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II. La composición social del partido

 


La crisis interna del partido no se limita, por supuesto, a las relaciones entre generaciones. Históricamente, en un sentido más amplio, su solución está determinada por la composición social del partido y, sobre todo, por la proporción de células de fábrica y de proletarios industriales.
 
Después de la toma del poder, la primera preocupación de la clase obrera fue crear un aparato estatal (ejército, órganos de dirección de la economía etc.). Pero la participación de los obreros en los aparatos estatal, cooperativo y otros implicaba un debilitamiento de las células de fábrica y un aumento excesivo, dentro del partido, del número de funcionarios, fuesen o no de origen proletario. Aquí reside el problema. Y sólo se podrá resolver por medio de progresos económicos considerables, de un fuerte impulso dado a la vida industrial y de una constante afluencia de obreros manuales a las filas del partido.
 
¿Con qué rapidez se efectuará ese proceso fundamental, a través de qué flujos y reflujos pasará? Por el momento, es difícil preverlo. En el estado actual de nuestro desarrollo económico es preciso hacer, evidentemente, todo lo posible para atraer hacia el partido a la mayor cantidad posible de obreros que trabajan en fábricas. Pero no se logrará modificar seriamente la composición del partido (de modo, por ejemplo, que las células de fábrica constituyan sus dos terceras partes) sino muy lentamente, y sólo apoyándose en notables progresos económicos. En todo caso, debemos prever un período aún muy largo durante el cual los miembros más experimentados y activos del partido (incluidos naturalmente los comunistas de origen proletario) serán absorbidos por diferentes funciones del aparato estatal, sindical, cooperativo y del partido. Y por eso mismo, este hecho implica un peligro, ya que es una de las fuentes del burocratismo.
 
La educación de la juventud ocupa y ocupará necesariamente en el partido un lugar excepcional. Pero al formar en nuestras universidades obreras, nuestras facultades, nuestros establecimientos de enseñanza superior, al nuevo contingente de intelectuales, que cuenta con una gran proporción de comunistas, separamos a los jóvenes elementos proletarios de la fábrica no solamente durante el período de sus estudios sino generalmente para toda su vida. En efecto, la juventud obrera que ha pasado por las escuelas superiores estará, en realidad, totalmente afectada al aparato industrial, estatal o al del partido. Ese es el segundo factor de destrucción del equilibrio interno del partido en detrimento de sus núcleos fundamentales: las células de fábrica.
 
El problema del origen, proletario, intelectual o de otro tipo, de los comunistas tiene evidentemente importancia. En el período inmediatamente posterior a la revolución, la profesión ejercida antes de Octubre parecía hasta decisiva. En efecto, la asignación de los obreros a una determinada función soviética era considerada una medida provisional. Actualmente, en ese sentido, se ha verificado un cambio profundo. Es indudable que los
 
presidentes de comités regionales o los comisarios de divisiones, cualquiera sea su origen, representan un tipo social determinado, independientemente del origen de cada uno de ellos. Durante estos seis años se han formado en el régimen soviético grupos sociales bastante estables.
 
Así, en la actualidad, y por un período relativamente bastante largo, un sector considerable del partido, representado por los comunistas más competentes, es absorbido por los diferentes aparatos de dirección y de administración civil, militar, económico, etcétera. Otro sector, igualmente importante, está dedicado a estudiar. Un tercer sector está disperso por el campo y se dedica a la agricultura. Sólo la cuarta categoría (que en la actualidad representa menos de la sexta parte de los afiliados) está compuesta por proletarios que trabajan en las fábricas. Es evidente que el desarrollo del aparato del partido y la burocratización inherente a ese desarrollo son originados no por las células de fábrica vinculadas entre sí por medio del aparato, sino por todas las otras funciones que el partido ejerce a través de los aparatos estatales de administración, de gestión económica, de mando militar, de enseñanza. En otras palabras, la fuente del burocratismo radica en la creciente concentración de la atención y de las fuerzas del partido en las instituciones y aparatos gubernamentales y en la lentitud del desarrollo de la industria.
 
Este estado de cosas debe hacernos comprender los peligros de degeneración burocrática de los cuadros del partido. Seriamos fetichistas si consideráramos a estos cuadros (por el solo hecho de haber seguido la mejor escuela revolucionaria del mundo) al margen de todo peligro de empobrecimiento ideológico y de degeneración oportunista. La historia es hecha por los hombres, pero los hombres no siempre hacen conscientemente la historia, incluso la suya propia. En definitiva, el problema será resuelto por dos grandes factores de importancia internacional: la marcha de la revolución en Europa y la rapidez de nuestro desarrollo económico. Pero sería un error el atribuir de modo fatalista toda la responsabilidad a estos dos factores objetivos, así como buscar garantías únicamente en un radicalismo subjetivo heredado del pasado. En la misma situación revolucionaria, y en las mismas condiciones internacionales, el partido resistirá en mayor o menor medida a las tendencias desorganizadoras según sea más o menos consciente de los peligros y los combata con mayor o menor vigor.
 
Es evidente que la heterogeneidad de la composición social del partido, lejos de debilitar los aspectos negativos del “viejo curso”, los agrava al extremo. El único medio de triunfar sobre el corporativismo, sobre el espíritu de casta de los funcionarios, es realizar la democracia.
 
Conservando la “calma”, el burocratismo divide al partido y afecta igualmente, aunque de manera diferente, a las células de fábrica, a los trabajadores en el campo de la economía, a los militares y a la juventud estudiantil.
 
Esta última, como habíamos visto, reacciona de manera particularmente vigorosa contra el burocratismo. Lenin había propuesto, justamente, para combatir el burocratismo, recurrir decididamente a los estudiantes. Debido a su composición social y a sus vinculaciones, los jóvenes estudiantes son un reflejo de todos los grupos sociales de nuestro partido así como de su estado de ánimo. Su sensibilidad y su ímpetu los llevan a imprimir inmediatamente una fuerza activa a ese estado de ánimo. Como estudian, se esfuerzan por explicar y generalizar. Esto no quiere decir que todos sus actos y estados de ánimo reflejen tendencias sanas. Si así ocurriese, significaría, y no es nuestro caso, o que todo marcha bien en el partido o que la juventud ya no es el reflejo del partido.
 
En principio, es justo afirmar que nuestra base no son los establecimientos de enseñanza sino las células de fábrica. Pero al decir que la juventud es nuestro barómetro, asignamos a sus manifestaciones políticas un valor no esencial sino sintomático. El barómetro no crea el tiempo, se limita a registrarlo. En política, el tiempo se forma en las profundidades de las clases y en los campos donde estas últimas entran en contacto entre sí. Las células de fábrica crean una vinculación directa entre el partido y la clase, esencial para nosotros, del proletariado industrial. Las células rurales sólo crean una vinculación mucho más débil entre el partido y el campesinado.
Estamos ligados al campesinado principalmente a través de las células militares ubicadas en condiciones especiales. En cuanto a los jóvenes estudiantes, provenientes de todos los sectores y capas de la sociedad soviética, reflejan en su composición heterogénea todos nuestros defectos y nuestras cualidades, y sería una necedad no conceder la mayor atención a su estado de ánimo. Además, un sector considerable de nuestros nuevos estudiantes son comunistas que han tenido una experiencia revolucionaria bastante importante. Y los partidarios más obstinados del “aparato” se equivocan enormemente al despreciar a esta juventud que es nuestro medio de auto-control, que deberá tomar nuestro lugar y a la que pertenece el futuro.
 
Pero volvamos al problema de la heterogeneidad de los grupos del partido separados entre sí por sus funciones en el estado. Repitamos que el burocratismo del partido no es un resabio del período anterior en vías de desaparecer sino, por el contrario, un fenómeno esencialmente nuevo, originado por nuevas tareas, nuevas funciones, nuevas dificultades y nuevos errores del partido.
 
El proletariado realiza su dictadura por medio del estado soviético. El partido comunista es el partido dirigente del proletariado y, en consecuencia, de su estado. El problema consiste en ejercer activamente ese poder sin fundir al partido con el aparato burocrático del estado con el objeto de no exponerse al riesgo de una degeneración burocrática.
Los comunistas se hallan agrupados de manera diferente según estén en el partido y en el aparato del estado. En este último, están dispuestos jerárquicamente en relación con los otros comunistas y los sin partido. En el partido, son todos iguales, en lo que concierne a la determinación de las tareas y de los métodos de trabajo fundamentales. Los comunistas trabajan en las fábricas, forman parte de los comités de fábrica, administran las empresas, los trusts, los sindicatos, dirigen el Consejo de Economía Nacional, etcétera. En la dirección de la economía, el partido tiene y debe tener en cuenta la experiencia, las observaciones y la opinión de todos sus miembros ubicados en los diferentes niveles de la escala de la administración económica. La ventaja esencial e incomparable de nuestro partido consiste en que puede, en todo momento, observar la industria con los ojos del tornero comunista, del especialista comunista, del director comunista, del comerciante comunista, reunir la experiencia de esos trabajadores que se completan entre si, extraer los resultados y determinar así su línea de dirección de la economía en general y de cada empresa en particular.
 
Es evidente que esta dirección sólo es realizable sobre la base de la democracia viva y activa dentro del partido. Cuando, por el contrario, los métodos del “aparato” prevalecen, la dirección ejercida por el partido cede el lugar a la administración ejercida por sus órganos ejecutivos (comité, oficina, secretaría, etc.). Al reforzarse ese sistema, todos los asuntos se concentran en manos de un pequeño grupo, muchas veces en un sólo secretario que nombra, destituye, imparte las directivas, sanciona, etcétera.
Si se tiene esa concepción de la dirección, la principal superioridad del partido, es decir, su múltiple experiencia colectiva, pasa a segundo plano.
 
La dirección adquiere un carácter de pura organización y degenera frecuentemente en la estrechez de miras y en el espíritu de mando. El aparato del partido entra cada vez más en el detalle de las tareas del aparato soviético, vive de sus preocupaciones diarias, se deja influenciar por él y, al preocuparse por los detalles, pierde de vista las grandes líneas.
 
Si la organización del partido en cuanto colectividad es siempre más rica en experiencias que cualquier órgano del aparato estatal, no ocurre lo mismo con los funcionarios considerados individualmente. En efecto, sería ingenuo creer que un secretario, gracias a su cargo, reúne en él todos los conocimientos y toda la competencia necesarios para la dirección de su organización. En realidad, se crea un aparato auxiliar con secciones burocráticas, un servicio de informaciones burocrático y ese aparato, que lo acerca al aparato soviético, lo mantiene apartado de la vida del partido. Y creyendo mover a los otros, él mismo es movido por su propio aparato.
 
Toda la práctica cotidiana del estado soviético se infiltra así en el aparato del partido e introduce en él el burocratismo. El partido, en cuanto colectividad, pierde el sentido de su poder pues no lo ejerce. De aquí surgen descontentos o incomprensiones, aun en el caso en que ese poder sea ejercido de manera efectiva. Pero ese poder sólo puede mantenerse en la línea justa si no se diluye en detalles mezquinos y logra mantener un carácter sistemático, racional y colectivo. De ese modo, el burocratismo no solamente destruye la cohesión interna del partido sino que debilita la acción necesaria de este último sobre el aparato estatal. Esto es lo que no observan ni comprenden la mayoría de las veces los que reclaman con más ardor para el partido el rol dirigente en el estado soviético. 



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