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II - Mister Baldwin y...la evolución gradual

 

 

12 de marzo de 1925, Mr. Baldwin, primer ministro inglés y líder del partido conservador, pronunciaba en Leeds, ante un auditorio conservador, un gran discurso sobre los destinos de Inglaterra. Este discurso, como gran número de otras arengas de Mr. Baldwin, estaba lleno de inquietud. Consideramos esta inquietud perfectamente justificada y legítima desde el punto de vista del partido de Mister Baldwin. Pero nosotros abordamos las mismas cuestiones desde otro extremo. Mr. Baldwin teme al socialismo, y ha intentado, para mostrar los peligros y las dificultades de la marcha hacia el socialismo, citar en apoyo de su tesis, de manera un poco inesperada, al autor de estas líneas. Lo cual nos da, esperámoslo, el derecho de responder a Mr. Baldwin sin correr el riesgo de ser acusados de intervenir en los asuntos interiores de la Gran Bretaña.
 
Baldwin considera, no sin razón, el crecimiento del partido obrero como el mayor peligro para el régimen que defiende. Espera, desde fuego, vencer, “porque nuestros principios (conservadores) están más estrechamente ligados al carácter y a las tradiciones de nuestro, pueblo que las tradiciones y los principios de las transformaciones violentas”.
 
El líder conservador recuerda, sin embargo, a sus oyentes que el último veredicto electoral no queda sin apelación. Baldwin mismo sabe muy bien, naturalmente, que el socialismo es irrealizable. Pero como se halla sumido en una cierta emoción y además habla a un auditorio convencido de la imposibilidad del socialismo, los argumentos que produce no se distinguen por un gran ingenio. Recuerda al auditorio conservador que los hombres no nacen ni libres, ni iguales, ni hermanos. Se dirige a cada madre presente en la reunión y le pregunta si sus hijos nacen iguales. La risa satisfecha y complaciente del auditorio le responde. Bien es verdad que estos mismos argumentos sirvieron a los antepasados espirituales de Baldwin de respuesta a las reivindicaciones de las masas populares inglesas sobre el derecho de creer libremente y de organizar la iglesia a su voluntad. Iguales argumentos sirvieron más tarde contra la igualdad ante los tribunales y, más tarde aún, muy recientemente, contra el sufragio universal. Los hombres no nacen iguales. Mister Baldwin: ¿por qué entonces deben comparecer ante los mismos tribunales para ser juzgados conforme a las mismas leyes? Cabría igualmente oponer a Baldwin que, aunque nacen desiguales, los niños (desiguales) son, según se acostumbra, igualmente alimentados por sus madres, que también se preocupan, si tienen los
medios, de calzarlos igualmente a todos. Sólo las madrastras pueden conducirse de otro modo. Podría enseñársele a Mr. Baldwin que el socialismo no se propone de ningún modo por objeto instaurar la igualdad anatómica, fisiológica y psicológica, y aspira sólo a asegurar a todos los hombres iguales condiciones materiales de existencia. Pero no fatigaremos más a nuestros lectores desarrollando estas ideas completamente elementales. El mismo Mr. Baldwin, si le interesa el tema, puede remontar a las fuentes, y como su filosofía determinará en él cierta predilección hacia los autores antiguos y puramente británicos, podríamos recomendarle el viejo Roberto Owen[1], quien, cierto es, no entendía nada en absoluto de la dinámica de clase de la sociedad capitalista, pero en el cual pueden encontrarse sobre las ventajas del socialismo consideraciones verdaderamente preciosas.
 
El fin del socialismo, harto condenable en sí, no asusta tanto a Mr. Baldwin, no hay que decirlo, como el camino de la violencia que a él conduce. Baldwin observa en el partido obrero dos tendencias. La una representada, según sus propias palabras, por Mr. Sidney Webb, que reconoce “la ineluctabilidad de los cambios graduales. Pero hay líderes de otra clase, si creemos a Mr. Baldwin, tales como Cook y Whitley (sobre todo después que este último ha abandonado su cartera de ministro) que creen en la violencia. De manera general, las responsabilidades gubernamentales han ejercido, en opinión de Mr. Baldwin, una influencia salvadora sobre los líderes del partido obrero y les han obligado a reconocer con Webb el carácter desventajoso de los métodos revolucionarios y la ventaja de los cambios graduales. Llegado a este punto, Baldwin procedió, para enriquecer su pobre arsenal de argumentos contra el socialismo, a una cierta intervención en los asuntos rusos.

Citamos textualmente la reseña del Times:
 
“El primer ministro cita a Trotsky, quien (según Mr. Baldwin) ha descubierto y escrito en los últimos años que, “cuanto más fácil le ha sido al proletariado ruso atravesar la crisis revolucionaria, tanto más difícil le ha sido edificar”. Trotsky ha dicho también lo que ninguno de los líderes extremistas ha dicho aún en Inglaterra: “Debemos aprender a trabajar con mayor rendimiento.” Quisiera saber (dice Baldwin) cuántos votos se darían
a la revolución en Inglaterra si el pueblo estuviera advertido de antemano que el único (?) resultado del trastorno social sería la necesidad de trabajar con un rendimiento más alto (Risas y aprobación). Trotsky dice en su libro: “Existía y existe en Rusia, antes y después de la revolución, la naturaleza inmodificable del hombre ruso” (?!). Trotsky, hombre de acción, después de estudiar la realidad, ha descubierto poco a poco, no sin resistencia, lo que mister Webb descubrió hace ya dos años: la ineluctabilidad de los cambios graduales. (Risas y aprobación).”
 
Ciertamente es muy halagüeño el ser recomendado al auditorio conservador de Leeds. Dudamos que un mortal pueda en general pedir más. Y casi es tan halagüeño llegar a ser el vecino inmediato de Sidney Webb, profeta de la evolución gradual. Pero antes de aceptar esta distinción, no nos molestaría recibir de Mr. Baldwin algunas aclaraciones autorizadas.
 
Jamás nos ha venido a la mente ni a nuestros maestros ni a nosotros mismos, aun antes de la experiencia de los “recientes últimos años”, la idea de negar la gradación del desarrollo en la naturaleza, así como en la sociedad humana, en su economía, en su política y en sus costumbres. Desearíamos solamente poder entendernos respecto al carácter relativo de esta evolución gradual. Así, tomando un ejemplo familiar a mister Baldwin, en su calidad de proteccionista, recordaremos que Alemania, entrando paulatinamente durante el último cuarto del siglo pasado en la arena de la concurrencia mundial, llegó a ser para Inglaterra un rival extremadamente temible. Las cosas condujeron, como se sabe, a la guerra. ¿Considera Baldwin la guerra como una manifestación de los métodos de evolución gradual? Durante la guerra, el partido conservador exigió el “aniquilamiento de los hunos” y el destronamiento del Káiser alemán por la espada británica. Desde el punto de vista de la teoría de la evolución gradual hubiera sido más justo, al parecer, esperar a la suavización de las costumbres de Alemania y al mejoramiento gradual de sus relaciones con Inglaterra. Pero, por lo que recordamos, Mr, Baldwin rechazaba categóricamente en el período de 1914 a 1918 la aplicación del método de la evolución gradual a las relaciones anglo-alemanas e intentaba resolver el problema con ayuda de las mayores cantidades posibles de materias explosivas. Presumimos que la dinamita y la linita no pueden serconsiderados en modo alguno apropiados a la acción conservadora evolutiva. La Alemania anterior a la guerra, por su parte, no había surgido completamente armada una buena mañana de la espuma de los mares. No: se había desarrollado gradualmente, partiendo de su insignificancia económica de otros tiempos. Hubo, sin embargo, en este proceso gradual ciertas interrupciones: las guerras que Prusia hizo en 1864 a Dinamarca, en1866 a Austria y en 1870 a Francia, jugaron un papel colosal en el desarrollo de su fuerza y le permitieron la posibilidad de empeñarse victoriosamente en el camino de la concurrencia con Inglaterra.
 
La riqueza, resultado del trabajo humano, se crea, sin duda alguna, con ciertas gradaciones. No obstante, ¿accederá quizá Mr. Baldwin a reconocer que los años de guerra han provocado en el desarrollo de la riqueza de los Estados Unidos un prodigioso salto de altura? La acumulación gradual ha sido brutalmente interrumpida por el cataclismo que ha producido el empobrecimiento de Europa y el desmedido enriquecimiento de América.
 
Mister Baldwin mismo ha narrado en un discurso parlamentario consagrado al tradeunionismo el salto que se había producido en su propio destino. Mr. Baldwin dirigió en su juventud una fábrica que se transmitía de generación en generación, en la que los obreros nacían y morían y en la que reinaba por consiguiente, sin división, el principio de la gradación patriarcal. Pero estalló una huelga de mineros. La fábrica se encontró, por falta de carbón, en la imposibilidad de trabajar, y Mr. Baldwin se vio obligado a cerrarla y a licenciar a “sus” mil obreros. Es verdad que puede argüir la mala voluntad de los mineros, que le obligaron a atentar contra el sagrado principio del conservadurismo. Los mineros podrían probablemente alegar a su vez la mala voluntad de sus patronos, que les habían obligado a una huelga grandiosa que representaba una interrupción del proceso monótono de la explotación. Pero, en fin de cuentas, los motivos subjetivos nos son en este caso totalmente indiferentes. Nos basta comprobar que la evolución gradual se acompaña en los diferentes campos de la vida de catástrofes, de interrupciones y de saltos bruscos hacia arriba o hacia abajo. El largo proceso de las rivalidades de dos Estados prepara gradualmente la guerra, el descontento de los obreros explotados prepara gradualmente la huelga; la mala administración de un Banco prepara gradualmente la quiebra.
 
El honorable líder conservador puede decir, es cierto, que las interrupciones en la evolución gradual tales como la guerra y la bancarrota, el empobrecimiento de Europa y el enriquecimiento de América a su costa son cosas muy tristes y que sería necesario, de manera general, evitarlos. No podemos responder a esto sino que la historia de los pueblos es, en una importante medida, la de las guerras, y que la historia del desarrollo económico está adornada con la estadística de las quiebras. Baldwin diría probablemente en este punto que tales son las propiedades de la naturaleza humana. Admitámoslo, pero esto significa precisamente que la naturaleza misma del hombre conjuga el desarrollo gradual con los saltos catastróficos.
 
Empero, la historia de la humanidad no es solamente la de las guerras sino también la de las revoluciones. Los derechos señoriales, adquiridos en el curso de los siglos y minados a continuación en el curso de los siglos por el desarrollo económico, fueron barridos en Francia por el único acto del 4 de agosto de 1789. La revolución alemana abolió el 9 de noviembre de 1918 el absolutismo germánico, minado por la acción del proletariado y zapado por las victorias militares de los aliados. Hemos recordado ya que una de las consignas de lucha del Gobierno británico era ésta: “Guerra hasta el aplastamiento total del imperialismo germánico.” ¿No cree mister Baldwin que, en la medida en que la catástrofe militar preparó en Alemania (con una cierta participación en esta obra del mismo Mr. Baldwin) la catástrofe revolucionaria, todos estos acontecimientos no se han realizado sin causar un apreciable daño a las gradaciones históricas? Es cierto que se puede oponer que los culpables son, en este caso, el militarismo alemán y, por añadidura, la mala voluntad del Káiser. De buen grado creemos que si Mr. Baldwin hubiera creado el mundo, no habría dejado de poblarlo de los káiseres mejor intencionados y de los más dulces militarismos. Desgraciadamente, el Premier inglés no ha tenido ocasión para ello. Y le hemos oído decir que los hombres, el Káiser incluido, no nacen ni iguales, ni buenos, ni hermanos. Es, pues, necesario tomar el mundo tal y como es. Aún más: si la derrota del imperialismo germánico es un bien, es necesario admitir que la revolución alemana, rematando la obra de la derrota militar, lo ha sido también, es decir, que la catástrofe que de un solo golpe desmoronó el edificio erigido poco a poco fue un bien.
 
Mister Baldwin puede, ciertamente, oponer que todo esto no se relaciona directamente con Inglaterra y que el principio de la evolución gradual no ha encontrado su legítima expresión más que en este país elegido. Si así fuera, Mr. Baldwin habría cometido un error refiriéndose a mis palabras relativas a Rusia y al prestar por ello mismo al principio de la evolución gradual un carácter universal, general, absoluto. Mi experiencia política no lo confirma. Por cuanto yo recuerdo, tres revoluciones han sido realizadas en Rusia: en 1905, en febrero de 1917 y en octubre del mismo año. Respecto de la de febrero, Buchanan, que no es un desconocido para mister Baldwin y que consideraba de toda evidencia en aquel momento, no sin el consentimiento de su Gobierno, que una pequeña catástrofe revolucionaria en Petrogrado favorecería mucho más los intereses de la Gran Bretaña que la evolución gradual de Rasputín, contribuyó a ella en modesta medida.
 
Pero ¿es cierto, en fin, que el “carácter y la historia del pueblo inglés” estén, en un grado tan decisivo e incondicional, penetrados de las tradiciones conservadoras de la evolución gradual? ¿Es verdad que el pueblo inglés sea tan hostil a las “transformaciones violentas”? Por lo pronto, toda la historia de Inglaterra es la historia de las transformaciones violentas efectuadas por las clases dominantes británicas en la vida… de otros pueblos. A título de ejemplo, nos interesaría saber si la conquista de la India o de Egipto pueden ser explicadas con ayuda del principio de la evolución gradual. La política de las clases dominantes inglesas respecto de la India ha sido definida con la mayor franqueza por lord Salisbury en estos términos: “La India debe ser sangrada” (India must be bled). No es superfluo recordar que Salisbury fue el líder del partido hoy día dirigido por Mr. Baldwin. Añadamos aún entre paréntesis que, a consecuencia de la conjuración perfectamente organizada de la prensa burguesa, el pueblo inglés ignora de hecho lo que pasa en las Indias. (Nota bene: Esto precisamente es lo que se llama democracia.) Recordemos la historia de la infortunada Irlanda, historia rica en manifestaciones de los métodos evolutivos de las clases dominantes británicas. No recordamos que la sumisión del África del Sur[2] haya chocado contra las protestas de Mr. Baldwin; sin embargo, cuando las tropas del general Roberts rompieron el frente de defensa de los colonos boers, es muy dudoso que estos últimos hayan visto en esta acción una manifestación particularmente persuasiva del principio de la evolución gradual. Todo esto se aplica, es cierto, a la historia exterior de Inglaterra. Parece extraño, sin embargo, que el principio de la gradación evolutiva, que se nos recomienda como un principio general, deje de actuar fuera de las fronteras inglesas: en las fronteras de China, cuando es necesario obligar por la guerra a este país a comprar opio; en las fronteras de Turquía, cuando es necesario arrancar Mosul a esta última; en las fronteras de Persia y del Afganistán, cuando hay que imponer a estos países la sumisión a Inglaterra... ¿No es lícito concluir de aquí que Inglaterra lograba aplicar tanto mejor la evolución gradual dentro de sus propias fronteras, cuanto con mayor éxito ejercía la violencia contra otros pueblos? Precisamente. Durante tres siglos, Inglaterra ha sostenido una serie ininterrumpida de guerras encaminadas a ampliar, mediante la piratería y la violencia ejercidas contra otras naciones, su campo de explotación, a arrebatar las riquezas ajenas, a dar un golpe mortal a la concurrencia comercial del extranjero, a anular las fuerzas navales de este último, y a enriquecer de este modo a las clases dominantes británicas. Un estudio serio de los hechos y de su conexión interior nos lleva infaliblemente a la conclusión de que las clases dominantes de Inglaterra logran tanto mejor evitar los trastornos revolucionarios dentro de su país, cuanto con mayor éxito consiguen, con ayuda de guerras y de trastornos diversos en los países extranjeros, aumentar su poderío material, obteniendo así la posibilidad de contener, merced a concesiones oportunas, siempre parsimoniosas, la indignación revolucionaria de las masas. Pero esta conclusión, completamente incontestable en sí, demuestra justamente lo contrario de lo que quería probar Baldwin, ya que la historia de
Inglaterra da fe, en realidad, de que no se puede asegurar el desarrollo pacífico de un país sino con la ayuda de una serie ininterrumpida de guerras, de conquistas coloniales y de sangrientas conmociones. Cosa que en nada se parece a la evolución gradual. 
 
Un vulgarizador bastante conocido de la historia de Inglaterra para uso de las masas populares, Gibbons, escribe en su esquema de la historia de la Inglaterra contemporánea: “En general (aun cuando esta regla, naturalmente, conozca sus excepciones), el apoyo concedido a las libertades políticas y a los gobiernos constitucionales es el principio director de la política extranjera de Inglaterra.” Esta frase es realmente digna de atención; profundamente oficiosa, de un espíritu nacional, tradicional, nada deja subsistir de la hipócrita doctrina de la no intervención en los asuntos de los otros pueblos; testimonia también que Inglaterra alentó el movimiento constitucional en otros países en la medida en que le pareció conforme con sus intereses comerciales y demás. En los casos contrarios, “esta regla conoció sus excepciones”, dice el inimitable Gibbons. Se presenta la historia entera de Inglaterra, para edificación de su propio pueblo, y en contradicción con la doctrina de la no-intervención, corno una lucha gloriosa por la libertad sostenida en todo el universo por el Gobierno británico. A toda nueva empresa de violencia y de perfidia (guerra del opio con China, dominación de Egipto, guerra contra los boers, intervención en favor de los generales del Zar) se la presenta como una excepción accidental de la regla. De suerte que la gradación aparece infringida más de una vez tanto del lado de la libertad como del lado del despotismo.
 
Se puede, naturalmente, ir más lejos y decir que la violencia es admisible y aun inevitable en las relaciones internacionales, pero que es condenable entre las clases de un mismo país. Pero entonces no habría por qué hablar de la ley natural de la gradación que al parecer preside el desenvolvimiento de la naturaleza entera y de la sociedad. Sería menester entonces decir sencillamente: la clase oprimida debe sostener a la clase dominadora de su nación cuando ésta ejerce la violencia para sus propios fines, pero la clase oprimida no tiene el derecho de recurrir a la violencia para asegurarse una situación mejor en una sociedad fundada sobre la opresión. Esta no sería una ley de la naturaleza, sino una ley del código penal de la burguesía.
 
Ahora bien, el principio del desenvolvimiento gradual y pacífico está muy lejos de predominar en la historia interna de la Gran Bretaña tanto como dicen los filósofos conservadores. Al fin de cuentas, la Inglaterra actual ha salido de la revolución conservadora del siglo XVII. Los orígenes de los whigs y de los tories[3], que dejan su impronta en la historia de Inglaterra durante cerca de tres siglos, remontan a la poderosa guerra civil de esa época. Ya que Mr. Baldwin invoca las tradiciones conservadoras de la historia de Inglaterra, nos permitiremos recordarle que la tradición del partido más conservador descansa en la revolución de mediados del siglo XVII. Del mismo modo, el argumento que aduce el carácter del pueblo inglés nos obliga a recordar que este carácter se forjó en la guerra civil que puso frente a frente a los “cabezas redondas” y a los “caballeros”[4]. El carácter de los independientes[5]: pequeños burgueses, negociantes, artesanos, agricultores libres, pequeña nobleza rural, gentes prácticas, piadosas, económicas, laboriosas y emprendedoras, chocó rencorosamente con el carácter de las clases directoras, orgullosas y disolutas, de la vieja Inglaterra: nobleza cortesana, altos funcionarios, episcopado. Sin embargo, unos y otros eran ingleses. Con una pesada maza de guerra, Oliverio Cromwell forjó en el yunque de la guerra civil el carácter nacional que luego asegura a la burguesía inglesa en el curso de dos siglos y medio una superioridad inmensa en la lucha mundial, para manifestarse después, a fines del siglo XIX demasiado conservador aun desde el punto de vista del desarrollo capitalista. Claro está que la lucha del Parlamento Largo contra el poder personal de Carlos I[6] y la severa dictadura de Cromwell fueron preparados por la historia anterior de Inglaterra. Pero esto significa tan sólo que las revoluciones no se hacen arbitrariamente, sino que nacen de una manera orgánica de las condiciones del desenvolvimiento social y constituyen cuando menos etapas tan inevitables en el desenvolvimiento de las relaciones de las clases de un mismo pueblo entre sí, como las guerras en las relaciones de las naciones organizadas. Quizá Mr. Baldwin pueda descubrir en esta gradación de los caminos históricos una fuente de consolación teórica.
 
Las viejas ladies conservadoras, entre otras Mrs. Snowden[7], que descubría recientemente que las familias reales forman la clase más laboriosa de la sociedad, se estremecen verosímilmente durante la noche con el recuerdo de la ejecución de Carlos I. Ahora bien, Macaulay, a pesar de ser bastante reaccionario, se ha aproximado a la inteligencia de este acontecimiento. “Los hombres que le tenían entre sus manos (al rey) [dice] no eran asesinos nocturnos. Lo que hacían, lo hacían con la intención de que fuera un espectáculo para el cielo y la tierra que quedara grabado en la memoria eterna. Gozaban ávidamente de sus propias tentaciones. La antigua Constitución y la opinión pública de Inglaterra se oponían al regicidio; precisamente por esto el regicidio tentaba particularmente al partido que aspiraba a realizar una revolución política y social completa. A este fin, le era necesario ante todo demoler de arriba abajo todas las piezas de la máquina gubernamental; y esta necesidad le era más bien agradable que penosa… Fue instituida una alta sala de justicia. Esta declaró a Carlos tirano, traidor, asesino, enemigo del pueblo, y la cabeza del rey cayó, ante millares de espectadores, por frente del salón de fiestas de su propio palacio.” Desde el punto de vista de la aspiración de los puritanos de demoler de arriba abajo todas las piezas de la antigua máquina gubernamental, era de todo punto secundario que Carlos Estuardo fuese un pillo extravagante, falso y poltrón. No es únicamente a Carlos I, sino también al absolutismo monárquico a quien los puritanos dieron un golpe mortal, de cuyos frutos los protagonistas de la gradación parlamentaria se han beneficiado hasta hoy.
 
El papel de las revoluciones en el desarrollo político y social, en general, de Inglaterra, no se agota, sin embargo, en el siglo XVII. Se puede decir (aunque parezca paradójico) que todo el desarrollo más moderno de Inglaterra se ha efectuado con ayuda de las revoluciones europeas. Sólo daremos aquí una enumeración sumaria de sus principales clases; quizá no sea útil más que a Mr. Baldwin.
 
La gran revolución francesa dio un potente impulso al desarrollo de las tendencias democráticas en Inglaterra y, por encima de todo, al movimiento obrero, que las leyes de excepción de 1799 redujeron a la ilegalidad. La guerra contra la Francia revolucionaria sólo fue popular entre las clases directoras. Descontentas del Gobierno de Pitt[8], las masas populares simpatizaban con la revolución francesa. La creación de las Trade-Unions fue en una importante medida el resultado de la influencia de la revolución francesa en las masas laboriosas de Inglaterra.
 
La victoria de la reacción sobre el continente, aumentando la importancia de los nobles terratenientes, condujo en 1815 a la restauración de los Borbones en Francia y al establecimiento de los derechos sobre los trigos en Inglaterra.
 
La revolución de julio de 1830 en Francia dio impulso al primer bill sobre la reforma electoral de 1831 en Inglaterra: la revolución burguesa del continente originó la reforma burguesa de la Isla Británica. La radical reorganización de la administración del Canadá, en el sentido de una amplia autonomía, tuvo lugar después de la insurrección canadiense de 1837-1838.
 
El movimiento revolucionario del cartismo condujo en 1844-1847, a la jornada de trabajo de diez horas, y en 1846 a la abolición de los derechos sobre los trigos. La derrota del movimiento revolucionario del continente en 1848 significó, no solamente un quebranto para el movimiento cartista, sino también un prolongado aminoramiento de la democratización del Parlamento inglés.
 
La reforma electoral de 1868 fue precedida por la guerra civil en los Estados Unidos[9]. Cuando, en 1861, estalló la guerra en América entre el Norte y el Sur, los obreros ingleses manifestaron sus simpatías por los Estados del Norte, en tanto que las de las clases directoras se dirigían por entero a lo propietarios de esclavos. Es edificante que el liberal Palmerston[10], llamado el “lord incendiario”, y gran número de sus colegas, incluso el famoso Gladstone, simpatizaran con el Sur y se apresuraran a reconocer a los Estados del Sur la cualidad de parte beligerante, en vez de la de insurrectos. Se construyeron en los astilleros ingleses barcos de guerra para los “sudistas”. El Norte triunfó, sin embargo, y esta victoria revolucionaria alcanzada en el territorio de los Estados Unidos proporcionó a una parte de la clase obrera inglesa el derecho de voto (ley de 1876). En Inglaterra mismo, la reforma electoral fue acompañada de un movimiento literalmente tormentoso, del cual las “jornadas de julio” de 1868, señaladas por cuarenta y ocho horas de graves disturbios, fueron el desenlace.
 
La derrota de la revolución de 1848 había debilitado a los obreros ingleses; por el contrario, la revolución rusa de 1905 los fortificó de un solo golpe. Después de las elecciones generales de 1906, el Labour Party formó, por primera vez en el Parlamento, una importante fracción de cuarenta y dos miembros. Así se manifestaba de un modo innegable la influencia de la revolución rusa de 1905.
 
En 1918, desde antes de terminar la guerra, una nueva reforma electoral ampliaba considerablemente el cuadro de electores obreros y concedía por primera vez el derecho de voto a las mujeres. Mr. Baldwin mismo no negará probablemente que la revolución rusa de 1917 haya dado el principal impulso a esta reforma. La burguesía inglesa creía posible evitar por este medio una revolución. No basta, pues, aun para llevar a cabo reformas, con el principio único de la evolución gradual, y es necesaria la amenaza real de la revolución. Una ojeada sobre la historia de Inglaterra durante los últimos cincuenta años, dentro de los límites del desarrollo general de Europa y del mundo, muestra que Inglaterra explotó, no sólo económicamente, sino también políticamente, a otros países, disminuyendo sus gastos generales gracias a la guerra civil mantenida en los pueblos de Europa y América.
 
¿Qué sentido tienen, pues, las dos frases que Mr. Baldwin extrae de mi libro para oponerlas a la política de los representantes revolucionarios del proletariado inglés? No es difícil demostrar que el sentido claro y directo de mis palabras es diametralmente opuesto a aquel que Mr. Baldwin necesita. En igual medida que le ha sido fácil al proletariado ruso conquistar el poder, así ha tropezado con obstáculos para su edificación socialista. Lo he dicho y lo repito. Nuestras antiguas clases directoras eran económica y políticamente insignificantes. Nuestras tradiciones parlamentarias y democráticas no existían, por así decir. A causa de esto, nos fue mucho más fácil arrancar a las masas de la influencia de la burguesía y derribar la dominación de ésta. Pero precisamente porque nuestra burguesía recién formada había hecho poca cosa, sólo recibimos una herencia mediocre. Ahora tenemos que trazar caminos, construir puentes y escuelas, enseñar a los adultos a leer y a escribir, etc., es decir, ejecutar el gran trabajo económico y cultural efectuado en países capitalistas más viejos por el régimen burgués. En este sentido preciso he dicho que en la misma medida que nos había sido fácil terminar con la burguesía, así encontrábamos dificultades para la edificación socialista. Pero este teorema político supone un teorema contrario: cuanto más rico y cultivado es un país, más antiguas sus tradiciones parlamentarias y democráticas, más difícil es al partido comunista adueñarse del poder; pero la edificación socialista después de tomado el poder será más rápida y coronada por el éxito. De un modo más concreto: la tarea de derribar la dominación de la burguesía inglesa es ingrata; esta tarea exige una cierta gradación, es decir, una preparación seria; pero, en cambio, conquistado el poder, así como la tierra, la industria, el mecanismo de la banca y del comercio, el proletariado inglés podrá, con muchos menos sacrificios, con mucho mayor éxito y a un paso mucho más rápido, efectuar la reorganización socialista de la economía capitalista. Tal es el teorema inverso que más de una vez he tenido ocasión de exponer y demostrar, y que se relaciona de la manera más estrecha con la cuestión que interesa a Mr. Baldwin.
 
Y no es esto todo. Cuando yo he hablado de las dificultades de la edificación socialista, no tenía solamente en cuenta el estado atrasado de nuestro país, sino que pensaba también en la formidable resistencia exterior que encontramos. Mr. Baldwin sabe probablemente que los Gobiernos británicos, de los cuales ha formado parte, han gastado más de cien millones de libras esterlinas en intervenciones militares y en gastos de bloqueo contra la Rusia de los Soviets. El derrumbamiento del poder de los
Soviets era, recordémoslo, el fin principal de esas costosas empresas: los conservadores ingleses, y los liberales también (por lo menos en ese período), renunciaban resueltamente, frente a la República obrera y campesina, al principio de la evolución gradual y tendían a resolver un problema histórico con ayuda de una catástrofe. Basta, en efecto, producir este dato para que toda la filosofía de la gradación se parezca extraordinariamente a la moral de los monjes de Heine, que beben vino sin dejar de recomendar por eso a sus ovejas que beban agua[11]. De esta o de otra manera, el obrero ruso, que ha sido el primero en adueñarse del poder, se ha encontrado en primer lugar frente a frente con Alemania, luego frente a todos los países de la Entente, capitaneados por Inglaterra y Francia. Una vez tomado el poder, el proletariado inglés no tendrá contra él ni al zar ruso ni a la burguesía rusa. Encontrará, por el contrario, un apoyo en los inmensos recursos materiales y humanos de nuestra Unión Soviética, pues (no se lo ocultaremos a Mr. Baldwin) la causa del proletariado inglés es la nuestra, en las mismas proporciones, por lo menos, que la causa de la burguesía rusa fue, y sigue siendo, en realidad, la misma de los conservadores ingleses.
 
Mis palabras sobre las dificultades de nuestra edificación socialista son interpretadas por el Premier británico como si ya hubiera querido decir: el resultado no corresponde al esfuerzo. Mi pensamiento tenía un carácter diametralmente opuesto: nuestras dificultades derivan de una situación internacional que a nosotros, peones socialistas, nos es desfavorable; superando estas dificultades, modificamos la situación en ventaja del proletariado de los otros países; de suerte que en el balance internacional de las fuerzas, ninguno de nuestros esfuerzos revolucionarios se pierde ni se perderá.
 
Tendemos, no cabe duda, como lo indicaba Mr. Baldwin, al rendimiento máximo del trabajo. Sin esto, el aumento del bienestar y de la cultura del pueblo sería inconcebible; ahora bien, éste es el fin esencial del comunismo. Pero el obrero ruso trabaja hoy para sí mismo. Herederos de una economía devastada primero por la guerra imperialista, luego por la guerra civil, mantenida ésta por la intervención y el bloqueo, los obreros de
Rusia han logrado ya [1925] que la industria, casi paralizada en 1920-1921, alcance por término medio un 60 por 100 de su rendimiento de antes de la guerra. Este resultado, por modesto que sea, constituye, en comparación con nuestros fines, un éxito innegable y serio. Si los cien millones de libras esterlinas gastados por Inglaterra en intentos de conmociones catastróficas en nuestro país, hubieran sido colocados en forma de empréstitos o de capital de concesiones en la economía soviética, para contribuir a su levantamiento gradual, hubiéramos, sin ninguna duda, sobrepasado actualmente el nivel de producción de antes de la guerra, pagaríamos al capital inglés elevados intereses y, lo que es más importante, constituiríamos para él un vasto mercado, sin cesar creciente. No es culpa nuestra si Mr. Baldwin ha quebrantado el principio de la evolución gradual precisamente allí donde no era necesario infringirlo. Aun dado el nivel actual, muy bajo todavía, de nuestra industria, la situación del obrero ha mejorado sensiblemente respecto de la que tenía hace pocos años. Cuando alcancemos el nivel de la producción de antes de la guerra (en los dos o tres próximos años), la situación de nuestros obreros será incomparablemente mejor que la de antes de la guerra. Precisamente por esto, y sólo por esto, es por lo que nos sentimos con derecho a solicitar del proletariado ruso el aumento del rendimiento del trabajo. Una cosa es trabajar en las fábricas, en los talleres, los puertos y las minas de los capitalistas, y otra trabajar en los suyos ¡Hay en esto una gran diferencia, Mr. Baldwin! Y cuando los obreros ingleses se apoderen de los poderosos medios de producción que sus antepasados y ellos mismos han creado, emplearán todas sus fuerzas en elevar el rendimiento de su trabajo. La industria inglesa tiene la mayor necesidad de ello, porque, a pesar de sus más grandes adquisiciones, se halla cogida por entero en la red de su propio pasado. Mr. Baldwin parece saberlo, por lo menos cuando dice en su discurso: “En gran parte, debemos nuestra posición, nuestro lugar en el mundo, al hecho de haber sido la primera nación en conocer los sufrimientos infligidos al mundo por la época industrial; pero pagamos cara esta posición privilegiada, y nuestras ciudades, mal trazadas, malsanas, con sus amontonamientos de casas; nuestras fábricas horribles, nuestra atmósfera, envenenada con el humo, son una parte de este precio.” Es preciso añadir el desmenuzamiento de la industria inglesa, su conservadurismo técnico, su insuficiente flexibilidad de organización. Precisamente por esto la industria inglesa retrocede actualmente ante la alemana y la americana. La industria inglesa tiene necesidad, para su salvación, de una organización amplia y audaz. Urge considerar el suelo y el subsuelo de Inglaterra como la base de una economía única. Entonces solamente podrá ser reorganizada la industria hullera sobre bases sanas. La producción y la distribución de la energía eléctrica en Inglaterra se distinguen ambas por un desmenuzamiento, un estado de atraso extremados; las tentativas de racionalizarla encuentran a cada paso la resistencia de los intereses particulares. No es sólo el trazado de las ciudades el que es malo, en razón de sus orígenes históricos. Toda la industria inglesa, gradualmente cargada de superestructuras, carece de sistema y de plan. No se le puede infundir una vida nueva más que atacándola como un todo único. Pero esto es inconcebible mientras sea mantenida la propiedad privada de los medios de producción. El fin esencial del socialismo es aumentar la potencia económica del pueblo. Únicamente sobre esta base se puede concebir la construcción de una sociedad humana más armoniosa, más cultivada, más feliz. Si Mr. Baldwin se ve obligado, a pesar de todas sus simpatías por la vieja industria inglesa, a reconocer que las nuevas formas del capitalismo (trusts y sindicatos) representan un progreso, nosotros consideramos que el trust único de la producción socialista representa un inmenso avance respecto de los trusts capitalistas. Pero este programa no puede realizarse sin la transmisión de todos los medios de producción a la clase obrera, es decir, previa la expropiación de la burguesía. Baldwin mismo recuerda las “fuerzas titánicas que fueron libertadas por la revolución industrial del siglo XVIII y modificaron la fisonomía del país, así como todos los rasgos de su vida nacional”. ¿Por qué habla Baldwin en este caso de una revolución y no de un desarrollo gradual? Porque a fines del siglo XVIII se realizaron transformaciones radicales que condujeron, en particular, a la expropiación de los pequeños productores. Para cualquiera que se dé cuenta de la lógica interior del proceso histórico debe ser evidente que la revolución industrial del siglo XVIII, que transformó a la Gran Bretaña de arriba abajo, hubiera sido imposible sin la revolución política del siglo XVII. Sin una revolución hecha en nombre de los derechos de la burguesía y de su espíritu práctico (contra los privilegios aristocráticos y la ociosidad de los nobles), el espíritu, tan grandioso, de las invenciones técnicas, no hubiera sido despertado y no hubiera habido nadie, por lo demás, para aplicar las invenciones a fines económicos. La revolución política del siglo XVII, nacida de todo el desarrollo anterior, preparó la revolución industrial del siglo XVIII. Inglaterra tiene necesidad actualmente, como todos los países capitalistas, de una revolución económica que sobrepuje en mucho, por su alcance histórico, a la revolución industrial del siglo XVIII. Y esta nueva revolución económica (la reconstrucción de toda la economía conforme a un plan socialista único) no puede realizarse sin una revolución política previa. La propiedad privada de los medios de producción es en este momento una traba para el desarrollo económico mucho más pesada que lo fueron en su tiempo los privilegios de los gremios, forma de la propiedad pequeñoburguesa. Como la burguesía no abdicará en ningún caso, por su propio gusto, de sus derechos de propiedad, es necesario recurrir audazmente a la violencia revolucionaria. Hasta el presente la historia no ha inventado todavía otros métodos. Y no habrá excepción para Inglaterra.

En lo que se refiere a la segunda cita que me imputa Mr. Baldwin, mi estupefacción no tiene límites. Niego categóricamente haber dicho jamás, en ningún momento, que exista no sé qué naturaleza invariable en el hombre ruso que la revolución sería impotente para modificar. ¿De dónde procede esta cita? Una larga experiencia me ha enseñado que las citas, aun las hechas por los primeros ministros, no son siempre exactas. Realmente por azar he encontrado en mi librito sobre las Cuestiones del trabajo cultural un pasaje que se refiere por entero a nuestro tema. Helo aquí íntegramente:
 
“¿Cuáles son, pues, las razones en que se funda nuestra esperanza de vencer? La primera, que se han despertado el espíritu crítico y la actividad de las masas. Gracias a la revolución, nuestro pueblo se ha abierto una ventana a Europa (entendiendo por Europa la cultura europea), lo mismo que doscientos y pico de años antes la Rusia del zar Pedro abría para los círculos privilegiados de un Estado de nobles y de funcionarios, no una ventana, sino una tronera sobre Europa. Las cualidades pasivas de dulzura y resignación que los ideólogos oficiales o voluntariamente insensatos declaraban ser cualidades sagradas, específicas e invariables del pueblo ruso, y que no eran en realidad sino la expresión de su resignación de esclavo y de su alejamiento de la cultura, estas cualidades miserables, estas cualidades vergonzosas han recibido en octubre de 1917 un golpe mortal. Esto no quiere decir, entiéndase bien, que no llevemos en nosotros la herencia del pasado. La llevamos y la llevaremos largo tiempo todavía. Pero se ha realizado una gran transformación, y no sólo material, sino también psíquica. Nadie osará ya recomendar al pueblo ruso la edificación de su destino sobre los fundamentos de la dulzura, de la sumisión y de la paciencia en el sufrimiento. No; desde ahora, las virtudes cada vez más profundamente ancladas en la conciencia popular serán: crítica, actividad, creación colectiva. Y es ante todo en esta inmensa conquista popular en la que reposa nuestra esperanza de éxito para toda nuestra obra.”
 
Como se ve, esto es muy diferente de lo que Mr. Baldwin me atribuye. Conviene decir en su descargo que la Constitución británica no impone al Premier la obligación de que sus citas sean exactas. Y por lo que se refiere a los precedentes, que tan gran papel juegan en la vida británica, éstos no faltan por cierto. ¡Qué inestimable valor, en cuanto a las citas falsas, el de William Pitt solo!
 
Se podría hacer esta objeción: ¿qué sentido tiene discutir sobre la revolución con el jefe de los tories? ¿Qué importancia puede tener para la clase obrera la filosofía histórica de un Premier conservador? Pero justamente aquí aparece la clave de la cuestión: la filosofía de Macdonald, de Snowden, de Webb y demás líderes del Labour Party no es más que una transposición de la teoría histórica de Baldwin. Más adelante lo demostraremos… con todas las gradaciones necesarias.



[1] Nota Editorial. Robert Owen (1771-1858), célebre socialista utópico inglés, hijo de un guarnicionero. Durante su juventud fue empleado en Londres y otras ciudades. A los veinte años director de una fábrica textil de Manchester, adquirió pronto una fábrica en New-Lamark (Escocia), en la que aplicó prácticamente sus puntos de vista de reformador social. Disminuyó la jornada de trabajo, aumentó los salarios, construyó talleres higiénicos, etc. Estas medidas aumentaron sensiblemente el rendimiento del trabajo. El éxito condujo a Owen a preconizar entre los industriales la promulgación de una legislación industrial concebida en el espíritu de sus reformas. No queriendo limitarse a la agitación entre la burguesía inglesa, Owen visitó Francia, Alemania y otros países con el fin de interesar a diversos hombres de Estado en sus proyectos de solución de la cuestión obrera. No habiendo obtenido resultado alguno, marchó a América, donde creó “comunas de interés orgánico”, prosiguiendo en ellas sus experiencias, pero sin gran éxito. La actitud de Owen respecto del cartismo fue negativa. Consideró la lucha de clases del proletariado como un error y creyó en la posibilidad de una apacible colaboración entre la clase obrera y la burguesía.
[2] Nota Editorial. La conquista del África del Sur. De 1806 a 1814 conquista Inglaterra varias colonias holandesas del África del Sur. No cesaron ya de extenderse sus posesiones en esta región. Incitando a los pueblos negros a combatirse sin cesar unos a otros, actuando por la fuerza y por la corrupción, Inglaterra se apoderó poco a poco de todos los países confinantes con las repúblicas boers (fundadas por los descendientes de los colonos holandeses), esforzándose en separar del mar a estas repúblicas, objeto que logró. Cuando en 1872 se descubrieron en el Transvaal minas de oro, Inglaterra exigió la sumisión de este Estado al control británico. Los boers se negaron y, cada vez más molestados por los ingleses, acabaron, en 1880, por declararles la guerra. En el curso de las hostilidades consiguieron una serie de éxitos señalados. El liberal Gladstone, sucediendo en el poder al conservador Beaconsfield, hizo a los boers en el mismo año proposiciones de paz en las condiciones siguientes: sumisión de las repúblicas sud-africanas del Transvaal y de Orange al control británico, pago de los gastos de guerra por los boers y autonomía de la administración interior. El tratado definitivo no fue concluido hasta más tarde, en condiciones menos penosas para los boers; la política exterior del Transvaal cayó por tanto bajo la dependencia absoluta de Inglaterra. En 1894, a consecuencia de nuevos descubrimientos de minas de oro en el Transvaal, la lucha entre la población agrícola del país y los recién llegados ingleses se envenenó por no consentir los boers el abandono de sus riquezas a la explotación británica. El imperialismo inglés estaba en pleno florecimiento; la lucha entre los conquistadores y las dos repúblicas sud-africanas fue áspera. El Transvaal y el Estado libre de Orange ultimaron una alianza definitiva contra los británicos. En 1895, el administrador de la Rhodesia (colonia inglesa del África del Sur), Jameson, apoyado secretamente por el Gobierno inglés, organizó una agresión contra los boers; el “raid Jameson” acabó en un fracaso. La lucha prosiguió en ambas repúblicas. Los propietarios ingleses de minas de oro del Transvaal y del Estado libre de Orange, deseosos de romper las trabas que les impedían explotar el país a su voluntad, aspiraban pura y simplemente a su conquista. Inglaterra declaró la guerra a los boers en 1899. El Transvaal fue invadido en 1900, y el Estado libre de Orange en 1902. Después de la conquista, la mano de obra amarilla y negra, pagada a precio vil, fue empleada en gran escala en las minas, bajando en consecuencia el salario de los obreros blancos, y la explotación del país por los ingleses fue llevada a fondo. La brutal conquista del África del Sur provocó en su tiempo un arrebato de indignación de las masas obreras de Europa. Los mismos Gobiernos, inquietos por el desarrollo del poder inglés, elevaron repetidas protestas contra la violencia británica y manifestaron su simpatía a los boers.
[3] Nota Editorial. Los whigs y los tories forman los dos partidos políticos más antiguos de Inglaterra. Sus orígenes remontan a los “cabezas redondas” y a los “caballeros” de la época del Parlamento Largo (1640) (véase la nota 15). Los “cabezas redondas”, que representaban a la pequeña burguesía comerciante, fueron la fuerza principal del Parlamento revolucionario. Su partido dio origen al de los whigs. El de los “caballeros”, partidarios cuando la gran revolución del afianzamiento del poder real, se convirtió más tarde en el partido de los tories. Los whigs y los tories recibieron estos nuevos nombres en 1679, cuando a la muerte de Carlos II se planteó al Parlamento la cuestión del advenimiento al trono de Jaime II, príncipe católico y reaccionario. Los adversarios de éste fueron llamados whigs y sus partidarios tories. Ambos partidos cristalizaron más adelante: los whigs como organización de clase de la burguesía industrial y comerciante, y los tories como organización de la aristocracia y de los grandes terratenientes. En el transcurso de la historia ulterior de Inglaterra, los whigs trabajaron por ampliar los derechos del Parlamento y restringir los de la realeza, defendidos en cambio por los tories. Toda la historia de Inglaterra durante el siglo XVIII y la primera mitad del XIX es la de la lucha incesante por el poder entre los whigs y los tories, lucha que, por lo demás, no les impidió unirse contra el movimiento obrero. No obstante, los whigs se apoyaron en cierta medida sobre la clase obrera, entonces sin partido propio, contra los tories. El paso de whigs a los tories fue frecuente, así como las evoluciones inversas; los tories de izquierda se unieron, a menudo, con el fin de obtener ciertas reformas, a los whigs, cuya derecha formaron; por su parte, los whigs derechistas se hicieron más de una vez tories de izquierda. Después de la gran victoria de los whigs (la reforma electoral de 1832), los whigs y los tories pierden, con sus antiguos apelativos, su primitiva fisonomía: los whigs, confundidos poco a poco con los radicales y los tories liberales, forman el partido liberal; los tories se convierten en el núcleo principal del partido conservador. El partido whig, que en un principio fue la organización de clase de toda la burguesía industrial y comerciante, se convirtió después de su transformación en partido liberal, representante de los intereses de la pequeña y media burguesía industrial y comerciante. El antiguo partido de la aristocracia terrateniente, el de los tories, se convirtió en el partido conservador, del que dicha aristocracia y la gran burguesía industrial y financiera constituyen la base principal.
[4] Nota Editorial. “Cabezas redondas” y “caballeros” en la guerra civil del siglo XVII. Antepasados de los whigs y de los tories, los partidos de los “cabezas redondas” y de los “caballeros” se constituyeron en Inglaterra en la época del Parlamento Largo, convocado en 1640. El partido de los “caballeros” defendió el poder real y se apoyó en la guardia del rey. Los nobles terratenientes fueron el elemento dominante. En el terreno religioso este partido trató de afianzar la vieja Iglesia anglicana episcopal. Los “cabezas redondas”, enemigos de los “caballeros”, deseaban el afianzamiento de un sistema parlamentario constitucional y la renovación de la Iglesia mediante el espíritu puritano; los pequeños burgueses y los artesanos, los comerciantes y los yeomen (pequeños propietarios libres) formaban la fuerza principal de este partido. La guerra civil lanzó a los “caballeros” en las filas del ejército real, contra el cual los “cabezas redondas” alzaron el ejército revolucionario del Parlamento, consiguiendo el triunfo. Los “independientes” se habían unido a ellos (véase la nota 21) Una parte de los “cabezas redondas” combatió después a los moderados del Parlamento Largo, que deseaban una monarquía limitada.
[5] Nota Editorial. Los Independientes iban contra el absolutismo real y la Iglesia anglicana. Su existencia política era muy anterior a la revolución del siglo XVII. Sistemáticamente perseguidos, emigraban en masa a Holanda y América. Cuando estalló la revolución inglesa, se unieron al ejército revolucionario del Parlamento y, conducidos por Cromwell, salieron victoriosos de la guerra civil. Eran reclutados casi totalmente entre la pequeña burguesía urbana y rural. Había entre ellos republicanos y partidarios de la monarquía moderada. La restauración les atrajo nuevas persecuciones; emigraron en masa a América, donde poco a poco fueron perdiendo su espíritu revolucionario, hasta convertirse en una de las numerosas sectas religiosas del Nuevo Mundo.
[6] Nota Editorial. La lucha del Parlamento Largo contra el absolutismo de Carlos I. El Parlamento Largo, convocado en 1640 por Carlos I, después de una interrupción de las tareas parlamentarias que había durado trece años, adoptó en el acto una actitud de oposición intransigente frente al rey. Ordenó el arresto y ejecución del ministro Strattford, uno de los principales jefes de la reacción; exigió la libertad inmediata de todos los detenidos políticos y de los súbditos arrestados por haberse negado a satisfacer el impuesto, y declaró ilegales los impuestos que carecían de la sanción del Parlamento. El rey perdió el derecho de disolver el Parlamento. El Parlamento Largo dirigió a Carlos I el acta conocida bajo el nombre de “gran exhortación”, en la que se exponían los principios fundamentales de la Constitución inglesa. El rey rehusó sancionarla y ordenó la detención de cinco líderes de la oposición parlamentaria. Y como el Parlamento no consintió en entregar a los jefes populares, los dos opuestos partidos se prepararon apresuradamente a la guerra civil.
[7] Nota Editorial. Mistress Snowden, militante en el movimiento fabiano, esposa de Philipp Snowden, uno de los jefes del Independent Labour Party (Partido Obrero Independiente). Visitó en 1920, con la delegación obrera inglesa, la Rusia de los Soviets. A continuación publicó un libro titulado: A través de la Rusia bolchevique.
[8] Nota Editorial. Guillermo Pitt (hijo) (1759-1806). Hombre de Estado inglés. Defendió y concilió los intereses de los grandes terratenientes y de la burguesía industrial. Permaneció hasta 1801 a la cabeza del ministerio que había constituido en 1783. En política interior y exterior fue un librecambista moderado. Siguió, respecto de las colonias, una política de esclavitud y de explotación desvergonzada. La gran Revolución francesa, que tanto impulso dio al movimiento revolucionario inglés y que amenazó el poder de Inglaterra sobre el continente, tuvo en Pitt un enemigo irreconciliable. Fue el organizador y el alma de todas las coaliciones contrarrevolucionarias formadas contra la Francia jacobina, cuyos éxitos políticos y militares se multiplicaban. La ocupación de Bélgica por los ejércitos revolucionarios condujo a Pitt, en 1793, a declarar la guerra a Francia. Reprimió con crueldad el levantamiento de Irlanda (1798), que había estallado bajo la influencia de la Revolución francesa. A partir de este momento redoblaron los rigores de la represión aun en la misma Inglaterra. Este período de la actividad contrarrevolucionaria de Pitt se caracterizó por la persecución de los revolucionarios, por los subsidios prodigados a los ejércitos de la contrarrevolución francesa, por la corrupción de la prensa, la organización de la calumnia contra Francia y la intriga incesante en los demás países, a los que se trataba de empujar contra la República revolucionaria. A los ojos de los franceses, Pitt encarnó la contrarrevolución mundial; los enemigos de los jacobinos fueron frecuentemente llamados “agentes de Pitt”. A causa de la impopularidad que le crearon los reveses de Inglaterra, el Gabinete Pitt cayó en 1801. Pero en 1804, amenazada la situacióninternacional de Inglaterra por las brillantes victorias de Napoleón, la burguesía inglesa llamó a Pitt al poder. Murió poco tiempo después.
[9] Nota Editorial. La guerra civil de los Estados Unidos y la reforma electoral de 1867 en Inglaterra. La guerra civil de los Estados Unidos, llamada guerra de Secesión, que puso a los Estados del Norte frente a los del Sur, duró cuatro años, desde 1861 a 1865. Fue el resultado del creciente antagonismo de los Estados industriales del Norte y de los Estados agrícolas del Sur, en los que los plantadores de algodón habían mantenido la esclavitud. La elección del presidente Lincoln, miembro del partido republicano y partidario de la abolición de la esclavitud, determinó en noviembre de 1860 el rompimiento de hostilidades. Los Estados del Sur, viendo en la elección de Lincoln una amenaza dirigida contra su sistema económico, tomaron las armas. Las probabilidades de triunfo parecieron equilibrarse durante bastante tiempo entre “sudistas” y “nordistas”; pero al fin el Norte acabó por alcanzar una victoria decisiva. El resultado fue la abolición total de la esclavitud en los Estados del Sur, que entraron así en el camino del libre desarrollo capitalista. La burguesía inglesa sostuvo sin reservas a los Estados del Sur, que le servían de mercado colonial y le proporcionaban a precio ínfimo el algodón. Las simpatías de las masas obreras fueron hacia los Estados del Norte. El apoyo concedido a los “sudistas” por el Gobierno de Londres provocó en los medios obreros una protesta organizada. La victoria de los “nordistas” comprometió al Gobierno y produjo en Inglaterra la nueva reforma electoral. Esta concedió el derecho de voto a los habitantes de los condados que no pagaran menos de 12 libras esterlinas de impuesto de alquiler por año y a todos los ciudadanos que no pagaran menos de 10 libras de alquiler. Además de estas modificaciones del censo electoral, fue aumentado el número de diputados. Un cierto número de localidades poco importantes desde el punto de vista de la población perdió el derecho al voto, en tanto que las ciudades resultaron aventajadas. La edad de los electores se fijó en veintiún años. El número de los electores aumentó en un tercio en el campo y se duplicó en las ciudades. En total, el aumento fue de un millón. Esta reforma electoral, aun cuando no estableció la igualdad de derechos de todos los electores y conservó el censo, fue en su tiempo una gran victoria de los obreros ingleses.
[10] Nota Editorial. Palmerston, Enrique Juan Temple (1874-1865), célebre político inglés. Comenzó su carrera en el partido tory, en calidad de funcionario del ministerio de la Guerra. Se pasó luego al partido whig y llegó, en 1830, a ministro de Negocios Extranjeros. Partidario, en política interior, de ciertas reformas liberales, Palmerston fue en la política exterior un imperialista decidido y se dedicó a desarrollar las conquistas coloniales de Inglaterra en Oriente. Fue uno de los inspiradores de la guerra de Crimea (franco-rusa, 1853-56). Obligado a dimitir varias veces, volvió siempre al poder. Dentro del partido whig se situó invariablemente a la extrema derecha. Ministro de Negocios extranjeros al final de su vida, realizó una política reaccionaria. Su papel en la política extranjera de Inglaterra ha sido muy grande. En 1853, Marx le juzgaba en estos términos: “Enrique Juan Temple, vizconde Palmerston, descendiente de pares, fue nombrado en 1807, después de la constitución del Ministerio del duque de Portland, lord del Almirantazgo. Ministro de la Guerra en 1809, siguió siéndolo hasta mayo de 1828. Se pasó en 1830, con una extremada habilidad, a los whigs, en cuyo Gobierno fue el ministro perpetuo de Negocios extranjeros. A excepción de los intervalos en que los tories ejercieron el poder, es decir, de dos períodos comprendidos de noviembre 1834 a abril 1835 y de 1841 a 1846, cargó siempre con la responsabilidad de toda la política extranjera de Inglaterra, desde la revolución de 1830 hasta diciembre de 1851.”
[11] Nota León Trotsky. Como no queremos abandonar nuestra discreción, no preguntamos (a título de ejemplo) en qué medida pueden considerarse los falsos documentos atribuidos a un Estado extranjero y utilizados para fines electorales como medios en conformidad con la gradación del desenvolvimiento de la moral llamada cristiana de la sociedad civilizada. Pero, sin plantear esta delicada pregunta, no podemos renunciar a recordar la afirmación de Napoleón según la cual la falsificación de documentos diplomáticos en ninguna parte fue de uso tan corriente como en la diplomacia inglesa. Ahora bien, la técnica ha hecho desde entonces grandes progresos. (El autor se refiere a la carta llamada de Zinovief, falsificada y dada a la publicidad en vísperas de las últimas elecciones inglesas. Nota Traductor).



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