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II. El periódico y su lector

 

El crecimiento cuantitativo del partido, así como el desarrollo de su influencia sobre los elementos sin partido, por una parte, y por la otra la nueva etapa de la revolución que abordamos en la actualidad explican que el partido se enfrente simultáneamente con nuevos pero también con viejos problemas que aparecen bajo una nueva forma, comprendidos en el dominio de la agitación y de la propaganda. Es preciso que reexaminemos con mucha atención los instrumentos y los medios de nuestra propaganda.

¿Resultan suficientes en volumen, es decir, abarcan todos los problemas que reclaman un esclarecimiento? ¿Tienen una expresión adecuada, accesible al lector y apta para interesarlo?

Entre otros, este problema fue examinado por los veinticinco agitadores y propagandistas moscovitas reunidos en asamblea.

Sus puntos de vista, sus opiniones, sus apreciaciones, fueron registrados taquigráficamente, y espero que pronto pueda editar todo ese material. Nuestros camaradas periodistas hallarán allí un gran número de amargos reproches, y debo confesar que, a mi entender, la mayor parte de dichos reproches son justificados. El problema de la organización de nuestra agitación escrita, y en primer lugar de nuestra agitación periodística, es demasiado importante como para ser silenciado.

Hay que hablar francamente.

“El uniforme —dice un proverbio— hace al general”. Es necesario, entonces, empezar por la técnica periodística. Esta es mejor, por cierto, que en el período 1919-1920, pero aún es extremadamente defectuosa. Como consecuencia de la falta de cuidado en la compaginación, del exceso de tinta, el lector cultivado, y con mayor razón el que no lo es, tiene dificultades para leer el periódico. Los de gran tirada destinados a las amplias masas obreras, como El Moscú Trabajador o La Gaceta Obrera, están sumamente mal impresos. La diferencia entre uno y otro ejemplar es muy grande: a veces, casi todo el diario resulta legible; otras, no se entiende la mitad. Es por ello que la compra de un periódico se asemeja a una lotería. Extraigo al azar uno de los últimos números de La Gaceta Obrera; miro “El rincón de los niños”: “El cuento del gato inteligente”... Imposible leerlo, hasta tal punto resulta defectuosa su impresión, ¡y eso que es para los niños!

Hay que decirlo con franqueza: nuestra técnica en materia de periódicos es nuestra vergüenza. A pesar de nuestra pobreza, de nuestra inmensa necesidad de instrucción, nos permitimos el lujo de embadurnar la cuarta parte, si no la mitad, de una hoja de periódico. Semejante “trapo” no puede más que irritar al lector; un lector poco advertido se cansa, uno cultivado y exigente hace rechinar sus dientes y desprecia decididamente a quienes así se burlan de él. Ya que siempre hay alguien que escribe esos artículos, alguien que los confecciona, alguien que los imprime y, después de todo, el lector, a pesar de todos sus esfuerzos, no puede descifrar la mitad. ¡Qué vergüenza y qué infamia!

Durante el último congreso del partido se le otorgó una atención particular al problema de la tipografía, y se planteó la pregunta de hasta cuándo podemos soportar esta situación.

“El uniforme hace al general...”. Ya hemos visto que una impresión defectuosa a veces impide penetrar en el espíritu de un artículo, pero todavía falta proceder a la disposición del material, a la composición, a las correcciones. Detengámonos meramente en las correcciones, pues las hacemos particularmente mal. No es raro encontrar errores de impresión y erratas enormes, y no sólo en los periódicos sino también en las revistas científicas, especialmente en la revista Bajo la Bandera del Marxismo. León Tolstoi dijo una vez que los libros eran un instrumento para esparcir la ignorancia. Por supuesto, esta afirmación de barón desdeñoso es completamente falaz. Pero, ¡ay!, en parte se justifica... si se consideran las correcciones de nuestra prensa. ¡Esto tampoco es posible soportarlo más! Si las imprentas no disponen con los cuadros necesarios, con correctoresrevisores cultivados que conozcan su trabajo, es imprescindible entonces perfeccionar en el taller a los cuadros existentes, y brindarles cursos de apoyo, así como también cursos de instrucción política. Un corrector debe comprender el texto que corrige, de lo contrario no es un corrector, sino un propagador involuntario de la ignorancia; la prensa, diga Tolstoi lo que quiera, es y debe ser un instrumento de educación.

Fijémonos ahora con mayor detenimiento en el contenido del periódico.

Un periódico sirve ante todo como lazo entre los individuos; les hace conocer lo que ocurre y dónde ocurre. El alma de un periódico está constituida por una información fresca, abundante, interesante. En nuestros días, el telégrafo y la radio desempeñan un papel muy importante en la información periodística.

Por ello el lector habituado a un diario y ducho en su lectura se precipita ante todo sobre los títulos de los “comunicados”. Pero para que los despachos ocupen el primer lugar en un periódico soviético, es preciso que presenten hechos importantes e interesantes en una forma comprensible para la masa de los lectores.

Sin embargo, ello no ocurre en absoluto. En nuestros periódicos, los comunicados se componen e imprimen de modo semejante a la de la “gran” prensa burguesa. Si se siguen diariamente los comunicados de algunos periódicos, se tiene la impresión de que los camaradas que se ocupan de esta sección, cuando confeccionan los nuevos despachos, se han olvidado por completo de lo que habían informado en la víspera: su trabajo no presenta absolutamente ninguna continuidad lógica, cada despacho parece un fragmento caído allí por azar, las explicaciones que se ofrecen poseen un carácter fortuito y generalmente irreflexivo. Justamente, si, al lado del nombre de tal o cual político burgués extranjero, el redactor escribe entre paréntesis “lib.” o “cons.” —lo que significa “liberal”, “conservador”—, como las tres cuartas partes de los lectores no entienden esas abreviaturas, dichas aclaraciones solo pueden embarullarlos todavía más. Los comunicados que nos informan, por ejemplo, sobre lo que ocurre en Bulgaria o en Rumanía pasan habitualmente por Viena, Berlín, Varsovia.

Los nombres de estas ciudades estampados al principio del despacho despistan totalmente a la mayoría de los lectores, totalmente ignorantes en geografía. ¿Por qué cito estos detalles? Siempre por la misma razón: porque muestran, mejor que nada, cuán poca atención prestamos, cuando preparamos nuestros periódicos, a la situación del lector poco advertido, a sus necesidades, a sus dificultades. La confección de los despachos en un periódico obrero es lo más difícil, lo que requiere la mayor responsabilidad.

Exige un trabajo atento, minucioso. Hay que reflexionar sobre todos los aspectos de un comunicado importante, darle una forma tal que corresponda inmediatamente a lo que la masa de los lectores ya sabe más o menos bien; es preciso reagrupar los despachos antes de anteponerles las explicaciones necesarias. ¿Para qué sirve un gran titular de dos o tres líneas o más si no hace más que repetir lo que se dice en el comunicado? Muy a menudo, dichos titulares sólo sirven para embrollar al lector. Una huelga sin importancia suele tener como título “¡Ya está!” o “Pronto, el desenlace”, en tanto que el mismo despacho sólo se refiere a un vago movimiento entre los ferroviarios, sin mencionar ni su causa ni sus objetivos. Al día siguiente, ni una palabra sobre este acontecimiento; tampoco al siguiente. Cuando el lector lee otra vez un comunicado titulado “¡Ya está!”, considera que se trata de un trabajo poco serio, de la barata rufianería periodística, y disminuye su interés por los comunicados y por el mismo periódico.

Si, por el contrario, el redactor del titular de los despachos se acuerda de lo que ha publicado en la víspera y en la antevíspera, y si trata por sí mismo de comprender lo que vincula a los acontecimientos y a los hechos entre sí con el fin de explicárselos al lector, la información, aunque muy imperfecta, adquiere inmediatamente un inmenso valor educativo. En la mente del lector, unas informaciones sólidas se ordenan progresivamente; le resulta cada vez más fácil entender los hechos novedosos, y aprende a buscar y a encontrar en un diario las informaciones importantes. Así el lector da un paso enorme en el camino de la cultura. Es imprescindible que las redacciones concentren todos sus esfuerzos sobre la información telegráfica, es menester que esta sección se componga como es debido. Solamente si los mismos periódicos presionan y dan el ejemplo, se podrá educar progresivamente a los corresponsales de la agencia ROSTA[1].

Una vez por semana —lo mejor sería evidentemente el domingo, es decir, el día en que el obrero está libre—, habría que realizar un balance de los hechos más notables. A propósito, un trabajo semejante constituiría un modo maravilloso para educar a los responsables de las diversas secciones, quienes aprenderían a rebuscar más cuidadosamente aquello que vincula los diversos acontecimientos entre sí, cosa que se reflejaría beneficiosamente sobre la redacción cotidiana de cada sección.

Es imposible comprender las noticias del extranjero si no se poseen ciertos conocimientos geográficos elementales. Los mapas imprecisos que a veces reproducen los periódicos, incluso cuando resultan legibles, no ayudan demasiado al lector que ignora cómo están dispuestos los diversos países del mundo, cómo están repartidos los diferentes Estados. La cuestión de los mapas representa, en nuestra situación, o sea, en función del entorno capitalista y el ascenso de la revolución mundial, un importante problema de educación social. Dondequiera se organicen conferencias y mítines, o al menos en los locales más importantes, es necesario disponer de mapas especiales donde estén bien delimitadas las fronteras entre Estados, donde se señalen ciertos elementos del desarrollo económico y político de dichos Estados. Posiblemente resultase útil, como durante la guerra civil, fijar ese tipo de mapas esquemáticos en algunas calles y en ciertos lugares; seguramente se encontrarían los medios de hacerlo. El año pasado se distribuyó una cantidad inverosímil de banderolas con cualquier pretexto. ¿No sería mejor utilizar esos medios para dotar a las fábricas, a los talleres y luego a las aldeas de mapas? Cada conferenciante, cada orador, etc., al evocar a Inglaterra y sus colonias, podría ubicarlas inmediatamente sobre el mapa, e igualmente mostraría dónde se encuentra el Ruhr. El orador será el primero en sacar ventajas, ya que sabrá más clara y precisamente de qué habla puesto que deberá averiguar antes dónde se encuentra tal o cual país, tal o cual Estado. Y la audiencia, si la cuestión le interesa, no dejará de acordarse de lo que se le habrá mostrado, posiblemente no la primera, pero sí la quinta o décima vez. Y a partir de aquel momento, cuando las palabras “Ruhr”, “Londres”, “India”, dejen de carecer de sentido, el lector leerá los comunicados de una manera totalmente diferente. Leerá gustosamente en el diario la palabra “India” cuando sepa dónde se encuentra ese país. Se sentirá más seguro de sí mismo, asimilará mejor los comunica dos y los artículos políticos; se sentirá más culto, y efectivamente lo será. Así, unos mapas claros y elocuentes se tornan en un elemento fundamental de la educación política de todos. El Gosizdat[2] debería ocuparse seriamente de este problema.

Pero volvamos al periódico. Los defectos que hemos señalado respecto de las “noticias del extranjero” los reencontramos en la información “sobre el país”, en parte en lo concerniente a la actividad de las empresas, de las cooperativas soviéticas, etc. Esta actitud negligente, descarada ante el lector, resalta a menudo en las “pequeñas nadas” que bastan para estropearlo todo.

Las empresas soviéticas son nombradas mediante abreviaturas, a veces incluso son designadas únicamente por sus iniciales (la primera letra de cada palabra). Esto permite, en la misma empresa o en las empresas vecinas, economizar tiempo y papel. Pero la gran mayoría de los lectores no puede conocer esas abreviaturas convencionales. Además, nuestros periodistas, cronistas y reporteros hacen malabarismos con montones de siglas incomprensibles, como clowns con sus balones. Así, por ejemplo, se informa de una discusión con el camarada Untel, presidente del SAM[3], y esta sigla se utiliza decenas de veces a todo lo largo del artículo. Es preciso ser un burócrata soviético sagaz para entender que se trata del Servicio de la Administración Municipal. Jamás la masa de los lectores podrá descifrar esta abreviatura e, irritados, abandonarán el artículo y posiblemente incluso el periódico. Nuestros periodistas deben meterse muy bien en la cabeza que las abreviaturas y las siglas solamente son válidas en la medida en que sean inmediatamente comprensibles; cuando no sirven más que para confundir los espíritus, utilizarlas resulta criminal y estúpido.

Un diario, como hemos dicho anteriormente, debe ante todo informar correctamente. No puede constituir un instrumento de educación más que si la información que brinda está bien confeccionada, es interesante y está juiciosamente expuesta. Un acontecimiento debe sobre todo ser presentado en forma clara e inteligible: hay que precisar dónde ocurre, qué ocurre y cómo ocurre. Muchas veces consideramos que los acontecimientos y los hechos son en sí mismos conocidos del lector, o que los comprende mediante una simple alusión, o incluso que no tienen ninguna importancia y que la finalidad del periódico supuestamente reside “a propósito” de tal o cual hecho (que el lector ignora o que no comprende), en relatar un amasijo de cosas edificantes de las que hace mucho tiempo que se está hasta la coronilla. Esto es lo que a menudo ocurre debido a que el autor del artículo o del suelto no siempre sabe de qué está hablando y, para ser sinceros, porque es demasiado perezoso para informarse, para leer, para tomar el teléfono y verificar sus informaciones. Elude entonces el elemento vital del tema y relata, “a propósito” de cualquier hecho, que la burguesía es la burguesía y que el proletariado es el proletariado. Queridos colegas periodistas: el lector os suplica no aleccionarlo, no sermonearlo, no apostrofarlo ni agredirlo, sino relatarle, exponerle y explicarle clara e inteligentemente lo que ha ocurrido, dónde y cómo. Ellos mismos extraerán las lecciones y las exhortaciones.

El escritor, particularmente el periodista, no debe partir de su punto de vista sino de la perspectiva del lector. He aquí una distinción muy importante que se refleja en la estructura de cada artículo en particular y en la estructura del periódico en su conjunto. En el primer caso el escritor (torpe y poco consciente de la importancia de su trabajo) presenta simplemente al lector su propia persona, sus propios puntos de vista, sus pensamientos y, muy a menudo, sus frases. En el otro, el escritor que encara su tarea con justeza, conduce al lector por sí sólo a las conclusiones necesarias, utilizando para ello la experiencia cotidiana de las masas. Aclaremos esta idea mediante un ejemplo citado en el curso de la reunión de agitadores de Moscú.

Como es sabido, este año una violenta epidemia de malaria asoló el país. Mientras que las viejas epidemias —tifus, cólera, etc.— han disminuido notoriamente durante estos últimos tiempos (alcanzando inclusive tasas inferiores a las de preguerra), la malaria se ha incrementado en proporciones inusitadas, y ataca ciudades, distritos, fábricas, etc. Sus apariciones súbitas, el flujo y reflujo, la periodicidad (la regularidad) de sus accesos determinan que la malaria no actúe solamente sobre la salud, sino también sobre la imaginación. Se habla de ella, se piensa en ella, y así ofrece un terreno propicio para las supersticiones tanto como para la propaganda científica. Pero nuestra prensa no se interesa aún lo suficiente en ella. Y sin embargo, cada artículo referido a la malaria, como lo señalaron los camaradas de Moscú, suscita el mayor interés: el número del diario pasa de mano en mano, el artículo se lee un voz alta. Resulta perfectamente evidente que nuestra prensa, sin limitarse a la propaganda sanitaria del comisariado de la salud pública, debe emprender un importante trabajo sobre este tema. Hay que empezar por describir el desarrollo mismo de la epidemia, precisar las regiones en donde se expande, enumerar las manufacturas y las fábricas que ataca más específicamente. Esto establecerá ya un vínculo viviente con las masas más atrasadas al mostrarles que se las conoce, que existe interés por ellas, que no se las olvida. A continuación es preciso explicar la malaria desde un punto de vista científico y social, mostrar mediante decenas de ejemplos que se desarrolla en condiciones de vida y de producción particulares, esclarecer realmente las medidas adoptadas por los organismos gubernamentales, brindar los consejos necesarios y repetirlos insistentemente de uno a otro número, etc.

En este terreno, se puede y se debe desarrollar la propaganda contra los prejuicios religiosos. Si las epidemias, como en general todas las enfermedades, representan un castigo por los pecados cometidos, entonces, ¿por qué la malaria abunda más en los lugares húmedos que en los secos? Una carta del desarrollo de la malaria, acompañada por las explicaciones prácticas necesarias, es un notable instrumento de propaganda antirreligiosa, y su impacto será tanto más importante en la medida en que el problema afecta al mismo tiempo y muy vivamente a amplios grupos de trabajadores.

Un periódico no tiene el derecho de desinteresarse por aquello que interesa a la masa, a la multitud obrera. Sin duda, cada periódico puede y tiene que brindar su interpretación de los hechos, ya que está destinado a educar, a incrementar, a elevar el nivel cultural; pero solamente logrará esta finalidad si se apoya en los hechos, en los pensamientos que interesan a la masa de los lectores.

Es indudable, por ejemplo, que los procesos y lo que se denomina la “crónica menuda” —infortunios, suicidios, crímenes, dramas pasionales, etc.— impactan enormemente a vastas capas de la población, y ello debido a una razón muy sencilla: son ejemplos notables de la vida que se lleva. No obstante, por regla general nuestra prensa les acuerda una escasa atención a dichos hechos, limitándose —en el mejor de los casos— a algunas líneas en pequeños caracteres. Conclusión: las masas extraen sus informaciones, a menudo mal interpretadas, de fuentes menos cualificadas. Un drama familiar, un suicidio, un crimen, una sentencia severa, impactan en la imaginación y seguirán haciéndolo. El “proceso de Komarov” incluso eclipsó, durante cierto tiempo, al “affaire Curzon”[4], escriben los camaradas Lagutín y Kasanski, de la manufactura de tabacos La Estrella Roja. Nuestra prensa debe manifestar el mayor interés por estos hechos diversos; tiene que exponerlos, comentarlos, aclararlos; debe ofrecer una explicación que considere simultáneamente la psicología, la situación social y el modo de vida. Decenas y centenares de artículos donde se repiten unos lugares comunes acerca del aburguesamiento de la burguesía y de la estupidez de los pequeñoburgueses no dejarán más huellas en el lector que una inoportuna llovizna de otoño.

Pero el proceso de un drama familiar, bien relatado y seguido a lo largo de una serie de artículos, puede interesar a millares de lectores y despertarles nuevos sentimientos y pensamientos, revelarles un horizonte más amplio. Luego de lo cual posiblemente algunos lectores solicitarán un artículo general sobre el tema de la familia. La prensa burguesa sensacionalista extrae un enorme provecho de los crímenes, de los envenenamientos, especulando sobre la curiosidad malsana y sobre los más viles instintos del hombre. Pero de ello no se concluye de ninguna manera que debamos apartar simplemente la vista de la curiosidad y de los instintos de los hombres en general. Esto sería la hipocresía y la tartufería más puras. Somos el partido de las masas, constituimos un Estado revolucionario y no una orden espiritual ni un monasterio. Nuestros periódicos deben satisfacer no sólo la curiosidad más noble, sino también la curiosidad natural; basta con que eleven y mejoren el nivel presentando y aclarando los hechos adecuadamente. Los artículos y los sueltos de este tipo tienen siempre y en todas partes un gran éxito, pero casi nunca se los lee en la prensa soviética. Se dirá que se carece para este tema de los especialistas literarios necesarios, cosa que sólo en parte es verdad. Cuando un problema se plantea clara y juiciosamente, siempre se encuentran hombres capaces de resolverlo. Ante todo es menester operar una seria reorientación de la atención. ¿En qué dirección? En la del lector, del lector vivo, tal como es, del lector masivo, despertado por la revolución pero aún poco letrado, ávido de conocimiento pero completamente desprovisto y que sigue siendo un hombre a quien nada de lo humano le es extraño. El lector tiene necesidad de que se le manifieste interés, aunque no siempre sepa expresar ese deseo. Pero los veinticinco agitadores y propagandistas de Moscú han sabido realmente hablar por él.

No todos nuestros jóvenes escritores propagandistas saben escribir de modo que se les entienda, y posiblemente ello se deba a que no han debido abrirse un camino a través de la dura corteza del oscurantismo y de la ignorancia. Ellos se han abocado a la literatura agitativa en una época en la cual, en capas bastante amplias de la población, un conjunto de ideas, de términos y de giros ya habían circulado desde hacía mucho tiempo. Un peligro amenaza al partido: aislarse de las masas sin partido, como producto del hermetismo del contenido y de la forma de la propaganda, de la creación de una jerga partidaria inaccesible no sólo a las nueve décimas partes de los campesinos, sino también de los obreros. Pero la vida no se detiene un solo instante, y las generaciones se suceden. Hoy el destino de la república soviética es asumido en gran parte por quienes, en el momento de la guerra imperialista y de las revoluciones de marzo y de octubre, tenían quince, dieciséis, diecisiete años.

Este “empujón” de la juventud que toma nuestro relevo se hará sentir cada vez más.

No es posible dirigirse a esta juventud con las fórmulas hechas, las frases, los giros, las palabras que tienen un sentido para nosotros, los viejos, puesto que ellos derivan de nuestra experiencia anterior, pero para ella carecen de contenido. Hay que aprender a hablar su lenguaje, o sea, el lenguaje de su experiencia.

La lucha contra el zarismo, la revolución de 1905, la guerra imperialista y las dos revoluciones de 1917 son para nosotros experiencias vividas, remembranzas, hechos relevantes de nuestra propia actividad. Hablamos de ellos mediante alusiones, nos acordamos de ellos y completamos mentalmente lo que no expresamos. Pero, ¿y la juventud? Ella no entiende esas alusiones porque no conoce los hechos, no los ha vivido, y no puede conocerlos ni por los libros ni a través de relatos objetivos porque éstos no existen. Allí donde una alusión es suficiente para la vieja generación, la juventud requiere un manual. Es hora de editar una serie de manuales y de obras de educación política revolucionaria para uso de la juventud.



[1] ROSTA: Agencia Telegráfica Rusa, antecesora de la Agencia TASS.

[2] Gosizdat: Ediciones del Estado.

[3] En ruso, OKX.

[4] Se trata de las intrigas antisoviéticas del diplomático inglés G. N. Curzon (1859-1925), que fue uno de los organizadores de la intervención contra la URSS: en 1919, envió una nota al gobierno soviético ordenándole cesar el avance de las tropas del Ejército Rojo, conforme con una línea llamada “la línea Curzon”. En 1923, envió un ultimátum provocador al gobierno soviético, amenazándolo con una nueva intervención.



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