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II. Oposición pequeñoburguesa en el Partido Socialista Obrero (SWP)

 

OPOSICION PEQUEÑOBURGUESA EN EL PARTIDO SOCIALISTA OBRERO (SWP)

Hay que llamar a las cosas por su nombre, Ahora que las posiciones de las dos facciones en lucha se han decantado con toda claridad, debemos decir que la tendencia minoritaria del Comité Nacional está realizando una política típicamente pequeño-burguesa. Como todos los grupos pequeño-burgueses dentro de los movimientos socialistas, esta oposición actual se caracteriza por: una actitud desdeñosa hacia la teoría y una tendencia al eclecticismo: falta de respeto por la tradición de su propia organización; inquietud por la "independencia" personal a costa de la verdad objetiva; nerviosismo en lugar de coherencia; presteza a saltar de una posición a otra; falta de comprensión del centralismo revolucionario y hostilidad hacia él, y, por último, inclinación a sustituir la disciplina del partido por relaciones personales y de pandilla. Naturalmente, no todos los miembros de la oposición presentan todas estas características con igual intensidad. Pero, como ocurre siempre en un bloque abigarrado, el matiz lo imponen quienes están más lejos del marxismo y de la política proletaria. Nos encontramos ante un debate serio y prolongado. No intento agotar el tema en este artículo, pero quiero subrayar las características generales del problema. 
 
ESCEPTICISMO TEÓRICO Y ECLECTICISMO

Los camaradas Burnham y Schatman publicaron, en el número de enero de 1939 de New International un largo artículo titulado "Intelectuales en retirada". El artículo, aun conteniendo muchas ideas correctas y observaciones políticas adecuadas, padecía un defecto fundamental. Como se trataba de polemizar con oponentes que se consideran a sí mismos -sin razones suficientes- como "teóricos", los autores no creyeron necesario tratar el problema en términos teóricos. Era absolutamente necesario explicar por qué los intelectuales "radicales" americanos aceptan el marxismo sin la dialéctica (un reloj al que le falta un muelle). La razón es sencilla. En ningún otro país se ha rechazado tanto la lucha de clases como en la tierra de las "oportunidades ilimitadas". El rechazo de las contradicciones sociales como fuerza motora del desarrollo social lleva, en el campo del pensamiento teórico, al rechazo de la dialéctica como lógica de las contradicciones. Igual que se considera posible en el terreno político que todo el mundo se convenza de que un programa "justo" es correcto a través del pensamiento inteligente e igual que se cree posible la reconstrucción social mediante medidas "racionales", en la esfera teórica se considera que la lógica aristotélica, llevada al nivel del sentido común, es suficiente para resolver todos los problemas. 

El pragmatismo, mezcla de empirismo y racionalismo, es la filosofía nacional de los EE.UU. La metodología teórica de Max Eastman no es muy diferente de la metodología de templan la sociedad desde el punto Henry Ford -ambos contemplan la sociedad desde el punto de vista de un ingeniero (Eastman, platónicamente)-. Históricamente, la actual actitud de desdén hacia la dialéctica se explica simplemente porque los abuelos y bisabuelas de Eastman y compañía no necesitaron aplicar la dialéctica en la práctica para conquistar territorios y hacerse ricos. Pero los tiempos han cambiado y la filosofía pragmática, como el mismo sistema capitalista americano, ha entrado en crisis. 
Los autores del artículo no muestran, porque no serían capaces ni tienen interés en ello, las conexiones internas entre la filosofía y el desarrollo material de la sociedad y explican francamente por qué. 

"Los autores de este artículo -escriben sobre sí mismos- difieren profundamente en su apreciación de la teoría general del materialismo dialéctico, pues mientras uno la acepta, el otro la rechaza... No hay nada anómalo en esta situación. El pensamiento teórico siempre está relacionado, de una u otra forma, con la práctica, pero esta relación no es directa ni inmediata; y, como hemos señalado antes, los seres humanos son inconsecuentes con frecuencia. Desde el punto de vista de cada uno de nosotros, el otro padece esta inconsecuencia entre su teoría filosófica y su práctica política, lo que nos debe llevar inevitablemente a desacuerdos políticos decisivos en ocasiones concretas. Pero esto no ha sucedido hasta el presente, ni ninguno de los dos ha podido demostrar que el acuerdo o desacuerdo en el nivel más abstracto de las doctrinas del materialismo dialéctico afecte necesariamente a los asuntos políticos de hoy o de mañana -y los partidos, las luchas y los programas políticos se basan precisamente en estos asuntos concretos-. Ambos esperamos que con el tiempo estaremos cada vez más de acuerdo en las cuestiones más abstractas. De momento, lo que nos preocupa es el fascismo, la guerra y el desempleo. " 

¿Qué significa este razonamiento tan asombroso? Cuando "ciertas personas" utilizan un método malo "a veces" llegan a conclusiones correctas, mientras que si otros utilizan un método adecuado "con cierta frecuencia" llegan a conclusiones incorrectas... por lo tanto, el método no tiene mayor importancia. Ya meditaremos sobre el método cuando tengamos más tiempo libre, pero no ahora que tenemos otras cosas que hacer. Imaginemos la reacción de un trabajador que se queja a su capataz de que sus herramientas son malas y recibe la siguiente respuesta.- "Con malas herramientas se puede hacer un buen trabajo, y hay mucha gente que con herramientas buenas sólo es capaz de estropear el material". Mucho me temo que este trabajador contestaría a su capataz con una frase poco académica. Un trabajador tiene que enfrentarse con materiales duros, que le ofrecen resistencia, y por eso aprecia las buenas herramientas, mientras que un intelectual pequeño-burgués -¡qué rico!- se conforma con utilizar como "herramientas" observaciones vagas y generalizaciones superficiales, porque tiene asuntos más importantes en la cabeza. 

Pretender que cada miembro del partido se ocupe personalmente de la filosofía de la dialéctica es una pedantería sin sentido. Pero un trabajador que se ha hecho en la escuela de la lucha de clases tiene, gracias a su propia experiencia, una predisposición al pensamiento dialéctico. Incluso desconociendo el término, acepta rápidamente lo esencial del método y sus conclusiones. Con un pequeño-burgués pasa lo contrario. Naturalmente, hay pequeño-burgueses alineados orgánicamente con los trabajadores, que han llegado a una perspectiva proletaria gracias a una revolución interior. Pero son una minoría insignificante. El problema es diferente con la pequeña burguesía con preparación académica. Sus prejuicios han adquirido forma definitiva en la escuela. Cuanto más éxito han tenido en acumular conocimiento (útiles o no), sin la ayuda de la dialéctica, más capaces se creen de andar por la vida sin ella. 

En realidad, utilizan la dialéctica sólo para pulir, afilar o verificar sus instrumentos de análisis, o para romper con el estrecho círculo de sus relaciones personales. Pero cuando tienen que enfrentarse con hechos importantes, se sienten perdidos y recaen rápidamente en sus formas de pensar pequeño-burguesas. 

Apela a la inconsecuencia como justificación para un trabajo sin principios teóricos, significa que uno es muy poco fiable como marxista. La inconsecuencia no es accidental, y en política no se la debe considerar únicamente como un síntoma individual. Generalmente, la inconsecuencia cumple una función social. Hay agrupaciones sociales que no pueden ser consecuentes. Los elementos pequeño-burgueses que no han podido desembarazarse de sus viajes, tendencias pequeño-burgueses se encuentran, en un partido de trabajadores, sistemáticamente impulsados a establecer compromisos teóricos con su propia conciencia. 

A la actitud del camarada Schatman hacia el método dialéctico, tal como la ha manifestado en el párrafo citado antes, no se la puede denominar más que escepticismo ecléctico. Es evidente que Schatman ha contraído esa actitud entre los intelectuales pequeño-burgueses que consideran adecuadas todas las formas de escepticismo, y no en la escuela de Marx. 
 
ADVERTENCIA Y VERIFICACIÓN

El artículo me asombró tanto que escribí inmediatamente al camarada Schatman: "Acabo de leer el artículo que escribe junto con Burnham sobre los intelectuales. Tiene cosas excelentes. Sin embargo, la parte sobre dialéctica es el peor golpe que usted personalmente, como editor de New International, ha podido darle a la teoría marxista. El camarada Burnham dice: "no reconozco la dialéctica". Es sincero y todos hemos de reconocerlo. Pero usted dice: "yo reconozco la dialéctica, pero no importa: eso no tiene la menor importancia". Relea lo que ha escrito. Esas frases producirán muchísima confusión entre los lectores de New International y son el mejor regalo que podíamos hacerles a los Eatsmans de todas las especies. ¡Muy bien! Pienso hablar de ello públicamente". 

Escribí esta carta el 20 de enero, varios meses antes de esta discusión. Schatman no me contestó hasta el 5 de marzo, diciendo que no entendía por qué había armado tanto alboroto. El 9 de marzo, le respondí en los siguientes términos: "No rechazo la posibilidad de colaborar con los antidialécticos, pero sí creo que es peligroso escribir juntos un artículo en el que la dialéctica juega, o debería jugar, un papel muy importante. La polémica tiene lugar en dos planos: político y teórico. Estoy de acuerdo con su postura política. Pero su argumentación teórica es insuficiente: se detiene justo en el momento en que debería empezar a ser agresiva. La tarea consiste en demostrar que sus fallos (en tanto que fallos teóricos) se derivan de su incapacidad y su falta de ganas de pensar las cosas a través de la dialéctica. Podemos cumplir esta tarea con un éxito pedagógico muy importante. Pero en vez de hacer eso, usted afirma que la dialéctica es un asunto personal y que se puede ser muy buena persona sin creer en ella". Aliándose en "este" tema con el antidialéctico Burnham, Schatman se priva a sí mismo de la posibilidad de demostrar por qué Eastman, Hook y tantos otros empiezan por oponerse filosóficamente a la dialéctica y acaban luchando políticamente contra la revolución socialista. Sin embargo, este es el quid de la cuestión. 

La discusión política actual en el partido a confirmado mis temores en medida mucho mayor de lo que esperaba, o más exactamente, temía. El escepticismo metodológico de Schatman ha dado sus tristes frutos en la discusión sobre la naturaleza del Estado soviético. Empezó Burnham, hace algún tiempo, con la construcción, de forma puramente empírica, basándose en sus impresiones inmediatas, de un estado ni proletario ni burgués, liquidando toda la teoría marxista del estado como órgano del dominio de clase. Schatman, inesperadamente, adoptó una postura evasiva: "Debemos estudiar el asunto más profundamente, ya veremos ... ": además, Schatman está de acuerdo con Burnham en que la definición sociológica de la URSS no tiene ninguna relevancia para nuestras "tareas políticas inmediatas". Permítame el lector referirme de nuevo a lo que ambos escriben sobre la dialéctica. Burnham no la acepta, Schatman dice aceptarla.... pero el milagro de la inconsecuencia les permite llegar a conclusiones políticas comunes. La actitud de ambos hacia la naturaleza del Estado soviético reproduce punto por punto su actitud hacia la dialéctica. 

En ambos casos, Burnham lleva la voz cantante. Esto no es sorprendente, porque él posee un método -el pragmatismo-, mientras Schatman no tiene ninguno. Se limita a adaptarse a Burnham. Aunque no quiere asumir la responsabilidad del anti-marxismo de Burnham, no defiende sus concepciones de los ataques al marxismo de Burnham en el terreno de la filosofía ni en el de la sociología. En ambos casos, Burnham aparece como un pragmático y Schatman como un ecléctico. Este paralelismo de las concepciones de Burnham y Schatman en dos planos diferentes de pensamiento y sobre dos cuestiones de importancia primordial, tiene la gran ventaja de que abrirá los ojos incluso a los camaradas que no tienen ninguna experiencia en el discurso puramente teórico. El método de pensamiento puede ser dialéctico o vulgar, consciente o inconsciente, pero existe y se da a conocer por sus resultados. 

En enero pasado oíamos decir a nuestros autores: "Pero esto no ha sucedido hasta el momento, ni ninguno de nosotros ha podido demostrar que el acuerdo o desacuerdo en el nivel abstracto de la doctrina dialéctica afecte a los problemas políticos concretos de hoy o de mañana..." ¡Ya nos lo han demostrado! Apenas han pasado unos meses y hemos podido comprobar como su actitud frente a una "abstracción", como el materialismo dialéctico se manifiesta claramente en su actitud hacia el Estado soviético. 
Es necesario afirmar que la diferencia entre ambas cuestiones es bastante importante, pero que es política y no teoría. En ambos casos, Burnham y Schatman se unen sobre la base del rechazo y semirrechazo de la dialéctica. Pero en el primero, su unión se dirigía contra los oponentes del partido proletario. En el segundo, se enfrentan con la fracción marxista de su propio partido. Por decirlo así, el frente de operaciones ha cambiado, pero el arma sigue siendo la misma. 

Es verdad que la gente es incoherente a menudo. Sin embargo, la conciencia humana tiende hacia una cierta homogeneidad. La filosofía y la lógica deben basarse en esta homogeneidad y no en la incoherencia, es decir, en la falta de homogeneidad. Burnham no reconoce la dialéctica, pero la dialéctica le reconoce a él, se extiende sobre él. Schatman cree que la dialéctica le re conoce a él, se extiende sobre él. Schatman cree que la dialéctica no tiene importancia para las conclusiones políticas, pero podemos ver en las conclusiones políticas de Schatman los deplorables efectos de su actitud desdeñosa hacia la dialéctica. Incluiremos este ejemplo en los libros de texto del materialismo dialéctico. 

El año pasado me visitó un profesor ingles de economía política, simpatizante de la IV Internacional. Durante nuestra conversación sobre las vías para llegar al socialismo, se expresó de pronto con el típico utilitarismo inglés, como hubieran podido hacerlo Keynes y otros: "Es necesario determinar una meta económica concreta, elegir los métodos más razonables para conseguirla". Le hice notar: "Veo que es usted un adversario de la dialéctica". Me contestó, sorprendido: "En efecto, no la encuentro útil en absoluto". "Sin embargo, le respondí, la dialéctica me ha permitido determinar la categoría de pensamiento filosófico a la que pertenece usted, sólo por unas cuantas observaciones que ha hecho sobre problemas económicos; sólo esto debería demostrarle que la dialéctica tiene algún valor". Aunque mi visitante no había dicho ni una palabra sobre ello, estoy seguro de que este profesor anti-dialéctico opina que la URSS no es un estado obrero, que los métodos de nuestra organización son malos, etc. Es posible determinar el tipo general de pensamiento de una persona sobre las bases de sus opiniones sobre problemas concretos y también es posible predecir aproximadamente, conociendo su tipo general de pensamiento, como abordará un individuo una cuestión práctica determinada. Este es el incomparable valor pedagógico del método dialéctico. 
 
EL ABC DEL MATERIALISMO DIALÉCTICO

Escépticos gangrenosos como Souvarine dicen que "ni se sabe" lo que es la dialéctica. Y hay "marxistas" que se inclinan respetuosamente ante Souvarine y pretenden aprender de él. Y esos "marxistas" no sólo hacen su nido en el "Modern Monthly". Hay una corriente souvarinista en la actual oposición del Partido Socialista Obrero (SWP). Es necesario prevenir a los jóvenes camaradas: ¡cuidado con esa infección maligna! 
La dialéctica no es ficción ni misticismo, sino una ciencia del pensamiento, en tanto que intenta llegar a la comprensión de los problemas más complicados y profundos, superando las limitaciones de los asuntos de la vida diaria. La dialéctica y la lógica formal guardan la misma relación que las altas matemáticas y las matemáticas elementales. 

Intento extractar lo sustancial del problema de forma muy esquemática. El aristotelismo lógico del silogismo simple empieza con la proposición de que A es igual a A l. Este postulado se acepta como axioma para multitud de prácticas humanas y generalizaciones elementales. Pero, en realidad, A no es igual a Al. Basta con ponerse gafas para darse cuenta. Pero, puede objetar alguien, la cuestión no es el tamaño o la forma de las letras, puesto que sólo son símbolos de cualidades iguales, por ejemplo, uña libra de azúcar. La objecci6n da en el clavo: precisamente, porque una libra de azúcar nunca es igual a otra libra de azúcar: hay una escala sutil de variaciones entre ambas. Se nos puede objetar de nuevo: pero una libra de azúcar es igual a sí misma. Tampoco es cierto: todos los cuerpos cambian constantemente de peso, tamaño, color, etc., no permanecen nunca inmutables. Un sofista respondería que una libra de azúcar es igual a sí misma "en un momento dado". Dejando de lado la dudosa validez práctica de semejante "axioma", este argumento no es en realidad una crítica teórica. ¿Cómo concebimos el término "momento"? Si es un intervalo infinitesimal de tiempo, en ese pequeño espacio la libra de azúcar sufrirá algún cambio. ¿O es el "momento" una abstracción matemática, un tiempo 0? Pero todo existe en el tiempo; la misma existencia es un proceso de transformación ininterrumpido; el tiempo es, en consecuencia, el elemento fundamental de la existencia. Luego el axioma "A es igual a A" significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir, si no existe. 

A primera vista, podría parecer que estas sutilezas son inútiles. En realidad, son de importancia definitiva. El axioma "A es igual a A", parece ser, por un lado, la base de todo nuestro conocimiento, y por otro, la fuente de todos nuestros errores. Usar el axioma "A es igual a A" impunemente es posible sólo dentro de ciertos límites. Podemos admitir ciertos cambios cuantitativos y presumir que "A es igual a Al ". Este es el caso del comprador y el vendedor de una libra de azúcar. Hasta hace poco considerábamos de la misma manera el poder adquisitivo del dólar. Pero, una vez traspasados ciertos límites, los cambios cuantitativos pueden llegar a ser cualitativos. Una libra de azúcar sometida a la acción del agua o del keroseno deja de ser una libra de azúcar. Determinar en qué momento el cambio cuantitativo se convierte en cualitativo es una de las tareas más importantes y difíciles del conocimiento, incluida la sociología. 
Todo trabajador sabe que es imposible hacer dos objetos totalmente iguales. En la elaboración de cojinetes cónicos, los conos sufren una cierta desviación que no debe, sin embargo, traspasar ciertos límites (a esto se le llama tolerancia). Pero, si cumplen las normas de la tolerancia, los conos son considerados iguales. Cuando se sobrepasa la tolerancia, la cantidad se convierte en cualidad: en otras palabras, los cojinetes serán inferiores o totalmente inservibles. 

Nuestro pensamiento científico es sólo una parte de nuestra práctica, que incluye también técnicas. También existe "tolerancia" para los conceptos, tolerancia establecida no por la lógica formal basada en el axioma "A es igual a Al", sino por la lógica dialéctica basada en el axioma de que todo está cambiando siempre. El "sentido común" se caracteriza por exceder sistemáticamente la tolerancia dialéctica. 

El pensamiento vulgar utiliza conceptos como capitalismo, moral, libertad, estado obrero, etc., como abstracciones fijas, presuponiendo que capitalismo es igual a capitalismo, moral a moral, etc. El pensamiento dialéctico analiza todas las cosas y todos los fenómenos en su cambio continuo, determinado en qué condiciones materiales se produce el cambio crítico, tras el cual A deja de ser Al, un estado obrero deja de ser un estado obrero. El fallo fundamental del pensamiento vulgar radica en que desea conformarse con imágenes no teóricas de una realidad que consiste en movimiento perpetuo. El pensamiento dialéctico da a los conceptos, por medio de aproximaciones lo más cercanas posible, correcciones, concretizaciones, riqueza de contenido y flexibilidad: me atrevería a decir que les da una suculencia que les aproxima mucho a los fenómenos vivos. No hablamos de capitalismo en general, sino de un determinado capitalismo en un determinado nivel de desarrollo. No hablamos de estado obrero, sino de un estado obrero dado, en un país atrasado y con un entorno imperialista, etc. 
El pensamiento dialéctico es al vulgar lo que una película a una fotografía. La película no proscribe la fotografía, sino que las combina en series según las leyes del movimiento. La dialéctica no niega la validez del silogismo, pero nos enseña a combinar los silogismos de modo que nos lleven lo más cerca posible de la comprensión de una realidad eternamente cambiante. 

Hegel estableció en su Lógica una serie de leyes: cambio de la cantidad en cualidad, desarrollo a través de las contradicciones, conflicto entre forma y contenido, interrupción de la continuidad, cambio de posibilidad en inevitabilidad, etc., que son tan importantes para el pensamiento teórico como el silogismo simple para tareas más elementales. 

Hegel escribió antes que Darwin y antes que Marx. Gracias al gran impulso que la Revolución Francesa dio al pensamiento general de la ciencia. Pero como sólo era una anticipación, la obra de un genio, recibió de Hegel un carácter idealista. Hegel consideró sombras ideológicas como si fueran la realidad última, acabada. Marx demostró que el movimiento de esas sombras no era sino el reflejo del movimiento de cuerpos materiales. 

Llamamos "materialista" a nuestra dialéctica porque está basada no en el cielo ni en nuestro "libre albedrío", sino en la realidad objetiva, en la naturaleza. La conciencia surge de la inconsciencia, la psicología de la fisiología, el mundo orgánico del inorgánico, el sistema solar de las nebulosas. En todos los eslabones de esta cadena, los cambios cuantitativos se convirtieron en saltos cualitativos. Nuestro pensamiento, incluido el pensamiento dialéctico, no es sino una forma de expresión de este mundo cambiante. En este sistema no hay lugar para Dios, ni el destino, ni el alma inmortal, ni para normas, leyes ni morales eternas. El pensamiento dialéctico que ha surgido de la naturaleza dialéctica del mundo, posee consecuentemente un carácter totalmente materialista. 

El darwinismo, que explica la evolución de las especies mediante "saltos cualitativos", fue el mayor triunfo de la dialéctica en el campo de las ciencias naturales. Otro gran triunfo fue el descubrimiento de la tabla de pesos atómicos de los elementos químicos y de los procesos de transformaci6n de un elemento en otro. 

Ligado muy de cerca con este problema de la transformaci6n está el problema de la clasificación, tan importante en las ciencias naturales como en las sociales. El sistema de Linneo (siglo XIX), basado en la inmutabilidad de las especies, se limitaba a la descripción y clasificación de las plantas de acuerdo con sus características externas. El período infantil de la botánica es análogo al período infantil de la lógica, porque las formas de nuestro pensamiento evolucionan como todas las cosas vivas. Sólo el rechazo definitivo de la idea de las especies fijas, sólo el estudio de la historia de la evolución de las plantas y de su anatomía nos proporciona las bases para una clasificación realmente científica. 

Marx, que, al contrario de Darwin, era conscientemente dialéctico, descubrió las bases para la clasificación científica de las sociedades humanas en el desarrollo de sus fuerzas productivas, y de la estructura de sus relaciones de propiedad, que constituyen la anatomía de la sociedad. El marxismo sustituyó la clasificación vulgar de las sociedades y los estados, que todavía hoy prevalece en nuestras universidades, por una clasificación materialista dialéctica. Sólo mediante el método de Marx es posible determinar correctamente el concepto de estado obrero y el momento de su caída. 
Todo esto, hasta donde nos es posible ver, no contiene nada de "escolástico" o de "metafísico", como afirman los ignorantes contumaces. La lógica dialéctica expresa la ley del movimiento en el pensamiento científico contemporáneo. Por el contrario, la lucha contra el materialismo dialéctico expresa un pasado distante, el conservadurismo de la pequeña burguesía, el engreimiento de los universitarios rutinarios... y un poquito de fe en la otra vida. 
 
LA NATURALEZA DE LA URSS

La definición de la URSS que ha dado el camarada Burnham, "ni estado obrero ni estado burgués", es totalmente negativa, desgranada de la cadena del desarrollo histórico, colgando en el aire, sin un pizca de análisis sociológico y representa una capitulación vergonzosa frente al pragmatismo ante un fenómeno histórico contradictorio. 

Si Burnham hubiese sido un materialista dialéctico hubiese intentado responder a estas preguntas: l) ¿Cuál es el origen histórico de la URSS? 2) ¿Qué cambios ha sufrido este Estado durante su existencia? 3) ¿Representan estos cambios un "salto cualitativo"? Es decir, ¿dan lugar a una nueva dominación de clase históricamente necesaria? La respuesta a estas preguntas habría llevado a Burnham a la única conclusión posible: la URSS es todavía un estado obrero degenerado. 

La dialéctica no es una varita mágica que resuelve todos los problemas. No reemplaza los análisis científicos concretos. Pero lleva esos análisis por el camino adecuado, protegiéndolos de errar estérilmente por los desiertos del subjetivismo y del escolasticismo. 

Bruno R. sitúa tanto a la URSS como al fascismo bajo el calificativo de "colectivismo burocrático" porque la URSS, Italia y Alemania están regidas por burocracias; en uno y otro sitio hay planificación; en un caso se ha terminado con la propiedad privada, en el otro se la limita, etc. Construye de este modo, sobre las bases de una similaritud relativa, de ciertas características externas, con diferente origen, peso específico y diferente significado de clase, una identidad fundamental de regímenes sociales, en el mismo espíritu que los profesores burgueses que construyen categorías como "economía dirigida", "estado centralizado", sin tener en cuenta la naturaleza de clase de uno y otro. Bruno R. y sus seguidores, o, semiseguidores como Burnham, se quedan, en el mejor de los casos, al nivel de las clasificaciones de Linneo, lo que sólo sería comprensible si hubiesen vivido antes que Hegel, Darwin o Marx. 

Todavía peores y quizá más peligrosos son esos escépticos que mantienen la tesis de que el carácter de clase de la URSS "no viene al caso" y que la dirección de nuestra política debe estar determinada por el "carácter de la guerra". Como si la guerra fuera una sustancia supra-social independiente: como si el carácter de la guerra no estuviese determinado por el carácter de las clases dominantes, es decir, por el mismo factor social que determina el carácter del estado. ¡Es asombroso cómo olvidan estos camaradas el ABC del marxismo al más leve soplo de los acontecimientos! 

No es sorprendente que los teóricos de la oposición, que rechazan el pensamiento dialéctico, capitulen lamentablemente frente al problema del carácter contradictorio de la naturaleza de la URSS. Sin embargo, la contradicción entre las bases sociales sentadas por la revolución y el carácter de la casta dominante surgida de la degeneración de la revolución, no es sólo un hecho histórico irrefutable; es, sobre todo, una fuerza motora. Nos basamos en esa contradicción para luchar contra la burocracia. ¡Y algunos ultraizquierdistas han alcanzado ya la cumbre del absurdo, afirmando que es preciso sacrificar la estructura social de la URSS para destruir la oligarquía! No sospechan siquiera que la URSS, a falta de la estructura social fundada por la Revolución de Octubre, sería pura y simplemente un régimen fascista. 
 
EVOLUCIÓN Y DIALÉCTICA

Burnham dirá, probablemente, que como evolucionista, está tan interesado en la evolución de las formas sociales como nosotros, los dialécticos. No se lo negamos. Después de Darwin, toda persona educada se ha autodenominado "evolucionista". Pero un verdadero evolucionista debe aplicar la idea de evolución a sus propias formas de pensamiento. La lógica elemental, nacida en un período en que la idea de evolución no existía todavía, es insuficiente, evidentemente, para analizar los procesos evolutivos. La lógica hegeliana es la lógica de la evolución. Pero no debemos olvidar que el concepto de evolución ha sido totalmente tergiversado y enmascarado por los profesores universitarios y los escritores liberales que lo han identificado con "progreso pacífico". Aquel que ha llegado a comprender que la evolución se produce a través de la lucha de antagonistas; que una lenta acumulación de cambios acaba por romper la vieja concha y produce, tras una catástrofe, una revolución; aquel que ha aprendido a aplicar a su propio pensamiento las leyes de la evolución, ese es un dialéctico, algo completamente distinto de los evolucionistas vulgares. El entrenamiento dialéctico de la forma de pensar, tan necesario a un revolucionario como los ejercicios de dedos para un pianista, exige enfocar todos los problemas como procesos, y no como categorías inmutables. Por el contrario, los evolucionistas vulgares se limitan a reconocer que existe evolución en determinados campos, y se conforman con enfocar todos los demás asuntos mediante las banalidades que les proporciona el "sentido común". 

Un liberal americano, resignado a que existiera la URSS, o más exactamente, a que existiera la burocracia de Moscú, cree, o al menos creía antes del pacto germano-soviético, que el régimen soviético, en su conjunto, es "algo progresivo", que las repugnantes consecuencias de la burocracia ("¡bueno, las tiene, naturalmente!") se irían evaporando poco a poco y que así quedaría asegurado el pacífico e indoloro "progreso". 
Un radical pequeñoburgués se parece a un - liberal progresista en que considera la URSS como un todo, sin tener en cuenta su dinámica interna ni sus contradicciones. Cuando Stalin pactó con Hitler, invadió Polonia y luego Finlandia, los radicales vulgares se sintieron triunfar: ¡estaba probada la identidad entre los métodos del fascismo y del stalinismo! Sin embargo, se tropezaron con la primera dificultad cuando las nuevas autoridades invitaron a la población de los países invadidos a expropiar a los terratenientes y capitalistas: ¡no habían previsto esta posibilidad en absoluto! Pero las medidas sociales revolucionarias llevadas a cabo por vía burocrático-militar no modificaron en absoluto nuestra definición dialéctica de la URSS como estado obrero degenerado, sino que la corroboraron incontrovertiblemente. Pero en vez de utilizar este triunfo del marxismo para perseverar en la agitación, la oposición pequeñoburguesa empieza a gritar, con una falta de sentido verdaderamente criminal, que los acontecimientos han refutado nuestros pronósticos, que nuestras viejas fórmulas no son aplicables, ya que son necesarias nuevas palabras. ¿Qué palabras? No lo han decidido todavía. 
 
DEFENSA DE LA URSS

Empezamos con filosofía y seguimos con sociología. Ha quedado claro que en ambas esferas, uno de los líderes de la oposición ha tomado una postura anti-marxista y el otro una posición ecléctica. Al abordar al campo político, en concreto la cuestión de la defensa de la URSS, nos espera una gran sorpresa. 

La oposición descubrió que nuestra fórmula "defensa incondicional de la URSS", la fórmula de nuestro programa, es "vaga, abstracta y pasada de moda". ( ¡ ?) Desgraciadamente, no explican bajo qué "condiciones" están dispuestos a defender las conquistas de la revolución. Con el fin de dar una pizca de sentido a su "nueva fórmula", la oposición intenta presentar las cosas como si hasta ahora hubiésemos estado defendiendo "incondicionalmente" la política internacional del Kremlin, el Ejército Rojo o el GPU. ¡Una tergiversación total! En realidad, desde hace mucho tiempo, especialmente desde que proclamamos abiertamente la necesidad de derrocar la oligarquía del Kremlin mediante la insurrección, no defendemos la política internacional de Moscú. Una política errónea no sólo mutila las tareas necesarias, sino que nos obliga a ver nuestro pasado bajo una luz falsa. 

En el artículo del New International citado antes, Burnham y Schatman denominan a este grupo de intelectuales desilusionados "Liga de las Esperanzas Perdidas", y se preguntan una y otra vez cuál sería la posición de esta lamentable Liga en caso de guerra entre un país capitalista y la Unión Soviética. "Aprovechamos, sin embargo, esta oportunidad, escriben, para pedir a Hook, Eastman y Lyons, una declaración sin ambigüedades sobre su postura en caso de que Hitler, Japón -o acaso Inglaterra- atacasen la URSS..." Burnham y Schatman no establecen ninguna "condición", no especifican ninguna circunstancia "concreta", y al mismo tiempo piden una declaración "sin ambigüedades". 

"... ¿Qué hará la Liga (de las Esperanzas Perdidas)? ¿Se abstendrá de hacer una declaración o se declarará neutral?, continúan; "en pocas palabras, ¿están por la defensa de la URSS caiga quien caiga y a pesar del régimen stalinista?" (el subrayado es mío). ¡Una cita maravillosa! ¡Pero si eso es precisamente lo que dice nuestro programa! Burnham y Schatman, en enero de 1939, estaban a favor de la defensa incondicional de la URSS y la defendían correctamente: "caiga quien caiga y a pesar del régimen stalinista". Y el artículo está escrito en un momento en que la experiencia de la revolución española todavía no había terminado. El camarada Cannon está en lo cierto cuando afirma que el comportamiento del stalinismo en España fue incomparablemente más criminal que en Polonia o Finlandia. En el primer caso, la burocracia fue el verdugo de una revolución socialista. En el segundo, impulsó la revolución socialista por métodos burocráticos. ¿Por qué Burnham y Schatman se pasan de pronto a la "Liga de las Esperanzas Perdidas"? ¿Por qué? No podemos considerar las superabstractas referencias de Schatman a "los acontecimientos concretos" como una explicación suficiente. Pero no es difícil encontrarla. La participación del Kremlin en la guerra española estaba apoyada por los demócratas burgueses de todo el mundo. La intervención de Stalin en Polonia y Finlandia se tropieza con la oposición fanática de estos mismos demócratas. A pesar de sus pomposas declaraciones, la oposición no es sino un reflejo, dentro del Partido Socialista Obrero, de la "izquierda" pequeñoburguesa. Por desgracia, este es un hecho incontrovertible. 

"Nuestros sujetos", escriben Burnham y Schatman sobre la Liga de las Esperanzas Perdidas, "se sienten muy orgullosos porque creen que están contribuyendo con algo "nuevo", que están "reelaborando a la luz de nuevas experiencias", que son "anti-dogmáticos" (¿O conservadores?-L. T.) que se niegan a reexaminar sus "asunciones básicas", etc. ¡Qué decepción más patética! ¿Ninguno de ellos ha sacado a la luz hechos, ni dado ninguna explicación nueva al presente o al futuro?". ¡Sorprendente cita! ¿No debería añadir personalmente un nuevo capítulo a este artículo, "Intelectuales en retirada"? Ofrezco mi colaboración al camarada Schatman. 

¿Cómo es posible que individuos sobresalientes como Burnham y Schatman, incondicionales de la causa del proletariado, puedan asustarse de unos señores tan poco terroríficos como los de la Liga de las Esperanzas Perdidas? En el plano puramente teórico, la explicación es que Burnham utiliza un método incorrecto, y que Schatman lo desprecia. El método correcto no sólo facilita el llegar a conclusiones correctas, sino que, mediante el engarce de cada nueva conclusión con las anteriores en una cadena consecutiva, nos facilita el recuerdo. Si las conclusiones políticas se construyen empíricamente, si la incoherencia se considera como una especie de ventaja, se reemplaza sistemáticamente el marxismo por el impresionismo -tan característico de los intelectuales pequeñoburgueses-. Cada nuevo acontecimiento coge desprevenidos a los impresionistas empíricos, les hace olvidar lo que ellos mismos escribieron ayer, y les consume el deseo de encontrar nuevas fórmulas, antes de que se les haya pasado por la cabeza ninguna idea nueva. 
 
LA GUERRA ENTRE FINLANDIA Y LA URSS

La resolución de la oposición sobre la cuestión de la guerra entre Finlandia y la URSS es un documento que podría haber sido firmado por los Bordiguistas, Vereecken, Snevliet, Fenner Brockway, Marceau Pivert, y gente por el estilo, pero nunca por bolcheviques-leninistas. Basada exclusivamente en características de la burocracia soviética y en el mero hecho de la "invasión", carece del menor contenido social. Sitúa a Finlandia y la URSS al mismo nivel y "condena, rechaza y se opone a ambos gobiernos y sus ejércitos". De pronto, como notando que algo no está en orden, la declaración cambia completamente de sentido y sin ninguna conexión con el texto anterior, añade: Desde esta perspectiva, la IV Internacional debe, naturalmente (¡Qué maravilloso es este "naturalmente"!), tener en cuenta (!) que en Finlandia y en la URSS hay diferentes sistemas económicos". Cada palabra es una perla de inapreciable valor. Por circunstancias "concretas", nuestros amantes de lo "concreto" entienden los hechos militares, las modas de las masas y, en tercer lugar, los diferentes regímenes económicos. La declaración no arroja ninguna luz sobre cómo deben ser "tenidas en cuenta" cada una de estas circunstancias "concretas". Si se opone de igual manera a ambos gobiernos y sus ejércitos, ¿cómo "tiene en cuenta" las diferencias en la situación militar y en los regímenes sociales? Definitivamente, no entendemos nada. 
Para castigar a los stalinistas de su crimen, la resolución, como todos los demócratas pequeñoburgueses de todos los sitios, apenas menciona que el Ejército Rojo expropió a los grandes terratenientes finlandeses e introdujo el control obrero en la industria, preparando así la expropiación de los capitalistas. 

Mañana, los stalinistas estrangularán a los trabajadores finlandeses. Pero ahora están dando -están obligados a dar- un fuerte impulso a la lucha de clases en su forma más nítida. Los líderes de la oposición construyen su política sobre abstracciones democráticas y nobles sentimientos, no sobre lo que en realidad está pasando en Finlandia. 

Parece que la guerra entre Finlandia y la URSS está empezando a transformarse en una guerra civil, en la que los pequeños campesinos y los trabajadores apoyan al Ejército Rojo, mientras el Ejército finlandés defiende los intereses de los propietarios, la burocracia sindical conservadora y los imperialistas anglosajones. Las esperanzas que despierta el Ejército Rojo entre los finlandeses pobres serán una ilusión, a menos que se produzca la revolución internacional: la colaboración del Ejército Rojo con los desposeídos será sólo temporal: el Kremlin volverá en seguida sus armas contra los trabajadores y campesinos finlandeses. Sabemos ya todo esto y lo decimos, para que sirva de advertencia. Pero en esta guerra civil "concreta" que se está produciendo en Finlandia, ¿qué posición "concreta" deben tomar los partisanos "concretos" de la IV Internacional? Si lucharon en España en el campo republicano, a pesar de que los stalinistas estaban estrangulando la revolución socialista, está claro que en Finlandia deben apoyar a los stalinistas que están promoviendo la expropiación de los capitalistas. 
Nuestros innovadores cubren los fallos de su posición con frases violentas. Llaman "imperialista" a la política de la URSS. ¡Esto enriquece notablemente la ciencia! A partir de ahora, llamaremos imperialismo tanto a la política exterior de expansión del capital como a la política exterior de exterminación del capital. ¡Esto ayudará mucho a la clarificación y educación de los trabajadores! ¡Pero es que, simultáneamente, el Kremlin apoya la política de expansión financiera de Alemania! -gritará, pongamos por caso, el impulsivo Stanley-. Esta objección se basa en la sustitución de nuestro problema por otro, en la disolución de lo concreto en lo abstracto (un error corriente en el pensamiento vulgar). 

Si mañana Hitler se viera obligado a enviar armas a los indios insurrectos, ¿deberían oponerse los trabajadores a esta acción concreta mediante huelgas o sabotage? Por el contrario, deberían asegurarse de que los revolucionarios recibieran las armas lo antes posible. Espero que Stanley vea esto claro. Pero este ejemplo es completamente hipotético. Lo he usado para exponer que incluso un gobierno fascista, basado en el capital financiero, puede verse obligado, en ciertas circunstancias, a apoyar un movimiento revolucionario nacional (para intentar estrangularlo al día siguiente). Hitler, bajo ninguna circunstancia, apoyaría un movimiento proletario en Francia. Pero el Kremlin se ve obligado hoy -y es un hecho real, no una hipótesis- a apoyar un movimiento social revolucionario en Finlandia (aunque mañana intente estrangularlo políticamente). Denominar "imperialismo" a un movimiento social revolucionario dado, sólo por el hecho de que sea provocado, mutilado y estrangulado por el Kremlin indica simplemente una gran pobreza teórica y política. 

Es necesario añadir que esta tergiversación del concepto "imperialismo" no es ni siquiera nueva. En el momento actual, no sólo los demócratas, la burguesía de todos los países capitalistas califica de imperialista la política soviética. Sus intenciones están muy claras: ocultar la contradicción social entre la expansión capitalista y la soviética, ocultar el problema de la propiedad, y ayudar de este modo al auténtico imperialismo. ¿Cuáles son las intenciones de Schatman y los demás? No lo saben ni ellos mismos. Su innovación terminológica, objetivamente, los aparta de los marxistas de la IV Internacional y los acerca a los "demócratas". También esta circunstancia testifica la extrema sensibilidad de la oposición a la opinión pública pequeñoburguesa. 
 
LA CUESTIÓN ORGANIZATIVA

Se oye cada vez con mayor frecuencia entre los miembros de la oposición que la cuestión rusa no tiene mayor importancia en sí misma; que lo importante ahora es cambiar el régimen interno del partido. Cambio de régimen significa cambio en la dirección, o, más concretamente, eliminar a Cannon y sus colaboradores más cercanos de los puestos directivos. Pero estos clamores demuestran que la tendencia hacia una lucha contra "la facción de Cannon" es muy anterior a los "hechos concretos" con los que pretenden justificar su cambio de postura. A la vez, estas voces nos recuerdan otros grupos de oposición de tiempos pasados: y a quienes -como Vereecken, Snevliet, Molinier y tantos otros- han recurrido a la "cuestión organizativa" cuando empezaban a sentir que no tenían cuestiones de principio en las que basar su oposición. Por muy desagradable que parezca el recordar aquí estos precedentes, no podemos pasarlos por alto. 

No sería correcto, sin embargo, pensar que el recurso a la "cuestión organizativa" es una simple "maniobra" del debate de facciones. No: los miembros de la oposición sienten, en lo más profundo de sí mismos, aunque de modo confuso, que el debate implica no sólo "la cuestión rusa", sino el enfoque político general, incluidos los métodos que utilizamos para construir el partido. Y esto es verdad, en cierto sentido. 
Yo mismo he intentado demostrar antes que el problema implica no sólo la cuestión rusa, sino los métodos de pensamiento de los miembros de la oposición, métodos que tienen sus raíces sociales. La oposición está bajo la influencia de los modos y tendencia pequeñoburgueses. Este es, esencialmente, el problema general. 

Hemos visto con claridad suficiente cómo las ideas de Burnham (pragmáticas) y las de Schatman (eclécticas) estaban bajo la influencia ideológica de otra clase. No hemos citado a otros líderes, como el camarada Abern, porque no participan, por regla general, en discusiones sobre cuestiones de principio, limitándose al plano de la "cuestión organizativa". Esto no significa, sin embargo, que Abern no tenga importancia. Al contrario: podemos decir que Burnham y Schatman son los "aficionados" de la oposición, mientras que Abern es el verdadero profesional. Abern, y sólo él, tiene un grupo tradicional de adeptos, surgido del viejo Partido Comunista y que permaneció unido en los primeros tiempos de existencia independiente de la Oposición de Izquierda. Todos aquellos que, posteriormente, han ido asumiendo distintas razones para la crítica o el descontento, se han adherido a ese grupo. 

Cualquier debate fraccional serio en el partido es, en último análisis, un reflejo de la lucha de clases. Desde el principio, la mayoría esclareció la dependencia ideológica de la oposición de la democracia pequeñoburguesa. Por el contrario, la oposición, precisamente por su carácter pequeñoburgués, no buscó nunca las raíces sociales de la posición de sus oponentes. 

La oposición inició un serio debate de fracciones que está paralizando el partido en un momento crítico. Para justificar esta lucha serían precisas razones muy profundas y muy serias. Para un marxista, sólo puede tratarse de razones de clase. Antes de empezar esta lucha encarnizada, los líderes de la oposición deberían haberse preguntado: ¿qué influencia no-proletaria se refleja en la mayoría del Comité Nacional? Por lo menos, la oposición debería haber intentado un análisis de clase de las divergencias. Pero sólo son capaces de ver "conservadurismo", "errores", "métodos inadecuados" y otras deficiencias técnicas, psicológicas o intelectuales. La oposición no se interesa por la naturaleza de clase de la fracción contraria, lo mismo que no le interesa la naturaleza de clase de la URSS. Este hecho es ya suficiente para demostrar el carácter pequeñoburgués de la oposición, con su pizca de pedantería académica y de impresionismo periodístico. 

Para comprender qué clase o estratos se reflejan en la lucha de fracciones, es necesario estudiar históricamente a ambas. Los miembros de la oposición que afirman que la lucha actual "no tiene nada que ver" con anteriores debates fraccionases, no hacen sino demostrar de nuevo su actitud superficial hacia su propio partido. El núcleo fundamental de la oposición es el mismo que hace años se agrupó alrededor de Muste y Spector. El núcleo fundamental de la mayoría es el mismo que entonces se agrupó en torno a Cannon. De los líderes, sólo Burnham y Schatman han saltado de un campo al otro. Pero estos saltos, por muy importantes que sean, no modifican el carácter fundamental de los grupos. No voy a entrar en la descripción del desarrollo histórico de la lucha. El lector puede informarse en el excelente artículo de J. Hansen, "Métodos organizativos y principios políticos". de J. Han 

Si dejamos de lado todo lo personal, accidental y episódico, no cabe duda que la lucha más constante ha sido la del camarada Abern contra el camarada Cannon. En esta lucha, Abern representa un grupo propagandístico, de composición pequeñoburguesa, unido por viejos lazos personales, casi una familia. Cannon representa el partido proletario en proceso de formación. La razón histórica -independientemente de los errores y equivocaciones que hayan podido cometerse- está del lado de Cannon. 

Cuando los representantes de la oposición se alborotan y chillan que "la dirección está en bancarrota", "los acontecimientos nos han cogido desprevenidos", "tenemos que cambiar de consignas", sin haberlo pensado antes seriamente, aparecen fundamentalmente como traidores al partido. Podemos explicar esta deplorable actitud por el miedo y la irritación del viejo círculo propagandístico del partido ante nuestras nuevas tareas y nuestra nueva organización. Los lazos personales y sentimentales no quieren ceder ante el sentido del deber y la disciplina. El partido debe, en este momento, romper las antiguas relaciones de pandilla y disolver los mejores elementos del pasado propagandístico en el partido proletario. Es necesario desarrollar el sentido del deber ante el partido hasta el punto de que nadie se atreva a decir: "El fondo del problema no es la cuestión rusa, sino que nos sentiríamos más cómodos bajo la dirección de Abern que bajo la de Cannon." 

Personalmente, no he llegado a esta conclusión ayer. La he manifestado cientos de veces en conversaciones con miembros del grupo de Abern. He enfatizado invariablemente el carácter pequeñoburgués del grupo. He propuesto repetidamente transformarlos de militantes en simpatizantes, en vista de su incapacidad para reclutar nuevos miembros para el partido entre los trabajadores. Pero las conversaciones, cartas y consejos no han servido para nada, porque la gente raras veces aprende de la experiencia ajena. El antagonismo entre las dos capas del partido y entre los dos períodos de su desarrollo ha salido a la superficie y ha provocado esta encarnizada lucha de fracciones. No me queda sino dar mi opinión, clara y definitivamente, a la sección americana y a la IV Internacional en general. "La amistad es la amistad y el deber es el deber", dice un proverbio ruso. 

Por último, podemos preguntarnos si la oposición es una tendencia pequeñoburguesa, ¿significa esto que la unidad es imposible? ¿Cómo reconciliar la tendencia pequeñoburguesa con el proletariado? Pero hacer así la pregunta es antidialéctico y, por lo tanto, falso. En la discusión actual, la oposición ha mostrado claramente sus características pequeñoburguesas. Pero esto no significa que la oposición no tenga además otras características. La mayoría de los miembros de la oposición son profundamente partidarios de la causa del proletariado y son, además, capaces de aprender. Aunque hoy estén atados a un medio pequeñoburgués, mañana pueden aliarse al proletariado. Los inconsistentes, pueden volverse más consistentes por medio de la experiencia. Cuando el partido cuente con miles de trabajadores, hasta los profesionales del fraccionalismo se podrán reeducar en el espíritu de la disciplina proletaria. Pero hay que darles tiempo. Por tanto, la propuesta del camarada Cannon de no mezclar en la discusión amenazas de división, expulsiones, etc., es perfectamente correcta y adecuada. 

Debe quedar claro, como mínimo, que si la totalidad del partido tomase el camino de la oposición, podría quedar completamente destruido. La actual oposición es incapaz de proporcionarle una dirección marxista. La mayoría del Comité Nacional expresa más consistente, profunda y seriamente las misiones del proletariado que la minoría. 
Precisamente porque la mayoría no tiene interés en llevar la lucha hacia la escisión, triunfarán las ideas correctas. Tampoco los elementos sanos de la oposición desean una escisión, la experiencia del pasado ha demostrado muy claramente que los diferentes tipos de grupos que se han separado de la IV Internacional se han condenado a sí mismos a la esterilidad y la descomposición. Por lo tanto, es posible enfrentarse sin temor al próximo congreso del partido. El rechazará las innovaciones anti-marxistas de la oposición y reforzará la unidad. 

15 de diciembre de 1939.



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