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III. Agrupamientos y fracciones

 

El problema de los grupos y de las fracciones en el partido se ha convertido en el eje central de la discusión. Dada su importancia intrínseca y su extrema virulencia, requiere ser tratado con total claridad, aunque hasta ahora ha sido planteado frecuentemente de manera errónea.
 
Somos el único partido del país y, en el período actual de dictadura, no podría ser de otro modo. Las diferentes necesidades de la clase obrera, del campesinado, del aparato estatal y de sus componentes actúan sobre nuestro partido, a través del cual tratan de buscar una expresión política.
 
Las dificultades y las contradicciones propias de nuestra época, el desacuerdo coyuntural de intereses entre los diversos sectores del proletariado, o entre el proletariado y el campesinado, influyen sobre el partido a través de sus células obreras y campesinas, del aparato estatal, de los jóvenes estudiantes. Los matices de opinión, la diversidad de puntos de vista, aunque sean episódicos, pueden expresar la presión de intereses sociales determinados y, en determinadas circunstancias, originar grupos estables. Estos grupos pueden, a su vez, tarde o temprano, adoptar la forma de fracciones organizadas que, al oponerse como tales al resto del partido, sean más sensibles a las presiones exteriores. Esa es la evolución lógica de los grupos en un período en que el partido comunista está obligado a monopolizar la dirección de la vida política.
 
¿Cuál es el resultado? Si no se quiere fracciones, no debe haber grupos permanentes; si no se quiere grupos permanentes, es preciso evitar los grupos esporádicos; finalmente, para que no haya grupos esporádicos, no tiene que haber divergencias, pues donde hay dos opiniones, fatalmente la gente tiende a agruparse. Pero, por otra parte, ¿cómo es posible evitar las divergencias en un partido de medio millón de hombres que dirige el país bajo condiciones excepcionalmente complicadas y penosas? Esa es la contradicción esencial, debida a la misma situación del partido, de la dictadura del proletariado y que no se puede eliminar únicamente por procedimientos puramente formales.
 
Los partidarios del “viejo curso” que votan la resolución del comité central con la convicción de que todo seguirá igual que antes razonan más o menos así: “observen cómo apenas comenzamos a levantar la tapa de nuestro aparato, súbitamente comienzan a manifestarse en el partido tendencias de todo tipo que tratan de agruparse; por lo tanto, es preciso poner rápidamente la tapa y cerrar herméticamente la olla”. Gran cantidad de discursos y artículos contra el “fraccionalismo” están inspirados en este criterio tan estrecho. En su fuero interno, los partidarios del aparato estiman que la resolución del comité central es, o un error político (y entonces debe impedirse por todos los medios su aplicación) o, si no, una maniobra (y en ese caso se la debe utilizar). A mi entender, se engañan totalmente. Y si es una táctica capaz de introducir la desorganización en el partido, es obra de aquellos que persisten en las viejas concepciones, fingiendo la aceptación respetuosa de las nuevas.
 
La elaboración de la opinión pública del partido nace inevitablemente de las contradicciones y divergencias de criterios. Localizar dicha elaboración en el aparato, que sólo después debe suministrar al partido el fruto de su trabajo en forma de directivas, órdenes, etc., significa esterilizar ideológica y políticamente al partido. Hacer participar a todo el partido en la elaboración y adopción de las resoluciones es favorecer a los agrupamientos ideológicos coyunturales que corren el riesgo de transformarse en grupos permanentes y hasta en fracciones. ¿Cómo hacer? ¿Es posible que no haya salida? ¿Es posible que no haya para el partido un camino intermedio entre el régimen de “calma” y el de la división en fracciones? La solución existe, y la tarea de la dirección consiste, cada vez que es necesario y particularmente en el momento de las opciones, en elaborar la línea que corresponda a la situación real del momento.
 
La resolución del comité central dice claramente que el régimen burocrático es una de las causas de las fracciones. Esta es una verdad que ya no necesita ser demostrada. El “viejo curso” estaba muy lejos de la democracia y sin embargo no pudo preservar al partido de la aparición de fracciones ilegales de mejor manera que la difícil discusión actual, la cual, no se puede negarlo, puede conducir a la formación de grupos coyunturales o permanentes. Para evitarlo, es preciso que los órganos dirigentes del partido escuchen la opinión de las masas, no consideren a toda crítica como una manifestación del espíritu fraccional y no impulsen así a los comunistas conscientes y disciplinados a guardar sistemáticamente silencio o a constituirse en fracciones.
 
Pero, dirán los burócratas, esto es ni más ni menos que una justificación de episodios como el de Miásnikov y sus partidarios. En primer lugar, la frase que acabamos de enfatizar es una cita textual de la resolución del comité central. Además, ¿desde cuándo una explicación equivale a una justificación? Decir que una úlcera es el resultado de una circulación sanguínea defectuosa debida a la afluencia insuficiente de oxígeno no significa que se justifique la úlcera y se la considere como una parte normal del organismo humano. Hay una sola conclusión que extraer: es necesario escarificar y desinfectar la herida y, sobre todo, abrir la ventana para permitir que el aire fresco proporcione el oxigeno necesario a la sangre.
 
Pero lo malo es que el ala más combativa del “viejo curso” está convencida que la resolución del comité central es errónea, particularmente en su párrafo sobre el burocratismo considerado como motivo del fraccionalismo.
Y si no lo dice abiertamente, es sólo debido a razones propias de una mentalidad saturada de formalismo, atributo esencial del burocratismo.
 
Es indiscutible que, en la situación actual, las fracciones son un flagelo, y que los grupos, aun los coyunturales, pueden transformarse en fracciones.
Pero la experiencia demuestra que no basta con declarar que los grupos y las fracciones son perjudiciales para Impedir su aparición. Sólo se los prevendrá con una política justa, adaptada a la situación real.
 
Basta estudiar la historia de nuestro partido, aunque sólo sea la del período de la revolución, es decir la del período en que la constitución de fracciones resultaba particularmente peligrosa, para observar que la lucha contra ese flagelo no puede limitarse a su condenación y prohibición formal.
 
Fue en el otoño de 1917 cuando surgió en el partido, a raíz del problema fundamental de la toma del poder, el desacuerdo más peligroso. El ritmo febril de los acontecimientos imprimió una extrema intensidad a ese desacuerdo, que culminó casi inmediatamente con la constitución de una fracción. Quizás involuntariamente, los adversarios del golpe de estado formaron un bloque con elementos que no pertenecían al partido, publicaron sus declaraciones en órganos externos, etc. En ese momento, la unidad del partido pendía de un hilo. ¿Cómo pudo ser evitada la escisión? Sólo gracias a la rápida evolución de la situación y a su desenlace favorable. La escisión se hubiera producido inevitablemente si los acontecimientos se hubiesen prolongado y, con mayor razón, si la insurrección hubiese terminado en una derrota. Bajo la firme dirección de la mayoría del comité central, el partido, en una impetuosa ofensiva, pasó por encima de la oposición, muy poco numerosa pero cualitativamente muy fuerte, y adoptó la plataforma de Octubre. La fracción y el peligro de una escisión fueron vencidos no por medio de decisiones formales basadas en los estatutos sino con la acción revolucionaria.
 
El segundo gran desacuerdo surgió con ocasión de la paz de Brest-Litovsk.
Los partidarios de la guerra revolucionaria constituyeron entonces una verdadera fracción que poseía un organismo central. ¿Qué hay de cierto en la anécdota según la cual Bujarin estuvo a punto, en un momento dado, de derrocar al gobierno de Lenin? No podría decirlo[1]. Lo cierto es que la existencia de una fracción comunista de izquierda representaba entonces un peligro gravísimo para la unidad del partido. Provocar una escisión no habría sido difícil y no habría exigido por parte de la dirección un gran esfuerzo de inteligencia, pues bastaba con prohibir la existencia de la fracción comunista de izquierda. Sin embargo, el partido adoptó métodos no tan simples: prefirió discutir, explicar, comprobar por medio de la experiencia y resignarse coyunturalmente a esta amenazante anomalía que representaba la existencia de una fracción organizada en su seno.
 
El problema de la organización militar provocó igualmente la constitución de un grupo bastante fuerte y obstinado, que se oponía a la creación de un ejército regular con un aparato militar centralizado, especialistas, etc. Por momentos, la lucha adquirió gran intensidad. Pero, al igual que en Octubre, el problema fue resuelto por la experiencia: por la guerra misma. Ciertos errores y exageraciones de la política militar oficial fueron corregidos por la presión de la oposición, y no sólo sin perjuicio sino con provecho para la organización centralizada del ejército regular. En cuanto a la oposición, poco a poco se fue disgregando. Un gran número de sus representantes más activos participaron en la organización del ejército, donde en muchos casos ocuparon puestos importantes.
 
Otros grupos claramente individualizados se constituyeron en la época de la memorable discusión sobre los sindicatos. Ahora que tenemos la posibilidad de abarcar con una sola mirada todo este período y de entenderlo mejor a la luz de la experiencia posterior, comprobamos que la discusión no estaba referida solamente a los sindicatos ni a la democracia obrera. Lo que se expresaba en esas disputas era un profundo malestar que imperaba dentro del partido, cuya causa era la excesiva prolongación del régimen económico del “comunismo de guerra”, Toda la organización económica del país estaba estancada. La discusión sobre el papel de los sindicatos y de la democracia obrera ocultaba en realidad la búsqueda de una nueva salida económica. La solución consistió en la supresión de las requisas de productos alimenticios y del monopolio de los cereales y en la hacer gradualmente independiente a la industria estatal en relación con la tiranía de las direcciones económicas centrales. Esas decisiones históricas fueron adoptadas por unanimidad y pusieron fin a toda discusión sindical dado que, como consecuencia de la instauración de la NEP, el papel de los sindicatos fue considerado en forma distinta. Algunos meses más tarde, hubo que modificar radicalmente la resolución sobre los sindicatos.
 
El grupo más duradero y, en ciertos aspectos, más peligroso fue el de la “oposición obrera”. Reflejó, desnaturalizándolas, las contradicciones del “comunismo de guerra”, ciertos errores del partido, así como las dificultades objetivas esenciales de la organización socialista. Pero esta vez tampoco se limitó a una toma de posición formal. Sobre los problemas de la democracia se adoptó una decisión de principio, pero en lo relativo a la depuración del partido, se elaboraron medidas efectivas, extremadamente importantes, que satisfacían lo que había de justo y sano en la crítica y en las reivindicaciones de la “oposición obrera”. Y sobre todo, gracias a las decisiones y a las medidas económicas adoptadas por el partido (y cuyo resultado fue la desaparición de las divergencias y de los grupos, el X Congreso pudo, con razones para creer que su decisión no carecería de validez, prohibir formalmente la constitución de fracciones. Pero, como lo demuestra la experiencia y el buen sentido político, es evidente que esa prohibición, por sí sola, no significaba ninguna garantía absoluta ni tampoco seria contra la aparición de nuevos agrupamientos ideológicos y orgánicos. En este caso, la garantía esencial es una dirección justa y la atención puesta en las necesidades del momento que se reflejan en el partido y la elasticidad del aparato, que no debe paralizar sino organizar la iniciativa del partido, que no debe temer a la crítica ni tratar de frenarla, por miedo al fraccionalismo. La decisión del X Congreso que prohibió las fracciones no constituye por sí sola una solución para todas las dificultades internas del partido. Sería un “fetichismo organizativo” creer que cualquiera que sea el desarrollo del partido, los errores de la dirección, el conservadurismo del aparato, las influencias exteriores, etc., basta con una decisión para preservarnos de los agrupamientos y de las perturbaciones ocasionadas por la formación de fracciones. Creer esto sería una prueba de burocratismo.
 
Un ejemplo evidente nos lo proporciona la historia de la organización de Petrogrado. Poco después del X Congreso, que había prohibido la constitución de agrupamientos y fracciones, surge en Petrogrado una lucha muy enconada sobre el problema organizativo que dio origen a la formación de dos agrupamientos netamente opuestos entre sí. A primera vista, lo más simple hubiese sido lanzar el anatema contra por lo menos uno de los dos agrupamientos. Pero el comité central se negó categóricamente a emplear este método, que se le sugería desde Petrogrado.
Asumió el papel de árbitro entre los dos agrupamientos y, finalmente, logró asegurar no únicamente su colaboración sino su total fusión con la organización. Este es un ejemplo importante que merece ser recordado y que podría servir para iluminar a algunos cerebros burocráticos.
 
Hemos dicho antes que todo agrupamiento importante y permanente dentro del partido, y con mayor razón toda fracción organizada, tenía tendencia a convertirse en el portavoz de determinados intereses sociales. Toda desviación puede, en el curso de su desarrollo, devenir la expresión de los intereses de una clase hostil o semihostil al proletariado. Ahora bien, el burocratismo es una. Desviación, y una desviación malsana; esperemos que esta afirmación no sea cuestionada. En el momento en que esto ocurre, amenaza con desviar al partido de su línea justa, de su línea de clase; y aquí reside el peligro. Pero (y éste es un hecho muy instructivo y a la vez uno de los más alarmantes) los que afirman con mayor nitidez, con mayor insistencia, y hasta brutalmente, que toda divergencia de criterios, todo agrupamiento de opinión, aun si es coyuntural, son una expresión de los intereses de las clases enemigas del proletariado, no quieren aplicar ese criterio al burocratismo.
 
Y sin embargo, el criterio social estaría, en este caso, perfectamente justificado, pues el burocratismo es un mal bien determinado, una desviación notoria e incuestionablemente peligrosa, oficialmente condenada pero que no da muestras de desaparecer. Por otra parte es muy difícil lograr su súbita desaparición. Pero si, tal como lo dice la resolución del comité central, el burocratismo amenaza con separar al partido de las masas y, por lo tanto, debilitar el carácter de clase del partido, es evidente que la lucha contra el burocratismo no podría en ningún caso ser el resultado de influencias no proletarias. Por el contrario, la aspiración del partido a conservar su carácter proletario inevitablemente debe engendrar la resistencia al burocratismo. Evidentemente, bajo la apariencia de esta resistencia, pueden manifestarse diversas tendencias erróneas, malsanas, peligrosas. Y sólo es posible descubrirlas por medio del análisis marxista de su contenido ideológico. Pero quien afirma que la resistencia al burocratismo se identifica con una lucha de grupo que puede servir para introducir en el partido influencias extrañas a éste, se convierte, por ello, en el canal de las influencias burocráticas.
 
Por otra parte, no hay que entender de manera demasiado simplista el pensamiento de quien sostiene que las divergencias del partido y, con mayor razón, los reagrupamientos no son otra cosa que una lucha de influencias de clases opuestas. En 1920, la cuestión de la invasión de Polonia suscitó dos corrientes de opiniones, una que preconizaba una política más audaz, la otra que predicaba la prudencia. ¿Constituían estas dos corrientes diferentes tendencias de clase? No creo que pueda afirmarse tal cosa. Se trataba sólo de divergencias en la apreciación de la situación, de las fuerzas y de los medios. El criterio esencial era el mismo para ambas partes.
 
Sucede con frecuencia que el partido está en condiciones de resolver un problema por diferentes medios. Y si en este caso se producen discusiones, es para saber cuál de esos medios es el mejor, el más expeditivo, el más económico. Según el problema en discusión, esas divergencias pueden interesar a sectores considerables en el partido, pero esto no quiere decir necesariamente que exista una lucha entre dos tendencias de clase.
 
Seguramente se producirán aún numerosos desacuerdos, pues nuestro camino es arduo y tanto las tareas políticas como los problemas económicos de la organización socialista originarán infaliblemente divergencias de opinión y de agrupamientos coyunturales. La verificación política de todos los matices de opinión por medio del análisis marxista constituirá siempre, para nuestro partido, una de las medidas preventivas más eficaces. Pero es a esta verificación marxista concreta a la que hay que recurrir y no a los clisés que son instrumentos de defensa para el burocratismo. Se podrá controlar mucho mejor la ideología política heterogénea que hoy se levanta contra el burocratismo y depurarla de todos los elementos extraños y nocivos si se emprende seriamente el camino del “nuevo curso”; pero esto será imposible sin un viraje serio en la mentalidad y en las intenciones del aparato del partido. De otro modo asistiremos a una nueva ofensiva del aparato, que rechazará toda crítica contra el “viejo curso”, que ha sido formalmente condenado pero aún no liquidado, so pretexto de que se trata de una crítica fraccional. Si es verdad que las fracciones son peligrosas (y en realidad lo son), entonces es delito cerrar los ojos ante el peligro representado por la fracción conservadora burocrática. Y es precisamente contra este peligro que está dirigida en primer lugar la resolución del comité central.
 
Mantener la unidad del partido es la preocupación principal para la gran mayoría de los comunistas. Pero es necesario decir abiertamente que si existe hoy un serio peligro para la unidad, o cuanto menos para la unanimidad del partido, ese peligro está representado por el burocratismo desenfrenado. De allí se han levantado las voces provocadoras. De allí partió el atrevimiento de decir: no tenemos miedo a la escisión. Son los representantes de esta tendencia los que se alimentan del pasado, buscando en él todo aquello que pueda introducir una mayor aspereza en la discusión; ellos reaniman artificialmente los recuerdos de la vieja lucha, de la vieja escisión para habituar insensiblemente al espíritu del partido a la posibilidad de un delito tan monstruoso, tan funesto, como puede serlo una nueva escisión. Se trata de oponer a la necesidad de unidad que es viva en el partido, la necesidad de un régimen menos burocrático.
 
Si el partido se dejase influir, sacrificaría así los elementos vitales de su democracia, se llegaría a una lucha interna más áspera y resultaría seriamente quebrantada su cohesión. No se puede pretender que el partido tenga confianza en el aparato cuando es el aparato el que no tiene confianza en el partido. El problema radica aquí. La prejuiciosa desconfianza de la burocracia con respecto al partido, a su conciencia y a su espíritu de disciplina, es la causa de todos los males producidos por el dominio del aparato. El partido no quiere las fracciones y nos las tolerará. Es simplemente monstruoso creer que el partido destrozará o permitirá que alguien destroce su aparato. El partido sabe que el aparato está compuesto por los elementos más valiosos, que encarnan la mayor parte de la experiencia del pasado. Pero el partido quiere renovar el aparato, y recuerda que es su aparato, que está elegido por el partido, y que no puede separarse de él.
 
Reflexionando adecuadamente sobre la situación creada en el partido y que se evidenció de modo claro en el curso de la discusión, se verá que el porvenir se nos presenta bajo una doble perspectiva: o el reagrupamiento ideológico orgánico que se ha formado ahora en el partido sobre la base de las resoluciones del comité central constituye un paso adelante en el camino del desarrollo orgánico de todo el partido, significa el comienzo de un nuevo capítulo (y ésta es para todos nosotros la solución más deseable y la más fecunda para el partido, que dará cuentas fácilmente de los excesos en la discusión y en la oposición y, con mayor razón, de las tendencias democráticas vulgares), o bien, pasando a la contraofensiva, el aparato caerá en cierta forma bajo los golpes de sus elementos más conservadores y, con el pretexto de combatir las fracciones, hará retroceder al partido y restablecerá la “calma”. Esta segunda eventualidad es incomparablemente más dolorosa; no impedirá, como es obvio, el desarrollo del partido, pero este desarrollo sólo se dará al precio de grandes esfuerzos y de muy serios trastornos, pues este método alimentará aún más las tendencias nocivas, que se oponen al partido y que amenazan con disolverlo. Tales son las dos eventualidades que debemos considerar.
 
Mi carta sobre el “nuevo curso” tenía por finalidad ayudar al partido a recorrer el primer camino, que es el más justo y el más económico. Y mantengo totalmente sus términos, rechazando toda interpretación tendenciosa o falsa.
 
Pravda, 28 de diciembre de 1923. 

[1] Posteriormente, Pravda del 21 de diciembre de 1923 publicó una carta firmada por nueve de los ex comunistas de izquierda que aclara el problema. En una sesión del Comité Ejecutivo de los Soviets, el socialista revolucionario de izquierda Kamkov dice “con un tono de broma” a Bujarin y a Piatakov: “Y bien, ¿qué van a hacer ustedes si obtienen la mayoría en el partido? Lenin renunciará y deberemos constituir juntos un nuevo Consejo de Comisarios del Pueblo. En ese caso, pienso que elegiremos a Piatakov como presidente…” Más tarde, el socialista revolucionario de izquierda Prochian dijo a Radek riendo: “Usted no hace más que escribir resoluciones. ¿No sería más simple detener a Lenin durante un día y declarar la guerra a los alemanes y luego reelegirlo por unanimidad presidente del Consejo?” Estas son las boutades que fueron presentadas como un “proyecto” de detener a Lenin. (Nota de L.T.)

 



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