos demasiado “trabajo práctico” es reconocer que el pensamiento y la voluntad del partido molestan las faenas de la dirección, que los congresos son una carga en los asuntos más serios e importantes. En realidad, es abrir la vía a la liquidación burocrática del partido.

En apariencia, en el curso de estos cuatro años todas las cuestiones han sido resueltas por el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista o por su Presidium; en la práctica, lo han sido por el Buró Político del Partido Comunista de la URSS o, más exactamente, por su Secretariado apoyado sobre el aparato del partido que depende de él. No se trata aquí, evidentemente, de la influencia ideológica del Partido Comunista soviético, que en tiempos de Lenin era más considerable que ahora y que tenía una poderosa significación creadora; se trata de la omnipotencia del Secretariado que se ejerce por medio de la omnipotencia del aparato; en la época de Lenin no existía, y Lenin había advertido severamente contra este peligro en los últimos consejos que dirigió al partido.

La Internacional Comunista fue proclamada “partido internacional único”; todas las secciones nacionales le fueron subordinadas. En esta cuestión, Lenin jugó hasta el final un papel moderador; multiplicó las advertencias contra las tendencias burocráticas de la dirección temiendo que, en ausencia de una base política, el centralismo democrático pudiese desembocar en el burocratismo. Sin embargo, cuando Lenin abandonó el trabajo, fue el ultracentralismo el que triunfó. El Comité Ejecutivo fue proclamado Comité Central con plenos poderes dentro del partido mundial único y responsable únicamente ante los congresos. Pero, en realidad, ¿qué vemos en este asunto? Los congresos no fueron convocados cuando existía la mayor necesidad (la Revolución china, por sí sola, justificaba la convocatoria de dos congresos). Teóricamente, el Comité Ejecutivo es el centro poderoso del movimiento obrero mundial, pero en varias ocasiones, en el curso de los últimos años, ha sido profundamente modificado; algunos de sus miembros, elegidos en el Congreso para ejercer un papel en la dirección, fueron eliminados; lo mismo ocurre con las secciones de la Internacional Comunista, o por lo menos con las más importantes de ellas. ¿Quién ha modificado, pues, el Comité Ejecutivo, responsable únicamente ante el Congreso..., si el Congreso no se ha reunido? La respuesta es perfectamente clara: es el núcleo dirigente del Partido Comunista soviético quien, tras cada cambio en su composición, modifica el Comité Ejecutivo, a despecho de los estatutos de la Internacional Comunista y las decisiones de su V Congreso.

Los cambios en el seno del núcleo dirigente del Partido Comunista de la URSS han sido realizados a espaldas no solamente de la Internacional Comunista, sino también del Partido Comunista soviético mismo, entre los congresos, e independientemente de ellos, mediante golpes de fuerza del aparato. El “arte” de dirigir consistía en colocar al partido ante el hecho consumado; a continuación, las designaciones al Congreso, retrasado conforme a un mecanismo de inspiración tortuosa, se llevaban a cabo según la voluntad de la nueva dirección instalada, mientras que el anterior núcleo dirigente era simplemente calificado de “centro antipartido”.

Sería muy largo enumerar todas las etapas de este proceso; me limitaré a citar un hecho, uno más, pero que los ilustra todos. No solamente desde un punto de vista formal, sino también en la realidad, fue el grupo Zinoviev el que estuvo a la cabeza del V Congreso, y fue precisamente este grupo el que dio el tono fundamental a los trabajos del V Congreso: la lucha contra el pretendido “trotskysmo”. Sin embargo, esta fracción dirigente en el y Congreso no ha podido mantenerse hasta el VI Congreso en ninguno de los partidos de la Internacional Comunista; y es el grupo central de esta fracción (compuesto por Zinoviev Kamenev, Sokolnikov y otros) el que proclama en su declaración de julio de 1926:

“A partir de ahora no puede haber ninguna duda en cuanto al hecho de que el núcleo principal de la Oposición de 1923 había dado la alerta con justa razón contra los peligros existentes de apartarse de la línea proletaria y contra las amenazas de desarrollo del régimen del aparato.”

Hay más: en la sesión plenaria del Comité Central y de la Comisión Central de Control (14-23 de julio de 1926), Zinoviev (dirigente e inspirador del V Congreso) declaraba (y esta declaración, taquigrafiada, fue publicada de nuevo por el Comité Central antes del XV Congreso) que él, Zinoviev, consideraba que los dos principales errores de su vida eran el error de 1917 y la lucha contra la Oposición en 1923:

“Yo considero el segundo error (dice Zinoviev) como más peligroso, porque la falta de 1917, cometida en tiempos de Lenin, fue corregida por Lenin... mientras que mi error de 1923 consistió en que...

Ordojonikize: ¡Usted ha hecho equivocarse entonces a todo el partido!

Zinoviev: ¡Sí, en la cuestión del deslizamiento y en la de la opresión burocrática del aparato, Trotsky tenía entonces la razón contra ustedes! “

Pero la cuestión del deslizamiento, es decir, de la línea política, y el problema del régimen existente en el partido, constituyen toda la suma de las divergencias. En 1926, Zinoviev estimaba que la Oposición de 1923 tenía razón sobre estas cuestiones y que, en lo que a él le concernía, el más grave error de su vida (más grave aún que su hostilidad a la iniciación de la Revolución de Octubre) fue la lucha que había desatado contra el “trotskysmo” en 1923-1925. No obstante, en estos últimos días, la prensa ha publicado una decisión de la Comisión Central de Control reintegrando a Zinoviev y a otros al partido porque han “renunciado a sus errores trotskystas”. Toda esta historia, aunque sea enteramente confirmada por medio de documentos, parecerá a nuestros hijos y nietos algo absolutamente fantástico; puede ser que no mereciese ni siquiera ser mencionada si se tratase sólo de una persona o un grupo, si este asunto no estuviese íntimamente ligado a toda la lucha de ideas que se ha desarrollado dentro de la Internacional Comunista a lo largo de los últimos años, y si no se hubiese desarrollado orgánicamente bajo las condiciones que han permitido la ausencia de todo congreso durante cuatro años, a saber, el poder infinito de los métodos burocráticos. En la actualidad no se dirige la ideología de la Internacional Comunista: se la administra. La teoría ya no es un instrumento para el conocimiento y la previsión, sino que se ha convertido en una herramienta técnica para la administración. Se atribuye a la Oposición ciertas opiniones y, basándose en ellas, se la juzga. Se afecta a diversas personas al “trotskysmo” y luego se las reclama, como si se tratase de funcionarios de una cancillería

Los cambios ideológicos de este género se acompañan inevitablemente de golpes de fuerza dentro de la organización; provienen siempre de arriba y, logrando erigirse en sistema, se convierten en el régimen normal no solamente del Partido Comunista de la URSS, sino también de los restantes partidos de la Internacional Comunista. Los motivos oficiales de cada cambio brusco en una dirección coinciden rara vez con los motivos reales. La duplicidad en el dominio de las ideas es la consecuencia inevitable de la burocratización del régimen. Más de una vez, durante estos últimos años, los dirigentes de los partidos de Alemania, Francia, Inglaterra, América, Polonia, etc., han tomado vías oportunistas sin ser condenados, porque su posición con respecto a las cuestiones interiores del Partido Comunista de la URSS les servía de protección.

Los últimos ejemplos están todavía bien frescos en la memoria. La dirección china de Tchen Du-Siu, Tan Pin-Sian y compañía., profundamente menchevique, se ha beneficiado hasta el último momento del apoyo total del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista contra las críticas de la Oposición; esto no tiene nada de extraño, ya que con ocasión del VII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista Tan Pin-sian había declarado:

“Desde la primera aparición del trotskysmo, el Partido Comunista chino y la Juventud Comunista china adoptaron una resolución unánime contra el mismo.” (Actas taquigráficas, pág. 205.)

En el mismo Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, y dentro de su aparato, ejercen un papel importante elementos que se opusieron a la revolución proletaria y que la entorpecieron todo lo que estuvo en sus manos en Rusia, en Finlandia, en Bulgaria, en Hungría, en Polonia y en otros países; pero, en revancha, todos estos elementos pasaron en el momento oportuno sus exámenes en la lucha contra el “trotskysmo”.

Ignorar y violar los estatutos, producir toda clase de trastornos en la organización y las ideas, desarrollar la arbitrariedad, todo esto no puede ser simplemente el fruto del azar, todo esto debe tener unas razones profundas.

Sería muestra de una insuficiencia del marxismo explicar todos estos hechos única o principalmente por razones personales (lucha de grupos por el poder, etc.,), aunque haya ciertos momentos en los que estos motivos puedan ejercer un papel (cf. el Testamento de Lenin). Por el contrario, nos encontramos ante un proceso profundo y de larga duración que debe tener no únicamente causas psicológicas, sino, sobretodo, causas políticas; en efecto, existen.

La burocratización del sistema entero en el Partido Comunista de la URSS y en el seno de la Internacional Comunista tiene su origen principal en la ampliación en el curso de los cinco últimos años de la distancia existente entre la política de la dirección y las perspectivas históricas del proletariado. Cuanto más diverjan, con mayor fuerza condenarán los acontecimientos esta política y menos podrá ser aplicada en el respeto a las reglas del partido y a la luz de la crítica; debe ser impuesta, por tanto y cada vez más, al partido desde arriba, a través del aparato e incluso con la ayuda de los medios propios del estado.

Bajo estas condiciones, la dirección es formalista: la escolástica es la ideología que mejor conviene a sus intereses. Los cinco últimos años han supuesto un período de deformación del marxismo, que ha sido convertido en escolástica para ocultar el deslizamiento político y servir a la usurpación burocrática.

III.- La política de 1923 a 1927

Sin ninguna duda, uno de los motivos que ha incitado a retrasar en varias ocasiones el VI Congreso ha sido el deseo de lograr alguna gran victoria internacional; en casos semejantes, la gente olvida con más facilidad las derrotas recientes. Pero el acontecimiento no ha llegado... ¡y se ha debido al azar!

Durante este periodo el capitalismo europeo y el capitalismo mundial se han beneficiado de un nuevo respiro considerable. Desde 1923, la socialdemocracia se ha visto reforzada en buena medida. Los partidos comunistas sólo han crecido en un grado insignificante. Es imposible que haya alguien que se atreva a decir que éstos han sabido, en el curso de los cuatro o cinco últimos años, asegurar la continuidad, la estabilidad y la autoridad de sus direcciones. Bien al contrario, esta continuidad y esta solidez se han visto gravemente quebrantadas, incluso el partido en el que en otro tiempo estuvieron mejor garantizadas: en el Partido Comunista de la Unión Soviética.

En el curso de este periodo, la República Soviética ha realizado importantes progresos en los terrenos económico y cultural, progresos que muestran a los ojos de todo el mundo la fuerza y la significación de los métodos socialistas de gestión y las grandes posibilidades que contienen. Pero estos éxitos se han desarrollado sobre la base de la pretendida estabilización del capitalismo, que fue ella misma el resultado de una serie de derrotas de la revolución mundial.

Contrariamente a las afirmaciones optimistas, la relación interior de fuerzas, tanto en el ámbito económico como en el ámbito político, se ha modificado en un sentido desfavorable al proletariado; de ahí proviene toda una serie de crisis dolorosas de las que no logra salir el Partido Comunista de la URSS.

La causa fundamental de la crisis de la Revolución de Octubre reside en el retraso de la revolución mundial, tras una serie de graves derrotas del proletariado. Hasta 1923 fueron las derrotas de los movimientos e insurrecciones de posguerra por causa de la desaparición de toda una parte de la juventud y como consecuencia de la debilidad de los partidos comunistas. A partir de 1923 la situación se modifica radicalmente: no se trata ya solamente de derrotas del proletariado, sino de derrotas de la política de la Internacional Comunista. Los errores de esta política en Alemania, en Inglaterra, en China y (en menor medida) en otros países son tales que resulta imposible encontrarlos parecidos en toda la historia del Partido Bolchevique: para lograrlo es necesario remontarse a la historia del menchevismo en los años 1905-1917, o incluso remitirse a decenas de años más atrás. El retraso en el desarrollo de la Internacional Comunista se presenta como el resultado inmediato de la política falsa seguida en los cinco últimos años. Únicamente se puede lanzar la responsabilidad sobre la “estabilización” concibiendo su naturaleza de una forma escolástica y con el objetivo de huir de esta responsabilidad. La estabilización no ha caído del cielo, ni es el fruto de un cambio automático en las condiciones de la economía capitalista mundial: es el resultado de un cambio desfavorable en la relación de fuerzas en el ámbito político entre las clases. El proletariado ha sido debilitado en Alemania por la capitulación de la dirección en 1923; ha sido engañado y traicionado en Inglaterra por una dirección con la que la Internacional Comunista formaba bloque todavía en 1926; en China, la política del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista lo ha arrojado a la trampa del Kuomintang en 1926-1927. Estas son las causas inmediatas e indiscutibles de las derrotas. Intentar demostrar que incluso con una política adecuada las derrotas resultaban inevitables es caer en un fatalismo sin esperanza y renunciar a la comprensión bolchevique del papel y la importancia de una dirección revolucionaria.

Las derrotas del proletariado producto de una política errónea han dado un respiro político a la burguesía, del que ésta se ha aprovechado para consolidar sus posiciones económicas. Ciertamente, la consolidación de las posiciones económicas de la burguesía influye por su parte (como factor de “estabilización”) sobre la situación política; sin embargo, la causa fundamental del ascenso del capitalismo durante estos cinco años de “estabilización” reside en el hecho de que la Internacional Comunista no se ha encontrado, en ningún momento, a la altura de los acontecimientos. Las situaciones revolucionarias no han faltado, pero, de forma crónica, no se ha sabido sacar partido de ellas. Esta falta no es producto del azar ni tiene nada de especial: es la consecuencia inevitable del curso centrista, que, si bien en un período ordinario puede ocultar su inconsistencia, debe provocar inevitablemente catástrofes en una situación revolucionaria, cuando se están produciendo cambios de gran brusquedad.

Para captar el significado del actual giro hacia la izquierda es necesario tener una visión completa no solamente de lo que fue el deslizamiento hacia la línea general de centro-derecha, que se presentó totalmente desenmascarada en 1926-1927, sino también el precedente período ultraizquierdista de 1923-1925 y su influencia en la preparación de ese deslizamiento. Por tanto, se trata de valorar los cinco años que siguieron a la muerte de Lenin.

Ya en la época del XII Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética, en la primavera de 1923, se manifestaron netamente dos posiciones a propósito de los problemas económicos de la Unión Soviética; éstas se desarrollaron a lo largo de los cinco años siguientes, y pudo procederse a su verificación a propósito de la crisis de almacenamiento de grano en 1927- 1928. El Comité Central consideraba que el principal peligro que amenazaba a la alianza con el campesinado provenía de un desarrollo prematuro de la industria, y veía la confirmación en la pretendida “crisis de ventas” del otoño de 1923. Por el contrario, yo había sostenido en el XII Congreso la idea que el peligro principal que amenazaba a la alianza con el campesinado y a la misma dictadura del proletariado estaba representado por las “tijeras” que simbolizaban el distanciamiento entre los precios agrícolas y los precios industriales, distanciamiento que reflejaba el retraso de la industria; el mantenimiento y, con mayor razón, el crecimiento de esta desproporción debía entrañar inevitablemente una diferencia en el seno de la economía agrícola y la producción artesanal, y el crecimiento generalizado de las fuerzas capitalistas. He desarrollado claramente este análisis durante el XII Congreso. Fue también entonces cuando formulé la idea de que si la industria se retrasaba, las buenas cosechas se convertirían en una fuente que alimentaría no ya el desarrollo socialista, sino las tendencias capitalistas, y que proveerían así a los elementos capitalistas de una herramienta útil para lograr la desorganización de la economía socialista.

Estas orientaciones fundamentales presentadas por las dos partes volverían a encontrarse en las luchas que han marcado los cinco años siguientes, en los que resonarán continuamente contra la Oposición acusaciones absurdas y reaccionarias en su esencia: que “odia al mujik”, que “tiene miedo a una buena cosecha”, que “rechaza el enriquecimiento del campo” o, mejor aún, que “quiere robar al campesino”. De esta forma, desde el XII Congreso y, sobretodo, durante la discusión de otoño de 1923, la fracción oficial rechazaba los criterios de clase, limitándose a nociones como “campesinado” en general, “cosechas” en general, “enriquecimiento” en general. En esta forma de concebir las cosas aparece ya la presión de las nuevas capas sociales que se han formado sobre la base de la NEP; relacionadas con el aparato del estado, se muestran cuidadosas de no ser molestadas en su ascenso.

En este proceso, los acontecimientos internacionales han cobrado una importancia decisiva. La segunda mitad del año 1923 fue un período de espera ansiosa de la revolución proletaria alemana. La situación fue comprendida demasiado tarde; se actuó con vacilaciones. En el seno de la dirección oficial aparecieron fricciones sordas (permaneciendo Zinoviev y Stalin, es cierto, en una línea centrista común). A pesar de todas las advertencias, el cambio de táctica no fue adoptado hasta el último momento. Todo terminó con la sorprendente capitulación del Partido Comunista alemán, cediendo al enemigo posiciones decisivas.

Esta derrota tenía por sí misma un carácter alarmante. Pero cobró una significación mucho más dolorosa desde el momento en que la dirección del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, responsable en gran medida de la derrota, no midió su amplitud, no estimó su profundidad, en definitiva y simplemente, no supo reconocerla como tal.

La dirección repetía sin cesar que la situación revolucionaria continuaba desarrollándose, y que en un porvenir próximo se librarían batallas decisivas. Fue sobre la base de este juicio fundamentalmente falso sobre la que se estableció toda la orientación del V Congreso, a mediados de 1924.

Durante toda la segunda mitad de 1923, la Oposición hace sonar la alarma a propósito del desenlace político que se aproxima, exige un curso que se dirija verdaderamente hacia la insurrección, porque en momentos históricos semejantes, varias semanas, a veces varios días, deciden la suerte de una revolución para un período de varios años. En revancha, en el semestre que precede a la celebración del V Congreso, la Oposición repite sin cesar que la situación revolucionaria ya ha pasado y que “se deben cambiar las velas teniendo en cuenta que el viento es contrario y ya no favorable”: lo que debe estar a la orden del día no es ya la insurrección, sino la unificación de las masas mediante reivindicaciones parciales en batallas defensivas contra un enemigo que ha tomado la ofensiva, la creación de puntos de apoyo en los sindicatos, etc.

A despecho del reflujo político, el V Congreso se orienta, significativamente, hacia la insurrección: así desorienta a todos los partidos comunistas y siembra entre ellos la confusión.

El año 1924, el del giro claro y brusco hacia la estabilización, se convierte en el año de las aventuras en Bulgaria, en Estonia; el curso ultraizquierdista choca cada vez más claramente con la marcha de los acontecimientos; a partir de este momento se empieza a buscar fuerzas revolucionarias ajenas en todo sentido al proletariado; de ahí la idealización de ciertos partidos seudocampesinos en ciertos países, el flirteo con Raditch y La Follette, la exageración del papel de la Internacional Campesina en detrimento de la Internacional Sindical, los juicios erróneos sobre los sindicatos ingleses, la amistad por encima de las diferencias de clase con el Kuomintang, etc. Todas estas muletas mediante las cuales trata de mantenerse el curso ultraizquierdista y aventurero, van a convertirse pronto en el apoyo principal a la orientación abiertamente derechista que se instaura cuando los izquierdistas, incapaces de hacerse dueños de la situación, se estrellan contra el proceso de estabilización de 1924-1925.

El ultraizquierdismo de 1924-1925, desorientado ante la situación, fue brutalmente reemplazado por un desviacionismo de derecha que, bajo el sello de la teoría de “no saltar por encima de las etapas”, hizo aplicar una política de adaptación a la burguesía nacional, a la democracia pequeño-burguesa, a la burocracia sindical, a los kulaks (bautizados como “campesinos medios”) y a los funcionarios..., bajo el pretexto de la disciplina y el orden.

La política de centro-derecha, que guardaba las apariencias del bolchevismo en las cuestiones secundarias, fue pronto arrastrada por la corriente de los acontecimientos y encontró su coronación mortal, de naturaleza menchevique, en las cuestiones de la Revolución china y el Comité angloruso.

Sería, ciertamente, dar una prueba de vana pedantería afirmar que el proletariado alemán, con una dirección justa, habría conquistado el poder sin ninguna duda, o que el proletariado inglés, conducido por una dirección con una política justa, habría apartado de su camino al Consejo General y adelantado la hora de la victoria de la revolución sin ninguna duda, o que el proletariado chino habría terminado victoriosamente la revolución agraria y se habría adueñado sin ninguna duda del poder con la alianza de los campesinos pobres. Pero estas tres posibilidades estaban abiertas. Por el contrario, la dirección, despreciando la lucha de clases, reforzó al enemigo en detrimento de su propia clase, e hizo de este modo todo lo posible para asegurar la derrota.

La cuestión del ritmo es decisiva en toda lucha, tanto más cuando se trata de una lucha de envergadura mundial. La suerte de la República de los Soviets es inseparable de la suerte de la revolución mundial. Nadie ha puesto a nuestra disposición siglos, ni siquiera numerosos decenios para que podamos servirnos de ellos. La cuestión es planteada por la dinámica de la lucha, en la que el enemigo se aprovecha de cada error, de cada fallo, y ocupa cada centímetro de terreno no defendido. A falta de una política justa de la Internacional Comunista, la revolución mundial se verá retrasada, sufrirá un retraso histórico indeterminado; pero es el tiempo el que decide. Lo que se pierde para la revolución mundial es ganado por la burguesía. La construcción del socialismo es una lucha del estado soviético no solamente contra la burguesía interior, sino también contra la burguesía mundial. Si la burguesía arranca al proletariado un nuevo y prolongado retraso histórico, es seguro que con el potente avance de su técnica, de su riqueza, de su ejército y de su marina derribará la dictadura soviética (y resulta una cuestión ya secundaria la de si lo hará por medios económicos, políticos o militares, o por una combinación de los tres).

El tiempo es un factor decisivo en política, particularmente en momentos de cambios bruscos en el curso de la Historia, cuando se desarrolla una lucha a muerte entre dos sistemas. Debemos disponer del tiempo con una gran economía: la Internacional Comunista no resistirá cinco años más de errores parecidos a los que se han cometido. La Internacional Comunista se mantiene gracias al atractivo que ejercen sobre las masas la Revolución de Octubre y la bandera de Marx y Lenin; pero ha vivido en el curso de los últimos años despilfarrando su capital. La Internacional Comunista no soportará cinco años más de errores parecidos. Y si la Internacional Comunista se derrumba, la URSS no resistirá mucho tiempo. Los salmos de Stalin proclamando que el socialismo está ya realizado en sus nueve décimas partes en nuestro país, no parecen más que verborrea estúpida. Es cierto que, incluso en ese caso, la revolución proletaria terminará por abrirse nuevas vías hacia la victoria; pero ¿cuándo?, ¿y al precio de qué sacrificios, de cuántas innumerables victimas? La nueva generación de revolucionarios internacionales deberá recoger el hilo roto de la herencia y conquistar de nuevo la confianza de las masas en el más grande acontecimiento de la Historia, el cual puede verse comprometido por una serie de errores, de desviaciones y de falsificaciones ideológicas.

Estas palabras deben decírseles clara y específicamente a la vanguardia proletaria internacional, sin ningún miedo de los alaridos, burlas y persecuciones de aquellos cuyo optimismo sólo se mantiene a base de cerrar prudentemente los ojos ante la realidad.

He aquí por qué, en nuestra opinión, la política de la Internacional Comunista domina todas las cuestiones restantes.

La estabilización de la burguesía europea, el reforzamiento de la socialdemocracia, el retraso en el desarrollo de los partidos comunistas, el fortalecimiento de las tendencias capitalistas en la URSS, el deslizamiento hacia la derecha de la política de la dirección del Parido Comunista de la Unión Soviética y de la Internacional Comunista, la burocratización de todo el sistema, la campaña desatada contra el ala izquierda, acosada y por esto mismo forzada a convertirse en la Oposición, son procesos todos ellos ligados entre sí que marcan un debilitamiento (provisional, ciertamente) pero profundo de las posiciones de la revolución mundial, que expresan la presión de las fuerzas enemigas sobre la vanguardia proletaria.

IV.- Radicalización de las masas y problemas de dirección

En su discurso, o más bien en la andanada de injurias que ha lanzado contra la Oposición, Thaelmann ha declarado en el transcurso del pleno de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista:

“Los trotskystas no ven la radicalización de la clase obrera internacional, y no señalan que la situación se está haciendo cada vez más revolucionaria.” (Pravda, 17 de febrero de 1928.)

Más adelante pasa, como está convenido, a la demostración ritual de que enterraremos con Hilferding la revolución mundial. Podríamos no preocuparnos de estos cuentos de niños si no se tratase de un partido de la Internacional Comunista (el segundo en importancia por sus efectivos) representado por Thaelmann en el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. ¿Dónde está la radicalización de la clase obrera que la Oposición no señala? Thaelmann y muchos otros han hablado de “radicalización” igualmente en 1921, 1925, 1926 y 1927, Para ellos, en 1923, el descenso de la influencia del Partido Comunista y el crecimiento de la socialdemocracia no existían; no se preguntaban siquiera cuáles eran las causas de estos fenómenos. Es difícil hablar a un hombre que no quiere aprender las primeras letras del alfabeto político. Desgraciadamente no se trata solamente de Thaelmann, e incluso su persona no tiene ninguna importancia. El III Congreso fue plenamente una escuela de estrategia revolucionaria. Enseña a distinguir. Es la primera condición en todo problema. Existen períodos de flujo y períodos de reflujo. Tanto unos como otros pasan, además, por diversas fases. La táctica política debe ser adaptada a cada una de las fases, pero se debe al mismo tiempo mantener una línea de conducta general orientada hacia la toma del poder a fin de no ser cogido desprevenido en el caso de que la situación cambie bruscamente. El V Congreso ha subvertido todas las enseñanzas del III. Ha ignorado la situación objetiva y ha sustituido el análisis de los acontecimientos por la consigna de agitación que todo lo arregla: “La clase obrera se radicaliza, la situación es cada vez más revolucionaria.”

En la realidad, sólo desde el año pasado ha comenzado la clase obrera alemana a recuperarse de las consecuencias de la derrota de 1923. En un documento publicado por la Oposición, al que hace referencia Thaelmann, se dice:

“Sin duda alguna, hay en la clase obrera europea un movimiento hacia la izquierda. Se manifiesta por el aumento de las huelgas y el crecimiento del número de votos obtenidos por los comunistas. Pero esto no es más que la primera etapa. El número de los electores socialdemócratas crece paralelamente al de los electores comunistas y a veces lo supera. Si este proceso se desarrolla y se profundiza, en el estadio siguiente comenzará el movimiento que llevará de la socialdemocracia al comunismo.” (En La nueva etapa.)

En la medida en que se puede valorar los resultados de las últimas elecciones en Alemania y en Francia, esta apreciación sobre la situación interior de la clase obrera europea (y sobre todo la clase obrera alemana) puede ser considerada como casi indiscutible. Desgraciadamente, la prensa de la Internacional Comunista, incluida la del Partido Comunista de la URSS, no ofrece ningún análisis serio, profundo, documentado e ilustrado mediante cifras de la situación de la clase obrera. Las estadísticas, cuando se utilizan, son simplemente ajustadas al propósito de marcar una tendencia que sirva para preservar el prestigio de la dirección. Se esconden datos de hechos de una gran importancia para el establecimiento de un gráfico del movimiento obrero en el periodo 1923-1928, en la medida en que se oponen a los juicios erróneos y a las directrices falsas. Todo esto hace que sea muy difícil juzgar la dinámica real de la radicalización de las masas, su estado y sus potencialidades.

Thaelmann no tenía ningún derecho a decir en el pleno de febrero del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista que “los trotskystas no ven la radicalización de la clase obrera internacional”. No solamente habíamos visto la radicalización de la clase obrera europea, sino que desde finales del año pasado habíamos hecho una valoración de la coyuntura. Nuestra opinión se vio confirmada completamente por las elecciones de mayo al Reichstag. La radicalización atraviesa su primera fase y, por el momento, dirige a las masas hacia la socialdemocracia. En febrero, Thaelmann no quería ver este hecho y decía: “La situación se hace cada vez más revolucionaria.” Una afirmación tan general no es más que una frase vacía. ¿Se puede decir que la situación se está haciendo “cada vez más (¿?) revolucionaria” cuando se refuerza la socialdemocracia, principal sostén del régimen burgués?

Para acercarse a una situación revolucionaria, la “radicalización” de las masas debe alcanzar el estadio en que los obreros pasan de la socialdemocracia al partido comunista, lo que en verdad se está produciendo ya de forma parcial. Pero éste no es el sentido general de la corriente. Tomar un estadio preliminar, mitad pacifista y mitad colaboracionista, por una fase revolucionaria, es preparar el terreno para errores crueles. Hay que aprender a distinguir. Quien se dedica a repetir de año en año que “las masas se radicalizan, que la situación es revolucionaria” no es un dirigente bolchevique, sino un agitador locuaz: se puede tener la seguridad de que no reconocerá la revolución cuando ésta venga realmente.

La socialdemocracia es el principal sostén del régimen burgués. Pero este sostén es, en sí mismo, contradictorio; si los obreros pasaran del partido comunista a la socialdemocracia se podría hablar con certidumbre de la consolidación del régimen burgués. Así ocurrió en 1924. Thaelmann y los demás dirigentes del V Congreso no lo comprendieron entonces: ésta es la razón por la que respondieron a nuestros argumentos y consejos mediante injurias. Ahora la situación es distinta. El Partido Comunista crece, de la misma forma que lo hace la socialdemocracia, pero su crecimiento no tiene todavía lugar en detrimento de esta última. Las masas afluyen simultáneamente a los dos partidos, y hasta el momento la corriente que va a parar a la socialdemocracia es más fuerte. Los obreros abandonan los partidos burgueses, se despiertan y salen de su apatía política; hay ahí un proceso nuevo que no significa, evidentemente, un reforzamiento de la burguesía. Pero el desarrollo de la socialdemocracia no constituye, en absoluto, una situación revolucionaria. Hay que aprender a distinguir. En este caso, ¿cómo calificar la situación actual? Se trata de una situación transitoria, llena de contradicciones, en la que las tendencias no se encuentran todavía diferenciadas y que encierra posibilidades diversas. Es preciso seguir atentamente el desarrollo ulterior del proceso, sin aturdirse con frases sin significado y preparados para hacer frente a los cambios bruscos de la situación.

La socialdemocracia no está pura y simplemente satisfecha con el crecimiento del número de sus votos; observa con ansiedad el flujo de los obreros, que le causa grandes dificultades. Antes de que los obreros pasen en masa de la socialdemocracia al partido comunista (el hecho se producirá) hay que esperar nuevas y grandes fricciones en el seno de la misma socialdemocracia, la formación de nuevos agrupamientos, la aparición de nuevas escisiones. Esto abrirá probablemente el campo a maniobras activas y ofensivas del partido comunista, en la línea del “frente único” , con el objetivo de acelerar la diferenciación revolucionaria de las masas y, sobre todo, de arrancar los obreros a la socialdemocracia. Pero será una desgracia si las maniobras del partido comunista se reducen a mirar de nuevo en la boca de los socialdemócratas de “izquierda” (y pueden moverse todavía mucho hacia la izquierda), esperando que empiecen a salirles los dientes de verdad. Hemos visto tales “maniobras” practicadas en Sajonia a pequeña escala en 1923, y en Inglaterra y China a gran escala en 1925-1927. En todos estos casos dejaron pasar la ocasión revolucionaria y condujeron a grandes derrotas.

La opinión de Thaelmann no es de su propia cosecha; aparece claramente formulada en el proyecto de programa, que dice:

“El reforzamiento del proceso de radicalización de las masas, el crecimiento de la influencia y la autoridad de los partidos comunistas... todo esto muestra claramente que se está produciendo un nuevo ascenso revolucionario en los centros del imperialismo.”

Como generalización sobre la que basar un programa, es radicalmente falso. La época del imperialismo y las revoluciones proletarias ha conocido ya y conocerá no solamente “un reforzamiento del proceso de radicalización de las masas”, sino también periodos en los que las masas se deslicen hacia la derecha; no solamente períodos de fortalecimiento de la influencia de los partidos comunistas, sino también períodos de declive provisional, particularmente en el caso de errores, derrotas y capitulaciones. Si se trata de una valoración de la coyuntura, más o menos cierta para un período determinado, en ciertos países, pero no en el mundo entero, entonces el lugar para tal valoración no es dentro de un programa, sino dentro de una resolución circunstancial: el programa está escrito para toda una época de la revolución proletaria. Desgraciadamente, en el curso de los cinco últimos años, la Internacional Comunista no ha dado prueba de una comprensión dialéctica a propósito del desarrollo y la desaparición posterior de las situaciones revolucionarias. Se ha quedado en una escolástica permanente sobre la “radicalización” y no ha reflexionado sobre las etapas vivientes de la lucha llevada a cabo por la clase obrera mundial.

A causa de la derrota sufrida por Alemania en la Gran Guerra, la vida política de este país ha estado particularmente marcada por las crisis, lo que, en cada ocasión, ha colocado a la vanguardia revolucionaria del proletariado ante una situación llena de graves responsabilidades. La causa inmediata de las derrotas sufridas por el proletariado alemán fue, durante los cinco primeros años, la extrema debilidad del partido revolucionario, y en los cinco años siguientes los errores de su dirección.

En 1918-1919 faltaba todavía, cara a la situación revolucionaria, un partido proletario revolucionario. En 1921, cuando se produjo el reflujo, el Partido Comunista alemán, que era ya bastante fuerte, intentó hacer un llamamiento a la revolución, pero no daban las condiciones necesarias. El trabajo preparatorio (“la lucha por las masas”) que siguió provocó en el partido una desviación hacia la derecha. Desprovista de talla revolucionaria y de iniciativa, la dirección se deshizo ante el giro brusco de una situación que evolucionaba hacia la izquierda (otoño de 1923). El ala derecha fue sustituida por el ala izquierda, cuyo predominio ha coincidido con el reflujo de la revolución. Pero no han querido comprender esto, y se mantiene el “curso hacia la insurrección”. De ahí provendrán nuevos errores que debilitarán al partido y provocarán la eliminación de la dirección de izquierda. El actual Comité Central, apoyándose secretamente sobre una parte de los “derechistas”, ha luchado encarnizadamente contra la izquierda durante todo el tiempo, limitándose a repetir mecánicamente que las masas se radicalizan y la revolución se aproxima.

La historia del Partido Comunista alemán ofrece el cuadro de unas fracciones alternándose bruscamente en el poder y representando a los diversos segmentos del gráfico político: cada grupo dirigente, después de cada giro hacia arriba o hacia abajo de la curva política, es decir, hacia una crisis revolucionaria o, por el contrario, hacia una “estabilización” provisional, fracasa y deja el lugar al grupo competidor. La debilidad del grupo de derecha estaba en su incapacidad para orientar la actividad del partido en la vía de la lucha revolucionaria por el poder, en el caso de un cambio en la situación. La debilidad del grupo de izquierda provenía de su incomprensión de la necesidad de movilizar a las masas tras las reivindicaciones transitorias impuestas por la situación objetiva en el período de preparación. La debilidad de un grupo tenía como complemento simétrico la debilidad del otro grupo. La dirección era cambiada en cada inversión del signo de la situación, y los cuadros más altos del partido no podían adquirir una experiencia amplia, cubriendo a la vez el ascenso y el declive, el flujo y el reflujo, la maniobra y el ataque. Una dirección no puede educarse en un sentido plenamente revolucionario más que si comprende el carácter de nuestra época, su movilidad repentina y sus alteraciones bruscas. Efectuar al azar y por “designación” la selección de los dirigentes es, inevitablemente, correr el riesgo de un nuevo fracaso en la próxima crisis social.

Dirigir es prever. Hay que dejar en el momento adecuado de acariciar el lomo a Thaelmann únicamente porque recoge en el fango las palabras más groseras para lanzárselas a la Oposición, como se acariciaba el lomo a Tan Pin-Sian en el VII Pleno, simplemente porque traducía al chino las injurias de Thaelmann. Hay que decir al partido alemán que el juicio sostenido por Thaelmann en febrero sobre la situación política es burdo, sumario, erróneo. Hay que reconocer con franqueza los errores cometidos durante los cinco últimos años, y estudiarlos seriamente, antes de que las heridas que han producido no puedan curarse: las lecciones de la estrategia sólo pueden dar todo su fruto a condición de seguir los acontecimientos paso a paso.

V.- Cómo se ha preparado el desplazamiento hacia la izquierda que se está produciendo actualmente en el Partido Comunista de la Unión Soviética

Las dificultades absolutamente excepcionales encontradas este año (1928) en el almacenamiento del grano han tenido una gran importancia no solamente en el plano económico, sino también en el terreno político y sobre el propio partido. No es por azar que han provocado un giro hacia la izquierda. Además, por sí mismas, estas dificultades establecen el balance general de la economía y de la política.

El paso del comunismo de guerra a la economía socialista no habría podido hacerse sin grandes retrocesos más que en el caso de que la revolución proletaria se hubiera extendido inmediatamente a los países avanzados. El retraso de este desarrollo nos llevó, en la primavera de 1921, a la gran, profunda y duradera retirada que constituyó la NEP. Las proporciones de esta retirada indispensable fueron establecidas no solamente por la reflexión teórica, sino también mediante tanteos prácticos. A partir del otoño de 1921 hubo que retroceder más todavía.

El 29 de octubre de 1921, es decir, siete meses después del comienzo de la NEP, Lenin declaraba ante la Conferencia provincial del partido en Moscú:

“Este paso a la nueva política económica que se ha llevado a cabo en la primavera, esta retirada que hemos efectuado... ¿parece ya suficiente como para que detengamos el retroceso, para que nos preparemos ya cara a la ofensiva? No, nos encontramos con que no es suficiente todavía... Tenemos el deber de reconocerlo ahora si no queremos esconder la cabeza bajo el ala, si no queremos aparentar que no vemos nuestra derrota, si no tenemos miedo de mirar al peligro cara a cara. Debemos confesar que la retirada ha sido insuficiente, que hay que acentuarla, que debemos replegarnos aún más para pasar del capitalismo de estado a la puesta en marcha de una reglamentación por el Estado del comercio y la reglamentación monetaria. Esta es la razón por la que nos encontramos en la situación de hombres obligados a retroceder todavía más para poder, más tarde, pasar por fin a la ofensiva.” (Lenin, Obras, vol. XVIII, págs. 397-398.)

Y más adelante, en el mismo discurso:

“Disimular ante nosotros mismos, ante la clase obrera, ante las masas que continuamos todavía la retirada comenzada en la primavera de 1921, que persiste hoy, en el otoño y en el invierno de 1921-1922, seria condenarnos a la inconsciencia total, seria carecer del coraje para mirar cara a cara la situación creada, En estas condiciones, el trabajo y la lucha serian imposibles.” (Lenin, Obras, vol. XVIII, págs. 399-400.)

No es hasta la primavera del año siguiente, en 1922, que Lenin se decide a dar el alto a la retirada. Habla por primera vez de ello el 6 de marzo de 1922, en una sesión de la fracción del Congreso de los Metalúrgicos:

“Podemos decir ahora que este retroceso, en el sentido de las concesiones que hemos hecho a los capitalistas, ha terminado... Espero y estoy seguro de que el Congreso del partido lo dirá también oficialmente, en nombre del partido dirigente de Rusia.” (Lenin, Obras, vol. XVIII, 2ª parte, pág. 13.)

E inmediatamente una explicación franca, honesta, como siempre, verdaderamente leninista:

“Las palabras sobre el final de la retirada no significan que hayamos puesto ya los fundamentos de la nueva economía y que podamos ya avanzar tranquilamente. No, esos fundamentos no están todavía puestos.” (Lenin, Obras, vol. XVIII, 2ª, parte, pág. 13).

El XI Congreso, sobre la base del informe de Lenin, adoptó a este respecto la resolución siguiente:

“El Congreso, constatando que el conjunto de medidas aplicadas y fijadas en el curso del último año comprenden las concesiones que el partido consideraba indispensable hacer al capitalismo de la economía privada, considera que en este sentido la retirada ha terminado.” (Actas taquigráficas, pág. 143.)

Esta resolución, profundamente meditada y (lo hemos visto) celosamente preparada, suponía que las nuevas posiciones de partida darían la posibilidad de lanzar la ofensiva socialista, a un ritmo efectivamente lento, pero sin nuevos retrocesos. Sobre este punto, las previsiones del último Congreso dirigido por Lenin no se realizaron. En la primavera de 1925 apareció la necesidad de llevar a efecto una nueva retirada: reconocer a los ricos del campo el derecho a explotar a los más desfavorecidos arrendando la mano de obra y la tierra.

La necesidad de esta nueva retirada de inmensas consecuencias y que no había previsto en 1922 el plan estratégico de Lenin, venía no solamente del hecho de que se hubiera trazado demasiado corto (como lo exigía la prudencia más elemental) el límite a la retirada anterior, sino también de que en 1923-1924 la dirección no había comprendido la situación y perdía tiempo cuando creía estar “ganándolo”.

Además, este retroceso tan penoso de abril de 1925 no fue presentado como una derrota y una dura retirada (que es lo que habría hecho Lenin), sino que fue celebrado como un avance victorioso de la alianza obrero-campesina, como un simple eslabón del mecanismo general de la construcción del socialismo. Es precisamente contra tales procedimientos contra los que durante toda su vida trató Lenin de poner en guardia, sobre todo en el otoño de 1921, cuando había que mantener y acentuar el retroceso de la primavera:

“Es menos peligroso sufrir una derrota que tener miedo a reconocerla, que tener miedo de sacar todas las consecuencias... No se debe tener miedo de confesar las propias derrotas. Hay que sacar de cada una todas las enseñanzas que comporta. Si admitimos que la confesión de una derrota, como el abandono de una posición, provoca entre los revolucionarios desmoralización y debilitamiento de la energía en la lucha, habrá que decir que tales revoluciones no valen para nada... Nuestra postura ha consistido y consistirá siempre en considerar las más graves derrotas con la mayor sangre fría, en aprender de ellas a modificar nuestra acción. He aquí la razón por la que hay que hablar francamente. Esto es interesante e importante no solamente por la verdad teórica, sino también desde el punto de vista práctico. Jamás aprenderemos a abordar nuestras tareas de una forma nueva si la experiencia de ayer no nos ha abierto los ojos sobre los errores de los antiguos métodos.” (Lenin, Obras, Vol., XVIII, 1ª parte, pág. 396.)

Pero se ha olvidado esta importante advertencia dos días después de haber dejado Lenin la dirección, y no se ha vuelto a recordar ni una sola vez después. Por cuanto las decisiones de abril legalizaban la diferenciación que se estaba desarrollando en el campo y abrían ante ella todas las esclusas, el paso adelante de la alianza significaba que, en el futuro, el comercio entre el estado obrero y el kulak iba a crecer. En lugar de reconocer este grave peligro se esforzaban en crear la teoría servil de la integración del kulak en el socialismo.

En 1926, a propósito de la alianza, la Oposición formulaba en estos términos la discusión comenzada en la primavera de ese mismo año:

“Pregunta.- ¿Es verdad que la política de la Oposición es una amenaza para la alianza entre el proletariado y el campesinado?

Respuesta.- Esta afirmación es totalmente falsa. La alianza se encuentra amenazada en la actualidad, por un lado, por el atraso de la industria, y por otro, por el crecimiento del kulak. La falta de productos industriales introduce una cuña entre el campo y la ciudad. Desde el punto de vista económico y político, el kulak ha comenzado a dominar a los campesinos pobres y medios oponiéndolos al proletariado. Este proceso está por ahora solamente en sus inicios. El peligro que amenaza a la alianza reside precisamente ahí. La subestimación del retraso de la industria y el crecimiento del kulak amenazan a la dirección correcta, leninista, que se propone la unión de las dos clases, base de la dictadura en las condiciones de nuestro país.” (Preguntas y Respuestas.)

Debemos señalar aquí que sobre esta pregunta la Oposición no exageraba en absoluto, a pesar de lo apretado de la disputa. Levantándonos contra la teoría de los renegados que intenta la integración del kulak en el socialismo (vía de la integración en el capitalismo) declarábamos, en 1926, que el peligro del kulak no hacía más que empezar. Habíamos indicado de dónde venía este peligro desde 1923, y habíamos descrito su crecimiento en cada nueva etapa. ¿En qué consiste, pues, el arte de dirigir si no es en reconocer el peligro cuando éste se encuentra todavía en sus comienzos, a fin de prevenir su desarrollo posterior?

El 9 de diciembre de 1926, con ocasión del VII Pleno del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, Bujarin denunciaba a la Oposición, a propósito de la alianza y el almacenamiento de grano, en los términos siguientes:

“¿Cuál era el argumento más poderoso utilizado por nuestra Oposición contra el Comité Central del partido (me refiero al otoño de 1925)? Decían entonces: las contradicciones se agrandan considerablemente y el Comité Central es incapaz de comprenderlo. Decían: los kulaks, que concentran todo el excedente de grano en sus manos, han organizado contra nosotros la “huelga del grano”

He aquí por qué llega tan mal el grano:

Todo el mundo ha entendido esto... La Oposición consideraba que todo lo demás era la expresión política de este fenómeno fundamental. En seguida, estos mismos camaradas intervenían para decir: el kulak se está reforzando aún más, el peligro aumenta todavía. Camaradas, si la primera y la segunda afirmaciones hubieran sido justas, tendríamos ahora contra el proletariado una huelga de los kulaks todavía más fuerte. La Oposición miente cuando afirma que estamos ayudando al crecimiento del kulak, que vamos todo el tiempo por el camino que conduce a la derrota, que ayudamos a los kulaks a organizar la huelga del grano; los resultados verdaderos testimonian lo contrario” (Actas taquigráficas, volumen II, pág. 118.)

¿No demuestra esta cita de Bujarin la ceguera total de la dirección en torno a la cuestión esencial de nuestra política económica?

Bujarin no constituye una excepción. No ha hecho más que “generalizar” en el plano teórico la ceguera de la dirección. Los más altos dirigentes del partido y de la economía afirman, a cuál con más énfasis, que hemos salido de la crisis (Rykov), que tenemos controlado el mercado soviético y que el problema del almacenamiento se ha convertido en un simple problema de organización del aparato soviético (Mikoyan). Una resolución de julio de 1927 del pleno del Comité Central anunciaba: “El desarrollo de la actividad económica en el curso de este año es, en conjunto, enteramente satisfactorio.” Al mismo tiempo, la prensa oficial proclamaba al unísono que la penuria de mercancías en el país estaba, si no superada, si al menos considerablemente disminuida.

La Oposición, por el contrario, escribía de nuevo en sus tesis para el XV Congreso:

“La disminución de la masa global de los cereales almacenados es, por una parte, el testimonio aplastante del problema que existe en las relaciones entre la ciudad y el campo y, por otra parte, una fuente de dificultades nuevas y amenazantes.”

¿Dónde está la raíz de nuestras dificultades? La Oposición respondía:

“En el curso de estos últimos años, la industria se ha desarrollado muy lentamente, con retraso respecto al desarrollo de la economía nacional en su conjunto... Por este hecho, la economía estatizada depende cada vez más de los elementos kulaks y capitalistas en el dominio de las materias primas, de la exportación, de los víveres.”

Si no hubiese sido por todo el trabajo precedente de la Oposición, comenzando por las tesis de 1923 y terminando por el llamamiento del 7 de noviembre de 1921, si la Oposición no hubiera avanzado un programa correcto y no hubiese hecho sonar la alarma con razón en las filas del partido y de la clase obrera, la crisis de almacenamiento de granos habría acelerado el desarrollo del curso derechista y trabajado por una expansión mayor de las fuerzas capitalistas.

Más de una vez, en el curso de la Historia, le ha tocado a la vanguardia del proletariado, incluso a la vanguardia de la vanguardia, pagar con su propia destrucción física el precio de un nuevo paso hacia adelante de su clase o de una disminución de la ofensiva enemiga.

VI.- Un paso adelante, medio paso atrás.

Diferente de la crisis china y de la crisis del Comité angloruso en cuanto que no podía ser mantenida en silencio, la crisis de almacenamiento de grano determinó un nuevo periodo político. Tuvo repercusiones inmediatas no solamente sobre la economía en general sino sobre la vida cotidiana de cada obrero. Esta es la razón por la que la nueva política data del comienzo de esta crisis.

El partido ha podido leer, en Pravda del 15 de febrero, un artículo de fondo que hubiera podido tomar por una transposición e incluso, a veces, por una reproducción casi textual de la plataforma de la Oposición para el XV Congreso. Este artículo insólito, al que ninguna continuidad unía a todo el pasado reciente, y que fue escrito bajo la presión engendrada por la crisis de almacenamiento de grano, anunciaba:

“Entre las diversas causas que han provocado las dificultades de almacenamiento del grano, hay una que es necesario señalar: el campo ha prosperado y se ha enriquecido. Tres años de buenas cosechas no han pasado en vano.”

Así, si el campo se niega a entregar el trigo a la ciudad, son ellos los que se han enriquecido, es decir, que han realizado en la medida de sus fuerzas la consigna de Bujarin: “Enriqueceos” Pero ¿por qué entonces el enriquecimiento del campo destruye la alianza obrero-campesina en vez de reforzarla? Porque, responde el artículo, “es precisamente el kulak el que ha prosperado y se ha enriquecido”. De esta forma, la teoría que afirmaba que el campesino medio había prosperado durante todos estos años en detrimento del kulak y del campesino pobre, se ha visto rechazada de un solo golpe. “Es precisamente el kulak el que ha prosperado y se ha enriquecido.”

Sin embargo, por sí mismo, el enriquecimiento de los kulaks en el campo no explica la desorganización de los intercambios entre el campo y la ciudad. La alianza con el kulak no es una alianza socialista. Pero la crisis de los cereales proviene tiene su causa en que ni siquiera existe esta especie de smytchka. Esto significa que no solamente el kulak ha prosperado y se ha enriquecido, sino que incluso no encuentra necesario cambiar sus productos naturales por rublos; en cuanto a las mercancías que quiere y que puede comprar en la ciudad, las paga con los cereales que escasean absolutamente en ésta. Pravda señala también una segunda causa, que es, en el fondo, la razón esencial de la crisis de los cereales:

“El aumento de las rentas del campesinado... frente al retraso en la oferta de productos industriales ha dado la posibilidad al campesinado en general, y al kulak en particular, de guardar el grano.”

Ahora está claro el panorama. La causa fundamental es el retraso de la industria y la falta de productos terminados. En estas condiciones no solamente no existe alianza socialista con los campesinos medios y pobres, sino que ya no hay tampoco alianza con los kulaks. Si comparamos las dos citas de Pravda con los extractos de los documentos de la Oposición presentados en el capitulo precedente, se puede decir que Pravda repite, casi textualmente, las ideas y las expresiones de las “preguntas y respuestas” de la oposición, cuya reproducción hace poco suponía la expulsión del partido.

El artículo de Pravda no se detiene ahí. Aun asegurando que el kulak no es “el principal detentador de los cereales”, este texto reconoce que sí es “la autoridad económica en el campo”, que ha establecido una alianza con el especulador de las ciudades, que paga el grano “más caro”, que “el kulak tiene la posibilidad de arrastrar tras de sí al campesino medio”...

Si admitimos la cifra bastante dudosa del 20 por 100 como correspondiente a la parte actualmente atribuida al kulak en el comercio de los cereales, el hecho de que pueda “arrastrar tras él” en el mercado al campesino medio (es decir, llevarle a sabotear el almacenamiento del grano por el estado) se revela en toda su gravedad. Los bancos de Nueva York no poseen en absoluto la totalidad de las mercancías en circulación, lo que no impide que dirijan con éxito dicha circulación. Quien insistiese sobre la modestia de este 20 por 100 no haría más que subrayar con ello que le basta al kulak con tener en sus manos la quinta parte del grano para controlar el mercado. ¡Tal es la debilidad de la influencia del estado sobre la economía del campo cuando la industria se encuentra retrasada!

Otra reserva inevitable es la consistente en decir que el kulak ha tenido este papel determinante sólo en algunas regiones, no en todas: esta matización no arregla nada; bien al contrario, acentúa el carácter amenazante de lo que está sucediendo. “Algunas” regiones han sido capaces de sacudir en sus fundamentos la alianza entre la ciudad y el campo. ¿Qué hubiera ocurrido entonces si este proceso se hubiese extendido en la misma medida a todas las regiones?

Nos enfrentamos a un proceso económico vivo, y no a una media estadística estable. En este proceso complejo y diversificado no se trata de proceder a medidas cuantitativas detalladas, pero es necesario definir sus aspectos cualitativos, es decir, en qué sentido se desarrollan los fenómenos.

¿En detrimento de quién ha ganado autoridad el kulak en el campo? En detrimento económico del estado obrero y sus instrumentos, las industrias estatales y las cooperativas. Si el kulak ha tenido la posibilidad de arrastrar tras de sí al campesino medio, ¿contra quién lo ha dirigido? Contra el estado obrero. En esto es en lo que consiste la ruptura seria y profunda de la alianza económica, premisa de un peligro mucho más grave todavía, la ruptura de la alianza política.

Pero después del paso hacia adelante que representa el artículo de Pravda, se ha dado medio paso hacia atrás.

El manifiesto-programa del Comité Central del 3 de junio de 1928 dice:

“La resistencia de los kulaks crece sobre un fondo general de desarrollo de las fuerzas productivas del país, a pesar del crecimiento más rápido todavía del sector socialista de la economía.”

Si es así, si esto es verdad, entonces no debe haber razón alguna para alarmarse. Entonces, sin cambiar de línea, no queda más que construir tranquilamente “el socialismo en un solo país”. Si el peso de los elementos capitalistas, es decir, sobre todo de los kulaks, disminuye en la economía de año en año, ¿por qué entonces este repentino pánico frente a los kulaks? La cuestión la resuelve la relación dinámica entre las dos fuerzas en lucha, socialismo y capitalismo (¿quién ganará?), y el kulak es “terrible” o “inofensivo” según que esta relación varíe en un sentido o en otro. El manifiesto del Comité Central intenta en vano salvar mediante esta afirmación la resolución del XV Congreso basada sobre la certidumbre de un predominio progresivo de los elementos socialistas de la economía sobre los elementos capitalistas. Pero el artículo de Pravda del 15 de febrero es un desmentido público inflingido a esta falsa tesis, que ha sido refutada en la práctica por el curso de las operaciones de almacenamiento del grano. ¿Dónde está la lógica?

Si el sector socialista hubiese prosperado durante estos tres años de buenas cosechas con más rapidez que el sector no socialista, sin duda habríamos podido conocer todavía una crisis comercial e industrial (exceso de productos de la industria estatal, ausencia de equivalentes agrícolas); pero lo que hemos tenido es una crisis de almacenamiento del grano de la que Pravda da una explicación correcta: es el resultado de la acumulación por los campesinos (y sobre todo por los kulaks) de productos agrícolas que no encuentran equivalente en los productos industriales. La agravación de la crisis del almacenamiento del grano (es decir, de la crisis de la smytchka) inmediatamente después de tres buenas cosechas, significa solamente que en la dinámica general del proceso económico, el sector socialista se ha debilitado con relación al sector capitalista y al comercio privado en general.

La corrección introducida en este informe bajo la presión administrativa, corrección absolutamente inevitable, no hace cambiar nada de la conclusión fundamental. Se trata en este asunto de la fuerza política de la que el kulak ha acumulado ya una parte (es verdad que limitada). Mientras tanto, la necesidad misma de recurrir a métodos retomados del comunismo de guerra es el testimonio de un cambio desfavorable de la correlación de fuerzas en el terreno económico.

Ante este control económico objetivo realizado por la vida misma, se derrumban los intentos de demostración por medio de las “estadísticas” del crecimiento del sector socialista. Es como si, después de la retirada, el jefe de un ejército que ha cedido importantes posiciones, se pusiera a blandir coeficientes estadísticos para demostrar que la superioridad se encuentra de su lado. No; el kulak ha probado (y sus argumentos son más convincentes que las optimistas combinaciones estadísticas) que en este importante combate, librado con las armas económicas, es él quien ha ganado. A esta pregunta (¿quién ganará?) es la dinámica viviente de la economía quien contestará. Si las cifras contradicen a la vida, es que las cifras mienten, o en el mejor de los casos que responden a otro problema.

Incluso si hacemos abstracción del servilismo de las estadísticas (que, como todo lo demás, sufren las arbitrariedades del aparato) no por ello desaparece el problema de que éstas, particularmente entre nosotros, funcionan con retraso siempre por causa de la intensa actividad de los procesos más importantes: dan una visión instantánea, pero no reflejan las tendencias. Es aquí donde la teoría puede venir en nuestra ayuda. Nuestro correcto juicio teórico sobre la dinámica del proceso señalaba por adelantado que el retraso sufrido por la industria haría que incluso las buenas cosechas recogidas para alimentar la construcción del socialismo provocasen el crecimiento de la autoridad del kulak en el campo y la formación de colas ante las panaderías en las ciudades. Los hechos han llegado, y la verificación que aportan es totalmente irrefutable.

El balance de las enseñanzas suministradas por la crisis del almacenamiento del grano, tal como ha sido establecido en febrero por el artículo de Pravda, ofrece una confirmación forzada (pero, por eso mismo, más indiscutible todavía): la desproporción ha aumentado; el déficit recae sobre la economía estatizada, es decir, que las bases de la dictadura del proletariado se están estrechando. Por otra parte, este balance confirma la existencia dentro del campesinado de una diferenciación tan profunda que la suerte del almacenamiento del grano (dicho de otra forma, la suerte de la alianza) se encuentra bajo el control directo e inmediato del kulak, que arrastra tras de sí a los campesinos medios.

Si el desequilibrio entre el campo y la ciudad es la herencia del pasado, si un cierto crecimiento de las fuerzas capitalistas es la consecuencia inevitable de la naturaleza misma de nuestra economía, esto no quita que el aumento del desequilibrio en estos últimos años y el desplazamiento de la correlación de fuerzas en favor de los kulaks sean los resultados de una política inadecuada de la dirección en la distribución de la renta nacional; tan pronto suelta las riendas como tira de ellas nerviosamente.

Desde 1923, y para hacer frente a este peligro, la Oposición ha mostrado que para dar a la industria estatal un papel predominante en las relaciones con el campo se debe abordar la cuestión con un plan firme de lucha contra el desequilibrio; la Oposición ha demostrado que el retraso de la industria agravaría inevitablemente las contradicciones de clase en el país y debilitaría las posiciones económicas de la dictadura del proletariado.

A diferencia de lo que intentaron hacer Zinoviev y Kamenev en el XIV Congreso , nosotros considerábamos que era necesario considerar al kulak no como algo aparte, sino en el marco de las relaciones entre el conjunto de la industria estatizada y la agricultura, que se levanta sobre la economía privada. En los límites de la economía de los pueblos veíamos al kulak no ya aisladamente, sino en relación con la influencia que ejerce. En fin, no examinábamos estas relaciones fundamentales en sí mismas, sino en relación con el mercado mundial que, por medio de las exportaciones y las importaciones, influye de una forma cada vez más determinante sobre nuestro desarrollo económico.

A partir de estas consideraciones, escribíamos en nuestras tesis para el XV Congreso:

“Ya que sobretodo recibimos el excedente de cereales y materias primas destinadas a la exportación de las capas acomodadas del campo, como son sobre todo precisamente estos medios los que guardan el grano, se deduce de ello que es fundamentalmente el kulak quien nos “regula” a través de nuestras exportaciones.”

Pero ¿no podría ser, quizá, que la Oposición hubiese planteado “demasiado rápidamente” cuestiones a las que la dirección ya había asignado una fecha en su calendario? Después de todo lo que hemos dicho, no parece útil detenerse en este argumento que ha sido derramado sobre el partido cada vez que había necesidad de recuperar el tiempo perdido. Citemos solamente un testimonio rico en enseñanzas; el 9 de marzo de 1928, en una sesión del Soviet de Moscú, Rykov declaraba a propósito del almacenamiento del grano:

“Esta campaña presenta, ciertamente, todos los rasgos de una campaña de choque. Si se me preguntase si no hubiera sido mejor vencer la crisis del almacenamiento del grano por una vía más normal, respondería francamente que sí. Debemos reconocer que hemos perdido el tiempo, que no hemos sido capaces de reaccionar cuando empezaron a presentarse las dificultades en el almacenamiento, que no hemos tomado, después de todo, una serie de medidas necesarias para que esta campaña de almacenamiento se desarrollase con éxito.” (Pravda, 11 de marzo de 1928.)

Si estos argumentos reconocen el retraso, lo sitúan principalmente en el terreno administrativo; pero no es difícil aportar un complemento político. Para que fuesen aplicables en el momento deseado las medidas indispensables, hubiese hecho falta que el partido que inspira y dirige el aparato del estado recibiese a tiempo las directrices que le permitieran orientarse, indicaciones como las que contenía, en sus grandes líneas el artículo de Pravda del 15 de febrero. Hubiera sido necesario escuchar en el momento adecuado las advertencias de la Oposición en el dominio de los principios y discutir atentamente sus proposiciones prácticas.

El año pasado la Oposición había propuesto, entre otras medidas, imponer al 10 por 100 de las explotaciones agrícolas (es decir, a las más grandes) un empréstito forzoso de 150 a 200 millones de puds o de cereal. Esta propuesta fue rechazada como si se tratase de una medida de comunismo de guerra. Se enseñaba al partido que no podía presionar sobre el kulak sin herir al campesino medio (Stalin), o que el kulak no presentaba ningún peligro porque estaba a priori encerrado en los limites de la dictadura del proletariado (Bujarin). Pero este año es preciso acudir al artículo 107, es decir, a la represión por poseer trigo... ¡después de lo cual el Comité Central debe explicar que hablar de comunismo de guerra es una calumnia contrarrevolucionaria!

Mientras lo blanco se llame blanco y lo negro negro, consideraremos que es correcto aquello que permite comprender los acontecimientos y prever el futuro próximo. ¡Exigir ahora, después de la campaña de invierno de almacenamiento del grano y de la crisis profunda de la política y la ideología oficiales, que la Oposición reconozca su error, no es más que evidenciar un ataque agudo de histeria jerárquica!

VII.- ¿Maniobra o curso nuevo? ¿Cómo hay que juzgar el actual viraje hacia la izquierda? ¿Hay que ver una maniobra o una modificación seria del curso?

La pregunta “¿maniobra o curso nuevo?” plantea la cuestión de las relaciones entre las clases y sus repercusiones sobre el Partido Comunista de la Unión Soviética, cuyos elementos, dado que es el único partido en el país, reaccionan de forma diversa bajo la presión de las diferentes clases.

Sobre este problema de las repercusiones que tienen sobre nuestro partido las nuevas relaciones entre las clases, hay en el artículo histórico de Pravda del 15 de febrero una confesión sorprendente (es la parte más destacable de este articulo). En ella se afirma:

“En nuestras organizaciones, tanto en las del partido como en las demás, han surgido determinados elementos que no ven la realidad de las clases en el campo, que no comprenden los fundamentos de nuestra política de clase e intentan, en todo su trabajo, no molestar a nadie, vivir en paz con el kulak y, en general, conservar su popularidad dentro de todos los medios.”

Aunque se trate en estas líneas de los miembros del partido, estas frases caracterizan casi totalmente al político realista, al nuevo burgués, al termidoriano opuesto al comunista. Sin embargo, Pravda no dice una palabra para intentar explicar la aparición de estos elementos dentro del partido. “Han surgido”, y esto es todo. ¿De dónde vienen, por qué puerta han entrado, han penetrado disimulando astutamente o han crecido en el mismo interior, y en este caso, sobre qué base? Y este fenómeno se ha producido mientras el partido “se bolchevizaba” a propósito de la cuestión campesina. El artículo no explica cómo el partido, a pesar de estar advertido, ha podido no dar importancia a los termidorianos hasta el momento mismo en que han manifestado su fuerza administrativa en la política de almacenamiento del grano; de la misma manera, el partido subestima al kulak hasta el momento en que éste, habiendo cobrado autoridad, arrastra al campesino medio y sabotea el almacenamiento. Pravda no explica nada de todo esto. Pero poco importa. Por primera vez hemos oído decir, por medio del órgano del Comité Central, lo que ya sabíamos desde hacía tiempo, lo que habíamos afirmado más de una vez: en el partido de Lenin no solamente “ha nacido”, sino que ha tomado forma un ala derecha sólida que tiende hacia una “neo-NEP”, es decir, hacia el capitalismo por etapas.

De este modo, el ala derecha “nacida” de una causa desconocida aparece oficialmente por primera vez a propósito del almacenamiento del grano. Al día siguiente del XV Congreso, que hizo de nuevo la demostración de su monolitismo al 100%, vemos que si el kulak no entrega su grano es porque, entre otras razones, había dentro del partido agrupamientos influyentes deseosos de vivir en paz con todas las clases. Estos “kuomintanguistas” del interior no se afirmaron en absoluto ni en la pretendida discusión ni en el Congreso. Estos brillantes “militantes” votaron, evidentemente los primeros, la expulsión de la Oposición, bautizada como desviación “socialdemócrata”. Votaron también todas las resoluciones de izquierda porque han comprendido, desde hace mucho tiempo, que no son las resoluciones las que importan. Los termidorianos, dentro del partido, no son fraseólogos, sino hombres de acción. Forman su propia smytchka con los nuevos propietarios, con los intelectuales pequeñoburgueses, con los burócratas, y dirigen las ramas más importantes de la economía, de la cultura e incluso del trabajo del partido, bajo un ángulo “nacional-estatal”. ¿Los derechistas, tal vez, son tan débiles que no hay necesidad de combatirles?

Una respuesta clara a esta pregunta es de una importancia decisiva para la apreciación del actual giro hacia la izquierda. La primera impresión es que la derecha es extremadamente débil. Un grito desde arriba ha sido suficiente para que la política campesina dé directamente un giro hacia la izquierda. Pero es precisamente la remarcable facilidad con la que se han obtenido estos resultados la que nos indica que debemos evitar toda conclusión demasiado altiva sobre la debilidad de los derechistas.

El ala derecha es pequeño-burguesa, oportunista, burocrática, colaboracionista; se inclina del lado de la burguesía. Sería absolutamente inconcebible que, en un partido que ha formado los cuadros bolcheviques y que cuenta con centenares de miles de obreros, el ala derecha pudiese convenirse en varios años en una fuerza dotada de un valor propio, desarrollando abiertamente sus tendencias, movilizando a las masas obreras. Esto no puede ser. La fuerza del ala derecha no es más que la de un aparato que hace repercutir la presión de las clases no proletarias sobre el proletariado. Esto significa que la fuerza del ala derecha del partido se encuentra fuera del partido, más allá de sus fronteras. Es la fuerza del aparato burocrático, de los nuevos propietarios, de la burguesía mundial; es una fuerza gigantesca: Pero, precisamente porque traduce en el seno del partido la presión de las otras clases, el ala derecha no puede presentar abiertamente su plataforma y movilizar dentro del partido a la opinión general. Debe camuflarse, adormecer la vigilancia del núcleo proletario: el régimen del partido le ofrece esas posibilidades. Bajo la ampulosidad del monolitismo, permite disimular el ala derecha a los ojos de los trabajadores revolucionarios, reservando sus golpes para la Oposición, expresión consciente de las inquietudes del proletariado sobre la suerte de su dictadura.

¿Significa esto que el zigzag actual podrá transformarse en una línea de izquierda? La política desarrollada por la dirección (no solamente en el curso de los últimos años, sino todavía hoy) hace que nos sintamos inclinados a dar a esta pregunta una respuesta escéptica. Pero la maniobra se ha ampliado; se ha convertido en un viraje político que implica a importantes grupos dentro del partido, a amplias capas entre las masas. He aquí por qué, y sería erróneo negarlo, el zigzag actual puede transformarse en una línea política consecuente y proletaria. En todo caso, la Oposición debe hacer todo lo que pueda, como lo implican sus objetivos y sus aspiraciones, para que a partir de este zigzag tenga lugar una transformación política que vuelva a poner al partido sobre la vía leninista. Una salida de este género sería la más saludable, es decir, sería la que provocaría las menores sacudidas posibles para el partido y para la dictadura. Sería la vía de una reforma profunda del partido, premisa indispensable de una reforma del estado soviético.

VIII.- Las bases sociales de la crisis actual

El ruido de la lucha en el seno del partido no es más que el eco de un rugido mucho más profundo. Si los cambios que se han acumulado en las clases sociales no son traducidos a tiempo al lenguaje del bolchevismo, provocarán una crisis dolorosa para la Revolución de Octubre en su conjunto.

La precipitación con la que, dos meses después del XV Congreso, la dirección ha roto con una orientación considerada como justa por este Congreso, muestra que las transformaciones de clase que se están produciendo en el país (en relación con toda la situación internacional) han llegado a una etapa crítica, al momento en el que una cantidad económica se transforma en cualidad política. A este respecto ha sido elaborado un pronóstico repetidas veces desde 1923; se encuentra expresado tal como sigue en la tesis de la Oposición al XV Congreso:

“En un país en el que existe una aplastante mayoría de pequeños, e incluso de muy pequeños campesinos, y donde en general predomina la pequeña propiedad, los procesos más importantes se desarrollan bajo la superficie para salir repentinamente de golpe, de forma “inesperada”.”

“Inesperada”, evidentemente, sólo para aquellos que son incapaces de juzgar en términos marxistas los procesos en curso cuando sólo se encuentran al comienzo de su desarrollo.

El hecho de que, en el momento del almacenamiento del grano, los kulaks arrastrasen en sus huelgas a los campesinos medios, en connivencia con los capitalistas; la protección o la semiprotección acordada a los kulaks huelguistas por una parte influyente del aparato del estado o del partido; el hecho de que los comunistas hayan cerrado los ojos ante las intrigas contrarrevolucionarias de los técnicos y los funcionarios; la arbitraria dejadez en Smolensk o en otras partes, camuflándose tras de la “disciplina de acero”: todos estos hechos tienen ahora, sin duda alguna, una gran importancia. En las tesis publicadas por la Oposición para el XV Congreso se dice:

“La ligazón entre el kulak, el propietario, el intelectual burgués y numerosos eslabones de la burocracia no sólo del estado, sino también del partido, es el proceso más indiscutible y al mismo tiempo el más alarmante de nuestra vida social. Están naciendo sobre ella gérmenes de dualidad de poder que amenazan a la dictadura del proletariado.”

La circular del Comité Central del 3 de junio de 1928 reconoce la existencia “del peor burocratismo” dentro del aparato del estado, y también dentro del partido y del de los sindicatos. La circular intenta explicar este burocratismo por las siguientes causas: 1º la supervivencia del viejo cuerpo de funcionarios; 2º el oscurantismo, la falta de cultura de las masas; 3º su falta de conocimientos administrativos; 4º la insuficiente rapidez de su intervención en la administración estatal. Efectivamente, estas cuatro causas existen y explican en alguna medida el burocratismo; pero ninguna de ellas explica su fulgurante extensión. La cultura de las masas hubiera debido progresar en los cinco últimos años. El aparato del partido debería haber aprendido a hacerlas intervenir con mayor rapidez en los asuntos administrativos. Los viejos funcionarios deberían haber sido reemplazados, en una gran medida, por una nueva generación educada en las condiciones de la vida soviética. El burocratismo debería, como consecuencia, declinar. Pero el fondo del problema consiste en que ha aumentado monstruosamente. Se ha convertido en “el peor de los burocratismos”, ha elevado a la categoría de sistema métodos tales como la opresión ejercida por las autoridades, la intimidación, la represión con medidas económicas, el favoritismo, la colusión de los funcionarios entre sí, la tolerancia de cara a los fuertes, el aplastamiento de los débiles. La muy rápida resurrección de estas tendencias del viejo aparato de clase, a despecho de los progresos realizados por la economía soviética y la cultura de las masas, es el resultado de unas causas de clase, y más exactamente de la consolidación social de los propietarios, de su ligazón con el aparato del estado y de las presiones que, por medio del aparato, ejercen sobre el partido. Si no se comprenden las razones de clase de la progresión del burocratismo dentro del régimen, la lucha contra este mal será algo parecido a un molino cuyas aspas diesen vueltas y que, sin embargo, no tuviera nada que moler en absoluto.

La lentitud del crecimiento industrial creó unas “tijeras” que los precios no podían soportar. La lucha burocrática por la baja de los precios perturba el mercado, quitándole al obrero sin dar al campesino. Las importantes ventajas obtenidas por el campesinado gracias a la revolución agraria de Octubre, han quedado reducidas por la elevación de los precios de los productos industriales. Este desequilibrio corroe la smytchka y empuja a amplias capas de la población rural al lado de los kulaks, y bajo la consigna de “libertad de comercio en el interior y en el exterior”. Bajo esas condiciones, las operaciones mercantiles del interior pueden ser disimuladas, y la burguesía extranjera encuentra ahí un punto de apoyo.

Como es natural, el proletariado abordó la revolución con inmensas esperanzas. La lentitud del desarrollo, la extremada mediocridad del nivel de vida, entrañarían lógicamente una disminución de la confianza depositada en el poder soviético y en su capacidad para cambiar toda la estructura de la vida en un futuro más o menos próximo.

En este mismo sentido han actuado las derrotas de la revolución mundial, particularmente en estos últimos años, cuando la dirección estaba ya en manos de la Internacional Comunista. No podían tener otro efecto que el de cambiar la actitud de la clase obrera ante la revolución mundial: hemos visto aparecer la circunspección en las esperanzas, el escepticismo en los elementos fatigados, la desconfianza e incluso la exasperación en los individuos con menos madurez.

Estos pensamientos y estos juicios nuevos buscan expresarse. Si hubieran podido hacerlo dentro del partido, los espíritus más avanzados habrían adoptado una actitud distinta frente a la revolución internacional y, sobre todo, frente a la revolución rusa: hubiera sido menos inocente y entusiasta, pero más crítica y equilibrada. Pero los pensamientos, los juicios, las aspiraciones y las angustias han sido rechazados. Durante cinco años, el proletariado ha vivido bajo una consigna bien conocida: “Prohibido razonar; los de arriba, que son más inteligentes que tú, son los que deciden.” Esto provocó primero la indignación, después la pasividad, por fin el repliegue sobre sí mismo en materia de política. Desde todas partes se decía al obrero, que ha terminado por decírselo él mismo: “Para ti, ya no estamos en el año dieciocho.”

Las clases y los grupos hostiles o semihostiles al proletariado han sentido que su peso estaba disminuyendo no solamente en el aparato del estado o en los sindicatos, sino también en la economía de todos los días. De ahí proviene el aflujo de confianza en sí misma que se manifiesta en los círculos políticos de la pequeña burguesía y de la burguesía media en proceso de crecimiento. Esta última ha formado lazos de amistad y de parentesco en todos los “aparatos”, y confía plenamente en que su hora se acerca.

En el plano internacional, la posición de la URSS ha empeorado bajo la presión del capitalismo mundial arrastrado por la burguesía británica (la más experimentada y la más feroz de las burguesías); esto permite a los elementos más intransigentes de la burguesía interior levantar la cabeza.

Estos son los factores más importantes de la crisis de la Revolución de Octubre. La última huelga del grano de los kulaks y los burócratas no ha sido más que una manifestación particular. La crisis en el partido es el resultado más general y también el más peligroso.

Para que, dentro del Partido Bolchevique, haya podido formarse y consolidarse un ala influyente que “no reconoce las clases”; para que la existencia de este ala no haya sido señalada oficialmente por el partido y para que haya sido negada oficialmente por la dirección del mismo durante años; para que este ala, que el XV Congreso no descubrió, se manifestase por primera vez (no dentro del partido... sino en la Bolsa del grano) han sido necesarias cinco años de propaganda continua a favor de una orientación nueva, millares de recordatorios sobre la integración del kulak en el socialismo, burlas y bromas a propósito de la mentalidad de asistidos que se inculcaba a los hambrientos, la destrucción de las oficinas de estadísticas que habían osado simplemente registrar la existencia de los kulaks, el triunfo en toda la línea de un cuerpo de funcionarios desprovisto de ideas, la formación de una nueva escuela de propagandistas, socialistas de cátedra, sofistas del marxismo y muchas otras cosas más. Pero sobretodo ha sido necesario atacar con maldad y arbitrariamente al ala izquierda proletaria. Al mismo tiempo, los elementos termidorianos que se han formado y consolidado dentro del partido extendían más allá sus lazos y simpatías. No es con una circular, ni siquiera con la más brutal, como puede cambiarse esto. Es necesario reeducar. Es necesario revisar. Es necesario llevar a cabo reagrupamientos. Es necesario trabajar intensamente con la hoz del marxismo en el campo invadido por las malas hierbas.

Sólo nos libraremos completamente de las crisis no solamente exteriores, sino también interiores, mediante el desarrollo victorioso de la revolución mundial. Esta es una idea marxista, pero está separada por un abismo del fatalismo desesperado. Hay crisis y crisis. Por su misma naturaleza, la sociedad capitalista no puede liberarse de las crisis. Esto no significa que la política de la burguesía en el poder no tenga ninguna importancia: una política correcta ha levantado a los estados burgueses, mientras que una política errónea les ha resultado funesta o perjudicial.

La escolástica no quiere comprender que entre el determinismo mecánico (fatalismo) y el arbitrario subjetivo está la dialéctica materialista. El fatalismo dice: “Cuando se está tan atrasado, se haga lo que se haga, no se llegará a ninguna parte.” El subjetivismo vulgar dice: “¡Milagro!, basta con quererlo y se construye el socialismo.” El marxismo dice: “Si tomamos conciencia de la interdependencia que existe entre las condiciones mundiales y el estado retrasado del país, por medio de una política correcta nos levantaremos, nos reforzaremos y nos integraremos en la revolución mundial victoriosa.”

IX.- La crisis del Partido

Una política económica, como una política general, no es necesariamente correcta porque lo sea la manera de abordar las cuestiones (que ya no lo es desde 1923).

La política de la dictadura proletaria exige la auscultación permanente de las clases y las diversas capas de la sociedad; no puede ser manejada por un aparato burocrático y rígido; debe serlo por un partido proletario vivo y activo, que tenga sus exploradores, sus pioneros y sus constructores. Antes que las estadísticas registren la extensión del papel de los kulaks, antes que los teóricos saquen las conclusiones generales y que los hombres políticos las traduzcan al lenguaje de las directrices, el partido, gracias a sus numerosas ramificaciones, debe sentir el hecho y hacer sonar la alarma. Pero para eso hace falta que su masa entera sea de una sensibilidad extrema y sobre todo que no tenga miedo de mirar, de comprender ni de hablar.

El carácter socialista de nuestra industria de estado (dados su extrema dispersión, la competencia de los diversos trusts y fábricas, la difícil situación material de las masas obreras, el insuficiente nivel cultural en amplios círculos de trabajadores), el carácter socialista de nuestra industria, decimos, está determinado de forma decisiva por el papel del partido, por los lazos voluntarios formados en el interior de la vanguardia proletaria, la disciplina consciente de los economistas, de los militantes sindicalistas y de los miembros de las células de fábrica. Si esta red se relaja y se disgrega, es evidente que en un breve plazo no quedará nada del carácter socialista de la industria, de los medios de transporte, etc. Los trusts y las diversas fábricas se dedicarán a vivir su propia vida. No quedará el más mínimo rastro del plan, que ya hoy es insuficiente. La propiedad del estado sobre los medios de producción se transformará en una mera ficción jurídica, y después será incluso aburrida. Así, en este dominio como en los demás, el problema consiste en mantener los lazos conscientes dentro de la vanguardia proletaria y en protegerla contra la herrumbre del burocratismo.

No se puede establecer el sistema que constituye una línea política correcta sin tener buenos métodos a la vez en la elaboración y en la aplicación. Si en tal o cual cuestión, y bajo el empuje de determinadas presiones, la dirección vuelve a encontrar las huellas de una política correcta, no se puede tener la garantía de que la seguirá efectivamente o de que no la perderá mañana.

En las condiciones actuales de la dictadura del proletariado, su dirección posee un poder tal como no lo ha poseído jamás tan enorme ninguna organización política en la Historia humana. Bajo tales condiciones (esto tiene un interés vital) es preciso respetar más escrupulosamente que nunca los métodos de dirección proletarios comunistas. Toda desviación burocrática, toda deformación, repercute rápidamente sobre el conjunto de la clase obrera. Sin embargo, la dirección posleninista ha extendido gradualmente la hostilidad que la dictadura del proletariado alimenta contra la seudodemocracia burguesa a las garantías fundamentales de la democracia proletaria sobre las que descansa el partido, y sin las que no sería capaz de dirigir a la clase obrera ni tampoco al estado obrero.

Esta fue una de las mayores preocupaciones de Lenin en el último período de su vida. Meditó sobre este problema en su extensión histórica y en los aspectos de la vida cotidiana. Cuando volvió al trabajo después de la primera enfermedad, quedó espantado del crecimiento del burocratismo, particularmente dentro del partido. Es de ahí de donde proviene su idea de la Comisión Central de Control, pero es evidente que no se trataba de la que existe actualmente, que se encuentra en las antípodas de sus concepciones. Lenin recordaba al partido que, en la Historia, más de una vez, los vencedores han degenerado adoptando las costumbres de los vencidos. Se crispaba de indignación cada vez que tenía noticia de la injusticia o la brutalidad de un comunista que ejercía algún poder ante un subordinado (el episodio de Ordjonikidzé). Puso al partido en guardia contra la brutalidad de Stalin, no contra la rudeza exterior, que no reviste ninguna gravedad, sino contra la brutalidad moral interior, fuente de la perfidia que, cuando se dispone de todo el poder, se convierte en un instrumento temible y trabaja por la destrucción del partido. Es por esta razón por lo que Lenin lanzó ardientes llamamientos a favor de la cultura y del desarrollo cultural; no se trataba de los esquemas estrechos y baratos de Bujarin, sino de un pensamiento comunista en la lucha contra las costumbres asiáticas, contra los vestigios de la servidumbre, contra la explotación por parte de los funcionarios de la ingenuidad y la ignorancia de las masas.

No obstante, a lo largo de los cinco últimos años, el aparato del partido ha seguido una vía opuesta; las desviaciones burocráticas del aparato del Estado lo han deformado completamente; las desviaciones especiales (mentira, camuflaje, duplicidad) que no pertenecen generalmente sino a la democracia burguesa y parlamentaria, han venido a juntarse a las primeras. Como consecuencia se ha creado una dirección que, en lugar de aplicar la democracia consciente del partido, ha modificado y falsificado el leninismo de forma que reforzase la burocracia del partido; hemos visto abusos de poder intolerables en detrimento de los comunistas y de los obreros, todos los mecanismos de representación en el partido han sido trucados, métodos de los que podría sentirse orgulloso un poder burgués fascista, pero en ningún caso un poder proletario (destacamentos de combate, oleadas de silbidos siguiendo órdenes, expulsión por la fuerza de los oradores de la tribuna) se han extendido en la discusión; en fin, ha faltado la cohesión entre camaradas de todas las relaciones entre el aparato y el partido.

En Pravda del 16 de mayo, un artículo de un dirigente de la Comisión Central de Control saca, a propósito del asunto de Smolensk, la siguiente moraleja:

“Debemos cambiar de actitud ante los miembros del partido y los obreros conscientes que se callan conociendo los abusos.”

“¿Cambiar de actitud?” ¿Es que puede haber entonces dos actitudes? Sí, y es un miembro de la Comisión Central de Control el que lo reconoce, es Yakovlev, suplente del comisario del pueblo para la Inspección Obrera y Campesina. La gente que tiene conocimiento de un crimen y guarda silencio sobre él es considerada culpable. Sólo su propia ignorancia o el terror suspendido sobre su cabeza pueden atenuar su culpabilidad. Pero Yakovlev está hablando no de personas ignorantes, sino de “miembros del partido y obreros conscientes”. ¿Cuál es, pues, esta presión, cuál es entonces este terror que hace que obreros miembros del partido se vean obligados a callar los crímenes de hombres que oficialmente han sido elegidos por ellos y que, siempre oficialmente, están obligados a responder ante ellos? ¿Será el terror ejercido por la dictadura del proletariado? No, porque aquél está dirigido contra el partido, contra los intereses del proletariado. ¿Se trata entonces de la presión y el terror ejercido por otras clases? Evidentemente, puesto que no existe terror social que no sea el producto de una clase. Hemos definido ya el carácter de clase del yugo que pesa sobre nuestro partido. Colusión que une a todos los miembros del aparato, lazos entre una buena parte de sus eslabones y la burocracia de] estado, los intelectuales burgueses, la pequeña burguesía, los kulaks en el campo; presión de la burguesía mundial sobre el mecanismo de las fuerzas internas (todo ello crea los elementos de una dualidad de poder que, por intermedio de su aparato, pesa sobre el partido). Es precisamente esta presión social, creciente en el curso de los últimos años, lo que utiliza el aparato papa asustar al núcleo proletario del partido, para acosar a la Oposición y aniquilarla con medidas administrativas. Todos estos hechos forman parte de un proceso único e indivisible.

Hasta cierto punto, la presión de las otras clases ha permitido al aparato dominar al partido, al reforzarlo y animarlo; este aparato no veía por sí mismo de qué fuente podía extraer su fuerza. Con suficiencia, atribuía a su propia astucia las victorias conseguidas sobre el partido, sobre la línea leninista, Pero, aumentando sin encontrar resistencia, la presión ha sobrepasado el límite, y lo que ahora amenaza no es solamente la dominación del aparato solamente, sino que son intereses de una importancia muy distinta. ¡La cola se pone a golpear a la cabeza!

Cuando la masa de los militantes y los obreros conscientes tiene miedo de hablar de los crímenes que han sido cometidos por los hombres del aparato del partido, estamos en presencia de una situación que no ha sido creada por azar, que no es el producto de un día, de la que no es posible desembarazarse mediante un plumazo. No solamente vemos que el aparato está marcado por una fuerte rutina burocrática, sino también que se halla encerrado en una red de intereses y de relaciones. Y la dirección se encuentra impotente ante su propio aparato. Se cumple de alguna manera una ley histórica: cuanto menos depende una dirección de su partido, más se encuentra prisionera de su aparato. Las historias que pretenden que la Oposición quiere debilitar la dirección centralizada son ridículas y absurdas. Una línea proletaria no puede concebirse sin un fuerte centralismo. Pero en este caso la desgracia consiste en que la dirección actual no es omnipotente más que, por su fuerza burocrática, en sus relaciones con los miembros del partido dispersados artificialmente, siendo impotente cuando se trata de su propio aparato.

Los funcionarios han encontrado una respuesta cómoda a la pregunta histórica; es la siguiente: “Debemos cambiar radicalmente.” Pero el partido debe responderles: “No os corresponde a vosotros cambiar, sino que es a vosotros a los que hay que cambiar radicalmente: eliminándoos de vuestro puesto y reemplazándoos lo mas ampliamente posible.”

Alma Ata, 12 de julio de 1928



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